POLÍTICA

Por Dr. Félix Ugalde  

Los resultados del plebiscito ya son historia. La propia LUC, que provocó infinitos males, también es historia. Termina agregando 400 y tantos artículos a la extensa y compleja normativa nacional,  con la única particularidad de su ratificación popular, que vale como símbolo referente de un triunfo político. 

Una ley promovida con esperanza en la campaña por los blancos, sobrellevada a cuestas y tropezones por la coalición con reparos varios y convertida en fuente de controversia por la izquierda, que hizo uso de la misma para mantener los motores de la pelea calientes y en debida forma. 

Difícil es predecir hasta donde llegarán sus bondades principales, ni cual es el valor agregado real para mejoría de la situación de la ciudadanía. Seguramente habrá mejoras. Y seguirán existiendo nuevas instancias de discusión. Forma parte del variopinto centro de conflictos instalado en el país, para exclusiva diversión de los arrabales.

Y que de verdad no provocó ninguna discusión entre las partes en pugna inteligente ni rica en contenidos. Se discutieron banalidades con expectativas de menor cuantía. Lo importante pasó desapercibido (una vez más) entre la utileria de los escenarios. Nadie intentaba ni amenazaba con rigores de academia. Ni con razones de peso que determinen altura de miras en la discusión. 

Por todo lo cual,  la historia solo reflejará pequeñas incidencias de aspectos adjetivos como el desalojo exprés o la amenaza de la privatización de la enseñanza. Se perdió la oportunidad de discutir a fondo sobre la regla fiscal o sobre los cambios a la ley de inclusión financiera por mencionar algún ejemplo. O profundizar en el tema seguridad con seriedad. 

La situación permite algunas reflexiones, las cuales por otra parte derivan sin esfuerzo de la propia naturaleza de la cuestión. No se puede discutir racionalmente una ley en esta vía multitudinaria, cuando el debate se integra por multitud de situaciones jurídicas muy diversas en su temática, complejidad, objetivos y naturaleza, ni esa discusión está a la altura de la comprensión ciudadana promedio. Ni siquiera con la mirada de esa vieja ilusión del Uruguay que se jactaba del nivel medio de sus habitantes. 

Ya no existe tampoco el nivel exigido para el análisis, para el cual es base elemental contar con un umbral  adecuado de interés intelectual de la gente, más inclinada como sabemos al fútbol y a Netflix. Que al final son los únicos referentes que reflejan la mediocridad ambiente, la pasión marginal y el hastío. Huérfana de valores visibles, la sociedad tiende a deslizarse hacia lo fácil,  lo popular y a lo que meramente distrae. Toda expectativa de mirar hacia horizontes más vastos y creativos, resulta manifiestamente de poco interés. Es mejor el carnaval y la playa que la aridez de la discusión de ideas. 

Los fósiles y los votantes del país 

Un fósil es evidencia material de algo pasado. Restos y señales de actividad de tiempos pretéritos. Generalmente adheridos a rocas, donde se conservan en mayor grado las partes más duras, esqueléticas y todo lo que sea más resistente a la destrucción. Si bien se requiere de 5000 años de antigüedad para considerar que un resto es un fósil, las actitudes políticas locales se vuelven fósil en tiempos más cortos. 

Las últimas votaciones revelan resultados parecidos y singulares que desafían toda reflexión o cualquier posibilidad de percibir cambios. Resulta al escuchar las explicaciones de quienes hacen de la política especialidad de trabajo, cuando discurren (con solemnidad declarada) para concluir afirmando que las últimas votaciones son todas idénticas o parecidas entre sí. O sea que se han fosilizado voluntades y expresión de posiciones. Manteniendo sus partes duras en condiciones de resistir tanto la destrucción como la creación  de las ideas, sus cambios inevitables y su debida plasticidad. Están fosilizados los que votan, los que opinan sobre los votantes y los que promueven activamente la actividad de votar. Están a su vez todos seguros allá en su fuero intimo de que no se trata de opiniones, sino que se trata solamente de adhesiones. No es pensamiento, es emotividad.  

Todo lo cual permite acercarse al comportamiento de una sociedad que luce adherida a una actitud ancestral, más allá de toda controversia posible. Actitud fósil en definitiva. Resulta entonces indiferente ir barrio a barrio y pueblo a pueblo para comprobar cómo se repartieron las intenciones electorales  y descubrir que en rigor nada ha cambiado. Lo que permite además  advertir que nadie habría hecho nada significativo a favor o en contra en los temas de la sociedad en el ínterin o que así al menos es la percepción social generalizada. Y que nada relevante permite que cambien las perspectivas de la mirada ni del relato. No hay elementos de convicción en ningún sentido.  Acá todos repiten. Acá todos son parroquianos convictos. No hay gente para convencer ni gente con ánimo y objetivo de  convencer . Se trata de sobrevivir atados al milagro de una forma perversa de ser unánimemente conservadores. Obviamente de ideas y creencias distintas. Pero repetitivas e inmunes a cualquier revisión de ideales y perspectivas. 

Que sucedió en el país en ese lapso entre votaciones

Sucedieron muchas cosas en los últimos años. Se cortó la racha larga del Frente en el poder. Un candidato blanco accedió a la Presidencia. Tuvimos desde la partida la pandemia que fue sufrida, soportada o consentida por cada quien conforme su encare, estilo y forma de vida. Y funcional también a su posición social, estabilidad de empleo y estado de salud.

Se discutió mucho sobre las medidas adoptadas, desde el inicial cierre de actividades, de la entronización parcial del trabajo a distancia, de la distribución de las canastas solidarias públicas o privadas, de las vacunas (incluyendo calidad tipo y distribución etaria) y la renta universal, que la izquierda fomentaba o alentaba. 

Incluso en el proceso, se votó la ley de la discordia y tuvimos plebiscito. Como era asumible se modificaron muchos hábitos, muchas formas de vida, ilusiones y desilusiones. Se achicaron los tiempos de velorios y casamientos, fue costumbre aislarse por decisión propia o exhortación ajena. Disminuyeron las intenciones lúdicas y las reuniones grupales al menos en el primer impacto pandémico. Es decir la pandemia constituyó un cambio temporal significativo, que provocó consecuencias que fueron diferentes en su profundidad y gravedad según sea el tipo de actividad de las personas, su nivel de apertura interna o externa y la capacidad y posibilidad del sector de mantener activa la economía. 

Uno podría asumir que tal cantidad y calidad de cambios en la sociedad alguna huella debería  dejar, alguna asunción de nuevas hipótesis para repensar, tendencias novedosas y provocativas y alguna actitud diferente.

Pese a que todos sabemos que una cosa es la crisis en su fase más aguda en la cual las personas sienten que se acaba el mundo. Y cosa diferente es cuando el peligro pasa o se siente menos urgente y duro. En el momento peor todos tienen propósitos de cambios de vida.  Apenas se vislumbra la cercanía del fin del mal todos (incluidos los más radicales) vuelven todos en general a sus antiguas costumbres de la vida anterior con variantes de ocasión. La pandemia pasa, los viejos hábitos resucitan. Siempre ha sido así. El peligro asusta y conmueve, la salida próxima  del virus distiende, habilitando la vuelta. 

En cualquier caso del miedo real a un contagio posible se pasa sin estaciones intermedias a la tranquilidad de volver a saludar con beso y abrazo. Todos al fin contentos. Ínterin el virus se integra en la sociedad y allí estará vaya a saber por cuanto. Y digamos de paso que la volatilidad de vida y haciendas deja en el camino explicaciones necesarias sobre el origen del bicho, sobre su desarrollo, sobre la utilidad vacunatoria y sobre el aprendizaje útil para nuevas etapas o nuevas pandemias. Muy propias de sociedades del volumen de la actual. 

La presencia presidencial  

Las estadísticas, preguntas, aprobaciones de gestión con sus respectivos números de apoyo y todas las variables que son parte del paisaje de las encuestas, permite afirmar que Lacalle estrenó como Presidente con una razonable solvencia. De lo cual da cuenta el éxito de su reconocimiento al frente del ejecutivo. Había en el poder una conducta estable de liderazgo.  Política, humana y en la comunicación con la población.  Diferente estilo a sus anteriores en el cargo. Más juvenil y moderno. Fue para muchos una sorpresa positiva como gobernante. Lo apoyaron en el peor momento, de manera significativa, tirios y troyanos. Todos entendieron al menos su voluntad democrática y su visión positiva. Nadie ignoraba entonces que el Presidente se estaba manejando bajo el doble paraguas de la libertad responsable de la sociedad y de la asunción plena de su responsabilidad personal como Presidente. 

Todo lo cual la sociedad lo reconoció ampliamente y le dio su apoyo. Distendido en los peores momentos. Exhortó más que ordenó. Sugirió conductas, fomentando la colaboración de la ciencia y muy en especial el respeto de la individualidad. E intentó a su vez, un equilibrio difícil entre la salud esperada y el movimiento de una economía que no se podía enlentecer siquiera. 

Todo lo que induce a pensar que podía ser una referencia para un pensar futuro. Que su éxito en una sociedad tan partida, donde se ganó lugar y respeto, constituía una posibilidad de cambio potencial en la voluntad general. 

Hoy mirado a la luz del resultado del plebiscito podemos apreciar que el apoyo era del momento y mientras éste durara. Que el apoyo era la seguridad de sentirse protegidos. Fue efímero el éxito medido en actitud social y es muy vulnerable la sustentabilidad de políticas de aliento largo en una sociedad tan rígida en su posicionamiento. Es razonable esperar que entre los temas salariales, la inflación y otras menudencias, el prestigio presidencial baje y se estabilice a cierta distancia de su mayor gloria. 

Uno esperaba que podía derivar de la gestión un impacto positivo para el Presidente que sería apreciable al menos en un resultado por un porcentaje razonable de votos, que no convirtiera este tema en un final de carrera de caballos. Los resultados no coinciden con los índices de aprobación. Ni con la distendida situación social uruguaya. Bien diferente a la que se percibía en otras latitudes, cercanas o lejanas. 

Por su parte la izquierda estuvo en origen poco comprometida. Salvo sus políticas partidarias. Anduvo con rumbo incierto (el del Presidente era claramente más firme) sostuvo la necesidad de aislamiento, y promovió erráticamente soluciones de gasto con poco rigor. Esa política tampoco le dio resultados positivos. Pese a que tuvo dos triunfos aún cuando sean morales: junto las firmas y llegó justo en el marcador. Esto marca un distintivo del cual ya hemos hablado: la militancia hace milagros pero asienta actividad en tierra abonada. 

Mirada hacia adelante

En este panorama, sin convencidos ni promotores, sin impactos en la opinión pública  por realizaciones o por ideas, sin movimientos de adhesión a nuevas políticas o a nuevas alternativas de gestión es difícil aventurar. Salvo que la novedad no paga y que la adhesión a las familias ideológicas es lo más fuerte, firme y conservador que el Uruguay propone. 

Resulta desolador que una sociedad dividida, más rígida de lo que parece, no augure otra cosa que seguir igual. Sin esperanza. Repetir una posición que viene desde hace al menos 20 años sin grandes desafíos ni grandes propuestas. Pura sobrevivencia con mayor o menor éxito según sea la suerte de los valores de los productos del agro, del desarrollo de inversiones en nuevos campos de actividad y del viento del comercio internacional. Y que es el resultado de muchos desaciertos en el largo proceso de llegada del Frente al poder después de 50 años.

Llegada que fue producto de una muy fuerte posición hegemónica de la izquierda por la cual se fue copando todo la estructura de la educación, toda la actividad universitaria y toda la renta política de constituirse en calidad de víctima institucional con carácter permanente. 

Todo lo cual es sin perjuicio de qué hay acuerdos tácitos, secretos o sobrentendidos en mantener campos de acción y de influencia sin movimiento de ataque ni defensa. Cuestiones que se pueden advertir sin esfuerzo en las normas presupuestales.  No resaltan ideas realmente innovadoras. Que tampoco deben ser incluidas en un texto farragoso como la Luc. 

En ese contexto nadie gana en sentido virtuoso. Allí están. Todos críticos que parecen haber cambiado de posición cuando los pingos preparan la salida, y que se ilustran como indecisos o votantes en blanco o que no saben por los encuestadores.    Todo hasta que tienen que sacar la papeleta y votar. Allí gana la ideología en ambos bandos. Y los indecisos, o los negativos se reparten también de manera igualitaria. Y todos votan por sus amores. Votar siempre por pasión no es propio de tener una mirada activa hacia el futuro.  La vida se ejecuta hacia adelante. 

La incredulidad frente a la lectura de esta repetición de actitudes políticas de la sociedad toda, es índice manifiesto de la estabilidad de ciertas actitudes políticas. Que se reclaman como políticas de “Estado” sobretodo cuando no se tiene el poder. 

Solo podría preverse de estar a la votación juvenil (al menos los últimos eventos) que en el largo plazo, salvo cambios de gran entidad que modifiquen el equilibrio a favor de una nueva posición o refuerzo de las legendarias, que la izquierda tendería a ser mayoría futura por mayor margen. O sea seria el partido del poder. Como lo fue en su época el Partido Colorado. 

O sea vivimos en una estabilidad inestable. Pero con un margen muy pequeño de movimiento. Los recursos generales no admiten cambios significativos en su uso en un futuro próximo. El conjunto del gasto público arrastra costos estructurales muy difíciles de superar. La mayoría del gasto es salarios (bloque de una rigidez inusual) sobre costos de la seguridad social y otros gastos derivados de transferencias a entidades o actividades que carecen de toda importancia. 

Nada puede surgir salvo de la promoción de la actividad privada. Lo que a su vez exige que ésta no cargue con la mochila de un gasto público que llega cercano al 40% del PBI. 

Lo que merece una revisión de interés involucra indagar en las causas que determinan la rigidez de la población para ejercer el sufragio y su inmunidad para ser receptivo a seguir otra cosa diferente a su asentada posición ideológica. Indagar el nivel de posiciones supone también buscar hasta donde y porque resulta de posiciones ideológicas definitivas e inmodificables. 

Finalmente, volviendo a la LUC

Toda esta historia resulta de especial consideración. Uruguay ha probado todos los partidos y todas las ideologías. Salvo que en el acto de gobernar la ideología asoma o desaparece según las circunstancias. Y en rigor nadie está conforme del todo. Más bien todos están razonablemente disconformes. Con los partidos de oposición y dentro de cada partido. Esa disconformidad no parece admitir matices singulares.

Volviendo al inicio. La LUC es solo un instrumento. Que debe ser debidamente ejercido. O sea depende de la voluntad reglamentaria y de la capacidad instalada del sector público. Por lo tanto se aplica y se aplicará conforme se han ejecutado muchas leyes en el país. O sea bien regular y mal. Pero las leyes no cambian la vida de la gente, ni generan riqueza ni arreglan salarios o precios. Su mayor importancia es resguardar los derechos de los ciudadanos, garantizar el estado de derecho, mantener vivo el orden jurídico. 

Esta ley oportuna en muchos casos (no en todos) puede ser un apoyo, un aporte, algo que ayude a actuar mejor. Pero no afecta lo sustancial. Por eso es una pena el tiempo que le debemos a los promotores del plebiscito perdido. Enlenteció la salida, dejó atrás proyectos de importancia, para terminar como terminó. Con un pingo que se quedó en la raya y con una gran recomendación final: “vos sabes no hay que jugar”.

Foto: Fernando Pereira triste / Marcelo Bonjour / El País

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