ENSAYO

En este ensayo, intento analizar el momento de transición que surge con el fin de la vigencia autoritario-sanitaria que regía desde el 13 de marzo de 2020, mediante el decretado final de ese mandato el 5 de abril de 2022. El motivo de esta mirada atenta al mundo de la vida es establecer cómo la llamada pandemia fue y sigue siendo de naturaleza política, desde su ruidosa entrada en vigor hasta hoy, 25 meses después, cuando derrotada se extrae a sí misma de la escena pública. Describo cómo este innegable fracaso es representado victoriosamente en los siempre unánimes y serviles medios masivos. Extraer de este proceso de signos un aporte para entender qué nos educa y qué nos instruye, es la finalidad del texto que van a leer ahora.  

Por Fernando Andacht

Pequeña exploración frustrante y educativa del mundo de la vida

                           “La investigación exitosa … es una conversación con la naturaleza; la razón macroscópica, la igualmente oculta ley microscópica, deben actuar juntas o de modo alternado, hasta que la mente [humana] esté en armonía con la naturaleza.” (Peirce, CP 6.568, 1905)

Tras los pasos de Peirce, quise indagar sobre el estado del mundo no bien me enteré del decreto presidencial que dio por finalizada oficialmente la emergencia sanitaria, el mismo martes 5 de abril de 2022. Nada mejor que incursionar en un territorio que hasta ese día estaba terminantemente prohibido para los cara-descubierta, y era ostentosamente reservado para los enmascarados. Así, llegué a un pequeño supermercado de mi barrio. Supongo, de haberme podido ver el rostro, éste debía lucir una calma expectante no exenta de triunfalismo, cuando llegué al local. Allí, no pude no observar la presencia de un nuevo empleado. Instalado afuera, entre la calle y el interior, había un guardia hasta entonces inexistente. Era imposible no verlo, porque el hombre tenía el aspecto de un ‘bouncer’, de ese guardia que se encarga de rebotar, repeler y expulsar por la fuerza a quien no se comporta en un local de baile, o simplemente impedirle a alguien acceder, por la razón que fuera. No bien atravesé la puerta a cara desnuda y satisfecha, este corpulento esbirro me detuvo y me informó con sequedad que no podía entrar así, con el rostro desnudo, sin la consabida barrera de protección ilusoria. Feliz por ser el portador de la buena nueva que lo sacase de su notorio anacronismo, le dije que eso ya no existía, que ahora había otra ley, que yo sí podía seguir mi camino desenmascarado local adentro. 

Pero el macizo guardia se interpuso con toda su rotunda humanidad en mi camino, para decirme que no, que simplemente eso estaba prohibido. El incidente me recordó el diálogo entre el hombre del campo que quiere acceder a la ley, pero se encuentra con un fiero esbirro que le impide atravesar ese portal. Cuando éste se da cuenta de que el hombre del campo insiste en mirar hacia el interior, el intimidante personaje le dice “Si eso lo tienta tanto, haga la prueba a pesar de mi prohibición. Pero tome nota: yo soy poderoso. Y no soy más que el guardián más bajo. De sala en sala, hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Yo no puede ni soportar darle un vistazo al tercero” (“Ante la ley”, Franz Kafka). Con mi espíritu alicaído, entendí que sólo me quedaba calzarme el infame trapo una vez más, y lo hice con displicencia. Fue entonces que sentí una vez más la contundente y caribeña presencia del guardia, ya en el interior del local: “¡Súbase la máscara hasta la nariz!” me increpó. 

Ya de salida, frente a la cajera, con la máscara convertida en babero o tapa-pera, le pregunté por esa vigencia incomprensible y arbitraria de un decreto ya no más vigente. Su respuesta fue tan reveladora como la creación de ese puesto de trabajo hasta entonces inexistente en ese comercio: “La dueña aún no decidió si dejará entrar sin máscara, o si nosotros podemos no usarla”. La alusión al dueño, con género incluido, me dejó esta lección: tras el fin de la emergencia sanitaria, reina el pandemismo salvaje. Así como el señor feudal tenía el derecho de pernada, quienes encarnan esta versión del capitalismo tardío hacen lo que se les antoja con los protocolos. A imagen y semejanza del implacable esbirro imaginado por Kafka para cerrarle el paso al hombre del campo que quería acceder a la ley, el mundo sigue estando a merced de un control arbitrario y desmesurado que parece irreversible. 

Esa experiencia tiene mucho que ver con la educación. En un trabajo sobre la filosofía educativa en Peirce, Colapietro (2013, p. 68) afirma: “las experiencias familiares tienen un valor heurístico o intelectual mucho mayor que esas tendencias que se apoyan mutuamente nos harían imaginar. De hecho, la investigación filosófica es, según Peirce, una laboriosa exploración de los hechos más familiares de los que da testimonio la experiencia humana.” Dejo atrás ahora de ese primer encuentro  con la realidad pos-emergencia sanitaria, que como todo lo real siempre tiene el poder de tirar por la borda nuestras creencias o preconceptos, para ayudarnos a adaptar nuestra vida a eso que es, a lo que existe de modo obstinado, más allá de lo que pensemos. Y por eso, voy a ocuparme en lo que sigue de otra experiencia familiar y banal: la de ser el espectador de un programa televisivo de opinadores cotidianos bajo la batuta de una Gran Opinadora que rige con aplomo el terreno de lo decible y de su otro, lo celosamente callado.

Los medios unidos jamás serán vencidos: ¡viva la instrucción anti-educativa!

“La investigación filosófica es, según Peirce, una exploración muy laboriosa de los hechos más familiares de los que da testimonio la experiencia humana.” (Colapietro 2013, p. 67)

Recorrer todos los canales de televisión uruguayos en la previa y luego de que el presidente de la república sanitaria del Uruguay firmara el final oficial del Decreto  N°  93/020, vigente desde el día 13 de marzo de 2020, me permitió encontrar algo no por previsible menos nefasto y revelador. Los siempre serviles y unánimes medios de (in)comunicación y sus funcionarios de turno no sólo celebraban todo lo hecho en estos interminables años pandémicos, sino que aportaban sus rotundas reflexiones con aire conocedor y un desconocimiento flagrante de la realidad. Por ejemplo, declamaban emocionados qué acertado era el conservar para siempre el uso cotidiano y salutífero del tapabocas. ¿Pero en nombre de qué hacían esta recomendación? Escuché con frecuencia en esos días dos frases inquietantes, que transcribo ahora: “¡Es puro sentido común!” y “¡Por usarlo hubo menos infecciones respiratorias!” Por supuesto, luego de esas exclamaciones de simpática sabiduría televisual no venía ningún dato, nada que remotamente pudiese respaldar lo aseverado con tanta convicción, con definitiva e inexplicable certeza. Esas exclamaciones a lo ancho y largo del universo televisivo comercial y público, abierto y de cable, eran el equivalente de alguien que dijese: siempre tomé este vino, y sé que es el mejor vino que existe. La diferencia de esa opinión arbitraria y los signos enunciados en un programa televisivo cuyo ostentoso sometimiento al régimen pandémico de vida paso ahora a analizar es que los últimos tienen un poder muy grande, y su estrategia, como voy a explicar ahora, es una instancia popular de instrucción en nítido contraste con la educación. 

He aquí la definición de ‘universidad’ que formula Peirce para el Century Dictionary (1895): “una asociación de hombres con el fin del estudio que confiere grados que son reconocidos como válidos a lo largo de la cristiandad, que tiene recursos y es privilegiada por el Estado para que la gente pueda recibir dirección intelectual y para que puedan resolverse los problemas teóricos que se presenten en el desarrollo de la civilización”. Hay en esta definición una notoria ausencia que fue criticada por los editores de ese diccionario, según McNabb (2016, p. 53): 

“la noción de ellos había sido que una universidad era una institución para la instrucción. En su respuesta, Peirce dijo que si tenían tal noción, habían incurrido en un grave error, que una universidad no tenía ni había tenido nunca nada que ver con la instrucción y que, hasta haber superado esa idea, nunca tendríamos una universidad en este país.” 

De gran interés para mi objetivo es el siguiente comentario de este especialista en semiótica peirceana: “Si se quiere que haya aprendizaje en una universidad, sólo puede hacerse investigando, no instruyendo. La palabra instruir viene del latín, struere, que significa amontonar o construir.” (McNabb 2016, p. 53). No sólo sería válido este rasgo distintivo para la educación universitaria, agrega McNabb, sino para la que tiene lugar en cualquier etapa de ese proceso: “El aprendizaje que debería llevarse a cabo en las universidades (y en cualquier nivel del sistema educativo) debe, por tanto, entenderse como un proceso semiótico” (p. 54). Para esto tenga efectivamente lugar, debe haber espacio para lo que Peirce llamó “la irritación de la duda”. Y esa condición es inseparable  del “realismo experiencial” (Colapietro, 2013, p. 75 ), lo que “convierte a la educación en una serie de invitaciones  para mirar y ver, escuchar y oír, tocar y sentir (para mencionar simplemente algunos de los más obvios modos de involucramiento directo con el mundo de la experiencia.” 

Mientras que el acto de educar apunta a la generación de nuevos signos o interpretantes corregidos de modo constante por nuestro embate directo, perceptual con el mundo, y también por el conocimiento de las interpretaciones previas y relevantes de la realidad hechas a lo largo de la historia, podemos comprobar cómo la televisión en su fase abyecta y pandémica, se dedica a la instrucción irrestricta. Eso significa que este medio masivo de comunicación se ocupa de “amontonar o construir” una versión antojadiza, reduccionista que ignora por completo el ingrediente vital educativo, a saber, el “realismo experiencial”, pues se encarga de lanzar una y otra vez el mismo relato de triunfalismo pandémico. Y lo hace de un modo entrador y simpático que fue descrito tempranamente para la televisión como “la relación parasocial”. Horton y Wohl (1956) observan la televisión matinal, que conducen animadores provenientes de la radio, y comprueban que se producía “una reacción a los conductores televisivos semejante a la de un grupo primario. Los más remotos e ilustres hombres son encontrados como si estuvieran en el círculo de nuestros pares. Proponemos llamara a esta ilusoria relación cara a cara entre el espectador y el artista una relación para-social” (p. 215). Esa es precisamente la modalidad a través de la cual nos llega la instrucción televisiva, el gran cúmulo de no-saber para ser adquirido sin crítica alguna, porque parece que viniese de un amigo o conocido, cargado de simpatía y de una fuerte dosis de seguridad absoluta. Se trata de un formato anti-educativo, según la definición antes presentada de Peirce, porque no nos acerca a la experiencia directa y mediada por signos, sino que nos confina en un mundo que de manera consistente rehúye la realidad, y elige una y otra vez el ser fiel a la narrativa que el universo mediático tejió al calor del poder político y de la ciencia oficial, desde marzo de 2020 hasta hoy. 

Victoria canta Victoria: un acto de consuelo a cargo de muñecos de ventrílocuo 

Una clase de programa televisivo popular es la puesta en escena de varios prudentes, de un conjunto de personas que pretenden o aspiran a encarnar la admirable figura que Aristóteles llamaba ‘phronimos’, y que el filósofo definía así: “El agente que ellos llamarían (el phronimos) es aquel que estudia bien cada cuestión sobre su propio (bien), y él es la persona a quien le confiarían tales cuestiones” (Ética a Nicómaco, VI, 7, 1141a-26-28). Ya utilicé esa noción para analizar la flagrante ausencia de debate mediático que caracterizó la Nueva Normalidad, desde su implantación gubernamental, en otro número de eXtramuros.  

Elijo como innegable representante de este género televisivo el programa Esta Boca es Mía (Canal 12, semanal,14.30 hs), en su edición del martes 5 de abril de 2022. Los cinco personajes allí reunidos actuaron como el gracioso muñeco del ventrílocuo, es decir, todas sus intervenciones, ya sea como conductora – Victoria Rodríguez –  o en el rol de los prudentes conducidos; se dedicaron a transmitir el mensaje unánime y ubicuo en todos los canales que miré ese día y también los siguientes. El motivo de elegir este programa fue porque, como verán, su lenguaje o instrucción para entender y posicionar al amable público televidente en relación al fin de la emergencia sanitaria es ejemplar. 

La apertura a cargo de Victoria R. es una réplica casi perfecta y ominosa de la explicación que me dio la cajera en ese supermercado donde aún era del todo vigente la necesidad de portar una máscara oculta-rostro: larga vida al pandemismo salvaje decretado por el dueño. De este modo, la conductora instruye al televidente: “Yo pregunté en el canal, ¿hay que seguir usando (tapabocas)?” Y procede a recrear la voz del amo, con una sonrisa pícara y amortiguadora del mandato arbitrario: “hasta que no haya una nueva orden…” Eso significa que hasta que lo decida el dueño, la máscara sigue en su lugar, inamovible. Pero lo que sigue es lo más interesante, me refiero a la instrucción a varias voces sobre los innumerables bienes y virtudes acarreadas por la nunca bien ponderada Nueva Normalidad, el sustituto duradero de la finada emergencia sanitaria. 

Los prudentes/phronimoi se apresuraron a respaldar todo lo hecho y dicho en los 25 meses anteriores, no sea cosa que su silencio pudiese interpretarse como una mirada crítica de la bienamada Ortodoxia Covid. Un ordenado salpicón de adhesiones se produce tras  la entrada sumisa e instructiva al asunto del día: 

– Yo lo vi muy fuerte, muy sólido hablando a Salgado (sobre el transporte público), por un tiempo iban a seguir exigiendo (= el tapabocas).

– La Intendencia puede subir y aplicar multas a quien no esté usando el tapabocas. 

Así evocan con fervor y aprobación a otro poderoso pandemista salvaje, que divulga su sentida adhesión al protocolo que está de salida: no, no se permitirá la falta del trapo de esos rostros ya sometidos a su ocultamiento, al menos no sin presentar lucha. Inspirado seguramente por esa alusión al dinero que se mueve sobre ruedas, otro tertuliano disfruta al aportar una elaborada reflexión sobre la “ventaja comparativa” de un restaurant que siguiera obligando al uso ya no legal de la barrera facial, y de ese modo consiguiese cautivar a una porción de su público: 

“Hasta usándola como una ventaja competitiva para una cantidad de gente, por decir algo, los adultos mayores que allí se sienten seguros con esas exigencias y ese derecho de admisión que lo dice la Ley 19.534, sobre el derecho de admisión, que es una ley muy amplia. Por eso yo creo que en el mundo privado algunas cosas pueden seguir siendo limitativas.”

Pero aún resta lo mejor que nos depara menú del día martes 5 de abril; lo descrito no ha sido más que un aperitivo opinador, para calentar los motores ideológicos de este programa que bien podría llamarse ‘Estas bocas son del ventrílocuo’. Tan fuerte es la voz de los poderosos que ellos se encargan de modular hábilmente, como para hacernos creer que esos planteos salen de su mente, en vez de sólo atravesar sus labios.  Se avecina la declaración emotiva de fidelidad covidiana, de adhesión apasionada a esa época tan perfectamente diseñada para el bien de cada ciudadano, según nos explican. Esta emisión nos permite observar gracias al entusiasta tratamiento mediático de esta retirada oficial, cómo funcionó el conjunto de los medios más poderosos desde el 13 de marzo de 2020. Ellos se comportaron sin excepción como una gruesa barrera, como una pared opaca instalada entre la experiencia directa de la realidad y los destinatarios de esos mensajes tan bien coordinados, unánimes y convergentes en una única visión y opinión sobre la definición de la situación. Vamos bien, ganamos esta batalla, todo valió la pena, nada de lo que arrepentirse o reflexionar como habiendo sido un terrible error. Ese es precisamente el ánimo conmovido de un phronimos que exclama: 

– “¡Se aprendió de la discusión entre el mundo científico y el mundo político!”

De modo involuntario, su insólita e insostenible intervención resume todo lo que hemos estado escribiendo y publicando en eXtramuros como el Gran Cancelado del planeta Pandemia, a saber, el debate, la genuina discusión entre visiones encontradas, ya sea políticas o científicas. Las rarísimas excepciones sólo sirven para percibir y entender cómo brilló por su ausencia esa supuesta “discusión” alabada por el prudente televisual. Quizás el opinador quiso rendir un encendido homenaje a las Grandes Figuras del Sars-Cov-2 como Medina, Moratorio o Radi, por nombrar sólo algunos de los integrantes del elenco fijo y oficial autorizado para hacer acto de presencia irrestricta en todos los canales y medios masivos. Se trata de una visión panglosiana de un mundo nuevonormal pacificado: aquí no ha pasado nada, y todo lo que ocurrió fue para bien. Nos cuidamos, aislamos voluntariamente y vacunamos en reiteración real. ¡Viva la infalibilidad del mundo global, así en la OMS como en el paisito gachificado!

Acto seguido llegó el aporte central de la conductora, Victoria R., que con visible emoción y una ligera empatía nos ofreció una disección reveladora del Otro maldito y silenciado del pandemismo, una de esas “cosas de sentido común” como ella la describió, mientras leía mensajes que cubrían actitudes extremas sobre el asunto del día: 

– “Hay mucha gente que se entreveró en el camino, que tiene su propia conclusión, y se volvió antivacunas, antigobierno y anticiencia.”

Una condenable triple reacción de esas personas que se entreveraron, según la luminosa imagen usada por la conductora Victoria, paradojalmente en su momento más Chirolita – para evocar al popular muñeco del ventrílocuo Mr. Chasman. De ese modo, cumplió su rol oficial la directora de esta pequeña orquesta unánime de opinadores pro- y pos-pandémicos. Victoria cantó victoria: ella interpeló a los triplemente derrotados por el restablecimiento incontestable y loable de vacunas, gobierno y ciencia, que ella describió conmovida. ¡Adiós a ese entrevero, bienvenido el nuevo orden normal! Ahora ya estaba preparado el terreno; la liturgia se encontraba en su punto más alto, ya podía producirse con el mayor efecto la declaración del desenlace triunfal de la pandemia. La escena es la adecuada para que el fiel público de estos prudentes semi-profesionales de la televisión pueda ser instruido como Dios y la OMS mandan. Ella lee un mensaje crítico dirigido a uno de los opinadores, quien solicita permiso para responder “a la gentil señora”, ya que se explicita el género del irritado contra-opinador domiciliario. Victoria se lo concede, siempre y cuando sea con “el respecto que merece” y gracias a ese permiso se desploma como un torrente sobre los presentes y ausentes el inapelable triunfo vacunicida de nuestro tiempo:

– “¡Señora, las vacunas ganaron! ¡Ud. lo lamentará, pero las vacunas ganaron la batalla! La batalla de la ciencia… ¡Y tenemos que aceptarlo, ganaron! Haga el número que Ud. quiera, pero las vacunas ganaron, triunfaron. ¡Nos ganaron a todos, y nos resolvieron el problema a todos! Y esto (= el fin de la emergencia sanitaria) se puede dar hoy, porque las vacunas ganaron a todos. Teníamos dudas, pero nos ganaron a todos.”

Si hay un elemento que falta notoriamente en esta vigorosa declaración de triunfo bélico es la duda, la saludable irritación de la duda, que es el ingrediente vital de la educación entendida como investigación. La cansina repetición de esa “batalla ganada” por las vacunas y por la ciencia es una pesada dosis de instrucción, una forma de comunicar al mundo algo que no es fruto de raciocinio alguno, y que carece del más mínimo apoyo en esos números que menciona el phronimos supremamente victorioso. 

Ocurrió un poco antes de la declaración triunfal de esa batalla covidiana, otra forma de cantar victoria de Victoria, mientras ella trataba, según anunció, de “recorrer los extremos” de posturas sobre la pandemia, para así exhibir su actitud de clemencia con los vencidos. Y ésta es la respuesta didáctica que le ofreció a una televidente del grupo entreverado, quien le envió un mensaje donde decía que Victoria “no se había contagiado de gripe común, pero sí de Covid”, y remató su intervención con una queja que a continuación fue desmantelada por la conductora: “el tapabocas no sirvió para el supuesto virus”: 

– “Entre paréntesis, no, no me contagié de Covid, por suerte, además me vacuné a tiempo. Bueno, mi experiencia es que (el tapabocas) me sirvió.”

Qué bueno que la conductora sabe con absoluta certeza que a ella sí le sirvió el tapabocas, el mismo que tantos trabajos científicos demuestran no sirve en absoluto para detener la entrada de este virus por motivos racionales y empíricos, el fruto del “realismo experiencial”, que Peirce propone como instrumento central para toda investigación y también para la educación. Pero, en esta vehemente defensa covidiana, nada mejor que poner  las cosas en su justo lugar, y enfáticamente enderezar a esta población que se entreveró. Esta fue otra manera en la que Victoria cantó victoria.  

Hay un texto publicado hace varias décadas del sociólogo canadiense Erving Goffman (1952) cuyo título es aún hoy llamativo – “Sobre cómo enfriar a la víctima. Algunos aspectos de la adaptación al fracaso” (original inglés: On Cooling the Mark Out. Some Aspects of Adaptation to Failure). Para un análisis muy amplio de la sociedad, Goffman utiliza como modelo la operación del estafador callejero. Describe cómo luego de que la víctima se da cuenta de que ha sido engañado, es necesario consolarla, calmarla, para que no haga escándalo, para que no llame a la policía, y más que nada, para que no alerte a otras potenciales víctimas del entorno. Esa es la tarea  que le incumbe a un miembro del equipo estafador. La exaltación ininterrumpida y superlativa del tratamiento pandémico en ese programa de opinadores, sin contar con apoyo empírico o científico alguno, puede entenderse como una estrategia mediática para calmar, apaciguar a quienes se dieron la vacuna de modo reiterado y con beneficios inciertos – sin considerar efectos adversos ya constatados y otro futuros aún por conocer. Nada mejor para lograr ese objetivo que un medio masivo como la televisión se dedique a ensalzar con ciega pasión la victoria final de lo que sin gran esfuerzo, y apoyados en la investigación más confiable podríamos interpretar como una estrepitosa derrota, como tan solo el final político y arbitrario, en un tiempo nuevo(a)normal. La insistencia en recurrir a la metáfora de la guerra, para poder ensalzar con mayor vehemencia y desmesura la supuesta victoria, bajo la dirección de la también triunfal Victoria, constituye un ejemplo inmejorable de las muchas formas que, según Goffman, tiene toda sociedad para consolar, para atenuar la pérdida de alguien que de ese modo, intenta conservar la buena imagen de si mismo, tras comprender de modo inequívoco que ha sufrido una derrota, que su auto-estima ha caído, que se ha machucado, que ha perdido algo valioso sin haber ganado nada a cambio.  

¿Y qué aprendimos en 25 meses de lucha feroz entre instrucción y educación?

“Una de las más importantes implicaciones del pragmatismo peirceano para una pedagogía crítica es la constante necesidad de recuperar el mundo de la experiencia”. (Colapietro 2013, p. 78)

No es fácil ni obvio el acto de emprender un proyecto como el de la revista eXtramuros, que intenta, de modo falible, incompleto, en fin, humano, desarrollar la educación mediante la generación de nuevos signos, de interpretantes inesperados sobre una realidad convulsionada. Porque la oportunidad en que lleva adelante esa iniciativa es el momento en que el mundo adquiere el siniestro aspecto de una máquina unánime de regimentar la vida, siempre de espaldas a la realidad, y sin que importe en absoluto la verdad, que es el fruto de la investigación genuina, a cargo de una comunidad con muchas y divergentes voces. La investigación es ajena a una ciencia oficialista que goza del fuerte auspicio de la voz política y del dispositivo mediático en la fase de su más servil unanimidad y silenciamiento de toda disidencia. 

Eso es y ha sido, según lo entiendo, la tarea que se asignó a si misma la revista eXtramuros, donde este ensayo va a aparecer, y tal vez ser leído por los habituales lectores de esta publicación. Quiero cerrar esta reflexión sobre los signos que rodearon la retirada en derrota de la nunca más obvia y explícitamente política pandemia, con la cita de un especialista en la semiótica de Peirce sobre cómo podemos aprender de modo genuino y real sobre el mundo. Se trata siempre de una actividad por completo ajena a la instrucción de lo consabido, que es guiada por intereses ajenos y opuestos a la educación:

“Podemos comenzar nuestras reflexiones a un nivel inconscientemente abstracto, y dar por sentado mucho de lo que necesita no tanto ser cuestionado, sino abordado desde ángulos nuevos, para poder ser visto de modos no familiares. Tal es, al menos, mi esperanza al dirigir nuestra atención hacia la recuperación fenomenológica del invenciblemente esquivo mundo, donde todos los procesos de aprendizaje tienen lugar.” (Colapietro, 2013, p. 70)

Lejos de menospreciar el valor heurístico de pequeños incidentes como el que narré sobre el implacable esbirro plantado ante la puerta de un supermercado, o la declamación unánime de fe pandémica hecha a muchas voces convergentes en un programa opinador de la televisión, es nuestra genuina admiración ante lo revelador y siempre potencialmente extraño de esos fenómenos de sentido lo que nos permitirá entender qué ocurre verdaderamente en el mundo, donde circulan estos signos tan comunes como misteriosos, para quien se ocupe de estudiarlos.


Referencias

Andacht, F. (2020). Ha nacido un nuevo género: el debate embozalado de la Nueva Normalidad. eXtramuros revista (05/12/2020) https://extramurosrevista.com/ha-nacido-un-nuevo-genero-el-debate-embozalado-de-la-nueva-normalidad/

Colapietro, V. (2013). Peirce and education: contemporary reflections in the spirit of a contrite fallibilist. Foro de Educación, 11(15), pp. 65-82. (http://dx.doi.org/10.14516/fde.2013.011.015.003

Goffman, E. (1952). On Cooling the Mark Out. Some Aspects of Adaptation to Failure. Psychiatry. Interpersonal and Biological Processes 15 (4), 451-463.

Horton, D., & Wohl, R. R. (1956). Mass communication and para-social interaction. Psychiatry, 19, 215–229. 

McNabb, D. (2016). Las ideas semióticas de C. S. Peirce para el aprendizaje en red. En: M. A. Casillas Alvarado  & A. Ramírez Martinell (Eds.) Háblame de TIC: Educación Virtual y Recursos Educativos Volumen 3 (pp. 51-66). Córdoba, Argentina.: Edit. Brujas

Peirce, C.S. (1931-1958). The Collected Papers of C.S. Peirce. C. Hartshorne, P. Weiss & A. Burks (eds.). Cambridge, Mass.: Harvard University Press. Se cita la obra del modo convencional: x.xxx corresponde al volumen seguido por el párrafo. 

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