ENSAYO

Por Fernando De Lucca

Hemos podido mostrar una manifestación del ego humano al hablar de los abusos. Comprendimos medianamente que no solo abusamos de otros sino también lo hacemos de nosotros mismos. Y también intenté transmitir que el abuso -como acto de todos con todos- no solo es un momento de falta de contacto con el otro en un determinado espacio, es fundamentalmente también la inauguración interna en lo humano de una falta de conciencia transitoria en la cual cometemos un acto como perpetradores pensando que todo va a ser impune para siempre. Expresamos que el autoconocimiento que requiere reflexión, discernimiento, integridad y sobre todo inteligencia acerca de sí mismo es el camino posible humano para no ser un abusador o una víctima de abuso.

Creo firmemente que sin llegar a actos atroces deliberados y planificados para abusar del prójimo, la mayoría de los actos cotidianos de abuso son por no conocer la realidad y el amor. Es una suerte de fijación infantil a la cual regresamos en todos los momentos posibles para obtener sin escrúpulos lo que deseamos. Lo que codiciamos es lo importa. Es una compulsión a obtener lo que sea necesario para satisfacer nuestros deseos inmediatos. Es una adicción. Es una forma de despreciar y ser despreciable. Por supuesto que desde siempre el ser humano justifica lo que sea de la manera que sea. Para que esto no ocurra tenemos que conocer lo que nos ocurrió en nuestra infancia. La mayoría de las insatisfacciones infantiles crean monstruosidades en la adultez.

¿Pero qué es lo que quiero decir con insatisfacciones?

Está claro que la no se trata de frustraciones infantiles que incluso son necesarias para forjar un carácter que nos hace defendernos y adaptarnos. Se trata de no haber podido siquiera tomar contacto con la dimensión de todo un período de vida. Para que todo lo que falta en ese período sea conquistado –cosa que obviamente no es posible-, solo se nos ocurre obtener lo que deseamos a partir de una o varias acciones que conducen instantáneamente a la complacencia eufórica. Hay dos aspectos que hacen que estos actos sean repetitivos. El primero es que no sabemos que es lo que en realidad queremos satisfacer. Esto es porque hay un punto ciego tan grande que no podemos contactar con el origen de lo que nos falta. El segundo es que simplemente consideramos que debemos encontrar complacencia, ósea, no hay aspectos ético-morales que lo impidan porque esto tampoco se forjó pues pertenece al mismo período. 

La idea es transmitirles que el abusador/a es un niño/a sediento de reparar las carencias de la infancia.

Cuanto más temprano en la infancia es el momento de inconclusión, menor conciencia (pues en ese momento no la había) y tal vez más ferocidad en los actos. 

La penalización que se haga por medio de la sociedad supone saber siempre el origen y el estado psicológico del perpetrador. 

¿Y cómo llegamos a generar un cambio? A través del autoconocimiento. Muchos años trabajando sobre sí mismo para que sepamos primero que hemos abusado y lo seguimos haciendo ocasionalmente. Segundo para saber cuál es nuestra predilección en cada abuso. ¿Qué hacemos y con quiénes? En tercer lugar, ¿de dónde proviene?, ¿qué lugar dentro de nosotros  activa ese monstruo y qué podemos hacer para solucionarlo?

La psicoterapia junto a una natural búsqueda de significados de vida y trabajos de aumento de conciencia parecen imprescindibles. Es ahí que surgen los aspectos familiares junto a las pérdidas del amor. Todas las patologías están basadas en la carencia de amor en el desarrollo  de nuestra personalidad y corporeidad. Veamos lo complejo de esto. Lo familiar, la socialización, las etapas del desarrollo psicológico, la enseñanza, la suerte de tener buenos amigos, determinan lo que somos y por tanto como actuamos. Deseo tocar este tema pues es reviviendo en el presente la historia de nuestra vida y descubriendo lo inconcluso que quedaron muchos aspectos dentro de nosotros mismos que podemos cambiar.

La compasión es un atributo humano complejo. Está presente en niños, adolescentes, adultos jóvenes, personas maduras y ancianos. Parece ser que lo compasivo es un buen antídoto contra el abuso. En lo compasivo, el prójimo está presente. En lo amoroso, todo acto que violente a otros es inconcebible. Se debe descubrir lo que opaca la comprensión, la compasión y el amor por el otro y por la vida.

Todo esto se aprende. Los abusos que los adultos enseñamos a los niños es en estos casos lo que debe de analizarse. No es lo mismo que una madre o un padre abusen de sus hijos a que lo haga un tío o tía, abuelo o abuela y tampoco es lo mismo si lo hace el vecino. A mayor implicancia amorosa y familiar, mayor es el daño que ocurre en la personalidad. Por supuesto que a esto le podemos agregar el acto de abuso en sí mismo, pues no es lo mismo un abuso sexual infantil a pedirle al niño o niña que cuiden de su hermano o hermana menor como si fuera su padre o madre. 

Estas premisas necesitan una profundización mayor y eso me propongo -dada la vastedad del tema- en próximas publicaciones. 

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