POIESIS / 16

Poesía e hipertextualidad

Por Diego Techeira

El abordaje crítico de la obra de Circe Maia redunda en ciertos tópicos de los que parece difícil escapar: la exaltación de lo cotidiano, su objetivismo, la relación con lo filosófico, su vínculo con las artes plásticas (específicamente la pintura), la condición dialógica de su poética.

Es posible considerar, no obstante, otras perspectivas que permitan aventurarnos en lecturas nuevas, creativas, que amplíen el horizonte de la obra y otorguen al lector la posibilidad de apreciarla sin caer en la rutina, sin transformar al poema en lo que la autora no quiso: “mármol duro y eterno”.

Conscientes de hallarnos a las puertas de un cambio civilizatorio, se impone reivindicar a la poesía como una actividad en la que lo humano se proyecta sobre el mundo otorgándole una multiplicidad de dimensiones mediante de una percepción enriquecida por la intuición. 

En un contexto histórico que parece apuntar hacia la instalación de una mentalidad “de colmena”, estandarizada, en la que se asume y se pretende imponer una intolerante “corrección” de pensamiento único, quienes asumen la poesía como su vínculo más auténtico con la palabra (verdadero tesoro de la humanidad que algunos pretenden corromper a cuentas plásticas de colores) y con el mundo (al que se intenta sustituir con virtualidades invasivas) deben asumir el compromiso, hoy más que nunca, de construir una conexión, un puente, que permita no sólo un acceso a lo real en que lo humano se integre (se re-ligue) al mundo sino que lo haga como quien inaugura una mirada que permita redefinirlo, una mirada que también defina al ser humano como testigo privilegiado del mismo, poseedor de la facultad y la responsabilidad de transformarlo en ideas y en palabras.

Es en este punto que la poesía de Circe Maia se presenta como un testimonio de integridad, no en un sentido ético sino existencial. Este último término puede provocar a algunos cierta inquietud, como si se tratara de una entelequia filosófica, pero la idea que queremos exponer es simple: con existencial nos referimos a la relación del ser humano con su temporalidad, la que lo define y lo condiciona, pero que también le obliga a procurar un sentido a su paso por la vida. Tal sentido, lejos de lo que se pueda suponer, no tiene por qué fundamentarse en el heroísmo ni en la genialidad. Pienso, por ejemplo, en las ceremonias del té que se practican en Japón como parte de las tradiciones derivadas del budismo zen, en las que la convivencia acaba con el gesto de estrellar las tazas contra el piso como símbolo de que la fugacidad es la esencia de la vida. La integridad en la poesía de Circe Maia tiene que ver estrechamente con el gesto de integrar el tiempo a la experiencia inmediata, con la consciencia de la fugacidad como esencia de lo real, con el acto de plasmarla en palabras que exhiban esa fragilidad como el valor más alto del ser.

Se abre en ella la oportunidad de hallar la trascendencia de lo nimio, la comprensión sorprendente de lo que damos por sobreentendido, la captación súbita de cuanto hemos archivado bajo el concepto de lo trivial. Una nueva dimensión que no sólo enriquece al objeto de contemplación sino también a la mirada que lo registra, ya nunca la misma, y posible de renovarse ante cada experiencia. Se podría decir: parecida a la natural mirada que perdimos con la niñez, que hacía del mundo un motivo permanente de sorpresa.

Transgrediendo la costumbre, podemos introducir la noción de hipertextualidad como elemento característico de la poesía. Este neologismo, derivado del lenguaje informático, adquiere en este caso connotaciones más amplias de las que le otorga tal disciplina.

Comparte la noción de trazar vínculos con otros textos (referencias, citas, alusiones: se aplicaría como sinónimo de “intertextualidad”, como la relación que se establece entre un texto con otros que determinan su comprensión). Existen correspondencias, en este punto, con la teoría de la recepción, según la cual toda interpretación no depende sólo del mensaje y de la intención del emisor sino también de la experiencia literaria del lector, esto es, de sus lecturas previas. También con ciertas ideas compartidas por Borges y Benavides, quienes insistentemente aluden al hecho literario (y, al menos más claramente en el caso del segundo, a la propia historia del hombre) como construcción colectiva y al texto como fragmento de un entramado único constituido por la totalidad de los textos escritos.

Es fácil, a partir de este punto, entender la noción de hipertextualidad aplicada a la poesía. Sin embargo, adjudico a la misma un sentido que proyecta al texto en su relación con el mundo pero también consigo mismo.

¿Qué es lo que esto significa? Por un lado, podríamos admitir la relación de un hipertexto como la expresión de una hiperrealidad, en este caso entendida como sinónimo de “suprarrealidad”: no otra cosa que la conciencia, reivindicada por el movimiento liderado por André Breton, del punto de conexión, en el espíritu humano, de lo que parece a simple vista incompatible. Tan incompatible como el movimiento surrealista (o, como prefiero llamarlo, “suprarrealista”) con la poética de Circe Maia. Sólo a primera vista: a fin de cuentas, a través de ésta última (aunque con un lenguaje más sobrio, coloquial, que –a mi parecer– lo intensifica) se nos abre la posibilidad de redimensionar la realidad inmediata, cotidiana, y no es exagerado decir que la misma se nos revela mediante lo que Breton, enfáticamente, llamó “el ojo en estado salvaje” y en Circe Maia admitimos como una mirada “inaugural”, despojada. El lector se introduce, de ese modo, en el texto como quien entra en un sueño.

La hipertextualidad entendida como proyección del texto respecto a sí mismo implica fundamentalmente que la textualidad es trascendida (como “la realidad” es trascendida por la “suprarrealidad”) cuando se brinda al lector el acceso a un “más allá” de lo literal, se le extiende una invitación a establecer analogías, a romper las barreras del sentido inmediato (como acabamos de decir, introducirse en el texto como quien entra en un sueño), a lograr que la palabra multiplique sus sentidos y descubra, por lo tanto, que el horizonte del mundo es ilimitado. Podríamos decir, en resumen, que la poesía requiere de una lectura “holográfica”.

La obra de Circe Maia es un claro ejemplo del poder que la palabra poética, no conceptual sino vincular (cordial, comprometida con la frágil condición de la vida), confiere a cada lector de reconocerse como parte de una integridad en la que el ser humano y el mundo se proyectan mutuamente en una relación no guiada por el provecho sino determinada por la armonía y la compasión.


ES ASÍ

Es como si del marco de una puerta entreabierta 
quisieras ver qué ocurre en una inmensa sala 
viendo tal vez la esquina de una mesa,
el vuelo de un vestido.

Como esos cielos de las calles estrechas 
telones desvaídos
un pedazo flotando, cortado 
sobre los ojos miopes, lejos.

Es así: contemplamos 
retazos, trozos, sueltos.

¿Quién sale de su fina ranura, quién se alza 
escuchando el rumor total: sonido puro
o roto, absurdo ruido?


POSIBILIDAD

¿De qué manera ataco con palabras 
cosas tan delicadas?
La mirada de un niño de tres meses
¿puede acaso tocarse
con las palabras “meses”, “tres”, “mirada”?

Hay que dar un rodeo
dar vueltas y volver sobre sonidos
sobre voces, oídas, leídas,
tal vez muy usadas…

Es posible que un día se abran 
y en la hendidura brote
la mirada.


ESCALONES

Cambios pequeños y tenaces.

Bajó el cielo ya un grado
de luminosidad o de tibieza.

Ha caído más polvo sobre el piso o la silla. 

Pequeñísima arruga se dibuja o se ahonda.

Hay un nuevo matiz en el sonido 
de la voz familiar (¿Lo notarías?)

En un coro confuso de entreveradas voces 
faltan algunas, otras
aparecen.
La misma
suma total: no hay cambios.

Millonésima ola golpea 
millonésima roca

y el desgaste 
imperceptible y cierto a
vanza.


(?)

El colmo de lo extraño:
que rodeado de objetos, casas, mundo, galaxias
y cientos de millones de personas
este ser sea tan
extraordinariamente importante
que dice: “Yo” y él solo es eso
y nadie más.
Más nadie.


ENCARNACIONES

La cortina deja pasar la luz en bandas
y después se mueve y las bandas tiemblan.
La luz se vuelve tela.
Lo mismo en el follaje allá arriba
se ha puesto un cuerpo verde.
Y si te da en los ojos
se pone tu mirada
como un traje castaño.

LAS PALABRAS

A veces se presentan, enemigas.
¿Cómo atacar o cómo huir? Aun este
comenzar a escribir, ahora mismo,
o la charla común, que bien podría
ser entablada entre computadoras:
a tal pregunta van tales respuestas
posibles, y no otras.

Y sin embargo
hay algo más, en los pequeños diálogos
del momento. Veloces,
al vuelo del instante:
—¿Vienes ahora? —Espera
que ya termino. Vamos.

Esa soltura con que salta, viva,
la voz sobre otra voz, como un pie que saltara
sobre las piedras lisas, a través del arroyo.


EL MEDIO TRANSPARENTE

Lo mejor sería no pensar demasiado 
en ellas, las palabras. Ellas vienen
así o de otro modo y no es tan importante.

Vidrios, ventanas son y habría que limpiarlas 
con cuidado, por eso. No pintarlas
—¿qué verías detrás?— y no adornarlas.

Por mirar el adorno en la ventana 
no miraste hacia fuera.
El más breve vistazo
hubiera sido al menos suficiente
para mirar la luz del otro lado.

Sí, esa luz de afuera 
sobre un rostro que pasa.


SINCRONÍAS 

¿Cómo se hará para estirar la mano 
y atraer hacia aquí todo el presente 
y atarlo? 

Que se escape el sol sobre la hoja 
el mosquito en el aire 
ronco motor doblando la esquina 
y en paladar el gusto del durazno.


SUPERFICIES

Del mar se puede, pero no del cielo…
—digo— el hablar de superficies, Ana.
Se habla del brillo de la superficie
del mar, y el gran contraste
con su oscuro interior, lleno de seres
misteriosísimos… (¿Recuerdas
las veloces langostas
—las que filmó Cousteau—
en fila por el fondo del océano?)

La superficie, en cambio, luminosa, 
cambiante, movediza, pero clara. 
Por lo menos los ojos la reciben 
así, reconociéndola, admirándola:
—Mirá el mar, qué sereno o qué encrespado 
está hoy como quien dice—
te levantaste bien o estás nerviosa
por el tono en que suenan tus palabras.

Pero así como nadie sabe nada
—en el fondo— de ti y ni tú misma
te entiendes bien,
así, de igual manera
es tanto y tanto y tanto lo ignorado,
lo detrás no visible, no pensable…

¡Pero peor el cielo! Eso quería
decirte en esta noche, mientras brilla
la Vía Láctea entre los árboles.

Tu mano, que rasguea la guitarra 
saca sonidos suaves
escasamente audibles —me parece— 
desde lo alto.
Los sonidos remontan en el aire 
hacia el cielo tranquilo; de allí vienen
también tranquilas, radiaciones suaves 
que apenas vemos. (Tintineos breves 
de campanas atrozmente remotas).

¿Cómo romper ese telón de fondo 
detrás del pino? Ni con telescopios 
iríamos más lejos; siempre habría 
otro telón de fondo, aún más lejos.
Ningún ser raro anda, —que sepamos— 
por el fondo del cielo, como aquellas 
langostas oceánicas…
Trastabilla
el pensamiento contra el infinito
y prefiere, por último,
aferrarse a los limpios,
claros sonidos de tus cuerdas, Ana.


SOBRE EL LLEGAR UN POCO TARDE

No, ya no.
Pero hace un rato, sí.
—¿Quedó algo?
—La ceniza, el humo y tal vez
un pequeño, pequeño resplandor.

¿Y de la voz?
—También
algún eco quedó.

El hilo del sonido 
todavía se escucha
en el fondo, apagándose.

¿Cómo desenredarlo? 

Deberías haber venido
un poco más temprano.


SUMISIÓN

El modo de decir: “Que no, que no” que tienen 
los ramajes al viento
muestran que por lo menos algo no está conforme 
con el lugar del mundo desde el que ven sin ver.

¡No! ¡No! Dicen con gran terquedad en sus gestos
—casi lo gritan—.
Pero no se mantienen.

Pronto cede su furia:
“Que sí, que bueno, entonces”
dicen los cabeceos
de las hojas más chicas.


INVITACIÓN

Me gustaría
que me oyeras la voz y yo pudiera
oír la tuya.

Sí, sí. Hablo contigo 
mirada silenciosa
que recorre estas líneas.

Y repruebas, tal vez, este imposible 

deseo de salirse del papel y la tinta.
¿Qué nos diríamos?

No sé, pero siempre mejor 
que el conversar a solas
dando vuelta a las frases, a sonidos
(el poner y el sacar paréntesis y al rato
colocarlos de nuevo).

Si tu voz irrumpiera
y quebrara esta misma
línea… ¡Adelante!
Ya te esperaba. Pasa.
Vamos al fondo. Hay algunos frutales.
Ya verás. Entra.


JUEGO DE NIÑOS
(con Agustín)

—Veo, veo.
—¿Qué ves?
—Veo algo rojo.
(O amarillo o azul)

De pronto:
—¡Veo algo
de color transparente!
—¡El vidrio!
—No, el vidrio no.
—¿Qué, entonces?
—Las palabras…

(En ese mismo instante
alzaba vuelo la palabra “vidrio”
con todas sus vocales transparentes)


DESPEDIDAS

Colores y sabores.
¿Habrá que despedirse
del gusto del limón,
su punzada en la lengua?

¿Y habrá que decir adiós al ruido de la lluvia?
¿Cuándo?


Circe Maia nació en Montevideo en 1932. Cursó sus estudios de filosofía en el Instituto de Profesores Artigas (IPA) y en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República. Salvo en esos años de estudio ha residido siempre en Tacuarembó, donde ejerció la docencia en filosofía, si bien durante la dictadura cívico-militar, debido a su destitución por razones políticas, debió ganarse la vida como profesora particular de idiomas.

Su obra poética, editada originalmente en once libros, ha merecido traducciones a varios idiomas. Sus ediciones internacionales incluyen The invisible bridge (Universidad de Pittsburgh ), Cirklar av skugga, cirklar av ljus (Círculo de sombra, círculo de luz, Edición de Ellerstroms, traducciones al sueco), La pesadora de perlas (Viento de fondo, Argentina), Múltiples paseos a un lugar desconocido (Pre-textos, España) y Transparencias (Visor, España).

Por su parte, ha traducido a Shakespeare, Kavafis, Odiseas Elitis y Robin Fulton, entre otros. El libro La casa del polvo sumeria constituye un acercamiento tanto a su labor en este sentido como a sus criterios teóricos referentes a lo poético. Sus traducciones de Kavafis se recogen en una breve antología titulada Tanto como puedas.

Ha sido distinguida con el Premio Anual de Literatura (2009), el Premio Bartolomé Hidalgo a la trayectoria y por su libro Dualidades  (2010 y 2015 respectivamente), con  la Medalla Delmira Agustini, del MEC (2012) y el Gran Premio Nacional a la Labor Intelectual, del MEC en 2015.

Sus libros:

En el tiempo (1958)
Presencia diaria (1964)
El Puente (1970)
Cambios, permanencias (1978)
Dos voces (1981)
Destrucciones, (1986)
Un viaje a Salto, (1987, relatos)
Superficies (1990)
De lo visible (1998)
Breve sol (2001)
Obra poética, (el conjunto de su obra poética) (2010)
La casa de polvo sumeria: sobre lecturas y traducciones (2011)
Dualidades (2014)
Voces del agua (2020)

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