ENSAYO

“La guerra es la salud del estado”, sostiene la genial frase de Randolph Bourne para referirse al impulso centralista, intervencionista y liberticida que representa para los estados y gobiernos, la tragedia de las guerras. Allí, todo avasallamiento a las libertades parece justificarse en nombre del esfuerzo de guerra. Una frase que podría acuñarse, buscando una síntesis más amplia, es la que relaciona a esta característica histórica no solo con las guerras, sino con las crisis: así, las crisis son la oportunidad-coartada de los estados para vigorizar su salud, y, como hemos señalado desde el principio de la crisis sanitaria y las acciones políticas relacionadas al Covid 19, estamos protagonizando un nuevo capítulo de esta tensión.

Por Diego Andrés Díaz 

Las crisis generales son el marco ideal para que los resortes del poder político profundicen su capacidad discrecional de acción. No será con la crisis sanitaria, la primera -ni la última- oportunidad donde los gobiernos buscan centralizar y ampliar su poder usando de coartada una amenaza que estimule el pánico y miedo general, sea esta real como las bombas y los tanques, o parte de un bombardeo de otra naturaleza, como suele ser el mediático. 

Aquí me resulta importante separar lo central -la defensa de las libertades individuales- de los relatos de redención de las masas que vienen como resaca del autoritarismo globalista, no como contestación. Un ejemplo: la farsa del “pase verde” -una de tantas-, es un ataque a los derechos individuales desde el poder político. No existe, por fuera de la acción coercitiva del estado, algo similar en el campo de la interacción voluntaria entre individuos, donde se respeta la propiedad privada. El centro del problema sigue siendo los elementos legales que el estado utiliza para obligarnos a hacer cosas que deberían estar fuera de su jurisdiccionalidad porque representan derechos individuales. Es decir, este es un tema -otro más- relacionado con aplacar la constante intención del poder político de imponer su voluntad y aumentar su intervención, no de encontrar un líder que conduzca al pueblo a cierto paraíso aséptico de todo mal. En este sentido, el “pueblo” como actor político es pura vulgata revolucionaria, y la cuestión sigue centrándose en que la libertad se sostiene en NO gobernarle la vida de los demás, no en encontrar quien es el buen amo predestinado por su acción mesiánica. En épocas de crisis, las manifestaciones de malestar suelen ser radicalmente variadas y hasta contradictorias, y, detrás del espíritu de los “puros y duros”, los virtuosos que nos gobernaran buscando el verdadero “bien común” -otra entelequia liberticida- están los Robespierre del momento, los jacobinos.

El espíritu jacobino instala en la política la insoportable hediondez del mesianismo, de la superioridad moral de la causa, de la representatividad absoluta de cuerpos sin existencia ontológica real (“pueblo”) y de la “resistencia” como lucha eterna. A la larga, no hay sociedad o sistema político que resista ese proceso creciente de Jacobinismo sin derretirse en la inconsistencia, ya que toda acción no alineada al catecismo jacobino será vista como un acto de ataque y destrucción, especialmente entre pares, donde cualquier desvío de la línea mesiánica es simple y pura traición inspirada en intereses ocultos e inconfesables. 

La fenomenología del jacobinismo como manifestación política no es extraña al estudio de la Historia política occidental. No es mi intención referirme pormenorizadamente a ella, sino a advertir como en medio de la crisis actual aparecen nuevamente los viejos tics jacobinos, aggiornados a partir de la elaboración de nuevos lenguajes, nuevas “vulgatas”.

La vulgata del jacobinismo instrumental es bastante rastreable porque desarrolla una serie de lugares comunes muy claros, muy simples, muy efectivos. Este supuesto radicalismo de ribetes mesiánicos suele basarse en la repetición moralizante de dos o tres “verdades” absolutas, simples de digerir, que adjudican el papel de buenos y malos en una película barata para llevar calma y orden a los espíritus inseguros.

Los contornos de este lenguaje político son bastante conocidos: reivindican ser la voz pura del pueblo, necesita de grandes traidores, tienen poderosos enemigos invencibles e invisibles, para mantener este consenso todos merecen ser vigilados, todos los individuos son potenciales culpables y potenciales víctimas de la “justicia revolucionaria”, por eso la obsesión por la pureza ideológica autoproclamada, arrasando con la confianza y la buena voluntad frente al otro, al prójimo, incluidos sus propios miembros. François Furet realiza una semblanza magistral de este espíritu: “La revolución tiene necesidad de grandes traiciones. No importa que estas traiciones existan o no existan en la realidad (…) la revolución las inventa al igual que otras tantas condiciones de su desarrollo; la ideología jacobina y terrorista funciona ampliamente como una instancia autónoma, independiente de las circunstancias políticas y militares, espacio de una violencia tanto más difícil de definir cuanto que la política se disfraza de moral y el principio de realidad desaparece. [el terror] (…) es el producto no de la realidad de las luchas sino de la ideología maniquea que separa a los buenos y a los malos…”

Una de las características más típicas de todo movimiento jacobino es que debe nacer necesariamente como una expresión futurista fuertemente igualitarista. En ese sentido, como manifestación de la modernidad, Las expresiones más jacobinas y radicales han basculado entre “biologizar” o “culturalizar”, de forma radical y absoluta, la idea de igualitarismo que tienen como fe y religión laica. Han pasado de sostener que el igualitarismo es un fenómeno “cuasi genético” y natural, o un “determinismo histórico” al cual estamos condenados a ir, a decir que su victoria es el resultado de la cultura y el dominio absoluto de la idea de que somos “tabla rasa”, hoy de moda. En su discurso de la militancia, solo hay dos caminos, dos miradas, para describir la acción política pasada y futura: todas las causas y derechos a conquistar no existen, resultado de un pasado ominoso de un sistema perverso, todas las que efectivamente se pueden llegar a disfrutar, son fruto de su lucha y, a pesar del sistema. 

Básicamente, la descripción atemporal y abstracta del “sistema” compuesto de definiciones vagas, falsas, anacrónicas o maniqueas, provee de un enemigo intangible al que destruir para lograr el cielo en la tierra, y es además al que, a través de la lucha sin cuartel, se le extirparán derechos.

Augustin Cochin fue uno de los primeros y más interesantes historiadores del fenómeno jacobino, tanto en su dimensión histórica como la conceptual. La naturaleza jacobina de ciertas manifestaciones políticas no se asienta en afiliarse necesariamente a un programa determinado, sino más bien a una forma de interpretar la lucha por el poder, basado en el simbolismo de las posiciones y el uso de la vulgata o relato para apropiarse de lo que significaría la manifestación de la soberanía: la opinión pública. Cochin rechaza de plano la tendencia sicologista a la hora de interpretar el fenómeno jacobino -visible en H. Taine- y suma como características del jacobinismo a la “virtud abstracta” y “arribismo práctico”, un factor clave: su “espíritu”.

En general, la vulgata jacobina se manifiesta entre parámetros rígidos. La lucha y su interpretación explicativa se representa en un lenguaje atemporal, simple y excluyente, aunque los protagonistas de las luchas sean de carne y hueso -así como sus cuellos guillotinados-. En esta vulgata, la inspiración que moviliza a los jacobinos -y sus enemigos- es abstracta y universal pero sus acciones son concretas y terrenales. El pueblo que estaría detrás de la voz de los Robespierre de turno es, al decir de Furet, “…un ente abstracto, dotado no obstante de una voluntad subjetiva (…) que lucha para vencer a enemigos no menos abstractos, dotados de intenciones nefastas y capaces de actividades criminales…”

La dialéctica de las intenciones antagónicas se percibe como un combate entre los buenos y los malos, invirtiéndose los términos según en qué lugar este la manifestación de opinión pública,

que en definitiva es el trofeo político. Una de las características más evidentes de esta tendencia es que la representación abstracta y mesiánica de los móviles últimos de las diferentes posiciones antagónicas sobre un tema -la pandemia es un excelente ejemplo- es que hace de los actores intenten adjetivar sus actos desde el “pulpito de la posteridad”, y su manifestación pública esta sobrecargada de ideologismos y representaciones. Por ello, parece que hablaran de batallas finales de tono apocalíptico donde la gracia jacobina solo se alcanza repitiendo el catecismo obligatorio, sin fisuras.

Uno de los problemas emergentes frente a la actitud jacobina poco perceptible es que representa un mecanismo de socialización donde el debate se da necesariamente en ese espacio abstracto donde los diferentes intereses reales y tangibles de una sociedad determinada quedan soslayados por la lucha maniquea y celestial de lo que representan cada uno de los bandos. Si algo es deseable y necesario en toda esta crisis del coronavirus, es que se manifiesten con claridad y sin dramatismos los distintos e incontables intereses concretos y terrenales que operan en la realidad. Es decir, que los cuerpos –utilizamos un concepto del Antiguo Régimen para explicar el punto- los actores con existencia real y móviles tangibles, las distintas comunidades de intereses puedan verse y plantearse con claridad, sin velos, y no queden ocultos detrás de las representaciones de ideas maniqueas del falso purismo mesiánico de la actitud jacobina. Al espíritu jacobino, la manifestación clara de la multiplicidad de intereses en competencia y juego en una circunstancia de crisis le incomoda de sobremanera, porque agrede la simplificación discursiva que necesita para representarse como la única y verdadera manifestación del “´pueblo”.

Detrás de este espíritu jacobino se encuentra la obsesión por construir una opinión común entre sus miembros -el famoso “consenso”- y que será expresado y defendido de forma radical y repetido como un mantra. Su objetivo no es manifestar una representación de un conjunto de ideas frente a otras, es un instrumento para elaborar la opinión unánime.

Suele suceder que cualquier manifestación de descontento popular por alguna realidad va lentamente tensando la relación entre las incontables y diferentes expresiones del mismo, y la necesidad obsesiva del jacobinismo por sintetizar en sus manos ese consenso: Por ello, la obsesión jacobina no es por el control político de estas manifestaciones -en última instancia, se consideran una minoría vanguardista predestinada que dirige el descontento- sino por controlar un lenguaje -la “vulgata”- de contornos bien simples, monolíticos, excluyentes, sin matices, destinado a movilizar y unificar bajo un liderazgo que se percibe a sí mismo como “puro” y “radical”. 

Esta supuesta “radicalidad” que suelen blandir los jacobinos con orgullo no está sostenida en presentar un programa político maximalista de reclamos, acciones o reivindicaciones. No es en la propuesta o en las ideas misma donde está la radicalidad, sino en la capacidad autoasignada de definir quien tiene los pies dentro del plato y quien no, quien este con el pueblo e interpreta los limites exactos de su lucha y quienes en su contra. En ese sentido, el enemigo tampoco tiene matices, tiene si líderes en las sombras, artífices necesarios e “idiotas útiles”, “controlados”, que son, estos últimos, todos los que no repitan el catecismo. En la capacidad de repartir esos roles de pureza ideológica radica el único y verdadero interés de cualquier movimiento de inspiración jacobina, por su creencia de considerar central el ostentar el monopolio de la “vulgata revolucionaria”.

Su obsesión por el control férreo del discurso “consensuado” que existe en toda manifestación política de inspiración jacobina se basa en la idea de disociar a los individuos de las cuestiones reales para lanzarlos a los brazos de la lógica de los “fines”. La idea es bastante simple: si el “pueblo” tiene un malestar político real y tangible -aunque lleno de matices, interpretaciones diversas y móviles variados- como este no puede manifestarlo sintéticamente, se necesita que alguien hable por él: en la lógica jacobina, los canales tradicionales no lo harán nunca, especialmente, porque no conocen ni manejan la “vulgata” revolucionaria, que es el catecismo de todo grupo jacobino. 

Y si no te sabes el catecismo, estas con los pies fuera del plato. Los Robespierre del momento están allí para señalártelo.

La contorsión ideológica del centralismo político

Una de las novedades más tragicómicas que nos ha regalado esta crisis sanitaria global y el empuje de las ideas de centralismo político, es que ha revivido viejos zombies ideológicos que, han encontrado en la denuncia al modelo pandémico -el centralismo político- un verdadero refresh -o más bien un salvavidas- para sus viejas ideas jacobinas, igualitaristas y revolucionarias. El ingrediente trágico quizás radique en la posible repercusión que están logrando en la difusión de su indignación con este subproducto ahora acusado pero que nace de sus propias ideas, y que intentan expulsarlas de su trinchera y adosárselas al conjunto de enemigos reales o imaginarios que bailan descontroladamente en sus cabezas. 

Estos “Robespierre” pandémicos vociferantes, tienen como meta la increíble proeza de intentar vendernos que esta crisis global que impone un programa diáfano de control social, centralismo político, igualitarismo, corrección política progresista y estatismo burocrático en todos los niveles y campos; es solo un nuevo plan del capitalismo neoliberal, el villano oficial de estos muertos en vida.

Así, esta paradoja se manifiesta de tal forma que, los que hasta hace muy poco defendían cualquier régimen que balbuceara algún anhelo mesiánico y buenista de “gobernanza mundial” e igualitarismo a punta de pistola, mediante su revolución, ahora reniegan de un modelo global –“mundial”- porque  no se viste con chaquetas con estrellas rojas, AK 47 y prescinde de apelaciones obreristas, pero que tiene el mismo sustrato centralista que todo futurismo igualitarista -y distópico- suele esbozar para dominar apelando a la superioridad moral. Parece que enfrentarse a las manifestaciones institucionales del globalismo como son la OMS o al “sistema financiero global” sublima su anterior reivindicación de revoluciones universales, partidos únicos de intervención centralizada, de Cuba, de la la izquierda norteamericana, la “revolución permanente” o la China maoísta. Es especialmente conmovedor, observar cómo se desayunan que las categorías divisivas intercambiables más fácilmente utilizables y recurrentes en el debate político del globalismo son, por ejemplo, la raza, el género, pero hacían profundo silencio cuando este rol lo desempeñaba la clase. 

El centralismo político -eso es mayormente, el globalismo- es un programa extremadamente antiguo, claro y concreto, con pilares filosóficos nítidos, que ha utilizado mil y una circunstancias y crisis (las guerras, su momento preferido) para empujar sus postulados. Y los niveles de descaro y desfachatez que ostentan los globalistas en el relato actual, lo han esgrimido en otras épocas con igual o mayor profundidad, solo basta con leer y analizar sus discursos y planes en otras épocas de su expansión. 

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