ENSAYO

Por Óscar Larroca
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La fama era la mensajera de Júpiter, el dios cardinal de la mitología romana. Los atenienses le rindieron tributo con un culto particular, mientras que el senador Marco Furio Camilo, entre los romanos, le hizo edificar un templo. Los poetas la describían como una deidad ciclópea con cien bocas, cien orejas y largas alas cuyos extremos están provistos de ojos. El poeta Virgilio supuso que era hija de la Tierra, quien la parió para divulgar los crímenes y las infamias de los dioses en venganza de la muerte de los gigantes (sus hijos), a quienes exterminaron.

En un aspecto más profano, la fama, entendida como “hinchazón de visibilidad”, es un atributo singular que orbitó siempre en torno a sus depositarios. Desde la antigüedad, la narración oral y luego escrita dieron cuenta de la historia de hombres y mujeres públicos, cuyas “famosas” vidas fueron de interés para otros ciudadanos: reyes, príncipes, rufianes, viajeros incansables y caballeros heroicos que se recortaban de la rutina del hombre pedestre. Algunos siglos después, la crónica roja en las páginas de los periódicos brindó testimonio de las andanzas de homicidas seriales y sátiros. En los suplementos semanales brillaban las épicas hazañas de los futbolistas o las aventuras laborales y amorosas de los actores de Hollywood. Con la asistencia de la imagen fotográfica y la inmediatez informativa, los medios de comunicación de masas acortaron la distancia entre los espectadores y el conocimiento de la vida de sus ídolos. Sin embargo, existe una gran distancia simbólica entre un individuo anónimo y un individuo reconocido (afamado).     

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Los espectadores anónimos pueden llegar a pararse, en algún momento, bajo los focos de la visibilidad y la fama. Una expresión muy conocida, y atribuida a Andy Warhol,  indica que “En el futuro, todos serán famosos mundialmente por quince minutos.”  El historiador Benjamin Buchloh indica que los principios fundamentales de la estética de Warhol son “la invalidación sistemática de las jerarquías de las funciones representativas y las técnicas del arte”, lo cual se corresponde con la creencia de que “la jerarquía de los temas representados algún día será abolida”, y que por esto, algún día, “todos” pueden ser famosos una vez que la jerarquía se disipe y la visibilidad se derrame no solamente sobre aquellos individuos que la merezcan. Sin entrar en detalles acerca de sus tempranas y breves frustraciones como artista visual, a Warhol le vino como anillo al dedo aquella máxima discepoliana de “lo mismo un burro que un gran profesor”.

En efecto, todo colchonero, Rey de Bastos, caradura o burro puede presumir de sus quince minutos de gloria mediados por la radio, la televisión u otras plataformas de comunicación masiva. Luego están aquellos individuos que, debido a la genuina relevancia de su producción (teórica, física, material o simbólica) tienen su merecido lugar en el parnaso de las celebridades más allá de la intervención mediática; como los buenos futbolistas o los científicos consagrados. En ocasiones, y debido al fulgor de los pedestales, esas celebridades se sienten obligadas a emitir juicios sobre cualquier asunto. Un futbolista puede dar su opinión sobre el cambio climático, un científico puede opinar sobre la idoneidad del técnico más adecuado para una selección deportiva, y un músico puede sentirse con el derecho a emitir un juicio absoluto sobre política económica. 

Es cierto que un profesional puede ser versado en más de un área del conocimiento. No es menos cierto, empero, que ello puede dar lugar a un desplazamiento involuntario en el cual “el profesor” se convierta en “el burro”. Uno de los ejemplos recientes fue el del cantante Gerardo Nieto, quien se aprovechó de su fama previa para poder dar indicaciones políticas, económicas y sanitarias al gobierno de Luis Lacalle Pou. En un programa televisivo de chimentos el músico remarcó que la actual administración «no trata el tema (de la pandemia del Coronavirus) como debería tratarlo«. (…) «Vamos a tardar más en salir y va a haber más consecuencias«, alertó. “El gobierno tiene que priorizar la salud. Lo económico se verá después«, evaluó. «Las medidas no son las correctas. La medida esencial es dar un subsidio a todos, y destinar un poco más del PBI como se hace en otros países”, aconsejó finalmente.  

Mientras tanto, las corporaciones interesadas en borrar la historia (de las ideas, de la ciencia, de la cultura) e imponer su “Verdad”, hacen lo suyo echando leña a una hoguera que no reconocen como propia.

Todo el mundo tiene derecho a exponer un juicio crítico sobre cualquier asunto, pero no es lo mismo una afirmación realizada por un científico que la sentencia de un lego sobre el mismo tema. Desde otro ángulo, no es menos cierto que los científicos (los virólogos, los infectólogos) colocan la mira sobre el espesor del cuerpo, mientras que el lego (el Presidente de la República, por ejemplo) coloca la mira sobre los derechos y obligaciones legales del ciudadano. Por si acaso, siempre hay que cuidar que los platos “verdad sanitaria/decisión sobre esa verdad” no se desequilibren de la balanza. Como artista visual yo puedo opinar sobre algunos asuntos referidos a la estética, pero no necesariamente eso me habilita a tener reflexiones infalibles en el ámbito de la administración de las políticas culturales (sean públicas o privadas). En todo caso puedo sostener una posición formada al respecto, pero debo asumir la distancia escalafonaria que me aleja de una persona especializada en un problema para el cual yo no tengo estudio alguno. Este acto de reconocimiento de las limitaciones propias no lo tiene Gerardo Nieto ni ningún otro individuo que se cree con la potestad de aconsejar a un gobierno, a un economista, a un artista o a un director técnico, solamente porque les colocaron un micrófono a pocos centímetros de la boca. Su reputación debería estar fundada en base a la emisión de discursos provenientes de un conocimiento cierto sobre lo que significa una medida sanitaria dirigida a la población, y no por su fama precedente como cantante de música tropical o porque mantiene un vínculo afectivo con una diputada nacional. 

¿Y el público? Es cierto que el conocimiento requiere cada vez más de una cultura general mínima que nos permita alcanzar algunas verdades, por lo menos transitorias, para seguir pensando por nosotros mismos. Por eso también es imprescindible saber en quiénes depositamos esa confianza (desde un científico hasta un político). Este principio de confianza nada tiene que ver con un acto de fe, y tampoco es precisamente el principio de autoridad (magister dixit), porque éste carece de los filtros que validan al principio de “reputación” dispensado por la “fama”.  Nótese que no menciono a los periodistas del programa chimentero porque ellos no ejercen —en principio— ninguna responsabilidad en ese sentido: solamente entrevistaron a un “famoso”.    

Hay un claro desplazamiento desde la “era de la información” hacia la “era de la reputación del famoso”, en la que la información, abandonada hoy por el sentido crítico del receptor, adquiere un nuevo valor —como secuela de ese abandono— si está comentada por un futbolista, un cocinero, una influencer de magro escote o un murguista. Desde este

enfoque, la reputación (fomentada por los medios) se ha convertido en el cimiento central del razonamiento colectivo. Para seguir con el ejemplo anterior, esto no es responsabilidad única del músico Nieto: es responsabilidad de un igualitarismo mal entendido y de ciudadanos inermes que creen que interpretar y pensar es una tarea inservible. 

3

La escasa distancia entre la historia de un sujeto público y el consumidor de esa historia de vida, o entre la fama y el sujeto, o entre el micrófono y la boca, es directamente proporcional al opaco concepto, ya no de disfrutar en algún momento de “mis quince minutos de fama”, sino de dar un paso más allá y de imponer la idea de que “mi juicio” es tan válido como el de un experto en la materia. 

El “derecho” se ha confundido, en otro lodo discepoliano, con la “equivalencia”. Al socaire de esta verdad marcada a fuego por los nuevos rebaños, es que vienen aumentando los partidarios del terraplanismo, los activistas antivacunas, los militantes de una nueva gastronomía y los defensores de la medicina alternativa, en desmedro de la construcción cultural de todo conocimiento precedente. Para el filósofo Georges Steiner, estos colectivos plantean abandonar el concepto del Homo Sapiens (el hombre a la caza del conocimiento) y pasar a la visión del Homo Ludens (el hombre intuitivo, el ser pastoril), con el propósito de salvaguardar el supuesto derecho a la diversidad, la búsqueda del yo y la identidad de una comunidad vinculada con sus antepasados (charrúas, incas o mapuches, por ejemplo). Si puede existir lo que se llama una “medicina alternativa”, ¿por qué no varias verdades sobre la astronomía o el sistema solar? O mejor aún: ¿por qué no derribar las viejas verdades e imponer una nueva para todos? 

Difícilmente pueda borrarse lo aprehendido durante centurias por mediación de la ciencia y emprender otro tipo de cuidado sanitario desde el contacto romántico con la naturaleza, la magia, los rituales o la hechicería, como proponen algunos colectivos naturistas. Sin embargo, el problema no asoma cuando continuamos en la búsqueda de la verdad. El problema se desnuda cuando creemos que “encontramos” alguna verdad absolutamente incuestionable e intentamos, a partir de ello, destruir las verdades transitorias precedentes. Cada vez que un grupo de personas dice encontrar una “Verdad” —sobre todo a partir del odio a una aparente verdad anterior—, nace una imposición, una censura y una dictadura. “Confía en aquéllos que buscan la verdad; duda de los que la han encontrado”, decía el escritor André Gide. 

4

Hay vasos capilares ostensibles entre la falsa reputación otorgada por la fama y la necesidad de una verdad inmediata que alimente las convicciones de unos y destruya las de otros: el “antiintelectualismo”. En efecto, varios años después de “los quince minutos de Warhol”, Isaac Asimov definió ese concepto de la siguiente manera: “El antiintelectualismo es el culto a la ignorancia. Ha sido una constante en nuestra historia política y cultural, promovida por la falsa idea de que la democracia consiste en que mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento«. El antiintelectualismo, según Wikipedia, es la hostilidad y desconfianza hacia el intelecto, los intelectuales y la actividad intelectual, expresada en el escarnio a la educación, filosofía, literatura, arte y ciencia como irrelevantes y despreciables. Hemos visto varios ejemplos de antiintelectualismo en los últimos tiempos: 

“Los intelectuales son inaccesibles, alejados de la gente y de los problemas humanos”. 

“No es bueno que las reglas grandes de la democracia pasen a ser asunto de la aristocracia intelectual.”

“Toda ciencia, lenguaje y cultura están construidos sobre preceptos heteropatriarcales forjados por el hombre misógino blanco”.

“La teoría de que la tierra es redonda forma parte de una conspiración histórica para negar que nuestro mundo es plano. ¿Acaso alguien, ajeno a sustentar un relato falso, vio con sus propios ojos la esfericidad de la tierra?”

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¿Qué tienen en común el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber, la psicóloga chilena Pilar Sordo, el economista argentino Javier Milei, el psicólogo argentino Gabriel Rolón, el youtuber asturiano Roma Gallardo, el sociólogo Emmanuel Danann, la filósofa argentina Roxana Kreimer, la activista sueca Greta Thunberg y el filósofo esloveno Slavoj Žižek? En principio, todos son más o menos conocidos por el gran público, pues gozan de la alta visibilidad que le otorgan los grandes medios de comunicación y demás plataformas comunicacionales. No obstante, más allá del acercamiento o de la legitimación suministrada por esos mismos medios, se forja alrededor de estos nombres (“famosos”) algo del orden de la caricatura debido a la sobreexposición mediática. En general, el grado de conocimiento que pueden tener estas personas en las especialidades para las cuales se formaron (más/menos), puede verse apagado detrás de la excesiva hinchazón de visibilidad. Una hinchazón que se desborda por el marco del televisor y termina por suspender el razonamiento del espectador. En consecuencia, ya no se trata de atender al interpelado y poner en juicio sus dichos, sino de rendirle mera pleitesía o rechazo profundo (si el interpelado es un científico, por ejemplo, aquí se ejecutará el “antiintelectualismo”). El espectador delegará su confianza sobre un tema concreto de acuerdo a su posición ideológica (“sesgo de confirmación”), tal como si se tratara de la relación entre un cuadro de futbol y un hincha. Diga lo que diga Milei, siempre será respaldado por sus seguidores anarcoliberales y siempre será vituperado por sus adversarios ideológicos. Diga lo que diga Sztajnszrajber, siempre será secundado apasionadamente por los colectivos feministas radicales y siempre será puesto en duda por quienes persiguen objetivos menos autoritarios. Ninguno de los nombrados podrá agregar o modificar un matiz al prejuicio de la audiencia masiva, dado que los medios de comunicación amplifican la caricatura en sus contrastes blanco-negro. En consecuencia (y vaya novedad), esos medios no son demasiado útiles para colaborar en la circulación del pensamiento.

Vistos a través del cristal empañado de la televisión o Youtube, Sztajnszrajber, Danann, Milei y Žižek ya se mueven en un rango de afirmaciones cuasi absolutas. Rolón y Sordo, acaso, se proclaman modestos a la hora de transmitir sus ideas, pero sus discursos están más cerca del manual de autoayuda que del legítimo aporte de pensamiento. Las nobles intenciones de Thunberg quedan opacadas menos por las especulaciones en torno a la manipulación oculta detrás de su figura, que por sus descargas de ira en una conferencia de prensa. Gallardo y Kreimer parecen moverse, por el momento, sobre un cimiento que intenta ser equidistante a cualquier posición ideológica extrema. 

Mientras el público deposita la confianza o el rechazo en las personalidades de fuerte presencia mediática (sean verdaderos expertos o no en el tema para el cual se los convoca), la fama es el vehículo que continúa transportando verdades y falsedades, celebraciones y desprecios, deslumbramientos y realidades sustitutas. Mientras tanto, las corporaciones interesadas en borrar la historia (de las ideas, de la ciencia, de la cultura) e imponer su “Verdad”, hacen lo suyo echando leña a una hoguera que no reconocen como propia. En cuanto a los medios de comunicación, tanto da echar mano a Darío Sztajnszrajber, a Slavoj Žižek, al periodista Rody Silva, al cantante Gerardo Nieto o al dirigente sindical Gabriel Molina, siempre y cuando garanticen la cuota diaria de consumo masivo detrás de los fulgores de la “fama” (sea previa, debido al rango jerárquico; exacerbada, o disuelta en quince minutos). 


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