ENSAYO

Por Mariela Michel

Dos amigas se reunieron para “tomar un café y charlar un poco”; miraban fotos de familia mientras conversaban animadamente. En determinado momento, el clima de la reunión se tensó cuando una de ellas mostró una imagen en la que se veía a dos adolescentes de entre 12 y 14 años junto a un grupito de niños en lo que parecía ser un cumpleaños

-Amiga A: “Estas dos gurisas son mis sobrinas y los niños más chicos son unos vecinos.”
-Amiga B: “Pero… ¿cuáles son tus sobrinas?” preguntó su amiga, a pesar de que las había conocido personalmente hacía unos años.
-Amiga A: “Esta es una de ellas…..la que está aquí de este otro lado….quizás no la reconocés porque está muy distinta”.
-Amiga B: “¿Son tus sobrinas?”, volvió a preguntar de modo dubitativo mientras se daba cuenta de que su pregunta era redundante.
Luego de un silencio bastante incómodo, se aclaró el motivo de la tensión ambiental.
-Amiga A: “Bueno….. ¿sabés lo que pasa?… no la reconocés, porque una de ellas cambió mucho. Hace más o menos un año, se cortó el pelo y empezó a vestirse como un varón. A su madre al principio le preocupaba. Pero ella (la madre de la adolescente) es del Frente, por eso cuando se acordó de que para el Frente eso está bien, dejó de preocuparse.

La sorpresa de la persona que me relató esta anécdota, llamémosle la amiga C, no se debía tanto a la actitud de la adolescente como a la de su madre. La amiga B le había contado esta conversación reciente y, luego la amiga C me transmitió a su vez el relato y el desconcierto de ambas. Esto podría ser considerado por mi simplemente como un chisme que pasa de boca en boca, y descartarlo como algo trivial. Sin embargo, creo que esta anécdota es significativa en base al impacto que causó en todas las personas involucradas, y en base a su necesidad de contarla para entenderla. No es fácil responder a la pregunta sobre cómo una madre podía tan fácilmente dejar de lado su propio punto de vista sobre lo que había considerado una posible confusión identitaria de su hija, en base exclusivamente a ideas que atribuía a un partido político. Con razón me decía la relatora: “Si ella hubiese cambiado de opinión por lo que le dijo una psicóloga o un médico, lo entendería, pero un partido político…”

Decidí escribir este ensayo, porque pienso que la situación de esta madre no es excepcional, sino que representa a muchas madres e incluso padres. Por eso, pienso que es importante responder a esta pregunta: ¿Cómo llegó esta madre a entregar la decisión sobre la salud mental de su hija adolescente a un partido político?

El breve proceso de despreocupación de una madre

En una sola frase, la Amiga A relató un proceso que debería haber sido extenso, complejo y cuidadoso, pero que, en este caso, parece haber sido muy breve a raíz de un cambio de opinión drástico con respecto a algo tan delicado como es la salud mental de una adolescente: “Al principio se preocupaba” pero luego dejó de hacerlo. Su preocupación inicial se atribuía a que temía que su hija tuviera una confusión con respecto a su identidad femenina. Una confusión en ese ámbito podría ser algo pasajero en la adolescencia, es cierto, pero también podría ser una señal de que algo no está bien en su desarrollo. Y, como se trata de la salud mental, éste no es un asunto para ser tratado ni ligeramente, ni en base a un diagnóstico asociado a un partido político. La madre al principio sabía que podría estar comprometido el proceso de desarrollo y, por ende, el bienestar futuro de su hija. Y esto es algo que toda madre saludable desea evitar lo más tempranamente posible.

Sin embargo, esta madre en un tiempo demasiado breve decidió dirigir su consulta a una entidad abstracta que le ofrecía respuestas prefabricadas para tomar una decisión importantísima en un momento crucial del desarrollo de la niña que estaba dejando de serlo. Si algo sucede con esa adolescente en el futuro, no habrá allí nadie para hacerse responsable, solamente su madre. Tal vez también su padre, pero de este no sabemos ni siquiera si está ejerciendo su paternidad. Parecería que al menos con respecto a este tema específico que lo involucra de modo muy importante no habría emitido ninguna opinión o no habría sido consultado por la madre.

¿Fue esto un facilismo de parte de la madre, o da ambos padres? ¿Fue el partido político una excusa para esconder la cabeza en la arena, una renuncia de ambos a la patria potestad?

Una rápida búsqueda en Google alcanza para recordar que la seguridad en el ámbito de la sexualidad está incluida en los deberes de la patria potestad en Uruguay:

¿Cuáles son las obligaciones de la patria potestad?
Las obligaciones de crianza a cargo de quienes ejercen la patria potestad o guarda y custodia consisten en: Procurar la seguridad física, psicológica y sexual del menor. Fomentar hábitos adecuados de alimentación, higiene personal y desarrollo físico, intelectual y escolar del menor.

Probablemente, no se trata de una omisión intencional a los deberes de la patria potestad, sino que puede haber sido el resultado de un acto de excesiva confianza en un partido que manifiesta su ideario con demasiada soltura, sin tener en cuenta que se está introduciendo o mejor dicho entrometiendo en un espacio delicado situado en el centro de mayor intimidad del ámbito familiar. También puede haber sido un acto que surge de la costumbre actual de seguir la corriente, de dejarse llevar por las opiniones más difundidas del pensamiento políticamente correcto imperante en la sociedad, en los medios de comunicación y en los centros educativos.

Si esto fuera así, es posible comprender a los padres de esta época tan difícil. La carga de la responsabilidad actualmente se ha vuelto demasiado pesada. Basta escuchar un ratito los medios de comunicación para notar que los cimientos de la sociedad están siendo sacudidos por discutibles supuestos con respecto a la identidad, y a otras áreas del desarrollo, que se oponen a los principios que orientaron a sus propios padres, en la época en la que ellos mismos crecieron. No es necesario recordarlo, pero los padres de antes, de muy poco tiempo atrás, recibían de parte de los manuales de orientación, de los programas televisivos o radiales educativos, en las reuniones de padres en los centros educativos, recomendaciones que seguían las tradiciones culturales de la sociedad en la que ellos se formaron. Más allá de las críticas que podemos tener con respecto a estas tradiciones y los saludables deseos de cambio con respecto a algunos estereotipos, algo estaba claro, estaba claro que todo era claro. Los padres de antes aprendieron, por ejemplo, que quienes nacen con órganos genitales masculinos son varones y lo mismo valía para quienes nacen con genitales femeninos. Y esto fue lo que enseñaron a sus hijos.

Y estos hijos, que ahora les tocó ser padres, deben enseñar a sus hijos todo lo contrario. Todo cambió en el corto período en el que una generación entera dejó la infancia y, de un día para el otro, muchos de ellos se encontraron ocupando roles paternos y maternos sin saber qué hacer o a quién recurrir. La desorientación al respecto puede llegar a ser muy importante. Lo que recibieron de sus padres no les sirve, carecen de modelos para emular y además de figuras parentales para consultar sobre quién puede acompañarlos en este camino incierto por inciertas arenas movedizas. Antes de hundirse en ese temible pantano de incertidumbre, bien puede servir como manotazo de ahogado el consejo “del Frente”.

Un cambio climático en el entorno social

La madre de la adolescente tal vez leyó algunos de los documentos del Frente Amplio en los que explícitamente se apoya la “Perspectiva de Género”; o pudo haber leído la decisión del 4 de junio de 2022 de conformar un grupo de trabajo con ese objetivo:

Para concretar esta resolución el Secretariado resuelve la conformación de un grupo de trabajo bajo la presidencia de la Comisión de Género y Feminismos, que tendrá como objetivo “Analizar los estatutos vigentes del Frente Amplio bajo una perspectiva de género, partiendo de la necesidad de contar con lineamientos claros para promover mecanismos, conductas y acción política en el marco de una cultura no discriminatoria, respetuosa de las diversidades y contraria a cualquier forma de violencias” (ver https://www. frenteamplio.uy/compromiso-contra-todas-las-violencias/)

Podría ser también que ella sabía que una de las propuestas principales de la perspectiva de género es la de “despatologizar” lo que anteriormente los manuales de psiquiatría clasificaban como “trastorno de identidad sexual” y luego “disforia de género” (DSM-IV y DSM-V). O ella tomó en cuenta que en el año 2018, la Organización de las Naciones Unidas señaló que era necesario incidir en la formación de los profesionales de la salud, (1) e incluso intentar que “las experiencias trans” no sean consideradas ni siquiera “un problema” como se puede leer en ese mismo texto:

La despatologización es considerada solo como un primer paso, aunque “imprescindible para el pleno reconocimiento de los derechos humanos de las personas trans.” (STP-2012). El activismo por la despatologización trans, plantea “un cambio de paradigma” en el cual las experiencias trans no sean consideradas “una patología ni tampoco un problema” sino “trayectorias vitales posibles, heterogéneas, cambiantes y fluidas” (Maruzza, 2020)

Si la madre sabía todo esto, lo único que hizo fue adaptarse vertiginosamente a los tiempos que corren. Probablemente, realizó un razonamiento simple: si no se considera una patología, y ni siquiera un problema, una “experiencia trans”, con más razón puedo despreocuparme de mi hija, porque lo que ella hace es simplemente vestirse de varón durante un año entero.

Por supuesto que lo más probable es que la madre no estuviese al tanto de los documentos y resoluciones de la mesa política de su partido político. Pero en estos últimos años, los medios de comunicación se encargaron de impregnar el aire con las premisas de esa entidad abstracta que fumigó el entorno social con un interminable chorro de perspectiva de género. Quedó así en la atmósfera que respiramos un intenso aroma de bondad por la dedicación a la defensa de derechos humanos, una bondad que llegó hasta esta madre y la liberó de su preocupación incipiente.

La maternidad en tiempos de la confusión de género

Un ejercicio imaginativo interesante podría ser pensar qué hubiera hecho una madre parecida a esta unos años atrás, o qué habría pasado si el partido político en el que confía no hubiera tomado posición sobre temas relacionados con el desarrollo identitario. Como ella misma dijo claramente, se hubiera preocupado. Quizás hubiera consultado a una psicóloga o psicólogo para saber si su hija estaba transitando la etapa de la identificación de género de modo saludable. O quizás hubiera hablado con su hija para conocer la motivación de sus conductas que le parecen incongruentes con su género o sexo biológico. Quizás hubiera conversado sobre otros temas también, para saber si había algún problema que estuviera aquejando a la adolescente. Incluso podría haberse cuestionado ella misma (la madre). La preocupación por su hija podría haberla llevado a revisar sus propias conductas para saber si podía ser que ella misma estuviera dejando a su hija demasiado sola. Y por qué no, podría sentir curiosidad por conocer por qué su hija rechazaba la identificación con ella, con su madre. También podría haber revisado su relación con el padre de la adolescente, para evaluar si existían tensiones que podían estar afectando a su hija. Sin que importe si los padres están juntos o separados como pareja, todo hijo tiene un padre y una madre que, como tales, deben mantener una relación lo menos tensa posible, para que sus hijos puedan crecer con un bajo nivel de estrés familiar.

Pero nada de eso sucedió. Un partido político estaba allí, omnipresente en el entorno familiar, para decirle que no confíe en su primera inclinación, la de interrogarse seriamente sobre ese cambio. Un partido político, una perspectiva de género ubicua, se dispuso de modo generoso a apoyar a las familias particulares, concretas, sin conocerlas en absoluto, sin saber nada sobre su historia, sobre sus circunstancias, sobre sus emociones y sus tensiones.

Alguien podría pensar también que nada de eso era necesario. Ese lector desconforme, podría coincidir con la ‘perspectiva de género’ en que no había nada de qué preocuparse en el hecho de que una adolescente se vista de varón. La ropa, en definitiva, forma parte de un acto cultural; el vestirse de un modo u otro puede ser insignificante. Si decidimos que en nuestra cultura cada uno puede vestirse “como quiera”, no hay una norma universal en la que basarse para decir cómo es vestirse como mujer o varón. Si la niña se viste de varón, eso no debería llamarnos la atención, y por ende no ser un problema. En ese caso tendría razón el Frente y por añadidura la madre. La perspectiva de género considera que la cultura que estamos ‘construyendo’ es una cultura de la indiscriminación. No discriminamos, no distinguimos, somos buenos ciudadanos.

No, no, dice otro lector desconforme. ¿Cómo va a decidir la madre que es varón si no hay tal cosa como vestirse de varón? Y la amiga de su madre, no tiene por qué decir, ni siquiera pensar que está vestida de varón, como, de hecho, ella pensó. No debería pensar nada. Debería limitarse a mirar la foto y no pensar nada. Toda adolescente tiene derecho a que no se piense nada cuando se la mira en una foto y se la ve vestida de varón. Eso es un derecho humano.
Esta y todo adolescente tiene derecho a que no se extraiga ninguna conclusión con respecto a su aspecto, su vestimenta, su forma de caminar. Es un derecho humano el pasar desapercibida, desapercibido, desapercibide.

Y la adolescente ¿qué?

La perspectiva de género se coló en la intimidad de las familias, con el objetivo de decidir sobre su bienestar, sin necesidad de profundizar su nivel de conocimiento sobre sus integrantes. La perspectiva de género lo sabe todo. Sabe de antemano qué es lo mejor para esta adolescente a quien ni siquiera su madre se acercó para saber si sentía bien, porque se despreocupó demasiado pronto.

“Cualquier adolescente vestida de varón está bien, se siente bien, es libre”. Hoy todos sabemos que eso debe ser considerado como una verdad indiscutible. Lo sabe cualquiera que enciende el televisor o que navega por cualquier punto de internet. Lo saben incluso quiénes van a la universidad. En esta nueva cultura, no se entiende por qué a su madre le llamó la atención, tampoco por qué a la amiga de su madre le llamó la atención. Tampoco se entiende por qué alguien me relató esta anécdota. Y mucho menos, por qué la traje aquí.

Pero acaso, esas tres personas; la madre, la amiga, y la amiga de la amiga, ¿no forman parte de la cultura que estamos construyendo entre todes? Esas tres personas y una cuarta si me incluyo en esa línea de pensamiento, no estamos convencidas de que es saludable que una adolescente sea mirada desde el recién instalado (¿impuesto?) y muy publicitado marco de una cultura de indiscriminación.

No, esas cuatro mujeres no tienen razón, puede pensar el lector o la lectora disconforme. Todes sabemos que le adolescente es libre. Estamos construyendo una cultura de la equidad para despatologizar a todos por igual. La ‘perspectiva de género’ está segura de que ella, o él, o como quieran llamarla, no está sufriendo. El Frente también está seguro.

¿Y si no tuvieran razón? ¿Y si esa sólida seguridad estuviera equivocada? Qué pasaría en el futuro con “elle”. ¿Será que les importa?


Nota
1- ver Maruzza, C. (2020). Despatologización trans en la formación en psicología. En Investigación e intervención en salud. Sustas, Tapia, Venturiello (compiladores) retirado de https://www.teseopress.com/investigacion/chapter/despatologizacion-trans-en-la-formacion-de-psicologia/

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