ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz

Mucho se viene escribiendo desde hace más de un siglo sobre la posibilidad que la civilización occidental este experimentando un proceso de decadencia, colapso o desintegración -tres circunstancias diferentes entre sí que han vivido de alguna forma u otra, numerosas civilizaciones en la Historia- por lo que la materia a la que voy a dedicar algunas reflexiones preliminares no representa nada sustancialmente novedoso. Además, ya han existido una gran cantidad de interpretaciones y marcos teóricos propuestos para una labor sumamente difícil y que en general tiene escasísimos adeptos dentro de la academia. 

Existen un sinfín de variables que históricamente han sido señaladas como causas o elementos determinantes que responderían a una de las preguntas más interesantes que pueden plantearse desde hace tiempo: ¿Por qué tímidamente a partir del siglo XII y especialmente del siglo XV, un conjunto de relativamente pequeños, pobres y poco sofisticados reinos del occidente extremo se transformaron en las sociedades más prosperas, desarrolladas, dominantes y expansivas del planeta? Las causas por las cuales observamos el pasado para comprender el futuro son numerosas, pero en estos momentos históricos parecen ser especialmente relevantes, debido a las interpretaciones radicalmente antagónicas que se manifiestan con respecto al futuro de occidente y del globo. 

La idea del “fin de la Historia” que tomo fuerza a principios del siglo XXI proponía en algún sentido una especie de “fin de ciclo” del proceso de globalización, que tenía como resultado la consolidación de la “sociedad abierta”. Aunque no fue explicitado en gran medida, la mayor parte de los análisis y sus contestaciones giraron en torno a la suerte de las ideas de la modernidad: en general la incertidumbre y las manifestaciones de deseo con respecto a cuál puerto exactamente había llegado el barco de la modernidad, dominaron el debate, no tanto de forma protagónica, sino subyacente. Cuando Fukuyama sostenía que “…lo que podríamos estar presenciando no sólo es el fin de la guerra fría, o la culminación de un período específico de la historia de la posguerra, sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano…”, lo que señala mayormente es una victoria definitiva del sistema político democrático occidental frente a otras formas de organización política, como estado homogéneo universal, y en la misma obra –“¿el fin de la Historia?- ahonda en su prematura interpretación de lo que nítidamente podemos definir como la ideología globalista actual: “…el concepto de historia como proceso dialéctico con un comienzo, una etapa intermedia y un final, lo tomó prestado Marx de su gran predecesor alemán, George Wilhelm Friedrich Hegel. Para mejor o peor, gran parte del historicismo de Hegel se ha integrado a nuestro bagaje intelectual contemporáneo. La idea de que la humanidad ha avanzado a través de una serie de etapas primitivas de conciencia en su trayecto hacia el presente, y que estas etapas correspondían a formas concretas de organización social (…) El sesgo materialista del pensamiento moderno es característico no sólo de la gente de izquierda que puede simpatizar con el marxismo, sino también de muchos apasionados antimarxistas. En efecto, en la derecha existe lo que se podría llamar la escuela Wall Street Journal de materialismo determinista, que descarta la importancia de la ideología y la cultura…”

La preocupación del destino de las ideas de la modernidad cuando la escala global de su incidencia es indisimulable ha llevado también a interpretaciones menos benevolentes que la de Fukuyama: a la idea de Modernidad triunfante se han planteado matices no rupturistas, cuestionamientos profundos, superaciones e impugnaciones. La idea de “proceso inconcluso” -visible en Jurgen Habermas- ha matizado el ambiente auto celebratorio del “fin de la Historia”, proponiendo que la propia esencia de la modernidad es su revisión, su reciclaje y reformulación constante. También, existe un nutrido conjunto de herederos de la modernidad que reclaman un programa maximalista -así como acusan de traición a los “valores modernos”- que proponen a diario llevar todo a un modelo ultramoderno. La lista podría extenderse a los que sostienen que es una etapa superada que traería otra -la posmodernidad- que se le parece bastante, e incluso, a los antimodernos.

Pero no parece ser el camino del análisis de la modernidad una fuente extremadamente certera de respuestas a la pregunta inicial. Además, la selectividad antojadiza de lo reivindicado por los autores que proclaman la

“modernidad triunfante” deja demasiado expuesto su semejanza con la lista de propuestas políticas del actual Partido Globalista. No parece, además -y este punto es el que me parece más relevante- existir una relación especialmente proporcional entre este principio globalista -ya referido en numerosos artículos- de “democracia universal” triunfante, con las razones que llevaron a que Occidente haya sido el protagonista irrefutable del mundo en los últimos cinco siglos. ¿Por qué?, porque no parece que el centralismo político global haya tenido algo que ver con el predominio de occidente. En la lista de factores claves, están las técnicas, instituciones, cultura, entre otros, como causantes de la “gran divergencia”

La competencia es señalada también como factor, especialmente como manifestación económica clave en el proceso de divergencia, y no tanto como descentralización de la vida política. Sin embargo, la descentralización política era una realidad evidente cuando los occidentales se “lanzaron al mar” en el siglo XV. Así, los pueblos occidentales de Europa se transformaron en verdaderos “pueblos del mar”, sea por su condición geográfica e histórica singular, sea porque su empuje expansivo y su inter-competencia los obligó a superar el escollo de amenazas internas y externas. Las proezas portuguesas navegando en las cercanías de África y en el Índico -o la posterior hazaña en América de españoles y portugueses, luego holandeses, franceses e ingleses- resulto un fenómeno realizado por pequeños reinos en competencia. Incluso, adjudicar el sinfín de aventuras y empresas privadas que protagonizaron la conquista de los océanos y de América a alguna de las coronas europeas es bastante común, pero absolutamente inexacto y pretensioso: fueron mayormente emprendimientos absolutamente privados y mayormente descentralizados. 

Los procesos de expansión ultramarinos -en un proceso bastante similar a la “conquista de la estepa”- representan un fenómeno especial de transformación social a partir de la extensión del contorno. Cuando una comunidad o civilización se expande en sucesivas etapas -como lo hizo la Civilización medieval cristiana en sus marcas más occidentales, como eran Portugal, España, y luego Francia y el Reino Unido, hacia el litoral costero de América, y de allí, al Pacífico- en cada empuje cargan con todo el andamiaje social y técnico para, al desembarcar, reconstruir nuevamente lo propio en nueva tierra, y en este proceso el ensamblaje de la sociedad que viajo por el mar -sus instituciones, su técnica, sus ideas y religiones, su orden social y jurídico- los resultados obtenidos son notoriamente diferentes. Es bastante claro que el empuje de una civilización tiende a mudarse a las marcas –es decir, los límites o fronteras- y el centro va perdiendo empuje y dinámica, a la vez que sus instituciones y tradiciones le van quitando flexibilidad. El mar parece operar como un verdadero revitalizador. La expansión de las fronteras civilizatorias se transformó así en un proceso constante de descentralización política y social.

A cuenta de mayor extensión en el análisis, la descentralización, la fragmentación, la Inter competencia y la expansión parecen haber jugado un rol fundamental en el salto que dio occidente. Cuesta asociar estos fenómenos fundamentales en la génesis del predominio occidental con la obsesión actual por pontificar sobre “Estados Universales” y “gobernanzas globales”. No existe mayor evidencia que permita sostener a las elites occidentales actuales que un proceso de centralización política pueda tener otro resultado que el empobrecimiento económico, el estancamiento social y el autoritarismo político. No hay evidencia hoy, como no ha existido evidencia al mirar al pasado, ni en Occidente, ni en otras civilizaciones. 

Podría señalarse que estamos frente a la emergencia de una “Civilización Universal”. Aunque se aceptara en el análisis -insostenible- de esta proposición, no sería otra cosa que una sombra proyectada de algunas de las vertientes ideológicas de occidente. Soñando que es “el mejor de los mundos”, o preguntándose honestamente que es lo que queda realmente de defendible en occidente, lo que es incontrastablemente cierto es que el auge de Occidente es el fenómeno histórico por excelencia desde por lo menos cinco siglos, y debería ser materia ineludible y especialmente estimulante para la reflexión histórica y filosófica.

¿la razón central de esto último? Las causas de la supremacía y de la decadencia están siempre estrechamente relacionadas…

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