ENSAYO

Por Rafael Bayce

MARICAS VIRALES: EN BRASIL, EN URUGUAY, EN EL MUNDO

“No quiero que el Brasil sea un país de maricas” dijo su actual presidente Jair Bolsonaro, en discurso público del 11/11/2020, criticando el talante psicosocial con el que el país estaba enfrentando la ‘pandemia’ del covid-19. 

Apruebo calurosamente la afirmación y defiendo ese exabrupto políticamente incorrecto, formalmente atacable, porque creo que es sustantivamente cierto, y que su contenido de verdad es mucho más importante que la incorrección política con que fue dicho. Además, no es solo ni principalmente Brasil el territorio de maricas, sino casi todo el mundo, incluido el Uruguay. Yo tampoco quiero que Brasil, ni Uruguay, ni el mundo sean maricas. Pero lo están siendo. Por hipocondríacos respecto de la salud y por paranoicos respecto de la seguridad; insoportable y crecientemente miedosos de sus cotidianos, sus semejantes y el mundo. Y no porque sean homosexuales ni afeminados. Bolsonaro ni dijo ni quiso significar eso. Veamos.

La afirmación presidencial no fue una afirmación homófoba, ni lo es tampoco mi apoyo a ella, como querrían quisquillosos derechohumanistas simplorios. Porque aunque Bolsonaro sea homófobo, su afirmación no lo es; ni mi apoyo a ella. 

En América del Sur, al menos, el sustantivo despectivo coloquial y popular ‘marica’ no refiere, -en la jerga popular machista y patriarcal de la sociedad en la que nació-, a una supuesta o denunciada cualidad de homosexual o de afeminado, sino, en el contexto de enunciación de la frase, simplemente a una persona injustificadamente miedosa de algo que otros no temen, y que no debería ser temido. Exactamente lo que pasa en Brasil, pero también en el Uruguay, y en casi todo el mundo con el covid-19: un miedo excesivo, a) injustificado por su bajísima letalidad: la gran mayoría de los certificados de defunción POR coronavirus, son, en realidad, fallecidos CON coronavirus y no básicamente DE coronavirus; la causalidad fundamental del fallecimiento está en las co-morbilidades previas a la contracción del virus y no en el virus, que solo viene a ser a lo más ‘la gota que desbordó un vaso’ que se desbordaría igualmente y de modo inminente por otras gotas; una letalidad incomparable con la de las causas de la mayoría de las muertes en el Uruguay y en el mundo; con ínfimos síntomas debidos específicamente al virus, sin contar las co-morbilidades que son las realmente causantes, en casi todos los casos, de las muertes POR el virus, lo que no debe confundirse con las muertes CON el virus; b) con baja gravedad: con una tercera parte de asintomáticos (o sea no enfermos y que cada vez más se considera que no contagian) y mayoría de sintomáticos no peores que engripados comunes; c) por su baja tasa de hospitalización (en el Uruguay una ridícula cantidad de internados frente a los alucinados presagios de desborde hospitalario); d) por su magnificación cuantitativa prospectiva desde modelos de simulación pronóstica delirantes y ya probados como equivocados en todo el mundo, lo que fue y es un poderoso inductor de miedo y pánico; e) por el fraude de los testes positivos de PCR que los considera ‘casos’, ‘contagiados contagiosos’, ‘infectados infecciosos’ y ‘asintomáticos contagiosos’, infecciosos y enfermos, cuando, científicamente, un test positivo de PCR, sin sintomaticidad clínica sumada a él, y sin un cultivo del ‘virus’ en otro organismo para comprobar su infecciosidad, es un fraude difamador y con efectos dominó de trazabilidad malévolos. Si el test elegido es un PCR, se precisa la positividad obtenida con un umbral de menos de 35 ciclos, sintomaticidad clínica, y cultivo del fragmento detectado para verificar que ese fragmento viral esté vivo e infecte; que hay una enfermedad e infecciosidad-contagiosidad que no surge automáticamente de la mera positividad del test PCR, y menos aún con el umbral de ciclos elegido, que magnifica la probabilidad esperada de que el positivo contagie o infecte. Sin las 3 cosas juntas no se debería llamarle enfermo ni mucho menos contagioso al infortunado que cayó en manos de los malditos fraudulentos, porque no se justificarían suficientemente cuarentenas, medidas sanitarias a sus contactos trazables, efecto dominó muy perjudicial psíquica y económicamente. Habría que demandarlos por daños y perjuicios, daño moral y lucro cesante (civiles-damnificados); y por qué no por fraude y difamación (penales); por el maligno dominó de lesiones y daños que provocan con esa indebida calificación de enfermo infeccioso-contagioso al meramente sospechable de enfermedad y de infecciosidad; más sospechable a menor el umbral de ciclaje usado (en el Uruguay parece ser muy alto y cambiado al alta), quizás para asustar a falta de muertos e internados que puedan asustar, a lo que la ignorante, obsecuente y carroñera prensa contribuye con voraz entusiasmo. 

No serían tampoco ‘maricas’ en el sentido patriarcal y machista de ‘miedosos como mujeres’, expresión por la cual se les llama maricas a los miedosos que lo serían por tener características femeninas de temerosidad mayúscula que los machos no tendría, error machista y patriarcal que no compartimos y que tampoco es parte de la intencionalidad de Bolsonaro cuando habló de ‘maricas’. 

Los injustificadamente asustados por la pandemia son, efectivamente, maricas varones y maricas mujeres, pero por ridículamente miedosos, no por homosexuales pasivos ni por afeminados, ni ‘miedosos como mujeres’. Maricas en el sentido más profundo de hipocondríacos por la salud, potenciados normalmente, si es que no son ambas cosas, por paranoicos por la seguridad; salud y seguridad que son las mejores coartadas para rapaces y voraces negocios, sumados a una escalada de control y caída de libertades, garantías y derechos. Maricas sí, pero no por ‘temer como temen solo las mujeres’, ni por homosexuales pasivos ni como afeminados en gestos y gustos. Maricas sí, pero ser seres humanos que sienten pánico y miedo por algo que no lo justifica; hipocondríacos por la salud, paranoicos por la seguridad; sean varones o mujeres, homosexuales o heterosexuales, afeminados o no, miedosos patriarcal y machistamente calificados así por sentir supuestamente lo que las mujeres, y no los varones, sienten. Así lo siente y significa el homófobo Bolsonaro en su afirmación no homófoba; así lo sentimos los que concordamos con su afirmación no homófoba, aunque no seamos siquiera homófobos como él.

La ‘pandemia comunicacional y política’ del covid-19, de coartada sanitaria audazmente construida, es una muestra de la progresiva inmersión de la humanidad en un estado civilizatorio y cultural de maricas generalizados; que es efecto de intencionalidades perversas, sí, pero que solo pueden florecer en un suelo fértil y fertilizado de hipocondría, paranoia, cobardía y autoritarismo políticos, voracidad económico-financiera, obsecuencia mediática y gregarismo popular acrítico. 

Es la primera dictadura global de la historia, político-comunicacional-mediática con coartada sanitaria; ningún imperio histórico ha sido tan masivo, homogéneo y hegemónico, aunque con las espaldas cubiertas por una virtualidad bélica superior, y una potencialidad de coacción y censura en los medios enteramente novedosa como estadio sofisticado de la biopolítica.

‘Maricas’ sí, pero no por homosexuales ni afeminados, sino por hipocondríacos y por paranoicos, corroídos por el miedo y el pánico, que lideran una regresión civilizatoria en la cultura profunda de la humanidad, en la construcción de la ‘aldea global’ tan genialmente entrevista por Marshall McLuhan hace más de 50 años, pero tanto más perversa que ella.

¿Por qué podemos decir que nuestros ‘maricas virales’ integran la vanguardia en la inmersión masiva profunda de la humanidad en una regresión civilizatoria y en una perversión cultural inminente que ya están despuntando como hegemónicas? Quizás sea una larga y compleja historia; pero creo que vale la pena, al menos, delinearla.

  1. MARICAS NEOBIOLOGISTAS CIVILIZATORIAMENTE REGRESIVOS

2.a) EL CAMINO HUMANO DE IDA HACIA UNA ESPIRITUALIDAD TRANSBIOLÓGICA 

2.a.1) Los ’plus’ específicamente humanos.

Si la humanidad puede anotarse algún ‘plus’ por sobre el mundo inorgánico y orgánico que lo precedió y del cual emergió, ellos serían: su mejor instrumentalidad como ‘faber’; su consciente y voluntario uso instrumental (tecnología) del conocimiento como ‘sapiens’; y, quizás más que nada, su espiritualidad post y trans materialista, de trascendencia de la heteronomía: de los determinismos físico-químicos y de las funcionalidades biológicas. Mediante la aproximación a una teleología autodeterminada progresivamente implementable e implementada que autonomiza paulatinamente de esa heteronomía, al menos según la grandiosa visión de Talcott Parsons de mediados y fines de los 60 sobre la utopía humana históricamente implementada hasta ahora. 

En esa evolución de una materialidad heterónoma hacia una espiritualidad trans-material y trans-biológica más autónoma y autodeterminante, -teleonómica, diría Parsons, en que el nomos es el telos- aparecen potencialidades trans-materiales y trans-biológicas específicamente humanas, que podrían -quizás algo macroetnocéntricamente- ser calificadas como ‘superiores’ evolutivamente (con perdón de los animalistas): la ciencia, el arte, la tecnología, la ética, la estética, la ficción, la imaginación; los pensamientos abstracto, simbólico, analítico.

2.a.2) La espiritualidad primitiva: materialista, animista, mágica.

La espiritualidad primitiva casi no trascendió la preocupación por la materialidad; la ‘fantástica trascendental’ primigenia referida por Gilbert Durand, la ‘imaginación creadora’ inicialmente fermental de Henri Bergson, se reducían a un animismo y a una magia que imaginaban fuerzas superiores de las que en buena parte dependía el bienestar material, y que casi solamente por y para ello eran servidas y adoradas. Una mínima espiritualidad trans-material.

2.a.3) La transición hacia un imaginario más espiritual, trans-material. 

Era, entonces, una espiritualidad instrumental al tan comprensible como poco evolucionado interés prioritario por la supervivencia y la afirmación individual-colectiva y territorial, tan materiales; espiritualidad pro-material, sí, pero que ya era una semilla de espiritualidad respecto de la magia primigenia. 

Podemos anotar algunos momentos de la leyenda, del mito y de la realidad actual para ejemplarizar esa transición hacia un imaginario más espiritual y trans-material. Por ejemplo, un relato bíblico en que un reyezuelo, en el desierto de Judea, se para en la almena más alta de su castillo, y muestra, balancea y degüella a su hijo bebé para mostrarle a los hebreos que tendría a dios de su lado en la batalla dada la insuperabilidad del sacrificio ofrecido, los hebreos se retiran, derrotados a priori por tal prueba, abrumados por la brutal espiritualidad que revelaba tal sacrificio de materialidad, aunque fuera para un objetivo bélico muy material; aunque la espiritualidad es instrumental a la materialidad de la batalla, y es mágica aún; y una espiritualidad material, no como una mera plegaria podrá serlo. El más espiritual derrota al más equipado materialmente; ni llegan a enfrentarse, tal resultó la superioridad del espiritualmente más devoto sobre el materialmente más dotado; la batalla la gana la espiritualidad a priori, ni ha lugar para una confrontación material empírica, a posteriori. 

Otro momento evolutivo sería aquel de la escena bíblica del Génesis, en que Yavé, cuando frena la mano armada de Abraham que iba a ofrendarle a su primogénito Isaac, y le sugiere sustituirlo por un cordero vivo, está marcando simbólicamente una evolución en esa espiritualidad mágico-materialista, una espiritualización del sacrificio, tan mágico y materialista intrínsecamente. 

Hoy, entre nosotros, cuando islámicos guerreros, en nuestros días, destruyen monumentales estatuas de Buda en Afganistán, no son bárbaros materialistas que ignoran las delicias espirituales de la cultura; muy por el contrario, son hiper-espiritualistas, más espiritualistas que los erectores de los Budas; pero que piensan que la divinidad es inefable, y que cualquier representación sensorial suya es una herética profanación materialista de la inmarcesibilidad divina; son, entonces, iconoclastas, pero por hiper-espirituales, no por bárbaros irrespetuosos de la espiritualidad de las imágenes, para ellos proxies desubicadas de lo sagrado, porque no habría imágenes aptas para expresar la inefabilidad de lo divino (y recordemos que millones de cristianos fueron iconoclastas también en el Medioevo y el Renacimiento, y que se mataron entusiastamente con los iconófilos de ese entonces). 

2.a.4) Las religiones, el paso a una espiritualidad mayor aunque más terrible. 

La reencarnación y la salvación ultramundana, Max Weber dixit, son nuevos capítulos en esa des-materialización de la espiritualidad, o en ese camino de espiritualización de la materialidad: la invención y superordinación de una trascendencia ultramundana, espiritual. El más allá era instrumental al bienestar en el más acá cuando la proto espiritualidad mágico-animista imperaba; ahora, con este nuevo paso, es el más acá el que es visto como instrumental para el más allá, que se merece, en su buenaventura o desdicha, por medio de la conducta en el más acá, sumado, a veces, un plus de ´gracia’ divina. Es la era de las religiones post-animistas y post-mágicas; más espirituales, con premios y castigos trascendentes, merecidos por la corrección ética y ritual; aunque la bienaventuranza y la felicidad solo puedan ser imaginadas como hiper-bienestar material eterno, y la condenación como hiper-sufrimiento o degradación material perenne. Es cierto que también es un honor, y quizá también inmaterial, ‘estar sentado a la diestra de Dios Padre’, como en un podio olímpico o al final de una etapa ciclística (es un chiste, lector).

Ese camino de espiritualización o de desmaterialización que operan las religiones salvíficas o de la reencarnación, con la institucionalización simbólica de lo ‘trascendente’, configura un producto, más espiritual que los anteriores, de la ‘imaginación creadora’ simbólica de la ‘fantástica trascendental’ humana. Es la época de las religiones universales monoteístas: un terrible espiritualismo integrista, terrible porque impone materialmente una espiritualidad; la Santa Inquisición torturaba y quemaba tu cuerpo para salvar y purificar tu alma, y exorcizar así al colectivo en su camino salvífico; los militares del Plan Cóndor, en especial los argentinos, aunque también los uruguayos, eran integristas católicos de esa variedad (i.e. Buenaventura Caviglia).

2.b) EL CAMINO HUMANO DE VUELTA A UNA NEO-MATERIALIDAD RETRO-BIOLOGISTA

2.b.1) La devaluación de la espiritualidad religiosa. 

Esas espiritualidades, tardías en la historia humana, son luego devaluadas y depreciadas, gruesamente desde el siglo XVIII, siendo desde ese entonces vistas: A) como momentos de un ‘desencantamiento del mundo’ (Max Weber), sea a.1) como proyección sublimada ficcionalmente de estructuras profundas, por algunos como Sigmund Freud; sea a.2) como ficción dominante hegemonizadora y alienante, para algunos otros como los marxistas; sea a.3) como pura barbarie anacrónica superviviente, para enciclopedistas y congéneres rabiosamente cientificistas y agnósticos.

Pero, ya avanzado el siglo XX, B) los monoteísmos integristas renacen furiosamente para ´reencantar’ (Max Weber, Michel Maffesoli) ese mundo herética, diabólica y profanamente desencantado; también se producen ‘el retorno de los brujos’ (Louis Pauwels y la revista ‘Planeta’) y la psicodelia, en especial la químicamente sintética, la médicamente recetada inclusive, reencantamientos también. 

La referida devaluación y depreciación de las religiones conduce hoy la espiritualidad a tres formas nuevas y plenamente vigentes de espiritualidad: (alfa) las autoayudas, terapias alternativas y el ‘soul coaching’, neomágicos y voluntaristas, truchamente científicos, aunque de cierta eficacia cotidiana aparente, indignantemente caros y snob además, aunque no incompatibles con espiritualidades anteriores ya vistas; (beta) trascendentalismos negadores de la transcendencia, muchos de ellos iusnaturalismos, como todos los ‘ismos’ de la modernidad (i.e. derechos humanos, buen salvaje, soberanía popular, democracia, cientificismo, diosa razón, etc.), que también son formas seculares de espiritualidad en un mundo en que la racionalidad científica destrona provisionalmente a la fe irracional de magia y religiones. Son nuevas formas de espiritualidad, religiones civiles según Robert Bellah; son formas trascendentales de espiritualidad, ya no trascendentes; la trascendencia no es tan compatible con la razón y la ciencia; (gama) resurrección de fanáticas ortodoxias milenarias (y algunas milenaristas) anacrónicas, con pretensión de verdad y realidad eternas, en especial los terribles y letales monoteísmos, peores aquéllos más integristas y de objetivos más intra-mundanos, materiales; crisol y cuna de las nuevas derechas y de los terrorismos. 

2.b.2) La encrucijada actual: una distopía de re-materialización retro-biológica civilizatoriamente regresiva, culturalmente involutiva. 

La humanidad está entrando en una peligrosa encrucijada cultural y civilizatoria, con el riesgo de volvernos neomaterialistas y neomágicos, cultivadores de una materialidad como telos, como fin intrínseco, no como medio para logros espirituales en tanto fines, como corresponde al plus evolutivo humano y a sus habilidades y capacidades específicas como especie trans físico-química y trans biológica, espiritualizadora de la materia inorgánica y orgánica. Neomágica, porque descarta la espiritualidad trascendente y se retrotrae, regresiva y entrópica, a un imaginario ideal, casi deontológico, materialista, que no puede imaginar nada más deseable y legítimamente perseguible que la pervivencia biológica material (seguridad física y patrimonial, salud y sobrevida), poniendo para ello a su servicio toda la espiritualidad científico-tecnológica obtenida, pero en pos de la re-animalización, y retrobiologización de las metas, regresión civilizatoria y cultural descomunal. Neomagia en que los progresos de la espiritualidad – el mundo científico-tecnológico y los plus específicamente humanos enumerados más arriba – solo son instrumentales y secundarios en un cotidiano en que, a través de dispositivos de alta tecnología, estará hiocondríacamente pendiente de las aplicaciones sanitarias del celular o paranoicamente dependiente de las imágenes de las cámaras de seguridad; o se estará esperando la nueva aplicación salvífica o de la nueva cámara hiper-panóptica, obsesiones progresivamente excluyentes que impedirán cualquier uso culturalmente creativo del tiempo libre que pudiera liberarse una vez que las preocupaciones estuvieran maquinal y tecnológicamente resueltas. En el celular se ofrecerán datos sobre la cantidad óptima de potasio, o fragilidades óseas o enzimáticas que un dron podrá corregir portando un nano-robot quirúrgico. Quedará muy poco de arte, letras, libros, deportes activos, muy poco y tendencialmente nada de todo aquello que vimos eran plus específicos de la humanidad y de su ingreso específico en el gradiente cósmico y vivo; solo habrá twits, memes y selfies; imágenes de cámaras de seguridad o resultados digitalizados de aplicaciones sanitarias. Nietzsche tenía razón. Solo estaremos pendientes del informe del celular o de la letrina sobre la orina, las heces, las lágrimas, los mocos, el esperma, la saliva, el sudor, serosidades varias, que podrán satisfacer nuestras únicas preocupaciones biológicas tout-court: la salud, la sobrevida y la seguridad. Para qué prótesis nos preparamos; qué nuevas cámaras o aplicaciones espiarán todo nuestro cotidiano público y privado para cuidarnos mejor y vendernos más cosas; qué enzimas y productos químicos tenemos en déficit o exceso; nos asustaremos y nos dejaremos asustar por los millones de bacterias y virus que tenemos que, sin embargo, siempre tuvimos y siempre fueron solucionados por nuestro equipamiento orgánico inmunológico y por la inmunización comunitaria; los noticiarios nos mostrarán imágenes impresionantes, aunque de diseño gráfico, de esos sigilosos y arteros enemigos, con aspectos tan inamistosos como esa albóndiga con cuernos de caracol que supuestamente nos viola e infecta realmente; que penetra imperialmente con sus penes proteicos nuestras virginales cerraduras celulares y nos infecta letalmente; cada vez habrá más billonarios que se cagan de risa de nuestra prudente idiotez hipocondríaca y paranoica que los enriquece sin par; Bill Gates será dueño de toda nuestra gestualidad no verbal (ya la patentó). 

2.c) POR QUÉ ESA UTOPÍA ES MÁS BIEN UNA DISTOPÍA

2.c.1) La etapa actual de la utopía del progreso como posible distopía regresiva, involutiva.

Esa distopía, más radical que las imaginadas por Huxley, Orwell y Skinner, es hasta concebida como utopía, como etapa triunfal en un trayecto humano progresivo por el espaciotiempo, vectorizado por esa utopía neo-material y retro-biologista, desespiritualizada: salud, sobrevida, seguridad. Ahora tendremos nuestra cotidianidad material más problemática resuelta, y sin que nos preocupemos siquiera de ello; alguien podría pensar que ahora sí, por fin, solucionada la problemática material más urgente, nuestras energías físicas, psíquicas y colectivas serán orientadas e invertidas en creatividad espiritual o espiritualizada. 

No creo que nada de eso vaya a suceder: el tiempo será invertido en más de las mismas obsesiones hipocondríacas y paranoicas; estaremos pendientes de más análisis permanentes y de nuevos resultados con eventual derivación a especialistas o terapeutas, tan tecnológicamente sofisticados tecnológicamente sofisticados como profundamente invasivos y heterónomos (la plandemia del coronavirus nos está preparando para ello).

Aunque ni siquiera las podremos elegir, porque se nos impondrán con la excusa del bien superior de la salud pública, que en realidad son las ganancias de la big farma y de todo el lobby cartelizado dominante y hegemónico; así como las restricciones de libertades y los espionajes panópticos serán introyectados en aras de la superioridad de la seguridad pública, en realidad, como en el caso anterior, en pro del lobby bélico y del control cotidiano, el otro ‘grande’. El hecho de disponer de prácticamente toda la música y el arte universal no nos hará recorrerlos: estaremos oyendo a los más ‘trendy’, a los más visitados, con más ‘likes’; no a los más elogiados por bien formados críticos ni a los elegibles por una cultura adquirida, sino a los azuzados por ignorantes ‘influencers’; cuanto más se integra a la red, menor la proporción que se consume de la calidad agregada; cada vez habrá mayor porcentaje de plenas y trap sobre Mahler y Ray Charles.

Eso, selfies, memes y twitts compartirán el podio de nuestro tiempo libre, junto a las citas sexuales por Instagram y Facebook, y al variadísimo mundo porno. La utopía neomaterialista, retrocivilizatoria, avanza, imparable, tan imperial como manipuladamente consensuada, introyectada. La demo-demanda no se distingue ya de la oligo-demanda, ni de la oligo-oferta; el interés de la oligo-oferta se mimetizará como deseo de demo-demanda; fin de toda especificidad del demos, más aún como alternativa a mono u oligo-demandas. La democracia no tiene más sentido profundo como alternativa a mono u oligocracias. La heteronomía regresará tan perversamente consensuada como regresarán, más terribles que nunca, los monoteísmos universales, como fundamentalismos hiper-ortodoxos, más heterónomos que nunca, hasta terroristas en su integrismo radical. Neo heteronomías materiales sanitaria y de la seguridad (maricas de la salud, maricas de la seguridad); neo-heteronomía simbólica espiritual (integrismos y terrorismos). ¡Nadar tanto para morir en la orilla!; después de tan largo periplo autonomizante, espiritualizante, volvemos a las heteronomías, materiales, retro biologistas; y a algunas espirituales, pero en modo heteronomías espirituales, más feroces que antes. Nuestro estado morfológico y fisiológico será chequeado imparable e implacablemente; análisis, resultados y terapias interrumpirán de forma tan autoritaria como introyectadamente consensuada todos nuestros momentos de estudio, trabajo, chismes, lectura, noticias, placeres; solo para avisarnos del nivel de bilirrubina u otros miles de detalles morfo-fisiológicos, que nos interesarán mucho más (porque se nos impondrán como tales, como ahora se nos impuso la pandemia como monotema excluyente); nos interrumpirán heterónomamente nuestra autonomía de uso del tiempo como ahora las actualizaciones, las ofertas, las comunicaciones, más ofertas, sepultando nuestra convivialidad y creatividad, así como las imágenes de video están cada vez más invadidas y obstruidas por comerciales; las cámaras externas, los resultados de los análisis de todos nuestros flujos irán a un centro robótico de distribución de drones equipados con nano-robots que harán lo que cuadre sin avisar que vienen a reparar compulsivamente nuestra morfología y nuestra fisiología, hasta con ingeniería molecular y genética a la carte, o impuesta altruistamente por Bill y Melinda Gates; solo para nuestro bien, claro. Las eyaculaciones serán preferibles en masturbaciones que en coitos porque así el semen podrá ser mejor recogido para análisis enzimáticos y proteínicos y con menor contagiosidad (y con ello habría mucho más consumo porno), ¿prohibirán el coito y los besos por irracionales, dispendiosos y riesgosos?; las personas de edad serán acompañadas por robots que les harán más análisis que a los demás mortales (por ahora) y serán operadas in situ, inapelablemente, por robots y nano-sondas a pedido, o impuestos por algún Gran Hermano de turno. No se permitirá llorar sin que haya tubos de ensayo o probetas a mano donde las lágrimas puedan proporcionar datos del equilibrio ácido-básico; cementerios y funerarias serán muestrarios comerciales; los Ministerios de Salud y los organismos internacionales prohibirán malgastar mocos, heces, esputos, y demás humores corporales, dilapidación tan ofensiva de la salud pública y peligrosa como la ausencia de distancia social o de barbijos; los fabricantes de cisternas, desinfectantes y desodorantes deberán jurar con la mano en la Biblia, el Corán o alguna constitución profana que preservarán todo y cualquier fluido corporal. Los suicidas serán sumaria y secretamente ejecutados; los progresos actuales hacia una eutanasia legal ¿se verán impulsados por ese refugio en una materialidad mejor que ignora revelaciones y códigos morales antiguos? ¿o, al contrario, será barrida por la obsesión por la inmortalidad, que hará indeseable el fin material?

Porque podrían ser censurados o ninguneados todos aquellos que osen no privilegiar la salud y vida eternas, y la seguridad cotidiana como supremos fines y valores en cuyo altar se sacrificarían veleidades irracionales tan despreciables y anacrónicas como libertades, garantías, derechos, deseos, ilusiones, esperanzas, fes irracionales, imaginarios y ficciones, estéticas y morales, todas ellas pobres y obsoletas alternativas a la salud y vida eternas, y a la seguridad impuesta autoritariamente y magnificada en su riesgo, como la salud y los virus.

Es como una larga reversión histórica real del camino ideal de Las Enéadas de Plotino, su contracara materialista: la espiritualidad primigenia no se degrada hasta recuperar luego, ascéticamente, la espiritualidad, como en Plotino; la espiritualización, evolutivamente lograda desde una materialidad primera, se degrada hasta retornar a una neo-materialidad hegemónica. No se recorre el trayecto espíritu-desespiritualización-reespiritualización ascética, el postulado por Plotino; el trayecto, ahora, es materia-espiritualización-degradación des-espiritualizante, neo-materialista. Nuestros maricas de la seguridad y de la salud comandan este periplo descaecido, degradado, distopía que hasta puede confundir desde los fulgores frívolos de una materialidad que se imagina – o solo se vive, no le demos tanta jerarquía intelectual, moral o reflexiva a estos regresivos distópicos- como un paso más hacia la utopía, aunque es más bien un paso hacia la distopía.

Esta distopía se sobrepone como probabilidad mayor que la utopía de aproximación que los Gates, Bezos, Zuckerberg, Soros, Musk y otros billonarios empujan tan sofisticadamente; quizás porque ignoran, o no valoran adecuadamente, o no les importan, los factores que harán a ese mundo materialmente tan evolucionado y poderoso un universo más distópico si los ponemos en la balanza junto a todo lo otro específicamente humano que esa desviada utopía ha erosionado y amenaza. Podría haber tiempo para una re-aproximación a la utopía como fin de los avatares y los periplos cósmicos y terrenales de la humanidad, si fueran virtuosamente re-vectorizados. Ya bastante enfermo, en 1882, esperando al velero Germanics que lo regresaría a Inglaterra, Herbert Spencer termina su visita como invitado a los US y responde a dos entrevistas de profesores (no respondía a periodistas). Les dice que admiró su desarrollo material y su laboriosidad pero que le recordaron a las repúblicas italianas del Medioevo, que florecían pero iban perdiendo gradualmente sus libertades; que la maquinaria política que dominaba en la realidad no concordaba con la legalidad constitucional abstracta y teórica que invocaban (recordemos cómo la legislación y práctica electorales traicionan la representatividad democrática supuesta); que “aquí me parece que ‘el pueblo soberano’ está a punto de convertirse en un maniquí, que se mueve y habla según lo determinan quienes le manejan los hilos”; les critica ácidamente la irrespetuosidad de los medios con las figuras públicas, “desastre moral”, lo llama;  y, pese a que les dice que “pueden con razón mirar hacia adelante, a un tiempo en que han de producir una civilización mayor que cualquiera que haya conocido el mundo”, también observa que “la verdad es que falta un ideal de vida al cual se tienda”.

2.c.2) La deprivación relativa como reversión distópica de la utopía.

Se supone que el progreso científico-tecnológico nos ha hecho vivir y nos hará aún vivir cada vez con mayor satisfacción, felicidad y bienestar:  a) lo que quizás podría ser objetivamente comprobado y verificable por cualquier observador neutral e imparcial que recorra el espaciotiempo y compare los equipamientos, instrumentos y paquetes de bienes y servicios a disposición en cada momento histórico;  o bien, b) desde el testimonio de cualquiera que piense retroactivamente en la materialidad disponible hoy para su cotidianidad y la de los suyos, y la anterior, suya o de otros.  No cree eso Spencer ya en 1882, antes aún de lo excepcionalmente expresado por Émile Durkheim en 1897 desde ‘Le suicide’ y de progresivos desarrollos por psicólogos sociales en la década del 40, por Robert Merton a fines de los 40, por los desarrollos de la teoría criminológica de la ‘anomia’, y de la concepción de Jean Baudrillard de la ‘sociedad de consumo’: en 1968 (Le systeme des objets), 1970 (La societé de consommation), 1972 (Critique de l’économie politique du signe), 1972 (Le miroir de la production), rematados en 1974 (L’ échange symbolique et la mort) y en 1978 por ‘Cultura y Simulacro’.

El progreso material objetivo, y la satisfacción, felicidad y bienestar que debieran proporcionarnos, no deberían ser medidos con la vara del punto de vista del observador intemporal e inespacial que recorre panópticamente el espacio pero más que nada el tiempo, sino desde el punto de vista del actor espaciotemporalmente y socialmente situado; y para éstos, actores, la felicidad, la satisfacción y el bienestar no se definen desde la disponibilidad de objetos en abstracto sino más bien desde la comparabilidad del disfrute de bienes y servicios propio con los disfrutados por aquéllos con quienes nos interesa compararnos hoy para alimentar nuestros egos, prestigios, estatus y autoestimas. Por más sobre esa válida distinción epistemológica tan cara a los antropólogos (emic-etic), puede consultarse a Marvin Harris, Clifford Geertz y Peter Winch, al menos; también el concepto de ‘lugar de enunciación’, en realidad ya sugerido en la Retórica de Aristóteles. 

Un ejemplo de deprivación relativa real de un actor subjetivo por oposición a la satisfacción objetiva teórica señalada por un observador: no sirve de casi nada recordarle a un ciudadano neoyorquino – o de cualquier lugar hoy- lo mucho más que tiene respecto a la mayor parte de la humanidad, ni mostrarle fotos de niños famélicos del África subsahariana, ni contarle que sus cuartos de baño son mejores que los de los monarcas de Versailles, si no disfruta los estándares de consumo que el promedio de los paquetes publicitados exhibe, o el nivel de consumo que los ricos, famosos, bellos y poderosos muestran en las ropas, mansiones y autos que circulan por medios y redes, o lo que sus vecinos o familiares poseen. Esa tan importante noción de ‘deprivación relativa’ de los psicólogos sociales norteamericanos de mediados de los años 40, por oposición al de ‘privación absoluta’, fue avizorada 50 años antes por Émile Durkheim. También contribuye la noción de ‘efecto de demostración de mejores niveles de vida’. Ambas nociones nos han advertido hace ya mucho que el progreso y el bienestar objetivamente o evolutivamente calificados desde el punto de vista del observador objetivo, neutral, no son los criterios con que los sujetos evalúan subjetivamente su bienestar, su satisfacción y su auto y hetero-estima, desde el punto de vista del actor, espaciotemporal y situacionalmente situado y sumergido en un aquí y ahora (hic et nunc), que es el verdadero punto de origen de las coordenadas fenomenológicas constitutivas de la realidad, perspectiva compartida por los pragmatistas. Podríamos recordar más cosas precozmente dichas por Gabriel Tarde, Herbert Spencer y Thorstein Veblen aún en el siglo XIX. Y Georg Simmel y Vance Packard más adelante. Sin hablar del tema del barril sin fondo y de la fuga hacia adelante del deseo, en el consumismo de la sociedad de la abundancia y del espectáculo, donde lo poseído nunca le da a la caza alcance (diría un místico medieval), al deseo, frustración estructural de sociedad de consumo, infelicidad planeada, como las promesas políticas, fetiches que devendrán chivos expiatorios, y reproducción ampliada de la insatisfacción, la infelicidad y el malestar. 

Otro ejemplo de deprivación relativa real de un actor subjetivo por oposición a la satisfacción objetiva teórica señalada por un observador: podemos pasar mucho rato soportando una gran frustración e infelicidad si no podemos ver en HD un partido de fútbol remoto en un plasma inteligente, mientras que hace unos años vivíamos una gran felicidad si conseguíamos oír algo de un partido en Argentina pegando la oreja a una ruidosa radio con onda corta; y no alivia esa furia tecnológica, con riesgo neo-luddita, recordarle eso al frustrado televidente. El progreso objetivo, desde el punto de vista del observador, historiador objetivo, es un criterio muy insuficiente de evaluación del progreso material cuantitativo; si no se integra al mucho más realista y cotidiano, que no es solo cuantitativo, ni lineal: el más influyente punto de vista subjetivo del actor espaciotemporalmente situado, cualitativo. Según aquel irreal observador objetivo, -en realidad epistémica y socialmente ‘extraterrestre’, a-humano, porque los humanos no evalúan así sus circunstancias-, el progreso trajo más satisfacción, bienestar y felicidad, es un paso al frente en la utopía evolutiva de la especie. Pero según aquel criterio más vivido del actor subjetivo, es dudosa esa calificación, y hasta susceptible de ser bautizada como distopía traidora de una más sofisticada utopía. 

2.c.3) La vida distópica de la construcción histórica de la utopía.

¿Por qué esa superficial y encandilante apariencia de utopía no es vivida realmente como tal, ni tiene por qué considerarse teóricamente así, enfrentada a otras posibles utopías alternativas; sino más bien como una distopía regresiva, involutiva? 

a) Además de todo lo ya dicho sobre el camino evolutivo específicamente humano en el cosmos, y sobre la traición que la neo-materialización retro-biologista heteronomizante supone como reversión involutiva de la espiritualización trans-biológica autonomizante específica de la humanidad, en esa reversión involutiva, la contribución de los maricas hipocondríacos virales (y de la salud y la sobrevida compulsivas) y de los maricas paranoicos por la seguridad llama especialmente la atención porque son productos específicos de la primera pan-dictadura que la humanidad haya vivido jamás con motivo de la pan-demia del covid-19, mucho más difundida y profundamente introyectada que ninguna otra dominación imperial anterior, la que inaugura la pan-dictadura perenne que vivirá la humanidad, con renovadas excusas y coartadas, si no se despierta, lo que no parece ocurrir, pese a disidencias varias, censuradas (una nueva inquisición, tecnológicamente aggiornada) y minoritarias. Veamos.

b) Porque ese progreso objetivo fue obtenido, a través de la historia, por medio de la esclavitud, la servidumbre, la explotación, sangre, sudor y lágrimas de muchos y para beneficio de pocos. ¿Habrá valido la pena tanto dolor, sufrimiento, enfermedad y muerte para producir el progreso? Porque podría afirmarse que valió la pena porque ahora está a disposición de todos. Nuevamente el punto de vista subjetivo del actor nos lleva a dudarlo, porque solo llegó y llega a estar a disposición de muchos como derrame tardío de lo elitariamente disfrutado, que solo es derramado hacia muchos cuando las élites disfrutan ya de nuevas distinciones conspicuas otra vez inaccesibles a los más; cuando el deseo y la emulación de estatus ya están en otro lado. El progreso ha sido a costa de muchos, para beneficio de pocos y, si se derramó a muchos fue cuando el deseo distinguido ya estaba en otro lado, y nuevamente desataba la emulación, la mimesis, nuevas desigualdades injustas y luchas por el reconocimiento.

Siendo superficialmente cierto que ahora la gente disfruta masivamente de lo que solo las élites disfrutaban antes, y que eso constituye un progreso objetivo, no debe olvidarse de la deprivación relativa que sufrían antes, y que sufren siempre en cada paso evolutivo cuantitativo y material; porque cuando pueden disfrutar del derrame diferido ya desean otra cosa, consumo conspicuo, ahora como antes, sólo de élites, de emulación trabajosa e incierta, nueva ladera a remontar. 

c) Y no es solo una distancia o diferencia meramente cuantitativa material de disfrute concreto de bienes y servicios, no es solo un problema de desigualdad material real sentida como injusta: es también un problema cualitativo de reconocimiento simbólico, en el sentido de Axel Honneth.

Las desigualdades de disfrute en el espacio y en el tiempo implican no solo infelicidad por privaciones absolutas sino, más que nada, y con el progreso material y de los mínimos de consumo, deprivaciones relativas. Son desigualdades injustas según ideologías igualitarias y ancladas en derechos humanos; pero también déficits cualitativos en el reconocimiento de derechos, garantías y libertades, que, reflejamente introyectadas o internalizadas desde fines del siglo XX, acrecientan la deprivación relativa material y cuantitativamente detectada como crucial desde 50 años antes. El progreso material objetivamente alcanzado, supuestamente inductor de satisfacción, bienestar y felicidad objetivas, es una máquina imparable y creciente de insatisfacción, infelicidad y malestar subjetivas; siempre lo fue, pero cada vez se supera más en su malignidad, porque es, además, cada vez más cínica la producción de insatisfacción, infelicidad, malestar y frustración estructurales como motores de consumo: fenómeno suicidógeno y criminógeno en el límite de su sufrimiento, como vio de modo insuperablemente precoz y lúcido Durkheim a fines de siglo XIX, Baudrillard y otros perfeccionándolo y aggiornándolo en el XX.

d)Creemos equivocada la esperanza de que la gente va a usar la solución automática de su cotidiano y la sofisticación del enfrentamiento tecnológico a las amenazas a la salud y a la seguridad, para poder priorizar, en su tiempo libre, la creatividad cultural sofisticadamente auxiliada. Bullshit. La gente no es como creen las élites formadas moral y estéticamente en otra sociedad, gente que puede usar instrumentalmente la tecnología sin obcecarse por la persecución infinita e insaciable de más salud, seguridad y tecnología, porque éstas podrían estar ya razonablemente solucionadas objetivamente. Nada de eso: criadas y formadas sus subjetividades en esa hipervaloración neomaterialista de la salud, la seguridad y la tecnología per se, estarán al acecho de toda nueva y superflua novedad tecnológica, sin la posesión de la cual no se considerarán subjetivamente seguros ni sanos, aunque objetivamente se les pudiera asegurar eso. Y no se les asegurará, tampoco, porque las novedades tecnológicas son de los máximos negocios actuales; nunca se permitirá que la gente se sienta segura ni con la salud y pervivencia aseguradas, ni con la seguridad firme, sin que quieran tener algo más que creen y les hacen creer que es imprescindible. Pero sí se les prometerá satisfacción, bienestar y buenaventura si compran la siguiente maravilla del mercado; “hoy no se fía, mañana sí” dice todos los días el cartel colgado en la puerta del comercio; o, en nuestro momento histórico, “comprando esto e instalando estas aplicaciones espías se sentirá finalmente seguro, sano y eterno”. 

e)Aunque se disponga de toda la música hecha en la historia en Internet, la gente oirá casi solamente lo que está de moda, es ‘trendy’ o tiene muchas visitas o likes; cuando más variedad hay para oír, menor proporción de lo accesible es consumido; hay muy probablemente una relación inversa casi perfecta entre la variedad de lo accesible y la variedad de lo consumido, quizá como una relación también inversa y perfecta entre la calidad de lo consumido y la cantidad de su consumo. Hay un desperdicio cada vez mayor en proporción a lo disponible. Los criterios de consumo y éxito son tan cuantitativos que ya no cuentan los ‘críticos’ especializados, que pueden no coincidir con lo afirmado por la cantidad de visitas, likes y trends; ya no guían ni siquiera las modas, sino las más efímeras ‘fads’, ‘standings’ y ‘trends’, futurización e instantaneización de la moda. Los que pesan para el consumo, por ejemplo en las redes sociales, son los ‘influencers’: ejemplos, modelos y guías no especializados y semejantes a su audiencia, audiencia desinteresada de los criterios de valor de élites críticas fuera de su horizonte simbólico cotidiano, culturalmente endogámico y autárquico.

f)¡Paren el mundo que me quiero bajar!, decía sabiamente Quino a través de Mafalda. Quiero bajarme de este mundo de materialistas maricas, cuya espiritualidad no puede trascender la autoayuda frívola y voluntarista, la profilaxis y el autoespionaje perennes, la pervivencia material biológica como principal horizonte de futuro. Una distopía neoanimal civilizatoria y culturalmente regresiva, involutiva. Espero no vivir este mundo, crucificado en un futuro inmediato por la conectividad 5G.

2.d.) POR QUÉ LOS MARICAS VIRALES LIDERAN ESA DISTOPÍA EN MARCHA

En esa neo-materialización retro-biológica neo-heterónoma, involutiva civilizatoriamente y culturalmente regresiva, el papel de los hipocondríacos y de sus asustadores (los lobbies económico-financieros y los carteles productivo-mediáticos), azuzados por los políticos cooptados u obligados y la obsecuente prensa main-stream, es el de orientar y focalizar la hegemonía y la inversión económica y financiera en el sentido deseado por el complejo descrito antes. En la pulseada sempiterna de las corporaciones por la mayor tajada en la asignación alternativa de las inversiones, el lobby de la big farma, cartelizado con prensa, políticos, tecnólogos de vanguardia y tecnólogos de la paranoia de la seguridad, asegura la ventaja actual de la salud sobre la seguridad y el belicismo, que habían ganado la pulseada en la asignación de inversiones durante casi un siglo, asustando mejor con las guerras inminentes, el terrorismo y la delincuencia, que Harari, entre muchos, ha mostrado que no han aumentado ni son causas principales de muerte. Cuando un periodista notorio periodista de CNN (Longobardi), con cara de agudo atribulado, dice: “¿Qué le está pasando al mundo que estamos siempre esperando que haya un conflicto mayor”? habría que decirle: “Imbécil ignorante: al mundo no le pasa nada de eso; es tu cabeza, que se come las pastillas de la paranoia y de la hipocondría, la que te hace pensar que en la realidad pasa lo que te hicieron creer que pasaba aunque no ocurriese; y vos, tóxico, querés ahora convidar con las pastillas que te hicieron comer”. Lo mismo para con el covid-19, o con el cov-sars-2, más popularmente llamado de coronavirus.

Los hipocondríacos de la salud juegan entusiastamente a favor de la regresión civilizatoria involutiva, de los valores culturales de la superioridad humana regrediendo a una neo-materialidad retro-biológica heteronomizante, que sucede y hegemoniza a la espiritualización trans-biológica autonomizante, marca de la superioridad humana en capacidades, habilidades, potencialidades y virtualidades; y suceden, aunque convergiendo en las grandes líneas regresivas, involutivas y heteronomizantes, a los paranoicos de la seguridad. 

Los maricas virales, junto a los maricas ya anteriormente pululantes de la seguridad, son tanto productos como constructores de la distopía civilizatoriamente involutiva y culturalmente regresiva que neo-materializa un mundo espiritualizado, que retro-biologiza un mundo trans-biologizado, que re-heteronomiza un mundo que se autonomizaba de determinismos y funcionalidades pre-humanas. Son agentes importantes en el descaecimiento humano, que ya amenaza con infectar el cosmos con su distopía triunfal. 

Lobbies pesadísimos magnifican y dramatizan la salud y la seguridad de modo de absorber inversión, concentrar recursos, favorecer nuevas tecnologías comunicacionales, bélicas, sanitarias y de control; los maricas, los virales y de la seguridad, son sus productos y sus reproductores; los políticos implementan, obsecuentes; la prensa magnifica y dramatiza todo vorazmente, naturalizando esos arbitrarios de la salud y la seguridad de modo que devengan opinión pública y sentido común, y que escalen al estatus de valores últimos de una civilización humana en eufórica involución distópica.


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