POIESIS/1

Una repetida felicidad para la poesía latinoamericana: acaba de aparecer la edición montevideana de la nueva obra de Alfredo Fressia (Montevideo, 1948), titulada Sobre roca resbaladiza (Lisboa, Buenos Aires, 2019; Yaugurú, Montevideo, 2020). Ofrecemos aquí una breve parte de su encanto. Junto a la obra de Fressia, va en página aparte un pequeño homenaje, bajo la forma de un ensayo, de Aldo Mazzucchelli -destinado a ser un epílogo que no llegó a tiempo a la imprenta.


Por Alfredo Fressia

De dónde vienen los poemas

Me inscribo entre aquellos que separan poesía de poema. Yo sé que la poesía viene de ese enganche de poeta y mundo, que la poesía tiene sus raíces en el colectivo histórico y social por un lado, y en ese magma más enigmático, el del llamado inconsciente colectivo donde ella hunde y nutre sus sondas. Es en esos dos sentidos que “la poesía es hecha por todos”, según decía Isidore Ducasse. Pero la pregunta que me instiga ahora es otra, a saber, de dónde vienen los poemas, esas estructuras hechas de lenguaje, esas máquinas que siempre hablan, siempre interrogan, empezando por interrogarse a sí mismas.

En cierto documental que el poeta y cineasta Juan Pablo Pedemonte realizó sobre mis poemas en Montevideo, allá por 2014, yo decía que “No sé de dónde vienen los poemas” y esa frase, que delataba un sentimiento mío, suscitó la atención de algunos poetas argentinos que me pidieron que abundara sobre ella. Es, supongo, una idea platónica, o al menos me agrada pensarla así. (Y queda lanzado el desafío, como un ejercicio: imaginar ese extraño país de los poemas, donde vivirían esos objetos de los cuales cada versión será imperfecta y precaria). La idea o la percepción es simple: el poema preexiste al poeta y la tarea del poeta es bajarlo a tierra, captarlo para que pase a existir sobre el papel y, claro, en cada futuro lector.

Esa percepción la expresaba el genio Miguel Ángel cuando decía que la estatua ya estaba en el bloque de mármol y que cabía al escultor extraerla. Hace unos años estuve con el escultor uruguayo Pablo Atchugarri en su estudio de Manantiales, en Maldonado, y él me decía que sentía exactamente lo mismo, como si reeditase el sentimiento de Miguel Ángel.

Fue con esta idea que escribí un soneto llamado “Naïf” (si se puede llamar soneto a catorce versos asonantados) que comienza así: El poema vagaba sin poeta,/ por el aire giraba como un trompo/ venido de la infancia y ya sin cuerda,/ sin rigor de la física y sin logos,/ buscaba un alma que lo recogiera/ en el tiempo de los hombres, el siglo/ donde nacer, después de las fronteras,/ mecido por la historia o los molinos (…).

El título, “Naïf”, vino de una pura intuición, pero revela una primera perplejidad, a saber, imaginar que el poema nos precede significa otorgarle al poeta un poder casi mediúmnico. Y eso es falso, incluso porque constituiría una forma de poder que la mayoría de nosotros no tiene, y porque también implica darle al poema la dignidad de las ideas “puras”, “primeras”, “prístinas” de Platón, lo que, en la práctica, y frente al resultado objetivo, el poema que de hecho trajimos al mundo, puede resultar frustrante.

Por lo pronto, y efectivamente, en mi experiencia de poeta, cada poema fue siempre un resultado imperfecto, siempre mejorable, casi siempre “retocable”. Tal vez más que frustración, lo que sentí siempre fue la humildad de admitir que mi poema era la sombra, la imagen imperfecta de lo que yo hubiera querido escribir, traer al mundo, dar a conocer.

No estoy solo en esta idea que, además, parece haber sido cara a los simbolistas. Pienso en Paul Valéry cuando decía “Un poema no se termina, lo abandonamos” (“On ne termine pas un poème, on l’abandonne”, y me dicen que Alberto Giacometti también decía “On ne termine pas un tableau, on l’abandonmne”). Una vez que el poema cumple su función, da su mensaje, se instala en la sensibilidad del lector (y el poeta es su primer lector), ese poema nos pide la humildad de aceptarlo con sus imperfecciones, sus mensajes quizás quebrados, su equilibro precario, si era equilibrio lo que se buscaba, o lo contrario, aceptar una inopinada armonía cuando buscábamos lo contrario.

Mi idea del poema como objeto que precede al poeta, por naïve que pueda parecer, da una gran autonomía al poema respecto a su autor y nos libera de lo meramente biográfico, nos libera de la poesía entendida como el diario íntimo de un alma, una idea romántica que muchas veces puede dañar la

producción poética. Y paradójicamente, la aparente inge- nuidad de imaginar que el poeta “baja a tierra” el poema también nos ayuda a desmitificar la figura del bardo, el poeta iluminado, capaz de “sentir” y decir lo que para el resto de la tribu es apenas balbuceo, impresión vaga a la que sólo el espíritu superior del poeta puede dar forma. Si aceptamos que la función del poeta es poner sobre el papel ese poema que nos precede pondremos en cuestión la noción de autoría. ¿Quién es el “autor” de un poema que me precedió y del que me limito a dar una versión, imperfecta además? (Y por cierto, volvemos a la idea de Isidore Ducasse de “la poesía hecha por todos”).

Finalmente, admitir esa autonomía del poema nos permite muchas veces aflojar la vigilancia de la lógica puramente cerebral, la sintaxis ortodoxa, aceptar con mayor naturalidad las muchas geometrías “no euclidianas” que habitan un poema y que nuestra lógica, la de la prosa, jamás podría aceptar. (Marosa di Giorgio: yo estaba y no estaba, era yo y no era yo).

El grado de libertad en la creación se enriquece desde que reconozco esa característica del poema, con su lógica o sus varias lógicas en armonía o en conflicto en el cuerpo vivo del poema, y esto unido a la idea de un poeta que nada tiene de alma superior, que es más bien una mera antena que capta el poema a veces con la misma perplejidad con que se lo leerá por primera vez.

Como experiencia personal, puedo contar que muchas veces me senté a anotar un verso, y quizás antes de ser verso fue sólo una imagen, pensando que el poema abordaría un tema y el objeto verbal que creé resultó otro objeto, que abordó otras aristas casi imprevistas.

Me permito evocar un poema de mi libro de 1984, Noticias extranjeras, un poema que escribí soñando, literalmente durmiendo. Dio tiempo aquella noche, allá por 1979, de despertarme y garabatear ese poema. Me volví a dormir y sólo pude leer lo escrito al día siguiente. Fue así que nació aquel poema, que vino ya con su título, “La última cena”, y que sólo una parte de mí logra entender (una literal “escritura automática” que por cierto no hace de mí un poeta surrealista). Se trata de un caso extremo, y excepcional (aunque sea un buen ejemplo para preguntar “¿Quién es el autor de ese poema?”), pero insisto también en mi idea de la autonomía del texto, esa idea liberadora para el poeta, que Proust intuye cuando en el Contre Sainte-Beuve postula “el otro yo del

escritor”, un yo no biográfico ni psicológico, sino literario. Confieso que demasiadas veces sentí vivamente esa autonomía del poema en el momento mismo de su construcción sobre el papel. Por ejemplo, en los poemas que he escrito con metro fijo y rima, he asistido con cierta perplejidad, lo admito, a esa voz que parece dictar, al punto de decirme a mí mismo que me “callara”, la necesidad de no intervenir so pena de interrumpir el flujo, la corriente que viene construyendo el poema. Humildad en la intuición de que el poema preexiste, e inspiración como modo de acercarse a él.
Y recordar siempre que no somos médiums ni chamanes ni siquiera pais de santo de ningún ritual poético, dejemos esto claro. La supuesta Musa, así como el trabajo del inconsciente freudiano (y más, lacaniano, supongo yo) son un misterio que no resolveremos nunca (y quizás el funcionamiento del inconsciente sea más enigmático aún que la idea clásica de la Musa). Entiendo que no hay chamanes, lo que hay es un largo ejercicio de la poesía, un ejercicio que incluye la contemplación de la poesía ―largos años de lecturas―, además de lo que simplemente se llama talento, mucho estudio (que en latín significa amor, recordaba siempre Juan Introini), y mucho trabajo.

[…Sobre roca resbaladiza. Pág. 131-134]

Fotografía: Juan Pablo Pedemonte

Obras de Alfredo Fressia
  • Un esqueleto azul y otra agonía. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo. 1973. Primer Premio Nacional del Ministerio de Educación y Cultura.
  • Clave final. Ediciones del Mirador. Montevideo. 1982.
  • Noticias extranjeras. Ediciones del Mirador. Montevideo. 1984.
  • Destino: Rua Aurora. Original portugués: Edição do Autor. São Paulo. Primeira e segunda edições. 1986. Versión en español: Mafia Rosa. Ciudad de México. 2012. Nueva versión en portugués: Lumme Editor. São Paulo. 2012.
  • Cuarenta poemas. Ediciones de UNO. Montevideo. 1989. Editorial Lisboa. Buenos Aires. 2018.
  • Frontera móvil. Aymara. Colección Arequita. Montevideo. 1997. Premio del Ministerio de Educación y Cultura.
  • El futuro/O futuro. Edición bilingüe. Versión portuguesa a cargo de Hermínio Chaves Fernandes. Edições Tema. Lisboa (Portugal). 1998. Plaquette com desenhos de Francisco dos Santos. Lumme Editor. São Paulo. 2012.
  • Amores impares. Collage de poesía creado sobre textos de nueve poetas uruguayos. Aymara. Colección Cuestiones. Montevideo. 1998.
  • Veloz eternidad. Vintén Editor. Montevideo. 1999. Premio del Ministerio de Educación y Cultura.
  • Eclipse : Cierta poesía 1973-2003 Civiles Iletrados. Montevideo-Maldonado. 2003. Alforja Conaculta-Fonca, Colección Azor, México D.F., 2006. Melón Editora. Buenos Aires. 2013.
  • Ciudad de papel. Crónicas en movimiento. Trilce. Montevideo. 2009.
  • Senryu o El árbol de las sílabas. Linardi y Risso. Col. La hoja que piensa. Montevideo, 2008. Premio Bartolomé Hidalgo 2008.5​
  • Canto desalojado. Antología bilingüe, organizada e traduzida ao portugués por Fabio Aristimunho Vargas, prefaciada por Dirceu Villa e epilogada por Rodrigo Petronio. Lumme Editor. São Paulo, 2010.
  • El memorial de hombres que me amaron. Mafia Rosa. Ciudad de México. 2012. Ediciones Cuadernos del Sur. Tacna, Perú. 2018.
  • Poeta en el Edén. Prefacio de Hernán Bravo Varela. La Cabra Ediciones. Colección del Mirador. Ciudad de México. 2012. Civiles iletrados. Montevideo. 2012. Editorial Lisboa. Buenos Aires. 2016.
  • Homo Poemas. Trópico Sur. Punta del Este. 2012.
  • Cuarenta años de Poesía. Ediciones Lo Que Vendrá. Montevideo. 2013.
  • Clandestin. L’Harmattan. París. 2013.
  • Susurro Sur. Valparaíso México. Ciudad de México. 2016.
  • La mar en medio. Prefacio de Horacio Cavallo, Posfacio de Álvaro Ojeda. Editorial Lisboa. Serie Cantábrico. Buenos Aires, 2017. Editorial Civiles iletrados. Colección Ojo de Rueda. Montevideo. 2017.
  • Terra incognita. Ediciones Caletita. Colección Las Vaquitas Flacas. Monterrey. 2017.
  • Radici del Paradiso. Antología bilingüe español e italiano, a cargo del prefacista y traductor Carmelo Andrea Spadola. Ediciones Fili d’Aquilone. Roma. 2018.
  • Sobre roca resbaladiza. Recuerdos y reflexiones de un poeta. Editorial Lisboa. Serie Territorios-Memorias. Buenos Aires, 2019. Editorial Yaugurú. Montevideo. 2020.
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