ENSAYO

Por Fernando Andacht

La revista donde ahora leen este ensayo ostenta como esclarecedor subtítulo “la escritura ante el declive del debate público”. Entendí que éste era un buen momento, tras 16 meses de vivir dentro del territorio fundado por la emergencia sanitaria, para pensar sobre ese deterioro o pérdida de signos vitales para la buena salud social de cualquier democracia. Lo voy a hacer mediante la observación de tres ocasiones públicas en las que ese debate no sólo brilla por su ausencia, sino que no podría florecer en ese entorno. Irónicamente al menos dos de esas instancias poseen los elementos necesarios – aunque no suficientes – para que ocurriera ese despliegue dialógico. Para que exista un debate debe haber un encuentro, tiene que ocurrir un choque no violento pero sí vigoroso de ideas opuestas sobre algún asunto. Propongo el término de ‘contradebate’, cuyo modelo  es el signo ‘contraindicación’, para describir todo lo que resulta perjudicial para conseguir un debate, sea esto hecho de forma consciente o no. Las tres intervenciones que analizo a continuación son ejemplos del crónico desencuentro característico del contradebate, porque eso fue estipulado por el régimen comunicacional pandémico: no cuestionarás en un medio dominante ningún precepto que baje desde el gobierno, desde sus sabios o desde sus mensajeros potentes pero sumisos. 

Hay un cómico que desde su columna radial ha opinado y elaborado por momentos una casi-crítica de las medidas pandémicas, desde su inicio. Digo “casi” porque el tomar la palabra a través del personaje Darwin Desbocatti, lo enunciado por él queda fatalmente amortiguado, menguado en su poder de dudar, de cuestionar eso de lo que se ríe con ingenio e incluso no poca lucidez. Hay un cuerpo estable de personas que pone en escena una mayoría ruidosa que desciende de la histórica mayoría silenciosa. Estos opinadores o tertulianos del programa diario Esta boca es mía (Teledoce) son una variante televisual de los millones de anónimos y ruidosos seres que surcan con feroz convicción las redes sociales. Y hay un bonzo o personaje público y polémico que se auto-inmola con frecuencia, y en una ocasión literal y parcialmente, para infinito disfrute de los medios poderosos y de elencos tertulianos, que encuentran verdadero placer en destrozarlo por su innegable desmesura retórica. Cada una de estas instancias robustece el declive del debate público. 

El acto del humorista elegido sólo necesita contar con un straight man, un compinche serio que le da pie para lograr su cometido, a saber, el mayor efecto posible de sus bromas. La mayoría ruidosa robustece en cada una de sus apariciones banales y previsibles hasta el hartazgo la ideología del PP o Partido de la Pandemia (A. Mazzucchelli dixit): ellos sólo discuten sobre lo permitido para discutir, ni un signo más. El bonzo Gustavo Salle también actúa sin saberlo para mayor gloria del contradebate, es decir, su performance ígnea y auto-inmoladora liquida la posibilidad del debate que pide, por el fuerte temor de sufrir incineración por proximidad a esta figura pública excesiva, nada mesocrática. La situación que describo es tragicómica, no sólo porque incluye la presencia de un cómico profesional, sino porque seguramente algunos de estos personajes creen que con sus actos, ellos contribuyen a provocar eso que sólo saldría a luz en un genuino cruce de ideas, sin barreras ni censura previa. En realidad, trágicamente todos colaboran a aumentar el férreo control de nuestras vidas que se conoce con el atractivo y siniestro signo de La Nueva Normalidad. No hay nada que deteste más el estilo nuevonormal de vida vigilada que la práctica de lanzarse en la aventura de final incierto que es la alteridad que se echó a andar, a debatir libremente.  

Cuando la seriedad transgrede el protocolo del payaso radial Darwin D. 

La columna del día 7 de julio de 2021 del humorista Darwin Desbocatti (No Toquen Nada, FM del Sol) parece encajar con total comodidad en el género radiofónico que podría describirse como  el ingenioso reciclado de noticias reales del mundo en clave de chiste. La exageración, la distorsión caricaturesca, abundante ironía, sátira y sarcasmo son los ingredientes básicos de esa producción semiótica. Para ese fin, cuenta Darwin con dos fieles escuderos o straight men, un dúo de colaboradores serios del cómico que se dedican a apoyarlo alternativamente con datos esclarecedores – referencias serias a la actualidad ridiculizada – con risas amplificadoras como las carcajadas grabadas que se usaban antes en comedias televisivas,  y con un fingido tono de asombro y/o indignación a causa de las numerosas violaciones del decoro imperante cometidas sin cesar por el payaso protagónico como parte de su rol. Desde el inicio de la pandemia en 2020, no sería equivocado describir esta columna del programa No Toquen Nada como un raro refugio para la mirada crítica y razonable sobre las medidas pandémicas excesivas o absurdas. No obstante, un rasgo fundamental a tener en cuenta en esa evaluación es que el enunciador de esa mirada no sumisa – como sí lo es claramente la de todos los medios dominantes – es que ella proviene de una ficción, de un “viejo rancio” que sólo existe en el mundo gracias a la modulación de la voz y a un elaborado libreto. En eso no se diferencia de Harry Potter; ambos son criaturas imaginarias, con una vida real que transcurre exclusivamente en novelas, filmes o espacios radiales. Al terminar la lectura o la escucha, todos sabemos que el mago de Hogwarts se desvanece, que ingresa a un lugar grato de nuestra fantasía. Al término de escuchar las columnas de Darwin D., se esfuma su vejez, su protesta de voz cascada y sardónica. Junto con la desaparición de esos artilugios teatrales, también se evapora su oposición a medidas pandémicas o políticas, locales o internacionales. Otra sería la historia, si esas relevantes críticas hubiesen provenido de los dos periodistas que antes y después de interactuar con el clown hablan “en serio”, y se identifican como voceros de la información normal. No me quejo, algo es algo, y no puedo negar que, durante varios meses de 2020, sentía una alegría casi infantil el encontrar en el dial un foco de resistencia frente a la violenta marejada nuevonormal, aún si esos signos llegaban amortiguados por venir de un clown, de un payaso para adultos que se divierten oyendo como alguien juega hábilmente con lo real. 

Ese día no parecía una excepción: el triángulo equilátero de los dos personas serias y el bufón de la columna de Darwin Desbocatti emprendieron juntos la disección humorística de la interpelación a dos ministros del día anterior. Pero, en los últimos minutos, durante casi una décima parte de los casi sesenta minutos de casi crítica diaria, algo empezó a surgir en la columna que desvió el rumbo de las bromas y de la risa como el efecto buscado y seguramente a menudo obtenido. En la parte final de su actuación, el propio cómico habló sobre la alteración de su modus operandi, lo que él definió a menudo como la desencantada visión del mundo de un “viejo rancio”, para asumir una voz dura, reflexiva y auto-reflexiva progresivamente ajena al libreto habitual. Quiero reiterar que esta conclusión no es el resultado de mi análisis, sino que surgió de las propias palabras pronunciadas por Darwin D., como veremos más adelante. En tono autocrítico y confesional él– ¿Tanco con la voz de Darwin? – lo dijo como cierre de esa inquietante salida de tono y de género radiofónico.  Si vuelvo a  observar su actuación luego de ocurrida la transgresión, encuentro una transición que me permite entender hacia dónde se dirigía su discurso, el día posterior a la interpelación revisada. 

El camino sin retorno empezó cuando Darwin elaboró una crítica de las declaraciones del Dr. Salinas, el ministro de salud. Nada hay sorprendente en ese acto; diría que es el sello de su columna. Pero  me llamó la atención que su forma de enunciarla no fue graciosa; desde el inicio, él puso énfasis en utilizar evidencia alternativa, que iba contra lo afirmado por ese funcionario durante la interpelación. Aunque no se deshizo del disfraz ficcional que lo habilita a ocupar ese espacio radial hace varios años, la alteración tonal afectó también el desempeño de los dos serios acompañantes ese día. Darwin se dedicó a disparar datos concretos para desvirtuar lo que sostuvo el interpelado sobre el manejo de la pandemia por el gobierno que integra. De modo económico, el cómico atacó la descripción que dio Salinas de su propia exposición, la cual el ministro dijo tendría “hechos, no palabras”. De modo didáctico, el ocupante fijo de ‘La Columna de Darwin explicó que se trataría en verdad de “estadísticas”, que siempre “son discrecionales y parciales… se puede agarrar el mismo material estadístico y decir una cosa o la otra, depende dónde uno haga el recorte”. 

La distancia genérica entre un columnista sobre sociedad y salud y el payaso avejentado por el maquillaje vocal llamado Desbocatti se fue reduciendo progresiva y considerablemente. Pero todavía faltaba la áspera y gruesa frutilla de la reflexividad que dejó por unos minutos a cara descubierta al payaso, aún si él mantuvo la impostura vocal habitual. Voy a describir ahora la sorpresiva irrupción de lo real en estado de pureza, en una columna radial que fue diseñada para mantenerlo a raya, para sólo permitir el acceso a una versión muy maquillada de los hechos de actualidad, por ser portadora de distorsión de voz y productora de risa casi constante. El siguiente momento fue un paso decidido del bufón Darwin D. camino a despojarse de su máscara, para adoptar la expresión de una simple y dura crítica del credo covillero al que le rinde culto la Ortodoxia Covid, especialmente en su intocable dimensión científica: 

Las tres semanas del polvo mágico del pensamiento científico. Cuando las aplicaron [las cuarentenas] jamás fueron tres semanas, en ningún lugar del mundo. ¡No me van a creer, a las dos semanas que salieron de esas cinco o seis semanas que terminaron siendo, estás en el mismo lugar en que estabas antes de cerrar o peor!

Inexorablemente, fue ganando terreno el hartazgo, la bronca acumulada contra ese estado de perpetua ausencia de debate a todo nivel, no sólo pero principalmente entre científicos cuya comprensión y abordaje de la pandemia es notoriamente divergente. A lo que se opuso con bríos inusitados Darwin/Tanco ese día fue a un fenómeno que no ocurrió durante la interpelación del día anterior, sino todo este tiempo, a lo largo y ancho del amplio espectro mediático hegemónico uruguayo, desde el 13 de marzo de 2020 hasta el presente. Cuando el humorista se ocupó de señalar el sinsentido del discurso interpelador, a cargo del senador frenteamplista Daniel Olesker, irrumpió en esta columna radial des-humorada el fenómeno que propuse llamar contradebate

Pero además Olesker reclamó por las consecuencias sociales de la pandemia, lo que sería de recibo, si no hubiera pedido durante tres cuartes partes de la interpelación las medidas prontas de movilidad, que son contrapuestas. Es cuántas vidas estamos dispuestos a destruir a favor de esas muertes evitables, a favor de ese concepto inasible.

Acto seguido, con cada vez más rotunda seriedad y audible ausencia de comicidad en su discurso, Darwin D. procedió a darle la razón a uno de sus compinches serios, a uno de los straight men de su acto radiofónico. Ya sin rastro alguno de broma, el semi-personaje de ese momento aseveró con rabia: “¡Sí, [perjudicarían a] gente que no tiene demasiados colchones donde caer! Niños que desenchufás de la educación, todo ese tipo de cosas que en algún momento le preocupaba a la izquierda”. Y ya cabalgando sobre la indignación, Darwin remató su comentario: “¡Jamás se puede pedir una cosa [= “medidas prontas de inmovilidad”] y la otra [= atender las consecuencias sociales pandémicas]!” Después, el cada vez menos bufón se distanció con severidad de un pronunciamiento de otro político del Frente Amplio, el senador Oscar Andrade, quien habría declarado que no era popular el pedir esa detención obligatoria de la movilidad. Mediante una alocución ya des-caretada, el payaso o el actor que lo encarna disintió con fuerza, porque aseguró que no sería impopular la medida en tanto falta de aceptación de la mayoría de la población, según lo indicado por las encuestas: “Pero no es popular en el sentido de que afecta a las clases populares.” Como si hubiera cruzado el Rubicón, esa frontera del mapa mental de donde ya no hay retorno, Darwin/Tanco avanzó resuelto con su lección sobre lo que significaba el concepto ‘popular’. Considero que se justifica la extensa cita textual de sus palabras, ya casi en el fin de su atípica columna: 

El confinamiento general destruye a los pobres, además de que es incumplible para el pobre latinoamericano por razones locativas y, pasarán diez o quince años y la izquierda latinoamericana explicará por qué siguieron todas las recomendaciones de los países ricos y centrales, que es lo que siempre dijeron que no había que hacer, y no se mantuvo en las prioridades que supuestamente tiene! Me parece que no lo entienden ellos tampoco. Es de país rico y de gente cheta como uno el lockdown, para el resto es prácticamente insostenible. Y no hay Estado que te salve tirándote unos mangos. Y después no tenés cómo recomponer la economía, que se te pudrió. Esa es la parte que me resulta llamativa de la izquierda. Todo lo que confían en el capitalismo. [En la izquierda] se piensan que prenden y apagan la llave, y al final es mágico el capitalismo. ¡Es excelente el capitalismo, tiene un rendimiento inmejorable! 

No hay risas ni risotadas del lado del payaso radial, ni tampoco del de sus secuaces sin risa. Todo lo expresado por aquel es demasiado reflexivo, analítico; su voz se ha alejado lenta pero inexorablemente de la segura orilla genérica del humor, del chiste fácil y de la gracia producto de los ardides habituales del “viejo rancio” Darwin Desbocatti. Sin embargo, consciente al fin de cuál es su real misión payasesca, productora de risas, el personaje parece haberse oído a si mismo, parece haber captado la gravedad de la transgresión cometida. Ya en el final, les pidió disculpas a sus compañeros de micrófono y de farsa, por haber sido el responsable de conformar durante cinco valiosos minutos un trío insólito y transgresor de tres straight men en una columna hecha para reír: “Traté de aburrirlos lo suficiente como para expresar el espíritu de la interpelación.” Ellos nos brindaron la reflexión de tres hombres serios dedicados a  discutir sobre algo tan grave y urgente como la neo-política del Partido de la Pandemia, que es transversal a los partidos políticos tradicionales, que ignora el eje derecha/izquierda y mucho más. 

Y Darwin remató la justificación de su salida casi nada amortiguada, de su salida de tono desprovista del necesario gesto cómico, con una desganada queja dirigida a un interlocutor imaginario: “¡Vieron! ¿Para qué me piden que hable de las cosas que pasan? Hablemos de nuestras pavadas y nos divertimos más.” Buen intento, pero no, no fue eso lo que realmente ocurrió en esa atípica o anómala columna. Cada día desde mucho tiempo antes del 13 de marzo de 2020, el bufón radial ha tenido ese cometido precisamente: hablar en broma feroz, ácida, infantil o irónica y siempre caricaturesca de las cosas que pasan. En cambio, lo que hizo ese día de julio de 2021 fue dejarse arrastrar por un impulso que puso de manifiesto una forma de contradebate: todo estaba pronto para que los tan duramente aludidos – en particular la izquierda propulsora incansable de “las medidas de pronta (in)movilidad” – debatiesen con alguien no afiliado al PP, al masivo Partido de la Pandemia, pero obviamente eso no ocurrió. Ese resultado nunca podría haber sucedido en ese o en ningún otro formato actual de los medios de comunicación, que nos envuelven en un relato interminablemente monológico y monolítico que se encarga de no dejar ningún resquicio para esa performance oxigenante de la mente en democracia, para la libre e inesperada expresión política y no pandémica.  

Así está el mundo amigos: un payaso radiofónico auto-desenmascarado y melancólicamente responsable por los signos de un contradebate asumió por algunos minutos la auténtica defensa de lo popular, en un gesto reivindicador que debería haber sido el que adoptó el sector político interpelador y opositor del gobierno. Esa fuerza partidaria no pudo hacerlo por ser ella misma una fiel y obediente afiliada al todopoderoso partido del conformismo covillero dominante y dominado por los poderes que son. 

Cuando la mayoría silenciosa se vuelve ruidosa y persecutoria

Una y otra vez el video exhibido como Prueba A para la condena de la manifestación que tuvo lugar en ocasión del homenaje al Grupo Asesor Científico Honorario el 8 de julio de 2021 mostraba la misma imagen, como si la cámara del cronista hubiese quedado apasionada por esa visión, y no consiguiera apartarse de ella. Me refiero al rostro parlanchín y silenciado del Dr. Gustavo Salle. Lo veíamos interpelar al enmascarado presidente uruguayo, antes de que éste subiera a su auto, a apenas pocos centímetros de distancia. Una sola vez pasó, como si fuera un error, raudamente, un cartel artesanal que rezaba No vacunen a nuestros niños, enarbolado por una participante del grupo reunido afuera del Auditorio Nacional del Sodre, para protestar contra el vacunicidio ampliado y universalizado, con clara vocación ilegalmente obligatoria. La reiterada representación visual sin audio del Dr.-Gustavo-Salle-manifestante-imposible-de-no-ver fue un elemento central para el desarrollo de esa interpretación del homenaje gubernamental del 8 de julio de 2021 en su condición de acontecimiento mediático, al día siguiente (09.07.2021), en boca del elenco estable del programa opinador y tertuliano Esta Boca es Mía (Teledoce, Lunes a Viernes 14.30). 

La animadora Victoria Rodríguez introdujo el tópico con un juicio personal fuerte: “Ayer fue el homenaje [se interrumpió a sí misma para acotar con fuerza] – más que merecido – al GACH.” Y ella continuó en una veta intimista con su elogio encendido a estos científicos; dijo que “moriría por saber en su piel, lo que han sentido” por recibir ese regalo de la presidencia – se refería a una medalla – porque ese acto “debe ser humanamente increíble”. De algún modo, supongo, ella lo debe haber visto como una instancia que se aproximaba a la entrega del Premio Nobel, en versión local y mediática. A falta de ese reconocimiento mundial, bueno sería entonces este don nacional del poder político. Y de esa encendida alabanza, pasó a hablar del aplauso más que merecido – pero que, ella nos aclaró, por las dudas, no era lo que habían buscado estas eminencias. Ya todo estaba dispuesto para el copioso derrame de indignación que fue el verdadero asunto que debía encarar este selecto grupo de representantes del público, de la gente más o menos común. Y con el mayor dramatismo, la encargada de guiar los senderos tertulianos, exclamó: “Porque lo que sintieron [al salir de la ceremonia] fue insultos como ‘genocidas’”. La conductora concluyó su primer aporte al sentido llamado a la condena colectiva con otro juicio categórico: para ella la protesta fue “un disparate”. Se produjo entonces un comentario de adhesión previsible e igualmente indignado de un contertulio, que se hizo eco de su ánimo decepcionado. Y para cerrar su introducción, la directora tertuliana anunció la moraleja del condenable exceso de libre expresión ciudadana: “¡Pero es un puñadito, ya lo sé!”

Tras una catarata de emocionados elogios tertulianos a los destinatarios de la ceremonia gubernamental, retornó la dolorida desilusión a los labios de la presentadora: “me parece que la sociedad uruguaya no ha estado a la altura”. Mientras los presentes daban rienda suelta a una profusa batería de lugares comunes, el espectador veía pasar por la pantalla completa o dividida momentos escogidos de la filmación del canal de la protesta que tuvo lugar afuera del teatro homenajeador. En un raro momento no ocupado por la figura de G. Salle, vemos a una mujer que le habla con intensidad a Lacalle Pou, en medio de una muchedumbre sobre la que asoman micrófonos, luces y cámaras. Se trata de un recurso sin duda valioso para el informativo. Pero lo más llamativo, a mi entender, es la tenaz reiteración visual (siempre sin sonido) de su majestad capta-cámaras e insultos el Dr. Gustavo Salle. Se puede interpretar la absoluta omisión de su nombre, ni escrito ni pronunciado durante todo el programa, como un oblicuo homenaje a regañadientes a su condición de celebridad rebelde local. 

En perfecta sincronización con esa imagen recurrente, y para demonizarla religiosamente, los tertulianos aportan abundantes proyectiles de indignación superlativa, a causa de lo que ellos consideran ser un intolerable agravio cometido contra estos próceres del saber universal: “¡Capítulo aparte es el puñado de anormales que estaba afuera!” En la base de la pantalla se aprecia el título “INSULTARON A REFERENTES DEL GRUPO ASESOR E INCREPARON A LACALLE POU”. Sin duda inspirados por ese motivacional tópico, los opinantes rivalizaban en su contra-ataque a los responsables del agravio: “Yo me quiero referir un segundito a los estúpidos que estaban afuera”.

Otro quiso amortiguar el lenguaje en aras del decoro, imagino: “¡Energúmenos, dije!” Pero su co-tertuliano no sólo reiteró su insulto, sino que la amplió y condimentó: “Estúpidos como alguien que carece de entendimiento para entender las cosas. Digo estúpidos porque gritaban ‘libertad’. Hay que ser muy estúpido para estar manifestando cara a cara con el presidente en la vía pública”. 

Mientras ellos meditan ruidosamente sobre la descalificación más adecuada, no dejan de volver obsesivamente a la pantalla varios primeros planos de G. Salle, ahora provisto de megáfono, con el que intentaba sobreponerse al bullicio de manifestantes y periodistas encargados de filmarlos. Por fin, un participante hizo explícito el tema central, lo que apenas dejaba ver y entender el montaje con que la producción de Esta boca es mía eligió exhibir aquella protesta ciudadana: “¡Con la vacuna no obligaron a nadie!” Luego asistimos al paroxismo de su indignación: “¡Manifestando contra la vacuna! ¡Y bueno, no te la des, nadie te obliga!” En ese momento de muy alto voltaje melodramático, intervino nuevamente la presentadora, para aportar ahora su cuota de irritada incomprensión ante tamaña necedad: “¿Genocidas? Además, 4 millones de personas se murieron en el mundo. ¡La libertad de no vacunarse siempre está!” En ese instante, pasó como una ráfaga una imagen que merece llamarse subliminal. Se trató de un cartel cubierto de signos de interrogación en el que se podría leer (si lo hubiera permitido la producción): “¿LUIS VAS A DEJAR QUE MATEN A NUESTROS NIÑOS VACUNANDOLOS?” Dudo mucho que los televidentes lo hayan podido leer; para hacerlo, tuve que detener muchas veces el video del programa subido a las redes, a causa de lo fugaz de su pasaje por la pantalla del programa. La obvia conclusión es que no se podía desperdiciar nada del áureo tiempo de la tele, dedicada a saturar la pantalla con las andanzas del polémico Salle en acción. 

El clima de unánime repudio de estos partisanos incondicionales del Partido de la Pandemia preparó bien el momento que todos esperábamos: el contra-homenaje, una ceremonia improvisada pero no por eso menos sentida de desagravio destinada a los tres representantes del colectivo científico y asesor GACH. Embargada por la emoción, como diría  el  maestro de ceremonias de un acto oficial y solemne, la conductora se lanzó a recorrer los trillados caminos apologéticos de la televisión vespertina: “Señores, en el acierto o en el error, coincidas o no, tuviste a un grupo de  caaaapos!” Representé gráficamente el sobreactuado énfasis puesto en el término de alabanza suprema, que generó una pequeña pausa, como resultado del alargamiento de la vocal empleado para vehiculizar el teatral arrebato la conductora de Esta boca es mía. Ya está pronta la escena; la temperatura emocional es lo suficientemente elevada para que se lance a los vientos telegénicos el conmovedor mensaje del PP, del Partido de la Pandemia, cuya sede en ese momento y en ese canal es esa humilde pero enfática tertulia de la tarde:

¡Trabajando honorariamente para ti,  para el país! ¡Y los vas a insultar cuando los van a homenajear … no sé! ¡Haberse salteado un mínimo de reconocimiento del otro! ¡No es un esfuerzo para matarte, es para salvar a la gran mayoría!

Por las dudas, como si eso hiciera falta saltó en apoyo de la conductora una fiel tertuliana quien acotó indignada: “vos estás pidiendo un razonamiento”. La frase fue completada con alegría por la destinataria de ese signo de lealtad: “[razonamiento] básico”. Así culminó el relato emocionado encargado de denunciar la flagrante ausencia del pensar razonable de esos indignos manifestantes. Hemos tenido el privilegio de contemplar un momento histórico en la irradiación mediática y pandémica: fuimos testigos de la admirable encarnación de un manantial de lugares comunes sobre el dogma Covid-19, tal como lo concibe y escenifica la tele comercial desde hace cerca de un año medio. La misma contertulia que había manifestado su devoción al espíritu del vocinglero programa, exclamó entonces con el tono oracular de quien ha hecho un descubrimiento digno de ser compartido por el mayor número de seres humanos: “¡Hay gente que está siendo manipulada!” Supongo que su conclusión fue un efecto fisiológico de haber contemplado tantas veces y tan de cerca el rostro inconfundible del innombrable Dr. G. Salle. Como un eco oímos sin ver a su enunciador la frase esperada desde el comienzo: “¡Son estúpidos, empezando por el cabecilla, un gran estúpido!” Se volvió explícito para todo el que vio ese programa que hemos sido instruidos mediante una nutritiva lección ilustrada que nunca nombró, pero que no se cansó de exhibir el rostro sin máscara y con megáfono de Gustavo Salle, el Gran Guasón de esta intensa y maciza producción de verosimilitud covillera de Esta boca es mía

Tras la denuncia de esta valiosa escenificación televisada de un grupo de infatigables cultores del lugar común edición siglo 21, hizo un modesto aporte final la conductora: “Hay mucha como agresividad y violencia en la comunicación, ¿no?” Da un poco de envidia observar a estos cinco grandes charlistas de la unanimidad pandémica. Son todos tan admirablemente convergentes y simétricos en su condena radical de la estupidez ciudadana que se atrevió a  manifestar su descontento con la gestión sanitaria. No hubo ni una sola gota de discrepancia televisada que alterase la tersa superficie cremosa de opinión homogénea desparramada en muchos hogares, de tarde temprano, de lunes a viernes,  desde la boca previsible de este casting mesocrático. Un aderezo amayonesado de la dieta informativa de ese canal. 

Allá por finales de los años 50 del siglo 20, un analista de lo literario tomó por asalto la cultura popular y pergeñó un sabroso catálogo de formas míticas que estructuraban la sociedad francesa desde su zócalo, sin que por esa condición pudieran ser percibidas como tales, hasta que entró en acción el mitoclasta Roland Barthes. Cada disfrutable texto de la colección titulada Mitologías (orig. 1957), con material publicado antes en revistas y suplementos, se encargó de desmontar un trozo del saber común, de eso que nunca pensamos en cuestionar, porque es parte del universo de lo no-pensando, sobre el que se levanta el vasto edificio de nuestro apacible mundo cotidiano. Su estructura se sustenta hoy en las redes sociales, y en aquel momento en la radio, un poco en la televisión, pero mucho en medios gráficos, como la revista Paris-Match, una de cuyas tapas Barthes analizó por su imagen colonialista de devoción sumisa al Estado francés. Retomo su sabrosa exploración de los mitos, del vasto depósito de  lugares comunes del mundo de la vida, para finalizar mi visita no guiada al programa tertuliano y devoto de la unanimidad Covid-19. 

La última exclamación hecha con tono de asombro e indignación por la conductora resumió todo lo indignado antes; sus palabras rezuman un espeso y autocomplaciente disfrute de sus propias creencias,  todas ellas a salvo para siempre de la crítica o la duda. La mujer proclamó con máxima vehemencia la visión de la salvación colectiva que nos habría traído el asesor científico colectivo y gratuito llamado GACH, cuyo punto más alto y más admirable sería la llegada triunfal de las vacunas, en la visión unánime de estos mosqueteros de la Ortodoxia Covid televisada y vespertina. Cabe preguntarnos entonces: si las vacunas son todas experimentales, si sólo tienen una aprobación de emergencia, ¿qué certidumbre tenemos de que muchos de los que participan hoy en ese experimento médico o sanitario no están corriendo un riesgo mayor para sus vidas futuras que el que pudo haberles causado el Sars-Cov-2? La respuesta obvia es que no hay certeza alguna, nada en absoluto. Pero esos detalles se olvidan en la televisada enunciación de entre casa, generosamente ornamentada con una actuación que es mezcla de mujer-que-no-da-crédito-a-la-estupidez reinante más una  buena porción de indignación-de-ciudadana-que-no-acepta-tamaña-falta-de-civismo-y-lucidez. Esa banal performance mediática produce una dosis letal de sentido común acéfalo, carente de pensamiento alguno. Lo que contemplamos durante ese festín opinador es el regurgitar de lugares comunes, pronunciado con un tono y con gestos faciales que también lo son. 

Me despido de este caso televisual de contradebate: lo que a simple o primera vista nos ofrece la visión de cómo sería un imaginario debate sobre ventajas y desventajas de las vacunas contra la Covid-19, no hace en verdad más que aplastarlo de modo contumaz. Nada hay más alejado y enemistado de la alteridad discursiva que implica el genuino ejercicio de intercambiar ideas desde espacios contrapuestos que el espectáculo ofrecido ese día por Esta boca es mía.  Todo lo dicho, gesticulado y melodramatizado esa tarde se limitó a celebrar los lugares comunes en que se sustenta la forzada coincidencia ideológica y verbal que difunde todo el tiempo en todos los medios el Partido de la Pandemia. 

Auto-inmolación del bonzo oriental y destitulado Dr. Gustavo Salle

En un triste solitario y desolado estudio de radio, el 13 de julio, de 2021, el Dr. Gustavo Salle llevó a cabo una performance inédita en ese medio que, felizmente pudo ser vista y apreciada por los oyentes, ya que fue filmada para internet. Se trata de una práctica ya habitual en radios tradicionales como su salto hacia la amplísima bóveda de YouTube o su propia página, y más aún de las periféricas, que habitan en las catacumbas de la FM online. Durante su espacio radial de media hora, Salle procedió a denunciar y  atacar con la vehemencia habitual, quizás un poco más acentuada, la resolución administrativa tomada por el director del Hospital de Clínicas, Dr. Álvaro Villar de exigir la vacunación de los estudiantes de medicina que quisieran hacer su práctica en ese servicio de la Universidad de la República.

Junto con su muy colérica denuncia de la violación de la ley, de la Constitución, que supone la imposición a los estudiantes de la vacunación contra la Covid-19, se produjo una curiosa performance que seguramente no tiene antecedentes, al menos nacionales. Salle, el protagonista de ese espacio radial – su propio programa – le habla al micrófono, pero también se dirige a la cámara seguramente instalada en algún punto del mínimo estudio radial. Y él encuentra su modo extremo, hiperbólico y flamígero de poner en escena su repudio, de ir más allá de la palabra, para materializar su protesta contra la Universidad de la República, la institución que lo diplomó como doctor en derecho, al final de sus estudios. Como si estuviera dando una receta de cocina, Salle procedió a describir y a mostrar cómo cortaba en tiras más o menos parejas la cartulina cubierta de sellos, de firmas, y de la caligrafiada descripción de su transformación legal en un abogado, en un doctor en leyes, y no en cuerpos. Acto seguido, el fue prendiéndole fuego a cada una de esos fragmentos de cartulina, a su título, que quedó reducido a su bruta materialidad. Ese objeto fue despojado brutalmente del componente verbal y ritual que asegura a quien quiera y pueda leer esa caligrafía ornamental, propia de un antiguo ceremonial que quien allí está nombrado es el legal portador de ese ‘título’, como llamamos al diploma que garantiza el haber cumplido con todos los requisitos que lo vuelven acreedor a ese reconocimiento. 

Lo que convierte este momento mediático en el ejemplo más claro, didáctico diría, de contradebate, es que ya avanzada la quema, Salle se dirigió a quien había antes denunciado en términos formales y jurídicos, para pedirle un debate: “¡Dr. Álvaro Villar, lo desafío a una polémica pública de político a político! ¡Vamos a desenmascarar todo esto!” (23’15”) No puedo imaginar un método más eficaz para que no ocurra la práctica discursiva deseada; literalmente, el aspirante a debatidor quemó ante su público los puentes mesocráticos. A su auto-inmolación habitual, amplificada y denostada por los medios de comunicación y por los periodistas Mortífagos, Salle sumó la condición de bonzo destitulado. La escena evoca el mundo disfórico de Fahrenheit 451, el título de la novela de Bradbury (1956) que alude a la temperatura de auto-ignición del papel. No hay atrás para la ceremonia que Salle celebró en total soledad, como si lo hubiese hecho desde el fondo del mar, a miles de metros de la superficie, donde habitan los mesócratas, seres amantes de los títulos que se horrorizan ante la mera idea de destruirlos como lo hizo con calma didáctica el aún Dr. G. Salle. 

La temporada 2020 en Pandemia se inauguró con el publicitado lanzamiento de la victimaria perfecta, una mujer llamada Carmela Hontou. Ella ocupó ese espacio sin siquiera ser culpable de infectar a las inocentes masas, sin hacer otra cosa que mostrarse, es decir, en virtud de su sola imagen, del signo icónico que ella tan bien encarnaba. La nueva edición Pandemia 2021 celebra la existencia mediática del victimario Gustavo Salle, quien no deja de producir hechos, de generar estridentes signos indiciales, que son consumidos con fruición por esos medios como la evidencia indiscutible de su condición de victimario impenitente. 

La semiótica describe el símbolo – sea una palabra, una bandera o un gesto convencional – como un tipo, un fenómeno general y como tal abstracto, no tangible. Eso que encontramos a cada paso en la vida, como estas marcas que leerán en la pantalla de su computadora o celular aquellos que se arrimen a este número de eXtramuros son ‘réplicas’, la materialización de ese tipo o matriz de significado, que como tal es indestructible. Lo que quema en su espacio radio-visual el Dr. Gustavo Salle es apenas la réplica del símbolo que sigue activo en algún polvoriento o digitalizado archivo, y que de antojársele a su legal poseedor, se le podría volver a extender, supongo, con bastante paciencia y mucho trámite. Pero el vehemente crítico de la medida vacunicida del director del Hospital de Clínicas sabe eso, y sabe que nosotros lo sabemos. Pero no por eso su performance política tiene menos vigor, ni pierde fuerza política ese gesto, que muy pocos de nosotros, titulados, estaríamos dispuestos a hacer. Quizás el título funciona para nosotros como una suerte de talismán, un objeto del mundo que no conviene perder ni mucho menos destruir a conciencia, quemarlo en un acto público de denuncia del abuso amparado por la institución académica que respalda la medida del médico Villar.

Antes de ocuparme de la transformación de Salle en un bonzo, analicé la obsesiva exhibición de su presencia en la protesta afuera del Auditorio del Sodre, en el programa Esta Boca es mía. No es difícil imaginar que ese rebaño opinador que personifica a la mayoría ruidosa actual se haría un festín con los signos de auto-inmolación de este monje oriental, laico y diplomado. Todo ocurre como si la actuación amplificada no tanto por el megáfono como por los gestos, las palabras, en fin por una presencia imposible de disimular o de no percibir de este militante crítico de la pandemia – y de otras causas que ahora no vienen al caso – ha conseguido lo casi imposible, o al menos muy improbable. Su conocida actuación flamígera e hiperbólica fue hiperbolizada al aumentar – literalmente – la temperatura expresiva al máximo. La trama del mundo distópico narrado en la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 (1956) tiene como figuras protagónicas a bomberos cuya misión es incinerar los libros. Hay una mujer cuya biblioteca es descubierta y ella decide ser quemada viva junto a sus amados libros. Fuimos testigos de un hombre que eligió auto-inmolarse con los más honrosos signos de su decoro mesocrático.

La auto-inmolación de monjes budistas en protesta contra un régimen político opresor encontró una imagen adaptada a estas orillas iluministas en la quema del propio título universitario. Si en esa amable tertulia televisada de después del almuerzo el discurso incendiario de Salle ya era la encarnación de un indigerible Guasón marginado del buen comportamiento, una suerte de excrecencia en el más o menos apacible y previsible paisaje político, su auto-inmolación destitular lo termina de estigmatizar como debatidor válido, en toda la comarca del decoro vigente. Tal vez antes tampoco lo hubiesen invitado a departir con los ruidosos tertulianos que encarnan el sentido común pandémico, pero luego de su ritual flamígero, el auto-destitulado Dr. Gustavo Salle Lorier se ha envasado como un raro y apetecible manjar para las fauces conversadoras de esos comensales televisados. 

A falta de debates, tres tristes contradebates

¿Y qué conclusión se puede extraer de este breve recorrido por la cartografía de la brecha a 16 meses de instalado el régimen de excepción sanitaria? ¿Qué aportan estas muestras para elaborar el diagnóstico local de la epidemia que vino a quedarse como pandemia mandatada globalmente? 

La actuación de un payaso que se extralimitó, que por un breve pero vívido tiempo se atrevió a traspasar la rígida frontera de su género amortiguador de la crítica, nos permitió avizorar algunos ingredientes necesarios pero también contraindicados para el debate. No alcanza con la voz amortiguada de la comicidad para instalar la escena de esa práctica semiótica y política, aún si  ese personaje se atrevió a ir un poco más allá de sus límites ese día. Sigue siendo la suya una enunciación ficcional, hecha desde un lugar no serio, que por lo tanto no habilita al cruce real de visiones contrapuestas sobre la pandemia.  

La rutinaria emisión del casting de locuaces tertulianos  analizada también trajo a la escena pública un cierto aire de polémica, de la promesa de un debate que, sin embargo, no puede llevarse adelante, no puede ocurrir en un medio potente como la televisión. Su propia condición de infatigables emisores y difusores de lugares comunes los hace robustecer constante y unánimemente el culto de la Covid-19 en calidad de humildes oficiantes. Por eso es tan importante su pronunciamiento de profunda y religiosa fe en los científicos asesores y muy especialmente en su oblea salvadora, la vacunación experimental. Esa inamovible devoción inseparable de su desprecio irrestricto por la herejía de quienes dudan, critican y hasta se atreven a llevar a las calles  su oposición a estas medidas, los conduce a poner en escena la demonización de Gustavo Salle, quien desde su angosta y unánime perspectiva representa la encarnación local y anti-política del Guasón anti-mesocrático. 

Y por último, pero no por eso menos importante, encontramos la performance de este avatar oriental de Emmanuel Goldstein, el archivillano de la novela 1984 (Orwell, 1949), quien es declarado el supremo enemigo del Estado totalitario, cuya imagen se exhibe durante los “dos minutos de odio” cotidiano, para que sea unánimemente aborrecida por todos los ciudadanos de bien. Buscado por las cámaras de la tele con ahínco para hacer viable su permanente tele-denostación, en cada una de sus apariciones contestatarias, el Dr. Gustavo Salle presta su cuerpo para mayor gloria del dogma pandémico, que indefectiblemente lo condena mediante la reiterada exhibición demonizadora de sus andanzas. Con su ceremonia performática de auto-inmolación parcial pero real y tangible, este polemista puso un ladrillo más en el grueso muro que lo rodea y lo aleja irremediablemente del buscado debate, aún si habla como un abogado, con un obvio y experto dominio de los signos jurídicos.

El régimen nuevonormal de vida y de muerte sólo permite y auspicia el crecimiento constante del contradebate, porque esa es la forma discursiva propicia para reprimir, silenciar y hacernos olvidar que aún hay tanto para debatir, para confrontar, para discutir sobre vacunas, vacunables, riesgos relativos y absolutos que trae aparejado el uso de esa terapia presentada y representada incansablemente como la única forma de enfrentar la Covid-19. 

En esta trilogía de voces, algo brilla por su ruidosa ausencia: con estos signos no es posible discutir, intercambiar, debatir con otro en tiempo real, en medios de (in)comunicación reales, de esos que llegan al gran público. Con estos tres tristes contradebates, sólo es lícito emitir reparos bromeados, humoristicados, que siempre pueden retirarse, olvidarse, borrarse fácilmente, porque de hecho no los dijo nadie real, porque son parte de una comedia radiofónica. De la avalancha de lugares comunes y convergentes enunciados con fervor por tertulianos televisados, tampoco puede brotar un debate: hay un notorio envejecimiento del poder simbólico; sus signos se han fosilizado por esa ferviente adhesión ritual al poder. Y los actos del jubiloso e incansable rebelde anti-pandémico Gustavo Salle no pueden no cristalizarse en concretos indicios estigmatizados que sirven para alimentar los minutos de odio mediático diario, que ayudan en la construcción de la brecha pandémica, gracias a la acción de medios unidos y dedicados a mantener exiliado el debate. 


Notas

1 “Paseo mágico y tenebroso por Vacunilandia, tierra del rebaño aterrado”, en eXtramuros, 19/06/2021.

2   Mientras escribo esto, llega la noticia de que Villar tuvo que dar marcha atrás. Reunido el Consejo de la Facultad de Medicina, el miércoles 14 de julio de 2021, depuso su decisión de obligar a vacunarse a los estudiantes que iban a hacer sus prácticas en el hospital que él dirige.

Referencias

– Audición radial del programa El Poder Real conducido por el Dr. Gustavo Salle, CX 30 Radio Nacional, 13.07.2021 (Disponible en Telegram y en Facebook: https://www.facebook.com/gustavo.sallelorier)

– Columna de Darwin Desbocatti, “La interpelación: un espectáculo político tan mal hecho que no parece un espectáculo” en No Toquen Nada (FM del Sol, 07.07.2021): https://delsol.uy/notoquennada/darwincolumna/la-interpelacion-un-espectaculo-politico-tan-mal-hecho-que-no-parece-un-espectaculo

– Emisión del programa Esta boca es mía (Teledoce, 09.07.2021) “Homenaje al GACH: entre el reconocimiento y los insultos”: https://www.youtube.com/watch?v=o1 pdJa8EveY&list=PLNXaFWx5IXm-U4aZBxQXbP5HzIMUaWBr1&index=2

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