1920-1963

FILOSOFÍA

El lenguaje como “casa del ser” se me resiste, pues todo lenguaje me parece que es sólo un puente. En la comunicación, el lenguaje ha de llevar a un cumplimiento en la realidad, mediante el obrar, el hacer presente, el amor. Yo diría a la inversa: donde está el lenguaje, allí todavía no está o ya no está el ser mismo.
Karl Jaspers, epístola del 6 de agosto de 1949.

Por Bruno Gandini Oddone

Introducción:

Los filósofos Karl Jaspers y Martin Heidegger se conocieron el 8 de abril de 1920 en el sexagésimo primer aniversario del fundador de la fenomenología trascendental, y maestro del propio Heidegger, el filósofo Edmund Husserl. A la fecha, Jaspers contaba 37 años en esta tierra, y Heidegger apenas 30. El primero ya era reconocido, aunque no precisamente por su filosofía -la que desplegaría, previo estudio sistemático, recién años después-, sino sobre todo por su primera gran obra dada a conocer al público, intitulada Psychologie der Weltanschauungen.En el momento, Jaspers se dedicaba más bien a la psiquiatría, aunque ya perfilaba, mediante intuiciones fundamentales, lo que sería a la postre su filosofía existencial. 1 En efecto, más tarde sugerirá que no será sino mediante el no saber que se entre en la filosofía, lo cual provocará un vértigo, desencadenando como estado del alma la angustia y, consecuentemente, la persecución de sentido y un llamado, una apelación de la conciencia, a saber: ser sí mismo. Jaspers se transformará, con el tiempo, en el filósofo de los saltos existenciales. Se tratará de conocer y reconocer la situación límite (el límite del dominio científico sobre el mundo, el límite de la muerte que cada uno habrá de morir, la culpa que cada uno tendrá que asumir), habrá que decidir entonces, y saltar a ser sí mismo. Tal será el concepto de existencia para Jaspers. Lo postulará como un mandato incondicional, mas, a diferencia, por ejemplo, de Kierkegaard, esta exigencia no se transformará en desesperación, sino en desgano. Semejante coloración del alma quedará plasmada, asimismo, en sus cartas con el filósofo de Baden-Wurtemberg. Heidegger, por su lado, era en aquel tiempo asistente del maestro Husserl e impartía lecciones generales de filosofía en la Universidad de Friburgo. Sería recién en 1927 que alcanzaría la fama y el reconocimiento que la misma conlleva con la publicación de Sein und Zeit. Y a partir de allí, también, empezaría el “cacareo heideggereano” y la caída al “dolor y la vergüenza”, mediante su participación, algunos años después, en el régimen nacionalsocialista. De todo ello hablaremos oportunamente.

Del total de su intercambio epistolar, se conservan 155 cartas, algunas de las cuales jamás fueran enviadas. En las mismas se habla de “sentimientos”, de la “situación fundamental” y de la “revitalización de la filosofía”. 2 De una “comunidad de lucha”, del “desierto de la filosofía” de la época, de un “Husserl fuera de quicio”. Se habla también de los “grandes” de la tradición alemana, como Kant, Hegel y Schelling. Se habla también de la muerte de una madre, de la necesidad práctica de la filosofía que semejante evento implica, de decidir entre teología y filosofía en el momento final. Se habla de pensar, de la soledad, de poesía y metafísica. Se habla de la mar y la montaña, de los estados de ánimo, de los modos vitales. Se habla de la tristeza, la memoria y el agradecimiento. Y luego se deja de hablar. Pasan cerca de 10 años de silencio. En ese intermezzo flotan los recuerdos de un “mundo perdido”. Y cuando se retoma el intercambio, los tópicos cambian. Ahora el alma está verdaderamente desgarrada, y la época destruida. Entonces se habla de la desolación, del desastre, de las penas, de la “salvación”. Se habla de un hijo cautivo en Rusia, y de otro enfermo y devuelto a su tierra. Ser alemán ahora es ser “viajero y huésped”. Hay espacio todavía para la crítica filosófica. Pero lo más importante no es eso, sino la “vergüenza” y el “dolor”. La embriaguez de poder, la maldad, y la imposibilidad de la disculpa. Hacia el final, aparece el espanto, y uno de nuestros protagonistas se decide totalmente a ser lapidario con quien fuera, algún día, su amigo. Se llega al atardecer de la vida, y no hay nada más que decir. Se fue, y ya nunca más volverá.  

Ateniéndonos a fines meramente expositivos, y siguiendo el propio hilo de las epístolas, dividiremos nuestro comentario en dos partes: la primera tratará de los años iniciales, los años felices, los años de comunidad. Los mismos van desde 1920 a 1933, de este período se cuentan 123 cartas. El segundo momento, después del corte abrupto de 1933, es el que comprende desde 1942, después de casi 10 años sin hablar, y que comienza con una carta no enviada, hasta 1963, cuando Jaspers escribe una última carta que, como la de 1942, nunca enviará. Tal es el fin de la comunicación. Este segundo período consta de 31 cartas. Jaspers morirá el 26 de febrero de 1969, y Heidegger le sobrevivirá 7 años, hasta el 26 de mayo de 1976.

Primera parte:

La primera misiva de la que da cuenta el epistolario es una que Heidegger le dirigiera a Jaspers el 21 de abril de 1920. En la misma Heidegger hace referencia a “la tarde que pasé en su casa”, y al “sentimiento de que nosotros dos trabajamos, a partir de la misma situación fundamental, en la revitalización de la filosofía”. En efecto, estamos en el período inmediatamente posterior al fin de la Primera Guerra Mundial. La fe en la libertad y el progreso, la luna de miel de la burguesía liberal, las viejas formas del honor caballeresco, todo ello se había ido al tacho de la basura de la historia. Habían quedado, pues, la ruina, la destrucción y un sinsentido generalizados. Las cosas, igualmente, todavía habrían de empeorar algún tiempo después.

Lo que se podía escuchar en aquellos años –dice Hans-Georg Gadamer- era la crítica a la predominante idealización de la cultura erudita (Bildung), que privaba a la filosofía universitaria de su credibilidad […]. La situación espiritual del tiempo alrededor de 1918, […], estaba determinada por una falta general de orientación.
Resulta fácil imaginarse hasta qué punto los dos hombres, Jaspers y Heidegger, […] contemplaban con distanciamiento y crítica la vida universitaria y el estilo académico del escolasticismo filosófico y cómo se acercaron el uno al otro. 3

Pues bien, en estas primeras cartas el tono de Heidegger pareciera ser no tanto de amigo, es decir, de iguales, sino más bien (y puramente) de admiración, como la que siente un discípulo por un maestro, o un neófito por un avezado en la materia. Tanto es así que se refiere a Jaspers como “mi muy estimado profesor”, y se despide, “su devotísimo Martin Heidegger”. Jaspers, en cambio, le trata como a una promesa, como a una fuerza en potencia, y le responde con un “mi muy querido colega”. 4 Las primeras cartas mantienen este tono entre amistoso y admirativo, y así transcurren hasta una epístola fechada el 19 de noviembre de 1922, de Heidegger a Jaspers, donde se cambia ligeramente el estilo, con toda certeza debido a la familiaridad ganada en virtud del transcurso del tiempo y los episodios de convivencia filosófica, y donde ya se habla directamente de conformar una “comunidad de lucha” 5:

Los ocho días que he pasado en su casa me acompañarán siempre. Lo repentino, la ausencia de todo acontecimiento externo en esos días, la seguridad de “estilo” en el que cada día desembocaba en el otro sin afectación, el paso austero, sin sentimentalismos, con el que nuestra amistad se estableció, la conciencia de una comunidad de lucha que va creciendo en ambos “lados”; todo esto es extraño para mí, como el mundo y la vida es extraño para el filósofo.
Le agradezco de corazón una vez más esos días. 6

Encontrar en otro un amigo es algo verdaderamente precioso, divino, de igual modo que perderlo no puede ser sino una tristeza. Y es, precisamente, éste el afecto que le queda al lector una vez que se concluye la lectura del epistolario: tristeza, amargura, un gran sinsentido. Mas para llegar a ello todavía nos falta mucho.

A la citada carta responde Jaspers el 24 de noviembre del mismo año, y confirma la intención de Heidegger de fundirse en una comunidad amistosa, filosófica y de lucha. Dice así:

Usted sabe cuánto ha significado para mí nuestra convivencia y qué esperanzas tengo respecto del futuro. En el desierto filosófico de nuestra época es hermoso, cuando se experimenta, el poder tener confianza. Ninguno de nosotros dos sabe lo que quiere; es decir, ninguno de los dos posee un saber que todavía no existe explícitamente. ¡Lo que todavía puede surgir de ello! 7

Se trata del fervor de los inicios, naturalmente, previo a la cima (que nunca llegó) y la caída (insospechada por aquellos años). En la misma carta, y enseguida de lo antedicho, continúa Jaspers:

En mis rememoraciones frecuentes de aquellos días, me acuerdo de su anterior afirmación de que tenía que aparecer un verdadero anuario crítico, creo que nosotros dos tenemos que hacer uno. La filosofía de la época. Cuaderno crítico de Martin Heidegger y Karl Jaspers. Sólo nosotros escribiríamos en él; se publicaría en cuadernos libre de toda sujeción. 8

Parece casi como si se tratase de dos jóvenes filósofos que sueñan. Dice Jaspers: “no insultaremos, pero las exposiciones serán despiadadas”.9 Una comunidad de lucha para revitalizar el desierto de la filosofía que la época ha impuesto, despiadadamente: “[…] en la fantasía me alegro ya en ello. Pues que también le agrada es algo en lo que creo sin saberlo”. 10

Sabido es que a Jaspers no le caía en gracia la transformación científica de la filosofía, por lo que no podía ver con ojos amistosos la obra y pretensión de Husserl. Quizás sea por ello, aunque no se puede ni se podrá tener jamás certeza, que Heidegger despotricara así, ligera, irrespetuosamente, contra quien fuera uno de sus maestros. Dice en carta del 14 de julio de 1923:

Usted sabe que Husserl ha sido propuesto para Berlín; se comporta como un Privatdozent (profesor privado) que cambiaría su felicidad eterna por un puesto de titular. Lo que ocurre está envuelto en penumbras: ante todo se ve que el praeceptor Germaniae – Husserl está fuera de quicio (si es que alguna vez no lo estuvo, lo que es cada vez más discutible en los últimos tiempos)- va de aquí para allá diciendo trivialidades, lo que da mucha pena. Vive de su misión de “fundador de la fenomenología”, nadie sabe lo que es […], él comienza a barruntar que la gente ya no le sigue; cree naturalmente que es demasiado difícil – naturalmente una “matemática de lo ético” (¡el último grito!) no la comprende cualquiera […]”. 11

Por si ello fuera poco, remata Heidegger así: “queremos filosofar socráticamente”. 12 Tal es lo que se ha fraguada y lo que se desplegará en lo porvenir: una amistad de diálogo filosófico.  Más adelante, el 19 de mayo de 1925, le escribe Heidegger a Jaspers que está dando un curso sobre el “concepto de tiempo”13, de modo que intuimos que ya tiene en mente la idea de que el ser siempre va acompañado, que es ser y …, y que ese “y” es el espacio que la cabe al Dasein (el ser-ahí o el ahí nomás del ser, el ente que es el hombre en cada caso), que es la apertura y el esfuerzo comprensivo del doble movimiento de desocultamiento y ocultamiento, de luces y sombras, del ser y el ente, de lo que se ha llamado la diferencia ontológica, y que la suerte del Seyn 14 se juega, para decirlo en una palabra, precisamente en la explanación del tiempo. Unos meses después, el 10 de diciembre del mismo año, Heidegger le comenta sobre las dificultades que encuentra en la filosofía hegeliana, el problema entre el ser y la nada, problema que más tarde, como es bien sabido, le dará tanto que pensar. Dice así:

El “Hegel” quizá marche para usted demasiado lento – estamos en el “devenir”-. Y aquí se presenta, en mi opinión, una gran dificultad. Ante todo no comprendo en absoluto cómo ser y nada, en sentido hegeliano, pueden ser diferentes. Por el contrario, comprendo muy bien lo que Hegel propone como la auténtica paradoja, que el ser y la nada sean idénticos. Pues Hegel, en un extraño comienzo, determina el ser en forma totalmente negativa: lo inmediatamente indeterminado. Que esta negatividad es el no o la negación, es de hecho una tautología. Cómo de ahí puede algo “devenir”, no lo comprendo porque además la tesis de la diferencia entre el ser y la nada es totalmente oscura. 15

Pocos días después, el 16 de diciembre, continúa Heidegger con sus comentarios sobre Hegel, y ya perfila lo que será el acontecimiento por venir:

[…] desde el inicio, Hegel ha errado categorialmente respecto de la vida -existencia-, proceso y cosas parecidas. Es decir, no vio que el elenco de categorías heredado de la lógica de la cosa y del mundo no es, por principio, suficiente y debe preguntarse de forma más radical no sólo por el devenir y el movimiento, el ocurrir y la historia, sino por el ser mismo. 16 (las itálicas han sido agregadas)

Entrado el año 26, el 24 de abril, Heidegger comunica a Jaspers que ya está en imprenta lo que venía pergeñando, su monumental tratado Ser y tiempo. En la misma misiva, comunica una cuestión que luego será decisiva en su propia filosofía, a saber: la lectura de las Investigaciones sobre la esencia de la libertad… las investigaciones de 1809del filósofo del ansia como afecto de los afectos, del fondo sin fondo, de lo desfondado, del sinfondo y del mal como posibilidad de la naturaleza por debajo de la conciencia, de la careta del sujeto, al seno de la divinidad eterna, las tinieblas y la luz 17: “Schelling se atrevió a avanzar filosóficamente mucho más que Hegel, aunque también él es mucho más desordenado desde el punto de vista conceptual. Sólo he leído el tratado sobre la libertad. Lo tengo por demasiado valioso para que haya podido conocerlo en una lectura somera”.18 Heidegger escribe desde la altura de Todtnauberg, en la Selva Negra, lugar propicio para un espíritu de su cualidad, tanto para la filosofía como la poesía. Dice más adelante: “Es ya noche profunda, la tormenta barre las cumbres, crujen las vigas de la cabaña, la vida se presenta ante el alma pura, simple y grande. Con frecuencia deseo que usted pudiera estar algunas horas aquí arriba”.19

El 26 de diciembre del mismo año le dirá a Jaspers respecto del tratado que le catapultó a la fama: “Si (…) está escrito “contra” alguien, es contra Husserl, que lo vio inmediatamente, pero que desde el principio se atuvo a lo positivo. Contra lo que yo he escrito, aunque sin duda sólo indirectamente, es contra la filosofía del parecer”.20 En efecto, la propia obra está dedicada a Husserl, con “admiración y amistad” y, en el ejemplar enviado al propio maestro, se lee la siguiente sentencia de Lessing: “La mayor claridad fue siempre para mí la mayor belleza”. Ahora, si el tratado en cuestión es claro u oscuro, si oscila entrambos, si hay belleza en Ser y tiempo es cosa que debe decir cada lector en cada caso.

El primero de marzo del año 27 escribe Heidegger a Jaspers que su madre se muere: “[…] está postrada; no hay ninguna esperanza. Usted se dará cuenta bastante bien de que yo soy para ella una penosa preocupación que le hace la muerte más penosa. […]. La última hora que pasé junto a mi madre […], fue un fragmento de filosofía práctica que llevaré siempre conmigo”. 21 Y aquí se plantea la cuestión entre filosofía y teología, más precisamente, entre razón y fe, allende la mesa de trabajo del pensador, es decir, en la vida misma. Jaspers responde el día después de la siguiente manera: “con su madre ha tenido usted una experiencia difícil que yo no puedo valorar por adelantado. Que la alternativa filosofía-teología pueda desempeñar aquí un papel, desgarra el corazón”. 22 Jaspers entiende que la alternativa entre creer y no creer es mucho más profunda que la existe entre la ciencia de dios y la razón. Y que, en todo caso, lo esencial es recordar, no meramente el pasado de un alma, sino precisamente el presente y las posibilidades que el mismo implica: las posibilidades de ser sí mismo. La madre de Heidegger moriría poco tiempo después.

En la carta del 4 de enero de 1928 que Jaspers le envía a Heidegger, luego de que éste le visitara otra vez, se habla de filosofía, de la irremediable soledad del filósofo, que está, como en la vida, frente a esa, que es su filosofía, de la unión esencial de lo que es, es decir, de metafísica y de poesía. Dice: “He pensado con placer en los días que pasamos juntos. La soledad completa, a la que se está condenado en el pensar filosófico, queda entonces superada por un momento”. Y más adelante agrega: “Es nuestro sino: un mundo nuevo se manifiesta y nosotros somos pobres hombres que poseen lo necesario para darse cuenta, pero no lo preciso para crear la expresión filosófica o, lo que sería más importante, poética”. 23 Naturalmente, Jaspers y Heidegger compartirán este sino hasta el último de sus días. La misiva se remata con un elogio a Heidegger, a saber: que en lo fundamental, como sugiere el hombre de la cabaña en la montaña, “todo es metafísica o se encuentra en relación directa con ella”. 24

En las cartas de febrero de ese mismo año, intercambian sobre Kant y su doctrina. Particularmente interesante es lo que plantea Jaspers respecto del fin de la ontología. Dice:

¡Cómo se me conmueve el corazón cuando usted habla de Kant! Es el único en el que creo auténticamente. ¿Le descubre usted de nuevo? Sí, pero, en definitiva, sólo para sí mismo. Pues todo es manifiesto. Y todo esfuerzo de interpretación depara para la multitud sólo una “doctrina” más, como antes hizo el neokantismo – esa sirvienta de la ciencia en vez de la teología, más le hubiera valido ser de la teología-. […].
Lo que en realidad es Kant, no puedo saberlo definitivamente. En breve, diría: en definitiva, le preocupa seriamente el hecho de que Dios está escondido y la única exigencia de Dios reconocible en Él que dirige al hombre, la de ser libre. Interpreta la libertad, en la existencia y en el pensamiento está la dignidad que es propia del hombre, sin arrogancia; y la pequeñez sin miserable humildad. Con él toda “ontología” ha llegado a su fin. El pensamiento no es más que la transparencia de lo trascendente en el fenómeno. Es un salto maravilloso en el que el hombre llega a un sitio donde puede decir “yo mismo”, pero de tal modo que donde él es propiamente “yo mismo”, no es sólo él mismo. 25 (las itálicas han sido agregadas)

No es de sorprender, como hemos dicho, que Jaspers encuentre maravilloso el salto a la existencia del ser sí mismo. La dignidad del hombre no descansa sino en el fin final de la humanidad y en el imperativo categórico de la misma suerte, no meramente en lo que aparece, sino en lo que se es o, todavía, se debe ser (en otras palabras: lo nouménico y no meramente lo fenoménico). El fin de la ontología, pensamos, descansa en la Crítica de la razón pura, precisamente en el pasaje que establece que del ser no se puede sino decir dos cosas: o bien que es la cópula del juicio, o bien que es la posición absoluta de la existencia. 26 Que el cielo es azul. Y que es. De modo que ya no se trata de una ontología, sino de una más modesta “analítica del entendimiento”. Al respecto veamos, por ejemplo, lo que dice el filósofo español Vicente Serrano sobre el asunto:

No es de extrañar […] que Kant afirme del ser que es sólo la posición absoluta o la cópula del juicio, aquello que une sujeto y predicado. Y al afirmarlo así afirma una profunda verdad, pues el poema del ser (el ser de los antiguos) era también la posición absoluta a partir de cuya pintura se extraían los principios del saber, o el ser era el nexo universal del poema, tal como relataba Empédocles en su filosofía. Sólo que en Kant, extinta la naturaleza, la posición absoluta remite a la voluntad, como ocurre en Fichte y sus epígonos o en los pragmatistas más tarde, o en la voluntad de poder, y la cópula remite sólo a un operador lingüístico. Por lo mismo, tampoco es de extrañar que en Hegel el ser y la nada sean exactamente lo mismo, lo más vacío, como lo serán, por lo demás, en Sartre. Ni tampoco es de extrañar que Heidegger luche afanosamente por recuperar el ser, en el fondo, en términos de ausencia. 27 (el contenido entre paréntesis y las itálicas han sido agregadas) 

Pues bien, continuemos. Particular atención merece, desde nuestro punto de vista y en virtud de nuestra sensibilidad, la carta que le enviara Heidegger a Jaspers el día 24 de setiembre de 1928, y la respuesta que éste le dirigiera el 2 de octubre del mismo año. Allí se habla de la mar y la montaña. Dice Heidegger: “[…] el viaje por mar desde Stettin hasta Riga, hermosísimo -el mar, un espejo- de modo que poco pude experimentar la grandeza del océano; sin embargo, tengo que decir que en general el mar me parece insignificante y aburrido. Pero es una sensibilidad parcial del habitante de montaña”. 28 Naturalmente que es una sensibilidad parcial y, hasta diríamos, mentecata y miope. La mar, y esto lo sabían los griegos y los exploradores, es ante todo un puente. Y un consuelo, un regocijo, un alivio, una cura. Propiamente una forma de Sorge. Para decirlo todo: si no hubiese mar no habría humanamente nada. Pero mejor sería que On the sea hablase el jovencísimo poeta isleño: 29

Los que tenéis los ojos cansados, doloridos,
Regalaos la mirada con la amplitud del mar;
Los que en vuestros oídos tenéis un hondo estruendo
U os encontráis ahítos de pesadas cadencias,
Sentaos junto a una vieja caverna y meditad
Hasta que os sobresalten los cantos de las ninfas. 30

Pues bien, que el mar sea insignificante y aburrido, es mera doxa insignificante y aburrida. A todo esto, quizás lo más interesante no sea sino la respuesta de Jaspers. Dice así: “el mar no le fue agradable. Sólo algo puede ser liso como un espejo si la tranquilidad es uno de sus modos vitales”. 31

Casi sin darnos cuenta, hemos llegado a los albores de los años 30. El clima empieza a cambiar. Empieza a aparecer, a emerger indiscretamente, el afecto que dominará lo porvenir. La tristeza. Después de que Heidegger se “asuste” del “dudoso” éxito de Ser y tiempo, después de que los estudiantes empiecen con el “cacareo heideggeriano”, Jaspers le escribirá, el 24 de diciembre de 1931, lo siguiente a su colega y, todavía, amigo.

Hace doce años -me parece– era quizá perceptible, en mi Psicología de las concepciones del mundo, una chispa que apenas resplandecía. Le he estado agradecido durante estos años por su actitud crítica y su asentimiento a lo posible. Usted fue el único colega que supo lo que yo no había conseguido. 32 Cuando después, en Ser y tiempo, fue realmente visible una pequeña llama, ésta se presentó de tal modo que, debido a las escorias y las cenizas de la fenomenología, que encadenaban la atención como un juego de rompecabezas, él (se refiere a uno de los estudiantes que “cacareaban”, W. Brock, quien fuera asistente del propio Heidegger, y que más tarde sería apartado de su cargo por una de sus líneas de procedencia, a saber: la judía, nota de B.G.O.) podía ser desviado a lo que usted llama heideggerías. Si yo ahora he logrado una segunda llamita, no he hecho más que eso. 33 (itálicas en el original)

Y más adelante agrega lo esencial:

En los últimos años mis relaciones con usted estaban recubiertas de una cierta tristeza. A mi carta en la primavera de 1930 sobre la posibilidad de que usted viniera a Heildelberg – una carta de preocupación y de temor que podrían ser disipados mediante una palabra – creí que no obtenía otra respuesta más que: “no tenemos una sociedad mercantil”, expresión que usted me dijo en Pentecostés respecto de Sternberger y que yo no podía olvidar porque parecía que se acomodaba a mi carta de la que, por otra parte, no oí nada. Pero me engañé. Por eso la mera posibilidad de lo otro ahora me es suficiente. 34

A pesar de todo, Jaspers mantenía un cierto optimismo, en cuanto a la amistad, y en cuanto a la filosofía. No podía prever con toda claridad, todavía, lo que habría de acontecer. Decía unas líneas más adelante: “Según lo que cabe presuponer, a la larga, la filosofía de las universidades alemanas se encuentra en sus manos”. 35 Mas la tristeza y el desgano, en virtud de un deterioro físico y anímico, ya embargaban su alma: “Para mí es un profundo dolor que sólo repite lo que ha sido durante mucho tiempo mi vida: que no puedo ir al mundo, que no me es posible, en el momento presente, sorprender a los hombres ni pueden sorprenderme”. 36 Como si se le hubiese terminado, prematuramente, la filosofía. Más adelante, Jaspers se reconoce empero como un filósofo al servicio de los grandes, tal y como Heidegger. Se limita a presentar la posibilidad de una crítica y de un ejercicio apropiador. Y se despide: “en su cabaña usted estará incomparablemente bien. ¡Si yo le pudiera encontrar a usted en los valles de montaña en un recodo del bosque!”. 37 Mas pronto, sin embargo, los caminos de bosque (Holzwege) se transformarán en trillos de leña cortada. 38 Llegará la conmoción de la época, habrá que apelar a la memoria y el agradecimiento, en una palabra, a la propia filosofía. Pero ello no alcanzará para evitar la caída, la desgracia y la vergüenza.

Segunda parte:

En 1933 el nacionalsocialismo arriba al poder en Alemania. En abril de ese año Heidegger asume como rector de la Universidad de Friburgo. Pronuncia un célebre discurso. Días después se afilia al partido. Su rectoría dura menos de un año. Posteriormente se reedita Ser y Tiempo. La dedicatoria a Husserl desaparece. Luego, en 1938, Husserl muere. Husserl era judío. Heidegger no participó del funeral, tampoco envió condolencias. Tal fue el final para maestro y discípulo: un triste desenlace para el pensamiento (Denken) como agradecimiento (Danken).

Jaspers y Heidegger siguieron intercambiando sus obras, incluso durante la guerra. Mas las epístolas fueron cada vez menos frecuentes y, llegado un punto, nulas. El 12 de octubre de 1942 Jaspers escribió una carta que nunca envió. En la misma se lee: “Ya no sé bien ni con claridad a quién debo escribir, pues desde hace casi 10 años no hemos hablado”. 39 Y luego: “[…] no oí nada más de usted, ni cuando se trataba de mi suerte personal desde 1937 ni cuando le envié dos libros, en 1937 y 1938, de los que puedo conjeturar que probablemente usted los tuvo en sus manos”. 40 Precisamente en 1937 a Jaspers le fue prohibido enseñar, merced de una ley de restauración de la función pública. Se le dio una pensión. La verdadera razón fue que su esposa era judía. Desde 1934 Jaspers se transformó en viajero y huésped, como él dice, que tal había sido su sino de alemán. En carta de 1949 recordará una frase que su padre le dijera en aquél año fatídico: “¡Joven, hemos perdido nuestra patria!”. Dirá Jaspers al respecto: “Una tristeza extiende un velo sobre todo eso. De ella ya no salgo, pese a toda la jovialidad de la fachada”. 41

En 1948, el primero de marzo, Jaspers escribe otra carta que nunca enviará. Dice: “Cuando en 1945 concluyó el peligro de la censura nacionalsocialista, esperé una carta suya que tendría que explicarme lo inexplicable para mí. Pienso que usted tácitamente renunció a todo encuentro conmigo y, finalmente, a toda palabra, esperaba una explicación que partiese de usted y que en ese momento era posible sin cortapisas”. 42 Más adelante se explaya:

Los buenos recuerdos que nos unen y que proceden de un mundo perdido hace mucho tiempo, no se han borrado para mí. Mientras tanto, hemos vivido desde 1933 sin contacto, en mundos diferentes. Ocurrió una ruptura fáctica después de que ya no fuera posible volver a unirse al pasado sin decir una palabra.
Pero me es extraño y casi insoportable estar separado de alguien con quien he estado unido. He sufrido por usted desde 1933, hasta que, como suele ocurrir en el transcurso del tiempo, este sufrimiento casi desapareció, ya en los años treinta, bajo la violencia de cosas mucho peores. Sólo permanece un lejano recuerdo y un asombro siempre nuevo que de vez en cuando experimento.
Pero, al igual que ha sido hasta ahora, no quisiera hacer definitiva, enunciando su facticidad, la ruptura que usted no llevó a cabo expresamente con hechos. Al contrario, en lo que de mí dependa, deseo mantener la posibilidad de que entre nosotros pueda producirse una conversación sincera. 43

Como puede apreciarse, Jaspers mantenía un espíritu justamente sincero, un sincero sentimiento de amistad, un vivo recuero de lo acontecido, y una esperanza. Estamos en 1948. Las cosas se irán tornando, conforme pase el tiempo, más oscuras, tenebrosas, tétricas (si cabe). Ahora bien, será menester detenernos un poco más en esta misiva. Luego de enunciar que esperaba una palabra de Heidegger posterior al fin del terror, y no obtenerla, Jaspers escribe que, en cambio, recibió, por iniciativa del propio Heidegger, una suerte de pedido de informe por parte de la Universidad de Friburgo a propósito de éste último. Jaspers lo escribió y, además, autorizó expresamente a que Heidegger conociera parte del contenido del mismo, “los pasajes con relevancia práctica”, según se indica. En el señalado informe se comunica que Heidegger se mostró, en su última entrevista, ambiguo respecto de la cuestión judía y, más adelante, directamente antisemita. Se dice asimismo que, en la Alemania de la época, él era un filósofo único. Y también dictatorial, no libre y carente de comunicación. Una mala influencia para la juventud de un país destruido, arruinado, degrado hasta los más bajo. Dice también que es un ingenuo. Veamos algunos pasajes del informe:

Yo había esperado poder guardar silencio fuera del círculo de los amigos de confianza. Pensé así desde 1933, cuando después de la terrible decepción decidí permanecer silencioso por fidelidad a los buenos recuerdos. Esto me fue fácil porque Heidegger en nuestra última entrevista de 1933 por su parte guardó silencio ante preguntas delicadas o respondió de forma imprecisa – especialmente respecto de la cuestión judía – y porque él no continuó con sus visitas regulares que había realizado durante los diez años últimos, de manera que no nos volvimos a ver.
[…].
En los años veinte Heidegger no era antisemita. La expresión totalmente innecesaria del judío Fraenkel demuestra que en 1933, al menos en ciertos contextos, se había hecho antisemita. En esta cuestión no sólo practicó la discreción. Esto no excluye que, como tengo que suponer, el antisemitismo fuera en otros casos contra su conciencia y su gusto.
[…].
A veces actúa como si la seriedad de un nihilismo se aliase con la mistagogia de un encantador. En el torrente de su lenguaje se puede a veces tocar el nervio del filosofar de un modo grandioso y oculto. En esto es, entre todos los filósofos contemporáneos de Alemania, tal como yo lo veo, único.
[…].
Es deseable una total libertad de enseñanza, pero no cabe establecerla inmediatamente. El modo de pensar de Heidegger me parece que, por su esencia, es no libre, dictatorial y carente de comunicación, sería hoy fatal en la enseñanza. (…). Hasta que en él no se produzca un auténtico renacimiento, que sea visible en su obra, en mi opinión, un docente así no puede estar presente ante la juventud actual […].
[…] ciertamente Heidegger no comprendió todas las fuerzas y los fines auténticos de los líderes nacionalsocialistas. Que él haya creído que podía tener una voluntad propia, lo demuestra. Pero su modo de hablar y sus acciones tienen un parentesco con los fenómenos nacionalsocialistas, que hace comprensible su error. Él, Baeumler y Carl Schmitt son profesores, muy distintos entre sí, que han intentado encabezar el movimiento nacionalsocialista. Estérilmente. Le aportaron un auténtico poder espiritual para descrédito del buen nombre de la filosofía alemana. De ahí procede ese rasgo trágico del mal […]. 44 (las itálicas han sido agregadas)

Hemos citado en extenso porque el contenido de la cita así lo ameritaba. Se trata de un testimonio altivo y sincero, sobrio y comedido, de amigo de sus amigos, mas también de amigo de la verdad. No será baladí detenernos y reflexionar a partir de este informe por unos momentos. “A veces actúa como si la seriedad de un nihilismo se aliase con la mistagogia de un encantador”,dice Jaspers.En efecto, sabido es que Heidegger consideraba la historia de lo que se dice Occidente como un proceso nihilizante. Y es precisamente esta tradición, la tradición del triunfo del reverso del dios judío, su solapada contracara, la nada divina, la que encuentra con Heidegger su más alto lenguaje o jerga filosófica. Se trata de encontrar el fondo divino en el corazón de la razón. Señaladamente, lo que en esta tradición era pura impotencia, toda vez que, por ejemplo, en Jacobi se mostraba como grotesco, en Schelling como un desvarío, en Nietzsche como una excentricidad, en Heidegger llegará a ser filosofía universitaria, oficial, académica. Pero, ¿qué es este nihilismo? Para responder echemos mano del ya citado Vicente Serrano, dice así: “ese supuesto nihilismo proclamado no será otra cosa que la disolución de la razón y el triunfo de aquello frente a lo que se alzó la razón ilustrada. Siendo rigurosos, a eso le podemos llamar Dios, siendo literales, le podemos llamar la nada”. 

No libre, carente de comunicación y dictatorial. Muchas interpretaciones son aquí posibles. No libre porque está sujeto a la institucionalidad. Dictatorial por la esencia misma de lo antedicho. Y falto o carente de comunicación porque el lenguaje aquí es una casa, como la montaña, y no un puente, como la mar. Y como lo es para Jaspers. Cerremos estos comentarios deteniéndonos precisamente en la cuestión del lenguaje. Y agreguemos un adjetivo más a los utilizados por Jaspers, a saber: reaccionario. 

En sus años mozos Heidegger estuvo indefectiblemente ligado a la fenomenología propulsada por su maestro directo, el ya mencionado filósofo alemán Edmund Husserl. Ahora: ¿qué fue la fenomenología? Entre las muchas respuestas que caben a dicha pregunta, una es la que más nos interesa en este caso, a saber: la fenomenología fue, como el idealismo alemán en su día, un intento por recuperar lo que ya ha sido para siempre perdido. Esto es: un intento por recuperar el vigor ontológico, más precisamente, un redescubrimiento de lo que se decía el ser y su posterior purificación. Un intento por reasignar a la filosofía el centro y la funda-mentalidad que había perdido al filo de la modernidad. Una suerte de vuelta, entonces, a fervores escolásticos, premodernos y, en alguna medida, antiguos. “La ontología sólo es posible como fenomenología”, decía Heidegger planteando así la necesidad de “un nuevo comienzo” frente a la ciencia moderna. ¿De qué se trataba? Pues de un regreso, como hemos dicho, al ser, lo que es decir lo mismo en esta nuestra tradición, a dios y la divinidad. Y ello por un motivo de orden fundamental: porque el ser ya no es y no puede ser la naturaleza de los poetas-filósofos griegos, sino la identidad con su teológico asesino, es decir, dios. De ahí que el ya citado Vicente Serrano diga lo siguiente: 

Ya no es el sujeto que hace preguntas a la naturaleza, sino más bien es el sujeto quien pregunta por el ser, pero no como el juez que demanda su colaboración a los testigos, sino más bien con la actitud del fiel que ora ante una dimensión desconocida, que no se llama Dios, sino simplemente ser, que es una instancia de la que nada sabemos, excepto el hecho mismo de que preguntamos por él. 46

Ahora bien, Heidegger se dio cuenta más temprano que tarde que la fenomenología de Husserl, lejos de haber constituido un cambio radical, pertenecía por su propia esencia al proyecto de la ciencia moderna: se trata de la conciencia y su objeto. Y aquí estamos en el punto clave: Heidegger sacará, a partir del impulso fenomenológico, otra suerte de discurso y un discurso de otra suerte: el discurso del ser. Dicho en otras palabras: la transformación hermenéutica de la fenomenología. Señaladamente, este discurso que había perdido su centralidad en los dos siglos anteriores, y que había sido reclamando tanto por Jacobi como por Schelling (lo que se ha llamado “el Schelling tardío”), como hemos sugerido, reencuentra ahora toda su vigorosidad ya no en los márgenes de la filosofía, sino en su corazón. 

Mediante ese regreso al ser en el interior de la fenomenología y al hacerlo en los términos y en principio con la metodología de ésta, Heidegger estará situando a la tradición a la que pertenece en el centro del discurso filosófico del momento, y lo hará con la metodología y el rigor del que había carecido la tradición antiilustrada hasta ese momento, y en definitiva está liberando a esa tradición de la marginalidad que habían padecido Jacobi, antes de él Hamann, o el mismo Schelling. Es éste un acontecimiento decisivo en la historia de la filosofía y del pensamiento europeos de los dos últimos siglos, y es seguramente la clave de la repercusión (y de la fascinación, agregaríamos) de la obra de Heidegger. 47 (contenido entre paréntesis agregado)

Entonces tenemos, de un lado, el lenguaje y su existenciario, a saber: el comprender. Y de otro, el sentimiento y su existenciario, a saber: el encontrarse. Y estas dos instancias eran, justamente, las alternativas a la razón ilustrada que habían encontrado Jacobi y Hamann en su día. De modo que el señalado dios o la señalada nada, que son lo mismo, dejan sus marcas (los existenciarios) en el interior del Dasein, convirtiendo, de tal suerte, a la razón en nada más que un espectro o, en el mejor de los casos, un subsidiario. Ahora: ¿por qué hemos adjetivado todo este discurso como reaccionario? Porque lo es en el más estricto sentido del término: porque busca recuperar lo que ya ha sido para siempre perdido, porque busca recuperar algo que ahora no puede ser sino nada, a saber: ser y dios (sólo un dios podrá salvarnos). Para decirlo todo y en una palabra: ya no hay y no puede haber naturaleza ni dios, toda vez que ambos han muerto, y toda filosofía de esta suerte no es sino una filosofía de la nada. 45

Pues bien, volviendo al informe a partir del cual hemos pensado los pensamientos que preceden, Jaspers propone que se le dé a Heidegger una pensión, con el propósito de que pueda seguir filosofando, escribiendo, publicando y que, asimismo, se le suspenda por algunos años de la función docente. Si, transcurrido el tiempo y merced de los acontecimientos políticos, el espíritu público es capaz de regenerarse y alcanzar la autonomía, no sería, dice Jaspers, menester mantener la suspensión de Heidegger.

El 6 de febrero de 1949 Jaspers envía otra carta. Allí manifiesta que el dolor de su “alma alemana” ha sido cada vez peor desde 1933 y que, lejos de unirles, les ha separado cada vez más. No la política, dice Jaspers, sino lo monstruoso ha prohibido cualquier palabra entrambos, en esos años en que ha estado proscrito y amenazada su vida. “En cada momento me es presente mi esposa, de la que dije en nuestro último encuentro que resultaba decisiva para todo mi filosofar (todavía veo su cara con expresión de asombro)”. 48 Recuerdos en el alma de los días en que eran amigos. Un pasado que se fue (y que, de vuelta, ya no volverá). Una suerte de persistencia en que sea algo todavía lo que ya no es. Jaspers remata así la carta: “Le saludo como desde un lejano pasado, sobre el abismo del tiempo, apoyándome en algo que fue y que no puede no ser nada”. 49 Lamentablemente nada más que un recuerdo, ora vivo, ora muerto.

Heidegger le respondió el 22 de junio del mismo año. Se limitó a reconocer lo doloroso de la lejanía, y habló de “lo que no hay que hablar”, la soledad: “[…] ella sigue siendo el único lugar en el que el pensador y el poeta, en la medida de las posibilidades humanas, están frente al ser”. 50

En carta del 5 de julio del mismo año Heidegger se explaya sobre sobre sus imposibilidades, “no encontré un camino para el diálogo”, dice. Habla luego sobre uno de sus hijos cautivo en Rusia, y de otro devuelto a casa a causa de encontrarse enfermo. Confirma que el “desastre alemán” será una discusión vitalicia. Habla, como es natural en él, de “un camino hacia la salvación”, aunque luego pronostica “tres siglos de desolación”. Hacia el final escribe: “La marea de las penas continúa subiendo, el hombre se hace cada vez más plano”. 51

Podríamos indagar en muchas más cartas, en muchos más pasajes, toda vez que el epistolario es asaz rico en contenido filosófico. Sin embargo, va llegando el momento de que nos detengamos en lo que hemos señalado como lo esencial de esta segunda parte: el dolor y la vergüenza.

Confiesa Heidegger en una epístola fechada el 7 de marzo de 1950:

Mi querido Jaspers:
Si ya no volví a su casa desde 1933 no fue porque en ella viviese una mujer judía, sino sencillamente porque me avergonzaba. […].
A finales de los años treinta, cuando el mal máximo se impuso con las brutales persecuciones, pensé inmediatamente en su esposa. Obtuve entonces, a través del profesor Wilser, conocido mío de aquí, […], la firme seguridad de que a su esposa no le ocurriría nada. Pero el temor permaneció, la impotencia, la negación – no menciono esto tampoco para dar la apariencia de que proporcioné alguna ayuda-.
Tampoco hoy quiero regresar a Heidelberg antes de que yo me vuelva a encontrar con usted no de una forma buena, sino de un modo que siempre será doloroso. 52

La respuesta de Jaspers a semejante confesión llegaría el 19 del mismo mes. En la misma, el filósofo de los saltos existenciales se muestra agradecido, directo y hasta esperanzado, optimista. Comparte el sentimiento general, generalizado de la vergüenza. Ello durará poco. Le dice también, al filósofo del ser y el tiempo, al filósofo de la identidad entre Denken und Danken que, en su relación con el horror, le había visto como a “un niño que sueña, que no sabe lo que hace, que se enrola ciegamente y sin pensarlo en una empresa que le parece muy distinta de lo que es en realidad, luego, muy pronto, está ante un montón de ruinas y se deja arrastrar más allá”. 53 Quizás una benevolencia excesiva inspirada en la posibilidad de recuperar (lo que, parece mentira, ya ha sido para siempre perdido). “Que usted diga que se sentía avergonzado significa mucho para mí”, había estampado al principio de la carta. Y al final: “Yo espero, como usted, que se dé la ocasión propicia para que podamos vernos de nuevo y hablar”. 54 En carta del 8 de abril del mismo año Heidegger ensayará, más allá de la confesión, y tomando como base las palabras de Jaspers, una justificación sin pretensión de disculpa:

Usted ha acertado completamente con la imagen del niño que sueña. En el invierno de 1932/1933 tuve el período sabático que se me había prometido […]. Cuando volví de la cabaña, me vi solemnemente empujado desde todos los lados al rectorado. […].
Pero incluso cuando yo había dicho “sí”, no vi más allá de la universidad ni me di cuenta de lo que había pasado realmente. En ningún momento pude pensar que en ese momento mi nombre podía tener un efecto tan grande en la opinión pública tanto alemana como mundial y determinante para muchos jóvenes.
[…] soñaba y pensaba en lo fundamental sólo en la universidad en la que tenía las miras puestas. Pero al mismo tiempo me encontré atrapado en la mecánica del cargo, de las influencias, de las luchas de poder y de los grupos partidistas, estaba perdido y atrapado, aunque sólo unos pocos meses, como mi esposa dice, en una “embriaguez de poder”.  […]. Lo que ahora digo no puede disculpar nada; puede sólo aclarar cómo cada año, en la medida en que la maldad se mostraba más, crecía la vergüenza de haber contribuido aquí inmediata o mediatamente a ello. 55

El mismo que había criticado a Husserl en su juventud por cambiar la felicidad eterna por un puesto, escribía lo que precede. Las vueltas de la vida. Mas la misiva no se agota aquí; de hecho, es una de las más extensas de este período, y en ella se encuentran los elementos que marcarán el fin. “Nunca creímos en una victoria -dice Heidegger -; y si se hubiera llegado a ella, antes habríamos caído nosotros”. 56 Más adelante agrega:

La culpa del individuo permanece y es tanto más permanente cuando más individual sea él. Pero el hecho del mal no ha terminado. Entra solamente en una fase propiamente mundial. En 1933 y antes, los judíos y los políticos de izquierda vieron, en tanto que directamente amenazados, más claramente, más inteligentemente y más lejos.
[…]. Stalin no necesita declarar ya ninguna guerra. Todos los días gana una batalla. Pero esto no “se” ve. Para nosotros no hay ninguna escapatoria. Y toda palabra y todo escrito es en sí mismo un contraataque, aunque nada de esto sucede en la esfera de lo político que, desde hace mucho tiempo, ha sido superada por otras relaciones del ser y lleva una existencia aparente. […].
A menudo “imagino” que hubiera ocurrido si Schelling y Hegel se hubiesen encontrado en los años veinte del siglo anterior y, con gran estilo, hubieran buscado un acuerdo […].
Pese a todo, querido Jaspers, pese a la muerte y a las lágrimas, pese al sufrimiento y la atrocidad, pese a la pobreza y la pena, pese al extrañamiento y el exilio, en esta carencia de hogar no ocurre nada […]. 57

La culpa aquí es una marca indeleble. Por lo visto, la inteligencia se despierta por la amenaza. En cuanto a la imaginación heideggeriana, no es difícil ubicar a cada quien. Porque, en verdad, filósofo de Estado, filósofo oficial y precursor teórico del totalitarismo en la figura del Espíritu Absoluto, fue uno y sólo uno de los referidos. El otro, más bien, se sumergió en un viaje “a lomo de tigre” al infinito, a las tinieblas, al abismo y al sinfondo. Por otro lado, dudoso es que la forma de ser de Jaspers le hubiera granjeado odios y rencores antes que dolores y desganos.

Estamos llegando al final. El corte definitivo se produjo recién después de una “demora” de dos años, en una epístola fechada el 24 de julio de 1952. Aquí aparece, ya sin ninguna máscara, el espanto. Explica Jaspers la “demora”:

[…] la razón esencial fue una perplejidad producida por el contenido de su última carta, sus explicaciones sobre 1933 y los años siguientes, con los que mis recuerdos no coincidían totalmente. […].
Lo que cada uno de nosotros entiende por filosofía, lo que pretendemos con ella, a quién nos dirigimos con ella, cómo se une a la propia vida, en nuestro caso, todo esto es, ya en su origen, extraordinariamente distinto. […]. La diferencia nos lleva evidentemente a aplicar cánones valorativos totalmente distintos en la lectura de un escrito filosófico. Pero tiene que haber, no obstante, algo en lo que, pese a todo, podamos encontrarnos y quizás incluso estar unidos. Si no, no habría sido posible lo que una vez fue. 58

Ulteriormente vienen el espanto, lo lapidario y el fin. Le dice a Heidegger:

Escribe: “Stalin no necesita declarar ya ninguna guerra. Todos los días gana una batalla. Pero esto no “se” ve. Para nosotros no hay ninguna escapatoria. Y toda palabra y todo escrito es en sí mismo un contraataque, aunque nada de esto sucede en la esfera de lo político que, desde hace mucho tiempo, ha sido superada por otras relaciones del ser y lleva una existencia aparente”. Leer algo así me espanta. Si usted se encontrase frente a mí, usted experimentaría todavía hoy, como hace unas decenas de años mi locuacidad, en la cólera y en la invocación de la razón. Se me impondrían las preguntas: por su indeterminación, ¿promueve una concepción de las cosas de este tipo la ruina? ¿No deja de hacerse lo que hay que hacer por la apariencia de la grandiosidad de tales visiones? ¿Cómo es que usted en algún sitio ha hecho imprimir un juicio muy positivo sobre el marxismo, sin expresar a la vez con claridad que usted conoce la fuerza del mal? ¿No tiene cada uno de nosotros que hacer frente a este poder, ante todo allí donde se nos presenta, y el que habla hablando clara y concretamente? ¿No está este poder del mal también en Alemania, creciendo continuamente y preparando de hecho la victoria de Stalin: el encubrimiento y el olvido del pasado, el nacionalismo que se llama de nuevo, la vuelta a los viejos carriles del pensamiento y a todos los fantasmas, que a pesar de no ser nada, nos arruinan? ¿No está este poder en todo pensamiento de lo casual (casual porque corre junto a la vida y a la obra del pensador)? ¿No triunfa Stalin precisamente por todo esto? ¿No es una filosofía que adivina y poetiza en frases como las de su carta, que efectúa visión de lo tremendo, una nueva preparación de la victoria de los totalitarios al separarse de la realidad? ¿No nos preparó en gran medida de igual modo la filosofía de antes de 1933 para aceptar a Hitler? […].
¿Puede lo político, que usted considera superado, desaparecer? ¿No ha cambiado sólo su forma y su medio? Y ¿no hay que reconocer esto?
Usted escribe después: “En esta carencia de hogar […] se esconde un advenimiento”. Mi espanto creció cuando lo leí. En la medida en que soy capaz de pensar, es pura ensoñación, una más de la serie de tantas ensoñaciones que – cada una “en su momento”- nos ha engañado durante medio siglo. ¿Está usted a punto de hacer de profeta que muestra lo suprasensible a partir de un arte oculto, de hacer de filósofo que huye de la realidad? 59

Pues bien, mistagogia de mistagogo. Con esto quedó todo dicho. Heidegger jamás respondió (¿qué iba a decir?). Lo único que había era vergüenza, dolor y espanto.

En los años subsiguientes se limitaron a alguna felicitación de aniversario, y poca cosa más. Jaspers murió el 26 de febrero de 1969. Heidegger envió un telegrama de condolencia. “Con respeto y dolor en el recuerdo de años lejanos”. 60 Gertrud, la compañera de Jaspers, respondió: “Pensando también en aquellos lejanos años, se lo agradezco”. 61

Referencias bibliográficas:

Duque, Félix, “Glosario”, en Heidegger, Martin, Desde la experiencia del Pensar, Madrid, Abada, 2007.

Gadamer, Hans-Georg, Los caminos de Heidegger, trad. Ángela Ackermann Pilári, Barcelona, Herder, 2002. 

Heidegger, Martin, El Ser y el Tiempo, trad. José Gaos, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1993.

(—), “Anotaciones a la Psicología de las visiones del mundo de Karl Jaspers”, en Hitos, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Madrid, Alianza, 2015.

Holzapfel, C. (2014). La “comunidad de lucha” Jaspers-Heidegger. Auge y caída de una amistad, Revista de Filosofía, 63, 139-156.

Jaspers, Karl, Psicología de las concepciones del mundo, trad. Mariano Marín Casero, Madrid, Gredos, 1967.

Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, Correspondencia (1920 – 1963), trad. Juan José García Norro, Madrid, Síntesis, 2011.

Kant, Immanuel, Crítica de la razón práctica, trad. Manuel García Morente, Madrid, Espasa-Calpe, 1981.

(—) Crítica de la razón pura, trad. Manuel García Morente, Madrid, Tecnos, 2011.

Keats, John, Odas y sonetos, trad. Alejandro Valero, Madrid, Hiperión, 2010.

Kierkegaard, Søren, Tratado de la desesperación, trad. Carlos Liacho, Buenos Aires: Quadrata, 2006.

Serrano, Vicente, Nihilismo y modernidad. Dialéctica de la antiilustración, Madrid, Plaza y Valdés, 2006.

(—) Naturaleza muerta. La mirada estética y el laberinto moderno, Valparaíso, Universidad de Valparaíso, 2014. 



Notas

1 Aquí se hace indispensable realizar la siguiente aclaración: filosofía existencial no es existencialismo. En efecto, la voz existencialismo es de procedencia francesa, más precisamente, fue acuñada por J. P. Sartre en los años 40, y desplegada en el tratado L’être et le néant (1943). Ahora bien, ni Heidegger ni Jaspers se sintieron jamás partícipes del mentado existencialismo, sino que ambos, cada uno a su turno, lo rechazaron. En el caso de Heidegger, en su famosa Carta sobre el humanismo, donde “formuló un amplio y detalladamente justificado rechazo del existencialismo de cuño sartriano”, y Jaspers, inclusive antes de la guerra y la invención del existencialismo francés, “cuando se dio cuenta, con horror, de las consecuencias devastadoras de un pathos existencial descontrolado (…) se apresuró a mediados de los años 30 en desplazar el concepto de existencia a un lugar secundario y en devolver la prioridad a la razón” (Gadamer, Hans-Georg, Los caminos de Heidegger, trad. Ángela Ackermann Pilári, Barcelona, Herder, 2002, pp. 15-16) (las itálicas y negritas han sido agregadas). Ahora bien, este movimiento jaspersiano no tuvo, creemos, eco ni parangón en la filosofía de Heidegger. De todo ello hablaremos más adelante. 

2 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, Correspondencia. (1920-1963), trad. Juan José García Norro, Madrid, Síntesis, 2011, p. 15.

3 Gadamer, Hans-Georg, Los caminos de Heidegger, trad. Ángela Ackermann Pilári, Barcelona, Herder, 2002, p. 18.

4 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 15. 

5 Es en este momento donde el filósofo chileno Cristóbal Holzapfel ve la cima de la relación entrambos. Escribe: “Con ello comienza una larga amistad con su auge, con muchos gestos de auténtica filía griega, su clímax, en el que Heidegger llega a proponerle a su amigo la formación de una comunidad de lucha (Kampfgemeinschaft) a la que pertenecerían únicamente ellos dos, y el desenlace que será finalmente el doloroso quiebre de esta bella amistad” (Holzapfel, Cristóbal, La “comunidad de lucha” Jaspers-Heidegger. Auge y caída de una amistad. Revista de Filosofía, 63, 2007, p. 140). Nuestra opinión, más bien, es que la cima, el clímax, nunca se realizó efectivamente, sino que se quedó en potencia o, más simplemente, en deseos y sueños. Lo que pudo ser… La misma sospecha que albergamos nosotros habita también en el pensamiento de Gadamer. Dice: “en aquel momento se entabló entre ellos una amistad filosófica -¿o fue sólo el intento de una amistad que nunca acabaría por lograrse del todo?- que estaba motivada por una resistencia y una voluntad compartidas con el fin de llegar a nuevas y más radicales formas de pensar” (Gadamer, Hans-Georg, op. cit., p. 18).

6 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 29. 

7 Ibíd., p. 30.

8 Ibíd., p. 30.

9 Ibíd., p. 31.

10 Ibíd., p. 31.

11 Ibíd., pp. 35-36.

12 Ibíd., p. 36.

13 Sospechamos que Heidegger está pensando aquí lo siguiente: que así como el ser pasa por lo obvio de suyo y resta incuestionado, otro tanto sucede, desde Kant, con el tiempo. Porque, en efecto, desde Kant el tiempo no tiene concepto, categoría que subsume esto y aquello, sino que tiempo hay uno y sólo uno, a saber: el tiempo como forma pura de la sensibilidad, un poder de impresión que descansa en el sujeto trascendental. Volver a pensar, es decir repensar los problemas y temas centrales de la tradición –piénsese aquí en Agustín y los problemas que el tiempo le dio- será sin duda uno de los fervores más característicamente distintivos en la obra de Heidegger. 

14 Seyn es una forma arcaica del infinitivo sustantivado das Sein, que se encuentra regularmente presente en los escritos del idealismo alemán. Según el filósofo español Félix Duque (Cf. Glosario, en Heidegger, Martin, Desde la experiencia del Pensar, trad. Félix Duque, Madrid, Abada, 2007, p. 54), remite a la posibilidad de ubicar el ser de modo exegético, considerado en sí mismo, aquende lo ente.

15 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 47. 

16 Ibíd., p. 49.

17 Schelling, Friedrich Wilhelm Joseph, Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Barcelona, Anthropos, 1989, pp. 169-175, p. 279, p. 293 y pp. 308-315.

18 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 51. 

19 Ibíd., p. 51. 

20 Ibíd., p. 58.

21 Ibíd., p. 59.

22 Ibíd., p. 61.

23 Ibíd., p. 69.

24 Ibíd., p. 69. 

25 Ibíd., p. 72. 

26 “Ser no es, evidentemente, un predicado real, es decir, un concepto de algo que pueda añadirse al concepto de una cosa. Es sólo la posición de una cosa o de ciertas determinaciones en sí mismas. En el uso lógico es solamente la cópula de un juicio. […]. El concepto de un ser supremo es una idea muy útil en más de un sentido; pero, precisamente porque es sólo una idea, es del todo incapaz de ampliar por sí sola nuestro conocimiento con respecto a lo que existe”. Kant, Immanuel, Crítica de la razón pura, trad. Manuel García Morente, Madrid, Tecnos, 2011, pp. 335-337. 

27 Serrano, Vicente, Naturaleza muerta. La mirada estética y el laberinto moderno, Valparaíso, Editorial UV de la Universidad de Valparaíso, 2014, p. 28. 

28 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 84. 

29 Keats, John, Odas y sonetos, trad. Alejandro Valero, Madrid, Hiperión, 2010, pp. 92-93. 

30 El original en inglés reza como sigue: Oh ye! who have your eye-balls vexed and tired,/ Feast them upon the wideness of the Sea –/ Oh ye! whose ears are dinned with uproar rude,/ Or fed too much with cloying melody –/ Sit ye near some old cavern´s mouth, and brood/ Until ye start, as if the sea-nynmphs quired!

31 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 86.

32 En efecto, el comentario de Heidegger sobre la señalada obra de Jaspers dice en sus páginas finales: “Es precisamente un signo del desconocimiento y la infravaloración de la auténtica problemática del método de Jaspers el que éste se enfrente a los problemas de la psicología de las visiones del mundo desde esta posición propia de las ciencias particulares y que no reconozca que la psicología general y la psicología de las visiones del mundo no se pueden intercambiar entre ellas ni se pueden desgajar de la problemática de principio de la filosofía”. Se trata de lo que Heidegger todavía llamaba en aquella época, en clara inspiración aristotélica, la totalidad de lo ente (y no meramente un recorte). Algunas páginas atrás había escrito, en lo que parece una prefiguración del problema del sentido del ser: “La totalidad de la vida, la vida misma, es algo de lo que no podemos decir nada directamente”. Heidegger, Martin, Anotaciones a la Psicología de las visiones del mundo de Karl Jaspers, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Madrid, Alianza, 2015, p. 46 y p. 33 respectivamente

33 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 120.

34 Ibíd., p. 120.

35 Ibíd., p. 120.

36 Ibíd., p. 120.

37 Ibíd., p. 121.

38 Como señalan los editores del epistolario en la nota 10 de la carta 140, Jaspers era de otra idea respecto de los Holzwege: “Bajo la explicación del título Holzwege (Caminos del bosque) puso Jaspers en el ejemplar que le había dedicado Heidegger: Caminos del bosque (Holzwege) quiere decir trochas madereras, esto es, los caminos por los que se saca la madera cortada, no sirven para circular por ellos. No son sendas forestales (Waldwege)” (Ibíd., p. 243).

39 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 133. 

40 Ibíd., p. 134. 

41 Ibíd., p. 142.

42 Ibíd., p. 135. 

43 Ibíd., p. 136. 

44 Ibíd., pp. 220-221. 

45 Serrano, Vicente, Nihilismo y modernidad. Dialéctica de la antiilistración, Madrid, Plaza y Valdés, 2006, p. 54.

46 Ibíd., p. 161. 

47 Ibíd., p. 158. 

48 Jaspers, Karl & Heidegger, Martin, op. cit., p. 138. 

49 Ibíd., p. 138. 

50 Ibíd., p. 139.

51 Ibíd., p. 141.

52 Ibíd., pp. 158-159. 

53 Ibíd., pp. 159-160. 

54 Ibíd., p. 160. 

55 Ibíd., pp. 161-162. 

56 Ibíd., p. 162. 

57 Ibíd., p. 163. 

58 Ibíd., pp. 167-168. 

59 Ibíd., pp. 168-169. 

60 Ibíd., p. 177. 

61 Ibíd., p. 177. 

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