MAURO BAPTISTA VEDIA / Hay quienes imaginan que beber Ayahuasca es entregarse a un torbellino de visiones psicodélicas, un viaje descontrolado por los misterios de la mente y del cosmos. Algo operístico, wagneriano. Una tormenta de locura artística y espiritual. Esa era, también, la idea de quien escribe estas líneas. Y sí, a veces lo es.

ENSAYO

Pero quienes han cruzado esa frontera saben: el verdadero trabajo no está en las visiones, ni en los colores, ni en las entidades que se manifiestan en las mirações. El trabajo —silencioso— está en la respiración.

Beber Ayahuasca, como meditar, es un ejercicio radical de presencia. Parece simple, incluso ingenuo. Pero en el centro de la fuerza de la Ayahuasca —cuando el cuerpo pierde sus referencias, el suelo desaparece, el tiempo se deshace y la mente, desesperada, intenta aferrarse a cualquier lógica— solo queda un refugio posible: el aire que entra y el aire que sale.

La clave es experimentar la bebida sagrada no una o dos veces, sino un mínimo de cuatro veces. Porque es muy común que en la primera experiencia vengan muchos aspectos de la sombra, en el sentido de Jung. Otra llave entre un ritual y otro es la reflexión consciente, el análisis y el coraje. Optar por tener coraje, por enfrentar los miedos, por vencer los umbrales de resistencia, el apego de nuestro ego a los miedos, a las limitaciones, a lo que ya conoce.

Al principio, el ego resiste. El cuerpo se inquieta. Emergen tensiones. Aparece el malestar, físico y emocional. La mente busca distracciones —recuerdos, dudas, miedos, expectativas—. Es como intentar meditar en medio de una plaza llena de bocinazos. El ego grita: “Esto no funciona. Es demasiado. Es peligroso. Es insoportable.”

Pero cuando uno respira y presta la atención en la respiración, algo cambia. El cuerpo empieza a revelarse como un portal. Con cada inhalación, la conciencia regresa. Con cada exhalación, se suelta el control.

En la práctica de la meditación, los maestros enseñan: “Tú no respiras. La respiración te respira.” Y en el ritual de Ayahuasca, ese aprendizaje cobra cuerpo. Se vuelve temblor, sudor, bostezo, llanto, temblores, risa y trascendencia.

La respiración marca el ritmo. Las náuseas, los escalofríos, los temblores, los movimientos involuntarios… son solo nubes pasajeras. Todo pasa. Todo cambia. La Ayahuasca todo lo limpia, todo lo cura. El cuerpo, que antes parecía obstáculo, se revela en verdad como vehículo. No hay viaje fuera del cuerpo. El viaje es en él y a través de él.

Y es aquí donde meditar bajo la fuerza de la medicina se parece al gesto zen del arquero o al acto del tenista que, en absoluta presencia, juega punto a punto. No hay futuro. No hay pasado. Solo existe el presente. Solo existe lo que ocurren aquí y ahora. Solo existe esta respiración, este miedo que se disuelve, este amor que brota sin motivo.

La entrega no es pasiva. Es disciplina sutil. Una rendición activa, despierta, lúcida. No se trata de abandonarse al caos, ni de resistirse. No se trata de “ponerse loco”. No se trata de entrar en la onda de la cultura de la droga y el alcohol de perder el control. Se trata de disolverse en el flujo de la vida sin perder el hilo que ancla. Sin perder la conciencia: el aire que entra, el aire que sale. Es simple. Y es todo. Entrega con consciencia.

Y es exactamente en ese instante que nos convertimos en observadores. Observadores del viaje, del aprendizaje, de las lecciones que nuestro ego recibe de la sagrada medicina.

Cuando ese estado —el “estar en la fuerza”, ese misterioso portal químico y espiritual que la Ayahuasca abre— empieza a disiparse, cuando el cuerpo vuelve a pesar, se instala una percepción muy particular. La claridad de que nunca fuimos nuestras historias, ni nuestros miedos, ni nuestros traumas. Somos aquello que observa. Somos el espacio entre un pensamiento y otro. Somos la pausa entre la inhalación y la exhalación.

Y entonces comprendemos: Habitar este mundo —con sus desafíos, sus caídas, sus alegrías y sus renacimientos— también es un vehículo de aprendizaje espiritual. Es en ese momento cuando se revela, de manera cristalina, cómo trabaja realmente la medicina.

Algunos —pocos, tal vez— alcanzan esa comprensión en su primera experiencia. Otros, como quien escribe, necesitan atravesar muchos rituales de limpieza, muchas lecciones, muchos encuentros consigo mismos y con sus propios fantasmas, hasta que —en el ritual número catorce— ese entendimiento finalmente se manifiesta por completo.

Y entonces, por fin, la experiencia se vuelve una travesía sin sufrimiento, sin apego al dolor, sin culto a la tristeza. Un aprendizaje conducido con ligereza, con gratitud, con alegría en el corazón.

Tal vez, al final, el gran aprendizaje de la Ayahuasca sea este: Que la vida no puede ser controlada. La vida solo necesita ser vivida. Respirada. Sentida. Aquí y ahora. Escuchando el llamado del corazón y del espíritu. Y entonces, quizá, podamos finalmente encontrar a ese Dios que siempre estuvo —y siempre estará— dentro de nosotros. Los cristianos dicen que se trata de encontrar al Jesús dentro de uno. Dentro del corazón. Otros, encontrarán otras representaciones divinas. Ese Dios no está lejos, sino muy cerca, está dentro de nosotros. Como el aire que entra y que sale. Namasté.


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