ANÓNIMOS LIBRES

Texto Anónimo

No espero que me reconozcas, al menos, no quiero que lo hagas. Es más, en tiempos pasados la única forma de distinguirme dentro de una urbe excitada de jóvenes científicos (quizá, de púberes académicos) era avistar mis pasos largos y los cuellos planchados de mis camisas. Mi juventud afirma que de seguir habitando el espacio físico de la facultad, tendría las manos igual de quemadas a pintitas, por no tener la práctica suficiente con la plancha y los cuellos.

Quizá otra distinción era lo bruto de mi vozarrón cuando carcajeaba en la mesa del comedor, hablando de amor, del almuerzo, de deberes perdidos, de vías moleculares, o de lo poco que me acordaba sobre alguna parte del metabolismo procariota. El almuerzo nos permitió saber quién estaba con quién, si alguien de otra carrera tenía intención de compartir un pizarrón contigo (con miradas románticas y nerds a la vez), y nos permitió entrelazarnos como familia con amigos y docentes. Era de lo más común elegir tu almuerzo en la cantina mientras charlabas con grados cinco, investigadores añosos, profes o pasantes, y si tenías onda, de compartir la mesa con ellos.

Ser tan pocos dentro de la institución nos habilita a ser exigidos integralmente, apuntando hacia la profesionalidad académica, un objetivo característico y distintivo de otros servicios de la universidad pública. Pese a que los más añosos vociferan haber sido aún más exigidos, oprimidos y exprimidos, la cuota que queda de ello en la actualidad es la cuasi obligatoriedad de desarrollar respuestas, de entregar sendos informes, de buscar, y buscar y buscar, hasta encontrar el paper perfecto para fundamentar tus líneas y hacer de tu texto un texto maduro, citado, correcto. La corrección y formalidad es el verdadero propulsor del cambio en la mente del adolescente científico.

Uno se acostumbra a aligerar los ojos, para encontrar la respuesta más rápida a una gráfica, a un ensayo biológico, a un teorema redundante, o para saber de qué cuerno trata un texto antes de siquiera demorar cinco segundos en leerlo. Uno se convierte en un verdadero maestro del filtrado de la información y, en el pasado, esto supondría una extrema ventaja para la eficiencia académica. La eficiencia se premia, se glorifica; la certeza es el valor más codiciado y anhelado entre científicos, y su ausencia (¿alguna vez estuvo presente?) es la promotora del movimiento, del hacer científico, sea, del habla, de la discusión, de la justa inestabilidad de la verdad. El ‘hacer’ trae consigo una mochila de adjetivos in-formes, impuntuales (o locamente cronotipados), poiéticos. La mente científica carga con su propia intelección, propiocepción, y se transforma a través de una incesante autopoiesis.

Pero sin preverlo, sin auspiciarlo, sin poder darnos un último abrazo poiético, la facultad amanece derrumbada y lejana; se escondió su alma tras los ladrillos eternos que permanecen allí apilados. Mis camisas han quedado colgadas desde entonces.

Muchas túnicas temerosamente se siguen acercando al edificio, y pretenden hacer de cuenta que la facultad aún vive.

Como náufragos han de estar escuchando las voces perdidas de los salones vacíos, salones que no han hecho más que ahorrar luz y rayones en el piso por las caídas de termos y el arrastre de las sillas. El silencio impregna este ‘hacer’ que te vengo relatando, y ayuda a transformar (en el sentido más biológico posible) el citoplasma de cada célula neuronal.

El silencio en los pasillos es el cómplice vivo e invisible de la destrucción creativa, que ha devenido en el atrincheramiento y sofocación de los que visten túnicas. Y siempre que hay trincheras, hay una guerrilla mediante y, esta guerrilla es especial.

Uno de los lados imberbemente toma rehenes filosóficos, y acusa tener todo para cuidarlos al mejor estilo Estocolmo. 

El otro lado se mira a sí mismo, obtuso, incrédulo, y pretende desahogar de la comodidad extrema a los rehenes que han caído en la cueva.

Hablando menos tácitamente, te estoy dibujando todos los carteles necesarios para que observes cómo muchos científicos se permiten descansar en medias-hipótesis, en trabajos no concretos, en conclusiones que no serían aprobadas por un jurado de tesis, y en productos farmacéuticos con faltas procedimentales. Estos científicos viajan todos juntos en una nube de honor, dignidad, nacionalismo, seguridad, respeto -y no sé cuántos objetos sociales más-, como si volasen bajo un lema político que los reúne y alimenta. Son capaces de ‘tomar posturas definidas’ y en una excelsa promoción de los organismos internacionales, se congregan para cerrar los ojos y disfrutar del sabor dulce de las respuestas fáciles, para las pocas preguntas que le han hecho a la pandemia. Quieren obtener el premio del año ala condescendencia, y son capaces de apagar sus motores de pensamiento crítico como nunca pensé que serían capaces de hacerlo, menos siendo científicos. 

¿Dónde quedaron las sanciones académicas a la carencia de información?, ¿dónde está el fervor por la corrección metodológica y por los resultados más seguros?, ¿dónde quedó la precaución para quienes integran comisiones de Ética?, ¿por qué existe tal complicidad para ser tan acrítico del asunto que gobierna nuestras vidas desde 2020?

El lado incrédulo es el que quiero impregnar con los portadores de la duda. Ya no me importa de cuáles. Solo me importa que las haya. Quienes estemos convencidos de que podemos objetar, siempre con fundamentos y pienso (a veces, sentido común) hasta al más grande de los emires y faraones del mundo científico moderno, somos los que permanecemos a la sombra del silencio cómplice más extendido en el planeta.

Esto que te relato ha sido tratado más de una vez en este sitio web, pero no ha sido vocalizado por un actor inmediato.

No al menos de esta forma. Quisiera convencerte de que mis allegados académicos están en la ruta del desentendimiento, de la coacción, de la protesta intelectual, pero no puedo, -casi no existen-. No puedo soslayar el desánimo –o desconsuelo– que me golpea cuando le presto atención al estado de gravidez de mis compañeros o profesores, que claman tener todas las seguridades y respuestas para todas las técnicas y productos que masivamente se han inmiscuido en la salud de (casi) todos los humanos. 

¿Qué elementos se han introducido para que dos alumnos (uno de ellos, yo, por ejemplo) de aparente igual formación tengan visiones y acercamientos tan opuestos?, ¿cómo es posible que incluso los más doctos en realizar preguntas (phD’s) también puedan alejarse tanto?

Mientras tanto, en mi propio silencio, intento hacer de cuenta que estimo a todas estas personas de la misma manera que lo hacía, pero se me hace difícil. Para evitar la confrontación, la discusión de la pandemia en los salones (o bien, píxeles) de clase se ha vuelto cada vez más prosaica, más callada, más soberbia. No se tiene permitido acotar mensajes diferentes a los de la televisión, y si se lo hace, el profesor Dogma no flaquea en negarte la discusión y tildarte de cosas graves como ‘antivacunas’.

Y si te sentís identificado, dime: ¿Alguna vez usaste esta frase? ‘Hey, ¿cuándo le dije yo que ‘no creo’ en las vacunas?

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