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He visto, con mixtos sentimientos, de horror por el futuro y de satisfacción por haberlo previsto teórica y empíricamente, la imposición global de una pandemia viral, más bien comunicacional con coartada biosanitaria –como veremos-, que hace realidad teorías sociales que pudieron parecer algo apocalípticas cuando fueron enunciadas y que se han ido acumulando desde hace más de 120 años. 

Tanto los insumos teóricos, como los empíricos, ambos abundantes y variados, terminan augurando y temiendo la transformación de la humanidad en poco más que un patético rebaño de papagayos y macacos, paranoicos por la seguridad e hipocondríacos por la salud, marionetas de ventrílocuos y de titiriteros, capaces de convertir cualquier alucinación colectiva hiperreal instantánea, global y masivamente inducida, en sentido común y opinión pública sumisas, prontas a abdicar de derechos, garantías y libertades a cambio de falsas soluciones a sus paranoias e hipocondrías; además, devienen dogmáticos furiosos con cualquiera que amenace esas alucinaciones, siempre listos para censurar y matar al mensajero que contraríe o haga dudar de ellas. Lo que podría configurar una destrascendentalización cultural y civilizatoriamente regresiva de las utopías.

Ese infierno tan temido se hace realidad con la pandemia comunicacional, de coartada biosanitaria, del covid-19. Viendo acercarse una anunciada muerte de la humanidad como comunidad pensante y abierta a insumos decisorios plurales, idealmente constituyentes de regímenes democráticos y políticas interactivas, nos imaginamos también la inminente muerte de comunidades local y translocalmente mínimamente autodeterminadas, en temible apocalipsis sociohumanitaria, desnaturalización de la democracia, némesis de la política, iatrogenia social, regresión cultural y civilizatoria que aún puede pensarse esperanzadamente como evitable; y para lo cual habría que poner manos a la obra hacia una nueva utopía a perseguir, ésta nacida en este siglo XXI.

Veamos algo sobre los insumos teóricos, y luego alguno empírico, que nos llevaron a esa lamentablemente acertada previsión.

Por Rafael Bayce

1 Insumos teóricos: apocalípticos y proféticos

Hace 40 años que estudio formación de opinión pública y pánicos inducidos, la sociedad del miedo y del riesgo; y ya he visto que la paranoia de la seguridad y la hipocondría de la salud son, ambas, realidades complejamente construidas, como todas, pero especialmente inducidas e introyectadas, creídas como ‘realmente’ ocurrentes en el sentido ontológico clásico; aunque sean cada vez más hiperrealidades  (Baudrillard, 1976) constituidas como desmesuras progresivas (Bayce, 2010); más que nunca arbitrarios naturalizados desde élites interesadas (Bourdieu, 1989); alucinaciones colectivas (LeBon, 1895) píamente creídas como sensatas percepciones; furiosamente mantenidas ante mejores cuestionamientos fácticos o argumentales, mostrando mimesis casi obsesiva con las mayorías (Noelle-Neumann, 1984); titulares de un dogmatismo irascible enraizado en la economía psíquica de evitar la disonancia cognitiva y emocional (Festinger, 1957), y en el pavor a apartarse del confort neo-uterino en la sensación oceánica de la ‘masa’. He escrito abundantemente, dado cursos de posgrado y grado, he actuado en radio y Tv. He estudiado, desde el ángulo de la construcción social de la desmesura alucinada e hiperreal, el imaginario sobre las drogas (Bayce 1991a), y luego el sida, la criminalidad, la infraccionalidad de menores, la violencia en el deporte y otros fenómenos sociales menores, instando, hace ya 30 años, a asustarse sí, quizás, en este mundo contemporáneo, pero más que nada a ‘asustarse de dejarse asustar’ (Bayce, 1991b). Hasta mi tesis de doctorado se ocupó centralmente, desde la sociología política, de estos asuntos, vistos como micro-formas de producción de macro-legitimidad en un contexto geopolítico de crisis del Estado de Bienestar y conflictos de baja intensidad (Bayce, 1997). 

2 Un insumo empírico: Mundial 2014 y un penal profético

A fines de 2014 dimos dos conferencias, en Montevideo y en Porto Alegre, sobre una significativa jugada, durante el Mundial de Fútbol en Brasil 2014, que nos parecía, más allá de su nimiedad intrínseca, aterradoramente profética de lo que sería en el futuro la formación de opiniones públicas, sentidos comunes y convivialidades, en un contexto de hegemonía progresiva de medios de comunicación masivos y de alcance instantáneo y global. 

Partido de apertura del Mundial 2014 en Brasil. Brasil-Croacia. Puede usted verlo en youtube. El partido se mantiene inesperadamente empatado hasta que el árbitro sanciona un penal cometido al centrodelantero brasileño Fred, que no se apreciaba, al menos en las imágenes elegidas en ese momento de entre las muchas de las múltiples cámaras filmantes. 

Reacción inmediata, unánime, visible en Internet: los jueces habrían sido comprados para facilitar la clasificación de Brasil, en connivencia con la Fifa, para lucro económico y político de Brasil y de la Fifa, que perderían mucho con la eliminación eventual de Brasil. 

Pero 30 minutos después, los mismos canales que habían mostrado las imágenes referidas, difunden otras en las que efectivamente se ve el penal, que no se apreciaba en las imágenes seleccionadas antes. Se pretende corregir la impresión creada de un fallo arbitral equivocado y tendencioso, si no comprado. También, para cambiar o desvanecer esa impresión globalmente impuesta, se recuerda que la comisión de árbitros de Fifa les había solicitado a los árbitros una mayor severidad en la sanción de faltas en las áreas; y los equipos y la prensa son informados de ello. Porque siempre había innumerables ilicitudes no sancionadas en las áreas, fácilmente vistas durante la cobertura del partido porque las cámaras se detienen amplificadamente en las áreas cuando hay tiros libres o córners; se pensaba que eso iba a desprestigiar al fútbol como deporte frente a los millones de personas que verían el Mundial, y que verían los usuales empujones, codazos, agarrones, forcejeos, hasta salivazos, claramente agresivos, antideportivos, ilícitos para cualquier persona que hiciera o hubiera contemplado deportes, antirreglamentarios para cualquiera que leyera o se informara sobre el reglamento internacional del fútbol-asociación. De modo que nada de penal inexistente, producto de compra de los jueces por los intereses económicos y políticos de Brasil y de Fifa; había sido penal, y su sanción especialmente recomendada no solo en favor de Brasil sino en favor de cualquier equipo que sufriera infracciones en las áreas; en este primer partido el beneficiario fue Brasil, pero en el resto del torneo fueron otros. Era el primer partido en medio de esta situación y parecía que la opinión pública mundial debería cambiar ahora que se mostraban nuevas imágenes que exhibían una infracción, y que se recordaba que los jueces debían ser más exigentes que antes en la penalización de infracciones en las áreas. 

Pero casi nadie cambió su opinión; las nuevas evidencias aportadas, mucho más contundentes y explicativas del fallo arbitral que las inicialmente evaluables, fueron prácticamente ignoradas por la opinión pública mundial, en Internet, en las redes sociales, en los comentarios al desarrollo del partido. Para finalizar las conferencias aclaré que no estaba tan preocupado por ese penal en ese partido (que terminó Brasil 2-0), sino por la casi instantaneidad y globalidad de la opinión pública formada. Lo peor, en realidad, me parecía la inamovilidad de esa opinión, su irreversibilidad y el blindaje psicosocial frente a cualquier corrección o mejoramiento de los insumos decisorios aunque se hubieran divulgado mejores insumos contrarios a la decisión tan instantánea como masiva adoptada; en efecto, casi no cambió cuando se aportaron mejores imágenes de la incidencia del penal, y también mejores explicaciones de la nueva y más drástica actitud de los árbitros en la penalización de infracciones en las áreas. 

Lo que indujo en nosotros inquietantes dudas e interrogantes a futuro, ya no solo para las audiencias y los participantes de un mundial de fútbol, sino para toda la humanidad como audiencia.

3 Preguntas y dudas inquietantes

¿Las opiniones públicas y el sentido común se conformarán en el futuro de un modo tan poco racional, de modo tan instantáneo, global y masivo? 

¿Serán tan permeables a las primeras impresiones sensoriales y a las primeras sugestiones explicativas que se divulguen? 

¿Podrá imponerse instantánea e indeleblemente cualquier opinión en el futuro, si su base sensorial y su base argumental se planifican para ello, para su inmediata aquiescencia e irreversibilidad? 

¿Serán, las opiniones públicas y el sentido común, tan instantáneos global y masivamente como irreversibles y resistentes a cualquier reelaboración sensorial y cognitiva que pudiera cuestionar esas primeras impresiones y explicaciones? 

Porque si el hecho a juzgar fuera más importante que un penal a favor de Brasil en un partido mundialista de baja importancias intrínseca, ¿no podría ser construida y manipulada intencionalmente la opinión pública de modos similares ante hechos más importantes para los países y hasta para la humanidad entera? 

Me aterrorizaba la probabilidad alta y creciente de que la gente, ávida de información y de orientación para la práctica, siguiera los primeros insumos accesibles y no cuestionara más su decisión inicial; y que esos primeros y precarios insumos pudieran ser ofrecidos tendenciosa y taimadamente por cualquier lobby o grupo convergente de actores sociales interesados, a sabiendas de que muy probablemente configurarían así opiniones definitivas.

Pues bien, la coyuntura de la declarada pandemia de covid-19 parecía el escenario perfecto para el test de esas dudas y temores tan fundadamente previstos como posibles. Era el infierno tan temido para cuando lo sucedido a propósito del penal a Fred se reiterara con motivo de fenómenos más importantes.  

A esos temores teórica y empíricamente sustentados, agrego algunos insumos menores desde el imaginario popular casi folclórico: “No me convencen con razones”, decía el gallego del chiste discriminador; “el que pega primero, pega dos veces”, rezaba un aforismo milenario. Nunca tan verdaderas ambas cosas, la teoría social acumulada y esos aforismos populares ancestrales, sintetizados por mí y aplicados apesadumbradamente a la fulgurante aparición de la declarada pandemia. Inmediatamente me di cuenta de que el infierno tan temido se hacía realidad; y lo escribí en un artículo del 16/03/2020, salido 4 días después (Bayce, 2020); las razones y hechos posteriores o supervinientes, aunque mejores insumos decisorios, no harían mella en la opinión, en la creencia masiva y global instantánea sobre la pandemia del covid-19, como pasó con el penal de Fred; mis proclamados temores se cumplían; la instantaneidad y la globalidad pegan primero y dos veces (o más); mejores razones y más contundentes hechos contrarios no convencen a los ya emocionalmente adheridos a su primera opinión, casi instantánea, poco pensada, motivada por perjuicios resentidos, reforzada masiva y globalmente. 

4 Las claves: alucinación colectiva, hiperrealidad, magnetismo de mayorías, consistencia cognitiva

4.a. Alucinación Colectiva (básicamente Le Bon, 1895)

¿Por qué las creencias hegemónicas sobre la pandemia del covid-19 pueden ser adecuadamente calificadas de ‘alucinaciones colectivas’, en el sentido tan pioneramente trazado desde 1895 por Gustave Le Bon? 

Porque nuestra opinión pública y nuestro sentido común están cada vez más conformados por alucinaciones colectivas inducidas y tan bien introyectadas que las creemos reales y sensatas, llegando hasta a reaccionar violentamente y con censura ante quienes las duden o contraríen; ni qué hablar de aquéllos que les expliquen por qué los cimientos de su convivialidad cotidiana son alucinados, y por qué no les gusta que se lo digan y expliquen.

En primer lugar, porque no se basan en realidades, ni sensorialmente comprobadas ni cognitivamente bien interpretadas. La epidemia, en los diversos lugares en que se producen brotes, no tiene la magnitud creída, que fue muy magnificada por cálculos hechos por un equipo de investigadores liderado por Neil Ferguson, del Imperial College de Londres. Las cifras que basaron decisiones técnicas y políticas no fueron registros de ocurrencias sino cálculos desde un modelo epidemiológico a falta de datos provenientes de la realidad, que demoraban o eran muy parciales e incomparables. Se previeron infectados, contagios, muertes y necesidades hospitalarias de atención a partir de un modelo epidemiológico de simulación. No quedaba otra, en ese momento; pero cuando comenzaron a llegar datos reales, y no simulados, muchos científicos ingleses y norteamericanos criticaron, tanto los datos usados para generalizar a todo el mundo desde cifras no representativas de la variedad poblacional, como los irreales supuestos de evolución de la pandemia según el modelo adoptado, que la pandemia no parecía respetar. Rápidamente, y entre muchos otros, el premio Nobel de Química 2013 Michael Levitt, –por simulación de sistemas químicos complejos (nada menos)- dice que los cálculos, al menos para USA, UK y China, están inflados en un 900%, y recalcula acertadamente datos chinos. Pero el pánico se apoderó del mundo cuando la OMS declaró ‘pandemia’ y usó los hiper-inflados datos de Ferguson, como USA, UK, Francia, España y tantos otros países en desmedro de mejores críticas y creyéndole a modelos provisorios, ya mostrados como no isomórficos con el desarrollo de pandemia y previsores de cifras que mostraban su error, destinada generalización y desmesura. 

El mundo ‘alucinó’ con los datos de Ferguson “astronómicamente equivocados”, –como lo afirmó John Ioannidis, de Stanford University- tan creídos como para servir de base para previsiones y medidas sanitarias; y, como pasó cuando el penal de Fred, siguió creyendo en su opinión inicialmente formada aun cuando grandes científicos aniquilaron luego los datos, los cálculos y el modelo usado; cuando los datos empezaron a desmentir los cálculos del modelo, como en Brasil 2014, tampoco se inmutaron. Persistieron en su hipocondríaca alucinación colectiva. Ferguson ya había hecho cálculos desmesurados varias veces en otras epidemias; pues le erró de nuevo; y, bastante sorprendentemente, le creyeron de nuevo; pero esta vez no fue solo la UK; el mundo galvanizó y bendijo el enorme error: una catástrofe científico-político-comunicacional aparece, con la insuficiente coartada de una catástrofe biosanitaria inminente, la alucinación básica, hiperbólica. 

La del covid-19 está siendo, más que nada, una pandemia científico-político-comunicacional nefasta para el presente y futuro de la humanidad; aunque no tanto por su riesgo sanitario como por la iatrogenia socioeconómica masiva de la reacción socioinmunológica a esa pandemia, que es tan autodepredadora, curiosamente, como la respuesta bioinmunológica orgánica, intracelular; esa vocación doble y consistentemente suicida luce paradojal en una sociedad hipocondríaca; pero es sutilmente compatible con ella. Quizás vale la pena recordar brevemente que parte del desastre orgánico desatado por la invasión viral se debe a la exagerada respuesta agresiva de un sistema inmunológico intracelular que no reconoce bien el peligro y mata indiscriminadamente más de lo necesario en el intento de neutralizar una invasión infecciosa que no conoce bien. Curiosamente, las células operan de modo semejante a las sociedades, a través de la reacción sociopolítica que decide combatir una supuesta catástrofe biosanitaria mediante medidas que provocarán una multicatástrofe total de las sociedades, que retrocausarán peor daño sanitario que la pandemia; destruirán, actual y duraderamente, más de lo que defienden; homologías intracelular y extracelular, ambas desmesuradas, alucinadas, hiperbólicas. Ya especularemos por qué ocurrió esto, a nivel de especialistas, de decisores políticos, de comunicación masiva y del imaginario público. 

Lo que es seguro es que casi todas las creencias sobre la pandemia eran y son alucinaciones desmesuradas, hiperbólicas, que magnifican y dramatizan, reiterando obsesivamente datos falsos y medidas sanitarias más que dudosas en su eficacia, sin siquiera considerar su eficiencia, tanto más cuestionable aún. 

Uno. Tanto el número de infectados, como su gravedad, la letalidad del virus, su contagiosidad, y su capacidad para afectar seriamente la salud de por sí, sin otras co-morbilidades que afectaran al sistema inmunológico, eran y son mucho menores que las alucinadamente creídas, en buena medida por la acrítica aceptación inmadura del magnificado disparate diagnóstico y pronóstico producido por el equipo de Ferguson, y su bendito seguimiento por la OMS y países líderes en occidente, con lo cual infectaron comunicacionalmente a casi todo el planeta. Para esas alucinaciones se había preparado un esquema de atención hospitalaria que sobró para un covid-19 mucho menos frecuente e importante que lo alucinadamente esperado; pero esa desmesurada expectativa retaceó por ello la atención a otras dolencias mucho más frecuentes y graves; por ello, aun si se previó convenientemente una emergencia pandémica y se disminuyó así su incidencia, el resultado agregado para la salud pública de esa cuidadosa preparación para atender alucinadas expectativas no debe haber sido el mejor, lo que quedará claro recién cuando se hagan evaluaciones retrospectivas después del primer año de la pandemia. Bien podría haber sido un gol en contra sanitario, como la mayoría de las medidas adoptadas, que, si no son goles en contra sanitarios lo son en lo económico, político, social, cultural, laboral, educacional, intrafamiliar, etc. Una prolija regresión civilizatoria que toda la humanidad unida debe evitar que se transforme en una ‘nueva normalidad´ trabajando para que se vuelva a la antigua normalidad, menos patológica y patógena que la nueva.

Dos. Si el diagnóstico fue delirante y alucinado, las medidas adoptadas para enfrentarlo fueron y son coherentes con él. Ni las cuarentenas, ni los encierros, ni los distanciamientos, ni las mascarillas, ni los cierres de instituciones de todos los tipos, pese a ser publicitados política y mediáticamente como científicamente basados, son indudablemente tales. Enfrente de la biblioteca que se ha usado para legitimar las medidas, yace, minimizada, ninguneada y hasta censurada a veces, otra biblioteca alternativa. Los dermatólogos advierten contra excesos en el lavado frenético de manos, y contra los guantes ubicuos y perennes. Los neumólogos se escandalizan del excesivo porte de mascarillas, que afecta el mecanismo respiratorio porque dificulta la eliminación, por exhalación, de desechos metabólicos y de anhídrido carbónico, e impide una buena absorción, por inhalación, del oxígeno necesario. Los psicólogos y científicos sociales prevén incrementos en las riñas domésticas, en las violencias domésticas (de género, contra menores, contra ancianos, contra mascotas, abusos sexuales); más desbordados que los centros de salud van a estar los juzgados y fiscalías penales, civiles, laborales, de familia, de menores, como resultado de los esperables daños colaterales de alucinadas medidas tomadas contra alucinados diagnósticos y expectativas. Las cuarentenas deberían reducirse a los infectados, como se hace desde el medioevo; los encierros dudosamente ayudan a los mecanismos de ventilación y de inmunización comunitaria especialmente aconsejables para resolver dolencias respiratorias; los distanciamientos son imposibles de observar en la mayor parte del espacio-tiempo, y casi impracticables en los hábitat residenciales y en las convivencias en dormitorios de la mayoría de la humanidad. En el África subsahariana, aunque no sólo en ella, no se puede recomendar, ni mucho menos obligar a mantener distancias: decisores ignorantes y de espaldas el mundo probablemente creen que se pueden tomar distancias con facilidad, a piacere: “uno para la piscina, otro para el fumoir, otro para la biblioteca, otra para el estudio, otra para el jardín de invierno, y listo”; ni en el Uruguay es viable. Es absurdo pensar que la humanidad, del modo que vive, pueda mantener todo el día esas distancias; aunque no confiesen que no lo hacen los mayoritarios y humildes actores imposibilitados de siquiera pensar en hacerlo; ni aunque los administrativos quieran creer o hacer creer que el distanciamiento se cumple; un mínimo de sentido común lleva inevitablemente a la conclusión de que es tan idealmente deseable como impracticable; aquí la duda no es sobre la medida en sí y su utilidad, sino sobre la viabilidad de su cumplimiento. Pero los responsables de esas exigencias pseudo-sanitarias alucinadas se empeñan en atribuirles una eficacia causal que los datos de investigación no avalan. Los países con más encierro son los que tienen más infecciones y mayor tasa de letalidad, por ejemplo.  

Un hilarante ejemplo uruguayo reciente. Fue extraordinaria la alarma vociferada por los médicos cuando se decidió volver peatonal un trecho de la Av. 18 de Julio los sábados, de 13 a 18 horas: el pánico de los médicos consultados por los canales que trasmitían se justificaba, ya que se había transgredido la medida sanitaria de los encierros, y, claramente, ni las distancias sanitarias ni las mascarillas se respetaban tampoco según las imágenes proyectadas. La alarma manifiesta era por el temor a la profusión de los contagios con esa multiviolación de las medidas sanitarias; en realidad, era temor latente a que se transgredieran todas las medidas sanitarias masivamente ¡y que no pasara nada!, con lo cual se deslegitimaría todo el miedo inducido, que se mostraría entonces en toda su alucinada hiperrealidad mistificadora. Fueron 2 sábados de peatonal transgresora como secuela de lo cual ¡no hubo ningún brote epidémico!, como pensábamos que sucedería los que no nos comemos las pastillas atemorizantes, viejas conocidas. Resultado: se discontinuaron las tardes peatonales. Alegadamente, por su peligro sanitario; realmente, porque amenazaban con un peligro peor para el lobby hegemónico: podían mostrar, obscenamente, la inocuidad e innecesariedad de las mágicas y sadomasoquistas medidas sanitarias exigidas por el coro interdisciplinario de atemorizadores. ¡Eran un auténtico peligro!; pero no para la población sino para el coro de mistificadores unidos. Pero ellos tienen el poder y consiguieron su prohibición con la falsa razón del peligro de contagio; en realidad, peligro de contagio de la realidad y la verdad, las peores amenazas a los poderosos de siempre.

Sigamos con las dudosas recomendaciones sanitarias puntual y furiosamente creídas. Los testeos, tanto los celulares como los serológicos, son mucho menos precisos, conclusivos y unívocos que lo creído. Dios nos libre de lo que serán las vacunas que se ensayen y prueben en un contexto de urgencia política sanitaria; de batalla económica y financiera para vender esperanzas de cura para una pandemia creída como frecuente, grave y letal; cuando los inversores y usufructuarios de inversiones en vacunas ya han obtenido legislación que impide que les sean hechas demandas por parte de quienes fueron vacunados en caso de perjuicios sanitarios. Los jabones de descarga neoevangélicos, al menos, no amenazan la salud individual y pública; ni los rituales de los terreiros, ni las estampitas católicas de santos especializados en milagros específicos. Estamos entrando en una nueva edad media, con creencias tan alucinadas como las medievales; en aquel entonces eran religiosas, ‘reveladas’ trascendentemente, o administradas por autoridades eclesiásticas; las nuestras de hoy son pseudocientíficas y ‘trucho-científicas’, promovidas y administradas por autoridades temporales, tan alucinadas unas como otras.

4.b. Hiperrealidad (básicamente Baudrillard, 1976)

¿Por qué el concepto de hiperrealidad progresivamente impuesta, de Baudrillard, es tan relevante para entender el mundo actual, su evolución y, en concreto, la pandemia del covid-19, en adición a la alucinación colectiva creciente de las creencias y opiniones en la sociedad de masas, como sostenía Le Bon?

Porque confía más, para su estabilidad psíquica y para sus decisiones técnicas, en hiperrealidades tales como modelos de simulación, que en cifras provenientes de la realidad misma que se teme y sobre la que se quiere actuar. A ver, filosóficamente no creemos ingenuamente en ninguna ‘realidad natural’; ya desde la distinción aristotélica entre ‘intelecto pasivo’, -básicamente antecesor de las ‘formas a priori de la sensibilidad’ kantianas-, y desde el ‘intelecto activo’ aristotélico también, -antecesor por su vez de las ´formas a priori del entendimiento’ kantianas-; sabemos que toda realidad es construida, ‘naturalmente construida’ si me aceptan el oxímoron. A lo que contribuirán luego la fenomenología social y el pragmatismo norteamericano. Pero la inevitable construcción de la realidad no impide reconocer que los insumos para su elaboración puedan tener diversos grados de origen en la realidad más natural a la que se dirigirán para actuar sobre ella, luego de concebirla. Es hiperreal, para Baudrillard, una realidad que es más creída como real que otra concebida con mayor dosis de empiria constituyente y menor dosis de simulación de empiria. Será un mundo de ‘modelos’, como ya pasó con la alucinada hiperrealidad del modelo de Ferguson que subordinó y eclipsó a la ocurrencia de la epidemia en el origen de las decisiones políticas, en la información periodística y en el imaginario hegemónico introyectado. En el caso del covid-19, a falta de buenos datos empíricos y de información sobre la evolución de la epidemia, se intenta predecir, para decidir técnica y políticamente, sobre la base de un modelo que simula determinadas relaciones entre los factores y adopta determinados valores para los factores entrelazados en el modelo; muy bien, era lo que se podía hacer en ese momento, con grandes urgencias de una opinión pública azuzada por una voraz e irresponsable prensa y carencia de cantidad y calidad de datos sobre la pandemia. Pero cuando se dispone de datos sobre el comportamiento de los factores del modelo y de otros ajenos a él pero influyentes, y cuando se dispone de datos reales y no simulados sobre el espacio-tiempo de la pandemia, solo puede seguirse creyendo en los datos y los vínculos teóricos entre factores, si los del modelo se acercan a los arrojados por la realidad empírica. Y eso no sucedió ni sucede. Los datos usados por el modelo epidemiológico de simulación SIR, elaborados por el Imperial College de Londres a instancias de Neil Ferguson, se revelan como inaplicables y no generalizables a los países focales (USA, UK) y a los que los aceptan sobre la base de su validación por la OMS; porque, estáticamente, esos precarios datos no representan lo que sucede ni en esos países ni en otros, y porque, dinámicamente, la realidad tampoco se ha comportado del modo como se corrió el modelo. Esa realidad simulada se ha revelado mala diagnosticadora y previsora de la pandemia cuando se confronta con lo efectivamente ocurrente; pero, sin embargo, sobrevive a su contrastación empírica negativa, al resultado de su falsación; por eso se convierte, como plantea Baudrillard, en una hiperrealidad creída como más real que la empiria real y pese a su diversidad de ella; alucinación colectiva, como vimos. En lugar de seguir operando sobre datos empíricos y procesos empíricamente sucedidos, la humanidad sigue previendo y reaccionando técnica y políticamente, y produciendo sentido común, opinión pública y convivialidad cotidiana, sobre la base del modelo de simulación que supuestamente caería si no fuera corroborado por los datos y el desarrollo de la pandemia; pero, pese a que fue disconfirmado no cayó y se sigue creyendo en él, equivocado, alucinado, desmesurado e hiperbólico: no reconstruye modélicamente el proceso infeccioso empíricamente ocurrente; no representa con sus datos, ni el promedio ni la variedad espaciotemporal de las infecciones; prevé con un exceso de un 900%, 10 veces más fallecidos que los previsibles con mejores datos y mejores modelos, pronostica necesidades de atención e internación también alucinadas. Baudrillard cree en un futuro en el que los modelos trans-empíricos desalojarán a la empiria en la construcción social de la realidad, que serán hiperrealidades por sobre las antiguas realidades empíricas no simuladas; que comunicacionalmente serán impuestos como verdaderos, lo fueran o no. Doctores tiene la santa madre iglesia. De la simulación artifactual a su imposición en la cotidianidad como real, hiperreal, hay solo un gran paso, que es la posibilidad de convencer de la realidad óntica de lo hiperreal mediante una cadena de mediaciones comunicacionales retóricas con coartada científica, y mediante una dominación política que asegure y legitime la hegemonía simbólica construida. Es lo que pasó con el covid-19, profetizado por lo que sucedió con el citado penal a Fred y también por la secuencia de un fracaso profético, que veremos más adelante.

Como ve, lector, esto es casi un relato reconstructor de la alucinación colectiva que se nos impuso y estamos viviendo como hiperrealidad, o sea como más creída que la realidad empírica, aunque difiera de ella: si la realidad difiere del modelo, peor para ella. Creemos como real y sensato lo que es alucinado e hiperreal, probadamente antiempírico; los locos son los otros. Lo que sucede en la cadena comunicacional (“multiple-step flow” de Paul Lazarsfeld, 1955) es que los decisores políticos, en especial los ingleses y luego los norteamericanos, aunque también algunos europeos (Francia, Bélgica, España, Italia), en parte se basan en la legitimación de la alucinación por parte de la OMS y su declaración de pandemia, y en parte se legitiman retóricamente en una pseudo-ciencia, ya mostrada como tal por los científicos que trascendieron la simulación por el modelo y los precarios datos iniciales, y los denunciaron como muy erróneos.

Como vimos, los diagnósticos y los pronósticos no son buenos ni las medidas terapéuticas son técnicamente indudables ni probadamente eficaces; su hegemonía social es alucinada e hiperreal, hiperbólica; de racionalidad política electorera y utilidad comercial para la prensa, y para otros beneficiarios de las sociabilidades y convivialidades cotidianas emergentes de las medidas adoptadas; Le Bon y Baudrillard celebran en sus tumbas, junto a todos los que ayudaron a prever y entender mejor lo que se venía y se vino.

La cobardía política disfrazada de valiente prudencia

¿Por qué los políticos siguieron los datos precarios iniciales cuando ya disponían de mejores y contrastantes con los anteriores?; ¿por qué siguieron un modelo ya mostrado como no isomórfico con la pandemia ocurrente?; repitieron lo de aquéllos que creyeron demasiado pronto en la conspiración que cobró el penal a Fred.

En parte porque son cobardes con disfraz de épicos severos; y lo son porque en lugar de elegir un modelo más sensato como el sueco, temiendo que brotes infecciosos los conviertan en irresponsables, insensibles e irresponsables frente a una opinión pública ya convertida al pánico hipocondríaco por la prensa, deciden las medidas que todos sufrimos y que luego fueron imitadas por todo el mundo occidentalizado y globalizado, pese a que tiene las peores tasas de mortalidad epidémicas de todo el mundo; pero que se propone e impone, alucinada e hiperrealmente, como el modelo a seguir. Porque tomándolas no arriesgarían lo que podría sucederles si tomaban medidas menos draconianas por las que pudieran ser acusados de insensibles e irresponsable por la prensa y su turba convencida (o la oposición). Quizás es lo más deseado en la profundidad de personalidades hipocondríacas del espectro del sadomasoquismo psicosocial que Erich Fromm (Fromm, 1944) diagnostica para occidente a mediados de los ’40; quizás es adecuado también para caracteres sociales como los ‘dirigidos por los otros’ (other-directed) de David Riesman (Riesman, 1947) a fines de los mismos ’40; o como los samoanos de Margaret Mead (Mead, 1970) de fines de los ’60: co-dirigidos por sus coetáneos más que por sus mayores o por principios (los inner-directed de Riesman). Hiperrealidad alucinada entonces, según LeBon y Baudrillard, que vi venir claramente cuando el penal a Fred; que se hizo dramática realidad con la pandemia comunicacional del covid-19, hiperrealidad alucinada que amenaza con convertirse en ‘nueva normalidad’ y a lo que hay que oponerse tenaz y lúcidamente; y que se verifica también con la otra gran paranoia complementaria erosionadora del mundo actual: la seguridad. 

Entonces, cuando aparece el covid-19, pandemia comunicacional mucho más indudable que la sanitaria, intrínsecamente tan poco grave sanitariamente en términos relativos, se producirá una opinión pública mundial que ignorará toda la ciencia producida salvo la que, con cálculos y modelos equivocados, se les impone como hiperrealidad alucinada a través de un flujo múltiple: desde una pseudo ciencia equivocada pero políticamente validada, pasando por una irresponsable prensa obsecuente y voraz que instala el pánico, que condiciona así el decisión-making político, y conforma la opinión pública, el sentido común y la convivialidad cotidiana. 

Seduce a políticos que no toman las mejores decisiones técnicas sino aquellas –con un mínimo legitimador técnico retórico- que no les vayan a resultar costosas electoralmente si las cosas van mal y parecen serias. Son medidas jubilosamente recibidas por la prensa y los medios de comunicación porque, aunque con gestualidad épica y preocupada, saben que las malas noticias venden más que las buenas, y que las medidas sanitarias de cuarentena, encierro y distanciamiento favorecen sus audiencias. Construyen, entonces, miedo y pánico desde esos errores científicos invisibilizando las ilustradas opiniones de científicos que descubren los errores que desata el terror a una pandemia; se continúan las cobardes decisiones políticas sanitarias que, más que proteger la salud pública, se resguardan mediante ellas frente a eventuales brotes que puedan volverse reclamos y fuga de votos.

Y la gente, en este caso creciente e irreversiblemente manipulada por la tríada ciencia (más bien pseudociencia)-política-prensa, convierte esas alucinaciones colectivas hiperreales en vox populi, vox dei de un cotidiano codificado desde una opinión pública y un sentido común tan delirantes como furiosos creyentes en su sensatez, y en la locura y peligro de toda alternativa, duda o disidencia. De nuevo, hiperrealidad alucinada, hiperbólica creída como real, racional, científicamente fundada y prudente-sensata.

4.c La construcción mediática de la desmesura

Está bien, se produjeron precoces resultados científicos necesarios, producto de mala ciencia, que abunda y más que la buena; mejores datos y modelos fueron encontrados, pero eran más peligrosos electoralmente que los peores anteriores; por ende, altruista y racionalmente, los políticos toman medidas según los desmesuradamente malos datos anteriores y no sobre los mejores posteriores. Esos mismos, iniciales y peores datos, diagnósticos e indicativos de medidas a tomar, son también los preferidos por los medios de comunicación de masas y, en consecuencia por las redes sociales; la espiral epidémica comunicacional, que comenzó con mala ciencia no corregida como insumo decisorio, se continúa con el privilegio que se les da a los malos datos, el ninguneo de datos mejores pero comercialmente menos convenientes, y la secundarización, si no censura, de todos los discordantes y disidentes con los datos y modelos que proporcionaban seguridad electoral a los políticos y lucro comercial a la prensa y medios. Se difunden con entusiasmo vestido de preocupación los que asustan más, atraen más por peores, y tienden a enclaustrar a la gente, con beneficio obvio de las pantallas, sus tecnologías y sus anunciantes. 

En esa cadena viciosa pseudociencia-política-medios-rumor cotidiano, la alucinación aparece ya desde el inicio de la cadena, y no solamente como tercer eslabón, que es el lugar que ocupa cuando la hiperrealidad se suma a la alucinación. En buena medida las malas decisiones políticas se toman por miedo a una reacción histérica de una opinión pública hipocondríaca, pero azuzada y asustada en su paranoia por la prensa y los medios de comunicación de masas (redes sociales, y compris). 

Pues bien, ¿mediante qué mecanismos básicos se genera la desmesura que resulta en alucinación hiperreal hipocondríaca y paranoica? (Bayce, 2010).

Uno. Por magnificación cuantitativa multiforme.  Descontextualizar para asustar mejor. A) Si las cifras brutas no son impresionantes, se usan porcentajes adverbiados; si los porcentajes no asustan, se usan entonces los datos brutos descontextualizados.  B) Las cifras no se relativizan per cápita ni estandarizan, porque impresionarían menos. C) No se relativizan respecto de otras infecciones, u otras causas de muerte, porque asustarían más. D) No se comparan con años anteriores, que podrían mostrar semejanzas o números superiores. E) No se mencionan los lugares y momentos en que hubo más. Veamos solo un ejemplo siniestro: a principios de agosto de 2020, en un mundo de 7.800 millones de personas había 780 mil fallecidos por covid-19 (sin focalizar el dudoso hecho de que los muertos ‘con’ covid-19 lo sean ‘por’ esa causa sola o principal, que sabemos no es así porque hay una compleja y variada maquinaria  para adjudicarle al covid-19 una letalidad que en realidad es producto de co-morbilidades); pues bien, entonces, 1 muerto cada 10 mil personas o, mejor para comparar, 100 por millón, promedialmente para todas las naciones; pero sucede que ese promedio estadístico está conformado por una mayoría de países con menos y mucho menos de 100 fallecidos por millón, y otros pocos que tienen mucho más que 100 por millón. Los que están focalizados por la prensa son aquéllos que tienen mucho más que 100, los que se asustan más y aceptan medidas disruptoras de sus vidas por hipocondría natural y alimentada; ¿cuáles son?: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, España, Italia, Bélgica, Perú, Brasil, todos entre 300 y 800 casos por millón, entre 3 y 8 veces más que el promedio mundial y muy pocos, tan poco representativos del todo pero sin embargo tan focalizados precisamente por eso; además, casi exactamente aquellos que han impuesto las medidas draconianas que resolverían mejor los brotes, los mejores ejemplos del fracaso de diagnósticos y soluciones intentadas, lo que se guardan bien de decir, claro. Pero los mayores países del mundo en población, fuera Estados Unidos y Brasil – y quizás México-, son China, India, Pakistán, Indonesia, Rusia, que tienen tasas de letalidad mucho menores que las publicitados para asustar, y tampoco se dice; se mencionan sus números brutos, porque tienen mucha población, pero sin relativizar per cápita, lo que asustaría mucho menos. F) Se realiza un seguimiento diario, y por todos los canales comunicacionales, de cada caso que se produce en cada lugar, lo que genera una sensación de gravedad y ubicuidad asesina que, si se hiciera con las enfermedades respiratorias, con el cáncer, con las cardíacas, etc., con movileros avisando de cada mujer que llega para una mamografía o de cada hombre que se analiza la orina como detector de síntomas de prostatitis, estaríamos todos en un manicomio; pero ese relato, uno a uno, durante todo el día todos los días, de contagiados y muertos por covid-19, y solo por ello, impide que el miedo afloje jamás; hay que mantener con leña constante el sagrado fuego del pánico masivo, tan lucrativo económica como políticamente. 

Dos. Por dramatización cualitativa. Palabras descriptivas, verbos, adjetivos calificativos, adverbios aumentativos constituyen el lenguaje del miedo, además del complemento gestual con que el mediador comunicacional condimenta lo anterior. Y los telones de fondo con elementos asustadores que no representan a la infección en su normalidad sino en su excepcionalidad, con lo que patologizan la normalidad, con lo que normalizan las patologías al punto de querer imponer esa patologización como ‘nueva normalidad’, para completar la perversión. Por ejemplo, cuando se empieza a hablar de lo sucedido con la pandemia cada día o lugar, las imágenes son de hospitales, con enfermos en camas enchufadas a cables y un ejército atareado de personal de salud revoloteando como cuervos. Pues bien, solo 1 de cada 10 infectados precisa internación; no se está describiendo la enfermedad por su normalidad sino por su excepcionalidad, nuevamente. Y, ominosamente, siempre presente en las escenografías, la enorme albóndiga voladora con cuernos de caracol, ficción icónica impuesta como apariencia del virus. Toda la cobertura de la pandemia es magnificadora y dramatizadora, como también sucede con la cobertura de hechos criminales o de seguridad, a través de todo lo cual resulta la magnificación de la sensación subjetiva de la probabilidad de ser víctima, así como la dramatización de la probabilidad de que la chance cuantitativa de ser víctima se potencie con la probabilidad aumentada de que la calidad de la lesión o del daño sean graves; nada de lo cual es cierto tampoco en nuestro caso, ya que la probabilidad de contagiarse sintomáticamente ya es baja, así como muy baja la de precisar atención no domiciliaria, bajísima la de necesitar cuidados intensivos o morir, mucho más altas las de no contagiarse, no contagiar, no registrar síntomas, no necesitar cuidados, no intensivos, mucho más alta de recuperarse que de empeorar hasta lo peor, y casi nula de tener algo serio si no se es muy mayor y con comorbilidades debilitantes del sistema inmunológico. Pero la alucinación colectiva hiperreal, hiperbólica, nos dice muy otra cosa, lo contrario; el símil de Marx de la ideología como inversión en la retina de la realidad y significados del objeto es tentadora en este punto.

Tres. Por reiteración y redundancia. Ya había apuntado Le Bon, y tanto Goebbels como Mussolini lo aplicaron con éxito, que una mentira suficientemente repetida se puede volver verdad creída; contemporáneamente, ya todo publicista comercial o político lo hace independientemente de su preferencia político-ideológica. En el caso de nuestro covid-19 es casi ocioso recordar la abrumadora reiteración de las instrucciones sanitarias y de los raciocinios de apoyo a la hegemonía instalada con que somos inmisericordemente bombardeados; hasta Cabildo Abierto y Manini lo aceptarían como ‘tortura’, siempre que no estén enunciadas por militares, claro. Distinta es la redundancia, diferente pero convergente y funcional con la reiteración. Hay redundancia en mensajes, en una de sus acepciones, cuando, desde diferentes insumos cognitivos o icónicos se aporta al mismo objetivo; por ejemplo, para mantener la obsesión con el covid-19, si no hay noticias malas, opiniones machacantes, o algo explícitamente asustador, se recurre a preguntarle a cualquier entrevistado cómo le va con la pandemia, qué pasa en su barrio, en su casa, en su trabajo; a lo que todos responderán, claro, que hacen todo lo mejor, con lo cual reiteran una vez más los mensajes políticamente correctos, alimentan la ficción de que se cumple con los protocolos, y no dejan que las audiencias piensen en otra cosa o de modo alternativo.

4.d. Mimesis con las mayorías y consistencia emocional y cognitiva. (Noelle-Neumann, 1983, y Festinger, 1957).

Muy sucintamente, la gente desea no sentirse en soledad, no solo física sino tampoco intelectual y emocionalmente; de modo que la disidencia es una fuente, en principio, de soledad, y aparta de la búsqueda de coincidencias que lleven a acciones consensuales e interpretaciones comunes de las acciones de otros. Así como se siguen la moda, las tendencias, las visitas y ‘likes’ en la prensa abierta y en las redes sociales –desde ‘influencers’ ahora- así también se adhiere en principio a todo ello, salvo muy sólida formación intelectual y moral contraria a lo mayoritario. Parte de la explicación de la colectividad, tanto de la alucinación como de la hiperrealidad hiperbólica creídas, en el caso del covid-19, es la percepción clara de que habría representaciones claramente homogéneas que buscan adherentes así como los adherentes buscan reaseguros para sus recientemente adoptadas representaciones. Como en el caso del penal a Fred, recuerda? Pero la mera convicción intelectual no basta, ni termina ahí la consolidación de las mimesis que resultan en alucinaciones colectivas e hiperrrealidad. Porque, si bien se buscan reaseguros intelectuales y cognitivos reforzadores, la permanencia de la convicción intelectual produce también adhesión emocional a lo intelectivamente adquirido; decía LeBon que las creencias solo se introducen desde sus elementos emotivos. La emocionalidad se adhiere a las convicciones intelectuales porque la erosión de cualquier ladrillo del edificio cognitivo afecta a todo el edificio de creencias que resultan corolarios o deducciones de premisas creídas como más o menos firmes; la gente en realidad siente aprecio por lo que cree es su bagaje cognitivo, además sostén de otras creencias, opiniones, evaluaciones y acciones; hay una inversión emocional y un aprecio por lo adquirido, por lo cual inquietan y molestan las dudas y los cuestionamientos al saber adquirido, que ya es parte de andamiajes cognitivos mayores a los cuales se les quiere emocionalmente; por eso hay una negación de lo contrario y alternativo. Todo lo que se cree alucinada e hiperrealmente respecto de la pandemia se mimetiza con las mayorías y no entra en conflicto con nada que produzca disonancia cognitiva y/o emocional. Festinger, para ejemplarizar y apoyar su teoría, hizo un estudio por observación participante de un grupo religioso (Festinger, 1956) que esperaba un extraterrestre que los salvaría la Navidad siguiente de un cataclismo que destruiría al resto de la humanidad. Llegado el día, y, como era de esperar, no hubo ni cataclismo ni salvataje extraterrestre. Festinger estudió las varias reacciones de los miembros del grupo al doble fracaso de las profecías y encontró, como quizás esperaba, que algunos de los miembros no soportaron emocionalmente la disonancia cognitiva entre las profecías y lo ocurrido, y se dedicaron entonces a predicar las mismas profecías incumplidas, aunque con fechas nuevas; resolvieron ignorar el fracaso, reubicarlo temporalmente y seguir con la tan emocionante espera de cataclismo y salvataje; su economía psíquica no toleró la disonancia cognitiva entre lo creído y lo ocurrido, que otros miembros sí absorbieron; y decidieron negar lo ocurrido realmente en desmedro de lo ficcionalmente creído antes; la solución fue la resiliencia religiosa, la predicación de las creencias no ocurridas. 

En nuestro caso del covid-19, no se toleró tampoco la disonancia cognitiva originada por la disconfirmación en la realidad de los resultados de la simulación del modelo de Ferguson ni la posible inadecuación de las decisiones políticas que marcaban medidas sanitarias basadas en los cálculos, datos y estructura teórica del modelo; y se mantuvieron, -como algunos de los creyentes pese al incumplimiento de las profecías, y como tantos que no cambiaron su opinión cuando tuvieron datos mejores sobre el penal a Fred-, los conceptos diagnósticos y las medidas sanitarias basadas en los errores ya demostrados como tales. A lo que se sumó la reticencia de los gobiernos a reconocer que las medidas tomadas se volvían implícitamente muy dudosas ante la caída del modelo de cálculo adoptado como fundamento para ellas. Y así el mundo entró en una pandemia comunicacional que mundializó los errores teóricos y prácticos deducidos de los erróneos cimientos del tratamiento del asunto. La adhesión coincidente de los gobiernos de USA y UK, así como de varios países europeos y de la OMS, vuelven difíciles las reconceptualizaciones, más aún cuando ya se tomaron medidas sanitarias coincidentes con el modelo disconfirmado, cuando la prensa ya difunde imparablemente el modelo terápico impuesto, y la gente ya internalizó rápidamente el imaginario y sus consecuencias prácticas. Por eso el chiste del gallego viene a cuento: ni a esos miembros de la secta, ni a esos creyentes en la sanción comprada del penal a Fred, ni a los primeros creyentes en el modelo de Ferguson, ni a los políticos y prensa fieles, los convencieron con realidades ni con razones. Así estamos. Y por eso también quien pega primero en la implantación de una convicción pega dos veces: ocurrió con los creyentes en la ilicitud de la sanción del penal a Fred, con los creyentes en el salvataje extraterrestre, y con los creyentes en el modelo de Ferguson y en sus consecuencias; porque esas creencias pasaron a formar parte de formaciones cognitivas mayores a las que se suma adhesión emocional, que resiste a la negación o erosión. Y cuando se vuelven opinión pública, sentido común y vox populi, se convierten en vox dei, y hay que recordar que dios es infalible y no puede ser contradicho sin pecado mortal endilgado a quien difiera; y que debe ser castigado más que oído. Todo esto es aún más verdadero en esta época de auge del potencial socializador de los medios de comunicación y de las redes sociales, que hacen más atractiva y temible la dictadura mimética de las mayorías y el horror a las disonancias cognitiva y emocional, tan castigadas y castigables hoy y, quizá peor mañana, si no nos movemos. 

5 El mundo antes y después de la catástrofe decisoria y comunicacional del Covid-19

La imposición de la infección del covid-19 será un antes y un después para la humanidad, que habrá cometido el peor error masivo de su historia, provocando el peor balance costo-beneficio por efecto y consecuencias de las políticas sustantivas y comunicacionalmente adoptadas, y no tanto de lo intrínsecamente bio-sanitario. En efecto, es una infección viral que no es tan contagiosa como se cree; que es mucho menos grave como dolencia que lo que se anuncia, con pocos infectados sintomáticos con síntomas preocupantes y con síntomas de internación; con muchísimos más recuperados que fallecidos, al interior de los muy pocos infectados serios; mucho menos grave que otras dolencias menos temidas cuyo tratamiento se ve perjudicado por la alucinada prioridad sanitaria instalada; con muy pocas víctimas y poquísimas que no fueran causadas por co-morbilidades anteriores y debilitantes del sistema inmunológico cuando el virus se presenta; pandemia enfrentada con medidas sanitarias que no puede probarse que hayan mejorado la situación de la pandemia, pero que tienen grandes costos sanitarios también; y que  llevan a una ruina, actual y más que nada futura, económica, productiva, comercial, laboral, educacional, familiar, psíquica, de la convivialidad social cotidiana en el tan proclamado intento por enfrentarla. 

Hasta se habla de un temible estado sociohumano inminente, nombrado como ‘nueva normalidad’, eufemismo para nombrar con una sola expresión la multicatástrofe y su posible permanencia futura; otra especie de normalización de lo patológico por patologización de la normalidad que la humanidad asiste, tan bien descrita y explicada al menos por Giorgio Agamben como estabilización normalizada de estados de excepción, inicialmente a partir de la paranoia de la seguridad, pero también extensible, al parecer, a la hipocondría de la salud, los dos cimientos de la sociedad de control y manipulada, anclada en panópticos diversos.

La mayoría de las medidas adoptadas solo intenta responder a una hipocondría, y a una hiperrealidad alucinada, originada por un terrible encadenamiento de hechos: a) enormes errores diagnósticos bio-socio-sanitarios, seguidos de, b), cobardes decisiones políticas que ignoraron las críticas a los malos diagnósticos y optaron por pseudo-soluciones más explicables por su miedo a ser culpabilizados por catástrofes que por su eficacia para intentar evitarlas; c) una cobertura periodística irresponsable, político-ideológicamente obsecuente, comercialmente voraz, que no dudó en lucrar con la diseminación del error y la magnificación-dramatización-reiteración-redundancia de las malas noticias; d) la conducta de algunos beneficiarios de todo ello, en especial de los billonarios de tecnologías de punta comunicacionales y sanitarias, con posiciones clave en los medios de comunicación, y al interior de organismos de decisión de inversiones, de su financiación, y de su recepción para la ejecución productivo-comercial; ellos alimentaron toda la cadena, aunque no necesariamente la hayan causado, como afirmarían conspiratorios y ‘conspiranoicos’; e) finalmente, una humanidad cada vez más masificada, manipulada, paranoica, hipocondríaca y amante del consenso fácil e incuestionado, furiosa con la disidencia y la crítica –llamadas de conspirativas, radicales, etc.-, proclive y adherente a censurar o matar al mensajero de la duda, de la crítica. Y a abdicar derechos, garantías y libertades en el alucinado intento hipocondríaco de secundarizar toda la vida social en aras de algo que no es mucho más una alucinación hiperreal magnificada, dramatizada, pretendiendo así reducir su hipocondría patológica y patógena. Hay de redimensionar la pandemia a su realidad, pero ajustarla además a la realidad social total en la que se incluye, sin enfocarla solo con un hiperbólico gran angular.

La opción sueca parece mucho más sensata que la globalmente elegida, aunque sea calificada como lo contrario; ellos invirtieron la previsión del costo-beneficio: pensaron, al comienzo de la pandemia, que, como no tenían aun buenos datos biosanitarios que provinieran de la realidad y no de dudosos modelos de simulación de contagiados, internados, fallecidos y camas necesarias, como lo que sí sabían era la multicatástrofe que ocasionarían las medidas sanitarias recomendadas por los modelos, decidieron, explícitamente, que lo mejor, o quizás lo menos malo, sería evitar esa multicatástrofe des-radicalizando las alucinadas medidas sanitarias consecuentes a modelos inmediatamente criticados como teóricamente no isomórficos con la realidad ocurrente, y como alimentados por malos datos empíricos ; adoptaron una estrategia de respuesta más equilibrada entre la preocupación por el bienestar socioeconómico agregado y una óptima reducción de la pandemia, sabiendo que una catástrofe socioeconómica iría a perjudicar indirectamente el estado sanitario, aunque éste fuera priorizada sin mayores datos al inicio. De modo que, cuando se evalúa el modelo sueco, se incurre en un error o en mala fe cuando se muestran sus tasas de infectados o fallecidos en comparación con los de otros países que privilegiaron fanáticamente la reducción del covid-19; porque Suecia no privilegió eso, de resultado incierto entonces, sino la catástrofe cierta que esas medidas originarían, sin seguridad sobre su resultado en diversos plazos sobre la enfermedad. Se optó por evitar una catástrofe previsible y cierta a cambio de una medida sanitaria poco previsible y de incierto resultado. Suecia no redujo todo lo que podría la enfermedad pero evitó las catástrofes que otros han desatado por intentar reducir más algo que parecen no haber podido hacer mientras producían desastres en ese intento. El modelo alternativo sueco no debe ser medido en términos de sus resultados en tasas de infección y muertes sino en términos del equilibrio entre los daños de la pandemia y los de las medidas de respuesta a ella.

Algunas breves reflexiones sobre conspiradores, beneficiarios y causalidad.

Toda esta cadena de mistificación no se produce sola: tiene secuencia temporal, distinciones espaciales y autores varios. Pero enunciar actores claramente involucrados, como beneficiarios de la pandemia tal cual es, no significa ni implica que esos claros beneficiarios hayan estado entre los maquiavélicos forjadores de la infección ni del proceso político y comunicacional ulterior, entre sus malvados causantes. Si se afirmara eso, tendría razón la manada de conservadores mediocres que le llaman ‘conspiradores’ o, ahora, ‘conspiranoicos’ a todos quienes buscan sujetos históricos, sea para entender, sea para responsabilizar; pero puede no ser tan desacertada la acusación si incluyera a quienes convierten, automáticamente, a los beneficiarios en causantes de la epidemia o de su transformación en pandemia; hay de mostrar, o demostrar, que ser beneficiario de los efectos y consecuencias de la pandemia los hace, no solo sospechables – lo que es posible- sino culpables, responsables sujetos de la infección biosanitaria y de la posterior pandemia comunicacional, tanto más grave que la otra, que hemos descrito someramente antes. Hemos visto algunos comprensibles beneficiarios, que pueden ser conceptualizados como causantes, si identificados a lo largo del proceso: los políticos cobardes, electoreros, que prefieren decidir errores cómodos por los que no pueden ser fácilmente acusados, antes que arriesgar con verdades que puedan originar recriminaciones; la prensa, obsecuente con las versiones oficiales, por conveniencia política y económica, voraz explotadora de las malas noticias –que venden más que las buenas- y de medidas sanitarias que favorecen el tiempo de audiencia en pantallas, tiempo que es oro publicitariamente. Los crecientemente ávidos de mimesis y de consistencias cognitivas y emocionales, la manada de paranoicos hipocondríacos que constituyen y adhieren a opiniones públicas cada vez más acríticas y manipuladas, e irascibles con quienes les explican el mundo y su lugar en él. Todos estos actores, políticos, comunicacionales, diseminadores cotidianos del sentido común, opiniones y convivialidades impuestas, tienen su grado de responsabilidad, así como los científicos que le temen a la ‘pesada’ profesional o ideológica; los científicos sociales, cobardes y miopes, que se sacan de arriba su responsabilidad de entender y proclamar el mundo mediante el expediente fácil de decir que la pandemia es un asunto de científicos de la salud y biológicos, negando todo el contenido cultural, político, social, económico, laboral, educacional, familiar, legal, comunicacional, psicosocial, antropológico, que es hasta más importante y abarcativo que el estrictamente biosanitario, y que los involucra. Hay grandes beneficiarios entre los usufructuarios de tecnologías para encierros, de tecnologías de punta comunicacionales, poderosos que compran baratas las empresas menores que quiebran con la crisis económica, financiera y laboral; hay gente que está entre los decisores que priorizan problemas e inversiones, pero que también podrían figurar, directamente o por testaferros, en las instituciones que desembolsan lo decidido por los anteriores; y, peor, algunos podrían también estar en los elencos de las instituciones de investigación, industrialización y comercialización cdecidieron; este triángulo trinitario merece dedicación e investigación; pero no hay que adelantarse hasta poseer las evidencias de que pueden existir tales ubicuos personajes, y de sus identidades y pertenencias.


BIBLIOGRAFÍA MENCIONADA (por orden de su primera aparición en el texto)

1.- Baudrillard, Jean. L’ échange symbolique et la mort. 1976.

2.- Bayce, Rafael. Creando inseguridad: modelo para la construcción social de la desmesura. 2010.

3.- Bourdieu, Pierre. O poder simbólico. 1989.

4.- Le Bon, Gustave. Psychologie des foules. 1895.

5.- Noelle-Neumann, Elisabeth. The spiral of silence: public opinion, our social skin. 1984.

6.- Festinger, Leon. A theory of cognitive dissonance. 1957.

7.- Bayce, Rafael. Drogas, prensa escrita y opinión pública. 1991.

8.- Bayce, Rafael. “Asústese de dejarse asustar”. Brecha. 1991.

9.- Bayce, Rafael. Micro formas perversas de construcción de macro legitimidad política. 1997. Tesis de doctorado inédita.

10.-Lazarsfeld, Paul. Personal influence. The part played by people in the flow of mass communication. 1955.

11.-Fromm, Erich. Escape from freedom. 1944.

12.-Riesman, David. The lonely crowd. 1947.

13.-Mead, Margaret. Culture and commitment. 1970.

14.-Festinger, Leon. When prophecy fails. 1956.

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