ALMA BOLÓN – ALDO MAZZUCCHELLI / Precisamente en el aniversario de los 209 años de la fundación de su Biblioteca Nacional, el Uruguay se despertó a la noticia de que la Biblioteca Nacional fue cerrada, por tiempo indeterminado.
Cerrada para que sus nuevas autoridades puedan pensar, como se desprende de las declaraciones que hizo su Directora, una psicopedagoga de nombre Rocío Schiappapietra.

POLÍTICA

La Directora leyó unos apuntes en la ceremonia de festejos del Día del Libro el 26 de mayo último. Transcribimos brevemente lo sustancial de su oralidad redundantemente desiderativa, de modo literal:

“Queremos dejar o proponer una institución… que aún ya está cerrada en sí misma, porque acá entran pocas persones, ¿sí? Y queremos que vuelva a ser una una biblioteca de puertas abiertas ¿sí? Donde la palabra sea un derecho de todos y de todas las personas, y no el privilegio de algunos pocos (…)
¿Qué vamos a hacer para esto? Les voy a contar. Como les dije, empezamos a trabajar, empezamos a hacer un relevamiento de procesos organizacional, donde estamos conociendo el estado de situación de la biblioteca. Esto todavía no lo terminamos (…) Entonces lo que estamos haciendo es documentar esos procesos para que quienes vengan, no importa el color político que tengan, tengan la posibilidad de proyectar una biblioteca. Nosotros estamos construyendo esa información ¿sí?
Por otro lado, a este proceso de relevamiento organizacional le llamamos “Diálogos BNU”, porque lo hacemos en diálogo con los funcionarios y las funcionarias. Y hoy vamos a eh lanzar una acción en el que vamos a empezar a dialogar con los investigadores y las investigadoras de la Biblioteca Nacional, en que les vamos a consultar sobre sus experiencias como usuarios de este lugar para poder trabajar en coordinación con eso.
Y por otro lado ya estamos en diálogo con otras áreas del gobierno para poder trabajar en un proyecto superador de la Biblioteca Nacional que nos permita tener una mirada de futuro, pero instalada en el presente, y sobre todo respetuosa del pasado y de la memoria colectiva que este lugar aloja.
Y por último decir que en la tardecita de hoy junto al Instituto Nacional de Letras eh la Dirección Nacional de Educación la Dirección Nacional de Cultura y CEIBAL estamos lanzando la construcción colectiva de un manifiesto nacional por la lectura, en el que todas las personas de Uruguay, mediante un un formulario digital que nos está sirviendo CEIBAL, van a poder escribir su sentir respecto de la lectura, sus ideas respecto de la lectura, y todo lo que lo que los convoque. Este manifiesto va a ser procesado junto con el equipo de CEIBAL, también con algunas herramientas de inteligencia artificial que nos van a ofrecer, y como ustedes ven estamos trabajando, de alguna manera, de manera colaborativa”.


Comentamos.

Primero, hay una medida tomada que no se explica con claridad, y que no se ha explicado aun con claridad. ¿Qué tiene que ver el pensar una nueva Biblioteca con cerrar la Biblioteca? ¿No es posible que los jerarcas evalúen, piensen, planifiquen, mientras la Biblioteca sigue recibiendo público, sea este mucho o poco? El mensaje que se pasa es ambiguo: el drástico cierre abruptamente pone en escena la relevancia de la institución y la gravedad del daño que padece, pero también escenifica su condición prescindible e ilustra la posibilidad de que cualquier flamante funcionario baje su cortina como si de un kiosco barrial se tratara. Si hay problemas graves edilicios, problemas del tipo de los que amenazan ciertamente la seguridad de los visitantes, estos problemas deben ser enumerados con absoluta claridad en su dimensión y alcance. Esto no se ha hecho, no se sabe cuáles serían los problemas a que algunos aluden como justificación del cierre del edificio, el cual se presenta así, algo veladamente, como una especie de deber humanitario.
En segundo lugar, “diálogo” es la palabra clave aquí, y debería disparar una archiconocida alerta. De diálogo se habla siempre cuando se va a seguir una estrategia que ignora el diálogo, y en cambio se busca legitimar la imposición de una solución ideológica y técnica que ya está tomada antes de empezar a hacer como que se dialoga. Antes de empezar a anunciarlo, propagandearlo y simularlo con la panoplia de efectos especiales que le dan un símil de existencia. De diálogo y consultas se habla cuando se ha impuesto, por ejemplo, ya la conveniencia de una intervención en tal lugar público. Se convoca a los vecinos y otros interesados, o a los “stakeholders” como dice la jerigonza marketinera impuesta. Se dialoga, todo es muy civilizado y constructivo, o agitado en sus bordes. Da igual, porque pase lo que pase en ese diálogo, no tendrá el más mínimo efecto vinculante. Ahora la decisión, que ya se había decidido, se tomará santificada por la “participación”. Lo mismo en el caso de la biblioteca, de sopetón cerrada bajo los auspicios analgésicos de “el diálogo”, y los ominosos párrafos en los que la Directora habla de un Manifiesto Nacional por la Lectura. En él, se nos explica, “todas las personas de Uruguay, mediante un un formulario digital que nos está sirviendo CEIBAL, van a poder escribir su sentir respecto de la lectura, sus ideas respecto de la lectura, y todo lo que lo que los convoque“, párrafos que luego “la inteligencia artificial” manipulará, para emitir acaso la forma final del manifiesto, quizá algunas recomendaciones. 
Sería este, se nos ocurre, el primer manifiesto que no emana de la voluntad genuina de personas que lo conciben y suscriben, sino que es arrojado por una lógica ideológica y tecnoburocrática apoyada en autómatas alimentados de algoritmos
En tercer lugar, hay aquí un incómodo parentesco entre la psicopedagogía y las así llamadas “ciencias de la educación”, y la cultura literaria y escrita. El nexo, suponemos, es la lectura. ¿Cuál es la relación entre la biblioteca y la lectura? ¿Es la relación obvia de necesidad, la relación práctica que se establece entre un estudiante que precisa un texto, y un servicio público que lo brinda? Si fuera eso, sería una reducción brutal de la función principal de las bibliotecas, que es más bien una función de curaduría, ordenadora y jerarquizadora del saber que enciende el libro. En cambio, en lugar de esto, se intenta “democratizar” lo que ya está potencialmente a disposición de casi cualquier ciudadano. La misma idea de que la biblioteca sea una especie de continuación del fracasadísimo Plan Ceibal subyace a toda esta lógica, que ignora completamente las formas propias de ordenamiento del deseo de saber, y en su lugar sigue pugnando por introducir la indistinción más absoluta, en la que medra el tecnócrata y el estadístico, bajo la engañifa de introducir entorpecedores disfraces de igualdad de género en la ortografía. Uruguay ha separado de modo tan total ya la educación de los conocimientos, que la educación no cultiva y la cultura no educa. El nombramiento no de un intelectual, sino de un técnico, al mando de la Biblioteca Nacional, es precisamente la declaración más preocupante que el gobierno ha realizado. Después de eso, basta con dejar que los sucesos y las decisiones se den de manera natural: conducirán a un nuevo escalón en la larga e inconducente pretensión de instrumentalizar el conocimiento.
Las palabras de la Directora son pobres, su sintaxis es abismal, y es difícil hacerse una idea clara de qué es lo que busca. Parece estar animada por una clara intención refundacional, que va de la mano con su aspiración, manifestada en una entrevista radial en estos mismos días, de que el proyecto “la trascienda” a ella y a su mandato. Calzándose los botines de Larrañaga y Artigas, se propone Schiappapietra refundar la Biblioteca Nacional de un modo, por lo que se anuncia, inédito y original, para que generaciones futuras de uruguayos se beneficien de los hallazgos que el “diálogo”, y la “inteligencia artificial” van a develar.
Se trata, en palabras de la Directora, de un “proyecto superador” de la biblioteca. Las palabras son difíciles, y hacen a menudo que surjan traviesos problemas ante la mera presencia de una anfibología. 

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