LINTERNAS CHINAS

Por Jiang Shigong

Introducción del traductor al inglés, David Ownby

Jiang Shigong (1967) es profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Pekín y una de las principales figuras de la Nueva Izquierda china. En este sitio web se pueden encontrar traducciones de varios de sus textos.
El texto traducido aquí es un prefacio (推荐序, literalmente un “prefacio de recomendación”, término que aparece con cierta frecuencia en el mundo del libro de China continental) a la traducción china de After Tamerlane: The Global History of Empire, del historiador británico John Darwin (1948), publicada por primera vez en 2007. La traducción china acaba de publicarse y se está vendiendo bien, según me cuenta Darwin.
El objetivo del amplio volumen de Darwin (véanse las reseñas aquí y aquí) es cuestionar los conocidos argumentos teleológicos que vinculan las ideas de “Europa”, “imperio” y “modernidad”, centrándose en la resistencia euroasiática frente al auge de los imperios europeos (la muerte de Tamerlán en 1405 marcó la última vez que Eurasia continental estuvo unida como imperio). En lugar de los grandes relatos que describen a unos europeos esforzados, prometeicos y agresivos que imponen su voluntad a un “otro” estancado y pasivo, Darwin explora una serie de temas -los imperios y las economías en evolución ocupan un lugar destacado entre ellos- que afectaron a distintas partes del mundo de maneras diferentes en momentos distintos. Desde esta perspectiva, el auge de Occidente no fue la plasmación inevitable de una “idea”, sino más bien el resultado contingente de decisiones concretas tomadas para hacer frente a circunstancias específicas. Los imperios europeos estaban quizá más extendidos que los ejemplos anteriores, e introdujeron un gran número de sorprendentes “innovaciones” políticas y económicas, pero otros imperios -sobre todo el chino- se resistieron y sobrevivieron, no sin cambios, sino intactos.
El supuesto propósito del extenso prefacio de Jiang Shigong (más de 8.000 palabras) al volumen de Darwin es proporcionar a los lectores chinos ciertas perspectivas teóricas que Darwin, escribiendo como historiador y narrador, pasa por alto. En este sentido, la reseña de Jiang sobre Darwin es bastante exhaustiva y, de hecho, de gran alcance; en un intercambio de correos electrónicos, Darwin me comentó que Jiang “sin duda había hecho sus deberes”. 

En última instancia, Jiang critica a Darwin por ignorar los fallos morales del imperialismo moderno europeo y estadounidense, pero el nivel de compromiso intelectual que muestra Jiang es impresionante, y una vez más me sorprendió la extrema asimetría entre lo que los intelectuales chinos saben de nosotros y lo que nosotros sabemos de ellos. ¿Se traduciría al inglés un equivalente chino del libro de Darwin? ¿Lo prologaría algún gran intelectual occidental? Lo dudo. Por supuesto, esta asimetría puede ser un efecto persistente del auge de los imperios europeos…

[…]

Uno

El descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón en 1492 suele considerarse el inicio de la historia global. No sólo porque fue uno de los grandes viajes que descubrieron el mundo y unieron a toda la humanidad, sino también, y lo que es más importante, porque la civilización moderna surgió de Occidente antes de conquistar el resto del planeta, configurando así un mundo globalizado, hasta el punto de que muchos vislumbran hoy la llegada del “fin de la historia” y del “imperio mundial”, representado por Estados Unidos.

En cambio, After Tamerlan, de John Darwin (1948), intenta romper con la narrativa histórica centrada en Occidente que encontramos en los clásicos occidentales y en los libros de texto populares, guiando al lector a través de muchas perspectivas históricas desconocidas y centrándose en la gran narrativa de la interacción entre Oriente y Occidente. No comienza su relato en 1492, cuando Colón descubrió el Nuevo Mundo, sino en 1405, el año de la poco recordada “muerte de Tamerlán”. Este año marcó el fin del sueño mongol de construir un imperio mundial en Eurasia, y el comienzo de una nueva página en la historia global.

La elección de este punto de partida tiene sin duda un doble significado. Por un lado, parece distanciarse del conocido relato histórico centrado en Occidente, destacando la importancia de Eurasia. Por otro, pretende ser un recordatorio para los políticos actuales comprometidos con la construcción del imperio mundial: “El mundo euroasiático no está dispuesto a aceptar un único conjunto de reglas (último subtítulo del libro en la edición en chino[2])“. El libro se publicó en 2008,[3] en un momento crucial en el que Estados Unidos aprovechaba su estatus unipolar para expandirse por el mundo y construir su “nuevo Imperio Romano”. El autor insinúa claramente que la construcción estadounidense de un “imperio mundial” está abocada a un fracaso similar a la “muerte de Tamerlán”. En la última frase del libro, leemos: “Pero si hay una continuidad que deberíamos poder extraer de una larga visión del pasado, es la resistencia de Eurasia a un sistema unificado, a un único gran gobernante, o a un conjunto de reglas. En ese sentido, seguimos viviendo a la sombra de Tamerlán o, quizá más exactamente, a la sombra de su fracaso”.

Por consiguiente, para comprender realmente la obra de Darwin, una forma de leerla es empezar por el capítulo final, que permite captar su punto de partida. En su opinión, la historia global es la historia de imperios que compiten por la hegemonía, y el ascenso de Occidente y las consiguientes justas entre imperios no son más que un deseo de seguir los pasos de Tamerlán y trabajar por la construcción de un nuevo imperio mundial. Sin embargo, ¿por qué han fracasado los esfuerzos por construir un imperio mundial?

Para responder a esta pregunta hay que volver al primer capítulo del libro y ver qué enfoque teórico emplea el autor. Darwin extrae claramente sus conocimientos teóricos de los últimos trabajos sobre historia global, haciendo hincapié en que la historia global no puede contemplarse únicamente desde una perspectiva centrada en Occidente, sino que también debe incluir perspectivas orientales. Así pues, este libro es otra obra en la que el autor debate con los historiadores de la globalización y, al hacerlo, desarrolla su paradigma teórico para entender la historia global. Sólo comprendiendo este paradigma teórico podremos entender realmente la aportación académica de este libro.

Desde los siglos XVII y XVIII, los pensadores occidentales han planteado sistemáticamente diferencias y antagonismos entre Oriente y Occidente para explicar el ascenso de Occidente y su dominación del mundo. El auge de la historia global ha revisado sistemáticamente este discurso centrado en Occidente y ha ofrecido nuevas perspectivas teóricas. El intento de Darwin en este volumen es utilizar la perspectiva de la historia del imperio para entablar un diálogo con la narrativa dominante de la historia global, que culmina en el capítulo 4, donde el autor introduce el concepto de “Revolución Euroasiática” para reinterpretar la “Gran Divergencia” del ascenso de Occidente y el declive de Oriente, revelando así su perspectiva teórica.

Sin embargo, Darwin, historiador, prefiere presentar su obra como un relato legible más que como un tratado teórico. Su objetivo es popularizar las principales cuestiones teóricas debatidas en la erudición y presentar sus ideas teóricas entrelazando diversos hilos históricos. Así pues, en resumen, el libro de Darwin es una obra académica que surgió de un cierto bagaje teórico, que intenta dialogar con la teoría y que tiene ciertas preocupaciones teóricas, pero estas preocupaciones generalmente permanecen implícitas en la narración histórica y no se desarrollan en un análisis teórico en profundidad.

Por lo tanto, para comprender realmente este libro, el lector debe prestar atención a las narrativas teóricas que el autor menciona sólo de pasada, sin desarrollarlas más a fondo. Este es el punto de partida que he elegido para escribir este prefacio, que podría leerse como una glosa del libro. Por un lado, discutiré las cuestiones teóricas que el autor no desarrolla, ayudando a los lectores interesados a centrarse en las ambiciones teóricas del libro en lugar de leerlo simplemente como un best-seller. Al mismo tiempo, intentaré iniciar un diálogo sobre el imperio, explorando cómo debemos entenderlo y qué lecciones podemos aprender de la historia global del imperio durante los últimos seiscientos años.

Dos

Nuestra comprensión actual de la historia es producto del enfoque científico social de teóricos de los siglos XVIII y XIX como Montesquieu, Adam Smith, Comte, Weber y Marx, la idea de que la historia humana sigue un camino de desarrollo histórico universal de lo primitivo a lo avanzado, de lo tradicional a lo moderno, de la barbarie a la civilización. Este punto de vista se ha resumido concisamente como teoría de la modernización, hasta el punto de que se ha convertido casi en una creencia teológica que la civilización occidental es el propósito del desarrollo histórico humano, y que la globalización debe conducir al “fin de la historia.”

Sin embargo, esta narrativa histórica se enfrenta actualmente a los desafíos de los estudios de historia global. La historia global es un complejo espectro de ideas, la más activa de las cuales es la tradición de economía política de la izquierda, como la teoría del sistema mundial de Immanuel Wallerstein (1930-2019), la teoría de la dependencia de Samir Amin (1931-2018) y la “ReOrientación” de Andre Gunder Frank (1929-2005)[4]. “[4] Estos autores consideran que los relatos de la “historia” de los autores clásicos son en realidad “ahistóricos”, porque están excesivamente sesgados hacia la historia europea, buscando los orígenes y la dinámica del camino hacia la modernidad únicamente en la historia europea, mientras ignoran el hecho de que las condiciones históricas que facilitaron la modernización de Europa fueron precisamente el saqueo y la explotación de las “periferias” no europeas.

Así, estas teorías clásicas revelan una mentalidad “occidentalocéntrica” o incluso “orientalista” que trata al mundo no occidental como un mero “otro” externo y un contrapunto al “milagro occidental”, hasta el punto de que la teoría de la modernización se ha convertido en una herramienta ideológica del imperialismo occidental o del neocolonialismo. Impulsada por esta tradición crítica de izquierdas, la historia global rompe con el paradigma centrado en Occidente y examina las civilizaciones occidentales y no occidentales en el contexto de un mundo interactivo en su conjunto.

Así, por un lado, los escritores de historia global adoptan una postura “antiteleológica”, haciendo hincapié en la contingencia del ascenso de Occidente, e incluso imputando esta contingencia a factores como la geografía, los recursos minerales y la ecología natural. Por otro lado, insisten en que Oriente en la época del ascenso de Occidente no se encontraba en un estado de “estancamiento” como el descrito por los escritores clásicos en teorías tan conocidas como el “despotismo oriental” y el “modo de producción asiático”.

La globalización, o incluso el sistema global, tampoco fue creado por Occidente tras la Era de los Descubrimientos; Oriente ya había desarrollado un vibrante sistema de comercio global mucho antes de estos descubrimientos (la diferencia es simplemente si había un sistema o muchos sistemas), y el ascenso de Occidente fue en realidad un proceso de esfuerzo de Occidente por entrar en los sistemas de comercio orientales y, más tarde, por superarlos gradualmente. Esta es la cuestión de la “reorientación” que Frank insiste en que debe incorporarse a la escritura de la historia global. Sobre esta base, el historiador Kenneth Pomeranz (nacido en 1958) sostiene además que Oriente mantuvo su dominio económico sobre Occidente incluso después de la Era de los Descubrimientos, y que sólo después de la Revolución Industrial, a mediados y finales del siglo XVIII, Occidente superó realmente a Oriente, dando lugar a la “Gran Divergencia”.

Como historiador del imperio, Darwin tuvo que enfrentarse a los supuestos básicos de quienes se dedican a escribir historia global cuando se adentra en su territorio. Así, cuando abrimos el primer capítulo del libro de Darwin, nos encontramos con que el título del capítulo – “Orientaciones”- es una simple adaptación del “ReOrientation” de Frank, para expresar su actitud y posición básicas hacia la historia global, que consiste en adoptar una visión global de las relaciones de Europa con el mundo exterior a Europa, especialmente el Este, considerando a todas las partes en pie de igualdad. El libro dedica casi tanto espacio al dinamismo del Imperio ruso, el mundo islámico, la India y China antes del siglo XVIII como a los acontecimientos europeos, descartando la imagen de Oriente como “estancado” descrita por los teóricos del siglo XIX.

Es desde la perspectiva histórica de esta “ReOrientación” que Darwin argumenta que “el centro de gravedad de la historia moderna del mundo se encuentra en Eurasia”, en lugar de en el mundo atlántico como enfatiza el “occidentocentrismo”. En el capítulo 4, “La revolución euroasiática”, el título de la segunda subsección está tomado directamente de La gran divergencia, de Pomeranz, lo que indica que ha extraído su problemática del paradigma proporcionado por Frank y Pomeranz. En cuanto a las críticas de Darwin, en el capítulo 1, a las teorías de Adam Smith, Karl Marx y Max Weber sobre el surgimiento de Occidente, son más un homenaje a sus citados colegas de la historia global que una declaración de las propias opiniones teóricas del autor.

No obstante, cuando Darwin, conocido por sus trabajos sobre el imperio, se dedicó al estudio de la historia global, se produjo necesariamente un diálogo entre los dos campos distintos de los estudios del imperio y los estudios de la historia global. En general, se considera que la obra de J. R. Seeley (1834-1895), catedrático de Imperio en la Universidad de Cambridge, marcó el inicio del estudio de la historia del imperio con su obra The Expansion of England (1883), una tradición que resumía la experiencia histórica de la expansión de los imperios coloniales europeos y, al mismo tiempo, proporcionaba una justificación y un apoyo teóricos a la expansión del imperio.

Sin embargo, con la crítica teórica del imperialismo ofrecida por J. A. Hobson (1858-1940) y V. I. Lenin (1870-1924) en el siglo XIX, el declive de los imperios coloniales europeos tras la Segunda Guerra Mundial y el auge de los movimientos de liberación nacional, los estudios sobre el imperio decayeron. A medida que Estados Unidos luchaba por la hegemonía mundial, los estudios imperiales se desplazaron hacia los “estudios regionales” que restaban importancia a la dimensión imperial. No obstante, con el auge de las diversas revoluciones culturales en Occidente en la década de 1960, estos enfoques de “estudios regionales” también se vieron influidos por la teoría poscolonial, la nueva teoría social, la crítica cultural y otras tendencias teóricas posmodernas.

Tras el final de la Guerra Fría, la crítica de izquierdas al imperialismo decayó, y las ideologías de la globalización y el fin de la historia contribuyeron al renacimiento de los estudios sobre el imperio. Por ejemplo, el historiador Niall Ferguson (1964), muy conocido en el mundo chino, es uno de los principales representantes de esta tendencia (CITIC Publishing Group ha traducido y publicado una serie de libros de Ferguson). Tras el 11-S, cuando Estados Unidos intentó construir un “nuevo Imperio Romano” mediante una serie de conquistas militares, las teorías del imperio pasaron de la historia a la política internacional.

Darwin nació en 1948 en el seno de una familia de funcionarios del Imperio Británico, pero pasó su adolescencia en Sudáfrica[5], siendo testigo de la lucha colonial por la independencia, y asistió a la Universidad de Oxford en un momento en que el pensamiento académico estaba cambiando. Esto significa que sus puntos de vista difieren de la nostalgia de Ferguson por una historiografía whig de los días gloriosos del Imperio Británico, o de los debates imperiales actuales sobre el dominio estadounidense. Las teorías poscoloniales y posmodernas que estaban en boga en aquella época tuvieron un profundo impacto en el estudio del imperio.

La “nueva historia imperial” configurada por estas tendencias adoptó perspectivas sociológicas, antropológicas y medioambientales, centrándose en el cambio medioambiental, las migraciones, los misioneros, el comercio, las ideas y la resistencia y cooperación de los pueblos colonizados. En particular, los mentores de Darwin, John Gallagher (1919-1980) y Ronald Robinson (1920-1999), publicaron en 1953 su famoso trabajo “El imperialismo del libre comercio”, que aportó una nueva interpretación de la historia del Imperio Británico y tuvo una enorme repercusión en la propia obra de Darwin. Puede afirmarse que las publicaciones posteriores de Darwin, Unfinished Empire y The Empire Project, fueron de hecho elaboraciones posteriores de las ideas de sus mentores.

Siguiendo su estela, Darwin sostiene que la “Gran Divergencia” de Occidente y Oriente en el siglo XVIII fue el resultado de contingencias históricas. La plena expansión de los imperios europeos fue posible no sólo gracias a la destrucción de los imperios orientales por el “imperialismo industrial”, como subrayaba la teoría social clásica, sino también, y lo que es más importante, gracias al desarrollo de un “liberalismo imperial” “civilizado”. El ideal de llegar a ser “civilizados” se ganó el aprecio y el apoyo de las élites de los imperios orientales, de modo que la expansión de los imperios europeos dejó de ser una simple cuestión de conquista violenta y pasó a incluir la cooperación activa de estas colonias.

Puede decirse que la “nueva historia imperial” ya no se centra en la expansión colonial exterior de las potencias europeas, sino en las diversas interacciones económicas, sociales y culturales entre Europa y las colonias. Por lo tanto, los estudios de la “nueva historia imperial” parecen deconstruir el “occidentocentrismo”, así como los elementos de planificación consciente por parte de las potencias occidentales, y su posición dominante en el proceso de construcción del imperio. De hecho, sin embargo, acaban deconstruyendo la economía política de la construcción del imperio occidental, debilitando así o incluso disolviendo la crítica del “imperialismo” presentada originalmente contra las potencias occidentales.

Esta es precisamente la razón por la que Darwin hizo hincapié en la necesidad de liberar el concepto de “imperio” de la crítica teórica del “imperialismo” y de ver el “imperio” únicamente como “un patrón de organización política que se desarrollaría de forma natural a lo largo de la mayor parte de la historia”, llegando a afirmar que “la historia del mundo… es la historia del imperio”. Por esta razón, ni pretende criticar la historia del ascenso de Occidente y su conquista de Oriente como “un relato brutal de imperialismo depredador”, ni quiere glorificar esta historia como “una historia mundial de la modernidad con Occidente como guía y modelo”. Por el contrario, intenta analizar la historia del imperio mundial con un desapasionamiento objetivo, libre de juicios emocionales.

Una vez que “imperio” se convierte en un concepto neutro, “imperialismo” también puede definirse como “el intento de un Estado de dominar a otras sociedades absorbiéndolas en su sistema político, cultural y económico”. Así, “aunque a menudo fueron los europeos los más activos en la promoción del imperialismo, tales prácticas no fueron exclusivas de los europeos.” En su libro, Darwin no sólo considera la expansión de la Rusia zarista en Asia Central como “imperialismo continental”, sino que incluso se refiere a la expansión de la Turquía otomana como “imperialismo”. Así pues, el “imperialismo” ya no es el fenómeno histórico particular que se produce durante la “fase avanzada” del capitalismo, criticada por Lenin, sino un impulso expansionista imperial universal que se da con frecuencia en la historia de la humanidad. Se podría decir que una vez que esta “nueva historia imperial” había “saneado” efectivamente la crítica izquierdista del “imperialismo” que ha estado en boga desde el siglo XIX, Darwin se encontró capaz de contemplar la expansión global del imperialismo europeo con ecuanimidad y escribir una historia imperial global con facilidad.

Sin embargo, esta higienización del “imperialismo” también ha llevado al concepto de “imperio” a perder su connotación histórica específica, convirtiéndose así en un concepto muy amplio. Para ser una obra sobre la historia del imperio, Darwin finalmente no ofrece ninguna teoría de la idea de imperio, y no hace hincapié en las diferencias entre imperios antiguos y modernos, describiéndolos simplemente como “la acumulación masiva de poder”, “un sistema de poder o una estructura de dominación que rompe o ignora las distinciones raciales, culturales y ecológicas”. Simplemente añade varios modificadores al concepto de “imperio” para describir sus características externas, como “imperio comercial”, “imperio militar”, “imperio no declarado”, “imperio ilimitado”, etc.

Aunque en el último capítulo menciona tres formas de imperio -los imperios clásicos, los imperios coloniales y los “imperios informales”-, no hace hincapié en las diferencias entre estas tres formas, sino que las oscurece deliberadamente hablando de los problemas comunes de gobernanza a los que se han enfrentado las tres. Tampoco utiliza estas tres formas en la discusión de su “revolución euroasiática”. Sin embargo, la única forma de entender el origen y el impacto de la “revolución euroasiática” y la “gran divergencia” es analizar los distintos tipos de imperios y las diferencias entre los mundos antiguo y moderno que los sustentan.

Tres

El estudio de Darwin puede verse como un diálogo entre el estudio de la historia global y el estudio del imperio, orquestado por el autor. Por un lado, intenta criticar la tradición de izquierdas de la economía política crítica en la historia global desde Wallerstein hasta Frank desde su posición de “nueva historia imperial”, al tiempo que intenta deconstruir la crítica de Hobson y Lenin al “imperialismo” presentando el imperio como un fenómeno histórico global universal desde una perspectiva de historia global. Su concepción de la historia del imperio global se basa directamente en la geopolítica de Halford Mackinder (1861-1947)[6].

Desde el principio, la geopolítica de Mackinder propuso una perspectiva global de las relaciones euroasiáticas. Al mismo tiempo, la propia geopolítica sirvió como estrategia de expansión imperialista europea y hegemonía global, cuyo centro estratégico es el “continente euroasiático” en el que se centra Darwin. Darwin sostiene que, durante los siglos anteriores al siglo XVIII, los imperios euroasiáticos estuvieron igualados, y que no fue hasta el siglo XVIII cuando los imperios europeos se alzaron con un dominio abrumador.

Entonces, ¿cuáles fueron los factores que condujeron a la “Gran Divergencia” de poder en Eurasia? Darwin propone aquí un nuevo concepto: la “Revolución Euroasiática”. Sostiene que la Revolución Euroasiática, esta “Gran Divergencia” entre Oriente y Occidente, fue provocada por tres revoluciones entrelazadas, que incluyen una revolución geopolítica, una revolución económica (o industrial) y una revolución cultural o “civilizacional”. Las revoluciones industrial y civilizacional fueron generalmente enfatizadas por las teorías clásicas, y la mayor contribución de Darwin es introducir la geopolítica de Mackinder en el estudio de la historia de los imperios globales, enfatizando que la Revolución Euroasiática se basó en una “revolución geopolítica” (el primer subtítulo del capítulo 4 de la obra de Darwin).

Es precisamente esta perspectiva geopolítica la que lleva a Darwin a subrayar que el descubrimiento del Nuevo Mundo produjo grandes cambios en las fronteras territoriales y en el concepto de “gran Europa”, desde Rusia en el este hasta todas las colonias europeas en América y Oceanía. Del mismo modo, el surgimiento del “mundo atlántico” permitió a los europeos utilizar la plata de las Américas para “subirse a regañadientes al tren económico asiático” (en palabras de Frank), uniéndose así al sistema económico mundial oriental. Además, y lo que es más importante, el colapso del imperio de Napoleón a principios del siglo XIX destruyó el equilibrio geopolítico de poder entre los imperios dentro de Europa, dando lugar a la expansión global del Imperio Ruso en el corazón del continente y del Imperio Británico en el frente marítimo, ambos atacando Eurasia por tierra y por mar, de norte a sur, apretando, engullendo y ocupando conjuntamente el espacio geopolítico de los imperios orientales.

Fue precisamente en el transcurso del “Gran Juego” entre el Imperio Británico y la Rusia zarista, que duró un siglo, cuando el Imperio Británico ocupó la India y la colonizó, consiguiendo así un trampolín para la conquista de Asia Oriental. A partir de ese momento, Gran Bretaña inició su periodo de dominio del mundo marítimo, y también promovió el auge del libre comercio mundial. Para conquistar China, el último imperio oriental, a través del comercio, era necesario contar con mercancías de alta calidad y precio barato, productos de la revolución industrial británica.

Así, el ascenso de la “Gran Europa” promovió una revolución geopolítica global, una revolución industrial en la esfera económica y la formación del sistema económico mundial capitalista, mientras que las diferencias en los niveles de desarrollo económico motivaron a los europeos a rescatar a los “primitivos” atrasados mediante la difusión de la “civilización”, dando así origen a la imagen orientalista del Oriente estancado. Estas tres revoluciones se entrelazaron, llevando a Europa a superar a Asia en el continente euroasiático y determinando el destino de Asia, que iba a declinar.

Aunque es ciertamente perspicaz explicar la Gran Divergencia desde una perspectiva geopolítica, la explicación de Darwin de la Revolución Euroasiática pasa por alto dos cuestiones fundamentales en la historia del imperio mundial. Una es el “misterio Zheng He” en la historia global. Zheng He (1377-1433) fue un eunuco de la corte que dirigió viajes expedicionarios al Sudeste Asiático, India e incluso África Occidental a principios del siglo XV. En otras palabras, la China de la dinastía Ming era plenamente capaz de la navegación global, y Zheng He incluso ya había descubierto “África”, así que ¿por qué China dejó pasar la oportunidad de dominar el mundo, dejándoselo a los europeos para más tarde?

El segundo es el “misterio de los Viajes de Descubrimiento” o, en otras palabras, ¿por qué los europeos arriesgaron sus vidas para emprender estos viajes? La única manera de comprender realmente la base geopolítica de la “Gran Divergencia” y sus orígenes económicos y culturales es considerar conjuntamente estas dos cuestiones.

Aunque Darwin destacó la influencia de Mackinder, pasó por alto las implicaciones de largo alcance de su división del globo en un corazón continental, una periferia continental (el Creciente Interior) y una zona insular oceánica (el Creciente Exterior). El impacto a largo plazo del corazón continental en los márgenes llevó a China, situada en el margen del continente, a dar prioridad a los pueblos nómadas del norte, por lo que su enfoque geoestratégico siempre fue competir con el corazón continental por el “subcontinente interior” (término de Lattimore).

Este enfoque geoestratégico a largo plazo configuró el carácter de China como Estado continental y, en consecuencia, el mundo marítimo nunca se convirtió en el centro de atención de China. Así, desde el principio, los viajes de Zheng He nunca tuvieron como objetivo el intercambio comercial en el mundo marítimo, e incluso si se hubieran descubierto nuevos continentes, estas tierras estériles habrían tenido poca importancia para la ya rica China.

Por otra parte, y lo que es más importante, durante la larga lucha con los nómadas menos civilizados del norte, las minorías septentrionales siguieron entrando en el Reino Medio y se sinicizaron culturalmente, reforzando así la autoconfianza de la civilización china hasta el punto de que llegó a considerarse el centro del mundo. Esta autoconfianza cultural se convirtió en arrogancia que dificultó la capacidad china para percibir los cambios que se producían en el mundo exterior, hasta el punto de que en la interacción de China con el mundo occidental en los siglos XVI y XVII, China mostró poco interés por los conocimientos científicos emergentes de Occidente.

La “revolución euroasiática” se vio acelerada por una “fatídica coincidencia” histórica: cuando los imperios europeos entraban en su apogeo, el chino iniciaba su declive. En este sentido, tanto el poder histórico de China como imperio continental, como su falta de conciencia marítima y su aislamiento cultural y arrogancia hacia Occidente, fueron el resultado de una interacción geopolítica a largo plazo con el corazón continental euroasiático. Del mismo modo, el ascenso de Occidente no sólo fue el resultado del modo de vida mediterráneo, sino, lo que es más importante, del descubrimiento accidental del Nuevo Mundo. Fue una verdadera “fatídica coincidencia”.

Para entender por qué los europeos emprendieron los Viajes de Descubrimiento, debemos comprender primero la influencia del mundo mediterráneo desde una perspectiva geopolítica. La civilización europea siempre ha girado en torno a la lucha por el control del Mediterráneo, en el sentido de que el comercio y la navegación son para los europeos lo que la agricultura y la equitación son para los chinos, un gen cultural moldeado por factores geográficos de larga duración. Y lo que es más importante, a lo largo de la historia, la civilización europea ha sido derrotada a menudo por la civilización oriental: La civilización griega fue destruida por los imperios orientales, el Imperio Romano fue sometido por el cristianismo oriental y la Europa cristiana estuvo a punto de ser destruida por los mongoles (la raíz del temor europeo al “Azote Amarillo”).

El principal significado de la “muerte de Tamerlán” para Europa es que los europeos sobrevivieron, pero el impacto a más largo plazo es que la desintegración del Imperio Mongol provocó la interrupción de la “Ruta de la Seda”, que tendía puentes comerciales entre Oriente y Occidente, y el ascenso de los turcos otomanos, que monopolizaron el mar Mediterráneo, cuyas constantes ofensivas apretaron a los europeos en el pequeño espacio vital de Europa Occidental. El cristianismo no tenía ninguna ventaja cultural sobre el islam, y las “Cruzadas” no fueron más que un esfuerzo desesperado de Europa Occidental que acabó en fracaso.

En este entorno geopolítico, los Viajes de Descubrimiento formaban parte del instinto de supervivencia de los europeos, y además de buscar al legendario rey cristiano Juan con quien establecer una alianza geopolítica contra los turcos otomanos, el objetivo más importante era encontrar rutas comerciales marítimas con la India y China, no sólo porque eran el centro de la riqueza del mundo euroasiático, sino también porque sus conocimientos, valores y modos de vida eran de gran importancia.

Dejando a un lado la importancia de los “cuatro grandes inventos” chinos para el ascenso de Europa, los estudios demuestran cada vez más que los conocimientos de astronomía, cartografía y navegación necesarios para la era de la navegación europea también procedían de Oriente, al igual que un gran número de inventos como el procesamiento del algodón, el cultivo del té y la tecnología de la ingeniería, que hoy pueden entenderse como propiedad intelectual industrial, también fueron importados de Oriente sin compensación.

Y en el ámbito del pensamiento y la cultura, el budismo indio y el confucianismo chino se popularizaron en Europa en los siglos XVI y XVII, contribuyendo a la Ilustración europea. Sin embargo, en el libro de Darwin leemos más bien cómo el conocimiento occidental se extendió a Oriente tras el ascenso de Occidente, y no se menciona la transmisión anterior del conocimiento oriental hacia Occidente. Ni siquiera aparece el término “cuatro grandes inventos”. Evidentemente, la “nueva historia imperial” de Darwin no escapa por completo del “occidentocentrismo”, sino que sólo lo oscurece.

Cuatro

Desde la “Gran Divergencia” de la Revolución Industrial hasta el anterior “Misterio de Zheng He”, las diferencias entre las civilizaciones china y occidental son evidentes, pero las explicaciones de las causas de estas diferencias divergen ampliamente. Esta ha sido una cuestión inevitable en la teoría social clásica que comenzó en la Europa de los siglos XVIII y XIX y continúa hoy en los estudios contemporáneos de historia global. Si lo contemplamos desde la perspectiva del “imperio”, quizá podamos llegar a una explicación adecuada examinando los diferentes tipos de imperio desarrollados por las distintas tradiciones civilizatorias.

Por desgracia, en este trabajo sobre la historia del imperio, Darwin no se centra en las diferencias de los imperios a lo largo del tiempo y del espacio, y por lo tanto no ve el enorme impulso que estos diferentes tipos de imperio tuvieron en la “Revolución Euroasiática.” El título del libro de Darwin de 2013 Unfinished Empire, que relata la historia del Imperio Británico, proviene de Adam Smith, así que empecemos con la explicación de Adam Smith sobre la “Gran Divergencia” en el siglo XVIII.

Sobre la cuestión de la “Gran Divergencia”, Darwin invoca el concepto del historiador Mark Elvin (nacido en 1938) de la “trampa del equilibrio de alto nivel” para explicar por qué China no siguió el camino de la Revolución Industrial, un problema que surgió por primera vez de la perspicacia de Adam Smith. Adam Smith observó astutamente que la historia de la humanidad ha desarrollado dos vías de industrialización. Uno es el camino “natural” de la modernización, tipificado por China, es decir, el camino de la agricultura a la manufactura y al comercio. La otra es la vía de modernización “antinatural, atrasada”, tipificada por Europa, es decir, la vía que va del comercio a la manufactura y a la agricultura.

El camino europeo tiene su origen en el hecho de que el sistema feudal limitaba la mejora y el desarrollo de la agricultura, mientras que las repúblicas italianas de orientación comercial, las primeras en destruir el sistema feudal, reorientaron a la población liberada hacia el comercio mediterráneo, al mismo tiempo que la Era de los Descubrimientos creaba incentivos para la producción de bienes pequeños pero de gran valor. Esto obligó a Europa a evolucionar de un comercio temprano de bienes de lujo a un comercio posterior de bienes industriales, impulsando así a Europa a ponerse a la cabeza de la Revolución Industrial.

La perspicacia de Adam Smith no sólo radica en ver las raíces económicas de la “Gran Brecha” entre Oriente y Occidente, sino, lo que es más importante, en ver que esta vía “antinatural” de desarrollo impulsado por el comercio en Europa produjo la estructura estatal del “Estado militar-fiscal” moderno. La rentabilidad del comercio de mercancías dependía de la disponibilidad de mercados para la venta de mercancías, y para abrir mercados los países europeos libraban guerras constantemente. Las guerras impulsaron el auge de las finanzas, y la emisión de bonos permitió a los Estados europeos aumentar considerablemente la escala y la capacidad de la guerra. Los vastos mercados abiertos por las guerras estimularon a su vez el desarrollo de las industrias manufactureras para suministrar más bienes y más baratos.

Así, los cuatro factores del comercio, la guerra, las finanzas y la industria, que se reforzaban mutuamente en este camino “antinatural” de modernización, condujeron a la formación de una organización política única, el “Estado militar-fiscal”. El ascenso de Europa implicó no sólo la globalización e industrialización del comercio y los intercambios, sino también la globalización de las finanzas y las máquinas de guerra. Esta nueva organización política del “estado militar-financiero” desató las fuerzas más bárbaras de la naturaleza humana, invirtiendo fundamentalmente los estándares de civilización y barbarie tal y como se entendían hasta ese momento. Esto es lo que Darwin entiende por “modernidad”, es decir, cómo movilizar las fuerzas “humanas” y “materiales” de forma unificada, organizando los factores económicos, políticos y culturales en una “fuerza.”

Si “civilización” significa la contención de la naturaleza animal salvaje de la naturaleza humana, entonces “modernidad” significa la liberación de esta misma naturaleza, y lo que Darwin llama la “revolución cultural” fue una batalla entre lo antiguo y lo moderno en la que las grandes fuerzas bárbaras desatadas por el deseo y la libertad se utilizaron como las nuevas medidas de la “civilización”: la ciencia y la tecnología, el capitalismo industrial y comercial, y la construcción de estados soberanos en democracias liberales.

Sin embargo, el principio supremo de la “modernidad” se expresó finalmente a través de la violencia de la guerra. Así pues, el impulso fundamental de la “Gran Divergencia” de la “Revolución Euroasiática” reside en el hecho de que China, siguiendo su camino “natural” hacia la modernización y su propia visión del universalismo confuciano, empleó sistemáticamente la moral como restricción de la violencia, mientras que Europa, para unirse a los sistemas mundiales orientales, siguió un camino de modernización “antinatural” y tomó la delantera para completar la revolución de la “tradición” a la “modernidad”, construyendo un nuevo tipo de imperio completamente diferente de los ejemplos clásicos orientales.

Así pues, la historia de los imperios mundiales que promovieron la “revolución euroasiática” es también la historia de la mayoría de edad de los “bárbaros civilizados”, la historia de la transformación de los imperios orientales clásicos en imperios europeos modernos, la historia del ascenso de los Estados soberanos europeos y del establecimiento de imperios coloniales en todo el mundo. Es la historia de los imperios mundiales más oscuros, la historia de la trata de esclavos y la explotación capitalista, y la historia en la que el imperialismo lanzó constantemente guerras mundiales. El borrado intencionado o no de Darwin de las diferencias entre los tipos de imperio antiguos y modernos oscurece la barbarie del imperio moderno construido por el ascenso de Europa.

A día de hoy, seguimos viviendo en el mundo de los bárbaros creado por los europeos, y el racismo y el darwinismo social del retorno de la humanidad a la condición animal se ha convertido en la ideología subyacente en toda la era de la globalización. Mientras la globalización sigue agravando la desigualdad geopolítica mundial, las guerras comerciales, las guerras tecnológicas, las guerras financieras y las ciberguerras se han convertido en la norma en la era de la globalización.

Desde la perspectiva de la historia del imperio, el ascenso de Europa creó un tipo completamente nuevo. El imperio europeo construyó por primera vez el núcleo del Estado soberano moderno, una entidad pequeña con fuertes capacidades de movilización organizativa y una cohesión interna, que solemos denominar “Estado militar-fiscal”, “Estado constitucional” o “Estado-nación”. Se podría decir que el Estado soberano fue el motor del nuevo imperio. Fue apoyándose en el gran poder del núcleo imperial como los pequeños Estados soberanos europeos pudieron conquistar los enormes imperios de Asia o del Nuevo Mundo, y construir así vastos imperios coloniales.

Así, los conceptos de “imperio colonial” y “colonialismo” hacen hincapié en la explotación económica, la dominación violenta y la conquista militar de las colonias por parte de Estados soberanos europeos. Sin embargo, en las narrativas de la “nueva historia imperial”, es habitual subrayar que los imperios coloniales europeos no fueron construidos por los gobiernos de forma planificada e intencionada, sino que fueron los resultados fortuitos del comercio mundial desde la Era de los Descubrimientos. En concreto, las colonias de ultramar holandesas y británicas fueron establecidas a menudo por compañías privadas de mercaderes y aventureros que obtuvieron estatutos de los gobiernos.

Así, en los relatos de la “nueva historia imperial” se hace especial hincapié en los fragmentados y diversos modos de gobierno establecidos por mercaderes, misioneros, aventureros e inmigrantes en función de los intereses del intercambio comercial, en una variedad de formas que se adaptaban a las diferentes circunstancias de las colonias, que eran nominalmente leales al rey británico, pero de hecho tenían un “alto grado de autonomía” en materia de gobierno. Tales imperios, a diferencia de los imperios clásicos basados en la conquista territorial, se organizaban en torno a intereses comerciales, de modo que los imperios no estaban dominados por la violencia unilateral, sino por el compromiso y la cooperación con la vista puesta en los intereses comerciales, dando lugar a lo que los maestros de Darwin caracterizaron como “imperios de libre comercio” o “imperios informales”. Sobre esta base, Darwin se complace en presentar el Imperio Británico como un “sistema-mundo”.

Sin embargo, a diferencia del uso que hace Wallerstein del concepto de “sistema-mundo” para enfatizar la explotación económica de la periferia por parte de las regiones centrales de Europa, la visión de Darwin del Imperio Británico como “sistema-mundo” respondía a una crítica de los “imperios coloniales” o el “imperialismo” europeos. Aunque ambas palabras pueden utilizarse indistintamente, “colonialismo” se refiere más a menudo a la apropiación territorial imperial y a la conquista violenta en términos políticos y militares. Con el desarrollo del capitalismo, la extracción de recursos económicos se llevó a cabo cada vez más a través del comercio y la inversión, que son formas más avanzadas y encubiertas que la incautación mediante la fuerza bruta.

Así, en contraste con los “imperios coloniales” de conquista desnuda y violenta y de saqueo de riquezas, el “imperialismo” es en realidad una forma superior de imperio (Lenin lo consideraba una etapa avanzada del capitalismo), una redistribución de la riqueza económica a través de transacciones comerciales aparentemente iguales, convirtiéndose así en una forma más sutil y aparentemente más civilizada de dominación imperial. En este sentido, podemos decir que el “imperio formal” (imperio colonial) del “colonialismo” todavía tiene matices del “imperio del tributo” (Amin) de la antigua era agraria, y es la transformación del imperio clásico en un imperio moderno. El “imperio informal” o “sistema-mundo” del “imperialismo” es moderno y es un producto del modo de producción capitalista, en el que las fuerzas económicas desempeñan un papel decisivo. Es un producto del modo de producción capitalista, un producto del papel decisivo del poder económico y del servicio del poder político al poder económico.

En el contexto de la “Revolución Euroasiática” de Darwin, está claro que los primeros imperios mundiales de Portugal y España se ajustaban más al modelo “colonialista” clásico del saqueo directo de la riqueza, mientras que los posteriores imperios holandés y británico, tanto en Norteamérica como en la India Oriental, tenían elementos de “colonialismo” pero desarrollaron gradualmente un carácter “imperialista” basado en el comercio y la inversión. Sin embargo, el imperio formal del “colonialismo” y el imperio informal del “imperialismo” deben considerarse no como dos etapas diferentes del desarrollo histórico, sino más bien como dos formas distintas de construir imperios. De hecho, el surgimiento de los imperios europeos ha mostrado ambas caras del “colonialismo” y del “imperialismo” desde el principio, y siempre han estado entrelazadas, pero han adoptado formas diferentes en momentos y lugares distintos. En el caso de los primeros imperios español y portugués, eran completamente “coloniales” y se dedicaban al saqueo directo en África y América, pero adoptaron una postura más comercial cuando entraron por primera vez en el mundo oriental.

Del mismo modo, el Imperio Británico, incluso en la época victoriana, con su énfasis en el libre comercio, tuvo que recurrir a las cañoneras para abrir China al comercio. Así pues, en la historia de los imperios europeos, el comercio marítimo siempre ha estado estrechamente vinculado al desarrollo de las armadas, y las políticas de libre comercio siempre han estado ligadas a las políticas de las cañoneras. Aunque Gran Bretaña fue un “imperialista” en el periodo del libre comercio mundial, intensificó su política “colonialista” en la India, transformándola de un “imperio informal” en un “imperio formal” con dominio colonial.

Como puede verse, el imperio moderno dispone de un arsenal más rico que el antiguo “imperio del tributo” agrícola, con combinaciones más diversas de aportaciones del ejército, de la religión, del comercio y las finanzas, y de la difusión cultural, presentando así un panorama imperial variado y dinámico. Si la feroz competencia entre los imperios europeos en el siglo XVIII condujo a la creación de más monopolios coloniales bajo estrategias mercantilistas, fue en el siglo XIX, con el eclipse Francia, archirrival de Gran Bretaña en Europa, tras la disolución del imperio de Napoleón, cuando Gran Bretaña obtuvo una ventaja decisiva en el comercio mundial y comenzó así a promover una especie de “imperialismo de libre comercio”. Así, nos encontramos con que el ascenso de Europa dio lugar a una compleja mezcla de Estados soberanos, imperios coloniales e “imperios informales”.

Si situamos el nuevo modelo de imperio en el contexto histórico-espacial de la revolución euroasiática, encontramos que se organiza geográfica y espacialmente en una “Gran Europa” que adopta un sistema de Estados soberanos (el sistema westfaliano), un vasto “imperio colonial” construido en los márgenes de América, África y Eurasia, un “imperio informal triangular” (sistema-mundo), construido globalmente a través del comercio y la inversión. Esta relación triangular describe tanto la estructura organizativa interna del sistema imperial moderno como el espacio histórico creado por la geopolítica mundial. Si situamos esta relación triangular en el contexto de la transformación geopolítica ocasionada por la “Revolución Euroasiática”, nos daremos cuenta de que, por mucho que critiquemos “discursivamente” el llamado “eurocentrismo”, no podemos negar que “en la práctica”, la fuerza motriz fundamental de la construcción y eventual ascenso de un nuevo imperio moderno en Europa se situó sin duda dentro de Europa.

En otras palabras, ante la presión geopolítica, Europa no se rindió ni cedió fácilmente, sino que se enzarzó en una lucha a vida o muerte frente a los “desafíos”. Esta postura de “ojo por ojo” frente a los “desafíos” es precisamente la barbarie que surge del espíritu de “libertad” apreciado por los europeos, que elevaron este salvajismo de no sucumbir nunca a la presión y dominar siempre el mundo al espíritu filosófico de “dominio”. En este sentido, los occidentales consideran que el éxito de la civilización confuciana en la domesticación del salvajismo ha sofocado el espíritu de “libertad” o de “dominio”. En los escritos de Montesquieu, el absolutismo oriental se resume a menudo como la “regla del palo”, especialmente en términos de la autoridad absoluta del padre en la familia. Por tanto, tanto en el caso de los viajes por todo el mundo para encontrar el camino hacia Oriente, como en la lucha a vida o muerte dentro de los países europeos, fue la “modernidad” la que estimuló a Europa a buscar el poder y la dominación.

En esta relación triangular de los imperios modernos, fueron precisamente las “fuerzas” desencadenadas por la “modernidad” las que unieron la compleja red de diminutas organizaciones estatales soberanas con vastos imperios coloniales e “imperios informales” en todo el planeta. La ciencia y la tecnología sustituyeron a la religión y la superstición, el conocimiento objetivo cada vez mayor sustituyó a las creencias estables e inmutables, la división del trabajo a gran escala sustituyó a la autosuficiencia, los productos industriales sustituyeron a los productos naturales, la moneda abstracta sustituyó a la riqueza visible, la ley (el imperio de la ley) sustituyó a la moral (el imperio del hombre), los ciudadanos sustituyeron a los súbditos y la democracia sustituyó a los monarcas. Gracias a la enorme energía desatada por la “modernidad”, los minúsculos países europeos pudieron asestar un golpe “mortal” a los enormes imperios tradicionales del Este.

Así pues, la “modernidad” no es un simple desarrollo basado en la tradición, sino un salto revolucionario a una dimensión diferente. Las tres diminutas islas de Gran Bretaña podían construir una forma de imperio sin precedentes de una forma nueva, no intentando conquistar territorios mundiales con poder militar, como hizo Tamerlán, sino utilizando el comercio y el poder financiero para atraer un flujo constante de recursos y beneficios mundiales hacia Londres. Mientras que los imperios tradicionales requerían una cantidad finita de dinero y tributos, la riqueza extraída por el Imperio Británico era ilimitada. Como modelo de imperio moderno, el Imperio Británico sustituyó los corceles de los mongoles por dinero y bienes industriales, cumpliendo así el sueño de Tamerlán de un nuevo imperio mundial.

Cinco

Como especialista en la historia del imperio, el libro de Darwin es en realidad una “historia del imperio sin imperio”. Aunque “imperio” es la palabra clave en este libro, no vemos ninguna consideración sistemática del concepto en sí. Puede decirse que Darwin entiende los viejos imperios de Eurasia, tan estrechamente ligados a la ocupación territorial, que entiende por “imperio mundial” sólo el imperio mongol de las estepas que “murió con Tamerlán”, y no ve que Gran Bretaña construyera un imperio mundial de una manera nueva.

Cuando intenta distinguir el concepto tradicional de “imperio” del de “sistema-mundo”, acaba atrapado en una autocontradicción: por un lado, ve el Imperio Británico como un “imperio inacabado”, mientras que, por otro, cree que debe entenderse no como un “imperio”, sino como un “sistema-mundo” en transformación. Cree que Eurasia no aceptará un único imperio mundial unificado, pero no ve que Eurasia ya está en un imperio mundial construido por Internet, el dólar y el comercio mundial como “sistema-mundo”, salvo que este imperio mundial ya no es el Imperio Británico, sino el Imperio Estadounidense.

La razón por la que subrayo aquí que se trata de un nuevo tipo de “imperio mundial” en lugar de adoptar el “sistema-mundo” de Darwin o el “orden internacional liberal” habitual en la teoría política internacional es que el pensamiento de esta última sobre las “relaciones internacionales” basado en la teoría de los Estados soberanos oscurece la esencia imperial de la hegemonía occidental, especialmente porque la narrativa de la “nueva historia imperial” basada en la teoría posmoderna debilita la crítica de economía política del “imperialismo”, de modo que los conceptos actuales de “relaciones sino-estadounidenses” y “competencia sino-estadounidense” basados en el concepto de Estado soberano son en realidad muy engañosos y equívocos.

Pensar que China y Estados Unidos son dos Estados soberanos iguales ignora las tres caras del imperio occidental moderno y el hecho de que Estados Unidos es un sistema de imperio mundial más complejo que el Imperio Británico. En primer lugar, Estados Unidos es un sistema imperial dentro de su propio territorio, al que se añade el núcleo imperial de la Alianza de los Five Eyes, seguido de un sistema de Estados vasallos con apariencia de aliados, como los sistemas de dominación militar de Europa, Asia Oriental y Oriente Medio, además de América Latina, que funciona como patio trasero, y, por supuesto, otros “sistemas-mundo” que dependen de Internet, las finanzas y el control del comercio.

La esencia de la relación entre China y Estados Unidos es, por tanto, la relación entre China como Estado soberano en ascenso y el imperio mundial o sistema-mundo dominado por Estados Unidos. Así pues, la relación sino-estadounidense no es una relación entre dos Estados soberanos, sino una cuestión de cómo China trata con el imperio mundial dominado por Estados Unidos. La esencia de la cuestión de la “desvinculación entre China y Estados Unidos” que ha centrado la opinión pública mundial en los últimos años es el intento estadounidense de expulsar a China del “sistema imperial mundial”.

Así pues, la lucha actual entre China y Estados Unidos no sólo afecta al destino de dos países, sino más bien al futuro del orden mundial, es decir, si el mundo entero estará sometido al imperio mundial dirigido por Estados Unidos, o si estableceremos relaciones internacionales verdaderamente igualitarias sobre la base de Estados soberanos. Cuando las superpotencias estadounidense y soviética intentaban construir dos tipos diferentes de imperios mundiales, el Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) surgido en China e India, entre otros países, se dedicó a crear un orden internacional justo y racional. Y hoy, la raíz de la rivalidad entre Estados Unidos y China sigue siendo una lucha por el futuro de estos dos mundos y el destino de la humanidad.

Desde un punto de vista geopolítico, con el auge de los imperios marítimos modernos, además de la importancia del espacio y de Internet, la ventaja geográfica de un corazón continental se está perdiendo gradualmente, y es imposible construir un imperio mundial tomando el camino de la anexión territorial de los imperios continentales. Después de Tamerlán, el Imperio Napoleónico, el Imperio Alemán y el Imperio Soviético intentaron construir un imperio continental como el de los mongoles, pero fueron derrotados por los imperios marítimos.

Una de las principales razones del fracaso de los imperios continentales fue la constante repetición de la tragedia de Tamerlán, en la que los intentos de anexión territorial llevaron a otros Estados continentales a unirse al bando de las potencias marítimas, que acabaron por derrotarlos. La Unión Soviética había sido la que más cerca estuvo del éxito en este intento, pero fue precisamente la estrategia de expansión territorial de la Unión Soviética la que empujó a Europa Occidental al sistema estadounidense de imperio mundial, y China tuvo que separarse de la Unión Soviética, lo que provocó la visita de Nixon a China en 1972, que se convirtió en el origen geopolítico del final de la Guerra Fría.

En este sentido, el libro After Tamerlan debería convertirse en un libro de referencia para que todos los políticos de Eurasia extraigan lecciones de la tragedia que supuso intentar construir un imperio mundial después de Tamerlán. En otras palabras, los países de Eurasia deben abandonar el viejo camino de la anexión territorial y emprender un nuevo camino de intercambio y cooperación mutuos y de cooperación beneficiosa para todos, que es exactamente el camino promovido por la iniciativa china “Belt and Road”. Sólo entonces el centro de gravedad de la historia mundial volverá a Eurasia y al mundo oriental.

Para China, la lección más importante es que debe abandonar su tradicional posicionamiento estratégico como país continental y las nociones culturales que pertenecen a ese posicionamiento, y abrazar la globalidad enfrentándose continuamente al mundo marítimo. Tener características geopolíticas tanto continentales como marítimas y dos identidades políticas y culturales requiere necesariamente que China circule entre el mundo continental y el marítimo, que mantenga un equilibrio entre el mundo euroasiático y el marítimo, y que construya así un nuevo orden mundial.

Sin embargo, la “Revolución Euroasiática” no fue sólo un producto de la geopolítica, sino también un producto de la historia de la humanidad que pasó de la tradición a la modernidad, un producto de la interacción de revoluciones tecnológicas, económicas, jurídicas, políticas, militares e ideológicas y culturales, que en última instancia impulsaron a la humanidad a comprender el universo, el mundo y a sí misma a través del conocimiento. El hecho de que la humanidad haya pasado de imperios regionales dispersos en diferentes partes de la tierra a un imperio mundial significa que la humanidad tiene el conocimiento y la capacidad de organizar y dominar el mundo entero, y el continuo crecimiento de este conocimiento y capacidad también empujará a la humanidad a dominar un universo más amplio en el futuro.

El imperio mundial dominado por Gran Bretaña y Estados Unidos es el resultado de siglos de conocimiento, experiencia y sabiduría acumulados en Occidente, y aún hoy vivimos en un mundo creado por el conocimiento occidental moderno. El ascenso de China se ha beneficiado, sin duda, del continuo aprendizaje activo del conocimiento moderno creado por Occidente desde los tiempos modernos. Sólo con la conciencia autónoma y la libre voluntad de comprender el mundo entero e incluso el universo en términos de conocimiento, de absorber los logros de toda la civilización humana con una mente abierta y de promover la innovación continua del conocimiento, podremos transformar el ascenso de China en la construcción de un nuevo orden mundial. En este sentido, la obra de Darwin, que resume la historia del ascenso y la caída de los imperios euroasiáticos, es sin duda un manual para que pensemos en el futuro orden mundial.

Notas

[1] 强世功, “没有帝国的帝国史”, publicado en la edición en línea de 法意读书 el 25 de marzo de 2021.

[2] Nota del traductor: El subtítulo final del volumen original es “La sombra de Tamerlán”, pero la frase en la que se inspiró el traductor chino es sin duda ésta: “Pero si hay una continuidad que deberíamos ser capaces de extraer de una larga visión del pasado, es la resistencia de Eurasia a un sistema unificado, a un único gran gobernante o a un conjunto de reglas. En ese sentido, seguimos viviendo a la sombra de Tamerlán o, quizás más exactamente, a la sombra de su fracaso”.

[Nota del traductor: El libro de Darwin fue publicado por primera vez en 2007 por Allen Lane antes de ser reeditado por Penguin en 2008. No sé si este detalle escapó a la atención de Jiang, o si prefirió eludirlo porque 2008 fue un año tan importante en la historia del “Nuevo Imperio Romano” de Estados Unidos.

[4] Nota del traductor: Jiang se refiere al menos a dos de los libros de Frank: ReOrient: Global Economy in the Asian Age (1998), y ReOrienting the 19th Century: Global Economy in the Continuing Asian Age, con Robert A. Denemark (2013).

[5] Nota del traductor: Darwin señaló en un intercambio de correos electrónicos que este relato de sus antecedentes familiares y su adolescencia es incorrecto, pero que Jiang lo extrajo de una reseña de una de sus obras.

[6] Halford Mackinder fue un geógrafo británico que pronunció su “teoría del Heartland” en una ponencia titulada “The Geographical Pivot of History” (El pivote geográfico de la Historia), presentada a la Real Asociación Geográfica en 1904. Su teoría dividía el mundo en tres regiones: el Mundo-isla, las islas periféricas y las islas extraterritoriales. El mundo-isla incluía Europa, Asia y África, y por tanto dominaba en términos de población y recursos. Las islas periféricas eran Japón y Gran Bretaña. Las islas periféricas incluían América y Australia. Mackinder destacó la importancia de Europa del Este, una región que ofrecía una puerta de entrada al control del núcleo del Heartland, en parte para advertir a Gran Bretaña de que su dependencia histórica del poder marítimo podría tener limitaciones. Véase https://www.worldatlas.com/articles/what-is-the-heartland-theory.html.

Publicado originalmente aquí

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