* ¿Hay una crisis del “occidente colectivo”, o es solo una crisis de la escucha interior?

PORTADA

Por Aldo Mazzucchelli

Cuando a principios de este mes de junio 2024 fracasó el burdo intento de imponerle a la tierra entera un tratado globalista coactivo, impulsado por el Occidente colectivo, con el renovado misterio sobre la posición china, y la oposición abierta -entre los grandes actores- de Rusia, Salvador Gómez publicó un análisis rápido, que hemos mantenido, pues estas semanas que han pasado lo confirman. Agregamos en esta edición una mirada convergente aunque distinta de Jacques Fauquex.

El episodio dio lugar, en diversos medios críticos e independientes, a una nueva ronda de versiones del apocalipsis. La Dra. Natalia Prego, que mucho ha hecho por combatir y difundir excelente información desde que estalló la “pandemia” de 2020, optó por destacar aspectos del Reglamento aprobado que, en opinión de Gómez, no tienen ni el alcance ni la aplicabilidad que ella les atribuye. Pero todo en el mundo de la política es cuestión de grises y de más o menos.

Lo que no lo es, al tratar de hacer sentido en un mundo en crisis, es determinada cuestión que tiene que ver con las prioridades y las escalas. Es el punto al que me gustaría referirme. Y en este sentido, la continua priorización del apocalipsis puede estar resonando con cosas reales que están preparándose y se vienen sobre todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, todo apocalipsis es parcial, y como tal, una experiencia personal.

Apocalipsis probables y fines seguros

Entonces, si ese va a ser el ejercicio -un ejercicio apocalíptico-, hagámoslo en serio. Un apocalipsis -el fin violento de esta civilización que habitamos, o de la humanidad entera- es algo que, si es que le vamos a dar lugar en nuestro espíritu, debe ser considerado en todos sus alcances individuales. Uno debe pensar circunspectamente, y prepararse para todo. Un meteorito, o una lluvia de ellos, que provoquen un cambio climático extremo y real (no de pacotilla, como el inventado a diario por la propaganda de las Naciones Unidas) es lo que me parece más probable, si es que el mundo se va a acabar -como lo veremos luego, para 2036 tenemos una buena oportunidad astronómica de que esto ocurra. Una guerra nuclear en toda regla que deje muy dañado el hemisferio norte y parte del resto, me parece una segunda probabilidad. 

Ahora bien, algo es razonablemente seguro: no habrá ningún apocalipsis programado y ejecutado por la OMS y su “policía sanitaria global”, que además no existe. 

No confundamos pues las cosas. La “pandemia” fue evidentemente una farsa cientifista, de consecuencias tremendas para la salud global debido a las vacunas y otras pestes en la vida colectiva que ha propiciado. Pero sus cifras de muerte, que son escandalosas en términos comparativos, no hacen siquiera que la población global no siga creciendo aceleradamente. Vea usted el ritmo segundo a segundo, y las previsiones, aquí. La última vez que miré, en lo que va de este año habían nacido 64 millones y habían muerto 29. Si vamos a hablar de apocalipsis, tenemos pues que ajustar nuestra escala, y de alguna forma llevarla a los miles de millones de muertos. Lo cual no es nada parecido a la escala en que la “pandemia” y sus ecos se ha movido. 

La cuestión de qué es lo central y qué es lo accesorio, y cómo jerarquizarlo correctamente, entonces, es el asunto. Ésta, acaso, es la señal principal de una inteligencia que esté funcionando con la afinación correcta.

Desde luego, nadie puede pretender y proclamar tener tal inteligencia fina, sino que a lo sumo lo que uno puede hacer es pensar, conjeturar, y comunicar. En ese plan, pues, repito por enésima vez: para mi, lo importante es entender la dimensión espiritual de lo que está pasando, y la oportunidad positiva inmensa que significa. No para “la humanidad” o cualquier abstracción semejante: para cada individuo frente a sí mismo. Para que la dimensión de desnudo en que van quedando las autoridades externas, su ridícula exposición ante cualquier inteligencia sana, nos ayude a volver a tomar contacto con nuestra autoridad interna, y guiar nuestra vida de acuerdo a ella. 

Y dentro de esta bendición disfrazada de crisis, interpretar que aun las cosas más negativas que podamos creer que están ocurriendo, forman parte de una sucesión que conduce al alumbramiento de otro tipo de humanidad. Esta es una crisis necesaria. Cada uno de sus rasgos confirma lo que hemos venido viendo desde hace ya bastantes años. Es parte de una evolución natural y lógica en la civilización europeo-norteamericana, “Occidente”, que está llevando a sus límites absurdos varias de sus tendencias más íntimas. 

Las consecuencias de la numerización

Menciono dos de esas tendencias ahora, razonablemente centrales. Obviamente, lo hago sin pretensión de exhaustividad. Por un lado, se ha llevado la numerización a tal extremo, que amenaza la desaparición de cualquier tipo de autoridad interna (y en el mismo gesto, podría ayudar luego a fortalecerla). La numerización ha tomado la mente, educa a la persona en la autoridad única del número -es decir: lo medible, y/o lo apreciable en una cifra de dinero. Ambas cosas son exteriores (“objetivas”) por antonomasia. Con esto, se debilita la escucha de la propia persona a su autoridad interna. René Guenon advirtió más que nadie sobre esto hace un siglo y más.

No es posible exagerar la importancia de este asunto. Todo lo que vemos converge en una traducción a número y operatividad de la vida. Es decir, esa traducción lleva a que aquello que ha sido numerizado pueda ser operativizado. Cuando el ser humano mismo -cada una de sus variables- se ha numerizado y operativizado, o sea traducido a algoritmo, a precio, a representación virtualizada y operable, y digitalizada (digital viene de “dígito“, el dedo que cuenta y numera), podemos estar seguros de que la autoridad interna no es escuchada. Porque la autoridad interna habla un lenguaje totalmente ajeno a la numerización. Pongo ejemplos sencillos y gruesos. 

Una persona puede escuchar que su autoridad interna le grita la incomodidad y frustración que siente por trabajar 8 o 9 horas diarias en determinado empleo. Pero como la evaluación sobre la propia vida ha llevado a la numerización y el precio, lo único que la persona hace cuando intenta pensar sobre el problema, lo lleva a concluir que si abandona ese trabajo ganará menos dinero. Y la numerización, al ser el intérprete privilegiado de todo, incluido el instinto de conservación, cuantifica siempre desde el presupuesto de la escasez. Presupone escasez antes que cualquier otra cosa, y busca asegurar y anclar la vida en la suma y la resta. Por tanto, el empleado frustrado de nuestro ejemplo elige seguir en su empleo. No escucha a su autoridad, sino a la voz externa de la ‘racionalidad’ numerizada.

Otro ejemplo. La comunicación contemporánea, su proliferación, ubicuidad y masividad absoluta, nos ha convertido a todos en comunicadores. Por tanto, se pone frente a la conciencia una cuestión de la máxima importancia: ¿qué voy a comunicar? ¿voy a comunicar aquello que me de más likes, más popularidad, mejor imagen, más ‘impacto’? Si esa es mi opción, puedo estar completamente seguro de que está operando en mi la numerización. La numerización aconseja siempre más. Y ese siempre más está siempre asociado -aunque a menudo por debajo del umbral consciente de lo obvio- al dinero que “podría” ganar. Generalmente el dinero no aparece, encima, pues los mecanismos reales del dinero están convenientemente asegurados por quienes se han puesto al tope de esta civilización numerizada, y naturalmente ocultos bajo la propaganda de la escasez y la abundancia fáciles, virtuales.

Pero además la digitalización misma es una oportunidad anchísima para desviarse a una apreciación numerizada de la vida. Si bien nos permite tomar contacto con los demás como nunca antes -interprétese esto como “bueno” y “malo” a la vez-, en su esencia la digitalización se interpone. Constituye un medium que da lugar a un contacto, pero en ese dar lugar también toma medidas, y quien quisiera ‘comunicarse digitalmente con su autoridad interna’ estaría agregando una capa llena de ruido, totalmente superflua e innecesaria, a lo que ya tiene a la mano sin necesidad siquiera de “pensar”. Porque la voz interior habla al margen del pensamiento, que a menudo se reduce a cálculo.

Basta considerar lo anterior para darse cuenta que una civilización que se pretende enteramente digitalizada ha desviado su camino. Quizá lo mejor que podamos a la larga decir de la tecnología es que nos haya ayudado a recordar, en su momento, los recursos internos que tenemos dormidos, debido precisamente a la interposición tecnológica que como especie hemos intentado.

La perfección de los mecanismos de la numerización a nivel de la comunicación virtual es, por cierto, responsable principal de la pérdida de la escritura de pensamiento y creación en las últimas décadas, y su reemplazo por la “interconectividad 24/7 en tiempo real” y la comunicación “de impacto inmediato”. La escritura de pensamiento y creación es diálogo con los contenidos internos, que desde el comienzo de la Modernidad fueron relegados a “subjetividad” y, a continuación, enviados a la irrelevancia de ese tercer casillero, un “arte verbal” como variante de la “estética”, entendido en parte como adorno, en parte como mera técnica. El impacto inmediato que la comunicación cuantificada promete -mecanismo similar a la adictividad de los juegos virtuales contemporáneos- consiste en una serie de supuestos aumentos experienciales que, bien mirados, muchas veces no significan nada en materia de satisfacción genuina del propio rumbo interno. 

La libertad exteriorizada corre hacia el abismo del control

Además de la numerización, el rumbo de esta crisis civilizatoria cabalga sobre una malcomprensión y llevado al absurdo de la noción -ya de por sí bastante borrosa originalmente- de “libertad”. La liberación de los dogmas, cuyo mojón principal seguramente haya sido en Europa la Reforma, se originó en la interpretación de la herencia humanista de las traducciones antiguas que se hicieron desde el siglo XII español al XV italiano. La noción de que la autoridad humana es fundamentalmente interior era bien conocida tanto en la tradición cristiana como en la antigua, con distintos matices y formulaciones. La “libertad de conciencia” siempre fue un componente de la tradición cristiana, así como la noción de conocerse a sí mismo a través de la autoconstrucción de un pensamiento propio es el centro de la tradición antigua occidental, formulada definitivamente ya en Grecia. Todo esto está ligado desde su origen a la escritura.

En todas estas fuentes, el elemento fundamental consiste en la libertad interior: conocer la forma en que nuestra autoridad interna nos indica que debemos vivir. Para ello, lo único necesario es acallar la voz de los condicionamientos, que siempre vienen de sociedad/lenguaje, y que siempre tienen para nosotros una formulación en la habladuría colectiva, la voz de los prejuicios colectivos, conjugados por autoridades externas.

De aquellas fuentes se pasó, por la vía de una serie de adaptaciones y reformulaciones en el derecho y la administración, a la fórmula moderna de “individuo moderno” y “ciudadanía”, que dentro de sus limitaciones incluía sin duda aun aquella semilla de autoridad interna de la que Kant habló, y ubicó en el centro, en su sencilla síntesis sobre en qué consiste la Ilustración: hacerse adulto; abandonar las tutelas, y hacerse cargo de las propias decisiones.

Desde entonces, el camino ha descendido sin parar en materia de “libertad”, puesto que una y otra vez se reinterpretó el término, y de libertad interior para convertirse en quien uno es -la idea central a los románticos de Bildung-, pasó a entenderse como liberación de algo “externo”. De ahí que el sujeto haya ido progresivamente viéndose a sí mismo como víctima, y que la víctima sea el resumen último de la decadencia de la libertad en Occidente. Una proyección que intenta, obsesivamente, proyectar afuera la propia incapacidad de escucha interior.

La historia de la Modernidad tardía es la historia de esa pseudoliberación de supuestas cadenas externas. Eso de lo que supuestamente había que liberarse fue primero el dogma religioso; luego, la educación religiosa de esta confesión contra aquella; simultáneamente, fue la “superstición” -el término con el que las instituciones cientifistas modernas motejaron a todo lo que no comprendían ni podían controlar-; fue la ‘opresión de clase’ -la interpretación numerizada de la situación individual en relación al trabajo colectivo-; fue la liberación de la ‘tiranía y amenazas de la naturaleza’, sobre la base de una carrera tecnológica siempre informada por un miedo profundo y ancestral a la escasez y la amenaza de los ‘elementos’. Fue más adelante la ‘liberación de los prejuicios’ -el abandono culturalista de la escucha de la autoridad interior en materia de moral y vínculos, y su entrega a la conveniencia materialista, cuando ocasionales momentos de bonanza y comodidad así lo permitieron a bolsones “avanzados” de algunas sociedades.

En cada una de estas etapas, la idea de libertad se fue exteriorizando y convirtiendo en algo en cierto modo medible, objetivizable. Ese rumbo acaso no podía terminar en otro sitio que donde ahora está. Pues al fin, la transformación última de la idea de libertad tal como la configuró una conciencia cartesiana, puramente “mental” y escindida del cuerpo, se resume, en su momento más abstracto, en la noción de escapar a los límites elementales de lo humano, que están en el cuerpo y sus formas. Para esa conciencia moderna, la verdad parece haber residido siempre en la mente racional -capaz de medir y operativizar-, y el cuerpo ser un obstáculo mayormente irracional e imperfecto, del que también hay que liberarse.

Se traducen estas ideas, al fin, en el escape de una supuesta tiranía de la sexualidad orgánica -establecidad y fija en el cuerpo a nivel celular-, por la vía de exteriorizarla primero como un “constructo social”. Por ende, recuérdese, algo inexistente, porque no es cognoscible ni controlable numéricamente, como sí lo son las tecnologías quirúrgicas que, por ello, tienden a ser vistas como progreso, y vía de liberación.

La compensación necesaria de esta “liberación” obsesiva de supuestas amenazas y opresores externos, incluido el cuerpo, es el regreso del control externo de la mente y el cuerpo a niveles jamás experimentados. No llama la atención que, como ocurrió durante la ‘pandemia’, son los mismos “liberados” de sus cadenas, su sexualidad y su humanidad, los que exigen y aplauden el control externo. 

La última frontera de este camino es la liberación del individuo de su propia humanidad. No es por casualidad que -siguiendo un rumbo de lógica interna perfecta- Jacques Derrida y otros filósofos comenzaran un día a agitar la noción de lo animal en lo humano, y a sugerir incluso la perfección de lo animal contra la perfección de lo humano.

Entonces, el problema no es “la guerra de Ucrania” o “la plandemia”, o “el cambio climático”. Todo eso son episodios, trágicos y violentos, que son como las burbujas del caldero que bulle con el deseo de terminar de una vez con los rumbos que, desatados hace siglos, van llegando a encontrar los límites necesarios de su propio autodesarrollo.

¿Ya tenemos fechas para el show?

Si va uno a creer en el apocalipsis, a pensarlo en su dimensión colectiva, pues entonces quizá quiera considerar los indicios, las tendencias y los cálculos que existen, basándose en regularidades notables para quien haya intentado estudiarlas sin el prejuicio que las separa de lo aceptable para la conciencia moderna. Una antigua tradición india -con correlatos en la teoría de las cuatro “edades” griegas y en la cultura hopi entre otras- indica que vivimos dentro del kali yuga, la larga etapa -unos 12.000 años- de decadencia, caída en el materialismo, olvido de la trascendencia, y pérdida del potencial humano. 

Esa tradición indica también, según los cálculos recientes de Bibhu Dev Misra, que 2025 es el momento en que comienza la transición hacia un nuevo ascenso. Transición que, como tal, llevaría 300 años, y no dejaría de incluir los fenómenos de violencia y destrucción que siempre acompañan el final de ciclos -pequeños y grandes.  

Fuera de estas grandes escalas, observemos que dentro de un año, coincidentemente, hacia el mes de julio de 2025, todos los planetas lentos que marcan con sus revoluciones distintos momentos en la historia, habrán al fin cambiado de signo. Urano ha estado en Tauro desde 2018; Neptuno en Piscis desde 2011, y Plutón en Capricornio desde 2008. En 2025 estar´n respectivamente en Géminis, Aries y Acuario. E incluso Saturno y Júpiter abandonarán para entonces sus signos actuales, y más significativamente, comenzará un nuevo largo ciclo Neptuno-Saturno, de disolución de las formas materiales de una civilización. No creo pues de ninguna manera que la situación global actual, que se viene arrastrando sin resolverse hacia ningún lado hace ya bastante, quede sin cambios notorios a partir de 2025, meses más o menos. Aunque 2031 marcará el fin de este ciclo de transición entre “viejo y nuevo” que se viene notando desde 1989, cuando esta última versión del eterno ciclo comenzó, y al que en distintos ensayos he referido.
También en 2036 la tierra cruzaría -según algunas versiones- el centro del cinturón de asteroides conocido como Taurid Resonance Swarm, con lo que aumentarían hasta cierto punto las posibilidades de que algún fragmento de tamaño catastrófico que vague a velocidades astronómicas impacte la tierra produciendo un cataclismo mayor. De todos modos, tanto los cálculos como las probabilidades son muy variadas en esto, y los astrónomos en general descartan el fenómeno, como algo que ocurre repetidamente, y a los fragmentos de estrellas fugaces los ven como incapaces de apocalipsis, llegando a lo sumo a algunos metros de diámetro. 


Más terrenal y visible que todo este arsenal esotérico son los conflictos que subyacen al mundo luego de las próximas elecciones norteamericanas, la locura belicista de un sistema en quiebra cuyos dirigentes se esmeran en expresar disparates cada vez más extraordinarios, y el envenenamiento progresivo de la población a manos tecnológicas -tanto físicas en la alimentación, las drogas farmacéuticas y la contaminación, como a nivel mental.

Entonces, lo que todo el mundo ya sabe, no debe nunca olvidarse: el futuro puede tomar muchas formas. Estas cuestiones apocalípticas solo pueden ser consideradas seriamente si uno escucha lo que las voces interiores le están gritando. ¿El apocalipsis es colectivo? Sin duda, tiene una dimensión colectiva, pero en ese momento, esa dimensión abstracta y teórica será la que interese menos. Lo colectivo siempre es teórico. El apocalipsis que nos interesa es sobre todo individual. No hay catástrofe colectiva que no sea vivida de modo individual. Toda persona, toda máscara, muere sola. No hay por qué preocuparse de ello. No es algo más raro ni menos común que la salida y puesta del sol. 

Ubicar el apocalipsis en ese lugar, que es el único donde realmente va a existir para alguien alguna vez, puede ayudar a dar perspectiva y jerarquizar mejor los temas del mero mundo, que a esa escala, son todos banales. Si se aprueba el “tratado pandémico”, o no se aprueba. Si los rusos terminan de liquidar la guerra, o si la estiran y siguen jugando como lo están haciendo, el juego del gato con el ratón, calculando el impacto en las elecciones norteamericanas o en los acuerdos financieros y estratégicos del multipolarismo. Si Estados Unidos le da una pequeña bomba atómica a alguno de sus grupos radicales de diseño en alguna de las repúblicas ex-soviéticas, para provocar un conflicto más grande con los rusos, o si los rusos se constituyen en escudo nuclear de Irán ante una posible escalada israelí… Todos esos horrores son posibles, pero el apocalipsis es personal y no tiene nada que ver con ninguno de ellos. Siempre habrá quien sobreviva, y en esa supervivencia el apocalipsis, como tantas otras veces, no habrá tenido realidad. En cambio, el fin del mundo tal como cada uno lo conoce es segurísimo al concluir cada vida propia, con independencia de una fecha que, de todos modos, se puede calcular con un margen de error de pocos años. Ese pareciera ser el único apocalipsis de cierta relevancia real.

La decadencia la hacemos nosotros al ahincarnos en el énfasis de la carencia, el mal y la culpa. Es el mismo hábito que tiende a creer que todo es materia y su causalidad, el que tiene su correlato en la comunicación catrastrofista, y en la creencia de que todo tiene un culpable. Tal busca constante de culpables desvía del propósito interior. De nada vale haber entendido una lectura “crítica de la pandemia” si el resultado es haber construido una nueva ideología tan idiota y limitada como las anteriores, que se agota en un imposible “juicio y castigo”. Una cosa es analizar los factores de una situación, y otra muy distinta erigirse en juez de los demás. Si lo que ocurre es una oportunidad para uno mismo de volver a sintonizar con su autoridad interna, lo mismo podría ocurrir para todos, incluidos aquellos que cometan errores potencialmente tremendos para los demás. Nunca serán tan grandes para los demás como lo son para quien los comete.




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