POLÍTICA

La materia política parece ser un espacio para la aparición de liderazgos que transmiten no solo varios de los rasgos característicos de una sociedad, también los estados emocionales de la misma. Es por ello asoman líderes de diverso tipo que canalizan el espíritu general de una sociedad, en cierto momento histórico.

Por Diego Andrés Díaz

Un abordaje de la naturaleza de los liderazgos podría asentarse en la emergencia de estos en época de “cisma” social, o de colapso. Estos dos conceptos son extremadamente amplios y difusos, y en general la modernidad ha tendido a colocarlos en la nebulosa categoría de Crisis. Sin entrar en el problema de “grado” de este “cisma” social, y sus posibles y diversas causas -quiebre de la mimesis entre elites y proletariados, debacles económicas, sociales, sanitarias, y un lago etcétera- es interesante poner el foco en algunos elementos característicos de los liderazgos cuando el contorno social se vuelve inestable. Para ello utilizaremos algunas categorías que tomaremos de la obra de Arnold Toynbee, Estudio de la Historia.

Uno de ellos podría caracterizarse como el líder filosofo. Este considera que el problema mayor que enfrenta una sociedad en crisis o descomposición -real o ficticia- es la necesidad que los demás ciudadanos comprendan con cabalidad sus planteos filosóficos, su organización general del mundo, y que en este acto de persuasión racional estriba la suerte de los pueblos. La dificultad que encuentra es el enorme divorcio entre las representaciones intelectuales del líder filósofo y el consentimiento multicausal y de inspiración mayormente mítica de sus gobernados. En ese sentido, la materia que maneja entre manos el líder político es de una naturaleza física -la coacción subyacente- que contrasta dramáticamente con la apelación filosófica inicial. El líder filosofo se entorpece al introducirse en el campo ejecutivo, así como el gobernante evita el sentir contemplativo del filósofo. Esta naturaleza divergente del campo político y el filosófico suele llevar al líder filosofo a expresiones autoritarias al no lograr componer dos mundos que contrastan. En este pasaje de Maquiavello se observa esta dualidad inabordable por el líder filosofo: “…la naturaleza de los pueblos es inconstante, y es fácil persuadirlos a una cosa, pero difícil mantenerlos en esa persuasión. Por tanto, es conveniente estar preparado de modo que cuando aparezca su creencia, tenga uno en su poder para hacerlos creer por la fuerza…” Este tour de force es demasiado para el líder filosofo.

El líder de la Espada es el que se propone como salvador de una sociedad en desintegración la fuerza de su accionar -fuertemente requerida si la sociedad vive verdaderos “tiempos revueltos”- logran en general alcanzar niveles aceptables de alivio inmediato, sin embargo en general la acción drástica es su naturaleza y el representar un «bombero efectivo» rápidamente le juega en contra: las situaciones de excepcionalidad son su campo de acción dominante, y su condición de «apaga incendios» se torna un lastre en épocas donde el líder gobernante necesita ir adelante de la realidad y no detrás. Su condición de existencia está determinada por los momentos de excepcionalidad en los cuales se siente cómodo, y su acción tardía y de «respuesta» en periodos donde los síntomas sociales piden lo contrario, lo ponen en una perspectiva en la cual empieza a verse como «obsoleto», o, más peligrosamente, como un hacedor de periodos de excepción que justifiquen su presencia.


Cuando una sociedad muestra algunas facetas de crisis o colapso, de ¨cisma”, suelen observarse dos tipos de conducta individual: tanto la tentativa pasiva -que supone dejarse ir en el convencimiento de que ese “desanclaje” de la realidad social resultará inspirador y creativo, volviendo a un camino presuntamente natural- como el activo -intentar un esfuerzo de autocontrol y actuar sobre un destino que parece inevitable y natural, en sentido determinista- son dos manifestaciones propias de “tiempos revueltos”.

Estas expresiones en la puja política electoral -que en general es donde se manifiestan masivamente las conductas políticas de las sociedades como la nuestra- las reacciones ante la angustia social tienen bastantes de las características típicas de una etapa “cismática”. En este sentido, suelen aparecer otro tipo de liderazgos: el futurista y el arcaísta, que  representan una proyección de la sociedad actual en una perspectiva temporal diferente.


El líder futurista representa la tentativa social de encontrar a través de un “salto hacia adelante” una respuesta adecuada ante las dificultades de época que crearon un ambiente de cisma social. Esta utopía externa, como la del arcaísta, representa una evasión social ante el ambiente de desintegración, un salto evasivo que busca evitar enfrentar el colosal esfuerzo del cambio en el ambiente espiritual del presente.
En general el líder futurista suele presentarse como el que “fue y volvió”, sabedor de los caminos que tomaran las sociedades futuras, es decir, como portador de un conocimiento sobre lo que vendrá que lo erige como líder del futuro. Su apelación no es a reflotar un pasado añorado, sino a traer al presente un futuro exitoso. Su plataforma está en el conocimiento de lo que será mejor para los demás ciudadanos a partir de su condición de líder futurista. En estas épocas, el líder futurista puede representarse como el promotor de mayor ingeniería social -es decir, sabe lo que nos es más conveniente y sabe cómo hacernos caminar por allí- y como promotor de saber recrear entre la ciudadanía lo que en el futuro -no entendido como temporalidad, sino como espacialidad- funcionara con éxito.


En general el futurista, a diferencia del arcaísta, plantea una serie de características discursivas al romper con el presente: apela a una predica extranjera en lugar de nacional, su impronta es de disolución de divisiones tradicionales, sean estas corporaciones, partidos, sectas, formas y estilos, cambios radicales en nomenclaturas, instituciones y lenguaje, siempre teniendo un alto grado de propuesta refundacional.

El líder futurista también suele presentarse como el que “conoce”, porque “fue” al futuro. “Estuvo allí”. Esto se manifiesta como el conocimiento de las relaciones y actividades de los países centrales que están a la “vanguardia”. Aquí, como referí antes, el futuro es espacial, no temporal: el líder futurista sabe lo que se hace para estar a la vanguardia porque viene de los lugares espaciales donde se manifiesta ese futuro.


El Arcaísmo como idolización de una edad dorada: Arnold Toynbee, en su monumental “estudio de la Historia”, desarrolla en uno de sus capítulos una de las razones del estancamiento o colapso de las civilizaciones. En uno de ellos describe algunas características de lo que el autor llama “la pérdida de la autodeterminación”, y se refiere, entre otras, al impacto que viven algunas civilizaciones/sociedades de lo que serían una especie de “idolizacion” o fascinación atemporal de una técnica, institución o identidad efímera. Esto es ejemplificado con varios ejemplos históricos con respecto a la idolizacion de una autoidentidad otorgada que le permitió superar una coyuntura difícil, o la de una idolizacion de instituciones que fueron efectivas y gloriosas en ciertas circunstancias y que la sociedad que las creo petrifica su vigencia artificiosamente (los ejemplos de las ciudades-estado griegas y el Imperio romano de oriente como institución idolizada son excelentes) o de una técnica victoriosa pero efímera, como son muchas en el campo bélico o en la producción. En algún sentido occidente se desentendió rápidamente de su técnica inicial de victoria (el industrialismo, ser el “taller del mundo”) para adoptar nuevos caminos (tecnología, servicios) que supusieron un estadio más poderoso que el anterior.

Estos elementos teóricos pueden ser tomados en cuenta para analizar lo que le suele pasar a nuestra sociedad con la idea que si misma sustenta con respecto al Batllismo: existe una especie de idolizacion en varios planos: de un “yo efímero” -el Batllismo como identidad nacional- una “institución efímera” -la partidocracia como único vehículo de expresión política- y una “Técnica efímera”-el estatismo como reformismo desarrollista- lo que, en palabras de Toynbee, representarían una fascinación petrificante sobre elementos exitosos que no permiten superar ni crear respuestas a nuevas incitaciones.

En ese sentido, el Batllismo como “años dorados” funcionan como un “arcaísmo” fruto de la fascinación o idolizacion -basada en elementos reales, imaginarios, vividos o simbólicos- del pasado. El arcaísmo es “…la tentativa para volver a uno de aquellos estados más felices que, en tiempos revueltos, se idealizan más anti históricamente cuanto más atrás se dejan…”[1]

En algún plano, la sociedad uruguaya ha construido un relato idealizado del Batllismo como yo/institución/técnica y no ha logrado superar esta situación, o desarrollar elementos de cambio desde el presente en un sentido de crear una atmósfera donde exista la posibilidad de mimesis creadora, y suele pasar por el cernidor de esta idealizacion los procesos y propuestas actuales, dejando solo la resaca imitativa.

Los debates suelen girar en torno a la naturaleza del fenómeno- o los fenómenos- que representan el Batllismo. Si fue o no fue intrínsecamente estatista, si representó un esfuerzo liberal, o un “estado de bienestar”, si fue una circunstancia de época, un elemento creativo, reactivo, proteico de esta sociedad, un moldeador patriarcal de una imberbe sociedad civil o simplemente una acción “encorcetante” y un relato desde el poder, que se benefició de una sociedad civil poderosa y pujante.


[1] TOYNBEE, Arnold, Estudio de la Historia, Emece, pág. 506
[2] TOYNBEE, Arnold, Estudio de la Historia, Emece, pág. 514

Cualquiera sea su naturaleza, sigue significando un clivaje/ancla en nuestra sociedad: es común que personas de diferente tradición política se autodefinan como “batllistas”. Pero de un batllismo que representa una “Edad de oro”, una especie de identidad nacional: su pleitesía parece obligatoria, su reivindicación, casi unánime.

Sería injusto con el fenómeno atribuirle a sí mismo su carácter de arcaísmo, eso es una condición que parece que tiene nuestra mirada al fenómeno, no el fenómeno en sí. El arcaísmo para Toynbee tiene su dinámica propia, que ilustra magistralmente en este pasaje: “…el arcaizante está condenado, por la misma naturaleza de su empresa, a tratar siempre de conciliar el pasado y el presente, Y la incompatibilidad de sus pretensiones rivales es la debilidad de arcaísmo como modo de vida (…) si tratas de restaurar el pasado sin tener en cuenta el presente, entonces el ímpetu de la vida que continúa moviéndose hacia delante reducirá a fragmentos su frágil construcción. Sí, por otra parte, consiente en subordinar su capricho de resucitar el pasado a la tarea de hacer posible el presente, su arcaísmo resultará una simulación. Al esforzarse en perpetuar un anacronismo, habrá en realidad abierto la puerta a alguna innovación despiadada que ha estado esperando afuera para forzar la entrada…”[2]

¿QUIÉN ELIGE A LOS CANDIDATOS?

Una pregunta que suele surgir en las etapas electorales, sobre todo entre los votantes, es la que refiere a conocer los mecanismos por los cuales se eligen los diferentes candidatos, más allá de los mecanismos “formales” que las diferentes institucionalidades manifiestan como método de elección. La “escuela elitista” del análisis político plantea una serie de teorías con respecto al comportamiento tradicional de sus élites.

Para esta escuela -Gaetano Mosca lo plantea con bastante claridad-el término “clase política” es correcto: es una clase, no una casta. Es decir, no es un orden cerrado y hereditario, sino que es abierto y se renueva.

Dentro del análisis de esta escuela, también destaca los que realiza Michels sobre la “ley de hierro de la oligarquía”. Una de las primeras manifestaciones de esta es que toda sociedad tiene una clase gobernante, una élite dominante.

Esta élite gobernante, según Michels, se destaca por su capacidad de negociación y trabajo político, su ambición de mandar sobre los otros, y por su gran capacidad de trabajo. Esta última característica va a contrapelo de lo que vulgarmente creemos de los políticos. Suelen ser personas muy trabajadoras, muy ocupadas, con agendas largas y pesadas. Quizás lo que no interpretemos es que estas agendas pueden ser muy extensas y dañinas a la vez, y todo este trabajo duro y pesado en ocasiones puede existir para la lógica de la continuidad y supervivencia de la propia actividad política. La tendencia a ver en ellas una “razón de ser” basada en el servicio y desinterés puede representar una distorsión nuestra, no de la naturaleza de la clase política.

Cada sociedad tiene su fórmula política, y las élites adoctrinan a la población para no cuestionar las ideas basales que legitiman su poder, a través de los sistemas educativos. El cuestionamiento puede ser conceptual, pero jamás simbólico, por ello el que cuestiona la fórmula política vive un ostracismo no en el ámbito de las ideas intelectuales, sino en el ámbito de los valores personales. Es decir, las consecuencias de cuestionar estas bases suelen transformarlo más en un Satanás, que en un Voltaire.

Uno de los puntos centrales de las teorías de esta escuela es la caracterización de las élites políticas, es que estas se renuevan, pero en su relacionamiento entre “pares” tienen dos características: su relacionamiento entre sí es anárquico (es decir, no basado en ningún poder o reglas escritas) y su ingreso se ajusta y dosifica desde adentro de la clase política.

En este punto, Michels analiza cómo la clase política está más cerca entre sí que de sus votantes, en todos los aspectos. Suponiendo que tomamos uno de los relatos de la izquierda política como válido -a modo de ejercicio- podemos imaginar un partido clasista de obreros que se organiza y logra que algunos de ellos obtengan representación política en el parlamento. De la base “igualada” de obreros en su inicio, su estancia en el parlamento en contacto con otros parlamentarios, de otras clases, de otras realidades y sensibilidades, los va transformando en una “clase” diferente, lejana ya al supuesto llano e igualitario origen obrero de sus votantes y de su cuna. La clave es que estos sectores parlamentario y políticos empiezan a construir una “casta” dentro del partido que les permita mantener su status (prestigio, renta, contactos y poder) dentro de las mismas figuras, creando una oligarquía dentro del partido supuestamente “obrero e igualado” en origen.

Lo que empieza en un tono inclusivo y asambleístico, va derivando a un orden cerrado y endogámico. Esta “ley de hierro” de la oligarquía dentro de los partidos establece relaciones “de clase” muy fluidas a su interna. La interpelación personal dura y áspera entre políticos (que suelen ser la tónica mediática de sus relaciones) es más irreal de lo que suponemos, y un paseo por los bares de las inmediaciones del Palacio Legislativo nos darían asombrosas sorpresas de amistades extrañas La distancia entre los políticos suele ser mucho menor que entre estos y sus votantes. Esta tendencia no solo se da entre los políticos. Las posiciones de conflicto más real suelen estar puertas adentro, es decir, los enemigos están en nuestro partido, no en el del adversario, lo que suele producir inverosímiles amistades entre parlamentarios de diferente signo.

En este punto, está una de las características más salientes de la clase política: dentro de la esta clase, hay una élite superior, la de mayor poder y preponderancia, y una clase media, más numerosa y menos visible, que es la que elige verdaderamente quienes son los candidatos y figuras de la élite superior. Esta elección se basa en el principio de auto promoción de la propia clase: los elegidos son los que le garanticen mayormente sus lugares a esta “clase media” de la política, hecho que puede manifestarse en promociones directas a lugares en listas, puestos estatales o candidaturas, o en qué no representen competencias extremadamente peligrosas a futuro.

La “escuela elitista” plantea que quien elige al candidato no es “el pueblo”, o los “votantes”, o los “militantes”, es la propia clase política. Nosotros elegimos dentro de esa elección que realizan los “barones” de la política, esta clase media de la política, salvo cuando aparecen los “outsiders” -o salvadores- que representan un fenómeno diferente. Cuando esta clase media política ve que el líder de la élite no garantiza su mantenimiento en el intrincado y complejo mundo de los espacios intermedios, simplemente lo descartan, lo sacan de esta clase.

Los outsiders tienen el desafío de superar las poderosas barreras que la clase política pone para franquear la entrada a su mundo. Su entrada a la clase política tiene sus procesos y dificultades, y responde a circunstancias sociales (una demanda social por soluciones) o por un espacio a ocupar, generalmente ocupada en las sociedades modernas por medio de mucho dinero invertido en ello.

Dentro de las causas de demanda social, las razones pueden ser variadas. En general existe un sector de la población que espera, siempre, que un Caudillo o líder le diga que hacer y le prometa que le dará soluciones. En ese sentido, puede bascular dependiendo la etapa social y económica que viva el país. Si anhela seguridad, protección mínima a los bienes que ha logrado alcanzar y un orden mínimo que ve desestabilizado, abrazará la opción de autoridad y orden, si siente que se ha hundido económicamente y se percibe como uno de los perdedores de las crisis económicas abrazará al “justiciero de la igualdad” que le prometa sacarle a alguien para compensar su derrumbe personal. En ambos casos el líder promete el aspecto que intuitivamente percibe como el de más alta probabilidad de perder, dentro de sus seguridades. En general en las sociedades modernas, en la etapa de recuperación abraza al populista igualitario y en etapa de crisis abraza al populista del orden.

En todos los casos, sea por billetera o demanda de cambios, la entrada puede ser más o menos fácil, la dificultad radica en mantenerse dentro de la clase política, consolidarse dentro de la misma. Y allí predomina las lógicas y prácticas de esta clase media política, alejándose en general de las demandas sociales o la promoción económica que los puso allí. Es la dificultad de todo outsider, sea Manini, Sartori o Novick. Traiga espada, venga del futuro o sea un filósofo…


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