ENSAYO

Por Alma Bolón

llegada desde el latín medieval, “prebenda” es una vieja palabra que designaba las pagas otorgadas al personal eclesiástico y que fue extendiendo su significado hasta nombrar algún empleo lucrativo y poco esforzado. Hoy, puede considerársela el nombre genérico de una multitud de mecanismos a través de los cuales se sujetan las voluntades de quienes hacen profesión de tenerlas desencadenadas: artistas, intelectuales, profesores, investigadores, periodistas.

Por su lado, concomitantemente, “censura” suele entenderse como oficio de tijeras, de recorte y fuera, de prohibición de proferir, y sin duda en esto consistió buena parte de la actividad censora. Otra parte, incalculable, consistió y consiste en hacer decir, en arrimar lo que puede y debe ser dicho al hueco dejado por lo extirpado. Tanto es así que los censores, los funcionarios que tenían por oficio censurar en el siglo XIX francés, se desempeñaban con orgullo entusiasta al meter mano en los textos, buscando su corrección sintáctica y moral. Nada había de vergonzoso en una labor destinada a corregir la letra y mejorar las costumbres. De este modo, la censura no solo era impedimento de decir algo, sino que también era obligación de decir otra cosa.

Por cierto, la obligación de decir -lo que puede y debe ser dicho para encajar en una sociedad de seres hablantes- escapa en su aplastante volumen a planificaciones o designios oficinescos, ya que forma parte del aire que se respira y está hecha de hábitos articulatorios que copan el intelecto como si siempre hubieran estado ahí.  

Esta forma de censura que no consiste en impedir sino en promover a menudo ocurre como un conflicto de memorias, sustituyendo versiones. Pondré tres casos.

Cuando el pasado muta

A menos de un año de la liberación de París (agosto de 1944) de la ocupación nazi, en mayo de 1945, el Institut français d’opinion publique (Ifop, fundado poco antes de la guerra según el modelo de Gallup) tuvo la idea de preguntar a los franceses cuál era, a juicio del encuestado, la nación que más había contribuido para la derrota de la Alemania nazi.

En ese momento, 57% de los interrogados respondieron que la Unión Soviética había sido la nación que más había colaborado con la derrota nazi, mientras que el 20% respondió que lo había sido Estados Unidos. Ifop repitió la pregunta cincuenta años más tarde, y luego sesenta años después, y luego setenta.

Con el tiempo, los porcentajes fueron virando asombrosamente. En 1994, el 57% se volvió 25%, y el 20% se volvió 49%. En 2004, esto se acentuó, y hubo 58% de los encuestados que respondieron que Estados Unidos era la nación que más había contribuido a la derrota nazi, mientras el 20% respondía que había sido la Unión Soviética. En 2015 hubo un mínimo retroceso, pero el quiasmo se mantuvo: 54% seguía pensado que EEUU era quien más había contribuido y 23% que había sido la URSS. (El tercer puesto lo ocupa Inglaterra, como EEUU, con porcentajes de pasado protagonismo en ascenso: 12%, 16%, 16%, 18%.)

En otras palabras. En mayo de 1945, luego de casi cinco años de vida bajo la censura de la ocupación nazi o de la del gobierno colaboracionista de Pétain, y luego de que París hubiera sido liberada por tropas estadounidenses junto con fuerzas de la resistencia francesa, una mayoría holgada de encuestados -57%- sabía que el mayor tributo en la Segunda Guerra mundial había sido pago por los soviéticos. Cincuenta años más tarde, ese porcentaje, aumentado, correspondía a los estadounidenses, y los soviéticos ocupaban un lejano segundo lugar.

(Daré por descontado que se aceptan las siguientes cifras, y que además son elocuentes: en el frente Oeste, murió menos de un millón de soldados; en el frente Este, murieron 12 millones de soldados, a los que se le suma la población civil (en total, 20 millones de soviéticos muertos). Dicho de otro modo, al haber muerto 184 000 soldados estadounidenses y once millones de soviéticos, por un soldado estadounidense muerto, hubo sesenta soldados soviéticos muertos. Esto era lo que de alguna manera sabían los encuestados de 1945, y lo que fueron dejando de saber con el correr del tiempo los encuestados venideros. Una encuestadora británica, ICM, planteó la misma pregunta, también en 2015 y en tres países europeos, con resultados igualmente tremendos: en Francia, 61% respondió que EEUU había sido el país que más había contribuido a la derrota de Alemania, y 8% respondió que había sido la URSS.)

¿Qué tuvo que suceder para que se produjera tamaño vuelco hacia la ignorancia en los ciudadanos franceses, capturados bajo la forma de opinión pública? En primer lugar, el desplazamiento del paisaje político de las fuerzas anti atlantistas francesas que gobernaron durante los primeros treinta años de la postguerra, me refiero a los gaullistas y a los comunistas, poco dispuestos a hiperbolizar la contribución estadounidense. Tanto es así que las primeras y estruendosas celebraciones del Desembarco en Normandía de las tropas estadounidenses y británicas recién tuvieron lugar en los 80, con el gobierno de François Mitterrand, socialista y otánico vigoroso. El desdibujamiento del partido comunista francés, centinela de la memoria del sacrificio soviético, también afinó el hilo de la memoria, al punto de que hoy la estación de metro Stalingrad, en las inmediaciones de la de Colonel Fabien, joven héroe de la resistencia comunista francesa a los nazis, suena como un ex abrupto en el nomenclátor de una ciudad a la que se le cambió un fragmento de memoria.

El arrinconamiento de gaullistas y de comunistas y el avance de las fuerzas atlantistas, en su versión socialista o en su versión liberal, permitieron que en cincuenta años se realizara el sueño borgesiano de modificar el pasado, al irse desplazando un discurso por otro. Plantándose a contramano, Jonathan Littell con su voluminosa novela Les Bienveillantes (Las Benévolas) obtuvo un éxito editorial (700 000 ejemplares vendidos en el primer año) que da cuenta de un interés por otra memoria, ya que Littell no solo da la voz a lo largo de 1400 páginas a un narrador y protagonista que es un oficial SS, sino que sitúa la acción en el frente Este: Ucrania, Crimea, el Cáucaso y, claro está, Stalingrado y su cruel batalla de ciudad sitiada.

Los premios, traducciones y lectores que tuvo esta novela de factura muy convencional pero de puntos de vista poco trillados (más prόximos a insondables horrores barrocos que a la limpieza moral del Sargento Saunders, contado por música y cámara bajo el mando impecable de Robert Altman) no alteraron sustancialmente la modificación del pasado en curso; publicada en 2006, en 2015 la encuesta revierte tímidamente la tendencia a magnificar la participación de EEUU en la derrota de Alemania.   

Este ejemplo de mutación del pasado está muy lejos de ilustrar un conflicto típicamente ideológico en el que sendas visiones opuestas se articulan a otras con las que componen formaciones de mayor porte, asociadas a oposiciones como “patrones/obreros”, o “partidos de derecha/partidos de izquierda”, o “cristianos/no cristianos”, etc. Por el contrario, en este ejemplo se pone de manifiesto la homogeneidad del par “profesionales (cuadros ejecutivos)/obreros”, ya que en las encuestas de 2004 y de 2015, ambas categorías, sobre todo diferenciadas por su nivel de estudios, responden de manera ostensiblemente similar en cuanto a la preponderancia de Estados Unidos en la derrota de Alemania. Algo semejante sucede con los partidos de derecha y los partidos de izquierda, con la salvedad del Front National (el partido de los Le Pen) que sobrepasa al Partido Comunista Francés en reconocimiento del protagonismo de la Unión Soviética en la derrota de Alemania. Entre los encuestados del Front National, la URSS alcanza 33%, mientras que entre los del Partido Comunista, el porcentaje es 20%, más cercano al de los otros partidos[1].

¿En qué medida esto ejemplifica un caso de censura? Por cierto, este corrimiento de la opinión pública con respecto a un acontecimiento del pasado no obedece a un acto censor en tanto que imposición formal, en tanto que prohibición de sostener una memoria y obligación de instaurar otra. En este tema, no hubo ni hay tal ejercicio de la censura; no quita que en un lapso breve se impuso una nueva percepción “de la realidad”, una nueva percepción que no afectó matices, sino que volcó una percepción a sus exactas antípodas. Sin duda, en la historiografía esto es moneda corriente, las perspectivas a veces calificadas de “revisionistas” justamente se proponen modificar el análisis y percepción del pasado, produciendo nuevas interpretaciones. Por ejemplo, la segunda mitad del siglo XX, a la luz de los trabajos de historiadores como Jacques Le Goff, pudo modificar su visión de la Edad Media y su atribuido “oscurantismo”, al pensarla como inventora de catedrales y de universidades, máquinas del espíritu dedicadas a la luz, si las hay.

Pero aquí se trata de otra cosa: se trata de un cambio revelado por las encuestas pero no asumido por nadie, no dirigido por nadie, sino sucedido porque un discurso difuso y omnipresente se instala: el de los medios de comunicación y sus incansables transmisiones celebratorias del desembarco de Normandía; el de Hollywood y sus producciones bélicas; el de los partidos políticos e individuos que se apresuran a alejarse de la (supuesta) terrajada comunista para abrazar héroes (supuestamente) más glamourosos; el de una enseñanza que cede a la facilidad de enseñar que los hoy vencedores ya lo eran ayer y lo seguirán siendo siempre, etc. Se trata de esa forma insidiosa de censura que es el pensamiento único, censura lograda por el apagamiento y el reemplazo del saber histórico que acometen los lugares comunes. Porque ¿qué otro país que EEUU puede haber sido el principal vencedor de Alemania? La respuesta se impone tan obvia como desencaminada.

 Cuando la historia se congela en los tribunales

Un caso opuesto a la modificación de un acontecimiento del pasado sucede al pretender congelarse judicialmente una candente discusión política que atañe hoy la vida de millones de personas. Claramente, esto configura un intento de censura, con su doble filo: no diga X, diga Z.

Un ejemplo de esto ocurrió en Francia en diciembre pasado, cuando el Parlamento discutió una resolución que asimila el antisionismo al antisemitismo, ya considerado delito por la ley francesa, y no siempre fácil de tipificar con justicia.

(En un altercado entre automovilistas, si se van a las manos y uno sin kipa y gordo le da una trompada a otro con kipa y no gordo, mientras uno dice “gordo estúpido” y el otro dice “judío estúpido”, dado que el trompeado es quien calza kipa, ¿debe considerarse al trompeador como antisemita, además de trifulquero?)

Si la configuración del delito de antisemitismo obedeció a una voluntad política de exorcizar el pasado antijudío (más que antisemita) de una parte de la población francesa, la solución jurídica en este terreno, claro está, no resuelve casi nada. En consecuencia, la asimilación del antisionismo al delito del antisemitismo también deja entrever que se trata menos de una respuesta a un eventual delito que de otra cosa, cosa muy cercana a la censura puesto que impide decir algo y obliga a decir otra cosa, so pena legal.

Durante la discusión parlamentaria, un grupo numeroso de destacados intelectuales y científicos judíos, de Francia, Israel, EEUU, Inglaterra, etc. se dirigiό a los diputados, solicitándoles que abandonaran ese proyecto de resolución, que consideraban pernicioso[2].

Entre los 127 firmantes de esta tribuna publicada en la prensa, se encuentran Jean-Christophe Attias, profesor y titular de la cátedra de pensamiento judío medieval, en la EPHE, Universidad de París Ciencias-Letras; Jane Caplan, profesora emérita de historia europea moderna de la Universidad de Oxford; Alon Confino, profesor, director del Instituto de estudios del Holocausto en la Universidad de Massachusetts; Tamar Garb, profesora de historia del arte, directora del Institute of Advanced Studies in Humanities and Social Sciences, University College, Londres; Sonia Dayan-Herzbrun, profesora emérita, facultad de ciencias sociales, Universidad Paris-Diderot; Amos Goldberg, profesor, departamento de historia del judaísmo y del judaísmo contemporáneo, Universidad Hebraica de Jerusalén; David Harel, profesor, departamento de ciencias informáticas y matemáticas aplicadas, Instituto Weizmann de las Ciencias en París; Amnon Raz-Krakotzkin, profesor de historia judía, Universidad Ben-Gourion del Néguev;Alice Shalvi, profesora emérita, departamento de inglés, Universidad Hebraica de Jerusalén y Universidad  Ben-Gourion del Néguev; Joan Wallach Scott, profesora emérita, Institute for Advanced Study, Princeton; David Shulman, profesor, departamento de estudios asiáticos, Universidad Hebraica de Jerusalén; Zeev Sternhell, profesor emérito, Universidad Hebraica de Jerusalén, etc.

La petición de los firmantes denuncia en primer lugar que el proyecto de resolución parlamentaria, al asimilar el antisionismo al antisemitismo, afirma que “criticar la existencia de Israel en tanto constituye una colectividad compuesta de ciudadanos judíos significa expresar odio hacia la comunidad judía en su conjunto”.

Más precisamente, los firmantes deploran que la exposición de motivos del proyecto de resolución designe a Israel como “una colectividad compuesta de ciudadanos judíos”, siendo que alrededor del 20% de la población israelí son ciudadanos palestinos, la mayoría de los cuales son musulmanes o cristianos, por lo que la designación elegida oculta o niega su existencia. De igual modo, los firmantes consideran muy problemático el enfoque adoptado por el Parlamento francés, ya que contradice la definición francesa de ciudadanía, definición desprovista de cualquier base étnica.

“Nuestras opiniones sobre el sionismo pueden ser variadas, pero todos pensamos, inclusive quienes se consideran sionistas, que amalgamar antisionismo y antisemitismo es algo fundamentalmente falso. Para los numerosos judíos que se consideran antisionistas esto es profundamente insultante”, escriben los intelectuales y científicos judíos.

            Porque el antisionismo, explican, es un punto de vista legítimo en la historia judía y cuenta con una larga tradición, inclusive en Israel. Algunos judíos se oponen al sionismo por razones religiosas, otros por razones políticas o culturales. Así, numerosas víctimas del Holocausto eran antisionistas, por lo que ese proyecto de resolución las deshonra y ofende su memoria, al considerarlas retroactivamente como antisemitas.

            Por otra parte, para los palestinos, el sionismo representa la desposesiόn, el desplazamiento, la ocupación y las desigualdades estructurales. Es cinismo, prosiguen los firmantes, estigmatizarlos como antisemitas porque se oponen al sionismo, ya que los palestinos se oponen al sionismo no por odio a los judíos, sino porque sufren el sionismo como un movimiento político opresivo. Para los palestinos, esto supone una gran insensibilidad y una política que aplica dos varas, al negar Israel el derecho a existir de Palestina.

            La segunda objeciόn planteada por los firmantes radica en que el Parlamento francés adoptό la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA), definición poco clara e imprecisa, por lo tanto, instrumento poco eficaz para luchar contra el antisemitismo, siendo que en Francia ya existe legislación al respecto.

Bastará así con criticar a Israel de una manera percibida como diferente a la crítica dirigida a otros países, para ser considerado antisemita, bastará con estar a favor de una solución binacional o democrática en el conflicto israelo-palestino para ser considerado antisemita. Lo mismo sucederá, continúan los firmantes, cuando se condene a Israel por su racismo institucionalizado. Puede uno, claro está, no adherir a esos enunciados; no quita, advierten los firmantes, que se trata de opiniones consideradas como legítimas y protegidas por la libertad de expresión en cualquier contexto político, por lo que la resolución del Parlamento francés crea una injustificable doble vara, a favor de Israel y en contra de los palestinos. La interpretación, para los firmantes, es clara: la resolución no es independiente de la agenda política principal del gobierno israelí, que apunta a consolidar su ocupación y su anexiόn de Palestina acallando cualquier crítica a su respecto. Los firmantes de esta tribuna publicada en Le Monde recuerdan también que desde hace años el gobierno de Benjamin Netanyahou denuncia como “antisemitismo” cualquier oposición a su política, asimilando antisionismo y antisemitismo. Racismo y legítima crítica a un Estado no deben confundirse, por lo que el antisemitismo debe ser combatido sobre bases universales, como cualquier otra forma de racismo y de xenofobia, sin abandonar los enfoques universalistas, insisten los firmantes.

Explícitamente denunciado por los firmantes como un texto que atenta contra la libertad de expresiόn, la resolución fue aprobada por el Parlamento, aunque no se previeron sanciones o penas para quienes incurrieran en el nuevo delito tipificado, “el antisionismo”, en lo sucesivo asimilado a “el antisemitismo”.

Esta benevolencia final poco cuenta, ante el daño que produce la criminalización de opiniones políticas ampliamente legitimadas por la historia de las ideas, y que por presiones también políticas pero adversas pasan a ser catalogadas como formas delictivas del pensar y del opinar. De esta manera, el debate político, al que la historia no es para nada ajeno, se llena de bordes que rayan con lo delictivo, no por su supuesto “extremismo” o “radicalidad” sino porque se trata de bordes que escapan al beneplácito de quienes mandan y por lo tanto se encuentran en situación de decidir qué es delito y qué no lo es.

La censura se hizo formulario

  “Toda lengua es fascista”, proclamό Roland Barthes en 1977, todavía tan cerca de 1968. Sin duda: cualquier lengua es un sistema constrictivo que impide y obliga a decir, es un orden que se impone, por citar ahora a Saussure. Así, ese orden que llamamos “lengua española” impone género gramatical a todos los sustantivos que la integran e impone que los sustantivos que llegan a ella desde otras lenguas en las que tal cosa no existe, estén provistos de género gramatical. Así el inglés sin género “the film” en español es “el film” y no es “la film” (podría haberlo sido o llegar a serlo, claro, pero ahora no lo es y si llegara a ser “la film”, seguiría sucediendo la obligación de género gramatical, el que sea de los dos, para los sustantivos en español); lo mismo con “el sweater” o “el whisky” y miles más. El español es obligación de decir (verbo “querer” + subjuntivo: “quiero que vengas”) u obligación de elegir (“quizá venga”, “quizá viene”; “aunque venga”, “aunque viene”).

Conocemos las maravillas que hacen los escritores con ese “fascismo”, con ese sistema férreo, al abrirlo, al revelarlo, al denunciarlo, al esquivarlo, puesto que todo esto hace la escritura de filόsofos, narradores y poetas, o de todo aquel tentado por el pensar.

En las antípodas de la escritura filosófica, narrativa y poética, se afianza y avasalla un molde discursivo que, segregado por la burocracia, es custodiado por sus vicarios (a veces devenidos sicarios). Estoy hablando de ese molde discursivo en imparable expansión que es el formulario, forma misma de la censura en su doble vertiente de obligar a decir e impedir decir. (Por cierto, los formularios electrónicos son los que cumplen más perfectamente con esto, al impedir seguir avanzando hasta tanto no se haya elegido una respuesta entre las ofrecidas por el menú.)   

 Solo daré dos ejemplos, entre los muchos que intento sortear desde hace años. Con el primero me topé en 2017, cuando el Instituto Nacional de Estadística me dirigió un formulario para una encuesta que pretendía medir índices de pobreza, consumo, etc. Fuera de los discutibles criterios empleados para esta medición, aparecía una pregunta sobre “la raza a la que se cree pertenecer” o a la que se cree que pertenecieron los antepasados, pregunta para la que se ofrecían cuatro “razas” posibles a elección: tres colores (“blanca”“negra” y “amarilla”) y un acromático “indígena”. Al negarme a responder, argumenté que, suponiendo que hubiera algo que no creo que haya, es decir, “razas”, éstas de ninguna manera podían reducirse a adjetivos de colores, que el asunto era delicado, al punto de que para ciertas legislaciones, por ejemplo la francesa, esa pregunta configuraba un delito, puesto que las personas solo son reconocidas como miembros del género humano. También argumenté que so pretexto de medir creencias, el Estado uruguayo estaba haciendo afirmaciones (bajo la forma de presuposiciones) inaceptables para muchos ciudadanos, entre ellos biólogos, filόsofos, antropόlogos, etc. Como de nada valieron mis argumentos y como los abogados consultados me dijeron que así pagara yo la multa (alta) prevista, igual permanecería obligada por la ley a responder, respondí, lamentando que no figurara también el color verde, para poder así expresar mi anhelo de algún antepasado marciano[3].

  El segundo ejemplo atañe los formularios de los cursos que semestre a semestre completamos los docentes. En principio están destinados a que los estudiantes conozcan por adelantado los cursos que se impartirán y así puedan elegir los que sean de su interés. En tanto que documentos universitarios explicitan y publicitan autores, asuntos, puntos de vista, bibliografías; así como se explicitan las condiciones y modalidades de aprobación, entre ellas la obligatoriedad o no de la asistencia. A este respecto, he mantenido que, al tratarse de un curso universitario (entre adultos) y de una materia no obligatoria (Literatura Francesa), no corresponde controlar la asistencia ni propiciar ninguna de las miserias a las que se libran quienes sin asistir quieren figurar como asistiendo. En consecuencia, no hay control de asistencias, ya que ésta es voluntaria. También he sostenido que por la índole del curso conviene asistir regularmente, no solo por el compromiso con el grupo y con el conocimiento que supone seguir un curso, sino para poder seguir el hilo de lo que se va planteando y discutiendo entre todos. En consecuencia, en los formularios de cada semestre no pongo “asistencia obligatoria” ni pongo “asistencia libre”, sino que pongo “asistencia recomendada” o “asistencia aconsejada”. Pues eso no se puede, hay que poner si es obligatoria o si es libre: el formulario y sus centinelas no solo impiden decir “asistencia recomendada”, sino que obligan a decir lo que un docente considera que no debe decirse.

 Los formularios universitarios, con sus impedir decir y obligar a decir, han sido y son herramientas implacables de disciplinamiento y de realización por vía administrativa de las drásticas e infelices reformas políticas que vienen sufriendo las universidades (cf. al respecto y mutatis mutandis el artículo de Aldo Mazzucchelli).


[1] Me refiero y analizo este caso en https://brecha.com.uy/prepo-la-ciencia-estatal/


[2] Datos provenientes de: https://www.les-crises.fr/la-fabrique-du-cretin-defaite-nazis/

[3] https://www.lemonde.fr/idees/article/2019/12/02/appel-de-127-universitaires-juifs-aux-deputes-francais-ne-soutenez-pas-la-proposition-de-resolution-assimilant-l-antisionisme-a-l-antisemitisme_6021348_3232.html

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