RAFAEL BAYCE / Celebramos 40 años de la publicación de uno de los máximos aportes de la cultura latinoamericana a la cultura propia y a la universal: la novela Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez. Podría escribir un voluminoso libro explicando toda su grandeza e importancia, pero sólo me referiré a su papel en dos aspectos: a) su contribución al ‘boom’ del ‘realismo mágico’ como producto cultural específico de nuestra región y como aporte a la universal. b) dentro de la interpretación, según las ciencias sociales, de la novela, su contribución a la refundación neomítica de América Latina.
LETRAS
LA NOVELA Y EL REALISMO MÁGICO
La novela es uno de los mejores y más triunfantes ejemplos de un conjunto de productos culturales que han sido gruesa pero correctamente clasificados con ese término, aunque caben distinciones a su interior. Lo de ‘realismo mágico’ puede explicarse brevemente. A mediados del siglo XX había, por un lado, obras claramente de ficción, generadas por la imaginación del autor y afirmando una realidad que sólo comparten autor y personajes, con la complicidad transitoria del lector. Por otro, obras del tipo del ‘nouveau roman’ francés, que apuntaban a un acercamiento a la intimidad y unicidad de una situación humana y de su circunstancia, a partir de la mera acumulación de objetos morosamente descritos que debería, por sí misma, crear en el lector la impresión que se creaba normalmente por medio de una descripción calificada por adjetivos, adverbios y diversos enlaces gramaticales. Y no de la descripción a partir de la agudeza de la utilización de vocablos precisa y originalmente adjetivados (Onetti, Borges), virtudes ‘clásicas’ de la literatura de siempre, pese a las diferencias fuertes en los contenidos. Tenía mucha influencia del ojo de la cámara cinematográfica y de la nouvelle vague’ fílmica, también francesa. El año pasado en Marienbad, novela de Alain Robbe Grillet, es un perfecto ejemplo de esa aspiración a tratar de expresar y comunicar la interioridad por medio de una cuidadosa descripción de la exterioridad objetual, que debería bastar para hacerlo según estos nuevos autores. El cine casi sin diálogos de Antonioni pertenece a esta tendencia. El filme de Alain Resnais sobre la novela de Robbe Grillet, es, quizá, el ejemplo más perfecto de esa tendencia expresiva y estética, doblemente expresada en filme y libro.
El ‘realismo mágico’ difiere tanto de las notas salientes de la novelística tradicional, que describía mediante la más virtuosa y original adecuación lingüística, como Borges, Onetti y tantos otros, como de esa despojada objetualidad, privilegiada como más significativa desde sus significantes puros.
Ahora, la novela recupera la narración de hechos, que intentaba eliminar el objetualismo, concentrado en comunicar realidades interiores desde su materialización objetual significante. Aunque es cierto que la neomítica urbana de Onetti acompaña la singularidad uruguaya al interior de América Latina, y que la ficción de Borges incluye las paradojas filosóficas y las religiosas, pero las de la intelectualidad urbana. Y no las de la ruralidad y el pueblerismo mestizos narrados por los autores del llamado ‘realismo mágico’ – aunque haya más precisas subdivisiones a su interior –: en Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José María Arguedas, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, Joao Guimaraes Rosa, Carlos Fuentes, Isabel Allende, entre otros.
La narración está fuertemente llena de hechos, en ese sentido ‘realista’, ni intimista (digamos a la Proust) ni objetualista. Pero esa ‘realidad’ está indisolublemente constituida por lo ‘mágico’, que es creído como ‘ficcional’ por un lector clásico, pero que es vivido como ‘real’ por los pueblos latinoamericanos paradigmáticos, entre los cuales no están Uruguay ni Argentina en los universos simbólicos de sus mayorías urbanas. Por eso esa literatura de los países latinoamericanos con mestizajes indígena y negro, rural o pueblerino, sumergidos en lo que para otros es ficción y para ellos realidad, es, en realidad, un ‘realismo mágico’. Donde la magia es parte de la realidad y vivida como tal por los sujetos descritos, y no como ficcional, como la siente un lector europeo o hiperurbano latinoamericano.
Quizá la otra gran virtud de los ‘realistas mágicos’ es su capacidad de “transculturación narrativa” como lo diría el uruguayo Ángel Rama. Estilísticamente, la novelística de los realistas mágicos está perfectamente actualizada con los modelos más universalmente aceptados, lo que asegura su aceptabilidad por los padrones estéticos de los países centrales. Pero agregan, además, un atractivo regreso de la narración abigarrada de hechos y personajes, que se había subdesarrollado con la narración intimista, la intelectualizada y la objetualista. Y, como culminación de su especificidad, agregan esa ‘naturalidad’ de la irrupción de lo fantástico y de lo mágico, tan extraordinaria justamente por la naturalidad con que parecen vividas por los personajes y tomadas por los autores. Los autores nombrados han sido justamente celebrados internacionalmente por haber producido esa renovadora originalidad.
Pero hay, además, lecturas más profundas, socio antropológicas, de Cien años de soledad y de otras obras de la época y del realismo mágico, que sugeriremos a seguir.
REFUNDACIÓN NEOMÍTICA
García Márquez refunda neomíticamente a la América Latina paradigmática, resumida en Macondo, su historia y sus personajes. Y digo ‘neomíticamente’ porque no se basa en la mitología originaria indígena, ni en la importada por la colonización o el ancestro africano, sino que se sustenta en los posibles ‘neomitos’ híbridos fundantes de una América poscolonial formalmente independiente pero neocolonizada por nuevos imperialismos.
Toda la obra tiene una macroestructura que recuerda a una mezcla de la Ilíada, la Biblia y Don Quijote, imposible de mostrar adecuadamente en este espacio. Como la Ilíada, los sucesos, al final de cuentas, ya estaban determinados por un destino, como la moira griega escritos en los postreros relatos proféticos y apocalípticos de Melquíades, destino conocido solo en la última página. El relato es tan abigarrado de hechos como el homérico, porque es el de una narración épica, fundante también. Es el regreso del narrador de cosas colectivas, no de intimidades ni introspecciones, objetualistas o no.
Al final, el último de los Aurelianos Buendía consigue descifrar los manuscritos del personaje central, Melquíades, que habían profetizado y anticipado minuciosamente todos los hechos de la historia de Macondo y de sus personajes. Y con ello llega el fin. Cuando se conoce el destino, ya se sería culpable de un pecado castigable de soberbia, neopecado original, merecedor del fin porque no quedaba ya nada que saber y por lo cual vivir.
La descripción del Macondo inicial es una neomitología de ‘comunismo primitivo’: todas las casas eran iguales, pintadas iguales, a la misma distancia de la fuente de agua – alegoría de igualdad de acceso a los medios de vida – y expuestos al sol la misma cantidad de tiempo – igual acceso a las fuentes de energía -. Irrealidades neomíticas, fundantes, como el lector puede ver.
Esa pintura de una Arcadia igualitaria se refuerza cuando recordamos que todos los Arcadios Buendía son los que luchan por la igualdad, la soberanía y la tradición de Macondo, mientras los Aurelianos son los que aceptan de algún modo la irrupción de los elementos que van a transformar esa Arcadia ideal en un Macondo real, latinoamericano poscolonial pero neoimperializado.
En toda la obra hay arquetipos contrapuestos que expresan la riqueza de las variedades de las que sale el híbrido constantemente renovado de Macondo-A. Latina. Todos ellos estructuralmente analizables.
Esa Arcadia neomítica, arquetípica, ideal, es mancillada en su virginidad por cinco irrupciones del mal corruptor, ‘pecadógeno’.
La primera es la del mago gitano Melquíades, ser omnisciente descubierto como tal al final, pero que introduce la atracción por la novedad y la curiosidad por el saber en Macondo (A.Latina poscolonial), que, como sabemos desde el Génesis del Antiguo Testamento, son motivo del pecado original, porque son intentos de comer frutos del árbol de la ciencia, intento soberbio y maligno de aproximarse a lo sagrado y a su capacidad de creación.
Un segundo momento en esta pecaminosidad neomítica imducida es el viaje de Úrsula, que vuelve cargada de novedades. Úrsula es el segundo personaje central de la obra, la que mantiene la emocionalidad y la tradición pero sustentando la invasión de las novedades. Es algo así como la evolución controlada por la tradición y la emoción.
La tercera disrupción de la Arcadia neomítica es la llegada de los comerciantes, ya no sólo magos gitanos admirables sino ahora vendedores, que quieren introducir mercaderías ajenas y lucrar con ello, responsables de la inclusión de la Arcadia autosuficiente en la era del intercambio comercial, primera fase del capitalismo.
La cuarta degeneración es la instalación de la compañía bananera y su explotación de los recursos naturales que los propios macondianos les habían revelado. Alegoría de la aparición del capitalismo industrial en el neomítico Macondo.
La quinta es la llegada del tren y el episodio de la matanza de patriotas macondianos desde él. Alegoría de la globalización y de los Estados-nación, formalmente independientes y soberanos, pero gestores de unificaciones estatales que secundaron en A. Latina a los poderes neocoloniales neoimperiales.
Pero esos cinco pecados originales consecutivos, que sacaron a Macondo del paraíso terrenal de la Arcadia, no quedan impunes. Así como el mito bíblico de la lluvia de azufre liquida a Sodoma y a Gomorra pecadoras, esos cinco pecados son castigados por un diluvio en Macondo, diluvio castigo y limpieza a futuro, alegoría hasta excesivamente clara del castigo divino bíblico por esos cinco pecados que destruyen la Arcadia perfecta y feliz en esa neobiblia latinoamericana que es Cien años de soledad. Podríamos seguir indefinidamente, lector, con ejemplos de alegorías neomíticas con base en obras literarias seminales de nuestra cultura histórica, aunque condimentadas por la realidad mágica en que está inmersa y que es constitutiva de los pueblos paradigmáticamente latinoamericanos. Puede quedar para un libro que hace años debería haber escrito.
Recordemos, en el espacio que nos queda, para subrayar ese carácter neomítico fundacional de la obra, que el único personaje que no es tocado por los usos y costumbres importados, el único que no tiene curiosidad ni impulso al saber sobre la alteridad, que mantiene su virginidad cultural, Remedios la bella, asciende a los cielos en vida, como la Virgen. Es la heroína máxima de la novela, la que funda el neomito de una Arcadia latinoamericana mancillada y castigada por su aceptación de esas invasiones y concesiones respecto del paraíso perdido. Los autores del realismo mágico instan a recuperarla. Será el indigenismo, será el dominio de los mestizos, será la variedad de las izquierdas, serán las resistencias nacionalistas, las subnacionales, ¿qué otras cosas? ¿O no será más que sugerente y gran literatura transculturada?
Los Aurelianos son los que aceptan de algún modo la irrupción de los elementos que van a transformar esa Arcadia ideal en un Macondo latinoamericano poscolonial, evolución siempre resistida por los Arcadios; aunque ambos son hijos de Úrsula, que los abarca, en la peripecia que transcurre dentro de los límites de la apocalíptica profecía de Melquíades.


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