ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

Alma Bolón escribe con su fineza característica en este número acerca de cómo se puede ir lejos para referirse a lo más cercano. Esa especie de elipsis espaciotemporal es una de las sabidurías que permite la literatura. 

Se me permitirá a mí pues abandonar este insensato momento local y mundial para ausentarme a la fábula, o al mito. Desde esa ventajosa localidad, espero ser capaz de indicarme a mí mismo algunos rasgos del presente y, con las dudas que caben a toda predicción, del futuro ya arrimado a pasado. Puesto que nadie más está dispuesto a escuchar otra cosa que la más estricta palabra técnica, recurro al hecho científico de que mis únicas calificaciones formales me habilitan, sin lugar a duda alguna, para ejercer la conversación, incluso por escrito o por cualquier otro medio, especialmente cuando se refiere a narrativas

La noción de narrativa, como bien dice el extraordinario Branko Malić, se ha convertido en una de las palabras más odiosas en las lenguas que la contienen, puesto que ha usurpado el sitio de la verdad para casi toda la gente. Junto al filósofo croata, proclamo la desconsoladora constatación de que tiene más razón, o al menos está mejor adaptado a la realidad, aquel que irracionalmente destruye una estatua que no conoce, que todos los sensatos argumentos destinados a llevar el asunto a un debate «racional» -es decir, que busque la verdad. 

Pues la verdad no comparece más, y pretenderla ahora es desubicado: la sustituímos hace unos cuantos siglos por un proyecto centrado en la opinión humana más el número objetivista y «científico» (en el sentido reductivo de la palabra), y ese proyecto termina necesariamente coronado por lo que tenemos ahora frente a los ojos. El mecanismo se ha desarrollado según su propia lógica interna: primero se nota que las opiniones son muchas; luego, en la desesperación de la verdad que huye, se intenta reducirlas a lo que la ciencia puede afirmar; y luego, como la política y la retórica no perdonan a nadie, se sustituye la verdad objetiva y legítima de la ciencia por un comité de políticos de túnica, convenientemente adobados de dinero, que proclama que el campo de la ciencia ha sido repentinamente ampliado hasta abarcar a toda la experiencia humana. 

Estos políticos empoderados con el mito de una ciencia totalitaria, definitiva y sin conflicto, no tienen motivos para conocer otra ética, puesto que hace siglos se nos aconseja que esta última es cuestión opinable, o a lo sumo, cosa de narrativas en disputa. A los tunicados les hemos entregado el control de la ciudad. Eso -que sería una mera dictadura- es lo de menos: lo que les hemos entregado además es la capacidad para decretar abolida la dimensión humana de la gente, que es su libertad individual -puesto que la misma reside en un sitio o cualidad misteriosa, que tal ciencia ha declarado inexistente. Ésta libertad íntima es sustituida por una serie de decretos totalitarios, escritos en la primera persona del plural, y que invocan ese «nosotros» o «bien común» como aquello que indiscutible y objetivamente conviene. La filosofía, y el derecho a elegir incluso la propia muerte antes que la esclavitud, van dejando de ser parte del repertorio humano. 

No llevaré esta conversación a los difíciles momentos a que se ve obligado todo lector contemporáneo cuando se le intenta persuadir de que ese camino sólo puede terminar en una nueva estructura autoritaria de tipo religioso. Será la historia la que demostrará, o demolerá, la intuición de que el nihilismo y el relativismo terminan en una estatua de Jefferson- o de Martin Luther King- cancelada por esclavismo.

2

Pasemos pues al plano anunciado. Hablemos de mitos, de eras, de cosas grandiosas e inabarcables al ojo desnudo.

Lo esotérico no puede pronunciarse en todos sus términos, especialmente en una revistita. De modo que engañemos a nuestro pudor observando un hilo histórico. En algún momento del siglo veinte se comenzó a conectar la historia de los símbolos zodiacales con la noción de «era». La noción de era es vieja como las eras, pero esa conexión no lo es. Nadie supo que vivía en la «era de Piscis» hasta que llegó la década de 1960 y, entre tanta revolución que vivía la tierra, a alguien se le ocurrió que estábamos a punto de cambiar de era. El asunto tiene una conexión astronómica con el fenómeno llamado «precesión de los equinoccios», dispensable aquí. Habría una era cada unos 2100 años, y justo estamos ahora, décadas más o menos, en el umbral entre una y la siguiente. 

Baste mencionar que alguna gente de los sesenta, entusiasmada con la renovación del esoterismo y su simultánea dilución en psicología folk, empezó a especular con el viejo símbolo de Urano y con el de Prometeo, convenientemente sanitizados de sus aspectos más desagradables, y vislumbró que la adviniente «Era de Acuario» sería la del triunfo final de lo que esta gente llamaba humanismo, y que a menudo queda reducido a una especie de amistad global y bobática de todos los seres dotados de ojos, igualitarismo, pacifismo, y reinado de la verdad única y objetiva. El menú -igual que los años que vivimos- es ideal, completo, infantil, y autocontradictorio. 

En aquellos años hippies todo esto se veía compatible con la nota clave de la era que se suponía llegando: la libertad individual. Se veía a la «era de Acuario» como un momento de realización final del programa de máxima del Iluminismo. Es decir del pasaje de toda la humanidad a una edad adulta y de la razón, y la liberación humana respecto de todas sus cadenas: las religiones, las iglesias, los dogmas, las verdades reveladas, y en general cualquier heteronomía. 

La pregunta de por qué desde siempre la verdad había tenido la forma literaria y filosófica de la revelación se consideró poco relevante, y la verdad misma pasó a verse bajo el modelo doble de lo instrumental, o de lo narrativo. Es importante registrar que, aunque algunas revelaciones tienen la forma de narraciones, no son relatos de ficción.

Pero esta distinción se ha olvidado puesto que, en el viejo ámbito de la revelación, subsumimos el contacto con el ser bajo la estética, o estudio de las formas, solo para enseguida darnos cuenta que si lo que importaba -tanto en literatura como en revelación- era «la forma», entonces esas cosas no importaban más nada -salvo como adorno, cosmetología o entretenimiento. No es casual que, como complemento necesario del error anterior -y en la misma época-, desde que el utilitarismo se instaló junto al cientifismo, estudiar algo, es decir, interesarse por lo relevante de algo, pasó a estar presidido por la pregunta previa de para qué servía estudiar semejante cosa. 

En cualquier caso, todas aquellas conexiones mitológicas venían de la mano de una noción, esta plenamente de técnica astrológica, y no tanto mitológica, que consistía en asignar al signo de Acuario la regencia -es decir, dominancia simbólica- del dios Urano. Urano es un símbolo fundamental de creación ex-nihilo, y por tanto el patrono de toda genialidad o innovación -tecnológica, metafórica, conceptual. Es el protector de las herramientas y la tecnología, el abuelo del homo faber y el patrono no reconocido de cualquier genio creativo en cualquier campo. 

Pero esta entrega de la soberanía de un signo astrológico a un dueño recién llegado es algo muy nuevo. Desde al menos el siglo II antes de Cristo, cuando el planeta Urano era invisible a los ojos, al signo de Acuario lo ha regido uno de sus hijos, el titán Kronos, mejor conocido como Saturno. 

El prontuario de Saturno / Kronos es antiguo y bastante conocido. Vinculado desde siempre a la melancolía y al genio (ya Aristóteles dedicó uno de sus «Problemas» a la conexión en la gente entre ambas cosas) se le asoció a la «bilis negra», a una actitud misantrópica, reconcentrada y fría, al ansia de poder, al cálculo, al tiempo y la paciencia, a los huesos, a los lugares elevados y pedregosos, a la crueldad helada, a la sabiduría que incluye racionalidad más experiencia, a la paciencia, a trabajar en el mar, y a la implacable cosecha de lo que se siembra. La guadaña tiene que ver con la siembra, pero también con otra labor menos productiva, la castración.

Pues menos conocida es una de las actitudes fundamentales del viejo Urano. Éste fue el primer genio perfeccionista y neurótico, caracterizado por una fija certeza de que él sabe y, por tanto, es inconmovible en su crítica de lo que realmente es (que, todos lo sabemos, nunca es perfecto). Acaso como consecuencia, fue hábito de Urano procrear incesantemente, pero odiar sus propias creaciones hasta el punto de volverlas a enterrar en el vientre de su esposa, Gea. 

Inesperadamente, el conservador Kronos tiene en su foja de servicios haber logrado coordinar una pandilla revolucionaria con algunos de sus hermanos, y mientras estos emboscaban y sujetaban por las cuatro extremidades al viejo Urano, Kronos extraía su proverbial guadaña y le cortaba los huevos. Este golpe de estado antiguo y espectacular marca el destino de Kronos, mostrando su herencia castradora. Por cierto, él mismo, una vez casado con Rea, censuraría puntualmente a sus propios hijos, comiéndoselos al nacer, hasta que una troika de ellos, Zeus, Poseidón y Hades, lideran la famosa guerra final contra los titanes o titanomaquia, famosamente reportada en una pintura por Pedro Pablo Rubens, y luego por una nube de caricaturistas y autores de anime.

Esta doble regencia ha sido incómoda y poco comprensible para los aficionados modernos a la estrellería. Se trata de dos patrones en apariencia muy distintos: uno, Urano, creador y neurótico, el otro, Kronos, calculador y castrador. ¿Qué tal si la escena que se está abriendo ante nuestros ojos en esta nueva era, por un misterio que ni deberíamos proponernos descifrar, resulta una combinación de ambas?

3. 

El Iluminismo fue prometeico, pero aun no sabemos por qué un astrónomo -no un astrólogo- pensó que había que conectar a Prometeo con Urano. Ni lo sabremos. La relación de Prometeo con el impulso del genio humano y racional, que es a la vez antiguo, renacentista, shakesperiano, y romántico/fáustico, está bien establecida -habiendo creado al hombre a partir de un puñado de arcilla, habiendo robado el fuego a los otros dioses en una caña para entregárselo a éstos, y siendo algo como el primer rebelde contra las jerarquías olímpicas, lo que le valió una serie de incómodas consecuencias. Pero por qué a William Herschel, pulidor de espejos, miembro de la Sociedad Científica de Bath, y descubridor del planeta en plena agitación de la revolución francesa, se le ocurrió llamarlo Urano y no Prometeo -que era el nombre cantado para él-, es un misterio. Probablemente igual que todos los bautismos, la razón para los performativos en general no existe. Te llamarás Urano, porque lo acabo de decir. Hay gente tan rara que incluso estudia estas cosas y escribe papers al respecto. El lector interesado en ir tan allá puede encomendarse a los titanes, y aventurarse.

Richard Tarnas, otro extravagante, y por tanto estudioso serio de estos temas, escribió: «Aunque el significado de Urano está tan bien establecido en los círculos astrológicos que su nombre se ha vuelto sinónimo del carácter de sus manifestaciones reales, más que de su fama mitológica, creo que el reconocimiento de la identidad arquetípica del Urano astrológico con el Prometeo mitológico puede expandir y profundizar radicalmente nuestra comprensión del significado de este símbolo. Conocer el nombre de algo, por supuesto, libera al que lo conoce.«[1] 

Desde luego, el tema central prometeico es la pretensión humana de poseer una verdad propia, arrebatada a los dioses y manejada autónomamente respecto de éstos -es decir, respecto de cualquier idea de verdad natural, de cualquier creencia en que la naturaleza provee verdades integrales y perfectas en sí, y sobre todo, de cualquier idea de que el hombre, puesto a crear o descubrir, deba respetar algunos límites «naturales». 

4.

Llegamos pues a una posible interconexión de todo lo anterior: una mitología antigua que opuso Kronos a Urano como el hijo al padre -tan iguales y tan rivales. Una conexión muy posterior entre Urano y Prometeo. La asignación de una regencia «moderna» a un signo zodiacal que ya tenía otra (una especie de revolución o golpe de estado estrellero). Y la vaga noción, agitada por sociologismos y psicologismos de inspiración esotérica en los años sesenta y siguientes, de que estaríamos entrando en la «era de Acuario», caracterizada por la final realización de la utopía prometeica: el hombre, autonomizado de los dioses, se hace cargo de su propia verdad, que es genial, «científica», y al mismo tiempo colectivista, igualitarista. El hombre se vuelve hermano del hombre en un proyecto global y autónomo, sin dioses.

Un gran estudioso de la historia antigua de las relaciones entre las culturas y los cielos encima de ellas, Robert Schmidt -traductor de buena parte de los manuscritos griegos originales que dan comienzo a la tradición astrológica tanto occidental como de la India (a donde la llevó Alejandro el Magno)- recuerda, sin embargo, que la tan recurrida «era de Acuario» podría resultar en algo menos agradable de lo que los hippies, los astrólogos psicológicos, y los utopistas ilustrados sugirieron. Y que al menos algunos de los aspectos de esta nueva era pueden describirse mucho más precisamente como la distopía autoritaria de una casta tecnocrática. Pero para esto hay que poner en lugar importante la antigua regencia saturnina en el asunto. 

Schmidt tuvo esto para decir al respecto -lo transcribo de un audio obtenido de modo privado del propio Schmidt, y por ello no tengo referencia que dar:

“En esta “Era de Acuario” en que estamos entrando, habría ya signos de que las libertades personales gradualmente van cediendo terreno frente a las necesidades de la sociedad como un todo, aunque cada uno de nosotros se vaya volviendo gradualmente más único y aislado. 

Las libertades que hoy damos por sentadas, tales como el derecho a la privacidad, están empezando a oponerse al derecho a la libertad de información. En último término, el derecho colectivo a la información ganará. 

Una serie de crisis podrían ser instrumentales para este propósito. Por ejemplo, en la medida en que las enfermedades se vuelven más centrales, las necesidades de los muchos de conocer su información médica personal finalmente pesarán más que la necesidad personal de preservar esos registros como algo privado y confidencial. Lo mismo ocurrirá respecto de la prevención del crimen, cuando, conociendo su código genético, las autoridades estén autorizadas para arrestarlo a usted preventivamente por presentar riesgos de cometer cierto tipo de crimen. ¿De qué lo acusarán? ¿De un cromosoma ilegal en el número 26Y? 

Esto no es tan ridículo como usted piensa. Con la manzana del conocimiento en cada computador (el “Yo sé” de Acuario) viene la responsabilidad, y la culpa. Aquellos de nosotros que queramos voluntariamente llevar pulseras que transmitan a las autoridades nuestra ubicación en tiempo real, podríamos obtener una reducción en nuestro “índice de riesgo social”. Ya estamos viendo el comienzo de esta clase de pensamiento en los premios a los seguros automotores, pero está expandiéndose a otras cuestiones, tales como la dieta y los riesgos para la salud, y a comportamientos como fumar y beber. Cuando vamos a Walmart y compramos comida con la “tarjeta de consumidor frecuente”, ¿cuál es el objetivo? ¿Indicadores demográficos de marketing más eficientes? A cambio de la información sobre nuestros hábitos de consumo, ellos nos dan un descuento en el precio. Por supuesto, ellos también suben los precios gradualmente, de modo que, con el hábito, finalmente damos la información gratis. 

El problema es que dentro de algunos años, esa información seguirá disponible, y podría volverse un factor de riesgo personal, el día que los abogados pasen una ley en contra del consumo de azúcar, o de quién sabe qué, por considerarlo un problema para la salud pública, y un factor negativo en el negocio de los seguros de vida. 

Hay tantos horrores que no puedo enumerarlos todos. En la medida en que las rutas se saturen, las necesidades de los muchos de llegar sanos y salvos a trabajar pesarán más que su necesidad de manejar libre y tranquilamente en un paseo y sin cinturones de seguridad. En la medida en que la sobrepoblación abrume el planeta, las necesidades de los muchos de no ser tan muchos pesarán más que su necesidad de procrear. El resultado: bebés de diseño, genéticamente mejorados, de estricto control estatal. 

Ya hemos visto los comienzos de esto con Hitler, “por el bien de la patria”. Tal como se lo ve en Star Trek, el Borg es el epítome de este tema de la unidad y el consenso (Acuario), tecnología de avanzada (Urano), y supresión de la individualidad (Saturno). Bienvenido a la Nueva Era. Toda resistencia es fútil.»

El lector se beneficiará de saber al final, ante la exactitud de esta predicción, que Robert Schmidt falleció el 6 de diciembre de 2018. Mi reflexión personal -que tal vez se acerque a la de otros en estos tiempos- es que conviene dejar de intentar razonar con los tunicados, y dedicarse de aquí en más a la estrellería, la poesía y la meditación en medio de la naturaleza. Porque ¿qué necesidad hay de hablar a quien no quiere oír, y de oír a quienes no tienen interés en hablar, sino solo en dictaminar? Como dice por ahí el libro hexagramático y sapiencial, a quien presume de saberlo todo, la gente enseguida deja de aconsejarle.


Notas

[1] Tarnas, Richard. Prometheus the Awakener, Woodstock, Spring Pubs., 1995.

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