* Desde Rusia, una versión conservadora sobre la situación contemporánea

PORTADA

“Nadie puede servir a dos señores <…> No podéis servir a Dios y al dinero”.
Mateo 6:24

Por Vasily Brovko *

El mundo se está volviendo loco. La gente llora al despedirse de las hamburguesas con queso y los nuggets. Hay peleas en las colas de IKEA por el derecho a comprar muebles de jardín. No se puede conseguir un billete en los vuelos a Ereván. En Uzbekistán se habla de nuevos emigrantes: rusos que han venido a trabajar. Nadie les obligó a salir de Rusia, huyeron por su cuenta. Los gritos de apocalipsis inminente, que ocurren en un país específico, resuenan en todos los blogs y redes sociales. Y si creemos a las redes sociales, ese país es Rusia. ¿Qué está ocurriendo?

En 1999 se estrenó en Estados Unidos la película Matrix. Una película que representa una realidad que no era la realidad de hecho. Una realidad en la que los humanos son controlados por máquinas. Un lugar donde los pensamientos, acciones, de todos están programados. La película se vio como una profecía sobre un futuro formidable pero lejano.

Sin embargo, Matrix, con su mundo ilusorio, envolvió a la humanidad mucho antes. Las bases para su aparición se sentaron hace mucho tiempo. Paso a paso, los elementos que constituyeron la base de la civilización occidental, el hombre del Renacimiento, racional, reflexivo y resistente.

El primero en caer fue el cristianismo – el componente moral restrictivo. La teoría del pecado mortal y los principios de vida recta, que durante mucho tiempo definieron la existencia de cualquier persona – desde el campesino al gobernante. Nietzsche puso fin públicamente a la destrucción del cristianismo. “Dios ha muerto”, proclamó uno de los
fundadores del pensamiento filosófico occidental. “¡Muerto!”, se hicieron eco sus entusiastas seguidores.

“Dios ha muerto, pero considerando el estado en que se encuentra la especie humana, habrá cuevas, durante siglos, en las que se mostrará su sombra”.

Friedrich Nietzsche, La Gaya Ciencia, 1882.

Así, se dio un paso que envió tanto a la civilización cristiana como a otras religiones monoteístas del mundo de vuelta a las cavernas. Esto fue aplaudido, admirado y llamado libertad de pensamiento, libertad de acción. Las cadenas cayeron, y el hombre llegó a ser él mismo. Al menos, así era como se representaba. La realidad era diferente. La clase dominante, dijo más tarde el filósofo italiano Gramsci, no tenía intención de renunciar al poder. Según Gramsci, necesitaban nuevos mecanismos para contener el proceso revolucionario (léase: pensamiento libre). Este mecanismo, según el filósofo, debía ser una realidad falsa o embellecida. La idea de Matrix surgió antes de lo que muchos piensan.
Muchos filósofos destacados advirtieron de la amenaza inminente: N. Danilevsky, K. Leontiev, V. Solovyov. 



Nikolai Yakovlevich Danilevsky fue el primero en señalar los procesos negativos que estaban teniendo lugar en la civilización burguesa de Europa Occidental en su obra “Rusia y Europa”. En su opinión, estos procesos conducían a la “deshumanización” del hombre, es decir, a la destrucción de los fundamentos morales. Pitirim Sorokin, filósofo y científico ruso exiliado de la Rusia soviética, fue más lejos en su pronóstico del futuro de Occidente. Sorokin estudió literalmente a Occidente bajo un microscopio en el departamento de sociología de Harvard. ¿Cómo, según Sorokin, iba a degenerar la civilización occidental? La destrucción de los fundamentos morales, sugería, llevaría a la desaparición de un sistema de valores verdaderos. “La frontera entre la verdad y la mentira, la justicia y la injusticia, la belleza y la fealdad… comenzará a desdibujarse inexorablemente hasta que sobrevenga el reino de la anarquía intelectual, moral, estética y social”, escribió en su obra “Dinámica social y cultural”.

Además, Sorokin creía que la situación se deterioraría rápidamente. “Los tratados y acuerdos perderán los restos de su poder vinculante. El magnífico edificio sociocultural construido por el hombre occidental en los siglos pasados. Su caída barrerá la democracia contractual, el capitalismo contractual y la sociedad contractual de personas libres”, predijo el filósofo. Habló también de la inevitable desaparición de la familia y de las pautas culturales, intelectuales y morales. Sorokin previó claramente nuestros días: su visión del futuro coincide notablemente con la realidad contemporánea.

“La desintegración de la familia como unión sagrada de marido y mujer, padres e hijos continuará… Los hijos se separarán de sus padres cada vez más pronto. Las principales funciones socioculturales de la familia disminuirán hasta que se convierta en una cohabitación casual de un hombre y una mujer, y el hogar se convierte en un lugar donde “aparcar” por la noche, principalmente para contactos sexuales. El lugar de Galileo y Newton, de Leibniz y Darwin, de Kant y Hegel, de Bach y Beethoven, Shakespeare y Dante, Rafael y Rembrandt será ocupado por mediocres pseudo-pensadores, artesanos de la ciencia, la música y la literatura, creadores de espectáculos – cada uno más vulgar que el anterior… El gran cristianismo será reemplazado por numerosas ficciones repugnantes, inventadas a partir de fragmentos de ciencia, retazos de filosofía, impregnadas de un primitivo batiburrillo de creencias mágicas y supersticiones ignorantes… 



La gigantomanía cuantitativa sustituirá al refinamiento cualitativo. “Lo más grande en lugar de lo mejor”; bestsellers en lugar de clásicos; apariencias llamativas en lugar de contenido interior; técnica en lugar de inspiración genial; la imitación en lugar de la creatividad, el éxito sensacional en lugar de la evaluación detallada; la “gestión operativa” en lugar de conocimiento ilustrado; el pensamiento será reemplazado por la “búsqueda de información”; en lugar de sabios habrá “Alices” (nota del autor); en lugar de auténticos criterios, falsos; en lugar de grandes líderes, fraudes.


Incluso los mayores valores culturales del pasado serán humillados. Beethovens y Bach se convertirán en cómplices de charlas rimbombantes, publicidad de laxantes, chicles, cereales, cerveza y otros placeres. Michelangelos y Rembrandts adornarán jabones y hojillas de afeitar, lavadoras y botellas de whisky. Reporteros y locutores de radio honrarán de vez en cuando a Shakespeare y Goethe, permitiéndoles ‘dejar huella’ en sus artículos y tertulias”.


P. Sorokin, Movilidad social y cultural, 1937-1941

Para crear una nueva falsa realidad, era necesario no sólo eliminar las barreras morales e intelectuales. Se necesitaban herramientas para cambiar la realidad, y éstas se convirtieron en los medios de comunicación de masas. El tono fue marcado por Occidente, y esto mucho antes de que se hablara de un futuro sombrío.

En julio de 1870, el canciller prusiano Bismarck ordenó la publicación de documentos diplomáticos falsos en los periódicos. El propósito de esta publicación era provocar una guerra con Francia convenciendo a su líder, Napoleón III, de que no había otro camino. La guerra comenzó y se saldó con enormes pérdidas. Este fue un primer intento de sustituir la realidad por una falsa esencia.

Todos estos procesos convergieron a finales del siglo XX y principios del XXI, reforzándose mutuamente y alcanzando su máxima expresión en la clásica frase de Adolf Hitler: “Cuanto más grande sea la mentira, más la creerá la multitud” (una frase de Mein Kampf a menudo atribuida erróneamente a Joseph Goebbels – nota del autor).

Con el desarrollo de la televisión y la industria del vídeo, el “imperio de la mentira” se convirtió no sólo en una herramienta sino el prototipo de esa misma Matrix, un nuevo mundo de “bella realidad” para todos sus participantes. Un mundo de Arnold Schwarzenegger, Rambo, vaqueros Levi’s, Coca-Cola y McDonald’s. Un mundo de consumo.

No se puede decir que los estudiosos occidentales no hablaran de cómo se estaba construyendo este mundo ni discutieran las consecuencias de esa “construcción”. La vieja Europa, con su potencial intelectual, se hizo eco de lo que estaba ocurriendo. Sus pensadores hablaron de la nocividad de fenómenos como la sociedad de consumo o, como decían la “sociedad del espectáculo” (Guy Debord, 1967), la “sociedad unidimensional” (Herbert Marcuse, 1964), el “simulacro” (Jean Baudrillard, 1981), el “globalitarismo” (Paul Virilio, 1977-1997). Pero, a diferencia de Sorokin, no predecían; ahora ya observaban. “Todo lo que antes se vivía directamente se ha convertido en mera representación” señalaba Guy Debord en 1967, hablando de la transformación de la realidad en espectáculo. Herbert Marcuse reconoció directamente que la mayoría de las necesidades de la “nueva” civilización occidental eran falsas, impuestas a los individuos por el sistema.

La mayoría de las necesidades imperantes de relajarse, divertirse, comportarse y consumiry consumir de acuerdo con la publicidad, amar y odiar lo que otros aman y odian, pertenecen a esta categoría de falsas necesidades.


Marcuse, El hombre unidimensional, 1964



El mundo de la Coca-Cola, las hamburguesas y Rambo fue consumiendo una nación tras otra. Las marcas, que sustituyeron a las directrices morales, y los nuevos dioses de Hollywood se convirtieron en marcadores que indicaban, a través de su consumo, la afiliación de un país a la “civilización”. Este proceso fue descrito por otro genio -Jean Baudrillard.

Ya en 1970, Jean Baudrillard sostenía que lo que se consumía no eran cosas reales sino sus representaciones simbólicas: marcas, etiquetas, logotipos. El consumo no implica elección, y dicta necesidades, como ejemplifica uno de los eslóganes citados por Viktor Pelevin: “Prepárate para querer uno”.

El consumo dicta pautas de comportamiento: las marcas permiten a los individuos identificar su lugar en la sociedad, su función y estatus. Precisamente por eso hay tantos bolsos Louis Vuitton falsos a nuestro alrededor. Los compradores que poseen copias falsificadas de bolsos auténticos, no pueden contradecir las normas de la matriz y rechazarlos; de lo contrario, temen no estar a la moda. Pero, ¿quién ha dicho que esta moda sea natural y real?

El uso de este mecanismo para influir en las mentes ha provocado un descenso del nivel general de la cultura. Hace cincuenta años, Baudrillard llamó a este estado de la sociedad la época de “la cultura común más baja”, una época del conjunto mínimo de signos accesibles incluso a las capas más incultas y marginales de la población. Es a través de estos signos, afirmaba Baudrillard, como se controlan los deseos y las acciones. Hoy conocemos estos signos como likes y emojis. Son las herramientas de la cúspide de la matriz: las redes sociales. El principal mecanismo para controlar personas, eventos y continentes.

Rusia, o más exactamente la URSS, perdió en la batalla contra la civilización del consumo, e intentó fusionarse con ella. McDonald’s, Rambo y otros superhombres empezaron a sustituir a nuestros símbolos. Durante más de 30 años, Rusia fue sistemáticamente condicionada a las reglas de una nueva vida, donde la medida principal era el consumo. Como nativos exóticos, nos daban dulces de la mano, y nos gustaban. Nos decían: “¿Para qué necesitas lo tuyo si tienes el mundo entero al alcance de la mano?”. Este mundo amable y gentil nos seducía con bellos productos, artilugios, coches y aviones. En la euforia del consumo, nos atrincherábamos más y más. La conocida fórmula “Estudia, aprende más, aprende para siempre” era sustituida por la más atractiva “Compra, compra y compra”. ¿Tu coche tiene ya tres años? ¡Cómprate uno nuevo! Cámbiate de ropa con cada nueva colección porque estás de moda. ¿No tienes estudios? Cómpralos. ¿Cansado? Págate un descanso confortable. ¿No tienes suficiente dinero? Pide un préstamo. Lo principal es pagar. Y para que no pienses demasiado, aquí tienes las redes sociales. Te conectan con el mundo entero. En el que no eres ruso. Claro, tenéis matrioskas divertidas, osos y tortitas. Todo lo demás es nuestro. 


En la conciencia rusa, esos códigos comenzaron a echar raíces, ese conjunto mínimo de signos de los que hablaba Baudrillard. Y no sólo los códigos. Rusia no era única en cuanto a los acontecimientos que se estaban produciendo. En un momento dado, la política perseguida por Estados Unidos condujo a una “hegemonía cultural” total e indiscutible en el mundo (según el político estadounidense Patrick Buchanan, haciendo referencia al filósofo italiano A. Gramsci). La Matrix se cerró. El nuevo mecanismo de control implicaba el control de la conciencia pública para justificar guerras, asesinatos y agresiones. El mundo del consumo implicaba guerras -por los consumidores y por el derecho de los consumidores a seguir consumiendo.
Esto también estaba previsto. Paradójicamente, la sociedad de consumo genera violencia:

El verdadero problema de la violencia surge en otra parte. Es el problema de la violencia real, incontrolable que segregan la abundancia y la seguridad cuando se alcanza un determinado umbral. Ya no se trata de una violencia integrada, consumida con el resto, sino la violencia incontrolable que el bienestar segrega en su propio logro“.

La sociedad de consumo: Mitos y estructuras, 1970

El consumo ha creado un mundo artificial, que también vigila y cuida. La existencia de este mundo significa la existencia de la propia hegemonía. Este mundo fabricado genera monstruos, homosexuales y transexuales, todo lo que es ajeno a la civilización tradicional. La conciencia pervertida de los habitantes del mundo falso produce noticias falsas, y su envidia hacia el sano mundo real genera agresividad, odio y crueldad. Para mantener esta configuración, ya no es la civilización occidental sino la “transcivilización” de Occidente la que está dispuesta a todo: a hacer la guerra, a desplegar armas ofensivas, a ampliar la OTAN, a organizar revoluciones de color, a exterminar a los pueblos indígenas, llevar a cabo guerras híbridas y poner en práctica complejos proyectos de caos controlado.

Si no hay motivo para la guerra, se creará y se llevará a cabo. La historia inventada por Bismarck se ha multiplicado muchas veces y ha llegado al absurdo. En 1999, la OTAN utilizó información sobre el genocidio en Kosovo para justificar su ataque a Yugoslavia. El 17 de mayo de 1999, el Secretario de Defensa de EEUU, explicando el ataque de la OTAN a un país soberano, declaró: “Sabemos que aproximadamente 100.000 hombres en edad militar han desaparecido en Kosovo. Pueden haber sido asesinados”. Más tarde, expertos de la ONU encontraron 2.108 cuerpos en fosas de Kosovo, de varios grupos étnicos y de edad. Pero nadie se acordó de esto.

El 5 de febrero de 2003, justificando el ataque a Irak, el Secretario de Estado estadounidense Colin Powell mostró un tubo de ensayo que, según él, era la prueba de que Iraq había desarrollado armas biológicas. Irak fue borrado del mapa. Más tarde se reveló que el tubo de ensayo no contenía nada.


Los acontecimientos de los últimos años en Siria han demostrado cómo los vídeos escenificados de ataques químicos y los informes de bebés supuestamente “masacrados” se difundieron a través de las redes sociales. El hecho de que no se hubieran producido no molestó a nadie.

Pero este no era el problema principal. Las imágenes de vídeo producidas por la organización de inteligencia británica “Cascos Blancos” fueron promocionadas en las redes sociales como un ejemplo de “humanitarismo” y la organización fue nominada para el Premio Nobel. Un documental sobre los Cascos Blancos en Siria ganó un Oscar, en su día el máximo galardón del cine. Esas mentiras recibieron los máximos galardones mundiales en cultura y humanitarismo. Los criterios para probar qué es verdad desaparecieron por completo. Los asesinos se convirtieron en héroes, y los héroes en asesinos. Éstas son las nuevas reglas de la “civilización” occidental, o mejor dicho, los frutos del mecanismo global de control de las personas: el mecanismo de las redes sociales. En ellas, no hay verdad ni falsedad bíblicas. Tampoco hay censura -sólo la única verdad del “mundo correcto”. La antigua censura ahora podría ser recordada como referencia de una edad de oro donde existía la verdad.

“La era de la “revolución de la información” es también la era de la desinformación: mientras que antes la falta de información y la censura caracterizaban a estados totalitarios que rechazaban la democracia, hoy ocurre lo contrario. Los telespectadores están desinformados al estar sobrecargados de información, con datos descaradamente contradictorios… El estado globalitario de alianzas económico-estratégicas ya no es la vieja censura con tijeras, es Babilonia. De ahora en adelante…la manipulación consciente se ha vuelto indistinguible de un imprevisto involuntario”.


Paul Virilio, La estrategia del engaño, 2000

Sin embargo, Matrix no se detiene únicamente en la agresión. Detrás del mundo ilusorio se esconden los deseos reales de sus amos. Quieren seguir generando ingresos. En las redes sociales se puede hablar sin parar de que ya no se necesitan recursos que antes eran esenciales, como los combustibles fósiles. Pero en realidad, el mundo (léase Matrix) sigue necesitando petróleo, electricidad, mano de obra y mucho más. Por lo tanto, su deseo de obtener algo de quienes lo poseen es ilimitado. En nuestro modo de vida anterior, cambiábamos petróleo por dólares impresos y sin respaldo. Su valor es igual de virtual, y nadie puede garantizar su conservación. En la nueva versión de nuestra vida, que estamos presenciando ahora mismo, la Matrix simplemente toma los valores que pertenecen a otros. ¿Cómo? Lo estamos viendo literalmente en nosotros mismos. Ahora mismo. En la mencionada película Matrix, los héroes eran desenchufados gradualmente, a través de la persuasión y ofreciéndoles una elección consciente. Con Rusia y su pueblo, las cosas sucedieron de manera diferente: fueron expulsados de Matrix porque el país fue contra sus reglas. Contra las mentiras, sus fabricados premios Nobel y los Oscar. Tras muchos años de vacilaciones y dudas, Rusia decidió por fin vivir en el mundo real.

Un mundo donde los valores morales siguen vivos, donde se preserva la ética cristiana familiar y tradicional. Queremos pensar, vivir y actuar como queramos, como dicta el sentido común y nuestro código genético.

La reacción siguió. No nos desenchufaron: nos expulsaron urgentemente de Matrix. Sin persuasión y elección. Sin píldoras rojas ni azules. Entonces empezaron a despojarnos de valores reales y virtuales, desde las reservas de divisas hasta las zapatillas Adidas.

Al parecer, los creadores del mundo ilusorio supusieron que, privados de McDonald’s y de la App Store, los rusos serían como adictos virtuales, privados de su dosis diaria de intoxicación. Y elegirían el camino de vuelta. La sociedad (especialmente en Moscú) experimentó un choque psicológico, un retroceso, al darse cuenta de que ya no todo es como antes. El luto por McDonald’s tuvo lugar, pero ¿fue un shock? Parece que no.

Así, se están llevando a cabo mayores “desconexiones”. Tras los intentos de privarnos de dinero, aviones, electrodomésticos, medicinas, smartphones y mucho más, la última baza está sobre la mesa: la matriz colectiva intenta anular el concepto mismo de “ruso”, convirtiéndolo en símbolo de algo inapropiado. Ya ni siquiera se trata de nacionalsocialismo o fascismo; es un fenómeno nuevo. ¿Qué significa?.

Todo lo que está fuera de Matrix es untermensch. Mostrar simpatía hacia ello, incluso notarlo, está prohibido; debe ser marcado como un ejemplo negativo, para que otros nunca se comporten de manera similar o se comprometan relaciones con él. Porque es la concentración de los vicios, con los que sueña infectar a todo el mundo, estropeando el hermoso mundo Matrix. Así, Yulia Tymoshenko puede decir que los residentes de Donbas pueden ser “fusilados con armas nucleares” y seguir en la Matrix.

El mundo “ilustrado” impulsado por las redes sociales se agita en éxtasis, haciendo clic en “me gusta”, dibujando emojis, sin saber siquiera qué es Ucrania o dónde se encuentra. Los líderes del mundo “ilustrado”, en un arrebato de frenesí, ni siquiera ocultan su ignorancia, seguros de que nadie les pedirá cuentas por sus palabras.

La situación internacional, evidenciada por las declaraciones de destacados líderes occidentales, demuestra el grado de confusión y desinformación que impregna la política mundial actual: 



“¿Cómo hemos llegado a una situación internacional en la que Putin invade Rusia”. 
”Putin puede rodear Kiev con tanques, pero nunca se ganará los corazones y las almas del pueblo iraní”.

Joe Biden, Presidente de Estados Unidos

“Si miran el mapa, verán a Hungría rodeada por Rusia”.

Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos

“Si Bielorrusia invade Ucrania, la 6ª Flota estadounidense se desplegará inmediatamente a las costas de Bielorrusia”.

Jen Psaki, ex portavoz del Departamento de Estado, EE.UU.

Estas declaraciones reflejan una profunda incomprensión o tergiversación de las realidades geopolíticas. La Matrix, junto con la transcivilización que ha engendrado, no contempla la posibilidad de negociar. Esta fuerza no reconoce la verdad ni la ley, violando principalmente su principal valor doctrinal: la inviolabilidad de la vida privada.

“Todo el mundo comprende que hoy cualquier sutileza jurídica no es más que un medio de engaño – desinformación puesta en flujo – diseñado para ocultar el colapso de la justicia visible”.

Paul Virilio, La estrategia del engaño, 2000

En este sistema, el dinero puede dejar de ser dinero, y un estadio de béisbol puede valer más que Rosneft. Por lo tanto, el diálogo con Matrix es inútil. Si Matrix ni siquiera reconoce la humanidad del presidente estadounidense Donald Trump, que fue privado
de sus cuentas en las redes sociales, declarado epítome del mal y sometido a todas las formas de censura pública, ¿qué se puede decir de los rusos? La civilización Matrix es peligrosa para cualquier nación porque se rehusa a ver una nación, sólo consumidores, símbolos, likes, emojis y calificaciones crediticias. No contiene individuos; ha construido una sociedad de consumo a una escala aterradora. de la novela de Stanislaw Lem, El Congreso Futurológico, donde cada persona ya tiene un papel asignado: el de consumidor silencioso. La humanidad “progresista” se ha sumergido en la realidad virtual y en un ilusorio de abundancia y prosperidad casi absolutas. Ver el verdadero estado de las cosas es prerrogativa de sólo unos pocos elegidos. La verdadera realidad es el colapso total de la civilización.

¿Tenemos elección? ¿Somos bárbaros que hemos perdido los valores de la civilización occidental? No. En el núcleo de la verdadera civilización occidental, la civilización de la Ilustración, siempre ha habido elección. Pero nunca ha sido sencilla.

El 31 de octubre de 1517, el humilde monje Martín Lutero clavó sus famosas “95 Tesis” en la puerta de la iglesia de Wittenberg, donde había sido ordenado sacerdote, y destruyó por completo las estructuras ideológicas de la Europa medieval y, en consecuencia, el orden sociopolítico de la sociedad debido al absolutismo católico.

Reflexionando sobre la simple cuestión de la “normalidad”, Lutero puso el mundo patas arriba, donde la falsedad, la injusticia y el imaginario no tenían cabida. Sus ideas determinaron en gran medida el surgimiento de la Europa de antaño, de la que nosotros formamos parte. ¿Fue fácil este camino? No. Condujo a una serie de conflictos y guerras.
Incluso ahora son inevitables.

Tanto nosotros como nuestros adversarios esperamos conmociones. “La fuerza bruta y el engaño cínico serán los únicos atributos de todas las relaciones interpersonales e intergrupales. El poder se convertirá en la ley. Como resultado, las guerras, revoluciones, rebeliones, la sociedad se verá envuelta en el malestar y la brutalidad. Bellum omnium contra omnes: el hombre contra el hombre, la clase contra la clase, la nación contra la nación, la fe contra la fe, la raza contra la raza”, predijo Pitirim Sorokin al narrar el fin de la civilización occidental. El tiempo ha confirmado todas sus predicciones. Ahora vemos la realidad de Matrix. Vemos cómo reclama a “los suyos”: en la histeria, sin entender siquiera dónde, por qué, la gente huye de Rusia. La droga Matrix es poderosa, y no todo el mundo puede librarse de ella. Pero tal vez ¿una evacuación urgente a Matrix hará que el aire sea más limpio en la Madre Patria? 


El “imperio de la mentira distorsiona las percepciones del futuro, privando al hombre de la idea del futuro como tal. Si un país está privado de una idea, ni los tanques ni los ejércitos ayudarán, por eso Alejandro Magno se llevó a Aristóbulo en su campaña a la India. Tenemos que encontrar nuestra idea. Lo tenemos todo para ello: nación, historia, cultura, intelecto.

Rusia ha desafiado al “imperio de la mentira” y ha iniciado el nacimiento de un nuevo mundo. Cómo será, lo descubriremos dentro de unas décadas. Creen que nos han desconectado. Nosotros creemos que hemos conseguido salir. Ya no hay Matrix. Y por tanto, ya no hay mentira.

(*) Vasily Brovko (1987) es productor audiovisual y Licenciado en Filosofía. Es objeto de sanciones por parte de Estados Unidos y sus aliados.

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