ENSAYO

Por Agustina Bullrich

Se cayó el sistema, dice la chica de la farmacia detrás del mostrador y del políticamente correcto plexiglás. No sabe cuándo va a volver, pero que me de una vueltita más tarde. El calor insoportable torna cada salida de casa en una misión específica, no creo que ya vuelva ese día pero le digo que sí que muchas gracias y me voy con la frustración de saber que tendré que estrangular mi dentífrico de viaje, otro día más. Me voy, también, con una frase flotando en la cabeza.

“Cuando estás en medio de una historia, no es una historia en absoluto, sino solo una confusión; un rugido oscuro, una ceguera, una ruina de vidrios rotos y madera astillada; como una casa en un torbellino, o bien un barco aplastado por los icebergs o barrido por los rápidos, y todos a bordo impotentes para detenerlo. Es solo después que se convierte en algo parecido a una historia. Cuando lo estás contando, a ti mismo o a alguien más”. La cita es de Margaret Atwood y es el comienzo de “Stories We Tell”, un documental de Sarah Polley en el que reconstruye su biografía familiar. Lo interesante del documental es esa reflexión sobre los modos en que contamos una historia, la nuestra o cualquier historia. El sentido es un ejercicio retrospectivo, cuando estás embarrada de experiencia no hay historia, es puro caos. Creo que lo mismo puede decirse a nivel colectivo.

“Se cayó el sistema” es una frase que alude a un sistema informático que se encuentra provisoriamente fuera de servicio. La chica de la farmacia, por supuesto, habla de eso. Escucho la frase con atención de etnógrafa, con ese lente de

antropóloga en tu propia tierra que viene con el hecho de haber vivido muchos años afuera. Hace tiempo no escuchaba esa frase, y ahora en el transcurso de dos días, la escuché tres veces. El motivo: los cortes de luz. La frase y los cortes son muy Argentina, y es cierto que incomodan. Pero lo extraño y difícilmente confesable, es que, al mismo tiempo me alegran. En este contexto me alegran. Cuando algo falla pienso en que no será tan fácil, con este retraso tecnológico, instaurar el Gran Reseteo. Viniendo de Nueva York, el “subdesarrollo” me da esperanza. La agenda no podrá implementarse aquí exitosamente, concluyo para mis adentros mientras saco efectivo para pagar en la fábrica de pastas porque, aquí también, se cayó el sistema y no pueden procesar la tarjeta de crédito. Al menos se encontrará con varios palos en la rueda.

El sistema ya se cayó, dicen por ahí. La bestia agoniza y redobla la apuesta, incrementa su violencia, da manotazos de ahogado. Todo organismo se rige por la misma ley, el deseo de sobrevivir. Claro que hay filósofos, pensadores y guías espirituales, reflexionando en tiempo real sobre lo que está pasando, pero a nivel colectivo hay una sensación de caos, de pérdida de brújula, de ruina de vidrios rotos y madera astillada, como una casa en un torbellino. Estamos ahora en medio de la historia, cambiando de historia. Tal vez la tarea más poderosa que podamos emprender a partir de ahora sea imaginar algunas de las cualidades del nuevo mundo, aunque sea imposible saber cuál y cómo será su historia. Algo acerca de la ternura, el no dualismo, la acción desde el corazón, el amor incondicional.

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