ENSAYO

Por Mariela Michel

Recientemente, recordé con sorpresa que, durante mi infancia, en mis juegos de aventuras, mientras trepaba árboles y corría por bosques imaginarios, me gustaba personificar personajes masculinos. Años más tarde, al preguntarme sobre la razón de esto, me di cuenta de que no era una identificación con el género masculino, sino una práctica conveniente para poder imitar las andanzas que veía en las muchas películas del género de acción que me atraían entonces.  Era muy común ver a niños – y no a niñas – salir a correr con su animal favorito, como en la serie televisiva Lassie, o a surcar los mares con su delfín amigo, como en el film Flipper. Comprendí esto años más tarde, cuando muchas niñas festejaron con alegría las conquistas de Maite, el personaje de Roy Berocay (10), una niña que estaba decidida a salir a patear lunas con energía y vigor femenino (1).  El feminismo claramente tenía sus razones y traía un aire de libertad capaz de abrirnos múltiples e insospechadas posibilidades. 

Para hacer justicia, debo decir que también pasaba horas atendiendo a una fratría numerosa de muñecas, esta vez desde el rol femenino, y llevando adelante las tareas domésticas que requiere tan delicada función también en el ámbito del como si.  Claramente, los juegos en espacios interiores eran femeninos, y los exteriores, masculinos, algo que reproducía la distribución de roles tradicionales. En determinado momento, a nivel social, esta distribución adquirió excesiva rigidez, y comenzaron los reclamos de un cambio.  Sin embargo, a veces los cambios que se consideran radicales pueden terminar no cambiando la rigidez estructural de la dinámica de los roles.

Hace unos años, tuve una conversación de apenas diez minutos con una mujer de unos cincuenta años que me dejó pensativa, porque su historia mostraba que las posibilidades que se nos abrían podían estar transformándose en imposiciones sociales de signo inverso. Durante mi época de estudiante, pasé un tiempo en el Instituto Moreno de Psicodrama, situado a unos 20 kilómetros de Nueva York. Como allí concurrían personas de diversas partes del país y del mundo, se ofrecía un régimen de pensionado en la residencia que estaba junto al teatro construido con fines terapéuticos y de formación. Un día, al salir de mi habitación, tuve un diálogo con la mujer encargada de la limpieza, cuando ella se acercó a presentarse. La conversación tuvo un gran impacto en mí, en especial por considerar que la tarea que ella debía cumplir era de una magnitud directamente proporcional a las dimensiones de esa casona de varios pisos y escaleras. También porque su discurso reivindicaba su opción de ocupar un rol que, desde la perspectiva feminista, era fruto de una imposición injusta.  “Me siento tan contenta de trabajar aquí”, me dijo con tono entusiasta.

“Este trabajo me dio la oportunidad de realizar un deseo que hasta ese momento me costaba asumir. Era difícil para mí, porque yo tengo un título en Ciencias Sociales. Mi familia tenía un buen pasar, y yo tenía que estudiar una carrera para ser una profesional. Mis padres costearon mis estudios y por ellos estudié, pero lo que yo siempre quise fue dedicarme a las tareas del hogar. Por suerte, el Dr. Moreno me entendió y me ofreció este trabajo. Así pude conjugar un trabajo en un centro de estudios con mi verdadera vocación: la de ser empleada doméstica.” 

Luego escuché a otras mujeres manifestar reclamos similares. Parecería que, en su opinión, a los reclamos feministas se les había ido un poco la mano. En lugar de liberar a las mujeres de verse limitadas a realizar tareas “propias de su sexo”, se crearon discursos que trajeron nuevas reglas e imposiciones, y con ellas nuevas limitaciones. Si la distribución anterior era producto de una construcción social, es decir, de un relato o mito, la solución bien podría ser construir otro relato. Así de modo imperceptible, se puede pasar de una serie de imposiciones a otra:

“Las sociedades jerárquicas y discriminatorias se erigen sobre una serie de mitos culturales que justifican su estructura social. Uno de los mitos que sostiene la sociedad patriarcal es que las «labores domésticas» constituyen, por excelencia, el “lugar natural” de las mujeres por su relación cercana con la reproducción biológica. Más allá de la credibilidad que este mito inspire, lo cierto es que para la mayoría de las sociedades modernas el trabajo doméstico es y ha sido considerado como el reino de la feminidad.” (Peredo Beltrán, 2003, p. 54)  

Una cosa es afirmar que la biología nos impone condiciones con una determinación mecanicista, y otra muy diferente es desconocer lisa y llanamente la incidencia de la naturaleza en el ser humano. La relación Naturaleza/Cultura es tan estrecha como compleja; no nos ayuda a comprenderla el hacer una lectura dualista, que como bien describió el filósofo C.S. Peirce “practica sus análisis con un hacha y deja fragmentos inconexos del ser”. 

La intimidad intervenida

En el texto sobre las políticas de la identidad publicado en el número anterior de esta revista, Mazzucchelli hace una síntesis histórica que explica el inesperado giro que tomó la defensa de derechos sociales y reclamos de las minorías en los años 60 del siglo 20, a partir de que estos movimientos fueran cooptados en los años 70 por grupos identitarios radicales. La distorsión de los fines originales de ese movimiento llevó a que, en lugar de propiciar la autonomía de las personas, las políticas de la identidad, terminaran por volverse una nueva forma de opresión en la que el individuo es sojuzgado por intereses colectivos, que en el texto mencionado, Mazzucchelli describe como un  “fascismo íntimo.” Imposible no detenerse en una expresión que es tan sugerente como desafiante. La frase reúne dos palabras que, a simple vista, no se llevan nada bien, pero que, justamente, por ser una combinación insólita, se vuelve difícil resistir la tentación de ahondar en sus posibles significados disonantes. Los grupos de interés que, aparentemente, estarían abriendo un prometedor camino hacia el ‘empoderamiento’ de las personas, al sobre-enfatizar los discursos colectivos, corren el riesgo de invadir el espacio interno y afectar los procesos de auto-conocimiento, que son imprescindibles para mantener la autonomía y el libre albedrío de las mismas personas que buscan empoderar.  

Con el advenimiento  político-sanitario de la Nueva Normalidad asociado a la Covid19, el giro hacia el radicalismo de algunas de estas políticas relacionadas con la perspectiva de género adquirió un ritmo vertiginoso. El 28 d julio del 2020, en una nota en la Edición América de El País de Madrid titulada “Una Nueva Normalidad, pero con perspectiva de género” anuncia la propuesta de las Naciones Unidas de reforzar las medidas asociadas a la perspectiva de género, que se transforman de modo automático en nuevas reglas e imposiciones: 

“La Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres (ONU Mujeres), al considerar tal panorama, invita a los gobiernos del mundo a tomar cinco medidas específicas para mitigar los efectos económicos y sociales con los que la emergencia sanitaria ha afectado a todas las mujeres.”

Más allá de los logros que deseamos tener las mujeres, está claro que las instituciones  internacionales están abusando de nuestros deseos de igualdad, para imponer nuevas medidas de control sobre la sociedad en general. La palabra ‘invita’ es un eufemismo que esconde importantes presiones políticas y económicas, que vuelven a poner en jaque una libertad conquistada con mucho esfuerzo. Las imposiciones sobre aspectos identitarios necesariamente invaden zonas de intimidad que son desde varios puntos de vista sagradas. Por eso, creo necesario analizar las implicaciones psicológicas que pueden tener las políticas públicas, que, con el objetivo manifiesto de darnos autonomía, terminan por ignorar la autonomía individual que no es nada más ni nada menos que el poder escuchar la, a veces, demasiado tenue voz de nuestros deseos. 

La confusión identitaria de Sandra Rodríguez

Me apoyaré en la propuesta del sociólogo Norbert Wiley (1994), específicamente en el capítulo 2, donde él describe el fenómeno social relacionado a las políticas de la identidad que determinan que algunas identidades terminen por “dominar la estructura más general del sí mismo (self)”. El self es definido como el proceso interpretativo (semiótico) que, en lo que concierne al auto-conocimiento, tiene una naturaleza reflexiva (conocimiento de si mismo), y se distingue de las identidades que forman parte del proceso del self en continuo desarrollo. Esas identidades forman parte pero nunca abarcan el proceso del si mismo de modo definitivo y total. Con esa base teórica, intentaré argumentar aquí que no es desatinado proponer que el mecanismo de las políticas de la identidad que llevan a sobre-enfatizar identidades colectivas, hace que éstas reflejen el mundo externo y lleguen tomar completo dominio del mundo interno. Las identidades terminan por usurpar la estructura proteica del self. Al encorsetar la flexibilidad interna, se llega a incluso bloquear los procesos identitarios de las personas en una sociedad en vez de fortificarlos. 

Consideremos como ejemplo el efecto de estas políticas de la identidad en las personas que se consideran woke, según la descripción de Mazzucchelli:

Entonces, los woke son los que se despertaron y se dieron cuenta. ¿De qué? Básicamente, de que en lugar de verse a sí mismos como individuos, deben verse como representantes de una “identidad”. Esa identidad es un relato, una narrativa colectiva. (…) En el caso de, digamos, una persona llamada Sandra Rodríguez, ella no se ve como Sandra Rodríguez, sino, antes, como “mujer”. Habla en nombre de “las mujeres” y cree y ha aceptado una cantidad de ideas sobre la historia, la sociedad, la sexualidad, que a menudo no vienen de su experiencia directa, sino de la narrativa grupal, del relato grupal. 

El término ‘identidad’ significa por etimología “igual a si mismo”. Con relación a los seres humanos, tiene dos sentidos: por un lado, se refiere a la consciencia de ser la misma persona, desde el nacimiento hasta la muerte. En ese sentido, está asociado a la posibilidad de “verse a si mismo como individuos’, es decir, el reconocerse como una unidad, a pesar de los cambios que pueda sufrir durante la vida. Estas transformaciones podrían incluir hasta el cambio de nombre, sin que se pierda la consciencia de ser la misma persona, a lo largo del tiempo. Y, por otro lado, encontramos la noción de ‘identidad particular’ con el significado de poseer rasgos iguales a los de otros individuos o grupos de individuos. En este segundo sentido, las identidades son múltiples. En el caso de Sandra Rodríguez, ella es  mujer, puede ser madre, puede ser una estudiante o una profesora, ser uruguaya, etc. Y también forman parte de las identidades particulares algunos auto-conceptos, que adquieren cierta permanencia, por ejemplo, ser divertida, ser callada, ser una buena amiga, etc. 

Me detuve en la expresión “verse a si mismos” de la cita anterior, porque se relaciona con el ámbito de estudio de mi tesis de doctorado sobre el desarrollo interpretativo de la identidad (1). El “verse a uno mismo” implica un movimiento reflexivo de la consciencia que tiene cierta complejidad. Si bien en alguna medida, puedo tener acceso a mis sentimientos por introspección, los procesos de auto-conocimiento de los que emerge la identidad son procesos interpretativos, es decir, involucran la interpretación de signos. 

Con respecto a los dos sentidos de la identidad, el sociólogo Wiley (1994), con apoyo en Giddens (1991), distinguió la identidad personal, que tiene una consistencia, y se desarrolla a lo largo del tiempo. Esta corresponde a lo que conocemos como self o si mismo. Wiley propuso distinguir el concepto de self del de “identidades particulares”, que son varias y constituyen nuestro puente con el mundo; ellas son circunstanciales, y siempre están en relación con otras personas, por ende, dependen de nuestro actuar en el mundo a partir de roles sociales, familiares, etc.  

Todo esto forma parte de las vicisitudes de la identidad de todos nosotros, en diferentes

contextos. Cuando con mi familia vivimos un largo tiempo en otro país, nuestra identidad nacional ganó protagonismo. Durante nuestra estadía en Canadá, nuestra identidad latinoamericana fue más notoria para nosotros, por su contraste con la identidad canadiense. En ese momento, era común encontrar grupos que tenían el objetivo de mantener vivos los rasgos asociados a la identidad latinoamericana. Así fue que, en nuestro caso particular, disfrutamos por un tiempo el ser parte del grupo de brasileños en la capital canadiense, con el notable beneficio de amable y generosamente considerarnos sambistas, de compartir su alegría y recibir su calidez.  

¿Pero qué tiene que ver esto con las políticas de la identidad? Para relacionarlo, volvamos a la cita anterior. Cuando una persona se ve a sí misma (ej. Sandra Rodríguez) como una representante de una identidad que se apoya en un relato, en una narrativa colectiva, se está identificando con una sola ‘identidad particular’ en el sentido de Wiley. Si, por ejemplo, la nostalgia llega a ser de tal magnitud, sólo se ve a si misma como representante de la identidad latinoamericana. Así, este aspecto parcial de ‘ser latinoamericano’ tomaría demasiada preponderancia, y nuestro accionar en otros contextos comenzaría a adquirir excesiva rigidez.

Para entender esta confusión, propongo prestar atención a algo que parece un detalle en la siguiente frase de la cita de Mazzucchelli: “Básicamente, de que en lugar de (énfasis agregado) verse a sí mismos como individuos, deben verse como representantes de una ‘identidad’.” El detalle al que me refiero es la expresión “en lugar de”, que implica que se desdibuja el proceso identitario personal (self), al mismo tiempo que se amplifican en exceso rasgos parciales asociados a una sola identidad particular. El lograr mantener la continuidad del self , es decir, reconocerme como un individuo, es algo imprescindible para mantener la salud psíquica. El self constituye algo más abarcativo que las identidades; se trata de una concepción de sí mismo que engloba todas las demás características coyunturales. La preservación de ambos niveles, uno con mayor generalidad, el del self “genérico” (Wiley) y el nivel más concreto de las identidades “particulares” (Wiley) impide una fragmentación de la identidad, o el crecimiento desmesurado de una identidad particular, lo que daña la estructura general del self. 

La empleada doméstica/socióloga que evoqué arriba pudo finalmente “verse a si misma” como algo más que una mujer profesional (identidad particular). Hasta ese momento, ella había sometido su realización personal a la presión social de buscar una realización profesional que antes estaba negada a las mujeres, pero que ella no deseaba realmente.  Más allá de sus vicisitudes e identidades particulares, ella pudo encontrar su deseo individual y disfrutarlo cotidianamente, mientras tendía camas con la misma sonrisa que acompañó su relato, y que aún recuerdo con claridad. Su identidad profesional durante un tiempo largo actuó de modo despótico, en su mundo interno al forzarse a ejercer un derecho que se transformó en auto-imposición. Ahora voy a recurrir a otro ejemplo, y para eso usaré el cuento de una niña alegre. 

Un caso de fascismo íntimo que llevó a la muerte a un pequeño gatito no alegre

                 “Había una vez un gatito que no quería jugar.  El conejo lo invitó a jugar, y el gatito dijo no.  El perro también lo invitó… Y otra vez él dijo no. Entonces el gatito estaba tan triste que se fue a su casa y se murió.” 

Cuando la niña terminó de contar este cuento, sus compañeros, que estaban escuchándola con gran atención, quedaron mudos. No pudieron sino balbucear: “¡Qué cuento triste!” Ante ese comentario acongojado, su autora, una niña de 9 años, respondió con total ingenuidad “¿Triste por qué?”

Los lectores deben estar haciéndose varias preguntas. La primera es ¿qué tiene que ver esta anécdota con las políticas de la identidad? Para responderla, les pido un poco de paciencia. La segunda duda es, quizás, ¿por qué la autora del cuento no dijo lisa y llanamente “había una vez un gatito que quería jugar? Para responder a estas dos preguntas, es necesario contar algunos datos de la historia de la niña, los cuales serán retocados en aspectos que no involucran lo argumentado en este texto, para impedir el reconocimiento de la persona que lo narró. Su madre la trajo al psicólogo  para consultar, porque la niña no jugaba como solía hacerlo hasta hace poco tiempo atrás. Hago la debida advertencia al lector que cualquier coincidencia con el protagonista del cuento puede no ser solo casualidad. Esto es así, porque su madre aseguró una y otra vez que su hija ERA una niña alegre y que, por ese motivo, no podía ser que estuviera triste por la muerte de su padre ocurrida no mucho tiempo antes. Tampoco podía estar triste porque ella misma, su madre estaba muy feliz en su nuevo matrimonio. 

Un análisis realizado con el semiólogo Fernando Andacht en un artículo publicado hace unos años (Andacht y Michel, 2005) puede aclarar por qué consideramos que la muerte del gatito en el cuento fue causada por un error semiótico. Algo de lo argumentado allí puede ayudarme a explicar la relación, que puede aparecer a primera vista como algo rebuscado, de este cuento con las políticas de la identidad. Sin embargo, voy a tratar de explicar que a Lucía le sucedió algo similar a la protagonista ficcional del ejemplo anterior. Así como en el caso Sandra, quien en lugar de verse a si misma como un individuo, solo podía verse a si misma como una mujer con determinados rasgos, que representan las características de un colectivo, Lucía solo podía verse a si misma como “una niña alegre”. Y ustedes dirán, pero ella lo era. Eso es cierto, pero si consideramos que el ser “una niña alegre” era una identidad particular que no debió haber sido tomada como la identidad que agota todas las posibilidades de su si mismo siempre en desarrollo. A partir del fervoroso deseo de su madre, su identidad tomó tal magnitud que ella solo podía verse a si misma como “una niña alegre”. Sin embargo, cuando comenzó a contar el cuento, su enorme tristeza (aún no percibida por ella misma), no le permitió hablar de un gatito que “quería jugar”. Esas palabras no pudieron salir de su boca no alegre. La palabra ‘no’ se le imponía una y otra vez, y el gatito siempre decía “no”, hasta que la tristeza no percibida por Lucía, lo invadió totalmente. 

Ese caso sirve para ilustrar el fenómenos que Wiley describió como el crecimiento “casi cancerígeno” de una identidad particular, que llega a enmascarar la naturaleza, y lo comparó con el fenómeno que en psicología se conoce como un “falso self”, un concepto que fue trabajado intensamente por el psicoanalista infantil Donald Winnicott (1960). Asumo el riesgo de que quien propuso ese término no lo considere así, pero creo que la situación clínica que describí arriba puede ser considerado como un ejemplo de “fascismo íntimo”. A pesar de que la identidad “niña alegre” es positiva, su despotismo interno no le autorizó a Lucía el poder verse a si misma, ni a su cuento, como triste. 

Así fue que, luego de la dramatización de su cuento, aún más triste que el relato verbal, ella enunció con gran inocencia infantil y una mirada intrigada su respuesta “¿triste porqué?” Resultaba evidente que ella no podía verse a si misma como una persona – Lucía simplemente –  que podía también estar triste, más allá de su identidad “niña alegre”. Para que pudiera “verse a si misma” como era vista por los demás fue diseñado un ejercicio que involucraba sacar una fotografía psicodramática. Una vez que ella pudo verse como en un espejo y colocarse detrás de una cámara imaginaria, Lucía cambió repentinamente su expresión hasta ese momento monocorde, para expresar con vivaz tono asombrado: “¡Lucía está triste!”. Luego de uno minutos en los que estuvo pensativa ella dijo con firmeza: “Yo sé por qué está triste… porque su papá murió”. A partir de ese momento, la flexibilidad y la espontaneidad no solamente retornaron a su proceso identitario, sin también a su cuerpo, que dejó su quietud y languidez, para conversar con tono vivaz y movimientos enérgicos. Aunque sea una paradoja, una vez que Lucía pudo verse a si misma como triste, la niña recuperó su identidad de “niña alegre”.

¿En qué se parecen Lucía y Sandra?

Sin duda ellas tienen muchas diferencias, pero lo que comparten es el hecho de ambas han sido invadidas por una identidad que proviene de un relato, de una narrativa colectiva. En el caso de Lucía, se trata de una narrativa familiar que le asigna un rol en la compleja dinámica de su estructura familiar; se trata de un rol que por ser fijo le impone una enorme rigidez que bloquea la capacidad creativa de los procesos interpretativos en relación a si misma, a su si mismo o self

En el caso de Sandra, también se trata de una identidad particular que, en función de ser parte de una narrativa colectiva, está asociada a ciertos rasgos que para preservarse deben mantener un carácter incambiado. Tomemos, por ejemplo, el relato de la perspectiva de género que se enmarca en la llamada “cultura del patriarcado” que asume “una desigualdad estructural entre el hombre y la mujer”. Esta definición incluye la palabra “estructural”, que implica que la relación de roles entre el hombre y la mujer está caracterizada por la dominación, en términos universales, y coloca a la mujer en el lugar de víctima estable. Aunque esta caracterización de la relación mujer/hombre en términos de víctima/victimario puede ser vista como una tendencia que no necesariamente abarca todos los vínculos, las formas más radicales de feminismo no admiten excepciones. 

Se habla de un relato o narrativa, porque la perspectiva de género considera que las identidades  sociales son productos de una construcción, en otras palabras, las características que definen los roles femenino y masculino no se relacionan con aspectos biológicos que tienen que ver con la naturaleza, sino con elementos vinculados al lenguaje exclusivamente. El lenguaje está constituido por signos que, de acuerdo a esta perspectiva influida fuertemente por el estructuralismo y posestructuralismo, mantienen una relación arbitraria con el significado. Así es que se rompe el vínculo entre cultura y naturaleza, entre el relato y el ámbito de la experiencia de seres inmersos en una red de relaciones reales con otros y consigo mismo. La muerte del gatito triste no es sino el grito reivindicativo de la realidad de la tristeza de la niña, que limita implacablemente la construcción del significado. Tanto su madre como Lucía misma pueden construir el significado de su identidad de modo voluntario. 

La construcción del significado a través de narrativas es posible hasta cierto punto. Nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos es siempre a través de signos. La interpretación no sólo está limitada, sino que también está dinamizada por la intervención activa de la realidad. Digo ‘activa’, porque la realidad no es silenciosa, se manifiesta también a pesar de que a veces intentemos ignorarla. La empleada doméstica del Instituto Moreno, a pesar de sus esfuerzos (estudiar toda una carrera) por volverse una mujer profesional, finalmente pudo escuchar la voz de su deseo.  Lucía hizo grandes esfuerzos para construir, y volver a construir, su identidad de niña alegre, para satisfacer a su madre e incluso a sí misma, pero la realidad de la muerte de su padre y de su inmensa tristeza se coló en su cuento, en su mirada y en su cuerpo desvitalizado de modo insistente.   

La perspectiva de género no puede ayudar a nadie, mientras siga analizando el mundo “con un hacha” (Peirce) que deja por un lado a la naturaleza y por el otro, sin conexión alguna, a la cultura. Ese corte dualista y empobrecedor del mundo de la vida también separa el relato de la realidad, y al hombre de la mujer. Los seres humanos, mujeres y hombres no solamente estamos en un diálogo (interpretativo) permanente con la naturaleza, y con la realidad externa, sino que también estamos en diálogo íntimo con nosotros mismos. Los relatos nos ayudan a entender, pero no podemos caer en el pecado de hubris de pensar que ellos construyen la realidad, simplemente nos ayudan a entenderla mejor. 


Notas

1. M. Michel. O Self semiótico: desenvolvimento interpretativo da identidade como um proceso dramático. Tesis de Doctorado inédita. Universidad Federal do Rio Grande do Sul, (2006).

Referencias

Aguilar, A. (2020). Una nueva normalidad, pero con perspectiva de género. El País. Edición América. Sociedad (28.07. 20) https://elpais.com/sociedad/2020/07/28/ actualidad/1595957011_833134.html

Andacht, F. y Michel, M. (2005). A semiotic reflection on Self-Interpretation and Identity. Theory and Psychology, 15 (1), 51-75.

Giddens, A. (1991). Modernity and Self-Identity. Self and society in the late moderna age. Stanford: Stanford University Press.  

Peredo Beltrán, E. (2003). Mujeres, trabajo doméstico y relaciones de género: reflexiones a propósito de la lucha de las trabajadoras

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