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La muestra PROYECTO GRIBOV #1_“Habitando en la Distopía” de la artista Adriana Rostovsky se puede visitar este mes y el mes de noviembre y es una muy interesante instalación/intervención en este emblemático museo.

Por Santiago Tavella

La muestra consta de dos partes. En la planta baja, en el salón principal que da al jardín, nos encontramos con un volumen etéreo que naturalmente dialoga con la escultura que está en el hall de entrada, el elemento que entabla la conversación es el mármol blanco de esa escultura y el blanco material, que todavía no sabemos que es, que conforma el volumen citado anteriormente.

Foto: Santiago Tavella

Al llegar a él, reconocemos al papel de calco como principal material escultórico. En realidad es un poliéster que actualmente se utiliza para imprimir planos, mucho más resistente que el tradicional papel de calco vegetal. Ahí se abren nuevos diálogos en donde el juego con la luz del jardín asume un protagonismo relevante.

Foto: Adriana Rostovsky

Es llamativa la naturalidad con la que esta escultura abstracta, sin elementos en común con la arquitectura y el mobiliario del museo, se integra al espacio armoniosamente. Es evidente que hay un hábil manejo espacial en el trabajo de esta artista que hacen posible esta inserción. La delicadeza de los juegos translúcidos que logra, los sutiles huecos que dejan ver partes interiores del objeto, son la característica más propia de esta parte de la obra. Adentro de la misma hay un parlante que emite música de Bach, y que establece otro elemento de diálogo en el tiempo. Otro elemento dialogante de relevancia en ese espacio es la araña de caireles de cristal que cuelga del techo. Resumiendo, lo que vemos en la planta baja es un elemento objetivamente extraño al ambiente del museo, pero integrado acertadamente gracias a su implantación en este espacio, al juego de sus proporciones volumétricas en relación con la arquitectura y el mobiliario. A la cualidad etérea de la que hablaba al principio, que una vez que nos vamos metiendo en la obra vemos en sus quiebres, arrugas y costuras, elementos que nos hablan muy sutilmente de desgarros y fragilidades. En muchos casos encontramos en el arte contemporáneo obras en las que el museo resulta fundamental para que quede claro que lo que estamos viendo supone ser una obra de arte. No es este el caso, tanto por las calidades estéticas de la obra en si misma, como por el juego que entabla con los elementos del museo, que no cumple con la función de dispositivo legitimador institucional, sino que es un elemento con el que la obra juega y que a su vez juega con ella, con una gracia y naturalidad muy deleitantes.

Foto: Santiago Tavella

En el primer piso la intervención se desarrolla en el corredor que da al balcón sobre la calle 25 de mayo. Los elementos son ahora unas semiesferas de papel sulfito que van aumentando de tamaño a lo largo del corredor. Se las puede asociar a partes de envoltorios de esferas o huevos. De nuevo el juego de luces, sombras, y lo translúcido (si bien no es tan translúcido como el calco de abajo) son un elemento preponderante. En esta instancia la relación de estos elementos escultóricos asume un rol más invasivo, delicadamente inquietante. Si bien se puede recorrer el espacio sobre el final del amplio corredor el espacio de paso se hace más estrecho. De nuevo la ubicación de la música juega un papel destacable en nuestra ubicación en el espacio. En esta parte de la obra encontramos elementos que nos pueden llevar a asociaciones con rastros dejados por algo que ya no está. 

Foto: Adriana Rostovsky

En esta obra se aprecia un cambio significativo en el lenguaje visual de la artista, sus obras previas, también basadas en el papel como material, tenían una presencia del color como parte relevante de su lenguaje expresivo, junto con el manejo de la textura. Ahora el color aparentemente desaparece, pero el protagonismo que toma la luz hace pensar en que hay un manejo implícito del color a través del manejo de la luz. Asocio con los dibujos a tinta de Matisse realizados en la chambre claire en Cimiéz, que si bien eran lineales y sin color, denotaban claramente que venían de la mano de alguien que tenía un conocimiento profundo del color.

Pero las obras y los artistas no salen de la nada, y en este caso hay elementos filológicos que cierran muy bien con la maestría en la que está realizado todo. Creo que en 2016 fue la primera vez que visité el taller de Adriana. De la charla y la observación, y posteriores intercambios, surgieron varios elementos que conforman las características de su hacer artístico. El dominio del espacio patente en esta muestra y otras instalaciones se debe en parte a su carrera de arquitecta, de la cual supo asimilar esa habilidad inherente a la profesión. También esta carrera la llevó a que en su famoso viaje de estudios probara suerte en la Academia Gerrit Rietveld, buscando darle un giro más artístico a su carrera en la arquitectura. En la misma le propusieron que directamente se volcara a la carrera de artes visuales, sabia orientación dada en la entrevista que tuvo allí, y así lo hizo. Esa formación europea en parte explica el manejo del color y la luz, que en el arte uruguayo no era la dominante en los talleres, sobre todo los provenientes del Universalismo constructivo torresgarciano. Pero había más interrogantes. El manejo de las texturas y volúmenes con papel me llevaban hacia el mundo de lo textil, de importante presencia en el arte uruguayo, y frente a esa constatación, la artista me comenta que su abuela, Sonia V. Rostovsky, estaba en esa movida y que de chica eso a ella le significó una familiaridad con estos lenguajes. La frutilla de la torta filológica se da cuando le comento mi intención de exponer en mi estudio de grabación obras de ella y otros artistas, entre los que le nombro a Perla Maggi, quien resultó ser docente de su abuela y a su vez alumna de Miguel Ángel Pareja, maestro del color por excelencia, en la Escuela de Bellas Artes, Pareja a su vez había sido alumno de Guillermo Laborde en el Círculo de Bellas Artes, epicentro del Planismo, movimiento de vibrante cromatismo. Muchas veces se piensa que estos recorridos en los orígenes de los conocimientos de los artistas le quitan preponderancia a la originalidad de la obra, pero yo pienso todo lo contrario. Sin un conocimiento profundo y un diálogo consciente e inconsciente con el pasado, es poco probable generar una obra original, consistente y profunda.

Foto: Adriana Rostovsky

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