DIEGO ANDRÉS DÍAZ / Las tradiciones historiográficas suelen representar uno de los campos más diáfanos para advertir el “espíritu de época” de una sociedad, o de las sociedades en general. En Occidente, la relación de las corrientes historiográficas con el estado ideológico del momento es extremadamente estrecha, en varios planos. Esta característica no es privativa de la producción historiográfica, pero seguramente sea este campo del conocimiento uno de los que nos presenta con mayor claridad eso que suelen denominador pomposamente como zeitgeist, y a la vez proyectar ese “espíritu” o clima cultural e intelectual como concepción general o weltanschauung epocal.


ENSAYO

La producción historiográfica nos transmite los intereses e ideas de una época, así como la realidad política, social, tecnológica e ideológica de una sociedad, o de un ámbito específico de la misma, como ser las relaciones de poder y control cultural que una civilización o un sector político de un país o región -para plantear dos escenarios radicales de territorialidad involucrada- tienen en la creación de las miradas y temáticas sobre el pasado. 

Observarse en cualquier sociedad -obsérvese por ejemplo, en la nuestra-  que además de transmitirnos ese ambiente cultural e ideológico de un ámbito -el historiográfico en este caso- nos ilustra con claridad las relaciones políticas e ideológicas que compiten y hegemonizan ese ámbito, sus competencias internas para obtener las rentas que las instituciones académicas reparten por relaciones políticas -relaciones que tienen variado significado, que van desde afinidad ideológica y político partidaria hasta afinidades interpersonales, autopromociones grupales e intrafamiliares- así como relaciones de poder y promoción personal en los organismos e instituciones públicas y privadas que “se dedican al tema”. 

Este ejercicio es válido para un sinfín de campos, en los que se puede observar los mismos elementos protagónicos, pero necesariamente en el historiográfico es el que me convoca para escribir sobre uno de esos autores desechados y despreciados por la historiografía dominante de por lo menos el último medio siglo, dedicada a imbricarse y indiferenciarse de su trabajo académico y los temas “abordados”, con sus proyectos políticos nacionales y locales, sus proyecciones ideológicas, su visión progresista del mundo y sus empleos públicos asegurados en este predominio de una academia estatalizada y complaciente.

Arnold Toynbee, como otros historiadores, también transmitió el espíritu de época en el cual le tocó desenvolverse, así como también puede rastrearse en cada una de sus líneas el periplo personal, su formación, su tradición intelectual, resultado de un talante personal y de la sociedad que lo vió desarrollar su proceso: el Imperio Británico. 

Toynbee convivió en su vida con el proceso histórico de consolidación del Imperio británico como potencia hegemónica, los conflictos a la interna de Occidente por la hegemonía durante las Guerras mundiales, y posteriormente, con el proceso de retroceso de Reino Unido como potencia. Su participación en el debate histórico se ve acompañado con su participación técnica y política en el gobierno británico: desde 1915 comenzó a trabajar para el departamento de inteligencia del Ministerio de Relaciones Exteriores británico, y participó en varias instancias de la política exterior británica, incluido el proceso de Versalles. 

Nace en 1889 en una familia culta de la clase media alta inglesa, vinculada al mundo victoriano y académico. Tuvo una formación clásica, donde su paso por Oxford y sus viajes moldearon una sensibilidad histórica cosmopolita y melancólica, marcada por la crisis de la civilización occidental y el derrumbe de valores modernos, donde se manifiesta con claridad la pérdida del optimismo finisecular y el trauma bélico. Esa formación clásica, que impacta por el nivel de erudición, por la solidez sobrenatural e incluso por la soberbia de su manifestación, transmite una característica de la sociedad inglesa de fines del siglo XIX: la de representar el “Imperio Universal” heredero de una tradición bimilenaria que se hundía en el pasado greco-latino.Explicaba Toynbee sobre su formación: “…Pertenezco a la generación que sigue a la suya (la de su madre) y porque, por ello tenía la mente todavía maleable cuando en 1914 la historia se prendió a la garganta de mi generación; en segundo lugar, debido a que mi educación fue más anticuada que la que recibió mi madre. Perteneciente, en efecto, a la primera promoción de mujeres universitarias que hubo en Inglaterra, había adquirido una formación moderna en historia occidental contemporánea, con la guía principal de la historia nacional de Inglaterra misma. Su hijo, en cambio, siendo varón, estudió en una Public School del viejo tipo y recibió – tanto allí como en Oxford-  una educación basada casi enteramente y los clásicos griegos y latinos…” (1)

La contemporaneidad con respecto a las vicisitudes que vivió el Imperio Británico van a marcar su obra, en un contexto historiográfico signado por el auge del positivismo, el nacionalismo historiográfico, y más tarde, por la escuelas como los Annales. Su enfoque civilizacional y teórico se destacó por apartarse de la historia nacional y del método empírico dominante, lo cual generó tanto entusiasmo como escepticismo. Mientras alcanzaba una notable difusión popular, su trabajo fue cuestionado por gran parte de la academia, que lo consideró una mezcla de filosofía de la historia y ensayo especulativo, más que una historiografía en sentido estricto. En general, las estructuras académicas formales -y los personajes y corrientes historiográficas que formaban parte de la misma- lo recibieron con hostilidad y crítica, describiendo a su obra como el relato del oportunista que quiere explicar la debacle en medio de las ruinas, en una especie de “yo se los dije” literario. 

Jesus Bentancour Díaz describió así su trabajo: ¿…qué buscan esos millones de corazones desolados en un Europa sacudida por dos guerras tremendas? (…) A ese estado de espíritu respondía una extensa literatura apocalíptica o agorera. Pesimista en algunos casos, optimista en otros, buscaba siempre desentrañar nuestro destino. (…) respondiendo a un angustiante problema que se planteaba en escala universal, esa literatura no podía dejar de alcanzar una extraordinaria difusión. Eso llevó a Lucien Febvre a tildar a la pareja Spengler – Toynbee, de “dos filosofías oportunistas de la historia”. (…) obedeciendo a un estado de espíritu colectivo, mezcla de desesperación y de escepticismo, la obra de Toynbee debía alcanzar un éxito estruendoso. Las ediciones se multiplicaban, su nombre se repetía en diarios y revistas, en la tribuna y en la cátedra…”  (2)

Lo que no advertía la crítica académica, es que esa acusación de ensayista especulativo que caracterizó su obra, lejos de significar un problema general insalvable, representaba la verdadera potencia de su análisis. Es en esos momentos de desasosiego social y civilizatorio, donde el enigma del futuro se manifiesta inevitable e impasible, resultado del final de los tiempos serenos y previsibles, que el trabajo reflexivo y erudito suele dar interpretaciones más poderosas que lo que son las producciones académicas de los tiempos de estabilidad, cargadas en general de los ideologismos del poder y de la serenidad de la rutina y el devenir. 

Si bien su rigor académico fue cuestionado hasta el escarnio, poco podían señalar sobre su estilo: verdaderamente monumental. La obra más significativa de Toynbee es A Study of History, publicada en doce volúmenes entre 1934 y 1961. En ella desarrolla un modelo interpretativo del ascenso y caída de las civilizaciones, identificando veintinueve casos históricos concretos. Allí hay erudición enciclopédica, ambición interpretativa globalizante y el estilo ensayístico que lo caracterizará (y que se aleja de los modelos tradicionales de investigación histórica). 

Cuando uno se enfrenta a esta obra, es claro que la sensación de enfrentarse a una empresa imposible es la primera respuesta. Pero su “Estudio de la Historia” es también ese tipo de trabajos donde la división entre análisis histórico e interpretación sociológica, filosófica y psicológica de la vida social y personal se diluyen. Además, tiene como segunda condición que puede abordarse de forma desordenada en su lectura sin perder el sentido profundo de sus análisis e interpretaciones. 

Igualmente es importante señalar algunas características a modo de descripción y advertencia: No sigue una heurística historiográfica tradicional; usa frecuentemente alegorías, metáforas y analogías culturales; Citas y vuelos retóricos en sus idiomas originales (griego, latín, árabe, francés, alemán, etc.), que te obligan a buscar su significado en el alfabeto original (notorio esto en las citas en griego). Suele apoyar sus argumentos en una lectura extensiva de obras clásicas, textos religiosos, filosofía, literatura y estudios históricos previos donde integra elementos espirituales, éticos y filosóficos, desplegando una completa Filosofía de la Historia. 

Es casi imposible abarcar todos los elementos destacables de su obra, pero hay uno que en estas épocas manifiesta una actualidad notoria y merece ser revisitado: el de tomar, como unidad básica de análisis, a las Civilizaciones. Y este elemento es uno de sus aportes más polémicos, imperecederos y actuales a la vez. En el contexto internacional de conflictividad creciente entre estados y poderes políticos, donde las visiones universalistas, teleológicas y estructuralistas del análisis suelen manifestarse como las hegemónicas, la dimensión civilizatoria renace como marco conceptual interpretativo para aportar elementos notoriamente desechados por la tradición intelectual -especialmente la occidental, y mayormente la materialista- progresista en el sentido de “concepción del tiempo”- que dan perspectiva y claridad interpretativa. 

En la obra, Arnold Toynbee desarrolló una interpretación original del devenir histórico centrada en el concepto de civilización como unidad de análisis, en contraste con la historia nacional, estatal o universal predominante en su época. Su teoría más reconocida es el modelo de “desafío y respuesta”, según el cual las civilizaciones emergen, se desarrollan o colapsan según su capacidad para responder de forma creativa a los desafíos que enfrentan —sean de tipo ecológico, militar, social o cultural- donde este proceso de incitación – respuesta debe analizarse según su interpretación en el marco de las Civilizaciones: “…la unidad inteligible del estudio histórico no es ni un Estado nacional ni (en el otro extremo de la escala) la humanidad como un todo, sino cierta comunidad humana que hemos llamado una sociedad…” (3)

Otro elemento a señalar como parte de su legado analítico es el de representar una tradición explicativa que suele caracterizarse como “cíclica” del tiempo, aunque esta interpretación suele caer en la simplificación: en general, las concepciones caracterizadas como “cíclicas” o cuasi cíclicas, lo que manifiestan, es cierta reacción o rechazo a la concepción “lineal – progresista¨ del tiempo y del devenir histórico. El carácter Cíclico de la concepción de la Filosofía de la Historia de Toynbee, es de naturaleza metodológica, y está relacionada a la búsqueda de patrones de repetición de procesos históricos en las estructuras de la unidad de estudio de la Historia por excelencia para él: las civilizaciones: “…Cuando nos preguntamos: “¿se repite la historia?”, queremos significar solamente: “¿se ha repetido la historia, a veces, en el pasado? ¿O preguntamos, en cambio, si la historia se gobierna por leyes inviolables que no solo han regido todos los casos del pasado en que se han aplicado sino que están destinadas a regir todas las situaciones similares que pueden surgir en el futuro? (…) el que aquí escribe no tiene inconveniente en poner todas sus cartas sobre la mesa. No es un determinista, es una lectura del enigma de la vida humana…” (4) 

Un tercer concepto que utiliza como herramienta interpretativa, y que describe con una enorme cantidad de ejemplos históricos, es el del proceso de “incitación- respuesta” como mecanismo de desarrollo -o de estancamiento, y colapso- de una civilización. Básicamente, define como “incitación –respuesta” al proceso histórico que viven las civilizaciones, por el cual se ven enfrentadas a un cambio, dificultad, desafío o problema (incitación), al que indefectiblemente dan una respuesta (no darla es una). La relación entre la incitación y la forma de resolverlo o respuesta condiciona a la civilización y su futuro, tanto en las características de la misma, como en la capacidad de continuar creciendo o colapsar. Uno de los ejemplos históricos más característicos para describir esta idea es el que desarrolla al observar el comportamiento de“…la historia de los Estados – ciudad de la Grecia Antigua durante los cuatro siglos comprendidos entre 725 y 325 a. de C. Poco después del comienzo de este período, la sociedad de la cual estos Estados numerosos eran todos miembros se vió frente al problema de la presión de la población sobre los medios de subsistencia, medios que los pueblos helénicos de la época obtenían al parecer en aquel tiempo casi por completo cultivando en sus territorios una variedad de productos agrícolas para el consumo interno. Cuando llegó la crisis, los diferentes Estados la combatieron de forma diferente. Algunos, como Corinto y Calcis, dispusieron de su exceso de población conquistando y colonizando territorios agrícolas en ultramar; en Sicilia, Italia Meridional, Tracia y otras partes. Las colonias griegas así fundadas extendieron simplemente el área geográfica de la Sociedad Helénica sin alterar su carácter. Por otro lado, ciertos Estados buscaron soluciones que imponían una variación a su modo de vida. Esparta, por ejemplo, satisfizo el hambre de tierra de sus ciudadanos atacando y conquistando a sus vecinos griegos más próximos. La consecuencia fue que Esparta sólo obtuvo sus tierras adicionales a costa de obstinadas y repetidas guerras con pueblos vecinos de su propio calibre. Con el fin de salvar esta situación, los gobernantes espartanos se vieron obligados a militarizar la vida espartana de arriba abajo (…) Atenas reaccionó al problema de la población de modo diferente. Especializó su producción agrícola para la exportación, inició también facturas también para la exportación, y después desarrolló sus instituciones políticas…” (5)

La obra, en su recepción, fue un verdadero tobogán donde el éxito y la masividad se intercalaron con el desprecio y el olvido. Fue ampliamente leído y discutido tanto por académicos como por el público general. Si bien su prestigio decayó con el auge de enfoques más técnicos o estructuralistas, su visión civilizacional inspiró a posteriores pensadores, como Samuel Huntington, en un enfoque que quebraba el “consenso” del “fin de la Historia”, del determinismo, de la inevitabilidad e universalidad del destino humano, modelos de interpretación tan abrazados y ensalzados por la academia hegemónica. . 

Su insistencia en las civilizaciones como unidades de análisis histórico lo coloca como antecedente de la Historia global contemporánea, y especialmente, en tiempos de desorientación interpretativa, manipulación de los relatos y hegemonías académicas arrolladoras, la mirada desde la perspectiva civilizatoria nos adentra en una verdadera dimensión del “largo plazo”, donde en lugar de buscar certezas y explicaciones totalizantes, el estilo de Arnold Toynbee nos aporta sentidos, herramientas e intuiciones, de los procesos que subyacen a las vicisitudes de corto plazo, a los ciclos menores, a las pequeñas pasiones y luchas del poder del momento.

Allí queda, en su obra Estudio de la Historia, una aproximación desde cierta inteligibilidad del tiempo y de los largos procesos, que se nos presenta por Toynbee como un río calmo, lento e invencible, que corre por las profundidades de las pequeñas pasiones de la coyuntura. También, manifiesta, como señalamos, una pretensión no finalista ni determinista del futuro, y le expone en algún modo la -peligrosa, autorreferencial, agresiva, falsa- soberbia existencial del modelo Occidental de civilización (a uno varios proyectos civilizatorios occidentales, como plantea en su obra) ese que suele denominarse desde su propia entraña, de forma pomposa y falsa, como “la comunidad internacional”.


Notas

(1) TOYNBEE, Arnold. La civilización puesta a prueba. EMECÉ Ed, Buenos Aires. 1967. Pág. 9
(2) BENTANCOURT DÍAZ, José. La filosofía de la Historia de Arnold J. Toynbee. Humanidades Digitales, consulta 5 de junio de 2025, http://humanidades-digitales.fhuce.edu.uy/items/show/515. Pág. 6
(3) TOYNBEE, Arnold. Estudio de la Historia. Compendio de los Volúmenes I – VI por SOMERVELL, D. Buenos Aires. Emecé Ed. Pág. 29
(4) TOYNBEE, Arnold. La civilización puesta a prueba. EMECÉ Ed, Buenos Aires. 1967. Pág. 30.
(5) TOYNBEE, Arnold. Estudio de la Historia. Bs. As. Emecé Editores. 1953. Pág. 22

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