ENSAYO

Por Mauro Baptista Vedia

Querido lector, hace un par de años que vivo entre São Paulo y Curitiba. Hace más de 3 décadas que vivo en Brasil. Hace años que voy una o dos veces al año a Montevideo a visitar a mi familia, y que, cuando puedo, cruzo el charco y visito “mi Buenos Aires querida”. Un par de veces me di el gusto de estar dos, tres semanas en Buenos Aires, ambas por trabajo. Yo nací leyendo El Gráfico, Paturuzú, Isidoro, Paturucito; pasé mi adolescencia leyendo la revista Humor, el comic Boogie el aceitoso; viendo el cine de Aristarain, de Olivera y Ayala, de Leonardo Favio; curtiendo el rock argentino, pirando con Charly. Uno de los mejores recuerdos de mi infancia es los partidos del fútbol argentino que veía con mi padre los domingos a la noche. Otro, un inolvidable viaje a Buenos Aires donde yo, chiquito y precoz, salía todas las noches de farra con mi padre y sus amigos. Parece ayer que vi esa final del campeonato nacional entre San Lorenzo y River; fue en el 71, en la cancha de Vélez. Por error caímos en medio de la hinchada de San Lorenzo: mi padre, yo y Pedro, el amigo porteño de mi viejo, fanático de River, que hacía todo lo posible por hacerme hincha de River. Hace décadas que leo los principales diarios, sobre todo La Nación, Página 12 y Perfil. Jorge Luis Borges para mi es uno de los grandes entre los grandes de la literatura universal.

Pero a pesar de todo lo que he contado, querido lector, me cuestiono para que hablar de la política en la Argentina, para que meterme en esa misión complicada, más desde una revista publicada en Uruguay, donde la balanza está 90 por ciento del lado anti peronista, por razones históricas que se remontan al siglo XIX, por razones económicas de corto plazo y por el peso de los canales de televisión argentinos.

Pero como el reciente presidente electo, Javier Milei, dice y repite un disparate atrás del otro sobre el cine y sobre la cultura de su país, decidí comentar y discutir algo sobre esta relación entre el cine, la cultura y la política de Argentina, a partir de algunas observaciones sobre una serie que recién se estrenó: Coppola, el representante (Star Plus).

Esta miniserie de seis capítulos es una prueba más de la excelencia del cine y del audiovisual argentino. Basada en la vida de Guillermo Esteban Coppola, ex representante de Diego Armando Maradona desde mitad de los años 80 hasta comienzos de los 2000, la serie presenta algunos episodios de la vida de este personaje polémico y fascinante, que suscita odios y adhesiones.

En Coppola, el representante se lucen el director y show runner Ariel Winograd, los tres guionistas (Cohn-Duprat-Diez) y el actor Juan Minujin, que interpreta a Guillermo Coppola de forma magistral. Ni que decir de la producción general de la serie, que sostiene una concepción visual y sonora compleja, heterogénea y jugada, con el nivel estético que los argentinos suelen tener cuando no caen en una estética kitsch de clase media, mal gusto estético que era fuerte en la vecina orilla y que disminuyó sensiblemente por la destrucción económica de esa clase media, pero que resiste en algunos programas de televisión.

Un aparte, querido lector, para el público uruguayo que confunde la programación de la televisión abierta argentina con la cultura argentina: la televisión es de bajísimo nivel en toda América Latina, en Estados Unidos, y en gran parte de Europa, no sólo en Argentina. Basta ver los programas de auditorio de la televisión italiana para comprobar lo que digo. Compatriotas: apaguen el televisor, crucen el charco, vayan a Buenos Aires a las librerías, al teatro, a los cafés, a los museos. Verán un país con una gran cultura, con gente simpática y educada, que resiste a una y otra crisis económica con una sonrisa y con buena onda.

En la serie sobre Coppola, el director y show runner Ariel Winograd no opta por un enfoque realista ni tampoco por un enfoque naturalista, esa imitación mejorada de lo real, sino que elige asumir el meta lenguaje, mostrando encuadres diferentes que remiten a la televisión, al video de la época o al cine en negativo 35mm. Un ejemplo cumbre de esta estrategia posmoderna es el episodio cinco, un gran flash back homenaje al cine argentino de los 80, algo que evoca estrategias del cine de Quentin Tarantino.

Esta es la tercera, es la cuarta, es la quinta serie argentina que veo y me provoca deleite y admiración. Sin embargo, el nivel de Coppola, el representante no debería sorprendernos, querido lector, si constatamos que Gaston Duprat y Mariano Cohn son sus guionistas (con Emanuel Diez). Esta dupla es la responsable por El encargado, serie donde Guillermo Francella demuestra ser uno de los mejores actores de la historia del cine; y de la muy buena Nada, con una gran actuación de Luis Brandoni y una buena participación de Robert De Niro.

Al decidir hacer algo sobre Guilermo Esteban Coppola, Winograd y el actor Minujin enfrentaron un gran desafío: como interpretar a un personaje real que está vivo, que es una persona histriónica, exhibicionista y carismática que podría haber sido un buen actor. Una persona que ha construido un relato, una narrativa sobre lo hecho, donde se mezcla lo factual con lo contado, los hechos con los afectos, los chistes con las reflexiones. Guillermo Coppola, “Guillote”, a la manera del mejor cine clásico de Hollywood, ha hecho de sus andanzas una narrativa que tiene una doble estructura: por un lado, las andanzas con Maradona (el poder, la fama, las mujeres, las aventuras), por otro, una historia de amor entre dos hombres, él y el fallecido futbolista. Acertadamente, la serie no convoca a ningún actor para hacer de Maradona: el jugador es siempre el que está al otro lado del teléfono y de la historia; el que puede estar fuera de campo, lejos, distante; vemos apenas ocasionalmente imágenes documentales de Maradona.

Guillermo Coppola es, en sus participaciones en programas de televisión, radio, y redes, alguien que evoca y que convoca sus ancestros del viejo continente y que nos hace recordar a Hugo Tognazzi, Totó y las comedias italianas. ¿Como no asociar el Guillermo Esteban Coppola de Nápoles con el personaje de Vittorio Gassman en Il Sorpasso, de Dino Risi y de tantos otros pícaros del cine italiano? No sólo por la habilidad de Coppola para contar sus historias con pausas y tiempos perfectos, con expresiones antológicas, sino para recrear sus anécdotas con Maradona al punto de uno preguntarse qué es real y qué es inventado. Aquellos que hayan visto al verdadero Coppola en televisión o en Youtube sufrirán inicialmente al ver al actor Minuji, hasta acostumbrarse, poco a poco, a su excepcional actuación. Ese es uno de los factores que hace que el primer capítulo sea el más discreto de la serie. A su vez, la anécdota de la Ferrari negra, por ser la más conocida y popular, es la que menos impresiona. Falta algo de dinero de la producción y de imponencia para mostrar a don Enzo Ferrari en Italia. También es difícil creer que un presidente de un club de futbol, y del Nápoles, hombre poderoso, sea engrupido tanto por un porteño. ¿Tal vez una alegoría de un proyecto de viveza rioplatense, que algunos identifican como símbolo de un tipo de Argentina? La anécdota delirante de como Coppola le cobra los 470 mil dólares del Ferrari y se los transforma en 870 mil, mas 130 mil de la “pinturatta” del auto, funciona mejor con Coppola real en un programa de televisión, siendo celebrado por sus pares porteños. Es tan genial la forma como “Guillote” cuenta una y otra vez esta historia, que dejamos pasar su falta de verosimilitud y la vemos una y otra vez. Y querido lector, esa anécdota compite con el reciente film de Michael Mann sobre Enzo Ferrari en la década de 50 y las decenas de millones de dólares que invierte una producción Hollywoodiana de ese nivel.

Al ver la maravilla de esta serie sobre Coppola, uno vuelve a interrogarse sobre la paradoja argentina en relación al arte y a la política. ¿Como es posible que un país y un pueblo tan, pero tan “cascoteado”, castigado y cansado, continúe produciendo una cultura de esa calidad? ¿Cómo logran los argentinos hacer un cine y unas series que compiten en calidad con las mejores cosas hechas por los Estados Unidos, con muchísimo menos dinero?

Y me pregunto también, ¿cómo es posible que un país con ese nivel cultural tenga una clase política de tan bajo nivel y elija a un presidente como Javier Milei, una máquina de decir lugares comunes liberales de quinta categoría, que sólo en Argentina son aceptados como normales? Y cómo puede ser que su alternativa desarrollista y o peronista haya sido Sergio Massa, que no era ni una cosa ni otra, apenas alguien más cercano a un político profesional.

Recuerdo bien los debates para presidente de Argentina en 2023 y el asombro que causaba el bajo nivel político e intelectual de los cinco candidatos, independiente de sus ideologías, entre, varios militantes políticos e intelectuales brasileños amigos de quien escribe estas páginas. Estos amigos, admiradores del cine, de la literatura y de las series argentinas, esperaban bastante más de todos los candidatos. Y destacaban la oscilación entre los gobiernos que gastan y emiten a mansalva, como el desastroso gobierno de Alberto Fernandez, (una máquina de cursilerías woke; uno de los encierros pandémicos más largos del mundo) y aquellos gobiernos anti estado que cortan todo, como este de Milei, que denuncia una casta política pero no menciona otra casta, intocable y mucho más poderosa: la casta de los super ricos, que domina al mundo.

Es necesario que Argentina tenga una política cultural de Estado que no cambie sea cual sea su gobierno.

Hay que informar al presidente Milei que el audiovisual de su país tiene de todo, desde un cine industrial de primer nivel (Campanella, Suar y sus comedias, todo lo que hace Guillermo Francella), pasando por films de arte sofisticados (como Puan, como las películas de la dupla Cohn-Duprat), hasta llegar a un cine más de vanguardia, que apunta a nichos de público, como el de Mariano Linás, como el film Trenque Lauquén, de Laura Citarella. Un tipo de cine este último que dialoga con un cine de calidad para gran público como el de Santiago Mitre, ver sino Argentina 1985, donde Linás es guionista. Eso sin hablar del cine documental de Andres di Tella o del cine de Lucrecia Martel, una cineasta que es referencia mundial. Hay que informar al presidente Milei que Trenque Lauquén fue elegida por la revista francesa Cahiers du Cinema, por la mítica Cahiers, como la mejor película del año del mundo, y que fue la primera vez en la historia que un film latinoamericano fue colocado en ese lugar por la publicación donde escribieron en el pasado Godard, Truffaut y Serge Daney. Hay que informar al presidente Milei del éxito mundial de películas como Granizo, de series como El Encargado, del impacto que tuvo Relatos Salvajes, del prestigio que tiene Ricardo Darin fuera de su país.

También, aprovecho para, desde Brasil, informar al ex presidente Alberto Fernández que los brasileños vienen de la selva y de los barcos tanto como los argentinos: este también es un pueblo que es mezcla de emigrantes de otros continentes, con africanos que vinieron como esclavos, con los pueblos indígenas que estaban antes. Yo escribo desde una provincia donde hay 500 mil descendientes de ucranianos, muchos descendientes de polacos, de alemanes; mucho mestizaje de estos descendientes con los indígenas. También acostumbro pasar vacaciones en Bahía, un estado mágico que donde la mayoría de su población tiene ancestros en África.

El cine y la cultura argentina en general tiene un nivel, una profundidad y un diálogo entre sus diversas tendencias que no muestra la política argentina, dividida por la tal grieta, por ese Boca-River tan particular. En relación a la política argentina, es difícil ser optimista cuando la mitad del país defiende cualquier cosa sólo por ser peronista, y la otra mitad otra defiende cualquier cosa sólo por ser anti peronista.

Ojalá la política argentina se inspire en su cultura: en el cine, en las series, en el teatro, en la literatura. Yo, mientras tanto, querido lector, sigo en Brasil, entre Curitiba y Sao Paulo. Y continúo pensando para que carajo escribí estas páginas. Y pienso, porque no, en una eventual maldición a estas páginas. Una maldición eterna. Y esa expresión me hacer acordar de Manuel Puig, un escritor notable que hoy nadie menciona. Y me acuerdo del Charly Garcia de los ochenta. Y de Piazzola, de Lalo Schifrin y de mi viejo Ariel. Y de Pipo Mancera, de Luis Sandrini, de Tita Merello, de Silvio Soldán y de mi abuelo Ángel. Y me acuerdo también de mi ídolo de las historietas llamado Isidoro Cañones, de aquel inocente e imaginario Coppola de mi infancia.

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