ENSAYO

Atencion! Atención! Queridos, estimados lectores, este artículo ha sido alterado varias veces en su forma y contenido por causa de las medidas tomadas para combatir el coronavirus. Yo ya había combinado un horario de entrega previamente agendado y combinado con el editor, cuando de mañana, muy temprano, el gobernador del estado de Sao Paulo, Joao Doria anunció nuevas restricciones y una vuelta de la ciudad de São Paulo y otras regiones a la fase roja, la más restrictiva, la más cercana al lockdown. Pero, “atento Casco”, el gobernador cambia también las clasificaciones y atribuciones de las fases, que son, si no me equivoco, amarilla, naranja, verde y roja. Falta azul, pero esa seria la vuelta al mundo pré Covid, y esa querido lector, esa, no va volver tan fácil. Esto va para largo. 

Por Mauro Baptista Vedia

Hoy es viernes. Me despierto temprano y voy a la panadería, en auto, a leer un diario especializado en economía, Valor Económico y a tomar un café. El viernes ese diario tiene un suplemento cultural de buen nivel. Me olvido, por suerte, de llevar el celular y me felicito por el hecho. Cuando vuelvo mi casa y lo prendo, recibo las noticias de las nuevas medidas contra la circulación del virus. Un grupo de meditación del que participo, suspende sus actividades con miedo de sufrir pesadas multas, mis clases semanales de gimnasia (yoga, pilates) corren riesgo serio de interrumpirse, un viaje al interior que haría el sábado de mañana parece que ya no corre porque mi pareja cambia los planes. Tengo un ataque de actividad, me veo obligado a cambiar toda la rutina pensada para este viernes. Salgo a la calle, a pie. Hace mucho calor. Paso por una ferretería para comprar unos tornillos porque estoy cambiando  cosas en mi apartamento, voy corriendo almorzar un sushi que no pensaba comer, pensando cuando será la última vez que pueda pisar un restaurant; saco dinero del banco, mi pareja me confirma que se viene de la chacra a pasar el fin de semana aquí conmigo, no sé si tendremos que estar encerrados en el apartamento sin poder ir a ningún lado o podremos pasear e ir a algún restaurant, hace más de 40 días que no la veo, en gran parte debido a las restricciones decretadas por la pandemia,  entro en el aplicativo de hospedajes en duda todavía si suspendo o no el viaje corto la playa de la semana que viene que haría con Laura, me alegro que no tengo que hacer mañana sábado un test rápido de sangre de detección del Covid, ya que pasé por tres PCRS para ir y volver de Uruguay (“você entrou num avião”, me dijo), leo las noticias y veo que las asociaciones de bares y restaurantes dicen están siendo exterminados, el gobernador Doria responde que tiene que oír la “medicina”, reviso mis emails y mis grupos de whatsapp, me dan ganas de vomitar, me doy cuenta será otro año online donde seré profesor, colega, alumno y director virtual, chequeo en otro aplicativo de compras si llegaron unos cartuchos de tinta vía motoboy, subo sudando la calle, leo noticias sobre vacunas, llegan de la India dos millones de dosis de vacunas a Brasil, recibo comunicaciones de muchas personas que se van para el Telegram, hay otra vacuna hindú, es 95 por ciento, hay otra rusa además de la Sputnik, marcharon 23 veteranos en Noruega con la vacuna de la Pzifer, Cuba declara que esta ya en la fase 2 de su vacuna contra el Covid, leo que Argentina tiene un test proprio para detectar el virus, el Mono Pereira vuelve a jugar al fútbol Uruguay con la camiseta de Peñarol, leo que Manaos había desmontado 85 por ciento de sus camas de CTI que funcionaban en julio, me acuerdo del cubano que me cortó el pelo en diciembre en Montevideo, cuando me dijo que la vacuna Moderna tiene tecnología cubana, su madre es médica me dice y fue del equipo médico que operó a Fidel hace unos años, el instituto Butantan de Sao Paulo informa que la vacuna Sinovac, de origen chino, tiene una efectividad de 50,4 por ciento, o sea, una vez suministrada, hay una chance en dos de contagiarse (tendremos que seguir usando máscaras), el Pepe Mujica declara “no entiende” porque Uruguay demora tanto para comprar vacunas, pienso por qué Uruguay no invierte en hacer sus propias vacunas, por qué Peñarol no invierte en hacer sus… no mejor no lo escribo.

Ahora sí, vamos al artículo que estaba escribiendo hasta recibir las noticias de las nuevas medidas en favor de la vida y en nombre de la medicina. Sigue un relato simple y descarnado de mi viaje de fin de año al Uruguay en esta nueva era Covid 19. Cambio el tono del artículo. Sigue la crónica pensada y planificada anteriormente. Espero que no muy perjudica por el estrés cotidiano a que somos sometidos desde marzo por los medios de comunicación y los gobiernos.

São Paulo,  21 de Diciembre de 2022

Llegó el mes de diciembre y, como de costumbre, empecé a aprontar las cosas para ir a Uruguay a ver a mi familia y pasar algo de las vacaciones en Uruguay. Esta vez tuve que enfrentar, por primera vez (temo no será la última), las exigencias a quien viaja derivadas del Covid 19. Ir con mi pareja actual, Laura, está fuera de cuestión: no es uruguaya, no tenemos un hijo, no tenemos una relación formalizada por escrito, habría que hacer gestiones en el consulado uruguayo, etc, etc. Ella, a su vez, acostumbra viajar de Sao Paulo a Florianópolis a ver a su familia, que está radicada en ese estado del gigante tropical. Yo viajar en avión a Florianópolis, pasar una semana y después ir a Uruguay, era y es inviable económicamente, ridículo, absurdo. Ya hice ese tipo de jornadas en el pasado, en el sur de Brasil, con otra pareja, y fui forzado a hacer unas estrambóticas combinaciones de avión, ómnibus, taxis y atravesar a pie la frontera.  Fue hace menos de diez años, pero parece una enormidad, otra época, otra era. Cuando uno pasa de los cincuenta, si uno quiere seguir vivo y lúcido, se va un cierto tipo de bohemia e informalidad y llega una cierta disciplina y sentido común. Pero hay quien dice que el hombre se define por lo que hace y no por lo que dice. Y en mi jornada de avión al Uruguay contradije bastante los principios que recién postulé. Mi disculpa es que no sabía, no estaba preparado. Disculpas, nada más que disculpas. 

Primero, compré un vuelo nocturno, mi favorito, que llega a la una de la mañana al aeropuerto de Carrasco. Un día después descubro que fue cancelado. Hice una nueva busca en “decolar.com” (nombre en portugués para despegar) y experimenté la triste constatación que tendría que viajar muy, pero muy temprano de mañana, a las 06:50, lo cual para mi persona noctámbula y ansiosa como yo, significa pasar la noche sin dormir y verdadero ataque a los derechos humanos. Compro el pasaje y empiezo la jornada del test PCR, el “hisopado”, dónde hacerlo, cómo hacerlo y, pensaba en noviembre, con ingenuidad, cómo hacerlo sin pagar… una posibilidad remota, descubro, prácticamente inexistente. En Brasil los seguros de salud pagan los PCRs, pero, detalle, los resultados  demoran entre cuatro y cinco días. O sea, no pagan nada, a no ser que uno esté enfermo, sintiéndose muy mal, lleno de miedo, pensando que está enfermo del tal virus, que se va a quedar sin oxígeno, que lo van a internar, a entubar, etc… todo el combo que los medios de comunicación han repetido sin cesar desde marzo hasta hoy. Llamo a mi seguro de salud, muy conocido en Sao Paulo como un caso de éxito empresarial, últimamente vilipendiado por dar a los pacientes la opción de la hidroxicloroquina. Confirmo que tendría que pagar por mi examen PCR si quisiese viajar. Pensé en hacerlo dos diás antes, pero fui informado por el consulado uruguayo en Sao Paulo que el aeropuerto de Guarulhos tenía una unidad que hacía exámenes 24 horas por día y que demoraba apenas hasta cuatro horas para dar el resultado. Después de dudas y cavilaciones, de cerrar muchas cosas de trabajo e inúmeros detalles del cotidiano, el 13 de diciembre del año de 2020 tomé un taxi a las 11 de la noche, decidido a hacer el examen con seis, siete horas de anticipación, a enfrentar la madrugada con un buen libro y un buen café, a aprovechar esa larga espera para leer y para reflexionar. Siempre me han gustado los aeropuertos y esos momentos donde uno está entre dos ciudades, dos países; sale de un idioma y encuentra otro, huye de algunos fantasmas y reencuentra otros, siente que su ser es una goma que se estira, tensiona y se funde entre dos culturas. Son horas de aeropuerto donde en general siempre me acuerdo de todos mis amigos orientales, de mi familia, de los que están y de los que no están. Es algo que talvez les pase a mucha gente que vive hace décadas lejos de su país de origen.

Mi noche en el aeropuerto de Guarulhos es de las jornadas más patéticas, aburridas y menos interesantes de mi vida; una jornada en el mundo de la llamada “nueva normalidad”. Si usted, querido lector, ha leído algún texto mío sobre ancestralidad y arboles genealógicos y las aventuras y desventuras de mis antepasados, no le recomiendo, querido lector, seguir leyendo en la expectativa que yo narre algo cercano a la vida intensa, llena de guerras y batallas, poesía, historia y política, pasión y locura de aquellos que cargo en mis venas. No, querido lector, lo que sigue aquí es un descarnado relato de una jornada de “no vida”, de horas en el  nuevo mundo aséptico y de plástico donde me tocó vivir; en que el gran objetivo del ser humano es prolongar su vida biológica lo máximo posible para  sentarse en el sofá y ver televisión y/o para navegar en la computadora  y jugar con otros “online”, para ver en la pantalla partidos de fútbol y con tribunas vacías, interminables seres de televisión, y porque no decirlo, ver también, si uno quiere, gratis, toneladas de pornografía, libres de cualquier censura. 

A las 11 de la noche en punto bajé y en la calle me esperaba Luis, un taxista de confianza. En vez de llamar al habitual Uber, quise viajar en un taxi grande, manejado por alguien que me conoce hace años, y al que le he contado algo de mis actividades en el teatro, en la universidad y en el cine. Originario de Santa Catarina, Luis, unos 50 y pocos años vive en una casa de un barrio de la zona norte de la ciudad, con sus padres. Me cuenta que está de novio con una viuda, que conoció mientras ella llevaba al marido a hacerse quimioterapia. Un día un colega taxista le dijo, “a esa mujer le gustas.” Y Luis pensó “que hago? Y la invité a un picnic. Y desde ese momento estamos juntos”, me dijo mientras manejaba por la avenida Sumaré en dirección a la marginal Tieté, camino del aeropuerto. “Cuando yo pensaba que la vida ya está medio, medio…. pronta, surge esto”, concluye. La ciudad estaba oscura, había muy pocos autos en el camino, algo raro; el trayecto fue muy rápido; Luis andaba más rápido que lo acostumbrado y llegamos al aeropuerto en menos de 40 minutos.

Entre en la terminal 3. Estaba semi vacía, mal iluminada, sin tiendas ni cafés. Como era casi media noche, se veían pocas compañías aéreas que atendían gente. Busqué desesperado un lugar para tomar un café expreso y animarme, pero nada, todo cerrado. Demoré unos minutos en encontrar el sector donde la empresa hacia los test PCR.

Había una cola de unas ocho personas. Después de un tiempo, me di cuenta que la cola era para recibir el test ya pronto. Como todos usábamos máscaras, la comunicación se hacía difícil; tuve que repetir las preguntas y mis respuestas varias veces. Un centro americano me miró torcido; yo lo mire torcido a él. Diez minutos pasaron antes de que una funcionaria me confirmase que es en esa cola donde tengo que esperar para ser atendido, llenar una ficha con los datos, pagar y esperar que me llamen por el hisopado.  Aguardo en pie, unos 15, 20 minutos. Enseguida se hace media hora. A los 30, 40 minutos salgo ya con el hisopado realizado y con 65 dólares menos en el bolsillo.

Busqué en la penumbra de ese aeropuerto tristemente mal iluminado, sucio, un lugar donde tomar un café. Constaté que en ese piso principal estaba todo cerrados, a derecha y a izquierda en todo el terminal 3. No había nadie en el sector de informaciones. Vi alguien que parecía un funcionario de una empresa aérea, le tiré una soga imaginaria al cuello y le pregunté por la zona de comidas. Me dice que en el entrepiso hay algo abierto, tres tiendas. Bajo y constato, a mi pesar, que son tres lugares de fast food, de dudosa calidad, que mi hígado jorobado con una leve esteatosis no tolera más. Aun así bajo, pido una hamburguesa vegetariana y un refresco de cola, en la esperanza de que tenga algo de cafeína. El “refil” es gratis, pero la cafeína no existe.  Cada vez que yo u otros clientes tocamos el botón de “refil”, interrumpimos, en tesis, la asepsia necesaria para frenar el virus. Termino de comer. Me caigo de sueño. Veo que faltan por lo menos tres horas y media para que me den el resultado del PCR, pueda embarcar y talvez en la zona de embarque pueda tener acceso a baños más limpios y algo más de luz. Si da negativo, pierdo por supuesto todo el pasaje, unos 350 dólares, que este año me dieron mucho más trabajo ganarlos que en años anteriores. Me pregunto si a algún pasajero que embarca con la mujer, los tres hijos, la suegra, etc, la empresa le va a confirmar que los PCRS son negativos. Algo me dice que debe sumamente raro.

Veo, entre las dos tiendas principales de fast food, las cuales no nombro porque sería publicidad gratuita, un lugar donde hay unas mesas, sillas y una luz más baja; algunos viajantes que sonámbulos, dormidos o cansados, aguardan el vuelo que saldrá en horas. Algunos pocos usan el tal shield, esa mascara de plástico que se pone encima de la mascara. Intenté usar el shield una vez, pero tuve un ataque de asma terrible que no tengo, una epilepsia que nunca tuve, y una fuerte taquicardia, esa si una enfermedad sicosomática de la que sí tengo un gran currículum. Algunas personas, están sentadas, furtivamente, sin máscaras, en la semi oscuridad. Me siento y abro un libro, algo que me encanta hacer en los aeropuertos. Pero tengo sueño. No pude tomar un café. Y estoy en un ambiente muy para abajo. No puedo leer una línea, tan desagradable es el panorama visual y sonoro a mi alrededor. Hay mosquitos, desagradables mosquitos, incómodos mosquitos. La espalda me duele, la ciática me molesta, la nuca se agarrota, ciertamente producto del veneno con aspecto de comida que tuve que ingerir. Tengo ganas de orinar. Preciso lavarme los dientes. Tomo fuerzas y empiezo la operación baño.  Camino, entro, saco la máscara, me lavo las manos, orino, me lavo las manos, lavo los dientes, máscara, salgo; todo a dos por hora, porque cargo una pequeña mochila y mi valija de hasta siete kilos. Por primera vez en años, me doy cuenta que se me fueron las ganas de ir a Uruguay. Estoy demasiado incomodo y todo me duele. Yo ya hice este viaje decenas de veces, nunca viajo temprano y con las máscaras es imposible localizar algún miembro del sexo opuesto que por lo menos estimule los sentidos y algún resto de romanticismo adolescente que aún tenga. A esta hora de la madrugada, con calor y mosquitos y máscaras, es imposible también establecer alguna conversación casual interesante. Todos tenemos sueño. Nadie quiere estar allí.

Sobrevivo a horas de tedio y de incomodidad, a la espera del resultado del PCR. Voy a las 3 horas a ver si esta pronto. “No está, le vamos avisar por mensaje de texto”. Voy a las 3 horas y media. “No está, le vamos avisar a por mensaje de texto”. Me llega el tal mensaje de texto. Ufa. Voy. Es negativo, claro. Embarco desperado por un café: mi reino por un expreso.

El recorrido por el área de embarque, la aduana y el free shop es inmensamente largo, como siempre en el aeropuerto de Guarulhos. Kilómetros. Nada demás si fuera de día,  no llevase nada, pero cargando equipaje, ya que ahora las compañías te arrancan la cabeza por despachar una valija, el camino es largo, es deprimente. Camino y veo tiendas cerradas y vacías, corredores largos sin nadie. Camino hasta que encuentro una tienda abierta, iluminada, con, milagro, un buen café. Un simple y buen café expreso. Me siento, lo bebo rápidamente y reencuentro algo de energía para aguantar las tres horas que faltan. Leo noticias en el celular; varios diarios. No puedo abordar las lecturas mas serias que me había planteado idealmente. Siento también un cansancio natural del fin del año. Una hora después, después de unas dos visitas al baño, ya no sé más lo que hacer, el hartazgo me domina. Cansancio, aburrimiento, mucho sueño y gente que no es gente; máscaras, máscaras y máscaras. Hasta que veo que se abre una gran tienda de café, con mesas de madera y enchufes para recargar el celular. Allá voy, intentando estimular mi sistema nervioso con la nueva aventura cero riesgo y muy previsible. Soy en segundo en la cola. Cuando abre la caja, la persona que estaba delante de mi pide esas combinaciones contemporáneas con café helado y otras cosas más, que suelen tener unos nombres increíbles, pero suelen ser una porquería. Yo pido un café, clásico. Y como suele pasar con los lugares con grandes variaciones e inventos contemporáneos, el café tiene el gusto de una media quemada.  A mí me gusta lo local, lo clásico y lo específico; detesto lo global anónimo.
Finalmente llega la hora del embarque. Entro al avión. El trayecto entre la entrada a la nave y el asiento es cada año más penoso, porque cada vez más la gente lleva más equipaje consigo y demora más tiempo para sentarse. Después de unos minutos, ya con todos los pasajeros sentados, espero la hora del decolaje. Y espero. Y me doy cuenta que nos estamos atrasando. Y que voy a llegar tarde. Todos con máscaras, claro, permanecemos una hora en el avión, en el aire acondicionado, hasta que el avión despega.

Del viaje en sí, poco recuerdo. La falta de sueño me ha retirado parte de las memorias de la travesía. Recuerdo estar tan exhausto que llegué a dormitar unos minutos en el avión, algo raro en mí.  Al rato de despegar, el personal de bordo anuncia que van a servir bebidas y algo para comer. Y todos los pasajeros, todos testados con PCRS, nos sacamos la máscara durante más de media hora, para tomar refrescos, agua, café. Algunos pasajeros, no yo, comen también un paquete desagradable de comida salada, estilo “cheetos”, llena de grasa trans. ¿Donde está el rígido protocolo a favor de la vida? ¿Para que los PCRS si después voy a estar encerrado respirando el mismo aire con decenas de personas, algunas de ellas muy cerca mío? Eso pasa en un vuelo de apenas dos horas y media. ¿Que tal practicar el tan de moda «ayuno intermitente»?

Llegamos al aeropuerto de Carrasco. Y para mi sorpresa, nos aguardan dos horas de cola, en pie, en unos corredores sin baño, dado que en las cabinas de la aduana hay apenas cuatro ocupadas por funcionarios. «Nunca están ocupadas las diez posibles», alguien me dice. Yo vengo solo de Sao Paulo; muchos vienen con hijos, de Finlandia, España, etc etc.  Pasa una hora, de reloj y logro bajar al piso térreo. Ya estoy cerca, veo el free shop uruguayo, siempre más simpático que los otros. Ahora, en el suelo hay unas marcas donde los pasajeros deberían ubicarse, para respetar el distanciamiento de un metro y medio. Pero como la gente viaja en general en pareja o en familia y como nadie se encarga de verificar,  grupos de tres y hasta cuatro personas, ocupan cada marca, pensada para un sólo individuo y así estamos una hora apretados, en pie, esperando, respirando con máscaras, muy cerca de decenas de otros individuos. Salgo exhausto y rápido por el free shop. Me espera mi madre y mi sobrino y una cuarentena mínima de siete días. Voy a una casa de mi familia en un balneario antiguo. Paso los días “cuarentenando” haciendo caminadas en el terreno de la casa. Pido comida por teléfono. Veo películas en streaming. Después de dos días, puedo retomar la lectura. Leo bastante.

Recuerdo cuando esa casa en los años sesenta y setenta era ocupada muchos domingos por decenas de mis parientes italianos o descendientes de italianos, comiendo asado, jugando al truco, hablando alto. ¿Como cabía tanta gente en esa casita? Y con un baño apenas todavía. ¿Y la higiene? ¿Y la inmunidad? 

Pensar que el tio Humberto y la tia Aniesina están vivos todavía, pisando los cien años, y todo después de pasar innúmeras jornadas intercambiando microbios y virus con decenas de familiares. Mientras rememoro esas jornadas del tronco materno de mi familia, de los Sarubbo y de los D´Angelo, estando sólo como un perro, cumpliendo la cuarentena, decido hacer el PCR obligatorio al octavo día para así poder ver a mi gente y disfrutar algo de mi país. Cuesta casi el doble que en Uruguay. El gobierno me lo exige para poder caminar por la calle, ir a ver a mis amigos y a mi familia, abrazar y tocar a las personas, comer un asado, ir a un restaurant o a un bar. Para poder vivir. Evito, durante toda mi estadía en Uruguay, las noticias, sobre todo los noticieros de televisión. Podrán creerlo o no, pero nunca fui adepto de la pornografía.


El autor con su abuelo Angelo Salvatore Sarubbo Lagatta, década del ’60, Parque del Plata

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