MARIELA MICHEL / Hace pocos días atrás me dispuse a ver una miniserie en Netflix que tenía un título prometedor: Adolescencia. Sentada frente a la pantalla televisiva mi expectativa era que se presentara ante mis ojos una escenificación, un retrato cinematográfico, una pintura audiovisual de esta etapa de la vida. Desde mi rol de psicóloga, me sentía como debe sentirse un gourmet preparándose para asistir a un banquete. 


ENSAYO

El título sugería que iba a asistir a una representación justamente de ‘la adolescencia’. Estamos hablando de un sustantivo que es equivalente a un concepto; se trata de  una categoría de máxima generalidad relativa a ese período del desarrollo humano, que mantiene para los ojos adultos algo de misterio, aún luego de haber pasado todos por él. Desde el cómodo sillón de mi hogar, yo iba a poder extraer conclusiones desde una perspectiva diferente a la lectura de manuales para responder una pregunta que nunca recibe una respuesta definitiva: ¿cómo es la experiencia de ser adolescente? 

Algo similar pasaría si algún productor cinematográfico hiciera una serie titulada ‘infancia’ o ‘vejez’. Nunca esperaría, entonces, si el título fuera “vejez”, ver un retrato de una persona de la tercera edad con rasgos de psicopatía grave. Por mi experiencia, esperaba que una película que retratara a un psicótico tuviera, por ejemplo, el título ‘Psycho (Psicosis)’, tal como ocurrió con el film de Hitchcock de 1960, un clásico del género de suspenso. Sería muy extraño comprobar que el retrato de un asesino delirante, en lugar de llevar el título Psicosis, se llamase ‘madurez’ o ‘adultez’. Este título y los afiches para su difusión dejan claro que se trata de un film de ficción cuyo objetivo es generar suspenso con algo de escalofrío. La palabra Adolescencia crea la expectativa de ver reflejada, de modo icónico, esa etapa de la vida aún si se tratase  del género ficcional.  

Apenas comenzó la miniserie, tuve que tirar las notas que estaba tomando a la basura. Una de dos, o me deshacía de ellas, o del título universitario que me habilitaba a ejercer la profesión. Mi comprensión de esa etapa de la vida es justamente la opuesta a la representación que estaba viendo en la pantalla. 

Bueno, me digo a mi misma, olvidemos el título que han escogido para la serie. Si logro omitir ese detalle, en el caso de que estuviera basada en la observación o descripción de alguna historia extraída de la vida real, podría aún ser interesante asistir a la escenificación de un caso de patología extrema. 

La violenta desfiguración de la ‘adolescencia’

En esta serie específica, estamos, sin duda alguna, ante un caso de patología psíquica excepcional: un personaje con un rostro que es la imagen de la inocencia infantil, se revela abruptamente como un ser macabro y despiadado. De un modo que resulta sorprendente, casi inverosimil, este  puber, recién salido de la niñez, es arrancado violentamente por las fuerzas policiales de un entorno con características comunes a muchas familias que forman parte de nuestra cotidianeidad, y que no vemos como negativas ni perniciosas en extremo. Quizás por la breve duración de esta serie no surge  el conocimiento de algún  episodio de su vida familiar que corresponda  al nivel de perversión del personaje protagónico, si tenemos en cuenta su corta edad. Nada de lo que vemos y oímos cuando llegamos a la escena que cierra la serie, en un entorno doméstico de aspecto abrumadoramente normal, como si fuéramos moscas en la pared gracias al universo ficcional, nos induce a juzgarlo como la cuna de algo siniestro.  

Comento esto con mi esposo, quien está especializado en semiótica y comunicación, y recojo sus comentarios: “No hay ninguna indicación explícita de que esté basada en hechos reales; no es presentada por la producción como perteneciente a un género próximo a la realidad, aún si ficcionalizada. Sin embargo, la estética utilizada es similar a las producciones que remiten a la realidad misma. Por ejemplo, las fotos que pautan los cuatro episodios de la serie recuerdan las que aparecen en los films o series llamadas docudramas, es decir,  la clase de ficción que se basa en la realidad”. 

Continuo asistiendo a esta serie con la esperanza de que aún sin ser una representación realista de ‘la adolescencia”, aporte de todos modos elementos para entender, al menos, a algún adolescente atípico. Había visto otros  films que han retratado patologías graves, que aportaron elementos de gran riqueza para entender la enfermedad mental. Recuerdo una historia basada en hechos reales que conmovió a muchos profesionales de la salud mental. Se trata del film italiano de 1968 dirigido por Nelo Risi sobre una joven esquizofrénica cuyo título no fue ‘juventud’, sino justamente Diario de una esquizofrénica. En ese caso se escenificaron episodios de una historia real estremecedora, pero también esperanzada, sobre la relación entre una joven muy perturbada y su  perceptiva terapeuta. 

En el caso de Adolescencia, si partimos de la hipótesis de que hay algo de la realidad que se refleja en el personaje que nos muestra, estamos ante un relato audiovisual extremadamente perturbador. Las escenas chocantes comienzan a desplegarse ya en el primer capítulo, cuando el protagonista de apenas 13 años, de rostro inocente, incluso angelical, es llevado con gran violencia por la policía a declarar por un crimen sangriento, premeditado y brutal. Su mirada mientras es interrogado transmite ingenuidad y dulzura, y no alimenta la menor sospecha sobre su posible culpabilidad. Vemos de modo crédulo como ese casi-niño defiende con imperturbable tenacidad su inocencia una y otra vez. Él niega haber sido el autor de ese acto despiadado no solo ante el interrogador, sino también ante su conmovido padre. 

Por la condición de extrema juventud, y por el aspecto del actor que personifica a Jamie, cuya belleza exterior parece reflejar su interior, este relato de ficción resulta mucho más escalofriante que el famoso film de Hitchcock.  Una de las fuentes del alto impacto de Adolescencia es que muy temprano en su trama queda muy claro gracias a un contundente registro visual que ese acto homicida efectivamente fue cometido por ese puber, o adolescente temprano, alguien que dejó la infancia hace poco. No hay suspenso alguno en esta serie: Jamie es el asesino. Cualquier psicólogo o incluso cualquier persona común sabe que para cometer un acto de esa naturaleza, de modo no accidental y con la extrema frialdad que se muestra en la serie, hay que atravesar una formidable barrera psicológica. Cruzar esa frontera no es algo que pueda hacer cualquier persona. Dar ese paso requiere una estructura psíquica forjada luego de un sufrimiento extremo muy prolongado, y que ese padecimiento comience en una etapa muy temprana del desarrollo.  

Un debate psicológico imaginario

Apenas escribí  arriba las palabras “cualquier psicólogo”, me di cuenta de que no todo psicólogo coincidiría conmigo en la observación de que lo retratado en la serie Adolescencia es desmesurado. Vienen a mi mente las palabras de un colega a quien escuché afirmar lo contrario en una entrevista mediática reciente. Transcribiré algunos fragmentos de su discurso para no dejar fuera de este texto opiniones que son contrarias a la mía. Cuanto más comentarios de profesionales encuentro sobre esta serie, mientras busco materiales para apoyar los argumentos de este ensayo, más me doy cuenta de que mi punto de vista no se alínea con la perspectiva de los representantes de la psicología o de la psiquiatría que manifestaron su opinión en los medios.

Decido publicarlo de todos modos. La celebración del número 100 de la revista eXtramuros es el ámbito adecuado para expresar un pensamiento disidente, un punto de vista que, aparentemente, se ubica fuera de los muros de la “ortodoxia psi” actual. El inicio de mi participación en este medio se remonta a los números dedicados a la difícil tarea de desafiar la “ortodoxia covid” (Mazzucchelli).  Agradezco a la revista el espacio que siempre se mantuvo abierto para poder mantener la fidelidad a uno mismo, un espacio de reflexión que permite disentir, y hacerlo desde una postura personal, aún frente a voces que se presentan en los espacios mediáticos como representantes de una ciencia que cada vez manifiesta mayor unanimidad.

Mi objetivo es entonces argumentar que las características apocalípticas asociadas a la adolescencia que comienzan a aparecer en las series actuales – y esta serie es paradigmática de dicha tendencia – son nocivas para adolescentes, padres y educadores, porque crean una impresión errónea al sugerir que reflejan cuidadosamente algo de la realidad. Por supuesto, es factible que exista acutalmente un aumento de la violencia social asociado a formas de vida más demandantes y que afecte a personas cada vez más jovenes.  Algunos estudios sobre las causas de la violencia en la adolescencia encontraron que hay una fuerte relación entre ésta y la variable “desintegración familiar” (1). Series como Adolescencia crean la falsa impresión de que, casos extremos de violencia sin precedentes pueden generarse de un día para el otro, en los propios adolescentes de un modo sorpresivo para los adultos que los rodean, independientemente del vínculo que tengamos con ellos (2). 

Estas formas de representar la adolescencia pueden ser dañinas tanto para los adolescentes como para sus padres y educadores, por la asociación de figuras muy jóvenes con rasgos monstruosos, es decir, con características perversas, de psicopatía, por un lado, y representaciones de adultos con quienes padres o educadores “suficientemente buenos” (Winnicott) (3) pueden identificarse, por el otro. La imagen de la adolescencia que surge de los medios actualmente se enfoca casi exclusivamente en fenómenos como el bullying, la adicción a las redes sociales y a los dispositivos electrónicos. La agresión, la violencia, el discurso de odio entre ellos son exhibidas como dominantes en los medios hoy por encima del compañerismo, de la solidaridad entre pares, y de la empatía, que son también característisticas de la adolescencia en todos los tiempos. Actualmente el estrés y la ansiedad se han transformado en verdaderas pandemias, y eso lleva a que comportamientos anómalos puedan ocurrir hoy con mayor frecuencia en edades cronológicas menores que en épocas anteriores. Pero la dimensión excesiva y el foco casi exclusivo en las alteraciones asociadas a la adolescencia desdibuja su imagen y eclipsa los aspectos positivos y afectuosos que en general prevalecen. 

Mientras escribo esto resuenan las palabras de Alejandro De Barbieri, un psicólogo especializado en la adolescencia, a quien escuché en una entrevista sobre esta serie e imagino su probable pregunta/objeción: 

  • De Barbieri (pregunta imaginada por mí): Al usar la expresión “dimensión excesiva”, ¿estás afirmando que la serie es exagerada?
  • Respondo imaginariamente: Sí, eso es lo que afirmo, pero no solamente eso, se trata de una exageración y además hay una rotunda desfiguración de la adolescencia. 

Para escribir esta nota reflexiva revisé un texto publicado con apoyo de la ANII titulado Tipología del homicidio en Uruguay, y este tipo de homicidio no forma parte de esta clasificación. La violencia en esta edad aparece en general asociada a adolescentes que forman parte de  pandillas de narcotraficantes. Si fuera éste el caso,  encontraría este relato más verosímil.  Pero el retrato de un homicida adolescente con las características y en el entorno que se describe en la serie Adolescencia, resulta bastante más que exagerado.

Para hacer justicia a mi colega, tengo la obligación de citarlo en contexto en una entrevista que dio sobre este tema en la que afirmó “esta serie no es exagerada”. Para eso citaré un fragmento textual de un diálogo no imaginado, sino real, que él mantuvo con una periodista en Viva la Tarde en Radio Sarandí (01/04/2025). 

  • De Barbieri: “Los psicólogos a veces no llegamos como puede llegar una serie que de repente hace espejo a los padres tan duro (sic) de lo que puede pasar en la adolescencia (… ) hay un crimen, y no es que todos nuestros hijos son potenciales adolescentes psicópatas, creo que esa no es la intención de la serie.”

A esto podría responderle que esas dos afirmaciones son contradictorias. Si la serie “hace espejo a los padres de todo lo que puede pasar en la adolescencia”, la serie está diciendo “que todos nuestros hijos son potenciales adolescentes psicópatas”. No hay otra posibilidad lógica, porque la serie en sus cuatro capítulos muestra un adolescente psicópata:   

  • De Barbieri: “Pero que sí puede pasar eso, porque ha pasado,  pero que estamos seguramente nuestros hijos y nosotros como padres en las escalas menores, que puede ser el maltrato, la agresión, la ausencia de padres que conversen entre ellos, los centros educativos (…) Es lo mismo que pasa acá, la serie no es exagerada. Cuando la gente dice es lo mismo que pasa… pero hace muchos años. Recuerdo ahora un mail que recibí de un director de un liceo que me decía: ‘Ale, ¿cuando podés venir?… porque todos los días llamamos a la emergencia por problemas de bullying, de agresión, de autolesiones, de ataque de pánico, desde hace años’. (enfasis agregado – M.M.)

No intento aquí contradecir a De Barbieri, ni al director del liceo mencionado por él, sobre esas grandes dificultades cotidianas, tampoco negar sus observaciones sobre incidentes de agresión o auto-agresión en los ámbitos educativos. Sin embargo, para decir que el perfil de adolescente que la serie presenta ejemplifica alguno de esos episodios cotidianos, debería relatarse algun caso concreto que se le asemeje. No hay solamente una diferencia cuantitativa (= mayor violencia) en lo que la serie escenifica, sino que lo que la serie busca representar es una estructura psicológica extremadamente dañada. En ese sentido, la serie no es meramente exagerada, no se trata de “escalas menores”, sino de modalidades diferentes de violencia. Y eso, De Barbieri lo sabe, a juzgar por su afirmación que comienza por “no todos nuestros hijos….”. El psicólogo afirma así que no todos los adolescentes están en riesgo de transformarse en un personaje monstruoso como el que la serie representa. Para aseverar que esa representación audiovisual realmente muestra un caso que tiene alguna conexión con la vida real o que representa  algún adolescente con existencia real debería estar basada en una  investigación seria y pormenorizada, ya sea bibliográfica o basada en alguna experiencia. No basta con afirmar que está inspirada o incluso basada en casos que aparecieron en los medios, sin que estos hayan sido investigados por parte de la producción cinematográfica.

La generalización de la anomalía en las series televisivas

Este subtítulo está en plural porque ésta no es la única serie que dibuja una imagen de un caso de psicopatía o psicosis extrema en la adolescencia con características chocantes, que se acercan  a un grotesco estremecedor, y que  además intenta generalizar esa representación a toda una generación.  En el desenlace de la serie Secretos y Mentiras (2015),  una adolescente, aún más joven, de solo 12 años, que fue retratada como dulce y cariñosa desde el inicio y lo largo de toda la serie, emerge como la autora de un crimen que la niña tramó puntillosamente con extremo sadismo. Abby invitó a su vecino y medio hermano, un niño de sólo 5 años, a huir junto con ella de su casa, a través de un bosque. Una vez allí, lo llevó hacia un lago donde planeaba ahogarlo. Ese plan de asesinato fracasó, porque el niño se arrepintió de su decisión de acompañarla al lago. Pero eso no hizo desistir a nuestra infantil protagonista, quien empecinada lo siguió hasta ultimarlo de modo sangriento a fuerza de brutales golpes, que ella le propinó con la linterna que llevaba para iluminar su camino nocturno hacia la muerte. No solamente sucede eso, sino que a lo largo de todo el relato, la adolescente oculta cuidadosamente su infanticidio, mientras observa como su muy querido padre es acusado injustamente de ese crimen. Ella lo abraza tiernamente para evitar que su madre la separe de él, mientras afirma con visible afecto ser “una niña de su padre” (a daddy’s girl). Menciono esta otra trama siniestra, porque también dibuja una criatura monstruosa de apenas doce años, es decir, en la frontera con la niñez. En la escena final de esa temporada, hay un diálogo que revela la intención argumental de  extrapolar un caso siniestro a la situación actual de la adolescencia en general.  

Dos son los personajes que protagonizan ese diálogo, que es un sombrío cierre de Secretos y Mentiras, que tiene lugar en un ruidoso bar nocturno, con unos tragos de por medio, para mitigar el dolor de constatar la monstruosidad creciente de los adolescentes en la actualidad. La primera en llegar a la barra es la detective que investigó con energía, obstinación y destreza el caso de infanticidio, hasta conocer la verdad sobre ese crimen atroz. Ella además es madre de otra criminal juvenil, a quien entregó con dureza y determinación para que fuera encarcelada.  El segundo en aparecer en esa escena, su ex pareja, un hombre maduro, un personaje hasta ese momento secundario a quien en la escena final la trama le encargó la difícil tarea de relativizar la severidad del castigo con base en descubrimientos de la neurociencia sobre la gran plasticidad del cerebro adolescente, aún en proceso de maduración. Nada pueden sus palabras poco persuasivas frente a la acidez de esta madre/policía, que sin dudarlo propina una estacada final al optimismo del hombre, cuya profesión es la psicología clínica. Con amargura ella reflexiona sobre la absoluta necesidad de castigar a la muy joven homicida, y de evitar que su padre se entregue en su lugar, como ocurre:

  • Un padre protege a una hija que intencionalmente cometió un crimen. Un hombre iluso cubre a una psicópata.
  • Pero tiene 12 años.
  • Los asesinos se están volviendo más jóvenes cada año.
  • Él piensa que la está ayudando.
  • No hay tratamiento.
  • Sus cerebros aún se están desarrollando.
  • Hacia volverse mejores asesinos.

Esas últimas palabras quedan resonando, y transmiten la sensación amenazadora de que peligrosos especímenes de esa generación tenebrosa están en libertad para ejercer el destino aterrador que la televisión les ha encomendado. 

El nacimiento de un monstruo en el interior de un cándido adolescente

En ambas series de Netflix, asistimos al surgimiento gradual de dos (o tres) figuras con características inhumanas. Durante el capítulo de Adolescencia que registra una entrevista ficcional con una psicóloga forense, todo hace pensar que el libreto tuvo como único objetivo el revelar paulatinamente la monstruosidad interior oculta detrás de una imagen de ternura que resultó ser apenas un bonito espejismo. Pienso que no hay otra palabra para describirlo que ‘monstruo’, que el diccionario define como ”ser que presenta  anomalías o desviaciones extremas respecto a su especie”.  El ser humano pertenece a una especie cuya supervivencia se apoya en el amor, ese sentimiento que se despierta en cada bebé, apenas llega al mundo y busca instintivamente el contacto con la piel y el calor de otro ser humano. El cuerpo de niño que aún tiene Jamie desentona brutalmente con el preciosismo de su discurso, con la destreza con la que cambia de tonalidades de voz para hacer imitaciones y burlas, sin que nada en el relato de su historia de vida explique cómo adquirió tal frialdad y soltura en el dominio del lenguaje y de la interacción social.  La desenvoltura con la que Jamie maneja la entrevista, sin sucumbir en ningún momento ante un sentimiento que lo vuelva vulnerable, es más que llamativa. Sus padres hablan sobre su vida recluida, dentro de los estrechos límites de su habitación y del entorno social de las redes, en las que él invierte la mayor parte de su tiempo. Así transcurre la cotidianeidad de muchos adolescentes en la época de las nuevas tecnologías. Esas costumbres de reclusión y de  reducción de la práctica verbal no explican cómo Jamie desarrolló tal sofisticación y destreza léxica, el comportamiento que él despliega en la entrevista. 

También hay una incoherencia en el relato cuando la psicóloga, una mujer hecha y derecha, se muestra intimidada e incluso asustada por ese cuerpo de baja estatura y escasa masa muscular.  Por otra parte, la escena revela su patología en base a su elocuencia, más que por su descontrol comportamental. Su discurso es ingenioso, paródico teñido de cinismo; incluso de sadismo, cuando recordamos el acto de máxima crueldad que Jamie cometió.  En cierto momento de la entrevista, aparece un sentimiento, se insinúa la ira, que su endeble cuerpo expresa como puede. Se trata de un acercamiento corporal que está lejos de justificar la necesidad de la psicóloga de dejar la habitación, y de realizar una contraescena prolongada en la que ella se repone con dificultad del enfrentamiento. Su temor resulta desproporcionado, no solamente con respecto al escaso vigor de la complexión corporal del púber, sino porque él se detiene por su propia voluntad a algunos centímetros de la psicóloga, que ni siquiera necesita ponerse de pie.  Luego de que la profesional vuelve de su pausa para tomar aliento, Jamie sufre un segundo acceso de ira, que él  también consigue controlar. Esta vez, la perito no se retira, sino que logra  que Jamie se contenga recurriendo a muy pocas palabras. Sin moverse de su silla, sin pestañar, le dice con tono suave y pausado: “Necesito…que… te… sientes.”  Ante esas palabras simples pero firmes, Jamie se detiene, retrocede, da unas vueltas por el salón para descargar su emoción, y se sienta en su propia silla. Ella manejó la situación con profesionalismo, pero con mucha colaboración de su oponente. Estamos ante una persona experiente que fue contratada para tratar con un asesino como el que se vio en plena acción en la filmación de la cámara de vigilancia. Todos los gestos para calmarse a sí misma, sus miradas hacia abajo, sus manos acariciando su frente, las respiraciones profundas de quien supuestamente está acostumbrada a lidiar con delincuentes peligrosos funcionan como espejos deformantes de la imagen infantil que vemos delante de ella, hasta volverla espeluznante. 

Cuando la cámara vuelve al rostro de Jamie, no es fácil ver en su fisonomía a ese ser monstruoso, pero nos vemos forzados por el guión a admitir que existe, que se encuentra detrás de su mirada ingenua, que habita en algún lugar interior de su delicado cuerpo. Nos vemos compelidos al igual que sus padres, a bajar los brazos y consentir, decir que sí, que ese es el asesino feroz que los hechos de esta ficción nos imponen.   No obstante, no hay en la serie, ni tampoco en las preguntas y reflexiones de sus padres en la escena final, indicio alguno sobre cómo se engendró y creció tan silenciosamente esa criatura inhumana en  el interior de un psiquismo aún en formación. Es posible admitirlo en la ficción, pero ¿en la realidad?

La  degradación de la adolescencia o de su representación televisiva

En el caso de la serie Adolescencia,  y de acuerdo a varios medios de prensa, estamos ante una serie que tuvo muy alto impacto, especialmente entre padres de adolescentes. Esto parece ser cierto, a juzgar por varios de los comentarios que aparecen debajo de las notas periodísticas que llegan por Facebook. A modo de ejemplo, transcribo aquí el comentario de una madre retirado de esa red social: “Mi hijo es adolescente y sentí una angustia tan grande al ver esta serie, ya que el personaje se comporta exactamente como lo hace mi hijo, inteligentes pero muy acomplejados de su apariencia física. Aún no lo supero.”

 Cabe notar que en una frase en que el sujeto es “mi hijo”, usa el plural en las palabras “inteligentes” y “acomplejados”. Entristece observar que ese plural remite a su hijo y al personaje de la serie. Guiada por la visión de sus padres con los cuales se identifica, ella coloca a su hijo en la misma categoría que el temible criminal retratado allí. Sin embargo, ninguna de las características que los asemejan “inteligentes” y “acomplejados” haría sospechar que su hijo se encuentra en riesgo de incurrir en un comportamiento similar al de ese personaje macabro. 

Pero su angustia es comprensible porque se trata de una producción televisiva que fue interpretada y comentada en varios medios de prensa como “inspirada por hechos reales”. Si eso fuera así, el relato filmado para su difusión masiva tendría todas las características necesarias para, literalmente, poner los pelos de punta a todos y cada uno de los padres, en sentido genérico, es decir, a todos los padres y a todas las madres de adolescentes de esta época, en la cual las redes sociales tienen un rol protagónico en la vida de las familias. Pero, nada indica que la serie Adolescencia tenga una base en hechos reales. 

Veamos primero cuál es el relato de Stephen Graham, el actor cuyo rol es el del padre de Jamie, sobre su inspiración en la vida real, ya que además él es uno de los autores del guión de la serie.  

“Hubo un incidente en el que un joven (supuestamente) apuñaló a una niña”, le dijo Graham —quien también actúa en la serie— a Tudum. Me impactó. Pensaba: ¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando en la sociedad donde un chico apuñala a una chica hasta la muerte” CNN en español.

Este relato fue traducido de la página Tudum de Netflix para la difusión del film bajo el título Everything to Knw About One-Shot Crime Drama Adolescence (Todo lo que hay que saber del drama de crimen filmado en una toma Adolescencia). La información sobre la base en hechos reales que el guionista nos presenta en esa ocasión queda relativizada por una sola palabra que él mismo introduce como un atenuador de sus propios dichos: “supuestamente”. Si esos hechos “supuestamente” sucedieron, no estamos ante hechos reales, sino simplemente ante rumores difundidos por la prensa. A pesar de eso, Graham pasa a atribuirle a esos “supuestos” (sic) actos criminales una causa que considera real. La causa la encuentra en el concepto de la “cultura incel”. Esa noción  atribuye, por propiedad transitiva, la culpabilidad de los actos “supuestos” a un también supuesto sector de la sociedad. La palabra ‘incel’ se nos informa a continuación, se refiera a “un acrónimo de célibe involuntario o involuntary celibate, en inglés.” En la nota de CNN, la periodista, Andrea Gómez, aclara que “El concepto describe a hombres frustrados por su falta de experiencias sexuales.”

Para conocer algo más sobre ese término abstracto “cultura incel”, podemos recurrir a la página GENEX, el programa por la igualdad de género de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en la que se narra su origen en una página de internet creada para ayuda mutua de hombres con dificultades para formar pareja:

“Sin embargo, luego de su creación, el ecosistema incel fue manifestándose en comunidades virtuales, integradas en su mayoría por varones, que fueron desarrollando una cultura propia. A través de los foros incels, fueron in crescendo en expresiones de misoginia, hostilidad, apología de la violencia hacia las mujeres y personas LGBTIQ+, deshumanizándolas y responsabilizándolas por su falta de interacciones sexo-afectivas, llegando incluso a promover o realizar actos de violencia extrema.”

El buscar las causas de un acto criminal adolescente nos llevó muy lejos de ese acto de crueldad específico tanto en la realidad como en la ficción. Primero, la serie busca representar como genérica la actitud no compasiva que motiva un acto puntual, y extenderla a la adolescencia como tal. Pero si damos un paso más, esa actitud violenta, física se atribuye a la influencia verbal de algunos hombres. Todo esto sigue siendo una mera suposición.

Si admitimos que existe la violencia adolescente en “escalas menores” (De Barbieri), la atribución de la culpabilidad  a la “cultura incel” vuelve a caer en una generalización sin base real alguna. El equipo productor revela así que más que basada en hechos reales, esta serie inglesa exhibida por Netflix se basó en la ‘perspectiva de género’. Al atribuir la culpa a un sector masculino exclusivamente exime de responsabilidad a las mujeres, incluso a las madres, que podrían ser consideradas como participantes en la transmisión de la violencia adulta a las nuevas generaciones. Eso explica por qué las preguntas de la psicóloga en la serie se focalizan en el padre y en el abuelo paterno. Lamentablemente, y a pesar de esto,  muchas madres responsables como la que cité arriba, han asumido la culpa por ese acto sangriento no cometido por nadie. 

Las notas periodísticas sobre esta serie parecen además estar empeñadas en confundir precisamente a las madres y a los padres más comprometidos que están más presentes en el desarrollo de sus hijos. Una muestra de la maniobra mediática de hacer pasar ficción por realidad  lleva este alarmante titulo: “La historia real que inspiró ‘Adolescencia’, la serie de Netflix más impactante y desoladora de los últimos años.”  Con ese título, podemos por fin esperar que alguna nota cumplirá la promesa de revelar cuál es la historia que da sustento auténtico a ese relato, y que nos asegurará que no estamos simplemente ante un producto de la imaginación truculenta de quienes lo construyeron. 

Nuevamente uno de los integrantes del equipo, esta vez el director de la serie, hace una afirmación que da lejos del blanco: 

El director de la serie, Philip Barantini, también contó en una entrevista para ITV News que la historia de la serie es ‘ficticia’, aunque está inspirada en ‘hechos que sucedieron y siguen sucediendo’, sin mencionar ninguno en concreto. (el énfasis es mío, MM)

Resulta llamativo que dos de los responsables del film que declaran que está basado en hechos reales no se refieran a ninguno. Desde el comienzo, la cámara enfoca un episodio violento y por demás concreto que involucra a un adolescente ficcional, pero específico, conmovedor, que aparece en primer plano en medio de una familia también concreta con padre, madre y una hermana, todos presentados con rasgos bien definidos y con una historia familiar nada ambigua. 

Otro ejemplo que bien puede aterrorizar a muchos padres es el de una nota periodística de TN que también circula por Facebook: “Quiénes son los incels de la vida real que mataron por frustración sexual e inspiraron la serie “Adolescencia”.”  

Bueno, otra vez parece que finalmente vamos a saberlo: ¿quiénes fueron? Grande es la sorpresa, cuando, luego de tanto bucear por internet, aparece por fin una respuesta con el nombre de personas concretas: ¡al fin las encontramos! Grande es la decepción, cuando en esta página del medio informativo argentino TN se nos dice, con total desparpajo, que la serie Adolescencia estuvo inspirada por hechos criminales llevados a cabo por dos adultos: uno de 22 años y otro un adolescente aún más ‘tardío’ de 25. 

¿Es verosímil un caso como el de la serie Adolescencia?

Bueno, nos han informado que no está basada en ningún caso real, pero ahora queda por saber si este caso ficcional es, al menos, verosímil. Las estadísticas disponibles aportan poco, porque no aparecen en ellas descripciones de casos con sus características específicas. Lo que importa aquí para extrapolar alguna conclusión a la adolescencia es decidir si este caso específico es plausible o no lo es. 

Existen datos estadísticos que relacionan la delincuencia o la violencia juvenil con determinadas variables. En la página de la OPS sobre violencia juvenil, aparece asociada con la exposición a la violencia generalmente en situaciones de asalto o robo. En el estudio realizado en Méjico menciobado antes, se encontró además de la causa de ‘desintegración familiar’, el vínculo con las variables “drogas y alcohol” y “corrupción de autoridades”. Ninguna de estas circunstancias están asociadas al adolescente de esta serie, al menos no es lo que la serie nos muestra. 

Para buscar alguna información personal, recurrí a una colega hoy retirada que tiene muchos años de experiencia en instituciones para la atención de personas con trastornos psicóticos para preguntarle si consideraba que el perfil del protagonista de esta serie le resultaba  verosímil. Respondió: “Hasta hace poco hubiera dicho que no habían precedentes para un caso así. Ahora tengo dudas por lo que estoy viendo en los informativos.  Ayer mismo mencionaron el caso de un adolescente que asesinó a un bebé de un año.”  A pesar de eso, su respuesta, si tomamos solo  u experiencia profesional que cesó hace algunos años, era que hasta ese momento el caso no era verosímil.

Cuando busqué información sobre la noticia de la muerte del bebé en Cerro Norte, encontré que se trataba de adolescentes con alta exposición a la violencia por su vinculación al narcotráfico. En ese sentido, no es comparable a la situación del protagonista de la serie. En Montevideo Portal, se informa que ese adolescente de 14 años fue imputado por una “infracción gravísima tipificada como un delito complejo especial y muy especialmente agravado de homicidio en calidad de autor”. Esta tipificación podría ser aplicada al caso de Jamie. Sin embargo, más adelante nos enteramos de que “el crímen se dio en el maro de un enfrentamiento entre bandas de narcotraficantes”. El adolescente de Cerro Norte, a diferencia de Jamie,  estaba rodeado de adultos que, sin lugar a dudas, son los verdaderos responsables de la muerte del bebé. El adolescente real más que un victimario feroz fue una víctima de la violencia de su entorno adulto. Probablemente, este victimario/víctima fue sacrificado para minimizar la responsabilidad de esos adultos, y de quienes hacemos la vista gorda frente a semejante abuso de la inocencia infantil/adolescente. Si buscamos en otras páginas de internet, aparecen otros casos similares o incidentes vinculados a robos o asaltos.

La serie Adolescencia ocupa los primeros puestos del ranking de audiencia, según Netflix.  La resonancia que ha tenido en el público resulta asombrosa. Al seguir buscando información sobre la base real de la serie, encuentro otra afirmación del protagonista/guionista Graham, que es aún más sorprendente que la de afirmar que se apoya en hechos reales que no tiene ninguna seguridad de que hayan ocurrido (“supuestamente” reales). En la página Cinemania bajo el título  ¿Se basa ‘Adolescencia’ en una historia real? El crimen que inspiró el drama que arrasa en Netflix aparece lo que puede ser una confesión de que la serie estuvo diseñada con el objetivo de hacer pagar a justos por pecadores:

«Podríamos haber hecho un drama sobre pandillas y crímenes con arma blanca, o sobre un niño cuya madre es alcohólica o cuyo padre es un maltratador violento. En cambio, queríamos que vieran a esta familia y pensaran: ‘¡Dios mío! ¡Esto podría estar pasándonos a nosotros!’ Y lo que está sucediendo aquí es la peor pesadilla de una familia común y corriente», concluye el protagonista, explicando precisamente una de las grandes claves de que la serie haya triunfado en todo el mundo.” (énfasis agregado, MM)

Si por un lado, la mayor parte de los estudios y las cifras relacionadas con la violencia juvenil, incluso muchas noticias en los informativos, la asocian  a fenómenos relacionados con pandillas, a la exposición a la violencia, a la desintegración familiar, a robos, asaltos, y a otros actos de delincuencia adulta, no se entiende qué los conduce a desear culpabilizar a una “familia común y corriente”. ¿Cuál sería la justificación de este equipo cinematográfico para desear volverla su “peor pesadilla”? Es difícil atribuir ese objetivo a un motivo diferente que no sea el sadismo de un equipo de producción cinematográfica. Graham nos dice sin remordimientos que son esos padres “comunes y corrientes” los que la serie busca reflejar a través de dos personajes torturados por la culpa, en el diálogo que tiene lugar en el último episodio, en la intimidad de su dormitorio. La palabra ‘LOVE’ aparece detrás de los padres en un adorno que se mantiene visible durante casi toda la conversación. Ese signo es tan espeluznante como la imagen c construida en la serie de una criatura inhumana que fue, literalmente,  engendrada bajo el amparo del amor.  Son padres comunes y corrientes como ellos, quienes resultan más vulnerables ante discursos culpabilizadores como éste. En especial, ésto es verdadero, si esos discursos se emiten desde espacios supuestamente respetables, como una serie televisiva legitimada por críticos y profesionales de la salud mediáticos. Son esos padres que, como la angustiada madre que escribió en una red social, se preocupan por el bienestar de su familia, quienes asumen la responsabilidad por crímenes que sus hijos no cometieron, y probablemente jamás cometeran. Son esos padres de una familia común y corriente los que menos merecen vivir esa pesadilla que el equipo creador de Adolescencia ha imaginado para ellos.


Notas  

  1. Ver a modo de ejemplo un estudio realizado en Méjico en 2005 titulado La delincuencia juvenil: fenómeno de la sociedad actual. accesible por la página Scielo a través del enlace https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-74252005000100009
  2. El libro de dos especialistas con experiencia en trabajo con adolescentes y con adictos severos titulado Hold on to your kids: why adults need to matter more than peers (2005) enfatiza que la influencia de pares y de las redes está supeditada al vínculo de apego con los adultos en el entorno familiar.
  3. D. W. Winnicott, The Child, the Family, and the Outside World (Penguin 1973) 

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