ENSAYO

Por Alma Bolón

  1. El magnetismo de la metáfora

Imantada es un hermoso libro de “ensayos sobre la escritura, el individuo y la plaga”, cuadrinomio fundamental, si se trata de pensar el trance en que el individuo puede ser algo más que la plaga de sí mismo, algo más que un mal libérrimo multiplicado hasta su aniquilación. 

Inéditos y éditos, anteriores y posteriores a la sindemia del sarscov2, poéticos y políticos, la escritura de estos ensayos constituye el siempre recomenzado trance de hacerse individuo pensando la “solitude” y la “multitude”, pareja que en idioma francés hace mucho más que rimar y oponerse, como lo muestra Baudelaire con su juego de correspondencias fractales -fractales antes de que esta palabra existiera- entre el uno y el infinito. 

En la escritura de estos ensayos de Aldo Mazzucchelli, se despliega entonces una posición enunciativa singular y múltiple, simultáneamente. Por esto, tal vez el precioso título Imantada también pueda leerse en clave de correspondencias entre lo singular y lo múltiple, porque Imantada remite a la metáfora que Platón forja para referir la inspiración poética, la manera en que la musa actúa para inspirar y traer al mundo la palabra del poeta: la musa actúa como la piedra imán que atrae millones de anillos que a su vez ejercen su fuerza de atracción sobre otros anillos. Así, el poeta, dice Socrátes en este diálogo, no compone su obra porque domine una técnica -no es un profesional de la profesión, como burlón diría Godard- sino porque una musa, una piedra imantada, lo imanta, lo vuelve imantado e imantador.

Ion es el nombre del personaje que da título a este diálogo en el que Platón discute si el poeta es poeta porque domina una técnica compositiva o porque fuerzas ajenas lo mueven. La química y la física modernas nos acostumbraron al término  griego “ion”, participio presente de un verbo que suele traducirse por “ir”; “ion” designa el átomo que adquirió carga eléctrica, por pérdida o ganancia de electrones. Los cosmólogos imaginaron y calcularon la reionización, sucesora de las edades sombrías, cuando un gigantesco número de átomos existentes fueron ionizados por las radiaciones intensas de la primera generación de estrellas que iluminó el universo. A comienzo del siglo XX, Edgard Varèse compuso “Ionisation”, obra que ensaya una combinación  de instrumentos hasta entonces inédita en la música escrita; unos años antes, André Breton y Philippe Soupault habían publicado Les champs magnétiques, obra en la que practican la técnica de la escritura automática, luego desechada, como principio de composición poética.  Entre “Ionisation”  de Varèse y Les champs magnétiques de Breton y Soupault, Jules Supervielle publicó su hermoso libro de poemas Gravitations

No es fácil escapar de la metáfora del imán y su campo magnético, porque la pregunta platónica sobre el origen del saber del poeta no nos abandona fácilmente; lejos de ser un pasatiempo sin consecuencias, esta pregunta hoy se actualiza en variados mitos que nos gobiernan.

Por ejemplo, el mito según el cual es necesario ser experto -tener dominio técnico- para hablar de asuntos que involucran nuestro vivir con otros en una polis, es decir, asuntos políticos, como por ejemplo la vida (¿aborto sin sanciones penales o con sanciones? ¿eutanasia o no eutanasia? ¿ingeniería genética humana o no? ¿adaptación o resistencia a lo “natural”?), la salud (¿medicalización y medicamentación a ultranza de cualquier malestar? ¿atención médica a distancia rutinaria en base a protocolos o atención en presencia y en contacto con el cuerpo del paciente? ¿prolongación estadística de la esperanza de vida aunque sean pésimas sus condiciones reales?), las plagas (¿confinamientos masivos y recurrentes? ¿ritmo de dosis de vacunas impuesto por Pfizer/OMS/Bill Gates/Gach?, ¿pandemias o sindemias?).

Dicho de otro modo, el diálogo platónico sigue preguntando por lo que lleva a hablar  con propiedad; ¿una expertise técnica neutra que, al aplicarse según un método supuestamente protocolizado de manera exhaustiva, produce un resultado de garantizada propiedad? ¿O una musa que, como un imán, produce un campo magnético, un campo cargado de electricidad? A la vista está: quienes sostienen la obligatoriedad del dominio técnico -de la expertise supuestamente neutra y por lo tanto supuestamente benéfica- para preceptuar la cantidad de cacahuetes que es posible servirse con los dedos en la mesa de Navidad, tanto como quienes reclamamos, gracias a nuestra “expertise” de ciudadanos, intervenir y decidir en asuntos de vida, salud y plagas, todos, unos y otros, somos atraídos por fuerzas con las que componemos diferentes campos magnéticos. 

Pretender nombrar de manera que no sea metafórica esas fuerzas imantadoras es vano: no hay nombre propio que las nombre con justeza. La falta de nombre propio y la provisión de un nombre metafórico -imantada- no ponen en duda su existencia, ni impiden su pensamiento.

Y ésta es una de las bellezas del libro de Aldo Mazzucchelli que, con un español preciso, cortante y amable, va trazando la singular posición de un campo electromagnético de límites indeterminados, compuesto por una multiplicidad de fuerzas, a veces divergentes entre sí, a veces divergentes u opuestas o superpuestas a las fuerzas en las que gravita el lector. En lo que a mí respecta como lectora, los palazos al paso que Aldo Mazzucchelli propina al pensamiento de Saussure y a su supuestos efectos negativos en la consideración de la lengua no me llevaron a gravitar bajo esas fuerzas antisaussureanas; de ninguna manera, todo lo contrario. En cambio, las consideraciones de Aldo Mazzucchelli sobre la distinción “izquierda/derecha” y la relación “izquierda/poder” me fuerzan, para seguir en la metáfora, a afinar y afianzar mis consideraciones, sin perder mi inscripción en ese campo llamado “izquierda”, ajeno, claro está para mí, a los gobiernos progresistas latinoamericanos o europeos. Algo semejante -un forzamiento a reformular con mayor precisión- me producen las consideraciones de Aldo Mazzucchelli sobre la cuestión de la inmigración y del supuesto choque cultural que acarrea.

Pero a lo que ahora deseo referirme, por la atracción que me produjo, es al asunto del monstruo, o de la desaparición de los monstruos.  

2)  La desaparición de los monstruos o lo peor de ser bueno 

Imantada se inicia con un breve capítulo titulado “Lamento por la ausencia de monstruos”,  fechado en 2014, momento caracterizado por carecer, contrariamente al Renacimiento, de monstruos suficientes. El monstruo trae terror y pide consuelo; monstruo, terror y consuelo desaparecieron juntos, dice Aldo Mazzucchelli. 

Lo propio del monstruo, continúa el autor, es escapar al concepto, salvo que sea “un monstruo satírico, la caricatura del monstruo, la fiesta del monstruo, o el monstruo carnavalizado”. Pero un “monstruo-monstruo” no es “de repertorio”, ni “está codificado por la política ñoña del comité ni por el índex de las iglesias ni por la pesadilla del fundamentalista, ni por el churriguera chorrete incesante de pavadas de las redes sociales, y mucho menos por la lista genérica que usa implícitamente el informativista de hoy para dar cuenta de en qué viene consistiendo el mundo, que viene a ser siempre en lo mismo”. En cambio, el monstruo perdidamente monstruo es inexplicable, y su absoluto sin sentido provoca terror y pide consuelo.  

Este ausentarse monstruoso que lamenta Aldo Mazzucchelli trajo a mi memoria las palabras de Jean Baudrillard a propósito de la caída de las Torres Gemelas, en 2001. Lo que hace de este atentado un “acontecimiento y no un accidente puro, un acto puramente arbitrario, la fantasmagoría asesina de algunos fanáticos que alcanzaría con suprimir” es nuestra complicidad: “fueron ellos quienes lo hicieron, pero fuimos nosotros quienes lo quisimos”. Y sigue Baudrillard afirmando: “sin esta complicidad profunda, el acontecimiento no habría tenido la repercusión que tuvo, y en su estrategia simbólica, los terroristas saben sin duda que pueden contar con esa complicidad inconfesable”. Nuestra complicidad, nuestro “maligno deseo” se ubica en “la alergia a cualquier orden definitivo, a cualquier potencia definitiva”, alergia “por fortuna universal”.

Este deseo maligno e inconfesable, que nos hace cómplices del atentado terrorista, involucra, después de tantos años de «huelga de acontecimientos», un acontecimiento que desafía no solo la moral sino también cualquier forma de interpretación. Tratemos entonces de tener la inteligencia del Mal, propone Baudrillard. Para esto, el filósofo critica una idea del Mal y del Bien (achacada, a mi juicio muy erradamente, a la Ilustración) que con ingenuidad imagina que el progreso del Bien, el aumento de su potencia en todos los dominios (ciencias, técnica, democracia, derechos humanos) se correspondería con una derrota del Mal. Nadie parece haber entendido, sostiene Baudrillard, que el Bien y el Mal aumentan su potencia al mismo tiempo y según el mismo movimiento, porque el triunfo de uno de ninguna manera acarrea el retiro del otro. El Bien no reduce el Mal, ni inversamente; son irreductibles uno al otro y su relación es inextricable. Pensarlos como cantidades en relación inversamente proporcional -cuanto más Bien, menos Mal- es ilusorio y tal vez, podemos conjeturar nosotros, peligroso.

En el fondo, hipotetiza Baudrillard, el Bien solamente podría derrotar al Mal si renunciara a ser el Bien, puesto que al apropiarse del monopolio mundial de la potencia, reaviva una llamarada de una violencia proporcional.

Recapitulando. Aldo Mazzucchelli anota en 2014 que el ausentarse del monstruo trajo la desaparición del consuelo que reclama el horror despertado por su singularidad absoluta, por su resistencia al concepto, por su cabal inexplicabilidad. Jean Baudrillard en 2001 recuerda la particular batalla que se libran el Bien y el Mal, destinados a perecer juntos o a persistir juntos, en inextricable relación. Salvo, imagina Baudrillard, que el Bien derrote al Mal, renunciando a su condición de Bien y acaparando la potencia ajena. Dicho de otro modo, no se trata del Bien, como Bien, derrotando al Mal, como Mal, sino que se trata del Bien que ya es el Mal, apoderándose de su enemigo con el que ya está confundido, y dejando una entidad única. Baudrillard prosigue el razonamiento reflexionando sobre la jugada terrorista que convierte a su propia muerte en un arma sin par, arma con la que “Occidente” no quiere o no puede medirse. 

3) Los esclavos del bien

Por mi lado, me gustaría considerar el ausentarse del monstruo con su horror y su consuelo y la desaparición del combate del Bien como Bien contra el Mal como Mal a la luz de lo que vivimos desde la declaración de la pandemia de covid19, en marzo de 2020. De esta manera, retomo y prosigo una parte del diálogo que mantuvimos con Aldo Mazzucchelli en diciembre de 2021, cuando la presentación de su libro en ese impar inframuros de la memoria que es el sótano Teluria.

Porque, en cierto sentido, podríamos entender que el virus sarscov2 es una vuelta del monstruo, ahora en un escenario mundializado, o que por lo pronto así se buscó representarlo, inclusive en su corporeización esférica y verdosa salpicada de grumos o trompetitas que además tenían nombre, casi como de persona, aunque su nombre significara algo que no eran grumos ni trompetas, sino que evocaba trigales. Como una mascota agradecida, el cuerpo regordete y massmediático del sarscov2 empezó a acompañar la sistemática difusión de alarmas sobre su peligrosidad, reuniendo en un mismo espacio la tragedia y la comedia, porque esa mascota servicial era el “monstruo carnavalizado”, era “la fiesta del monstruo”,  pero claramente no era el “monstruo-monstruo”.  

No obstante, fuera de su representación mediática, propiamente pandémica, ¿había “monstruo” que no fuera “de repertorio”? En cierto sentido sí, sin duda alguna; contraviniendo la espectacularidad de la mascota servicial que lo precedía, su monstruosidad radicaba en su existencia invisible y letal, en su circulación sin barreras, exceptuado el alcohol en gel o el jabón. La ubicuidad de su acecho (el sarscov2 se agazapaba en el envase de las lentejas o en la bolsita con la que el pescador nos envolvía la merluza, en el pan flauta de la panadera y en los timbres, llaves y pestillos de las casas, esperando siempre pronto para saltarnos a los pulmones) hacía del virus una entidad monstruosa, parangón diabólico de la omnipresencia divina. 

Sin embargo, en otro sentido, “la ciencia” se encargó de hacer de ese “monstruo-monstruo” un “monstruo de repertorio”, porque a la omnipresencia del virus correspondió la omnisciencia de la ciencia que se explayó indicando sin cesar todo tipo de detalles sobre el ser del virus: su tiempo de sobrevivencia en cada tipo de materia  (metales, madera, minerales, plástico, lana, algodón, cuero, carne, vegetales, etc.), la distancia que alcanzaban las gotículas según la situación del contagiador (de pie inmóvil, de pie corriendo, de pie caminando, sentado inmóvil, sentado en bicicleta). No hay que olvidar: en el invierno de 2020, se vallaron las playas de Montevideo y la pista de patinaje y un helicóptero sobrevolaba la ciudad alertando sobre el peligro de permanecer al aire libre. Tampoco hay que olvidar las indicaciones sobre la cantidad de tapabocas al aire libre, ni la puesta de la ciudad de Montevideo y de la Universidad de la República bajo el patronazgo del Índice de Harvard, técnica de cálculo virósico de alcance universal, en Harvard y en los boliches del Cerrito y en todo el ámbito de la enseñanza de una ciudad sin virus. La ciencia omnisciente, sin temor ni prudencia, no paró de hablar sobre lo que no sabía, atrayendo como una piedra imán.

Porque, por mucho que el virus rápidamente hubiera sido aislado y secuenciadas sus variantes, se ignoraban entonces, y se ignoran todavía, aspectos decisivos sobre su origen, su modo de transmisión, su comportamiento, sus factores de riesgo. Esto no impidió que la ciencia omnisciente hablara y preceptuara, como si supiera, sobre lo que manifiestamente no sabía. A ojos de muchos, la ciencia omnisciente y su preceptiva rigurosa pronto despertaron suspicacias, porque estaba a la vista que el confinamiento era posible solo para algunos, sobre todo, empleados públicos; los otros debieron seguir trabajando, juntándose con sus amigos en la esquina o con sus vecinos en el almacén, para sobrevivir. Los centros comerciales abiertos, el Sunca trabajando como si nada, las elecciones municipales, las elecciones universitarias y los ómnibus atiborrados fueron el límite innegociable de la omnisciencia de la ciencia, fueron los lugares en que su omnisapiencia se desbarrancaba y el “monstruo monstruo” volvía a su verdadera condición de “monstruo de repertorio”.

Ahora bien, que el monstruo sea de repertorio no impide que sus efectos sean maléficos, y no me refiero solo a las personas que murieron por el sarscov2, sino a los efectos que tiene y tendrá en los sobrevivientes, es decir, en los miles de millones de habitantes de la Tierra.

Como se dijo muchas veces, la declaración de pandemia aceleró lo que venía sucediendo: el e-comercio, la e-enseñanza, la e-salud. Vertiginosamente, se aceleraron las compras vía internet, se impuso la generalizada payasada de la “enseñanza”  a distancia y los médicos se parapetaron tras sus teléfonos, o sus pantallas (si es casual que uno de los coordinadores del Gach sea un impulsor de la medicina a distancia, es una  casualidad muy grande). 

Igualmente, como también se dijo, la declaración de pandemia volvió a avasallar los límites jurídicos (constitucionales) entre el ámbito público y el ámbito privado, imponiendo “la burbuja” como forma de relación familiar y amistosa, estipulando cuántas personas podían reunirse en una casa, cuántas asistir a una reunión privada, cómo debía estar compuesto el menú que se ofreciera, cómo debía servirse, etc. Ni qué decir sobre las prohibiciones de circulación de las personas, ya fuera porque eran positivas a tests pcr (sintomáticas o asintomáticas: hay que recordar las imágenes de la muchacha española guardavidas, conducida esposada por la policía) ya fuera porque, como ahora, no se vacunaron todas las veces que alguien estipuló que debían vacunarse. 

¿Cómo se llegó a esto? ¿Cómo un monstruo de tablado devino un monstruo-monstruo? Explicaciones viables hay varias. Tomaré la vía que ofrece Baudrillard, cuando el Bien y el Mal ya no se perpetúan en conflicto, sino que el Bien derrota al Mal al apoderarse de su ser. En criollo: el buenismo, el peor de nuestros males, el mal que se nutre de referencias constantes a “la empatía” , “la tolerancia”, “el espíritu positivo”  y “la buena onda”, mientras hace de la victimidad una especie de galardón a conquistar, plataforma de despegue para el reclamo de algún derecho ad hoc. 

En el buenismo, no hay lugar para el mal, salvo que uno se niegue a reconocer su principio básico: solo existimos los buenistas. Si no sos buenista, no existís. En consecuencia, al buenismo no le molesta que la consulta médica sea por teléfono, porque ¿cuál es el inconveniente? ¿será que te gusta esperar en los consultorios repletos de virus de todo tipo? Si los médicos atienden por teléfono, es por una causa superior, por el cuidado de todos: atendiendo por teléfono, los médicos están cuidándonos. Además, cuando se instale la consulta vía pantalla, será genial, porque ya no será necesario que haya médicos viviendo en esos lugares re alejados, ¿para qué querés un médico en medio de un caserío? Con la medicina a distancia, a cualquier peón de estancia perdida en Cerro Largo, podrá operarlo un re capo de Nueva York: lo opera a distancia, es genial, solo hay que comprar los robots. ¿Cuál es el problema? ¿Para qué médicos en medio de la nada tacuaremboense, si pueden estar todos en Nueva York, o en Venecia, y atender por teléfono y por pantalla, y hacer ateneos entre todos ellos, también con los que están en Tokyo, cuando a algún peón o a alguna maestra de campaña les duela la barriga? Al buenismo tampoco le molesta, al contrario, que la “enseñanza” sea vía zoom, le parece algo muy democrático. ¿Por qué oponerse a que alguien que vive en La Coronilla o en La Unión pueda hacer una carrera universitaria desde la cocina de su casa? ¿Cuál es el problema? ¿Será que sos elitista? ¿Para qué correr el riesgo de que el estudiante contagie a los abuelos con covid o con algún resfrío, o para qué hacerlo pagar ómnibus y pensión en Montevideo, si puede ser estudiante sin moverse de su dormitorio en Melo? Y mejor aún, ahora sí que el estudiante estará en el centro del proceso de enseñanza, nada de estar perdido en un salón de clases en el que tiene que hacer acrobacias para oír al docente, ahora sí él es el mero centro de su barrio, de su cuadra, de su casa, de su dormitorio, de su conexión internet: con ésta, todo el universo gira a su alrededor. ¿Cuál es el problema?

Por cierto, los “quedate en casa” y los “nos cuidamos entre todos” de la campaña sanitaria anticovid son la quintaesencia del buenismo, en tanto que apoderamiento del mal por parte del bien. ¿Entre “todos” quiénes? ¿Los delincuentes de alto vuelo? ¿Los que multiplicaron por millones sus ganancias gracias a la declaración de pandemia?¿Los que practican la ciencia omnisciente? ¿Los de respuesta programada? (Sin sorpresas, Fernando Pereira, presidente del FA, intentó desviar las críticas recibidas por sus vacaciones en el balneario José Ignacio atacando la “falta de orientación clara” del gobierno ante “los diez mil casos de covid por día” (2): la causa de la lucha contra el covid es tan unívocamente buena que constituye el comodín universal para taponear cualquier crítica.)

Porque, a lo sumo, el buenismo puede llegar a ver alguna dificultad técnica que debería subsanarse, pero descarta la posibilidad de que haya algo radicalmente mal, de que algo esté mal sin arreglo posible y por lo tanto deba ser rechazado de plano, por ejemplo “nos cuidamos entre todos”. Nuestro buenismo parece querer desmentir la hermosa afirmación de Emmanuel Levinas: “nul n´est esclave du bien”. Nadie es esclavo del bien, porque el bien es bien junto al mal que es mal; hay entonces posibilidad de elegir, sobre todo de no elegir el bien, porque el bien no esclaviza. En Uruguay, el buenismo, la desaparición de la confrontación del bien y del mal, se potenció, creo yo, con la declaración de pandemia, con este “monstruo de repertorio” que nos acompaña, y tal vez ésta sea su única y verdadera huella de auténtica monstruosidad. 


Notas 

  1. Aldo Mazzucchelli, Imantada.Ensayos sobre la escritura, el individuo y la plaga, Montevideo, Taurus, diciembre de 2021, 230p.: Prólogo de Jorge Castro Vega, Epílogo de Diego Andrés Díaz, Cierre de Diego Julien.
  2. https://www.montevideo.com.uy/Noticias/Pereira–Estan-llevando-la-discusion-politica-a-un-nivel-que-jamas-hubiera-imaginado–uc810147
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