ENSAYO

Por Alma Bolón / Walter Ferrer

  1. Qué importante es asesorar sin disrupciones

A partir de la pandemia, se incrementó la presencia de «la ciencia» y de «los científicos» en el debate público uruguayo, quedando en un primer plano las consideraciones sobre su utilidad social, la transparencia de sus métodos, la fiabilidad de sus procederes y la incidencia del asesoramiento de los científicos en la tarea gubernamental.

A este incremento de protagonismo no fue ajena la decisión presidencial de conformar un Grupo Asesor Científico Honorario (Gach) que “asesor[ara] científicamente a la Presidencia de la República en el camino hacia “la nueva normalidad”, realizando “recomendaciones científicas en las áreas de salud y ciencia de datos” destinadas al gobierno “para la toma de decisiones finales”, según afirmaciones de la página web de presidenciaii

Si bien con el paso de los meses el protagonismo de “la ciencia” también fue disputándose en terrenos político-partidarios, en junio de 2020, en un Uruguay eximido de la circulación del sars-cov2, Luis Lacalle podía regocijarse con su nueva condición de gobernante ilustrado, de príncipe esclarecido: “…terminamos una reunión, una de esas que uno disfruta porque disfruta de gente inteligente, de gente capaz, que honorariamente nos está asesorando, un grupo de científicos, encabezado por tres de ellos pero que abajo tiene un plantel muy importante que nos van asesorando en decisiones de gobierno. ¡Qué importante es tener matemáticos, epidemiólogos, médicos, científicos, gente que sabe de lo que estamos hablando que nos van asesorando en las decisiones!”. 

Por su parte, la actitud de colaboración activa del Gach quedaba patente en las apariciones públicas en las que compartía espacios, insignias patrias y estilos de tapabocas con miembros del gobierno, al tiempo que manifestaba su preocupación por no integrar “científicos disruptivos” a los equiposiii; un año después, las aguas comenzaron a separarse, ya que integrantes del Gach en declaraciones en la prensa responsabilizaron a las autoridades gubernamentales del número de contagiados, internados y muertos, mientras portavoces oficiosos y amplificantes en los muros de la ciudad acusaron directamente al gobierno de las muertes atribuidas al covid19. La repetida frase “muertes evitables” se convirtió así en un estribillo sentimental y demagogo en la medida en la que intervino en un debate electoral enconado entre gobierno y oposición, cerrando cualquier esclarecimiento sobre el mejor tratamiento de la enfermedad. Finalmente, en reunión del 16 de junio de 2021 el gobierno y el Gach pusieron término al vínculo formal mantenido desde abril de 2020.

  1. Sin llegar a la hoguera, solo desapego

Las relaciones entre poder y saber no empezaron con “la ciencia”, sobran ejemplos de sus querellas y, sin necesidad de recurrir a los casos de Galileo, Giordano Bruno, Étienne Dolet o Michel Servet, valga recordar la colaboración de Platón con los gobiernos de Siracusa; en el curso de sus visitas a Sicilia, hubo desavenencias, reconciliaciones e inclusive encarcelaciones y retenciones contra la voluntad del filósofo. Luego de tres viajes a lo largo de más de treinta años, el proyecto platónico de establecer los principios de la República en tierras sicilianas terminó en fracaso. Ya entonces la colaboración de Platón con los tiranos no despertaba la unanimidad de sus contemporáneos y pasó a la historia el juicio irónico de Diógenes de Sinope: “¿Qué necesidad había de ir a Siracusa? ¿Acaso no se producen aceitunas en Ática?”. El mismo Platón, en la Epístola Séptima, también concluye en la inutilidad de sus viajes a Siracusa, afirmando que “[allí] la felicidad consiste en llenarse de comida dos veces al día y en nunca pasar una noche a solas”; Platón también compara al tirano Dionisio con quien quiere tomar un poco de sol, pero sólo consigue llenarse de ampollas. 

Otro intelectual también a menudo catalogado como “filotiránico” fue Martin Heidegger, afiliado al partido Nacional Socialista poco después de ser electo rector de la universidad de Friburgo. Independientemente de los profusos estudios condenatorios o exculpatorios de los lazos de Heidegger con el partido nazi, cabe recordar dos apuntes. Cuando el filósofo retoma su puesto de profesor en 1934, Schadewaldt, un integrante del cuerpo profesoral de la universidad, le pregunta: “¿Y? ¿Volviendo de Siracusa, señor Heidegger?” iv Un poco antes, Benedetto Crocce había comentado: “No creo que Heidegger vaya a lograr gran cosa en política: a nuestros dictadores la teoría les importa un comino”.

La afirmación de Benedetto Crocce parece quedar retroactivamente ilustrada por la suerte de Arquímedes de Siracusa, uno de los más grandes científicos de la Antigüedad, lo que hoy se llamaría un matemático, un físico y un ingeniero a la vez: Arquímedes antecedió en casi dos mil años a Newton, a Leibnitz y a Fermat en el desarrollo del cálculo integral, su contribución a la física, en particular, a la hidrostática (con el principio que lleva su nombre) es significativa, en astronomía realizó precisas predicciones del movimiento de los planetas y fue también un prolífico ingeniero, inventor del llamado “Tornillo de Arquímedes” (o caracol) que aún se usa para bombear líquidos y granos. 

Arquímedes aparece en la obra histórica de Polibio (escrita unos setenta años después de muerto el sabio) cuando menciona el sitio y posterior toma de Siracusa por los romanos en la Segunda guerra púnica. Las obras de Plutarco y de Tito Livio, basadas en Polibio, poco dijeron sobre sus importantes aportes teóricos a la matemática y a la física, centrándose en su papel en la construcción de máquinas de guerra para uso de su ciudad natal. Se conjetura que vivió la mayor parte de su vida en Siracusa, pero que realizó por lo menos un viaje a Alejandría, pues con los matemáticos residentes en la Biblioteca mantuvo una extensa correspondencia. 

Arquímedes realizó una considerable y sistemática contribución a algunos de los megaproyectos de los gobernantes de la ciudad, por ejemplo dirigió la construcción del “Syracosya”, un gran barco equipado a pleno lujo que contenía incluso un templo de Afrodita, y para el que Arquímedes diseñó un aparato para botarlo al agua que podía ser operado por una sola persona. El colosal barco podía transportar dos mil pasajeros; sólo navegó una vez, atracando en Alejandría con una carga de regalo para Ptolomeo III que incluía 1900 toneladas de trigo, 10000 ánforas de pescado y 20000 talentos (1 talento = 30kg) de lana, entre otros obsequios. 

Sin embargo ciertas tensiones o desagrados en la realización de los trabajos encargados por el gobierno aparecen insinuados en “Vida de Marcelo”, cuando Plutarco comenta que para Arquímedes estas invenciones eran “subproductos de los juegos geométricos que había cultivado en otros tiempos, en tanto ahora [se] lo urgía a dirigir su arte de lo abstracto a lo concreto […] y a ocuparse de manera tangible de las demandas de la realidad”. 

Valgan estos ejemplos para ilustrar particularidades del diálogo entre el poder de los gobernantes y el saber de los sabios. Notoriamente, los gobernantes recurren a los sabios para dar brillo y victorias a sus gobiernos, boato y triunfos medibles en proezas técnicas, visibles, cuantificables, exhibibles, comunicables. Por su parte, algunos sabios, por una pluralidad de razones, acceden a estos requerimientos y su suerte suele quedar ligada a su capacidad de adaptación al pedido.

  1. La retórica del método 

En Uruguay, sobre el inicial entendimiento Gobierno/Gach, cabe conjeturar que el primero tenía el propósito de resolver el trance sanitario mostrándose moderno, lúcido, abierto, responsable, mientras que el segundo, junto con una legítima preocupación por la situación sanitaria, esperaba posicionarse mejor dentro de la sociedad uruguaya, dada su constante y creciente necesidad de fondos, fondos que este gobierno, como los anteriores, directamente negó (y, vaya sorpresa, fue Cabildo Abierto quien consiguió financiación para cubrir los complementos a los cargos de alta dedicación de la Universidad de la República). 

No obstante, en el desentendimiento entre Gobierno/Gach, ante el incremento de las muertes atribuidas al covid19 durante el segundo trimestre de 2021, se asistió a una serie de acusaciones, provenientes de diversos voceros, que achacaron las muertes al no cumplimiento de las indicaciones establecidas por “los científicos”. El gobierno y “la población”, pero sobre todo el gobierno, eran los responsables directos de los muertos covid19 de los que a diario se informaba, al negarse a acatar lo que “la ciencia” decía. 

A oídos de muchos, esa afirmación, además de pasar por el tamiz electoral, a menudo tan patente como inconfesado, encuentra asidero en la índole de quienes la sostienen, “los científicos”, y en nombre de qué lo hacen: “la ciencia y sus métodos científicos”. Porque sucede frecuentemente que los científicos de hoy, ante la sociedad y sus gobernantes, se declaran legitimados por el uso de un método de aproximación a la verdad: el método científico

Sin embargo la intimidad de los sabios con un método legitimizador no es un fenómeno contemporáneo, sino que tiene una historia cuyos tramos finales, coincidente con el “empoderamiento” de los científicos, repasaremos en lo que sigue. Es relevante mostrar el papel que jugó, hacia el fin del siglo XIX, la identificación de “la certidumbre” o “la verdad” con “el método científico”, en tanto que soporte ideológico de la hegemonía estadounidense. 

  1. Nacen el método y un sustantivo: científicos.

El historiador de la ciencia Henry M. Cowles en su libro de 2020, The Scientific Method: An Evolution of Thinking from Darwin to Dewey,sitúa el surgimiento del “método científico” hacia el fin del siglo XIX y comienzos del XX. Cowles vincula este surgimiento con la separación de la ciencia y de las humanidades, como si se tratara de dos esferas divergentes del conocimiento, signadas por la necesidad de afirmación de la primera en detrimento de la segunda y distinguible la primera de la segunda al estar equipada con un método propio. Cowles ejemplifica esto con la obra de Charles Darwin (1809/1882) y sus concepciones metodológicas. La aproximación integral y naturalista de Darwin, que fue un observador, un naturalista y un filósofo, además de un “escritor meticuloso” (op.cit.), se da de bruces con la idea de un método propio de la ciencia. Jessica Riskin en el New York Review of Books (2/VII/2020) considera sugestivo que Darwin nunca usara la palabra “científico”, que sí apareció como un retruécano en un artículo de Whewell en 1834 en la revista inglesa The Quarterly Review. Podemos interpretar que ese nombre forjado como retruécano volvió nombrable, identificable y visible esa nueva figura dedicada a estudiar el mundo natural, provista de su propio método. Algo comparable sucederá también a fin del siglo XIX, con la extensión del empleo del término “intelectual” no ya como adjetivo (“trabajo intelectual”) sino como sustantivo -“el intelectual”-, nombre que pretende nombrar cierta relación desafiante del saber letrado con el poder, al quedar asociado al “J´accuse” lanzado por Émile Zola al Estado francés, en 1898, a raíz del caso Dreyfus. La denominación “intelectual” para designar a los escritores que públicamente ejercen la crítica a las autoridades políticas precisamente se cristaliza cuando Émile Zola acusa en la prensa al Estado francés de fraguar una acusación de “traición a la patria” contra el capitán del ejército Alfred Dreyfus, por su única condición de militar francés judío. La intervención de Zola y de otros escritores que toman partido por Dreyfus evita su condena y constituye en cierto modo el momento del nacimiento de la apelación “intelectual”. Su contraparte, el “científico”, es su correlato “serio” (ajeno a las luchas políticas), puesto que dotado del “método” que garantiza su saber, supuestamente desligado del conflicto político y volcado por entero al progreso social.

La “ciencia” británica hacia el fin del siglo XIX, equipada con su “método científico” y rápidamente transformada en la cruzada “ciencias versus letras” -con Herbert Spencer como adelantado- viaja a EEUU en donde el terreno estaba abonado para su enraizamiento. Este país vivía la “segunda revolución industrial” que iba de la mano de la expropiación del territorio de los indígenas, del establecimiento de un sistema nacional de transporte y de la creación de un sistema universitario nacional

Considérese que en 1862 el Congreso de EEUU había aprobado la “Morrill Act” por la que se autorizó la transferencia a los estados de aproximadamente 45000 km² de los territorios pertenecientes a las naciones indígenas de ese país, a los efectos de crear universidades con los fondos generados por dichas tierras; en muchos casos, las universidades se instalaron en esas mismas tierras. Yale, Cornell, MIT, Pennsylvania State, Texas A&M y la University of California y la de Rutgers son algunas de las cincuenta y dos universidades establecidas con esos fondos.

En paralelo, a nivel internacional, EEUU iba desempeñando el papel de imperio global, desplazando al imperio británico. Herbert Spencer, propagandista del “método científico”, recorrió EEUU en 1882 dictando conferencias sobre el tema. Viajó acompañado por Andrew Carnegie (a la sazón considerado el hombre más rico del mundo, “filántropo”, fundador de la universidad Carnegie Mellon) y por el editor de la revista The Popular Science Monthly. Esta revista difundía dicha

propaganda, obsérvese el curioso adjetivo que acompaña a “Science”, y Spencer publicó en ella numerosos artículos, en los que divulgó masivamente las supuestas ventajas de dicho “método”. Estas ideas impregnaron la vida del país y marcaron fuertemente a los movimientos intelectuales más importantes de entonces en EEUU, y a figuras como Charles Sanders Peirce o John Dewey, que se inspiraron en los artículos sobre el “método científico de dicha revista”. Spencer, si bien se declaraba darwinista, se apartaba de las posiciones de Darwin en algunos aspectos centrales. Sus concepciones intentaban aplicar la noción darwiniana de selección natural al comportamiento de las empresas y de las personas en la sociedad capitalista (en lo que suele llamarse el “darwinismo social”); en ese marco Spencer inventó la expresión la “sobrevivencia de los más aptos” para explicar los destinos de individuos y de empresas en la sociedad del “laissez-faire”. En las antípodas de esta concepción, Piotr Alexéievich Kropotkin publicó, a partir de su estudio de la naturaleza en los climas helados de Siberia y Manchuria, el libro La ayuda mutua (1902), obra en la que presenta lanoción de cooperación en la evolución de las especies.

No obstante, Spencer pensaba que no había nada antinatural en la competencia y el ascenso hacia la cumbre en el capitalismo de esos tiempos, asociando este proceso de competencia salvaje con las ideas de Darwin. Sin embargo, Darwin consideraba los escritos de Spencer sobre teorías sociales y ciencia popular como “detestables” (op. cit.). Esta concepción cientificista llegó simultáneamente a la educación y a las universidades, con la inevitable incidencia sobre los estudiantes. Como ya se refirió, hacia el fin del siglo XIX se crearon en EEUU un gran número de universidades importantes -con los beneficios de la venta de las tierras indígenas-, y con frecuencia esas universidades declaraban de manera explícita en sus cartas fundadoras el objetivo de promover -con la herramienta del “método científico”- la unión de la ciencia y de la industria. Por ejemplo, Ira Remson, químico y presidente de la universidad Johns Hopkins declara entonces: “la nación que adopte el método científico a largo plazo superará tanto en términos intelectuales como con su industria a la nación que no lo haga” (op.cit.), mientras que el primer presidente de la universidad de Stanford, D.S. Jordan, luego de referirse a las transformaciones en la educación producidas por el método científico, lo llama “la varita mágica”. 

En América, novela que Kafka termina en 1913, el protagonista es un joven alemán enviado por sus padres a EEUU; buscando trabajo, el muchacho se presenta ante un posible empleador al que le dice que “no podría ganarse el sustento en forma decente” y que su educación europea había sido “muy poco práctica en ese sentido”, por lo que movían a risa los estudios que él había hecho, aunque afortunadamente ahora comenzaba a instalarse en su país otro tipo de bachilleratos, en los que se aprendían lenguas modernas y ciencias económicas. Para Kafka, sin haber puesto nunca los pies en EEUU, ya era evidente la diferencia entre los dos sistemas de enseñanza.

En este contexto, el “método científico”, surgido en la academia inglesa, ganó su prestigio y su papel hegemónico en la ciencia, en la educación y en la industria. La metáfora “varita mágica” para nombrar al “método científico” está íntimamente ligada al poder invocador, al poder con el que la ciencia puede insistir en invocar su monopolio del saber, monopolio precisamente garantizado por el “método científico”. Armado de la varita, el capitalismo estadounidense creaba las condiciones intelectuales y materiales que le prometían éxito en su marcha imperial, dejando muy prontamente atrás a los “menos adaptados” viejos imperios existentes -guerras, revoluciones e intervenciones militares mediante. 

  1. Letras y números irreductibles al método

En cuanto a la eficacia y a los supuestos logros del “método científico”, un análisis frugalmente crítico muestra que es fantasioso, imposible fantasía, reducir, como suele hacerse, a cuatro o cinco (o catorce) reglas operativas el proceso que ha producido múltiples capas de comprensión del entorno natural que somos (para nosotros y para otros), en el que estamos y el que hacemos. Dicho esto más allá de que la observación, la experimentación controlada y el análisis deductivo e inductivo tienen una relevancia indudable en el desarrollo de las ciencias naturales. Sin embargo estas reglas -una formulación contemporánea del “método científico” menciona cinco “pasos” que se enuncian con diferentes grados de detalle y énfasis: observación, formulación de hipótesis, predicción, experimentación y confirmación- además de no reflejar de manera veraz los mecanismos de reflexión de quienes piensan estos asuntos, están lejos de cumplir con las expectativas de llevar inexorable e infaliblemente a la “verdad” -suponiendo que dicho concepto tiene un significado unívoco. 

Porque en esa descripción faltan componentes -si de componentes se pudiera hablar-, porque es claro que todo lo que sabemos es sabido por alguien, y ese alguien interpreta, pues todo conocimiento es interpretativo. A partir de Émile Benvenistev se admite que la lengua es el gran sistema interpretante de todos los otros sistemas semióticos, no solo por ser el único capaz de referir y de analizar todos los otros sistemas de signos, sino por ser también el único capaz de categorizarse e interpretarse a sí mismo. Esta potencia de la lengua de categorizarse e interpretarse a sí misma se pone de manifiesto en la gramática («lentamente» es un adverbio; «adverbio» es un sustantivo) pero también, constantemente, en la enunciación coloquial (« evento » es una palabra pretenciosa; Juan me dijo que sí) y otorga al sistema de la lengua la condición de « gran matriz semiótica », al estar investida de una doble significancia (double signifiance), la propia del sistema (el modo semiótico, lo llama Benveniste) y la que pertenece al modo del discurso, es decir, al modo de la apropiación subjetiva del lenguaje por el locutor (modo semántico, siguiendo siempre a Benveniste). Esto hace posible y sobre todo inevitable, en cualquier idioma, “decir palabras significantes sobre la significancia”, con lo que se pone de manifiesto el privilegio jerárquico del sistema de la lengua sobre los otros sistemas de signos, su condición de “interpretante de interpretantes”, como lo llama Benveniste. (Los hablantes no escapamos al comentario sobre el comentario; este confinamiento por cierto no implica que todos los comentarios sobre el comentario tengan el mismo valor. Desde el punto de vista del conocimiento, se trata de distinguir los monótonamente triviales de los no triviales.)

Desde esta perspectiva, letras y números, tan irreductiblemente heterogéneos, se acercan. En efecto, algo análogo puede conjeturarse con respecto a la matemática como lenguaje que se organiza y categoriza a sí mismo, y que además “interpreta las interpretaciones” pues las ciencias aspiran a ser las interpretaciones de “la realidad”. Así, la afirmación de que la matemática «interpreta la interpretación» describe una dimensión fundamental de ésta, tributaria de su condición de lenguaje que también, como la lengua, se autocategoriza, se rige pensándose a sí misma, se desarrolla como un constante autoanálisis. Correlativamente, el matemático interpreta, imagina una experiencia puramente intelectual/inteligible; la matemática además -como Gödel establece- incorpora la validación de sus razonamientos y de sus limitaciones.

Piénsese en el proceso, radical al punto de admitir su narrativización en una literal ciencia ficción, que llevó a Einstein a la teoría de la relatividad, y sobre el cual él mismo escribió en varias oportunidadesvi. Todo empieza con lo que Einstein llama “a thought experiment”, un experimento del pensamiento, en el que el sabio imagina un emisor de luz que viaja a la velocidad de la luz y que lleva además a un observador. Este observador que viaja con el emisor de luz que viaja a la velocidad de la luz ve la onda de luz detenida, como cuando en el interior de un tren no percibimos su movimiento, por muy rápido que éste sea, si no fijamos un punto de comparación externo. El problema es que una onda detenida -la luz- es un contrasentido. El concepto de “thought experiment”, central en esa oportunidad en el proceso de reflexión de Einstein, se da de bruces con el llamado “método científico” en cualquiera de sus descripciones corrientes. 

El punto de partida de esta creación, claro está, escapa a cualquier intento de formalización metodológica: no hay método que pueda contenerlo en tanto que “primer paso”. El “primer paso” que irrumpe o interrumpe una serie desencadenando un proceso creativo, en matemática o en cualquier otra disciplina científica o artística, no puede ser formulado, no puede ser ideado previamente a su irrumpir. Puede afirmarse que lo fundamental escapa al método, como también escapa al método el grado de exhaustividad de la demostración matemática o de la exposición teórica o de la narración ficcional o no ficcional, necesariamente agujereadas, incompletas, con fragmentos no explicitados.

Si bien la práctica de la ciencia muestra que esta hegemonía discursiva de “el método científico” está bastante horadada, es sorprendente que en el discurso público, muchos científicos reivindiquen una autoridad sostenida en la infalibilidad que presuntamente “el método científico” brinda, al ser presentado como garantía para acceder a “la verdad”. 

Durante la pandemia, esto ha sido particularmente notorio en algunos desempeños de científicos que aceptaron expedirse y hacer recomendaciones tajantes, drásticas y rigurosas en asuntos en los que difícilmente había o podía haber conocimiento: distancia que debía mantenerse al aire libre si se estaba de pie, sentado, caminando o en bicicleta; cantidad de tapabocas superpuestos recomendables, modos de servir la cena de navidad, en caso de no poder renunciar a ella, etc.

  1. La provisión de seguridades y certidumbres 

Sin duda, la propensión de muchos científicos a emitir opiniones coincidía con una fuerte demanda social de seguridad y de certidumbres. Cabe conjeturar que estas expectativas concitadas por “la ciencia” responden al solapamiento entre las expectativas y las promesas suscitadas por la tecnología y el proceder de la ciencia, cuya creatividad resiste a la posibilidad de inserción en un horizonte de expectativas y de promesas, por su propio carácter impredecible.

La asimilación, institucional tanto como imaginaria, de la ciencia, la tecnología y la innovación, termina atribuyendo a la primera las posibilidades de la segunda, posibilidades siempre supeditadas a objetivos de alcance práctico inmediato, frutos de una planificación (una metodología) que crean un horizonte de expectativas y de promesas, es decir, una previsibilidad como la que viven millones de individuos, año a año, ante la salida del nuevo modelo de Smartphone, o el nuevo modelo de sistema de transmisión de datos.

Este horizonte de expectativas es regularmente abonado por las campañas propagandísticas que “la ciencia” desarrolla de manera constante para facilitar la recolección de fondos para invertir en la investigación. Documentales, entrevistas y difusión de breves “noticias” sobre los progresos alcanzados por “la ciencia” son difundidas por las grandes agencias internacionales (BBC, Deutsche Welle, Sputnik, etc.) que a menudo proporcionan una versión cuasi heroica de la investigación científica, al estilo de Indiana Jones buscando el arca perdida o de un profesor de Harvard buscando la cura del cáncer en una flor diminuta en la selva amazónica, guiado por un chamán de la tribu de los yuris. También a menudo, deportivamente, la ciencia queda confinada al papel de romper récords (un avión que va más alto o más rápido o con mayor carga, una sonda que llega más lejos en el espacio o más profunda en el océano). 

Lindando con las sorpresas, estremecimientos, incredulidades y exaltaciones heroicas que proporciona la ficción, las campañas publicitarias de instituciones científicas o de la industria de la salud se orientan a facilitar el traspaso de billones de dólares a la investigación, siempre demandante de fondos. 

En la crisis sanitaria ligada al sars-cov2 este solapamiento entre ciencia y tecnología e innovación llevó a que el horizonte de expectativa fuera la vacuna, hoy objeto tecnológico, una vez que la ciencia descubrió a fines del siglo XIX su principio teórico abstracto, general. 

Junto con “la normalidad suspendida” y la esperanza puesta en la solución tecnológica -en la concepción, fabricación y distribución de billones de dosis- coexiste una desconfianza radical y que alcanza a prácticamente toda la información que los grandes medios de comunicación (gubernamentales y de la oposición) ponen en circulación. La conciencia de las masas de dinero que están en juego, la sospecha sobre los conflictos de interés asordinados pero no por eso inexistentes, el conocimiento fehaciente de los delitos cometidos contra la salud de la población por laboratorios e industria (y que inevitablemente, con voluntad o sin ella, involucra a los científicos que ahí trabajan) redundan en desconfianza y rechazo.

Si los tiranos de Siracusa podían llamar a Platón o reclutar a Arquímedes para su propia gloria técnica -técnica de gobierno y de ingeniería- hoy es un sistema entero el que funciona gracias a la obra de los científicos provistos de una legitimidad otorgada por la supuesta infalibilidad de su método. 


Notas y referencias

iBenedetto Crocce (circa 1933 en carta a Karl Vossler) : en Encuentros y diálogos con Martín Heidegger (1929-1976). Heinrich Wiegand Petzet.

iiPágina web de la presidencia de Uruguay, 9 de julio de 2021. 

iii “Hay sólo dos exigencias, entre comillas. Calidad científica sobresaliente y camaradería. No tenemos espacio para disruptivos, entonces elegimos gente que sea sólida desde el punto vista científico y con la que se pueda trabajar, porque los tiempos que tenemos son cortos, no podemos tomarnos diez meses. Esto hay que resolverlo muy rápido, hay que ir generando insumos semanalmente” (La diaria, Leo Lagos, Entrevista a Rafael Radi, 25 de abril de 2020).

iv Encuentros y diálogos con Martín Heidegger (1929-1976). Heinrich Wiegand Petzet. 

v Émile Benveniste, “Sémiologie de la langue”, Problèmes de linguistique générale II, Paris, Gallimard, 1974. 

vi En las “Notas autobiográficas” de 1946 el propio Einstein manifiesta: “One sees in this paradox the germ of the special relativity theory is already contained”.

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