ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz

En octubre de 2020, Antonio Escohotado, filósofo y escritor español, anduvo por Montevideo y brindó una conferencia en el WTC. El encuentro tenía como fin, específicamente, la presentación de su obra en tres volúmenes, Los enemigos del comercio. Ese día estuve allí, escuchando su disertación que fue hecha en un tono pausado y seguro. Cuando se realizan este tipo de conferencias, es normal que los seguidores y admiradores de un pensador y escritor se hagan presentes, así como diferentes personas que adhieren a buena parte de sus ideas. El periplo personal de Escohotado (que va desde el marxismo comunista a una especie de profundo y reflexivo liberalismo) hace que su figura tenga el atractivo del peso de su erudición, su capacidad intelectual, y, también, su testimonio en la participación histórica de ese viraje ideológico. En la presentación de una obra, siempre existe la seductora y popular tendencia de hablar sobre cuestiones más actuales, de índole política, y dejar atrás la parte más formal, académica. En este tipo de conferencias, la polémica, así como la formación de un ambiente consensual auto celebratorio, son moneda corriente. No es algo negativo necesariamente, pero suele ocurrir que se soslaya la obra referida, en detrimento de las opiniones del autor sobre temas de la actualidad.

No fue el caso de la conferencia de Escohotado: el filosofo español no rehuyó a ninguna de las preguntas que le formularon aquella noche, pero cuando tuvo que explayarse en su exposición, se dedico de forma pausada y profunda -como me referí antes- a hablar de lo que fue su larga investigación sobre las diferentes fuentes filosóficas y culturales que han demonizado al comercio como actividad, dedicándose con mayor exclusividad al fenómeno de las sectas comunistas protestantes de los EE.UU., que emergieron en el siglo XIX. Este punto no es banal, ya que con esa actitud demostró su enorme amor por el conocimiento y la verdad, además de una honestidad intelectual admirable, especialmente por lo escasa que es esa condición en estas épocas.. 

Hoy, 20 de noviembre, Antonio Escohotado ha fallecido en Ibiza, donde estaba radicado. “Escohotado vivió para aprender y aprendió a través de la escritura” -escribe Juan Ramón Rallo en un conmovedor articulo publicado hoy- que lo llevaría en su periplo personal a reivindicar como forma de vida una práctica “promotora del respeto a los planes de vida de cada ser humano, de la cooperación voluntaria asentada sobre la propiedad privada…”. De toda su obra ensayística, se dedicarán estos días numerosas publicaciones a repasarlas y ponderarlas en su medida. Me interesa detenerme en la que le dedica a los históricos enemigos del comercio, los enemigos de los derechos de propiedad. Como definiría el propio Escohotado: “de la piel para dentro mando yo”.

Esta obra magnifica, que cuenta con tres tomos y describe según Escohotado el periplo de las ideas que cultivaron el milenario desprecio por el comercio como rechazo a la propiedad privada, no exenta de cuestiones polémicas y ferméntales, tiene en su segundo tomo una descripción fantástica sobre el proceso de desarrollo de las ideas igualitaristas basadas en el desprecio de la propiedad, a partir del siglo XVI: “…Aunque los líderes comunistas desaparecen durante dos centurias, ese eclipse de la práctica es paralelo a un despertar del comunismo teórico, que desde el Utopía (1506) de Tomás Moro racionaliza el principio de igualdad material con un género literario cada vez más popular, cuya seriedad moral retoma con el comunismo ilustrado de Mably y Morelly. El Código de la naturaleza (1755) de este último inspira en 1795 la Conjura de los Iguales de Babeuf, guiada por el Manifiesto que dice: «El bien común es la comunidad de bienes, y vuelven los días de la restitución general». El eslabón entre Morelly y Babeuf es el esfuerzo jacobino por fundar en Francia una nueva Esparta, que transforma el ensayo de democratizar el país en la primera figura del Estado totalitario, poniendo en circulación el término “capitaliste” como sinónimo de antipatriota, y confiando su exterminio al sans culotte. El fin de las guerras de religión no ha minado el ánimo capaz de sentir la disparidad de criterio como crimen, ni el hábito de agredir en legítima defensa, y la recién creada religión política tiene su eminencia moral en Marat, cuya filantropía se combina con pedir “a los buenos ciudadanos que acudan a las cárceles, para degollar allí a los traidores”. Un año después propone una dictadura ejercida por “la masa de infelices” movidos a trabajar. Entre las tesis de la Montaña, donde se agrupan Marat, Robespierre y el resto del

integrismo jacobino, está que el derecho a conquistar, requisar e imponer trabajos forzosos – recién suprimido con la abolición del feudalismo- debe restaurarse y pasar a manos de los tribunos revolucionarios, o la masa infeliz no disfrutará del desahogo derivado de incautar a sus parásitos. Lógicamente, sobran la Declaración de Derechos del Hombre – que “otorga al contrarrevolucionario, medios tramposos para oponerse a su merecido exterminio”- y cualquier precepto ajeno a la necesidad de un poder omnipotente, pues “llega la guerra abierta de los ricos contra los pobres, donde para no ser aplastados debemos adelantarnos […] rindiendo a la diosa Libertad el homenaje de un holocausto”

A esta inmolación añade el patriota un propósito de regimentar la actividad económica con una Ley de Precios Máximos – que crea el mayor fenómeno de desabastecimiento conocido en la historia de Francia- , mientras la Montaña redescubre el dinero metálico como vileza y concibe otra vez el mercado como «cueva de ladrones»4, derogando de paso cualquier medida previa adoptada para moderar la autoridad coactiva. Vigilar al vigilante se convierte en una suspicacia infundada, contigua al sabotaje, dado que buena fe e inspiración son rasgos inherentes al empeño patriótico. Tras pasar Robespierre por la guillotina, la añoranza de ese fervor perdido inspira a Babeuf su «libertad política significa para nosotros igualdad económica», que podemos considerar acta de nacimiento para el milenarismo laico.

En principio, el Milenio Laico – como lo bautiza Owen en 1817- es racionalista y deja atrás las bendiciones ascéticas centradas en el pobre de espíritu y el afligido (…) La formidable energía filantrópica de Owen le permitirá poner en práctica hasta tres ensayos de sociedad comunista, donde miles de personas inician cada experimento apoyándose en el obsequio de la maquinaria más moderna. Comprobar cómo cada uno de esos «proyectos de concordia» se desintegra – precisamente en virtud de discordias- no le mueve a revisar su planteamiento, pues es «innegablemente el racional».

Atípico por pacífico, su comunismo es el primer ejemplo de una iniciativa racionalista tan segura de sí como de alguna verdad religiosamente revelada. Pero lo descubierto en el primer volumen no se completa sin hacer una referencia a la magia, y al refuerzo del inconsciente, ancestros innegables de la razón humana…”.

Este proceso desembocaría en el marxismo y, después, en el proyecto socialista y comunista del cual el mismo Antonio Escohotado había formado parte en su juventud. Al preguntarse a sí mismo por esto, se responde: “…Le perdí el respeto a la vida ajena y a la mía, gracias a Dios no hice ninguna salvajada, me habría tenido que suicidar en justa contrapartida…”. Como penúltimo capítulo de una larga saga de enemigos de la propiedad -siempre está por presentarse como novedad mesiánica una nueva versión, finaliza Escohotado en su tercer volumen: “…Cuando la URSS acometa académicamente el tránsito de la ciencia burguesa a la proletaria, el nuevo plan de estudios se limitará a suprimir tres materias. La genética, que pone en entredicho los poderes del condicionamiento; la economía política – que ignora la planificación central-, y el derecho mercantil, que codifica las reglas del juego prohibido por excelencia. La teoría se ha convertido al fin en praxis revolucionaria…”. 

Sobre el último capitulo que lo toco vivir de un ataque a las libertades individuales, sostuvo en una entrevista de Junio de 2020 “…que los derechos civiles han sido recortados como si fuera por una necesidad objetiva…”, advirtiendo tempranamente de las implicancias que emergían de la histeria y el terror globalizado: “…La cuarentena logró algo tan inédito como una huelga general impuesta por el Ejecutivo. (…) El mundo se ha dado el lujazo de parar tres meses, en nuestro caso a través del Ejecutivo que se merece el país, tras votar dos veces a Sánchez como otrora a Zapatero. Sugiere cordones sanitarios ideológicos, contraproducentes para atender cualquier emergencia sanitaria real, y por supuesto fantasea con hacerlo todo por nuestro bien, cuando su devoción por la propaganda delata seguir dependiendo del ensayo nacido con la sovietización impuesta en 1917. Un siglo de pueblos humillados y desnutridos –cuando no muertos de inanición o a tiros– no le basta al altermundista para abrir los ojos…”.

En el día de su fallecimiento, nos queda una obra magnifica, basta y profunda, llena de amor a la búsqueda de la verdad, a la libertad, aun no del todo estudiada y descubierta. Con eso, tenemos muy buena compañía para continuar en la defensa de las libertades.

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