FERNANDO ANDACHT Y MARIELA MICHEL / Al volver a leerlo y pensarlo, casi 30 años después de que fue escrito en Berlín y publicado aquí en Montevideo, este ensayo cobra un sentido diferente; ahora revela un fenómeno ubicuo, duradero y ominoso.  Entre estas observaciones hechas por los dos autores, en aquel entonces habitantes temporarios de la hoy capital alemana, en 1998, y el tiempo pospandémico actual, percibimos el fantasma siempre amenazante del dualismo feroz, de una especie de muro recurrente que el Estado desde siempre levanta por un supuesto bien colectivo.  

ENSAYO


¡Qué curioso que, cuando se hace la revisión histórica de esos nada pequeños sacrificios exigidos a la sociedad por el poder estatal, digamos la batalla contra el Sars-Cov-2 o la guerra que EEUU llevó adelante en Vietnam durante más de una década, surgen evidencias contundentes, innegables de que, “¡Uy!”, se cometió un error! Resulta que, después de todo, no era necesaria aquella intervención bélica o la sanitaria, y muchísimas vidas se terminaron antes de tiempo por ese casus belli. A la postre, la tan bien presentada y mil veces reiterada justificación para la guerra total contra el enemigo ideológico o el viral pangolinesco no era válida. Un ejemplo del tóxico dualismo es el tan fomentado y nefasto antagonismo entre obedientes vacunados vs. rebeldes al fluido inyectable y poco confiable del novedoso antídoto ARN mensajero, en los opacos y aislantes días covidianos, hace apenas 5 años. Peor aún, ese inmenso despliegue tecnológico armado o sanitario fue negativo, contraproducente, pudo haberse evitado con sólo haber ejercido una mayor razonabilidad y, sobre todo,  haber rechazado como método de acción el letal dualismo, que es desde siempre el modo equivocado de actuar, así en la guerra como en la paz. Aquel pequeño y exótico “separador” berlinés que tanto nos llamó la atención en esa tierra extranjera, 27 años después, se ha expandido, hasta ser un componente central de la normalidad, de nuestra vida cotidiana. Ese es el horizonte interpretativo desde el que invitamos a los lectores de eXtramuros de 2025 a leer estas vivencias de dos uruguayos viviendo en Berlín, escritas en 1998.

Un mundo tan nuevo como el que ven los europeos hace ya mucho tiempo, los lleva a bautizar eso que ven y que los asombra, para entenderlo y entenderse a sí mismos.

Nuestro propio asombro de recién llegados a Berlín, también buscará nombres y descripciones a veces minuciosas, a veces tan amplias como el tiempo transcurrido para dar cuenta de nuestra sorpresa, de nuestros sucesivos ajustes y desajustes con este lugar tan otro, y para el cual nosotros somos radicalmente otros, como tuvimos más de una vez ocasión de comprobar en la propia piel. Ahora, escritura mediante, intentaremos volver con nuestros signos, como un anticipo del retorno físico, al nosotros del origen, hacia el cual escribimos lo que ahora sigue.

Una cosa poca-cosa

La luz en este mundo alemán empieza a volverse más nítida el día en que Mariela coloca casi sin pensarlo pero con la fuerza del sentimiento que no se equivoca, un humilde objeto sobre la cinta transportadora de la caja del supermercado de la esquina. Apenas aterriza el pequeño separador de las compras sobre el plano horizontal, le llega a Mariela una cálida y potente sonrisa de quien es la beneficiaria de ese gesto, de nuestra vecina de cola en el super. Algo nos pareció indudable entonces, y aún ahora: la respuesta recibida fue diferente de lo meramente cortés, no era solo el equivalente del previsible «muchas gracias/muy amable», ese rostro le decía: bienvenida e incluida sea entre todos los compradores-ciudadanos, entre nosotros los alemanes/berlineses. Suena poco convincente, nos imaginamos, pero tal vez, si presentamos con detención el caso, nuestra conjetura sea compartible.

Lo de «humilde» en relación al objeto mencionado no es aquí exageración o frase hecha en castellano, porque el pequeño trozo longitudinal de plástico oscuro al que hacemos referencia, donde apenas figura con letras blancas sobre negro, y con ejemplar nitidez la frase nominal nächster kunde, es decir «(el) próximo cliente», parece llevar adelante su imprescindible existencia en el más suntuoso de los olvidos. Este doblemente oscuro objeto no parece tener o merecer siquiera un nombre en Alemania, según pudimos constatar repetidas veces en el lugar mismo de los hechos, apelando a diversos clientes y empleados. Una constante al respeto es que nuestra interrogante les causa gracia a los locales. Creemos que esa salida casi involuntaria de la sonrisa, ese derrame inopinado de humor en medio de la más seria y flagrante rutina, para el comprador o para quien lo atiende, no se origina solo o principalmente en el hecho cómico de que alguien pueda ser tan ignorante – o tan extranjero- como para preguntar eso. La risa viene de otro lado, tiene que ver más con la gracia que causa el preguntar típicamente infantil por los pilares mismos de nuestro orden sensato, por la base misma de lo razonable que no necesita explicación o justificación alguna, algo tan básico y necesario para la vida como este pequeño separador sin nombre.

Una amable señora nos informó una vez, no poco divertida y algo extrañada por nuestro extrañamiento tan obviamente foráneo, que en un programa de televisión alemán, hace algún tiempo, había surgido como pregunta al público, la interrogante por el nombre de esta cosa-tan-poca-cosa, por la designación de ese elemento omnipresente en las cajas de los super de Alemania. No se nos escapa, claro, que también se lo pueda encontrar en similares circunstancias en muchísimos otros puntos de nuestro planeta globalizado, pero, como esperamos explicar, el valor o sentido exacto que posee este pequeño artefacto de escueto diseño en estas tierras es algo característico e inconfundiblemente alemán. De lo contrario, es de suponer, no hubiera conseguido llamar nuestra atención de viajeros.

Por otra parte, la ausencia de una denominación de una cosa es un fenómeno más que curioso en un mundo, como lo es el humano, donde todo lo que existe, y aún lo que es solo imaginado y nunca visto en carne y hueso, se vuelve merecedor de un símbolo propio. Sin nombre propio, este «separador» de plástico tiene como única y preciosa -como veremos- función el demarcar, el delimitar con tal fuerza y convicción lo que pertenece a una zona y lo que es incontrovertiblemente de otra.

Pero volvamos a los víveres. Es en el momento preciso y casi mágico en que Mariela coloca solícita el separador entre nuestras compras, y los de la mujer que venía inmediatamente detrás, en la cola, y en el que ella recibe a vuelta de correo esa conmovedora, y nada frecuente, sonrisa: habíamos conseguido, sin saberlo ni planearlo, entrar de lleno en el círculo del Nosotros, habíamos conseguido de manera instantánea, aunque no duradera, perder algo de esa otredad inconfundible que sentimos con tal fuerza en el día a día y mes a mes, de nuestra residencia alemana. ¡Qué alivio para ellos el que nosotros supiéramos apreciar cuánto valor hay en una oportuna y definitiva separación de cuerpos! Tanto es así, que casi como si hubiera diseñado un pequeño experimento microsocial, aunque no fuera de hecho adrede, un buen día Mariela fue más allá de la línea del placer, y convirtió en tormento lo que pretendía ser nueva ofrenda a ese pueblo con el que convivimos un año y medio.

Mientras aguardábamos nuestro turno en la cola del super, y estando repleta y detenida, la cinta sinfín que va hacia la caja a la espera de poder colocar nuestras cosas sobre ella, por supuesto, siempre ubicados detrás del mágico y pequeño separador alemán, observamos que la mujer que estaba atrás de nosotros, a duras penas podía sostener sus compras, sin más apoyo que el de sus sobrecargados brazos, ya que no contaba con el apoyo logístico de un carrito como el que nosotros sí teníamos. La solidaridad que le entregamos luego de una previa mirada suya que, supusimos, cifraba internacionalmente un SOS, fue un inesperado e involuntario ataque nuestro, en lugar del planeado acto de cooperación internacional. Mariela, ni corta ni perezosa, pero irremediablemente uruguaya, con una gran sonrisa en el rostro, le tomó algunos de esos objetos tambaleantes, y enseguida los depositó en un sitio que le abrimos especialmente en nuestro propio carrito de super, que aún tenía algún espacio libre. Es difícil describir el horror y la angustia que experimentó nuestra vecina de compras. Lo más cercano, tal vez, sería decir, que la invadimos, que llenamos con nuestras manos y cuerpos cada lugar libre de su propio cuerpo, hasta asfixiarla de ajenidad.

No descansó nuestra involuntaria víctima hasta redimir sus objetos y volver a sostenerlos precariamente en el imaginario pero reconfortante separador de sus brazos. Solo entonces volvió la paz a su cuerpo, y también al nuestro, una vez que, consternados, entendimos lo que le habíamos hecho, la inexcusable transgresión a su férreo separador corporal alemán, por parte de nuestro demasiado amplio gesto latinoamericano. Cabe recordar al lector que la presunción de un eventual robo por parte de estos dos extranjeros en ese momento, queda a priori descartada, puesto que esa mercadería aún no había sido pagada, y de habérnosla «apropiado» deberíamos haber pagado nosotros por ella y no quien los había tomado originalmente; en todo caso, se hubiese tratado de una extraña ocurrencia de mecenazgo o de donación súbita por parte nuestra, en un lugar del todo implausible -por ser obviamente de clase media- para esa clase de beneficencia.

Lo arriba relatado constituye, nos parece, una evidencia contundente aún si fruto del azar y del malentendido, del significado de este nada llamativo objeto que, estamos convencidos, constituye un aspecto vital de la socialidad alemana.

Un pequeño alto en el camino. Parece casi perverso o trivial, cuando se vive en la ciudad que vio nacer a ese gran separador autoritario y gris, y en apariencia, definitivo, que fue el muro entre este y oeste, dedicar esta reflexión a un congénere suyo tan ínfimo, tan poca cosa, como es el pequeño separador plástico presente en las cajas de supermercado alemanas. Nuestra propia justificación, si el lector cree luego que la hay o no es ya otra cosa, tiene que ver con la casi perfecta hilvanación entre un elemento y el otro, entre un monumental gesto solidificado y emblemático de ideologías contrapuestas, y el otro, silencioso y eficaz desde su minucia cotidiana.

Desde esa demarcación banal y casi caída en el olvido rutinario, pero solo como caen aquellas cosas que de tan presentes nos sostienen desde nuestro olvido, creemos que existe una línea continua, ininterrumpida hasta, por ejemplo, el actual proyecto artístico denominado memorial Dachau, una propuesta participativa, casi performance colectiva, de los artistas Esther y Jochen Gerz a la que asistimos en la sala del Berliner Ensemble, y sobre la cual nos extenderemos más adelante, junto con la descripción de otros eventos berlineses.

Dejemos por un rato los estantes atiborrados y las cajas bien ordenadas del supermercado para viajar durante algunas estaciones con el sistema subterráneo berlinés, el más que eficiente y cronometrado BVG (Berliner Verkehrsbetriebe).

Callar y leer: el separador de papel

Imposible narrar sobre nuestras aventuras berlinesas sin hacer una sustancial referencia a nuestros desplazamientos por la tupida red subterránea y de superficie que organiza de modo impecable el sistema de transporte público en esta ciudad, la BVG. Fácil es adivinar cuánto hay para aprender en el improvisado laboratorio microsocial del U-Bahn, nombre con el cual los alemanes designan al subte(rráneo). Extraemos de nuestros recuerdos de viaje, un peculiar momento en el cual presenciamos algo raro de contemplar en ese mundo de habitual oscuridad impregnada de un silencio tan respetuoso que, más de una vez, nos llevó a pensar en el espacio consagrado al recogimiento religioso propio de un templo.

En esa ocasión recordamos divertidos a Gustavo Ekroth, en este mundo tan ajeno al que él describe. Quizá el psicólogo y autor uruguayo escribiría en relación a este episodio algo llamado «la locura alemana». Se trató de uno de esos raros momentos en los que pudimos asistir a un cambio considerable del clima habitual reinante en un típico viaje en subterráneo, en una de las múltiples líneas del U-Bahn berlinés. Quizá la oscuridad en que transcurre buena parte del trayecto de este medio de transporte contribuya al ambiente de recogimiento casi místico que impera un día sí y otro también en los vagones del U-Bahn, sin importar el destino o la hora. Pero esa vez ocurrió que todas esas miradas rigurosamente protegidas por sus respectivos libros, diarios y revistas, abandonaron de buen grado su silenciosa y segura liturgia, para encontrarse llenas de júbilo, y comenzar a compartir generosas y amplias sonrisas, alborozados movimientos de cabezas y toda una gama de gestos cómplices.

En un momento dado, todo el vagón del U-Bahn era una fiesta urbana sobre ruedas electrificadas, en lugar de la absorta procesión de cada día. ¿Qué fue lo que motivó tal inusitada euforia, qué convocó al encuentro de quienes parecen hacer lo imposible a diario para sacar el máximo provecho de sus sólidos separadores de papel? La causa de tal alboroto era un hombre de edad indeterminada, siempre de pie, bien erguido y ubicado estratégicamente al costado de una de las puertas automáticas del vagón; desde allí él procedía regularmente a anunciar con voz firme y oficiosa exactamente la totalidad del texto que diría segundos más tarde, y casi pisando su proclama, la voz grabada por la BVG: «¡Próxima estación Wittenbergplatz! Salida por la izquierda. Combinación con las líneas U2 hacia Vinetastrasse y hacia Ruhleben». Era evidente que él no estaba en las planillas de pago de la poderosa red de transporte de Berlín y alrededores. Lo suyo era una pura inspiración.

A media que los ocupantes del vagón le prestaban más atención al hombre y que, muy obviamente, disfrutaban de modo creciente y contagioso del ejercicio de su oficio vocacional y honorario, aquel procedía a agregar más detallada información sobre los diversos destinos de las posibles conexiones que, cabe acotar, eran siempre correctas hasta el último detalle. Su voz sonaba como la encarnación misma de la institución, como si él fuera una prolongación irreal de esa máquina que surcaba velozmente por las entrañas de la ciudad. De haber tenido una cámara de filmación en ese par de ocasiones, podríamos haber recogido un cortometraje cuyo título más justo hubiera sido: «Yo vi el rostro de la felicidad en Berlín».

No es exagerado afirmar que, en el año y medio vivido en la futura capital alemana, casi no tuvimos otras ocasiones de contemplar el rostro del goce irrestricto y compartido de esa manera tan franca y despreocupada en la inminente ciudad principal. Podría pensarse, de creer uno en las neoutopías sociales, que las propias autoridades de la BVG habían contratado al loco de la Línea 1 como un divertimento opcional, para hacer más ligeras las horas pasadas en ese transporte colectivo privado de paisaje. Para comprender el efecto de quien podríamos denominar «el anunciador duplicante y honorario», basta con pensar en lo que ocurre en las infrecuentes ocasiones en que sube un cantante o músico a un vagón del U-Bahn. Nada podía ser más distinto a la reacción de los viajeros arriba relatada; se produce en esos casos un mayor mutismo entre los pasajeros -si esto fuera posible- una búsqueda instintiva de un más completo refugio detrás de esos pequeños muros rectangulares impresos en blanco y negro o a todo color, y una resultante mayor concentración de esos cuerpos ajenos por completo a la perturbación sonora. Esto es así hasta que, para alivio general, dicha ruptura de la calma desciende del subterráneo, que puede así volver a su programación de silencio habitual.

¿Por qué traer a colación esta clase de interacción que pudimos observar solo un par de veces entre ese hombre sin razón que era la evidente razón de ser de esa alegría indiscriminada, alguien que estaba dotado de un don de acercar a niños y adultos, a hombres y mujeres, y que lo hacía siempre en el trayecto de la Línea 1 que conecta Warschauerstrasse y Krumme Lanke? Si cabe hablar de una encarnación pura y abstracta de ese Gran Separador que, aventuramos aquí, es el principio estético más que jurídico de la sociedad alemana, estamos aquí en su presencia.

Ese hombre que no hace sino recitar la ley que ordena el espacio surcado por el subterráneo, en perfecta y admirable réplica de tonos y de vocablos, ha ofrendado su cuerpo entero a la estrategia más deliciosa para este cuerpo social, a saber, la ritual separación de zonas, de conexiones, de nombres y de ocupaciones (cada uno se ocupará solo de lo suyo, habitará estrictamente su propio espacio). La suya es una locura que representa de modo preciso lo que los demás acatan como la norma cuerda que rige sus vidas de cada día. Esa ofrenda desinteresada les permite a los otros enloquecerse temporariamente, pero hacerlo con pleno sentido: los pasajeros de la Línea 1 están contemplando una perfecta duplicación -hecha en el aire- de lo que en tierra los sostiene «más que hondo hueso». Sólo en esas condiciones, puede ser abandonada feliz y momentáneamente, como parte de un juego colectivo tan fugaz como fruitivo, la separación habitual apoyada estratégicamente en páginas de todo color y tamaño, porque ellos están frente a la imagen misma del Puro Separador.

Lo que los habilita a ese módico desenfreno alemán es el delicioso poder anticipar qué es exactamente lo que él hará o dirá después y qué no hará y que no dirá. Esta insólita entrega del cuerpo social al disfrute de ese máximo No Otro, esta zambullida en el goce de un Nosotros supremo, por ser tan archiconocido y previsible, nos sirve como un prólogo para escribir sobre el difícil camino hacia el Otro, hacia el extranjero, hacia aquel que, aún sin saberlo, acarrea con su pura presencia, con su cuerpo de diferente, de irremediablemente Ausländer, un peligro, una amenaza no tan virtual para la comunidad que ha consagrado al separador como su norma máxima.

El Gran Festival mezclador

Hasta ahora nuestra narrativa, hecha de sorpresas, desencuentros y hallazgos, ha girado en torno a un elemento en apariencia nimio, pero muy poderoso en sus efectos. Si hemos dado la impresión de que esta sociedad berlinesa, y tal vez la alemana, en la medida en que la metrópolis pueda ser, en cierto modo, representativa del mundo mayor alemán, está organizada únicamente en torno al separador como su elemento primordial, debemos ahora dar entrada a la descripción de un festival al que asistimos, y donde la finalidad primordial, aunque no fuera enunciada así, claro está, parecía ser precisamente la de exorcizar ese pequeño artefacto de la vida social.

Un cuarto de millón de personas, «más de sesenta naciones provenientes de todos los puntos cardinales», según la crónica del Berliner Morgenpost, se congregaron el último domingo de mayo, en el polícromo e interracial barrio de Kreuzberg, cuyos confines llegan hasta el emplazamiento del antiguo muro, para celebrar el llamado Carnaval de las Culturas. Por tercera vez, tuvo lugar en Berlín, como parte de los festejos de Pfingsten, cincuenta días después de la Pascua, este abigarrado desfile de músicas, disfraces, inesperadas caipirinhas y previsibles jarros de cerveza, en medio de todos los sonidos de la tierra. No se trata de cualquier barrio berlinés, sino del enclave bohemio y multirracial por excelencia. Dicho en la jerga berlinesa, es Kreuzberg el lugar de la escena «multikulti«, un sitio donde las fragancias densas del curry hindú, los jugos del kebab turco, el copioso chop suey de los China Pfanne y la potente exhalación del rojo sambal, que condimenta los picantes potajes tailandeses, se abrazan en unas pocas calles, como la cosmopolita Bergmanstrasse, para deleite de los sentidos no separadores.

A este espíritu se le denomina en Berlín de un modo tan colorido y gracioso como el propio festival que presenciamos: eso es lo «multikulti«; uno de los auspiciadores de este carnaval fue justamente la emisora de efe eme que lleva ese nombre: la 106.8 Multikulti. Ser o vivir o andar «multikulti» es una opción arriada con vigorosa convicción por aquellos alemanes -tan alemanes como los otros alemanes- conocidos aquí como «alternativos».

Sin duda era digno de ver y escuchar el pasaje incesante de los más o menos nutridos grupos de africanos, brasileños, jamaiquinos, coreanos, bolivianos, vietnamitas, hindúes, y hasta una insólita y solitaria camiseta de Peñarol, que marchaba con entusiasmo detrás de un gran bombo. Pero lo importante no era el color local, sino los habitantes locales investidos de color: el poder contemplar a los inocultablemente rubios alemanes tan embadurnados, disfrazados, ensambados y embelesados con esos sonidos y colores que ya no los separan, sino que los confunden con sus otros. Ellos han decidido que esos otros pueden aportarles algo, y es eso lo que ellos entonces deciden incorporar, porque su ausencia les molesta.

Alguien podrá pensar, escéptico, que esto ocurre solo una vez al año y que como una fiesta de disfraces, que en parte es, no hace sino subrayar lo que separa a unos de otros el resto del tiempo. Pero no es así, los incesantes carros alegóricos y las bandas rítmicas se preparan durante mucho tiempo, como en el legendario carnaval carioca; ellos ensayan cómo vivirse con el otro, desde el otro, desde su cuerpo, desde su respiración y movimientos para luego sacar eso, la mezcla inseparada a la calle, el último domingo de mayo. El evento, que duró muchas horas, puede entenderse como el Gran Festival Anti-Separador berlinés.

Un enorme cartel paseado por uno de los carros nos recordaba a todos los presentes que «Ninguna persona es ilegal» (Kein Mensch ist illegal). La frase, a nosotros, perdidos con agrado en esa multitud eufórica, nos devolvía la plena sensación, mejor aún la certidumbre, de disfrutar durante ese tiempo fuera del tiempo, de una legitimidad completa de ser extranjeros auspiciados, celebrados. Si el eslogan secreto que rige con su mandato silencioso pero eficaz el pulso de la cotidianeidad alemana es el escueto y tranquilizador Nächster Kunde, instalado en el humilde separador del super, el anti-eslogan Rhythmische Mischung (mezcla rítmica), es la idea-fuerza que campea vociferante sobre el cielo de Kreuzberg, como una enorme carpa flotante que cubre las cuatro horas y media de esa procesión festiva. Esta frase proviene de la edición del Berliner Zeitung del martes siguiente al festejo, y quizás convendría traducirla por «todos mezclados ahora«. Esa contra-frase parece afirmar, con no poca audacia que nada malo le ocurrirá a quienes, desde sus imborrables diferencias, procedan a acercarse, a encontrarse para incorporar algo del otro, sin ya tener la imperiosa necesidad de los más o menos módicos protectores anti-otro.

Sobre ciertos catadores sutiles del Otro

Pero los borrachos en el U-Bahn insisten. Cosa de beodos o de emergentes, de náufragos-a-la-deriva de un discurso que se niega a ahogarse, quizá porque el alcohol lo mantiene a flote. Su muy fina percepción captó ya a la distancia que esos cuatro sentados, y desde ese instante callados viajeros nocturnos del subterráneo berlinés, eran furiosa aunque silenciosamente «Ausländer» (extranjeros). ¡Qué fino olfato! ¡Qué aguda mirada la de estos no tan precisos y extraoficiales inspectores de la Otredad! Aún si obviamente abotagados por el alcohol del fin de semana, ellos conservaban la percepción certera de todo eso tan sutil que emana de nuestros cuerpos, antes de que sus dueños pueden hacer o decir algo, y que los delata como irremediablemente otros, como no alemanes.

Muy, demasiado, fácil, sería catalogar a estos dos ebrios con que nos enfrentamos una noche de primavera como burdos sociópatas, víctimas de su ignorancia, estrechez mental, o simplemente de su exceso alcohólico. Sin embargo, también es posible verlos o tratar de entenderlos como heroicos soldados sobrevivientes, después de tantos años, muros caídos y lágrimas perdidas, de esa batalla interminable y al parecer tan propia de esta tierra por el Lebensraum, por el espacio vital. Pero vamos a la anécdota. Lo primero que oímos fueron sus gritos, solo otros borrachos más del sábado a la noche, pensamos, pero lo local, lo intransferiblemente de aquí, fue su entrada triunfal y discriminadora: casi antes de vernos, podríamos decir que nos olieron, que palparon el aire que desplazábamos desde nuestro banco en la solitaria estación de Fehrberlliner Platz, otra vez en la Línea 1, y entonces llegó su grito-veredicto inapelable: «¡Está lleno de extranjeros! ¡Sabía que encontraríamos más extranjeros!» “¡Y tienen muchos hijos!” Así le gritaba entre divertido, resignado y apocalíptico el borracho parlanchín a su camarada silencioso y amenazante, mientras éste se ubicaba inamovible justo frente a nosotros, de espaldas a la vía del U-Bahn, como interceptando nuestro camino hacia el imaginario vagón, como si él fuera el guardia-portero o Türhütter de Kafka, en su cuento Ante la ley. Sin saberlo, ellos reproducían el viejo par del guardián bueno y el guardián malo, ese doble agente tan eficaz en las torturas e interrogatorios de todo el mundo.

Esta truculenta y no poco peligrosa escena, ya que además de nosotros dos estaban allí sentados nuestros dos hijos, que miraban con absorción ese teatro grotesco que se desarrollaba gratuitamente solo para nosotros, tenía un espectador-testigo más. Un poco hacia el costado, discreto como la cámara televisiva y vigilante del subterráneo, que parecía tan poco eficaz para detener la virtual o probable agresión de estos dos seres de la noche, había un hombre alemán de cierta edad, tal vez unos sesenta años o más, que miraba entre consternado y distante lo que estaba ocurriendo muy cerca de él. Cuando por fin subimos con alivio al vagón más lejano posible de nuestros compañeros ebrios, este hombre nos acompañó, y ya antes de ingresar al vagón, dijo en susurros y como entrando en confianza: «No hagan nada para provocarlos». Encontramos que su palabra era sensata, y acto seguido empezamos a conversar sobre lo que había ocurrido en la estación.

Curiosamente, fue su presencia, en lo que resultó ser epílogo apacible de ese sábado a la noche, la que terminó de darle sentido pleno a ese incidente inquietante de U-Bahn solitario. Fue su sensatez reparadora aún si tardía, más que el ataque gratuito y siniestro lo que dio cuenta a la perfección del significado de ese episodio para nosotros. Sin saberlo, este buen hombre, actuaba como el straight man, es decir, el imprescindible partenaire serio de los dúos o tríos cómicos del cine clásico, quien venía a enunciar de modo explícito y racional una suerte de moraleja esclarecedora.

El amor al separador

No fueron dos entonces sino tres los responsables del mensaje que se nos hizo llegar de modo inequívoco. Fundamental para dicha transmisión fue ese straight man que nos vino a consolar después, cuando aún podíamos ver el torpe y peligroso deambular de los borrachos en el vagón vecino, a través de la puerta de cristal, y con sus últimos insultos aún frescos en el oído, al ver ellos que nos adelantábamos a otro vagón, en lugar de seguir la cordial y prometedora conversación que habíamos comenzado. El hombre era la cara seria y benévola de la Norma, la encarnación misma del Separador cuya faz maléfica habíamos sufrido recién en carne propia. Su mensaje nos hablaba con sosiego no alcohólico de la consagración de la frontera necesaria y del Otro casi insufrible. A Uds. les pasaría lo mismo, entiéndalo, nos dijo.

Quería explicarnos que éstos eran dos salvajes, sin duda, pero no ilógicos. Enseguida pasó a argumentar el por qué de su convicción. Imagínense que en su país no hubiera solo un puñado de alemanes paseando por ahí, sino miles y miles de ellos, como hacen aquí cada día los turcos, los iraníes, los kurdos, los tailandeses, los coreanos y tantas otras etnias. Entonces, siguió razonando nuestro amable compañero de U-Bahn, no sería nada fácil o siquiera viable la coexistencia pacífica. En resumen, aún si desagradables y brutales, los dos borrachos de la Fehrbelliner Platz habían encarnado la voz de la razón en tiempos de la proliferación del Otro.

La moraleja de este buen hombre, que cabe recordar, vino a brindarnos su sincero aunque demorado apoyo, por el mal momento que él mismo había presenciado, era que este comportamiento no era sino la versión malévola y repugnante de un sentimiento que era común y normal en el mundo entero: el amor al separador. Cada uno en su sitio, en su zona, sin invadir, sin forzar su cuerpo sobre el cuerpo social del otro, esa es la verdadera felicidad, la que no produce dolor ni opresión alguna, ni momentos tan feos como el que habíamos vivido. Lo mismo nos había dicho, muda y elocuente, nuestra vecina de la cola en el supermercado, al salvar sus víveres y su cuerpo, de nuestro torpe y bienintencionado acto opresor y promiscuo desde su mirada. La ausencia del omnipresente separador alemán resta aire, comprime más allá de lo soportable el sensible Lebensraum de esta sociedad.

Los ebrios del incidente que hemos relatado no son, en verdad, debemos concluir, más que un avatar algo grosero del eficaz y humilde separador del super, en su faceta nocturna. La misión autoimpuesta de nuestro amable y anónimo anfitrión, quien se sintió en la obligación ética de explicar, de volver inteligible el oscuro y funesto episodio de violencia que acabábamos de vivir no se separa en lo esencial de la otra acción, al menos de su justificación última.

Difícil resistirse a un epílogo literario para el epílogo vivencial de este episodio, hoy casi gracioso, y en su momento no poco inquietante. Se trata de un breve diálogo transcripto en Vertreibung ins Paradies(Expulsión al Paraíso, Hamburg: Rowoholt, 1998), un muy reciente y comentado libro, donde su autora, Daniela Dahn, una periodista de la ex Alemania Oriental, comenta con ironía las desventuras y desilusiones que trajo la tan ansiada reunificación. En una entrevista con Conny, una prostituta de la Oranienburgstrasse, en la zona bohemia del antiguo Berlín Oriental, Dahn le pregunta sobre su relación con los clientes en general. Luego quiere saber cómo es su relación con los clientes extranjeros. Conny no duda un instante en contestar con evidente fastidio: «Esos traen solo estrés. No quieren parar y no cumplen con el acuerdo».

A lo que la prostituta se refiere es al modo en que estos extranjeros tan estresantes no acatan algunos de los múltiples separadores que la prostituta ha establecido con gran cuidado, por ejemplo, pero no solo, las partes del cuerpo que no han de ser tocadas y que sus clientes alemanes, conocen bien y respetan al pie de la letra (ej. no besarla, no tocar la parte inferior de su cuerpo, etc.). Otro estricto límite que ella establece es de tipo temporal: «Después de quince minutos deben ellos (los clientes) lentamente ir finalizando, o pagar nuevamente.» He aquí algunas de las innegables ventajas del separador en la tranquilidad cotidiana de Alemania.

Tan ordenado como un museo

En un solo día tuvimos la rara oportunidad de asistir a dos celebraciones consecutivas muy distintas en contra del credo oficial y masivo en el Separador. Luego de participar en el Carnaval de las Culturas, fuimos a ver una obra teatral basada en el proyecto de dos artistas alemanes en torno al museo-monumento oficial del campo de concentración de Dachau. El espectáculo llamado Berliner Ermittlung (la Indagatoria de Berlín) es una suerte de performance colectiva, y tuvo lugar en el legendario Berliner Ensemble, la sala regenteada por el propio Bertold Brecht, de cuyo nacimiento se cumple un centésimo aniversario en 1998. De algún modo, creemos que este evento artístico vino a redondear, desde la reflexión estética, este complejo paisaje que queremos presentar aquí de la sociedad y cultura alemana de hoy. El nombre de «Ermittlung» alude a uno de los componentes de esta representación: la obra Ermittlung de Peter Weiss, un Oratorio en once cantos de tipo gregoriano, basada en el juicio de las atrocidades llevadas a cabo en Auschwitz, y realizado en Frankfurt (1963-1965).

¿Pero qué puede unir al módico separador de plástico en torno al cual gira toda esta reflexión y crónica de viaje, y un proyecto de vanguardia sobre la evocación oficial de un infame campo de concentración nazi, a cargo de la pareja de artistas contemporáneos Jochen y Esther Gerz? Bastante más de lo que puede parecer a simple vista. Pequeños folletos con trozos numerados del texto de Weiss eran repartidos a todos los espectadores y futuros actores al comienzo para ser leídos coralmente. Luego, durante la función, se le alcanzaba continuamente a una, y a veces a dos personas juntas del público otro trozo de dicho texto que éstos debían leer por un micrófono que era transportado con ese fin a todos los puntos de la sala. La lectura podía ser desde sus propios asientos o desde el escenario, donde habían sido instalados otros dos micrófonos.

Detrás de éstos se veía dos hileras paralelas de sencillas mesas, cada una con su respectiva silla de paja y una bombita de luz pelada justo encima, a la distancia parecían pupitres. Junto con el sonido leve pero incesante del teclear de máquinas de escribir no visibles, era ésta toda la escenografía, ya que no hubo nunca ni apagón ni el corrimiento de las cortinas. Esto explica por qué, al final, no sobrevino el habitual aplauso, y solo minutos después, se escuchó alguno aislado y no contagioso. Del actor tradicional, solo quedaba allí un discreto maestro de ceremonias que tenía como única función el dar comienzo y fin al encuentro, así como pedir, casi como en una ceremonia religiosa o escolar, que quienes tuvieran, por ejemplo, el texto número 59, nuestro caso, leyeran al unísono, a la caída de su mano, dicho pasaje, o que todas las mujeres u hombres leyeran un pequeño texto marcado para tal fin como «Alle Frauen l«o «Alle Männer l«, y en algún caso, que lo hiciera la totalidad de la sala («Alle zusammen«). Las voces en coro o individuales que no provenían del público, venían de sitios ocultos, y se superponían, en ocasiones, a las de nuestro recitado improvisado.

Sobre cada una de las mesas ubicadas sobre el escenario, yacía un libro rectangular y oscuro que recordaba a un antiguo album de fotografías familiar. Se solicitaba a algunos espectadores, del mismo modo que con el recitado, que en el momento en que así lo desearan, ellos subieran a hojear y a mirar con la detención que quisieran aquellos álbumes. Aunque valdría la pena, no vamos a detenernos en todo lo que ocurrió esa noche en el Berliner Ensemble, ni en los conmovedores textos de Weiss, ni tampoco en el recitado a cargo de todos quienes allí estábamos.

Lo que nos interesa comentar recién llegó con el momento posterior al final de esta performance, es decir, de esta actuación o puesta en escena total, casi sin arriba y abajo, sin miradores y mirados. No fuimos invitados, por azar, a mirar aquellos libros-álbumes dispuestos sobre el escenario, y sí, en cambio, a una lectura individual cada uno. Aprovechamos entonces, luego de la señal de terminación del animador, para subir al escenario, donde ya había algún otro espectador movido por una similar curiosidad. Lo que allí encontramos fue el tercer ingrediente de esta representación, el registro fotográfico de la instalación de Jochen Gerz del año 1972 EXIT/Das Dachau Projekt.

Esta se basaba muy literalmente en las instalaciones del museo que oficia de recordatorio de las atrocidades del Tercer Reich en el campo concentracionario de Dachau. La idea central organizadora de ese album de imágenes y de palabras, era que los carteles ordenadores del museo, que tenían como función la banal administración burocrática del espacio de esa institución – horarios, sitios higiénicos para uno y otro sexo, bultos permitidos y prohibidos en ese lugar y mil otras minucias- cumplían un cometido en nada diferente de todo lo que escandalosamente ese Proyecto Dachau no mostraba. Ni un indicador de baño o de dormitorio colectivo para prisioneros, ni de los crematorios ni de una fosa común, ni un solo infame cartel con órdenes inhumanas figuraba en el album de Gerz. ¿Por qué? En la explicación, está la unión que, polémicamente, proponemos con el resto de nuestros apuntes en este ensayo. Pero vamos a darle la palabra ahora al propio artista.

Luego de anunciar que en este libro no aparece lo más obvio, es decir, los elementos propios del campo de concentración de Dachau, que se ha convertido hoy en un museo de éste, Gerz dice lo siguiente, según nuestra traducción:

‘Las inscripciones del campo que figuran en el museo que no han sido reproducidas aquí muestran que su función es la misma en ambos casos, en el museo y en el campo de concentración: ellas constituyen el medio que justifica su existencia. Todo aquello que está escrito en el campo de concentración lleva en sí el museo, así como aquello que lo está en el museo el campo. La escritura misma es el Proyecto de Dachau.’ EXIT. Materialien zum Dachau Projekt, 1972 Joachen Gerz.

No es fácil entender cómo los vulgares carteles ordenadores de un museo («Salida», «Entrada», «Prohibido entrar con una bolsa de gran tamaño», «Baño de Hombres», «Horario», etc.), que suponemos se parecen mucho a los que hay en cualquier otro museo del mundo, puedan revestir el mismo efecto pragmático que los signos ordenadores de ese moderno infierno de lo humano que es el universo concentracionario nazi. Por pragmático entendemos el vínculo entre el sentido real de los signos y aquellas acciones o predisposiciones al comportamiento que, como consecuencia directa, se deriva de la comprensión de aquellos. Sin embargo, si es acertada nuestra percepción de este mundo cotidiano alemán, ni tenebroso ni maléfico, como lo era aquel dispositivo genocida, hay en el gesto-signo-acto de separar, de ordenar lo propio y lo ajeno, lo nuestro y lo de ellos, algo que posee una fuerza antropológica inusitada que es, para nosotros, un elemento decisivo de este mundo tan distinto en el que ahora vivimos.

Todo o casi parece derivarse de estas zonas bien delimitadas que surgen por obra del separador. Aquí caben ese gesto tan gentil que es ponerle al vecino del supermercado, al prójimo, un separador plástico con la frase Nächster Kunde, momento en el que brota de sus labios un irreprimible «Gracias»; el acto de correrse al máximo en el asiento del subterráneo para que cada uno tenga todo el lugar posible; el hecho tantas veces constatado con asombro por nosotros de mirar con buenos e incluso festivos ojos, como un perro enorme ocupa muchísimo espacio, el de otras dos personas por lo menos, en un ómnibus o en un vagón del U-Bahn. Todos estos eventos funcionan como separadores naturales, como explícitos signos del territorio reclamado para sí, y que los demás conceden y agradecen sinceramente como lo que debe ser, lo que está bien, lo que agrada sin más.

Si esta reflexión se parece mucho al célebre dictum de Hannah Arendt sobre «la banalidad del mal», creemos poder agregar algo aquí, aún si muy acotado, desde el plano vivencial, existencial. A lo que aludimos no es al ordenamiento burocrático de una masacre de dimensiones inusitadas, sino a la fruición estética que produce el ordenamiento en sus múltiples y banales formas, en el cuerpo social alemán de hoy, medio siglo después de aquellos excesos. Justamente, la dimensicón estética a lo que hacemos referencia es lo normal, lo normativo, y lo que se opone a la idea misma de exceso. Nos referimos de nuevo, claro está, al separador, a ese objeto tan modesto en la vida cotidiana que no merece siquiera un nombre propio, pero que define lo propio, lo que es reivindicado con esa invencible fuerza de lo tácito-cotidiano, aquello no explicitado en libro de leyes alguno, pero que encarna el orden máximo de una sociedad.

Entre el separador y el mezclador social

En lo hasta ahora escrito, existe el evidente riesgo de haber transitado el más obvio sendero de lo evidente: qué ordenados son Ellos, frente al conocido caos Nuestro de cada día, el norte frente al sur, etc. Puede ser, es difícil escapar al orden todopoderoso de los no escritos y bien ilustrados estereotipos y prejuicios que influyen con gran fuerza sobre nuestra mirada, antes de que ésta se pose sobre el Otro, haciéndonos notar lo notable previo, más que lo sorprendente nuevo.

¿Qué implica el derribar el muro (de Berlín) en una sociedad que tesauriza los separadores? No es infrecuente oír, en las calles del Berlín ex amurallado, a un lado y al otro de aquel gris separador de piedra, un canto nostálgico a la belleza de vivir en esta ciudad antes de que esa gran divisoria revestida de alambre de púa fuera demolida en 1989. ¿A qué se refieren con este paradójico canto a lo perdido? No, obviamente, a la continuación de la antigua República Democrática Alemana, aunque sí hay un fenómeno de «Ostalgie» -juego de palabras sobre la nostalgia por lo oriental (Ost en alemán), la evocación remite en verdad a la función del separador como un operador clave en el buen funcionamiento de lo alemán contemporáneo. Aquello que permite discriminar y que es elevado a monumento es la separación que organiza y que, efectivamente, coloca algo propio de un lado, y algo ajeno del otro, para conjurar así el riesgo máximo: la amenaza a la propia identidad, el temor al Otro como agente aniquilador probable de lo propio. Poco importa la justificación o la racionalidad expuesta detrás del acto separador, lo importante es que así las cosas son estéticamente claras, nítidas, no confusas ni alienantes.

En los modestos intercambios entre clientes de un supermercado cualquiera, así como en los no tan sencillos intercambios en calles y estaciones de subterráneo, el separador brilla por su presencia, pauta diálogos y silencios, expresa, como ninguna otra cosa, un estilo de ser en el mundo. Parte esencial de dicho estilo de socialidad es también, sin embargo, la tendencia opuesta, la fuerza centrípeta del mezclador rítmico que brilla coloridamente en ese gran Carnaval de las Culturas, emblema de la sociabilidad alemana alternativa, cuya dimensión intelectual es aportada por la propuesta compleja y sugerente de la pareja de artistas Esther y Jochen Gerz. Tan alemán parece ser al amor tácito y vigoroso por el omnipresente separador, como el esfuerzo heroico por desterrarlo del sitial de privilegio que para muchos éste ocupa en la vida de cada día.

A riesgo de parecer generalizantes y faltos de sólida evidencia empírico-cuantitativa o cualitativa, denominamos tentativamente aquí, lo típico alemán/berlinés a esta tensión entre la visión del Otro como amenaza insoportable al sí mismo y la visión del Otro como un suplemento revitalizador de la identidad propia.


NB: Este ensayo fue publicado originalmente en la revistaRelaciones. Revista al tema del hombre, No. 171, en 1998. 

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