PORTADA

Por Fernando Andacht

En esta hora de transición pandémica, luego del cierre oficial y parcial de la temporada covidiana local, conviene detenerse a pensar en qué nos trajo y  qué continua trayendo cada día esa forma de estar en el mundo que no se fue, que no parece tener apuro alguno por retirarse: la Nueva Normalidad. Hoy podemos ver con más claridad en qué consiste la densa nube que se instaló sobre el planeta entero para alimentar el miedo a una sola cosa Y para eso nada mejor que detenerse a analizar un episodio protagonizado por el aliado incondicional del nuevonormalismo: la comunicación mediática como fábrica de temor. 

La duplicación de la realidad de los medios de comunicación en pandemia

Hace casi dos años, en esta revista, me hacía unas preguntas que, creo, siguen siendo relevantes hoy: “¿Cuándo se enfermó de miedo el planeta?¿Cómo se agarró el virus de la sobreactuación desaforada?” Y una posible repuesta que propuse fue que se trataba de producir una película que podría titularse La Peor Pandemia Jamás Lanzada Contra la Humanidad. En el ejemplo mediático que analizo a continuación, queda claro el mecanismo publicitario que alimenta el temor para que sigamos viviendo sin protestar dentro de una suerte de enorme campana tóxica que hace las veces de realidad, de lo que no queda más remedio que vivir y aceptar como el modo natural, normal y necesario de existencia. No se dejen engañar por la banalidad de los signos que ahora presento como evidencia: su inocultable trivialidad es precisamente lo que los convierte en un arma de destrucción masiva. ¿De qué? Del  pensamiento crítico, de la capacidad de tomar distancia de la masiva inoculación cotidiana de vacunas contra la razonabilidad que nos llega desde la amable pantalla televisiva. Nada paraliza más el pensamiento que el miedo, que el sentimiento de inseguridad que segregan sin pausa los medios más poderosos. 

Hay dos niveles de realidad con los que opera el sistema de comunicación mediática, según Luhmann (2000). La realidad fundamental o primaria no es lo que tiene lugar fuera de los estudios de televisión, nos propone su teoría constructivista, sino el propio funcionamiento del medio, sus programas, sus géneros, los rostros familiares que nos saludan e invitan a diario a compartir con ellos noticias y vivencias. Subordinada a esa estructura, la realidad externa sólo puede entrar al medio a través de los temas o tópicos que conforman su programación. Un asunto monopolizó durante dos años enteros la agenda de todos los medios en Uruguay, y también en buena parte del planeta. De acuerdo a esta teoría, los medios producen la “duplicación de la realidad”. Lo que continuamente observamos es el modo en que opera la televisión, por ejemplo, la manera en que observa el mundo cercano y lejano y lo transforma para nuestro consumo cotidiano. Sólo mediante la perspectiva de ser los “observadores de observadores”, conseguimos tener acceso a lo que sucede fuera de nuestro entorno inmediato, y también fuera del estudio televisivo. 

Y ahora algunas palabras de su auspiciador

El ejemplo televisivo que ahora presento para ilustrar lo que Luhmann (2000) teoriza como “la duplicación de la realidad”  posee una apariencia del todo inocente. Su género se basa en informar y opinar sobre la vida de modo en apariencia espontáneo, amigable y por momentos polémico, bajo la conducción de un amable maestro de ceremonias. ¿Qué podría ser más natural, más parecido a una mesa de café en la que tiene lugar una tertulia, en la que los allí presentes departen sobre el estado pandémico actual? A diferencia del informativista, que lee con disimulo su libreto en una pantalla invisible a nuestros ojos, en este formato audiovisual un grupo de cuatro opinadores bajo la conducción de una conductora se dedican a producir signos que remedan la charla espontánea, la discusión cotidiana en la que chocan y convergen posiciones sobre la vida y sus alrededores.. Aún si es evidente el elaborado artificio de armar un panel cuya integración procura el equilibrio de personas de ideología política antagónica, de diferente género y estilos de intervención , el público experimenta el intercambio de opiniones como un espectáculo verosímil, no excesivamente actuado, sino algo vivido ante las cámaras. 

La estructura de la emisión del 16 de mayo de 2022 de Esta Boca es Mía (Canal 12, 14.30) fue la típica de ese formato. Para introducir el primer tópico del día, se convocó a un especialista en el asunto. Y nada parece mejor para conversar sobre el estado pandémico pos-emergencia sanitaria que un infectólogo. Previsiblemente, el elegido forma parte del muy pequeño e influyente elenco estable de expertos que se ha convocado invariablemente a todos los estudios televisivos desde 2020. A modo de prólogo del invitado estelar, vemos y oímos un video del ministro de salud pública, Daniel Salinas, cuya alocución rigurosamente enmascarada, la presenta Victoria Rodríguez (VR, de aquí en más) en ese momento, en un rol cercano al del conductor del noticiero. Su función es ser una acomodadora del sentido, es decir, alguien encargado de indicarnos cómo mejor recibir e interpretar los signos que consumiremos a continuación: “el tema del regreso o tal vez la nunca partida del Covid. Se han reportado nuevos casos”. Ella menciona “las noticias de Europa”, y las medidas sanitarias que vuelven a entrar en vigencia allí. Con tono levemente crítico dice que ahora “te hacés el distraído”; y acto seguido, lanza un mensaje de cautela a la población: 

“Desde el Ministerio de Salud Pública nos está diciendo no sólo hay que mantener precauciones, sino que hay agenda para seguir vacunándose.” 

Se vuelve así explícita la operación que constituye la realidad más real, la que construye el propio medio con sus estrategias retóricas, para representar persuasivamente una nueva entrega de la mayor campaña publicitaria en la historia reciente de la humanidad. Como en una publicidad testimonial, se exhibe el video institucional, con la muy conocida escenografía gubernamental protagonizada por tres enmascarados, el del medio lleva la voz cantante. Es el ministro Salinas, su tono es terminante, él no está allí para opinar, como los integrantes del programa opinador, él dictamina lo que debe acatarse: 

“¡Como todo el mundo sabe la pandemia no terminó! De repente, hay un sesgo de interpretación, el fin de la emergencia es el fin de la pandemia. Se está viendo un repunte de casos en las Américas, y en el mundo en general, si bien con menor gravedad. El aumento de casos sobre todo se están dando en la franja de edad de 18 a 49 años. Esto se debe a la circulación de una variante con mayor capacidad de contagio, es la B-A2.”

Y como remate de su discurso, con aire solemne, como si anunciara una nueva temporada de una serie en Netflix, el ministro recomienda a los televidentes seguir consumiendo el inyectable milagroso y adictivo: “a los que le falta la tercera dosis y los que están autorizados (deben) darse la cuarta dosis”. Por supuesto, como ocurre en todo buen aviso, se menciona la marca preferida. Salinas nos aconseja “reforzar con una segunda dosis de Pfizer”. A esta campaña sólo le falta un jingle, idealmente, algo al estilo de aquel inolvidable hit publicitario: “en la Nueva Normalidad todo va mejor con…”

Tras anunciar la entrevista telefónica con el infectólogo Álvaro Galiana (AG) – la foto de su rostro enmascarado aparece en la parte inferior izquierda de la pantalla, debajo de VR –  la conductora actúa un papel de ingenua, para encarnar al ser común o promedio, ese que confía ciegamente en La Ciencia. Desde el lugar de ese imaginario personaje inocente, le hace una pregunta al experto: “¿Es posible que nosotros hayamos interpretado psicológicamente, emocionalmente que el fin de la emergencia sanitaria era el punto final?” Todo lo que el invitado dice a continuación pone de manifiesto la naturaleza publicitaria y paradójica de la comunicación pública y pandémica. De su explicación, destaco como punto alto de venta de una marca que a todas luces parece estar fallando, que no es tan eficaz como se publicitó, el modo en que Galiana intenta persuadirnos de que eso no es en absoluto una razón para dejar de consumirla, que lo que se critica como algo dudoso sobre la acción de las vacunas, es en verdad muy claro:

VR: “¿Por qué tenemos que seguir dándonos refuerzos algunas personas?

AG: Hay estudios muy claros que demuestran que después de seis meses la cantidad de anticuerpos que una persona tiene va disminuyendo. Sigue siendo claro que lo mejor es no tener la enfermedad, no infectarse. Y si te infectás, que tengas la mayor cantidad de anticuerpos para que la enfermedad sea lo más leve posible. 

Pienso en el aviso clásico de la industria farmacéutica en el que vemos a un médico responder y tranquilizar con su calma y absoluta autoridad profesional a un paciente angustiado, mientras le recomienda consumir un remedio. La intervención del infectólogo transita el camino de lo obvio y lo contradictorio. Por supuesto, él no nombra a la competencia, como es de rigor en toda publicidad. ¿Para qué hablaría de alimentos saludables y de conductas que pueden reforzar el sistema inmunitario natural que nos ha protegido desde siempre? El momento culminante de la publicidad que vino a hacer el especialista médico en un ámbito muy adecuado para ese fin no se refiere al presente, sino a un horizonte covidiano luminoso hacia el cual la humanidad deberá embarcarse, si desea disfrutar plenamente del mundo feliz de la Nueva Normalidad:

Puede ser que en tres o cuatro meses cambie la variante, es lo que ha pasado aquí. En muy poco tiempo cambió y pasamos a la Ómicron. Tenemos que tener la estructura sanitaria para generar esa vacuna, esa nueva vacuna y distribuirla en el mundo.”

Como televidentes podríamos visualizar un largo y sinuoso sendero dorado hecho con innumerables hipodérmicas que no dejan de multiplicarse, y otros tantos brazos deseosos de ir al encuentro de esas agujas salvadoras. Del todo previsible es la afirmación del infectólogo sobre el daño mucho mayor que causa esta cepa “en la población no vacunada”. Ese es el equivalente sanitario de la absoluta infelicidad que acomete a todo aquel que no tome el refresco euforizante tan bien musicalizado, en un aviso de contrastes. Otra estrategia publicitaria del programa – su realidad primaria, como explica Luhmann (2000) –  es que mientras que al infectólogo no le queda más remedio que admitir que no está “bien resuelto el tema de las vacunas”, a causa de las nuevas variantes del virus, en la mitad derecha de la pantalla vemos desfilar de continuo imágenes triunfales de vacunación, largas filas para vacunarse, y veloces inyectables que entran en brazos ávidos por recibir una nueva dosis. 

Ya cerca del final del testimonial, quizás en un descuido, o con el loable fin de que se luzca aún más el sabio convocado, su interlocutora le pregunta “¿Y esa no es la famosa inmunidad de rebaño a la que había que aspirar?” Antes, el infectólogo había dado una explicación semejante a la de un vendedor que convierte todo posible defecto en una virtud no evidente del producto publicitado. La respuesta del experto es terminante y ligeramente colérica: “La inmunidad de rebaño ya la tenemos y va cambiando”. La necedad de la conductora VR puso a prueba la cortesía del invitado. Qué importancia puede tener ese concepto, cuando todos ya sabemos que nada iguala el consumir una y otra vez una medicación experimental, que hoy cuenta con muchísimos millones de sujetos dispuestos a colaborar en esas pruebas. Ninguno en esa enorme masa humana tiene en cuenta el reciente informe sobre los varios problemas de la vacuna Pfizer que circula en internet, es lo que deja entender el Dr. Galiana. 

Antes de marcharse, el experto le responde a un opinador del panel que le pregunta sobre “el cuestionamiento de los últimos días a la eficacia de la vacuna Pfizer”. El panelista desempeña así el rol del actor que expresa una duda en una pieza publicitaria con el único y evidente fin de permitir que el actor-vendedor pueda demostrar triunfalmente qué equivocado es poner en tela de juicio lo que él nos vino a vender con entusiasmo. Por las dudas, para no parecer ni remotamente escéptico con respecto a las bondades vacunales, el hombre remata su interrogante aclarando que él quiere saber “¿cuánto hay de cierto, y cuánto hay de campaña de desinformación?” No podía ser más previsible la respuesta que este participante espera del infectólogo. Por eso, mientras escucha la apología vacunil, el hombre asiente con gran energía, para así demostrar su plena convicción de que está absorbiendo del especialista la verdad y nada más que la verdad. Todo está pronto ya para que recibamos la eucaristía inyectable marca Pfizer, que es la verdadera finalidad de esta muy extensa pieza publicitaria emitida en la tarde de Canal 12:

Hay mucha (sic)… tratar de dar vueltas para tirar abajo la vacuna. Lo que ha demostrado realmente la vacuna, después de estos dos años, (en) la evolución de esta pandemia, la vacuna Pfizer ha demostrado ser la más efectiva, la que los anticuerpos duran más, y no generan problemas. Tenemos al mundo vacunado y nadie puede decirnos que estemos frente a efectos vinculables a la vacuna. Una vacuna que la está mirando el mundo entero bajo la lupa, tratando de buscarle la quinta pata, buscando el detalle de qué es lo que genera. (…) Podemos decir además, yo personalmente, creo que la vacuna con ARN mensajero ha sido la que demostró ser un cambio ostensible  Sin duda, la Pfizer y la Moderna con su tecnología nueva son las que cambiaron la situación.  

Casi puedo escuchar la música del jingle que completaría el mensaje persuasivo de este encendido panegírico farmacológico y lo dejaría ya apto para integrar la tanda de cualquier canal de televisión. El infectólogo lo ha intentado con toda su energía, sólo hay que ponerle un poco de imaginación a su aporte, nada más.

¿Qué temen los temerarios opinadores de la televisión?

La segunda parte del programa está dedicada a las intervenciones de los opinadores estables sobre lo que oyeron decir al experto. En la teoría semiótica, el significado de un signo surge como el resultado de un proceso, nunca está dado de antemano, sino que es un acontecimiento que se produce mediante la generación de un nuevo signo “más desarrollado” o interpretante (Peirce) del signo que percibimos. Cada intervención de los panelistas es un interpretante de lo expuesto por el infectólogo Galiana antes, lo que cada uno de ellos entendió, desde su lugar en el mundo y, sobre todo, desde su específico rol en ese programa. Y por ser ellos no especialistas, sus signos encajan bien en la frase proverbial latina vox populi, vox Dei. En un país laico, estas personas encarnan a la ciudadanía, y por ejercer su libre expresión la suya sería la voz divina (con minúscula batllista). 

Si volvemos a la teoría de Luhmann sobre “la duplicación de la realidad” que llevan a cabo todos los medios de comunicación, es claro que su libertad para hablar está condicionada por el sistema mediático del que provienen esos signos. No sólo de manera ostensible las intervenciones de la conductora VR, sino también la propia estructura del formato, su caracterización convencional de los panelistas según su adhesión política, género, etc., determina fuertemente el discurso que surge en esta parte del programa. Tal vez, no sería equivocado rebautizarlo como Estas bocas son del formato. Como se puede observar en los fragmentos que extraje del intercambio de opiniones, hay una llamativa convergencia de los tres hombres, de la mujer del panel, y de la presentadora. Esa unanimidad no es sorprendente, si concebimos todos ese tiempo, desde el inicio al fin del programa, como una ininterrumpida tanda publicitaria de más de treinta minutos – un tiempo excesivo, incluso en comparación con la abusiva tanda comercial de la televisión comercial. 

La primer intervención comienza con cautela, pues opina que lo que explicó el infectólogo “es una luz amarilla”. Pero a partir de la pregunta de VR sobre si este  panelista cambiará su comportamiento de ahora en más, el tono de su respuesta es desafiante, y exhibe fuerte arrojo sanitario, en contraste con sus primeras palabras:

Yo tengo las tres dosis, y si pudiese darme una cuarta, me la daría sin problema, porque estamos acostumbrados a vivir de esta forma! ¡Parecería ser que nos olvidamos, lo que pasamos! (…) ¡No voy a volver a ningún tapabocas! ¡No voy a volver absolutamente a nada! Sí me voy a dar las dosis que me tenga que dar, siempre y cuando el Ministerio así lo recomiende.”

Si considero el ánimo gallardo de este contertulio como una evidencia de la atmósfera reinante en el programa, nada parece estar más alejado del miedo, nada es más ajeno al temor que, sostengo, es el principal ingrediente segregado sin cesar por la máquina mediática y por el sistema político nacional y global. Este hombre no sólo manifiesta su repudio extremo de las medidas que impuso la declaración de emergencia sanitaria hasta el 5 de abril de 2022, sino que todo parece indicar que él ya no le teme a la pandemia. De ser  esto cierto, no tendría sentido lo que aquí argumento sobre la permanencia viscosa de esa campana distópica que aún cubre buena parte del planeta, a saber, la Nueva Normalidad. 

Su actitud resulta ser contagiosa, pues apenas termina, llega otra voz opinadora que también se refiere con desprecio a las medidas sanitarias, inútiles vestigios del momento en que se temía el contagio cotidiano, que 

no paraba de crecer, y paró, vacunas mediante, y ahora estamos en una etapa nueva. ¡Para mí (el final de la emergencia sanitaria) fue el fin! ¡Yo me olvidé del tapabocas, no sé ni dónde están!” 

Este nuevo relato de otro valeroso panelista concluye su intervención con un tono similar de menosprecio hacia algo sin lo cual era no era posible acceder a la mayoría de comercios, y que por ese motivo todos debíamos llevar en alguna parte, como la cédula de identidad, durante la dictadura. Crece la impresión de que hay un envalentonarse colectivo frente a algo que hasta hace poco tiempo, pero ya no más, les producía miedo. Esa época habría quedado atrás, afirman con gallardía estos dos opinadores. Y el relato que sigue no hace sino aumentar esa impresión.

Como corresponde al amortiguado reino de Mesocracia, tierra de la medianía, enemiga de todo exceso, la siguiente participante trae a la conversación además de otro género, el femenino, una actitud de mesura, desprovista del tono de desafío beligerante, que revelaría la pérdida del miedo obsesivo de contaminarse con el virus propio de la Nueva Normalidad. La mujer que opina no innova, simplemente se hace eco de las advertencias y anhelos sanitarios recomendados por el experto visitante: 

“Hay una percepción que la pandemia terminó. Hay un fin social de la pandemia, no médico, no sanitario. Creo  todos dijimos, hasta acá llegamos.” 

Y para hacer explícita su  afinidad con la campaña publicitaria que pone al aire ese programa, ella alude a lo antes dicho por la presentadora sobre la necesidad de seguir siendo cautelosos: “Y los efectos del Covid largo, los efectos a largo plazo del Covid, creo que no los hemos querido escuchar.” Nada dice esta panelista sobre los efectos de largo plazo de recibir una vacuna experimental. Ese es el mandato primero de toda publicidad: jamás mencionarás defectos o inconvenientes del producto anunciado. Para reforzar su argumento de venta, ella habla de “aquel debate de los primeros días, me subo al ómnibus con tapabocas no me subo con el tapabocas”. Importa destacar que en eso consistiría el ‘debate’ para los medios de comunicación, que desterraron todo debate genuino sobre el tratamiento del Covid-19 o sus características o efectos patológicos hasta hoy. Y para que no quede duda alguna sobre el escenario mediático debaticida, esta moderada opinadora cierra así su propio aviso: “La vacuna es la única apuesta fuerte en el mundo”. No es difícil imaginar qué bien funcionaría esta frase como un atractivo eslogan que podría acompañar, por ejemplo, la imagen del planeta cubierto de pinchazos marca Pfizer. 

Tras ese remanso de moderación, llega otro aviso sobre la vida desprovista de miedo de la que hoy todos disfrutaríamos, según el cuarto integrante del panel opinador. Él asegura que 

“Todos nos hemos enterado de gente que se agarra Covid, y los síntomas son muy leves, porque están vacunados.” 

Hecha esa distinción publicitaria fundamental, el panelista emprende una campaña publicitaria negativa, con el fin de sembrar el desprestigio de la marca rival, la de no-vacunación pandémica:

“Siempre hay alguna gente que se pone a dar manija. Entonces quieren decir, ¡teníamos razón! ¡Los chips famosos que nos iban a poner y los magnetizados, se demostró que era una falacia absoluta, ridícula! Nos vamos a seguir vacunando anualmente.”

Satisfecho con la perspectiva de participar en una vacunación interminable, el hombre remata su porción del aviso con un testimonial emocionado y efectivo: por su edad, él exclama emocionado que ya puede darse la cuarta dosis, pero por disfrutar tanto del mundo nuevonormalizado, él lo había olvidado. Y así llega un admirable y alegre cierre de este extenso aviso institucional y pfizeriano: “¡Hoy me agendé!” Otro punto alto de esta parte de la comunicación publicitaria llega con el comentario espontáneo de su némesis, el panelista más antagónico a sus ideas políticas: “¡Yo ya tengo la  cuarta dosis!” dice mientras habla el otro. Al comienzo de su contribución, quien confiesa haberse olvidado de inscribirse para la cuarta dosis, ya había destacado la rara coincidencia con quien luego acotó y confirmó la bondades de darse una nueva dosis de Pfizer. Todos ellos se presentan como covidianos obedientes y ejemplares. Ellos también han sido domesticados por la conjunción imbatible de medios y de política incesantemente difundida, por eso pueden ser opinadores televisuales. La palabra ‘domesticar’ viene de ‘domus’, que es la casa o mejor el hogar: todos ellos coinciden en que la vacuna de Pfizer ya es parte de su hogar, como los electrodomésticos o el sillón favorito.

En una actitud que hace honor a su rol ceremonial en ese formato de conversación plural pero convergente cuando de pandemia y de la Nueva Normalidad se trata – aunque nunca se la nombró y eso revela su relevancia – la presentadora aporta un broche de oro a la omnipresente campaña publicitaria ¡Vacunas forever! VR aprovecha el comentario eufórico del panelista que afirma haberse inscripto ese mismo día para vacunarse por cuarta vez, luego de haberse olvidado de esa necesidad, y procede a proclamar con gran convicción:   

No tiene ni sentido haberte dado las anteriores. ¡Si la inmunidad se fue, estás en la misma! ¡Es renovar el compromiso de confiar en la vacuna!” 

No puedo concebir un cierre más perfecto de la campaña publicitaria que esta emotiva declaración de amor a la vacuna Pfizer enunciada por Victoria Rodríguez. De ese modo, la encargada de acomodar los signos del programa procedió a  borrar con esa frase-fuerza cualquier sombra de injusta sospecha o de escepticismo negacionista sobre la efectividad del inyectable que pudiera haberse colado en algún comentario previo. Hablar de “renovar el compromiso de confiar” hace pensar en votos matrimoniales o religiosos, y no en el acto sanitario de darse otra dosis de una controvertida vacuna. No creo que ella haya sido consciente del potente clímax persuasivo de esta larga tanda que aportó como la anfitriona de ese espacio televisivo. 

Sobre el temor que no puede faltar en la interminable tanda pandémica

Pero quedó planteado un interrogante fundamental: ¿hay o no hay abundante miedo en el núcleo de la Nueva Normalidad? ¿Existe o no un temor fabricado por la férrea alianza de medios masivos y política obediente al manejo pandémico global? ¿Cómo se concilia ese sentimiento de temor con el arrojo, con la gallardía exhibida el 16 de mayo de 2022 por los integrantes del panel de opinadores televisivos, cuya misión es materializar cada tarde el estado de creencias de la sociedad, y que se encargan en volcar sus palabras y gestos en el inmenso caldero de la ‘la opinión pública’?

Observo en los interpretantes o efectos de sentido manifestados de modo casi unánime  por los opinadores en base a las declaraciones previas del infectólogo Álvaro Galiana en Esta boca es mía, un gran temor que se transfiguró y disimuló en su llamativa y exagerada indiferencia hacia los protocolos: adiós al tapabocas, exclamaron ellos con hastío. Pero ellos sólo pudieron realizar esa despedida ritual gracias a su fervoroso culto devocional por la vacuna. La suya es una adhesión casi religiosa, como lo expresó de modo elocuente e inequívoco la conductora, cuando ella nos habló de “renovar el compromiso de confiar en la vacuna”, es decir, de depositar su fe en el inyectable cuya marca registrada se encuentra en el interior del simpático y ya muy familiar óvalo sobre un fondo celeste. 

Los panelistas sólo se atreven a exhibir con arrogancia y coraje aparente su repudio por el anacrónico tapabocas, porque se aferran con todo su ser a las sucesivas dosis de esa poción en cuya eficacia o efectos secundarios temen mucho poner en cuestión. Ese escepticismo es lo que identifica a los despreciables negacionistas, a los que se alude sin nombrarlos – “Siempre hay alguna gente que pone a dar manija”. A pesar de su innegable banalidad, la cantidad de lugares comunes vertidos esa tarde por el programa tiene algo revelador: estos portavoces del pueblo ya no conciben su (nueva)normalidad sin recibir sucesivas dosis vacunales, todas las que ordene el gobierno a través de su ministerio. 

Difícil resistir la asociación sonora entre el ministerio sanitario y el misterio sanitario de vacunas que deben re-inyectarse indefinidamente, pero sin que jamás se suscite sospecha o crítica alguna sobre su eficacia en quienes las reciben con devoción. Por el contrario, el mayor temor no expresado pero latente en todas las intervenciones de ese día es el dejar de recibir de modo periódico ese ARN mensajero tan elogiado por el infectólogo visitante. Otro miedo tangible de estos opinadores televisuales y de todos los periodistas en todos los medios hegemónicos es a caerse en el último círculo del infierno, si alguna vez, por un descuido, sus cuerpos parlantes los traicionaran y dejasen entrever  alguna duda sobre las vacunas, sobre su naturaleza experimental. Ellos nunca pueden contaminarse con los signos de eso que no puede ser más que “una campaña de desinformación”, según describe el escepticismo pandémico el opinador en la pregunta que dirige al experto. 

No hay Nueva Normalidad sin la potente y constante ráfaga helada de temor que nos golpea a diario desde esas presencias familiares,  que protagonizan lo que en el inicio de la televisión comercial dos investigadores llamaron “la interacción parasocial” (Horton y Wohl, 1956). Se forja así entre el público y las figuras carismáticas que sonríen o discuten acaloradamente un vínculo imaginario y ficticio de amistad, de la clase de cercanía o familiaridad que tenemos con familiares y amigos. Desde mediados de marzo de 2020 hasta el presente, somos observadores conmovidos de la mayor tanda de la historia: la interminable pandemia y sus temibles derivados sociales, psíquicos, educacionales. La  extensísima publicidad se basa en una puesta en escena en la que se suman a los siempre sonrientes presentadores televisuales, los adustos pero paternales miembros de la Ciencia Oficial, la única con libre acceso a los principales medios masivos. Mediante la interacción parasocial, ese vínculo que nos hace sentir cercanos a seres que sólo conocemos de muy lejos, pero que nos miran y hablan con vehemencia desde la pantalla, lleva a cabo la siniestra irradiación de temor difuso e irrestricto que nos infantiliza, uno de cuyos efectos más dañinos describí en otro ensayo de eXtramuros como “la letanía tetanizadora de la televisión”. Enfrentar y vencer cada día ese miedo es la no menor tarea prometeica que tenemos por delante. 

Referencias

Horton, D. & R.R. Wohl  (1956). Mass Communication and Para-Social Interaction. Psychiatry. Interpersonal and Biological Processes. 19 (3), 215-229

Luhmann, N. (2000). La realidad de los medios de masa. México: Anthropos Editorial. 

Programa Esta boca es mía. Canal 12 (16.05.2022) 

Primera Parte: https://www.youtube.com/watch?v=UakNG3zvy4A

Segunda parte: https://www.youtube.com/watch?v=FsDPMcyFuTs

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