GLOBO

Al igual que la guerra por poderes en Siria rehizo grandes franjas de Asia Occidental, la lucha en Ucrania, en un microcosmos, es una guerra por la reconfiguración del actual orden mundial, donde Europa es una mera víctima autoinfligida en una subtrama menor. El panorama general es la emergencia de la multipolaridad.

Por Pepe Escobar

Ucrania está acabada como nación: ninguno de los dos bandos descansará en esta guerra. La única cuestión es si será un final al estilo afgano, o sirio.

Un año después de la asombrosa humillación de EE.UU. en Kabul -y a punto de propinarle otro serio revolcón en el Donbass- hay razones para creer que Moscú se muestra receloso de que Washington busque venganza, bajo la forma de una “afganización” de Ucrania.

Sin que se vislumbre el fin de las armas y las finanzas occidentales que fluyen hacia Kiev, hay que reconocer que la batalla ucraniana probablemente se desintegre en otra guerra interminable.
Al igual que la yihad afgana en la década de 1980, que empleó guerrillas armadas y financiadas por Estados Unidos para arrastrar a Rusia a sus profundidades, los patrocinadores de Ucrania emplearán esos métodos probados en la guerra para llevar a cabo una batalla prolongada que puede extenderse hasta las fronteras rusas.

Sin embargo, este intento estadounidense de criptoafganización acelerará, en el mejor de los casos, la realización de lo que el ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu, describe como las “metas” de su Operación Militar Especial (OME) en Ucrania. Para Moscú, ahora mismo, el camino no para hasta llegar a Odessa.


No tenía por qué ser así. Hasta el reciente asesinato de Darya Dugina a las puertas de Moscú, el campo de batalla en Ucrania estaba de hecho bajo un proceso de “sirianización”.

Al igual que la guerra por delegación extranjera en Siria durante la pasada década, los frentes en torno a importantes ciudades ucranianas se habían estabilizado a grandes rasgos. Perdiendo en los campos de batalla más grandes, Kiev había pasado a emplear cada vez más tácticas terroristas. Ninguno de los dos bandos podía dominar por completo el inmenso escenario de la guerra. Así que los militares rusos optaron por mantener un mínimo de fuerzas en la batalla, al contrario de la estrategia que emplearon en el Afganistán de los años ochenta.

Recordemos algunos hechos sobre Siria: Palmira fue liberada en marzo de 2016, luego se perdió y se retomó en 2017. Alepo no fue liberada hasta diciembre de 2016. Deir Ezzor en septiembre de 2017. Una porción del norte de Hama en diciembre y enero de 2018. Las afueras de Damasco en la primavera de 2018. Idlib -y significativamente, más del 25 por ciento del territorio sirio- aún no han sido liberados. Eso dice mucho sobre el ritmo en un escenario de guerra.

Los militares rusos nunca tomaron una decisión consciente de interrumpir el flujo multicanal de armas occidentales a Kiev. Destruir metódicamente esas armas una vez que están en territorio ucraniano -con mucho éxito- es otra cosa. Lo mismo ocurre con la destrucción de las redes de mercenarios.

Moscú es muy consciente de que cualquier negociación con quienes mueven los hilos en Washington -y dictan todas las condiciones a los títeres en Bruselas y Kiev- es inútil. La lucha en el Donbass y más allá es un asunto de ganar o morir.

Así que la batalla continuará, destruyendo lo que queda de Ucrania, al igual que destruyó gran parte de Siria. La diferencia es que económicamente, mucho más que en Siria, lo que queda de Ucrania se sumirá en un negro vacío. Sólo se reconstruirá el territorio bajo control ruso, y eso incluye, significativamente, la mayor parte de la infraestructura industrial de Ucrania.

Lo que quede -los restos de Ucrania- ya han sido saqueados de todos modos, ya que Monsanto, Cargill y Dupont ya se han embolsado 17 millones de hectáreas de tierra cultivable de primera calidad, más de la mitad de lo que todavía posee Ucrania. Eso se traduce de facto en que BlackRock, Blackstone y Vanguard, principales accionistas de la agroindustria, son dueños de las tierras que realmente importan en la Ucrania no soberana.

En el futuro, para el próximo año los rusos se aplicarán a cortar Kiev de los suministros de armas de la OTAN. A medida que esto se desarrolle, los angloamericanos acabarán trasladando a Lviv cualquier régimen títere que quede. Y el terrorismo en Kiev -dirigido por los adoradores de Bandera- seguirá siendo la nueva normalidad en la capital.

El doble juego kazajo

A estas alturas está muy claro que no se trata de una simple guerra de conquista territorial. Ciertamente, forma parte de una guerra de corredores económicos, ya que Estados Unidos no escatima esfuerzos para sabotear y destrozar los múltiples canales de conectividad de los proyectos de integración de Eurasia, ya sean liderados por China (Iniciativa del Cinturón y la Ruta, BRI) o por Rusia (Unión Económica Euroasiática, EAEU).

Al igual que la guerra por poderes en Siria rehizo grandes franjas de Asia Occidental (véase, por ejemplo, a Erdogan a punto de reunirse con Assad), la lucha en Ucrania, en un microcosmos, es una guerra por la reconfiguración del actual orden mundial, donde Europa es una mera víctima autoinfligida en una subtrama menor. El panorama general es la emergencia de la multipolaridad.

La guerra por delegación en Siria duró una década, y aún no ha terminado. Lo mismo puede ocurrir con la guerra por delegación en Ucrania. Tal y como están las cosas, Rusia ha tomado un área que equivale aproximadamente a Hungría y Eslovaquia juntas. Eso aún está lejos de ser una “tarea” cumplida, y seguramente continuará hasta que Rusia haya tomado todo el territorio hasta el Dniéper, así como Odesa, conectándola junto con la república escindida de Transnistria.

Resulta esclarecedor ver cómo reaccionan importantes actores euroasiáticos ante estas turbulencias geopolíticas. Y eso nos lleva a los casos de Kazajistán y Turquía.

El canal de Telegram Rybar (con más de 640k seguidores) y el grupo de hackers Beregini revelaron en una investigación que Kazajistán estaba vendiendo armas a Ucrania, lo que se traduce en una traición de facto contra sus propios aliados rusos en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC). Hay que tener en cuenta también que Kazajistán forma parte de la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) y de la UEE, los dos ejes del orden multipolar liderado por Eurasia.

Como consecuencia del escándalo, Kazajistán se vio obligado a anunciar oficialmente la suspensión de todas las exportaciones de armas hasta finales de 2023.

Todo comenzó cuando los hackers desvelaron que Technoexport -una empresa kazaja- estaba vendiendo a Kiev, a través de intermediarios jordanos, carros de combate, sistemas antitanques y municiones, bajo las órdenes del Reino Unido. El propio acuerdo fue supervisado por el agregado militar británico en Nur-Sultan, la capital kazaja.

Como era de esperar, Nur-Sultan trató de desestimar las acusaciones, argumentando que Technoexport no había solicitado licencias de exportación. Eso era esencialmente falso: el equipo de Rybar descubrió que Technoexport había recurrido a Blue Water Supplies, una empresa jordana, para obtenerlas. Y la historia se vuelve aún más jugosa. Todos los documentos del contrato acabaron encontrándose en los ordenadores de la inteligencia ucraniana.

Además, los piratas informáticos descubrieron otro acuerdo que implicaba a Kazspetsexport, a través de un comprador búlgaro, para la venta de Su-27 kazajos, turbinas de avión y helicópteros Mi-24. Éstos habrían sido entregados a Estados Unidos, pero su destino final era Ucrania.

La guinda de este pastel centroasiático es que Kazajistán también vende a Kiev importantes cantidades de petróleo ruso, no kazajo.

Así que parece que Nur-Sultan, tal vez extraoficialmente, contribuye de alguna manera a la “afganización” en la guerra de Ucrania. Ninguna filtración diplomática lo confirma, por supuesto, pero se puede apostar a que Putin tuvo algunas cosas que decir al respecto al presidente Kassym-Jomart Tokayev en su reciente -cordial- reunión.

El acto de equilibrio del sultán

Turquía es un caso mucho más complejo. Ankara no es miembro de la OCS, la OTSC o la UEE. Todavía está midiendo sus apuestas, calculando en qué condiciones se unirá al tren de alta velocidad de la integración euroasiática. Y, sin embargo, a través de varias argucias, Ankara permite a Moscú eludir la avalancha de sanciones y embargos occidentales.

Las empresas turcas -literalmente todas ellas con estrechos vínculos con el presidente Recep Tayyip Erdogan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP)- están haciendo un gran negocio, y disfrutando de su nuevo papel como almacén de encrucijada entre Rusia y Occidente. En Estambul se presume abiertamente de que lo que Rusia no puede comprar a Alemania o Francia “nos lo compran a nosotros”. Y de hecho varias empresas de la UE están en ello.

El acto de equilibrio de Ankara es tan dulce como un buen baklava. Recoge el apoyo económico de un socio muy importante justo en medio de la interminable y gravísima debacle económica turca. Están de acuerdo en casi todo: el gas ruso, los sistemas de misiles S-400, la construcción de la central nuclear rusa, el turismo -Estambul está abarrotada de rusos-, las frutas y verduras turcas.

Ankara-Moscú emplean una geopolítica de manual. Juegan abiertamente, con total transparencia. Eso no significa que sean aliados. Son sólo negocios pragmáticos entre Estados. Por ejemplo, una respuesta económica puede aliviar un problema geopolítico, y viceversa.

Obviamente, el Occidente colectivo ha olvidado por completo cómo funciona ese comportamiento normal entre Estados. Es patético. Turquía es “denunciada” por Occidente como traidora, tanto como China.

Por supuesto, Erdogan también necesita jugar para las tribunas, así que de vez en cuando dice que Crimea debería ser retomada por Kiev. Al fin y al cabo, sus empresas también hacen negocios con Ucrania: aviones no tripulados Bayraktar y otros.

Y luego está el proselitismo: Crimea sigue estando teóricamente madura para la influencia turca, donde Ankara puede explotar las nociones de panislamismo y sobre todo de panturquismo, aprovechando las relaciones históricas entre la península y el Imperio Otomano.

¿Está Moscú preocupado? La verdad es que no. En cuanto a los Bayraktar TB2 vendidos a Kiev, seguirán siendo reducidos a cenizas sin descanso. No es nada personal. Sólo negocios.

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