PORTADA

Pensar es un hacer no tecnológico. Los razonamientos de Kohsla, obstaculizados por la ideología sistémica de Silicon Valley -y del mundo tecnocrático en general-, no ven esta simple pero fundamental cuestión

Por Aldo Mazzucchelli

Parte del argumento que hace Kohsla en su pieza -a la que hemos decidido usar como punching-ball junto a Alma Bolón y Diego Andrés Díaz para entrenar un rato en verano- será repulsivo prima facie para quienes -como quien firma- no solo amamos la creación escrita, sino que hemos dedicado nuestra vida a escribir y estudiar filosofía y letras. Sin embargo, creo que pasado ese primer rechazo, hay un núcleo argumental en lo que el autor plantea que -una vez más- merecería ser examinado. En esencia, uno de los puntos principales aquí es “sí, las humanidades tenían como objetivo formar en el ‘pensamiento crítico’, y ayudar a pensar. Pero lamentablemente ya no lo hacen, salvo para quizá un 20% de quienes las estudian”.

¿Tiene razón Kohsla, y es importante considerar si a nivel de grado debe orientarse la educación humanística de modo distinto? ¿Es cierto que lo que las humanidades hoy ofrecen puede ser fácilmente alcanzado y superado por cualquier estudiante inteligente y motivado que sepa usar los recursos a disposición hoy día? Mi respuesta rápida es: Kohsla no tiene idea de en qué consisten las humanidades, pero sí que se da cuenta que, tal como son enseñadas mayoritariamente en las universidades del mundo anglosajón, no cumplen la función de enseñar a pensar con libertad y profundidad.

Kohsla puede tener razón en su diagnóstico sobre el 20% y en que cualquier estudiante motivado puede avanzar mucho usando lo que está disponible a todos -para mi, la tiene-, pero sus recomendaciones sobre cómo superar el estado de cosas actual son disparatadas: cree que las humanidades tienen una especie de “esencia” o “núcleo lógico” que es lo que hay que aprender, y que puede aprenderse apartando los molestos contenidos -obras escritas valiosas, estudio de la historia-.

Kohsla ni siquiera se da cuenta de que lo que él dice que hay que hacer, ya ocurrió hace décadas, y que la masa de profesores de humanidades también piensa, como él, que Macbeth “ya fue”, y que en cambio hay que atosigar a los estudiantes con “theory” irrisoria, y hacerles hacer cualquier cosa menos leer textos que 2500 años de historia Occidental habían considerado importantes, suplantándolos por las emisiones autoficcionales de egos patéticos, o por la producción ideativa de supuestos “sujetos minoritarios”, meramente para exhibir una sensibilidad social precodificada.

Cientismo, importancia relativa, y esencias misteriosas

Kohsla comete algunos errores clásicos del pensamiento absorbido en los procedimientos, la economía, y una cosmovisión técnica.

Por ejemplo, cree que pensar y hacer arte son una técnica, y algo esencialmente “científico”, y por eso prefiere enseñar la lógica y la lingüística a leer y discutir grandes obras humanas (Macbeth “no le parece importante”); por eso mismo, prefiere que la gente no haga primero música, sino que estudie y comprenda antes un libro sobre lo que la ciencia tiene hoy para decir sobre el ‘cerebro musical’.

Por otro lado, también cree Kohsla que aprender un contenido concreto (por ejemplo, la historia de la Guerra Civil americana) inhibe el aprendizaje permanente de nuevos temas, o comprender la historia presente. Su modelo mental es algo así: hay una esencia lógica de la historia que es lo que se debe enseñar. Para aprender sobre historia ya habrá tiempo, no hay que desperdiciar el esfuerzo en antigüallas que no sirven para nada.

Cree que la historia puede separarse de sí misma. Cree que puede meterse en una centrifugadora, y separar la “lógica histórica” (o la lógica a secas), de lo demás. El problema es que esa centrifugadora lógica no existe, y la lógica sin narrativas y hechos tampoco.

Kohsla cree que la historia puede aprenderse como mecanismo (“científico” o “lógico”). Luego, cree que un científico puede convertirse fácilmente en un filósofo, pero no al revés.

Evidentemente, Kohsla no tiene idea de lo que hace un filósofo. Ha sido seducido por la lectura superficial de los programas de “filosofía analítica”, que es precisamente un programa que ha sido exitoso en el sentido que derivó en la cibernética y la informática, pero no lo ha sido en absoluto en enseñar a pensar los problemas que más importan, y que un autómata no puede “resolver”, por dos razones: (a) no están hechos para ser resueltos, sino solo para ser pensados, y ese pensar es el principal factor enriquecedor de la experiencia vital, y (b), el autómata no sabe que esos problemas existen si alguien no se lo informa.

Como el mismo Kohsla reconoce, “los problemas más difíciles (y más lucrativos, pero eso es menos relevante aquí) de resolver son los problemas no técnicos“. Justamente. Sin embargo, Kohsla sigue pensando que si solo la gente aprendiese la “técnica de pensar”, estaría en condiciones de “resolver” los “problemas no técnicos”.

Quizá lo que pasa es que no son problemas. Y que, desde luego, la “técnica de pensar” no existe, salvo que tautológicamente le llame “técnica de pensar” al conjunto mayormente inextricable de factores involucrados en alguien que piensa con felicidad.

El nominalismo innato en todo cientismo, la fe en que basta con que se logre poner nombre a algo para que eso exista, es uno de los fallos detrás del razonamiento que estamos examinando. Sí, existe la técnica, incluida la lógica; y sí, existe el pensar. Pero no existe la técnica del pensar como metodología del éxito. Salvo que pensar se reduzca al aislamiento de algunos elementos del mundo y la combinatoria operacional de ellos.

La lógica -igual que la gramática- son efectos secundarios del pensar, descripciones a posteriori y abstracciones ilustrativas. Uno puede pensar ex-post sobre su propio pensar, cómo no. Pero la lógica no es algo separable ni de la historia ni de las letras ni de la filosofía, igual que el éxito en un juego complejo o en la guerra no son separables del jugar y del guerrear. En ambos casos, después de que uno logró íntegramente algo, uno puede hablar sobre ello, hacer esquemas, contar los muertos o los goles. Pero no se enseña a jugar ni a pelear (ni a pensar) sino haciendo. Pensar es un hacer que solo se aprende haciendo, es decir, pensando sobre algo que nos atañe. La famosa “motivación” que buscan los educadores la encontrarían facilísimo si solo convenciesen primero a sus estudiantes por qué es de vida o muerte para ellos estudiar filosofía, historia y letras. Pero como ellos mismos no están convencidos, y los profesores están tomados por la misma ideología del éxito operacional, tecnológico, que el resto de la sociedad, los profesores no saben cómo explicar esto. Por tanto, los estudiantes y ellos mismos solo están motivados por lo que la ideología reinante indica.

Estudiar historia eliminando primero toda la historia

La misma falacia logicista, llamémosle, opera en un nivel parecido con la noción de “competencias” vs “contenidos”.

El disparate que pretende Kohsla se resume en esta frase, que inserta por ahí: “Me gustaría enseñar a la gente a entender la historia, pero no a dedicar tiempo a adquirir conocimientos de historia, algo que puede hacerse después de graduarse“. Kohsla critica la idea de un humanista de que una buena narrativa es más importante que un hecho real, pero no se da cuenta de que su pretensión de que alguien comprenda y sepa usar “mecanismos del pensamiento histórico” sin pensar en nada histórico es una completa estupidez y, en sí mismo, una narrativa esencial del mundo tecno-Economist que es todo el horizonte que Kohsla cree que compone el mundo real. Ese no es el mundo real: eso es cómo se ve el mundo desde dentro del sistema (llamémosle) Silicon Valley. Un sistema que, como cualquier otro, incluye una gran cantidad de puntos ciegos, necesarios como dispositivos para que el sistema Silicon Valley siga creyendo en su propia legitimidad e importancia, y sobreviva.

Kohsla repite la recontrafracasada idea de los “teóricos de la educación” de que lo que importa es aprender “competencias”, y que los “contenidos” son secundarios. Es lo mismo que pedirle a alguien que desarrolle la destreza motriz sin tener primero un cuerpo con músculos, huesos, y mente dotada de voluntad. Los “teóricos de la educación” recomiendan hace décadas que se reduzcan, fusionen, o eliminen los contenidos. Ponen lo que es el fin de un proceso educativo (que alguien sea capaz de hacer determinadas cosas competentemente, como argumentar, calcular o analizar complejidades) como los medios a emplear.

La noción de que pueda lograrse el tipo de egresado capaz de “escribir The Economist cada semana” como él dice, sin enseñar contenidos, es la ilusión definitoria de la “educación” contemporánea.

Es exactamente así como hemos obtenido una generación o dos que no solo no pueden escribir The Economist, sino que ni siquiera tienen interés en leerlo -no los culpo por ello: The Economist ha caído tan bajo él mismo que ya es una hojita de propaganda de una ideología, casi totalmente incapaz de incluir la crítica de sus propios escandalosos errores en la revista. Pero bueno, probablemente The Economist esté también, como la mayoría de la prensa, dominado por egresados de esas generaciones formadas “a la Kohsla” y que piensan que su incapacidad de pensar se debe a que fueron formadas con “programas viejos y pasados de moda”.

No se dan cuenta de que su incapacidad viene de no haberse dedicado simplemente a leer con atención las obras concretas, sobre problemas concretos, de quienes han pensado brillantemente en el pasado.

Como consecuencia de su cientismo analítico, Kohsla confunde, como tantos, el mecanismo con la calidad de resultados. Es decir, no se puede enseñar a cuestionar los marcos actuales de funcionamiento social si no se enseña cómo es que se llegó a esta sociedad, y cómo funciona. Si no se es capaz de salirse del sistema en el que uno corre aceitado. Y para eso, es fundamental saber todas las cosas que son, precisamente, inútiles y contrarias al funcionamiento del sistema. La pretensión de enseñar a pensar sin enseñar contenidos, resumida en la frase “hoy en día, en la educación universitaria se necesita más el pensamiento procesual y el pensamiento por modelos, que el conocimiento“, es un error infantil que subyace a este escrito y a todos los que, como este, creen que la formación de un ser humano equivale a un conjunto de procesos combinados, en los cuales el “contenido” (es decir, lo inefable orientacional que permite y guía el pensar) es lo de menos.

Pero insisto, más allá de esto, corresponde evaluar si varias de las críticas que se hacen a las humanidades y su presencia hoy en el curriculum liceal y de licenciatura no son descriptivas de una incomodidad que tiene importancia.

Tener ideología es no darse cuenta de ello

Kohsla pretende ser alguien en situación de indicar la verdad. Como premisa fundamental, esta mentalidad se para en una especie de sitio inatacable, “objetivo”, “basado en la ciencia”, y desde allí emite dictámenes sobre las cosas. Si cada tanto dice algo groseramente ideológico (como hablar de “trumpismo” como si fuese una categoría legítima y no meramente una de las formas ideológicas de reducir los problemas incómodos a una forma de desprecio), no se da cuenta, o supone que el 100% de “la gente que piensa correctamente” estaría de acuerdo con él.

Lo que Kohsla no parece interesarse en ver es que el sistema de creencias de la ciencia actual es tan ideológico como puede concebirse. Totalmente epocal, sus raíces son bastante fáciles de ver, su desarrollo también, y la adhesión de la mayoría de los científicos a todo ello es escandalosa. La crítica a todo esto tiene más de un siglo. Nietzsche puso varios de los cimientos, Heidegger y sus seguidores hermeneutas como Gadamer, y los filósofos de la ciencia como Feyerabend o Thomas Kuhn lo han destripado con mucha competencia. Pero los éxitos de la tecnología han servido al cientismo como recurso retórico, y el dinero se asegura de que la ideología oficial de la ciencia sea lo que vimos en 2020 repetido, en su versión más vulgar, por cuanto ignorante o interesado tuvo interés en subirse al carro.

En fin, los ideólogos de la ciencia son quienes creen que la ciencia es el modo único legítimo de conocer (basados en la superstición de que la ciencia proveería cierto mecanismo único -‘lógico’- detrás de todo pensamiento correcto).

En realidad, están intentando captar ideológicamente a los jóvenes para que se sumen a su programa de éxito operacional sin conciencia personal libre y compleja. Lo consiguen hace tiempo. El mundo actual es exactamente como la educación ha sido en los últimos 50+ años.

Pero, con todo y con eso, es cierto que las humanidades en anglo-sajonia ya no practican el pensar

De todos modos, sí que hay un acierto en el diagnóstico de Kohsla. Un acierto involuntario, puesto que Kohsla parece no conectar los puntos que están obviamente a la vista, debido a las barreras que su ideología le impone.

El acierto de Kohsla es detectar que las humanidades tal como se las practica mayoritariamente en la universidad que él habita hoy, no enseñan pensamiento crítico, sino meramente doctrina e ideología precocida. Seré claro: la doctrina de que lo que importa es igualar los contenidos en función de cuánto participan en ello las diversas minorías, puede tener muchos practicantes sinceros que entienden al pensamiento como un departamento más del igualitarismo democrático. Pero se equivocan, porque el pensamiento es cualquier cosa menos democrático. Cualquiera sabe que, en cualquier época que se considere, unos pocos tuvieron razón frente a inmensas mayorías que repitieron creencias, supersticiones y esquemas anteriores ya sin sentido. Sin embargo, quienes repiten el igualitarismo en estas últimas décadas parecen no darse cuenta de que es justo lo que ellos dicen -y no el estudio humanístico tradicional, que consiste en leer, debatir y pensar con amplitud- lo que es un esquema anterior sin sentido. Es el esquema del igualitarismo proyectado, del campo social, al campo del pensar.

El error de Kohsla es creer que eso que ve a su alrededor son las humanidades, y que un giro hacia “la ciencia y la metodología” lo corregiría. Es al revés: las humanidades no enseñan lo que deben hoy, porque son anti humanísticas. Más “ciencia” (es decir, más intentos de pasar gato por liebre y de enseñar “esencias”, “métodos”, “teorías”, “lógicas subyacentes”, sin procesos comprometidos de pensamiento) en ellas, solo aumentará el desastre.

En suma, las humanidades deben ser menos ideológicas y más capaces de ensayar el pensamiento: más abiertas a todo, más capaces de examinarlo todo, desafiantes, y refractarias al doctrinarismo y la repetición irracional. Hoy, en cambio, son chiringuitos de un partido político, intentan pues ser políticamente correctas (no decir nada que los militantes de ese partido no quieran oír), y no ofender ni rozar lo que estudiantes ya adoctrinados por los medios y el tecnocratismo piensan y quieren pensar, ya cuando ingresan.


Un último detalle: Kohsla usa la palabra “importancia” y la palabra “utilidad”. Estas dos palabras son fundamentales a la narrativa cientista y materialista de la Modernidad tardía. Desde luego, dado que se trata de un punto ciego ideológico importante, la ideología cientista no puede reconocerlo, ni siquiera hoy que está groseramente a la vista. Prefieren empezar a cancelar y censurar a mansalva, antes de verlo como es.

Pongamos un ejemplo sobre qué es “importante” en la mentalidad que nos ocupa.
Kohsla cree que es más importante saber las “etapas cronológicas de la tierra” que leer y pensar sobre Macbeth. Sería fácil argumentar que esa cronología es irrelevante para la vida humana (suponiendo que sea exacta, que esto está en debate también). Irrelevancia que no tienen las grandes obras literarias, que modelan problemas éticos o estratégicos de la máxima utilidad, a los que cualquier ser humano alguna vez tiene que enfrentarse. En breve: Kohsla suplanta una narrativa “científica” (no ciencia: mitociencia) para ponerla en lugar de una narrativa humana. Le llama importante a la primera, y prescindible a la segunda.

Esto es un gesto retórico, y un gesto político. Y desde luego, los argumentos que damos en contrario también. La cuestión fundamental es quién de nosotros está dispuesto a negar que la única legitimidad es la que da el éxito, y, como consecuencia de ello, negar que sea meramente quien financia la educación el que le termine dando su impronta. Mientras el éxito tecnológico sea el único criterio de verdad humana porque es el único dador de dinero, las humanidades seguirán siendo incapaces de superar al tecnocratismo mental que expresa Kohsla y que guía la hegemonía ideológica contemporánea en todas partes.