ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz
Abril 13, 2020

Estamos viviendo un proceso de recesión global que tiene visos de autoflagelación, y eso es inédito. No parece existir relación entre la reacción global, y el problema real. Seguramente las características específicas de esta pandemia empujen hacia cierta desproporción. Lo que parece evidente es que no hay mayor análisis de las consecuencias que tendrán las decisiones tomadas. 

Han existido numerosos eventos que conmovieron al mundo -otras pandemias, guerras de todo tipo, desastres naturales, revoluciones, genocidios- desde que viene desarrollándose hace varios siglos el proceso de expansión de las actividades, los intercambios y la producción -la consolidación de la  “economía mundo” y la expansión del capitalismo- pero esta vez la toma de decisiones que llevará a la recesión global se realizó sin sopesar demasiado las consecuencias y analizar los costos sociales, económicos y políticos. Es observable un importante nivel de irresponsabilidad en esta situación, algo oculta detrás de numerosas justificaciones basadas en un dudoso altruismo, de parte de gobernantes de todo tipo, pelo y color.

Al observar el accionar de las elites y reflexionar sobre sus actos, es visible que los lideres no conocen, no saben, no tienen idea de las consecuencias de este freno general. Ante un problema grave, y necesariamente manejable, los gobiernos del mundo han tomado medidas profundas que parecen desproporcionadas, incluso apelando algunos a una perspectiva totalmente demagógica y autoritaria.

Si un gobernante dice estupideces tales como “la economía no es importante ahora”, en medio de una pandemia global, y la gente no reacciona, sencillamente es que tenemos un grave problema educativo. Los niveles de servicios sanitarios,  y redes técnicas y humanas de atención se deben a la importancia de la producción, y el complejo entramado de empresas  que lo constituyen. La salud, y sobre todo la salud de una comunidad, es economía aplicada para un fin determinado. Tener “salud” es tener insumos de todo tipo para poder sostenerla. El ministro de salud no te toma la fiebre, administra bienes y servicios para un fin. Esa falsa oposición que anda hace días en la vuelta, “salud o economía”, resulta increíble, y escandalosa.

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Los incentivos para pedir que “paren al mundo hasta que esto pase”, parecen ser demasiado fuertes, tanto para las autoridades como para buena parte de la población, porque estamos frente a generaciones donde es notorio que predomina una mentalidad postmaterialista, es decir, no hay una conexión muy certera entre la realidad material que vivimos, con el esfuerzo enorme que significó llevarla a cabo. Vivimos una etapa de sobreabundancia de bienes y servicios, y perdimos la perspectiva del enorme trabajo de acumulación que representó esto en la historia de la humanidad. Prendemos la luz al entrar a la habitación, pero no conectamos ese acto con la red de ahorro, inversión, trabajo, investigación, tecnología que lo hicieron posible.

El politólogo y sociólogo Ronald Inglehart describe al «postmaterialismo» como una tendencia creciente a nivel cultural de las sociedades modernas, resultado del aumento de la seguridad y el crecimiento económico. Es en sí, el resultado de la expansión de las posibilidades cuantitativas y cualitativas a servicios, bienes materiales y culturales, en mayores capas de la sociedad. El proceso de transformación cultural, gradual, tendría como manifestación el pasaje de una «sociedad materialista» de escasez, búsqueda de la ampliación de la seguridad económica y ciudadana, a una sociedad «postmaterialista» donde los estos elementos pierden importancia en todos los órdenes, emergiendo otros.

No deja de ser sintomático que las dos miradas -la propia de una comunidad donde pervive el recuerdo de la escasez, y la «postmaterialista»- tengan una manifestación dramáticamente divergente sobre un mismo fenómeno, como puede ser, por ejemplo, una «chimenea humeante». Ante el mismo fenómeno, los individuos de una sociedad «materialista» observaban allí el avance del mundo moderno como medio de alcanzar mayores posibilidades materiales, el abandono de la pobreza, la escasez y el anhelo de mejora de las condiciones de vida.

En cambio, en sociedades «postmaterialistas» como la actual, donde no existe una relación directa a nivel psicológico entre la abundancia material existente y un camino duro y complejo de acumulación, donde la abundancia está no solo de hecho desde el nacimiento, sino que van desapareciendo los relatos orales sobre experiencias lejanas de miseria y escasez, la valoración sobre esa «chimenea humeante» tiende a plantear valoraciones negativas, muchas de ellas relacionadas con la protección de la estética urbana, el ambiente y el ecosistema.

Esta divergencia está basada no solo en la evidente diferencia en la experiencia vital, sino también en el marco de valores a transmitir a las generaciones siguientes con respecto a los elementos a proteger y tener como paradigma en el ámbito social. Esta generación postmaterialista, parece no conectar bienestar material con productividad. 

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El miedo justifica en los hechos, el deterioro del estado de derecho. La mezcla de caudillismo, sensiblería barata y concentración creciente de poder, están destruyendo la libertad, el imperio de la ley, y está potenciando el anhelo de control social y la política del escrache. Desde los presidentes, pasando por los burócratas de organismos internacionales, hasta el alcalde de un pequeño pueblo, se cree en la legitimidad de cualquier acción contra los ciudadanos y sus derechos, en nombre de la lucha por la pandemia.


Se empieza a vislumbrar que la mayoría de los países van a tener “inmunización de manada”, por la vía de los hechos. Proyectar otra cosa parece ser el resultado de un análisis irreal, que no pondera una salida de esto, sino más bien una evasión. Los políticos que parecen haber visto esto -de forma real o intuitiva- son los más vilipendiados y cuestionados. Pero existe algo real detrás: en los países pobres, la distancia entre la cuarentena obligatoria extendida sin más y el inicio de saqueos y conflicto civil tiende a ser pequeña, y cuestión de poco tiempo. 


La apelación a la “coartada cientificista” como justificación de las decisiones políticas, dominante en estos días, tiene connotaciones peligrosas en varios puntos. La ciencia es debate y reformulación, por lo que no existe una “verdad concluyente”, menos aun sobre algo que se desconoce en buena medida. Apostar a esta falacia de autoridad es absurdo, un acto de autoritarismo disfrazado de “ciencia”, que además desconoce las implicancias políticas que juegan en el mundo científico y sobre todo, potencia la idea que los especialistas de un área (biólogos, epidemiólogos, etc.) tomen decisiones de enorme impacto a partir de su mirada. Uno esperaría que todos los pasos que se den sean el resultado de enfoques generales.

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Los grupos de ideología estatista, colectivista y socialista, que promueven el control político de la vida económica, social y cultural de los individuos, están intentando venderle a la población que su comando centralizado es la única salida. En esta secuencia los tiranos locales compiten con los globales a quien propone “centralizar” más las decisiones. Y esto no son cuestiones sanitarias, son cuestiones políticas e ideológicas. En general, el plan de los enemigos de la libertad es desarticular cualquier institución, cualquier orden, que exista entre el poder y los ciudadanos: Su propiedad, sus bienes, su capacidad de ahorro, su familia o comunidad, su herencia, su religión, es decir, su independencia económica y cultural del poder. El poder necesita que estas fortalezas se disuelvan en un marasmo de dependencia constante, “rentas básicas” y prebendas estatales, así dejar al ciudadano solo frente al poder, desnudo, sin propiedad, sin ahorros, sin trabajo, sin familia, sin bienes, sin nada. Y allí decirle al oído: “no te preocupes, que yo te voy a cuidar.”

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