HÉCTOR BALSAS / Es un tópico común analizar a Artigas como mito originario y fundacional. Lo frecuente es hacerlo desde una mirada de recuperación y reivindicación del personaje. Sobre la cultura uruguaya pesa una deuda quizás imposible de saldar con “el Héroe-Prócer”, profundo sentimiento de culpa, evidencia precisa de los traumas de nacimiento que caracterizan al Uruguay.
ENSAYO
Mozart: – ¿Por qué hay que escribir solo sobre dioses y leyendas?
von Swieten – Porque perduran, duran para siempre.
Representan lo eterno en nosotros.
Peter Schaffer guión para el film “Amadeus”, de Milos Forman, 1984.
Desobedecimos el mandato heroico y sacro, constituimos una República unitaria y separada de la Patria Grande (expresión que Artigas nunca empleó, pero que el integracionismo latinoamericano, sobre todo del siglo XX, puso en boga como paradigma de la integración regional o continental), y nos constituimos en una identidad errabunda, toda vez que no pudimos divisar la dirección indicada por el dedo certero del Prócer que marca el rumbo. Por eso solemos sentirnos como los peores del mundo, aunque acostumbremos sedimentar por debajo de una modestia evidentemente impostada, el convencimiento de que, superados los traumas, está allí reservado para nosotros el lugar de los mejores del mundo. Quizás por ello, si no percibimos que lo nuestro es lo mejor, nada de lo que hagamos puede ser posible. “No festejamos segundos puestos”, suele decirse. Si no somos los primeros, no somos nada, nada sirve, otra vez nos entregamos al fracaso. Por eso hemos construido un héroe absoluto, al que declaramos que bajamos del bronce y el mármol a la carne y hueso, pero que no abandona nunca ese pedestal desde el que, de un modo u otro, esperamos que nos guíe.
Paradoja de uno de los países más seculares e incrédulos del mundo, que necesite tan desesperadamente un numen tutelar que todos invocan, que todos reivindican, ante el cual se postran hasta los más altivos epígonos de la autodeterminación y al cual somos capaces de ceder nuestra más profunda facultad de decidir. El mandato artiguista no es discutible en una sociedad que – mucho me temo que por suma pereza – espera que el libro del pensamiento artiguista sea equivalente al Libro de las Revelacionesi. El artiguismo, por una inextricable trasposición, se convierte en la versión definitiva de la Historia, en su doble dimensión de acontecer y relato. El modelo artiguista, presunto pero no realizado ni visto, devino en una utopía anclada en lo intemporal y más aún, en la eutopía, la utopía correcta, que de tan correcta, necesaria y atemporal, desemboca en la parusía.
No parece haber escape para la cultura uruguaya, aun cuando se reconozca unánimemente que el Uruguay no es el mítico país del artiguismo. Por consiguiente, los uruguayos habitamos la prisión de la utopía malograda y pagamos tributo por tal situación.
Mitificación y sacralización
Entretanto, nuestras culpas se lavan en rituales, liturgias y solemnidades que expresan al Pater Artigas los grados de mitificación y sacralización que estamos dispuestos a dedicarle.
Hace ya tres cuartos de siglo que el renombrado mitólogo Joseph Campbell (EEUU, 1904 – 1987), a veces referido como quien descubrió la madre de todos los relatos, publicó un libro esclarecedor sobre la estructura de los mitos fundacionales, la construcción y peripecia del héroe y los intercambios entre la mitología y la sacralidadii En sus páginas despliega las múltiples posibilidades y variantes del mito y desarrolla el ciclo del héroe, estableciendo y describiendo sus etapas. Campbell trasluce las influencias principales recibidas en su vida, como Krishnamurti, Jung, Freud y Fraser y traza un itinerario que, puesto en paralelo con el periplo de Artigas en vida y su peripecia historiográfica post mortem, revelan sincronías esclarecedoras de por qué la mitología artiguista goza de tan sólida persistencia.
El ciclo del héroe
Según Campbell, la historia del héroe atraviesa etapas que sintetizan comparativamente los distintos relatos heroicos que provienen de mitologías diversas. Su esquema principal contempla: El nacimiento, la predestinación, la llamada a la aventura, la partida, la ayuda sobrenatural, el cruce del umbral hacia el lugar de la aventura, el renacimiento del héroe desde un claustro, a menudo referido como el vientre de la ballena (de Jonás a Pinocho), la iniciación transitando el camino de las pruebas, el camino que se convierte en modelo, la reconciliación con el padre, que inicia el cruce del umbral de regreso al mundo, el encuentro con el destino, la posible transición del imperio a la tiranía, la posible redención del mundo, el ascenso a la santidad, la partida final, exilio y muerte.
Muchos de estos aspectos componentes del periplo del héroe tienen suma correspondencia con la biografía de José Artigas (no porque los hechos contengan ese carácter mítico, sino porque el relato histórico implícitamente lo asigna): El nacimiento, el llamado de la aventura, el cruce del umbral hacia lo desconocido, la transformación iniciática del personaje, el camino de las pruebas, su regreso hacia el mundo, la asunción de un rol redentor del mismo, en un encuentro con su destino, la conversión de su camino en modelo, la partida, el exilio, la muerte.
Pero también hay suma correspondencia con la suerte historiográfica: a partir de su exilio, sobreviene un nuevo umbral de lo desconocido con un descenso a los infiernos de la Leyenda negra, otro periplo de pruebas que jalonan su reivindicación, el ascenso hacia la santidad, que se concreta en su consagración heroica, apoteosis o deificación y, como ocurre en ese nivel superior de la divinidad, el surgimiento de las otras mitologías asociadas, que dan cuenta de sus múltiples facetas, o de la mil caras del héroe.
Mucho se ha hablado acerca de leyendas de colores alternativos al de la primera de ellas, el negro, y así se mencionan leyendas doradas, de bronce o celestes, leyenda roja, leyenda verde, según provengan esas versiones de las perspectivas nacionalistas tradicionales, revisionistas socializantes o revolucionarias, o refundacionales con miras a un Nuevo Uruguay protegido de foraneidades por el mito. Pero aún más, no faltan las definiciones del mito a través de otros perfiles que serían definitorios para otras miradas legendarias: el Artigas charrúa (no ya amigo de los indios, sino uno educado por ellos en sus años de perdición en el lejano norte)iii, el Artigas ecologista, el Artigas católico (con el énfasis en la intervención sacerdotal en la revolución y su influencia mucho mayor a la de las corrientes liberales)iv, el héroe traicionadov, el Artigas sacralizado, amén de todos los usos políticos de la figura de Artigas a lo largo de las décadas hasta el presentevi.
La sacralización
Al tiempo que la figura de Artigas pasa por un proceso de mitificación – y en parte como extensión de éste –, se puede comprobar también un proceso de sacralización que convierte al héroe en una entidad que ingresa en lo sagrado. Si la heroicidad de Artigas se verifica en su itinerario por el medio profano, su destino posterior lo colocará en el ámbito de lo sagrado. Anverso y reverso, profano y sagrado, mito y sacralidad, se complementan para hacer de Artigas el numen de carácter absoluto que no admite relativizaciones de su condición en el imaginario de una nación insospechada para el ser humano real que fue.
El acceso de Artigas a la sacralidad es un proceso que se enraiza en su historia real, pasa por la mitificación y se entroniza en la apoteosis (del griego ἀποθέωσις, deificación) definitiva. No es un detalle despreciable que esa deificación persista independientemente del color o índole de las variadas leyendas construidas, aún en aquellas que declaran la intención de humanizar al personaje.
Esta entrada de Artigas en un Olimpo histórico habilita, a su vez, que la Historia Nacionalvii, también comparta esa condición. En Artigas, la primera asociación es con los mitos solares de tantas tradiciones religiosas de todas partes del mundo [mitos orientales, americanos, egipcios, etc.], mitos que hablan de Mitra, Ra, Atón, Helios, Inti, Huitzilopotchli, Amaterasu y Jesús como Cristo. La figura de Artigas se muestra en dos ciclos de ascenso y descenso, como un sol en su periplo de movimiento aparente, saliendo y poniéndose, símbolo de la regularidad y persistencia del orden cósmico. Su nacimiento será emparentado simbólicamente por poetas, músicos e, íntimamente, historiadores, con los Nacimientos por excelencia, los de los mitos solares.
“De pronto la sangre que alumbra y florece, hacia el alto cielo la estrella y es él, un niño que nace, la patria amanece, pues trae en la frente de gloria un laurel”.viii
La predestinación implícita en el nacimiento acompañado del presagio de la estrella comienza el ciclo que se continúa en el período de ausencia del predestinado y su internación en una zona oscura, en un desierto, un tiempo en el cual, algún tipo de experiencia oficia de iniciación que lo transforma, para luego reaparecer en el mundo, adquirir un rol protagónico y comenzar su ascenso imparable hasta un cenit. Ese primer cenit para Artigas será lo que la historia denomina el apogeo (del griego απόγειο, el punto más lejano del centro en la orbitación de un astro), durante su predominio en el Río de la Plata, dirigiendo la Liga Federal de las provincias litoraleñas y adyacentes, bajo la denominación de Protector de los Pueblos Libres. Luego de alcanzado ese cenit, sobreviene el descenso, también irrefrenable y su vuelta a la zona oscura, en este caso, de la derrota y el exilio, en cuyo acaecer interviene el alejamiento de sus antiguos aliados, la negación y el abandono que se percibe como traición.
Ese período de oscuridad, que se acompaña del descrédito y el vilipendio que le es prodigado por sus acérrimos enemigos, condensados en la Leyenda Negra, atraviesa las décadas, desde Cavia y su libelo, a Vicente Fidel López, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Francisco Berra. Pero en un nuevo ascenso de su condición de mito solar, será ahora la memoria de Artigas la que emprenda un nuevo rumbo al apogeo. Ese ascenso está jalonado por obras como las de Isidoro de María, Héctor Miranda, Clemente Fregeiro, Eduardo Acevedo, Juan Zorrilla de San Martín e innumerables poetas, literatos y músicos que impulsaron su nuevo ascenso, ahora como Héroe Nacional, hasta alcanzar un nuevo cenit en el centenario de su muerte, en 1950. La fuerza de esa etapa es muy perdurable y, amén de las distintas perspectivas adoptadas desde entonces, ninguna escapa a la aureola mítica que rodea al héroe, aún en las expresiones más irreverentes de la música popular más contemporánea.
Paralelismo bíblico / solar
Asimismo, habrá también paralelos con relatos bíblicos o partes de la historia religiosa. y del periplo del mito solar por antonomasia de Occidente: Jesús como Cristo.
Excepto una concepción milagrosa e inmaculada, hay muchos paralelos entre el modo en que están contadas las vidas de Artigas y de Jesús. La prosapia, por ejemplo. La procedencia de orígenes fundantes, prestigiosos: Jesús respecto al Rey David – segundo rey del reino unificado de Israel, pero su primer expansor territorial – y Artigas respecto a sus generaciones anteriores, fundadoras de Montevideo y partícipes del afianzamiento del orden colonial en la Banda Oriental. Luego tenemos los años oscuros, esos sobre los que poco se sabe y mucho se especula y sobre los que se ensayan diversas teorías. Los años del Jesús joven que desaparece de la vida pública y sobre los que Lucas dice: “Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas, 2:52), años en los que se supone se sumerge en las enseñanzas de los esenios y que se presentan como una experiencia iniciática. En Artigas, los años de su juventud presentan enigmas semejantes, cuando escapando de su entorno familiar, se dedica a la vida en el campo, especialmente en zonas inhóspitas, para algunos como faenero clandestino y contrabandista, transitando el lejano norte, donde también hay quienes presumen haya tenido intensa relación con los charrúas, al punto de convertirse en uno de ellos y darle así sus propios tintes iniciáticos. Luego, el retorno de la oscuridad a la luz de la notoriedad, cimentando su ascendencia sobre muchedumbres, expresando y actuando con preocupación por los despojados de la sociedad, leprosos y enfermos o infelices y desplazados; en ambos casos, pobres y desesperados. Sus años de prédica y lucha, de liderazgo y conducción, terminan en lo que el relato dictamina como traición. Y de nuevo la oscuridad, que se describe en los evangelios como la rasgadura del velo y el eclipse del sol y que en Artigas será metafórica de su largo ostracismo, para desembocar ambas en la muerte del hombre. Luego, nuevamente en paralelo (aunque en una medien tres días y en la otra varias decenas de años), la Resurrección, en el caso de Jesús volviendo a las alturas, a su puesto de sol en el firmamento, en el caso de Artigas, en su entronización como Numen tutelar de la Nación, por encima de todo – como el sol – en su atemporalidad.
Otro paralelismo, imposible de soslayar, es el que vincula con el hecho fundacional del Pueblo Hebreo, su largo peregrinar por el desierto durante cuarenta años, bajo la guía de Moisés y su hermano Aarón en busca de la Tierra Prometida, al cual la Biblia relata como Éxodo (del griego ἔξοδος, partida). El hecho que en la peripecia artiguista se emparenta con este, es el que se le llamó la Redota y fue inmortalizado historiográficamente como el Éxodo Oriental, luego extendido como Éxodo del Pueblo Oriental, por considerar la historiografía que denota el nacimiento del Pueblo Oriental. La popularización de la denominación proviene de la obra de Clemente Fregeiro, de 1883, que solidifica la vinculación del Pueblo Oriental conducido por Artigas con el Pueblo Hebreo conducido por Moisés. Señalemos que la historiografía argentina también denominó con el mismo término de Éxodo, al fenómeno de emigración masiva ordenada por el Primer Triunvirato y ejecutada por Manuel Belgrano junto a Eustoquio Díaz Vélez, de desalojar la población de San Salvador de Jujuy y desplazarla hacia Córdoba del Tucumán, en protección de la misma frente a los avances realistas, en agosto de 1812. Belgrano lo llamó retirada o marcha retrógrada. La primera mención como Éxodo Jujeño es la del historiador José Carrillo. En el caso del Éxodo Oriental se reconocen antecesores a Fregeiro – no en el uso del término, sino en la descripción que conduce al concepto -, en el caso de Bauzá que dice hacia 1880 que el acontecimiento “recuerda aquellas peregrinaciones bíblicas en que las naciones emigraban a tierras desconocidas en busca de la libertad“ix. Esta asociación no casual de la Historia Patria con la Historia bíblica, pone de manifiesto el carácter de Pueblo Elegido que se asigna historiográficamente al Pueblo Oriental.
Cantando el Ciclo del Héroe
En la poetización del personaje, tanto con acompañamiento musical como sin él, se encuentran también algunos aspectos de mitificación y sacralización interesantes de reseñar.
Uno de ellos es la vinculación estrecha entre el Héroe y la Naturaleza o la tierra, asociación en que se confunde también con la Patria.
Ejemplos de ello son: “La tierra charrúa se puebla de sones, // un hondo misterio de río y verdor // deshoja el otoño su rosa en el Plata, // que brama de espumas en turbio vaivén”x La Naturaleza como el lugar mítico originario donde ocurrirá el prodigio cósmico que se relatará en versos posteriores, más arriba citados.
También: “Madurado en días y noches, // Alimentado por un oculto designio de la tierra, // Lentamente, como todo lo que permanece, // Un hombre creció hasta su pueblo”xi El oculto designio de la tierra que engendra un ser extraordinario, como también lo dice Víctor Lima: “La tierra de los pájaros pintados, // corona del ceibal, tierra charrúa, // parió a un caudillo que dejó, al dejarnos, // palabras que agarraron como cuñas”xii Esta asociación del Héroe con la Naturaleza aparece numerosas veces más. Solo agreguemos esta otra, de Amalia de la Vega: “Ya comienza a murmurar // El Uruguay caudaloso // Y entre el concierto armonioso // De flores aves y espigas // Resuena el nombre de Artigas // Como un eco misterioso”xiii
La reaparición de Artigas, luego de sus años de desaparición, se muestran en la lírica como un hecho prodigioso. “Cruza un tropel de centauros y erguido en alto la espada, frente a los Blandengues pasa el capitán José Artigas”, dice Aníbal Sampayo, poniéndolo como restaurador del orden, como un héroe civilizador. Y en esa misma reaparición, ya encaminado hacia su papel revolucionario, se le van aplicando tintes proféticos, otro paralelismo con Jesús en su vuelta como predicador: “Va alumbrando con su voz la oscuridad y hasta las piedras saben a dónde va”, dice Rúben Lena en su paradigmática canción casi convertida en himno, o salmo, o cánticoxiv
El tema del Héroe traicionado, otro de los tópicos que señalaba Campbell, también aparece. Baste esta breve pero contundente mención: “A la huella de un siglo que otros borraron // Mintiendo los martirios del traicionado” xv
El destino del Héroe traicionado, en el ciclo que presenta Campbell, desemboca en la partida. “Aquí se sintetiza todo el sentido de la vida”, dice el autor. El exilio marca una marcha retrógrada, nuevamente hacia la oscuridad, en muchos casos con derrota. En su ya citada poesía Artigas, Líber Falco mostraba su partida: “Quién cruza el río? // Quién lo cruza triste? // Quién, callado, quién? // Triste, ¿quién? // Lo cruzaba Artigas, // Hacia su exilio Va, iba”.
Pero en ese repliegue, el Héroe puede alcanzar, dice Campbell, otro estado, el de la santidad – ensayando un paralelo con el Bhagavad Gita: «Dotado de un entendimiento puro, refrenando el yo con firmeza, alejándose del sonido y los otros objetos, y abandonando el odio y el amor; viviendo en la soledad, comiendo poco, dominando la palabra, el cuerpo, la mente, siempre en meditación y concentración, cultivando la liberación de las pasiones: olvidando la vanidad y la fuerza, el orgullo y la lujuria, la ira y las posesiones, tranquilo de corazón y libertado de su ego, merece volverse un solo ser con lo imperecedero». Esto es absolutamente concordante con la imagen que se da de Artigas en su exilio paraguayo, soportando las adversidades de la prisión a la que Rodríguez de Francia lo somete inicialmente, donando la pensión que le fija el gobierno más amigable de Carlos Antonio López después, enseñando la doctrina religiosa a los niños, ayudando a sus vecinos pobres y viviendo él mismo como pobre, labrando la tierra, rehusando volver a un país que no considera suyo, renunciando a bienes materiales. Este relato del Héroe en el exilio confluye en el momento de éxtasis final de la muerte.
El Héroe muere recuperando la luz, en un ascenso imparable que hace que de la muerte trascienda a la inmortalidad. Así lo hacen saber poetas y compositores: “Suena el clarín, rompe el fuego y entra en la gloria el patriarca.// Ha muerto el héroe sin par,// El cielo sangró, herido en la luz del último sol.// La muerte fatal apaga la voz del viejo titán. // Cabalga un tropel de sombras al sur y al frente va él. La gloria allí está// Ha muerto en la paz el héroe y señor de la libertad. // Gloria al sol, gloria al sol, sol de la América Nueva. Que de Artigas espera la redención”. Esa muerte, en silencio, se vuelve atronador anuncio. Por un lado, el mito solar se cumple y a la vez anuncia lo que esa muerte engendrará. Estas estrofas de Aníbal Sampayo no están ajenas a la circunstancia histórica de fines de los años ’60 en el Uruguay y América Latina. La visión revolucionaria, latinoamericanista y patriagrandista de aquel entonces, se mezcla deliberadamente con el artiguismo original, presentándose como natural sucesor, uno de los usos de la historia de aquel entonces.
El poeta Líber Falco había ya condensado esto en sus versos: “Y en el silencio oscuro de la selva // A solas, con su América a solas, // Meditabundo y hondo y fuerte // Como un sabio o un guerrero, // A solas con su muerte, // La luz más clara se posó en su frente!”
Pero aun sin esa asociación pasado – futuro deseado, también su muerte es sentencia de la relación del artiguismo con el destino del pueblo oriental, malgré la contradicción artiguismo – Uruguay. La ya citada Amalia de la Vega terminaba sus Memorias a Artigas: “Allí murió el valeroso // Sin dar remedio a sus males // Y al pisar en los umbrales // De la inmensa eternidad // Patria dijo y libertad // Les dejó a los orientales”
La poética nacionalista uruguaya advirtió desde temprano la importancia de la apoteosis del Héroe, el endiosamiento. Es muy conocido el fragmento del Himno a Artigas, que Ovidio Fernández Ríos dio a conocer en 1910 en el que patentiza esa apoteosis de Artigas, del cual dice, después de calificarlo de Padre nuestro: “Hoy es para los pueblos // el verbo de la gloria // para la historia un genio // para la Patria un Dios”. Este endiosamiento siguió su curso ascendente hasta su eclosión final en 1950, cuando se conmemoró el centenario de la muerte de Artigas, coincidente con uno de los sellos identitarios que permitieron identificar el carácter de Artigas con la resiliencia de los uruguayos: el Maracanazo. Dos hitos coincidentes que reforzaron la imagen “del uruguayo”, ese estereotipo que homogeneiza a todos los uruguayos como si fueran uno solo. Nadie escapó con posterioridad a esa deificación de un Artigas profético, paternalista, señalizador de la dirección correcta de la historia y del futuro. Tanto las visiones tradicionalistas y nacionalistas de la historia, como los revisionismos, como los revolucionarismos, como las visiones reactivas hacia un Nuevo Uruguay, y ni siquiera una cierta equilibración que moderó los extremos cruentos de la sociedad en las últimas décadas, aunque manifestaran querer presentar el héroe de escala humana que desciende del bronce, fracasaron en ese propósito.
El vano intento de dejar de ser “todo lo que está bien”.
Humanizar el mito es de las tareas más difíciles que hay, si no es lisa y llanamente imposible. Por más voluntarismo que se asuma, no depende de esa voluntad bajar del pedestal al que se sigue considerando héroe mítico y sacro por excelencia, el punto focal del Panteón de la Patria. Todos los demás integrantes son pasibles de que su monumento mítico sea derribado ideal y simbólicamente; pueden sufrir ostracismos parciales o exilios definitivos del imaginario. Artigas no. Cualquier interpretación más moderna, actual, revisionista, irreverente y desmitificadora que pueda animar intenciones humanizantes, tropieza una y otra vez con la tozudez mítica. Como ejemplo, el intento realizado en el muy serio y fundado proyecto cinematográfico de César Charlone, titulado “La Redota”, no escapa a ello. Su actor principal – Jorge Esmoris, ícono de la irreverencia – sucumbe ante la contundencia del mito y, a pesar de la intención manifiesta de presentar a Artigas en toda su humanidad, el Artigas que vemos transpira solemnidad en los momentos en que sus palabras, una vez emitidas, ruedan pesadamente al piso en letras de bronce. Independientemente de una destacadísima reconstrucción histórica, lidiar con el personaje central del imaginario mítico uruguayo no es asunto sencillo. Dicho de otra manera: Es muy difícil tratar humanamente al que la mayoría se ve obligada a referirse a él como “el General” o “el Protector”.
Los episodios que –intención desmitificadora mediante – sobrevienen de canciones como “El día que Artigas se emborrachó”, del Cuarteto de Nos, de 1996, más allá de escandaletes parlamentarios y reacciones – legítimas o impostadas – airadas contra la irreverencia, muestran lo efímero del chisporroteo causado. La canción satiriza y traslada al grotesco los episodios más emblematizados de la gesta artiguista, pero en la enumeración que va haciendo va convalidando la excepcionalidad de esa secuencia. Su irreverencia consiste únicamente en señalar que Artigas hizo todas esas cosas borracho, en un estado alterado de conciencia, lo cual puede atacar al estado de sobriedad esperable de un Prócer, pero no a la importancia que la épica le adjudica a esos hechos. Su estribillo repite que “Se emborrachó porque la guerra perdió // y se emborrachó porque alguien lo traicionó // y se emborrachó, y la patria se lo agradeció”, con lo cual se perpetúa la imagen del héroe que se retira por su derrota, del héroe traicionado y de la gratitud filial del pueblo hacia el Padre nuestro Artigas. Por una razón u otra, el relato artiguista, aparentemente conmovido en su solemnidad, no obstante, se mantiene dentro del margen de lo mítico y la sacralidad.
En otro ejemplo, la banda metalera Chopper, dispara su descarga en el tema “La patria es la tumba”, en la que, al deslegitimar la patria, se decanta en credibilizar a Artigas, cuando dice: “Y la historia va // una mentira más // Artigas no creyó // en el Uruguay”. Esto implica que la verdad, en oposición a la mentira más, es el proyecto de Artigas y no el Uruguay.
No parece haber vía de escape – ni parece haber voluntad de hallarla – a esa sacralización tan metamórfica a lo largo del tiempo. Lo cierto es que entre tironeos de una suerte de artiguicidad – si eso existe – nos olvidamos de que por delante tenemos un Uruguay internándose cada vez más en un mundo global, plural, no necesariamente simétrico, permanentemente desafiante.
Héctor Balsas Daprá (Montevideo, 1956). Docente de Historia e Historia del Arte (IPA), escritor y ensayista. Colaboró en varias publicaciones nacionales como Revista Trova, Relaciones, La Pupila.Autor de Los Beatles y su Leyenda Negra (Planeta, 2018).
Referencias bibliográficas
i Eso quiere decir Apocalipsis, uno de los libros más importantes de la tradición cristiana (conteniendo dentro de sí la tradición judaica) en los tramos finales de “el Libro”, la Biblia.
ii El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, FCE, México 1959 [ed. original 1949]
iii A esta tesis ha contribuido buena parte de las últimas obras de Carlos Maggi antes de su muerte
iv En este caso, las obras y artículos de Mario Cayota y Pedro Gaudiano, han marcado este perfil.
v Contribución definitoria a este sesgo hizo Carlos Quijano en 1961 desde las páginas de Marcha, bajo el título de “El gran traicionado”
vi Un recuento fundamental para este aspecto se encuentra en el libro de José Rilla, “La actualidad del pasado”, 2008
vii Ámbito más que arduo de delimitar, dependiendo de qué extensión temporal, espacial y cultural elijamos en el relato.
viii Aníbal Sampayo y Los Montaraces, José Artigas. Aurora, lucha y ocaso del Protector de los Pueblos Libres”, 1970.
ix Osaba, Julio, Exodus, 2012
x Aníbal Sampayo y los Montaraces, cit.
xi Líber Falco, Artigas, 1956
xii Víctor Lima, Cosas de Artigas, c.1969
xiii Amalia de la Vega, Memorias a Artigas, 1958
xiv Rúben Lena, A don José, 1964
xv Alfredo Zitarrosa y Carlos Bonavita, A José Artigas, 1966


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