ENSAYO

Por Rafael Bayce

Al aparecer la pandemia por estas tierras, y habiendo sido declarada emergencia sanitaria en Uruguay el 13/3/2020, escribí, el 16/3, un artículo sobre la pandemia: ‘Riesgo bajo, miedo útil, gran negocio’, que, transcurridos casi dos años, ratifico plenamente: el riesgo sanitario es mucho más bajo que lo vociferado y creído, el miedo es psico-políticamente útil para manipular y conducir, y todo un gran negocio para el big pharma y otros pocos pero suculentos beneficiarios, cuya conspiración se ha descubierto ahora, con nombres de personas e instituciones, fechas, lugares y documentos. Extramuros sostuvo todo eso, y ampliadamente, también desde entonces hasta hoy, estoica y científicamente. 

Podría ser vista, también, como una crisis más de ajuste periódico de la distribución de ganancias y acumulación entre tiburones capitalistas, en una época en que la forma original de hacerlo –mediante la explotación y la plusvalía en el proceso productivo- ya no es el modo principal de lucrar y acumular.  Han aumentado enormemente las desigualdades de riqueza y de ingresos, atacó más a los países pobres, las deudas públicas crecieron, la educación empeoró, atrasó el desarrollo cognitivo, emocional y motor de los niños y jóvenes ya, y será peor, como su ansiedad, depresión y agresividad.  Mientras los magnates de la salud y la comunicación multiplican sus fortunas. 

La pandemia y sus secuelas serán consideradas, cuando haya datos generalizados y perspectiva calma para verlos, como el peor desastre que la humanidad haya provocado (entre los muchos), gracias a la más rápida globalización que hay hoy de las causas, efectos y consecuencias de las decisiones. Los efectos y consecuencias no-sanitarias de la pandemia son y serán largamente peores que los daños sanitarios por ella. Pésimo negocio costo-beneficio para la humanidad, enorme negocio para un puñado de inescrupulosos ricos y poderosos.

Ha ido quedando progresivamente claro que la pandemia en realidad es, más que sanitaria, de esencia político-comunicacional con coartada sanitaria; y que ha sido construida, difundida y conducida con fines psico-políticos y económicos, políticamente orientados, si no pre-bélicos. 

Quiero enfatizar el análisis de 3 aspectos no-sanitarios o meta-sanitarios, no debidamente focalizados debido a la excesiva centralización de la pandemia en los aspectos sanitarios, mucho menos publicitables y publicitados que la pandemia, e inconfesables. Porque la pandemia es mucho más que un asunto sanitario, y cada vez más. 

1. Afirmación. La pandemia no ha sido ni es científicamente tratada. (podría ser Parte 1)

2. Afirmación. La pandemia es un progreso dramático en la tendencia al dominio y la manipulación de las poblaciones por el miedo, un sutil experimento psico-comunicacional a partir de masivos estímulos de coartada sanitaria. (podría ser Parte 2)

3. Hipótesis. La pandemia tendría un origen artificial, de laboratorio; bien podría consistir en dos distintas fases de testeo de armas psico-políticas y químico-biológicas: una, la diseminación de la pandemia como test psico-comunicacional de la reacción masiva global a estímulos determinados, para fines políticos; y dos, la inducción, así, de una necesidad de vacunación para testear entonces el impacto sanitario de dosis alternativas de virus o similares; potencial arma bioquímica masiva. Hipótesis de la pandemia, meta-sanitariamente, como test de armas psicosociales y de armas bioquímicas en nueva carrera armamentista, dentro de una nueva guerra fría China-USA, o para lucro de grupos privados que ganan con ella. (podría ser Parte 3)

La pandemia no fue ni está siendo científicamente tratada

Uno de los peores problemas para su tratamiento ha sido y es el absurdo predominio de los médicos en todo el proceso, como si los infectólogos, los virólogos y los especialistas en salud biológica fueran los únicos científicos pertinentes para entender y enfrentar la pandemia; como si politólogos, especialistas en salud mental, economistas, especialistas en educación, en comunicación, entre muchos otros, no tuvieran nada que decir y hacer frente a lo que los especialistas en la salud somática proponían. Cuando éstos no tienen la menor idea de lo que es una sociedad, una economía, gobernar, qué influencia tienen las medidas sanitarias en la educación, en la vida familiar, en el desarrollo social de los niños y adolescentes, ni en tantos otros aspectos de la vida de la sociedad. Estos aspectos no-sanitarios o meta-sanitarios van adquiriendo mayor importancia cuando el primer impacto sanitario pasa, y aparecen efectos y consecuencias diversas de las de la salud biológica, sobre todo y crecientemente en plazos mayores que durante la engañosa espectacularidad inmediata de los brotes; de esos aspectos crecientemente importantes esos especialistas no saben casi nada y obstaculizan las soluciones con la obsesiva insistencia en sus micro-conocimientos, éstos dentro de su macro-ignorancia de las otras aristas relevantes, y crecientemente. 

Además, ni siquiera hubo buena y consultiva ciencia desde el principio; y la cientificidad fue empeorando con la fanatización cuasi-religiosa de los beneficiarios (big parma y comunicación) y reproductores (políticos y prensa) a medida que avanzaba la pandemia. Buena parte del pánico inicial, que se fue amplificando irreversiblemente se basó en pésimos datos ‘científicos’ aportados por Neil Ferguson y el Imperial College de Londres, que magnificó las realidades y las perspectivas de la pandemia, así como ya lo había hecho con otros virus con costos multimillonarios para Inglaterra y Europa; las asunciones teóricas del modelo no eran realistas y los datos usados muy malos e inadecuados: claro y denunciado disparate inaugural y fundante. Pero las múltiples críticas y hasta los recálculos hechos por científicos top no fueron seguidos, anticipando lo que sería la norma durante toda la evolución de la pandemia: mala ciencia o no-ciencia, casi anti-ciencia pero vociferada como tal; y sectaria. 

Cuando la prensa reclama que se debe seguir a la ciencia, implica, pero no es consciente de que aquello a lo que le llama ‘ciencia’ fue muy mala ciencia desmesurada y fundadora del pánico subsecuente irreversible; y que no fue verdadera ciencia en su proceso de imposición; ni que sigue a un puñado de especialistas fanáticos en desmedro de multitudes no consultadas o ignoradas. Veamos.

Sería científico el tratamiento de cualquier problema cuando las decisiones a su respecto estén asesoradas por científicos de todos los temas implicados en el pasado, presente y futuro del asunto. 

No será científico el tratamiento del asunto y de sus temas vinculados: 

a. Si solo son tenidas en cuenta las opiniones de solo un sector de los científicos vinculables; si en una pandemia solo son oídos los científicos de uno solo de los asuntos implicados, por ejemplo los médicos especializados en algunos aspectos (i.e. virólogos, inmunólogos, biólogos) y se ignoran, para la evaluación global del asunto y para las decisiones políticas, los efectos de la pandemia y sus consecuencias para todos los demás asuntos de importancia para la sociedad vinculados. Por ej. la economía (extracción, sector primario, sector industrial, sector comercio, sector servicios); los efectos políticos de las medidas; las consecuencias para la educación formal; en la formación y desarrollo cognitivo, moral, social, emocional de niños, adolescentes y jóvenes; en el desarrollo de habilidades comunicacionales; si no se tiene idea de políticas públicas, de gobierno, administración y gestión. Si solo se considera a unos pocos especialistas en desmedro de la consulta a muchos más científicos de otras especialidades que podrían mostrar objeciones desconocidas por aquellos pocos especialistas consultados inicialmente. Si así fuera, y así fue y sigue siendo, entonces no se está siendo científico sino apenas y minoritariamente científico, y mayoritariamente no-científico. Se ignoran más aspectos merecedores de abordaje científico que los que se contemplan científicamente; y son muchos más, y más importantes que los ‘pandémicos’.

b. Tampoco será científico el tratamiento del tema si, incluso en las pocas especialidades científicas consultadas, las decisiones y consejos salen de solo un grupo de los especialistas, y se ignoran, ocultan, prohíben, niegan, persiguen, descalifican, opiniones contrarias presentadas por otros especialistas calificados y experientes; así, el tratamiento del problema no es científico, sino dogmático, fanático, cuasi religioso, de inquisición

e index como modos de imponer el dogma y castigar su transgresión. Peor si neófitos en todo, por definición profesional, como los periodistas, son quienes resuelven qué especialistas considerar y cuáles no; y dentro de cada especialidad considerada, a quiénes creer y alcahuetear, y a quiénes ocultar, descalificar, cuestionar y negar; así, siguen sin cumplir casi nunca con su papel de mediadores entre especialistas y público, funcionando más como operadores políticos y sacerdotes laicos, custodios cuasi-religiosos de dogmas revelados, unánimes y eternos. 

La ciencia no procede desde dogmáticas y totalitarias imposiciones de sus hallazgos; lo ha hecho básicamente por el diálogo, la confrontación de hechos y argumentos, y la depuración de los conocimientos, sin dogmatizar cada logro espaciotemporal. Los científicos premiados, recordados y homenajeados son quienes han sido pioneros, vanguardistas, innovadores, descubridores, todos aquellos que no se contentaron ni adoraron los conocimientos ya adquiridos sino que quisieron sobrepasarlos, y lo hicieron: el conformismo, el dogmatismo y la obsecuencia son radicalmente anti-científicos; los periodistas jamás producirían ciencia ni parecen saber qué es ni cuáles son sus diferencias con las religiones dogmáticas reveladas, porque tratan a la ciencia como si lo fueran.

Queda claro que la pandemia no ha sido científicamente abordada: no se han tenido en cuenta todas las disciplinas que podrían haber informado sobre efectos y consecuencias de la pandemia y de las medidas tomadas, en todas las áreas sociales; ni tampoco se han consultado a todos los especialistas dentro de aquellas pocas consultadas; tampoco han sido científicos los voceros de las pocas especialidades influyentes en las decisiones políticas; solo lo fueron los de una minoría autoritaria y dogmática, que, junto a la prensa y los políticos, impuso una paranoia hipocondríaca irracional, socialmente destructiva, contraproducente y ni siquiera sanitariamente indiscutible. Porque bien podría decirse que las medidas tomadas fueron mucho peores para la sociedad global que sus beneficios sanitarios, que la eventual mejora del enfrentamiento a la pandemia ha perjudicado la situación sanitaria total, y que ha sido contraproducente para el total de cada sociedad y del mundo en general.  

No dejemos que los especialistas biológicos comanden las decisiones sobre las que son neófitos; un virus como el sufrido no puede subordinar todo el resto de la problemática social en el decision-making político-social, siguiendo los consejos de unos especialistas esotéricos que ignoran las áreas de muchos más especialistas atendibles; los decisores, naturalmente, tienen que tener en cuenta a los especialistas directos en el problema que surja; pero luego, váyanse de vuelta a sus laboratorios, que de decisiones políticas y de consecuencias económicas, sociales, políticas, psíquicas, psico-sociales, educacionales, pedagógicas, no saben nada; su ignorancia global no debe ser privilegiada, ni sus pequeñas especializaciones, en desmedro de todos los otros científicos. Eso es hacer micro-mini ciencia en desmedro de la macro-gran ciencia. Mal negocio para los más, gran negocio para unos poquitos a costa de los muchos.

Las medidas aconsejadas deberían ser chequeadas con todos los otros científicos ignorados, y con los disidentes en esas mismas disciplinas privilegiadas en su consideración; por ejemplo, consultando a científicos sociales, no solo se habrían enterado de por qué los resultados podrían ser más contraproducentes globalmente y a futuro, teniendo un costo-beneficio negativo, sino de que sería casi imposible que las medidas obsesiva y dogmáticamente recomendadas pudieran ser cumplidas por la gente del modo esperable como para ser eficaces y eficientes (tapabocas, distanciamiento, encierros y cuarentenas, higiene constante y agudizada). Eso, para quienes conocen la vida social y su variedad alrededor del mundo, sería inesperado e improbable, aunque no lo sepan los micro especialistas consultados. Pero no nos centremos tanto en los micro-conocimientos y la macro-ignorancia del grupito de científicos convocados y seguidos; porque una enorme culpa la tuvieron los políticos, que cobardes y oportunistas, pero con expresión de próceres épicos, conformaron los equipos que construyeron esa catástrofe global desde un virus que justificaba casi nada de lo hecho, salvo, claro el enorme lucro del puñado de beneficiarios, y el derrame de esa expectativa y esas realidades en las cadenas de decisores que la hicieron posible.

Si la ciencia hubiera seguido el camino dogmático e inquisitorial que la prensa supone que es el de la ciencia (y la gente que les cree, trágicamente), los médicos atenderían hoy con ventosas y cataplasmas, que a principios de siglo eran la medicina más avanzada; quienes hubieran querido introducir nuevos métodos y medicamentos hubieran sido tildados de negacionistas y anti-ventosas; pero, por suerte, la ciencia siguió cuestionando cada logro histórico, y considerado a cada uno de ellos como provisorio y no como intocable, como un dogma revelado, eterno, infalible, a defender con index e inquisición. 

En otros siglos arrojaban chicas vírgenes a los cráteres de los volcanes para calmar la furia de los espíritus y terminar así con las erupciones; como en algún momento éstas paraban, consideraban entonces que el sacrificio había resultado; y que debía repetirse sin chistar por su patente eficacia para la comunidad. Así seguiríamos si la prensa comandara la evolución de la ciencia. Como las erupciones y todos los virus anteriores, la pandemia algún día cederá; ¿será por lo que se hizo o por otras cosas? Recuerdo un excelente ejemplo, propuesto por Pablo da Silveira, de falsa atribución de causalidad: una persona se enferma y se encierra en cama con remedios caseros comunes; como no mejora llama a un médico a domicilio, que le receta medicación; como los malestares continúan le recomiendan a una curandera, que lo manipula de diversos modos; los malestares van desapareciendo; se considera entonces que la curandera curó lo que ni los remedios caseros ni los medicamentos recetados habían conseguido. En realidad, nadie curó nada; tenía un virus, que cumplió su ciclo, cuyo fin fue más próximo a la visita a la curandera que a la del médico y a la receta casera de la abuela. Por eso, falazmente, ilógicamente, atribuimos la causa de la mejoría a la curandera, solo por su mayor cercanía al fin de la dolencia, antecedente próximo, aunque no por ello causa del fin del virus, tal como el covid fue declarado causa de muerte en tantas muertes manipuladas para magnificar la pandemia. Así, que, ojo, no nos creamos así nomás que si el virus desaparece o se debilita, habrá sido por las medidas sanitarias y/o por la vacunación obsesiva y cotidianizada; ¿no será por esa piedra verde que me vendieron en el Polonio? ¿O porque sí, porque el virus cumplió su periplo vital? ¿No estaremos jugando hoy el papel de las vírgenes o de cobayas del big pharma, de alguna gran potencia geopolítica, o de algún grupo de poder e interés adoptando las medidas sanitarias, las vacunas y el miedo? Hay quienes dicen que sí. Y algo de eso veremos en las próximas notas. 

Ciencia, en cambio, es lo que Extramuros y quienes contribuyeron en esa línea científica han hecho desde abril de 2020. Lo opuesto a lo que la gran prensa hizo. Leída la opinión científica recibida e impuesta, investigó y propuso hipótesis alternativas, la analizó sin creerla dogma, y proporcionó los fundamentos básicos de las críticas y de las propuestas, con acceso a fundamentos más profundos y especializados. Como ha hecho la ciencia en toda la historia para progresar. Advertimos, entonces, del riesgo de que medidas sanitarias equivocadas, y vacunas insuficientemente necesarias y probadas en su eficacia y seguridad, produzcan nuevas vírgenes (i.e. los niños vacunados) arrojables a los cráteres de la big pharma y de los ya identificados conspiradores que han producido, desarrollado y son beneficiarios de esas erupciones seguidas de neo-sacrificios pandémicos.

Entonces, la pandemia y sus respuestas han sido muy mala ciencia, y una muy parcial convocación de todos los científicos que deberían haber sido llamados a contribuir. Fue más sectarismo fanático y voraz que ciencia; y en eso la prensa y los políticos se llevan las palmas. Mala ciencia, poca ciencia, en el diagnóstico de la pandemia y en las medidas de terapia adoptadas. Pero mucha ciencia en la construcción del miedo, arma psico-social políticamente valiosa y, quizás, en la preparación, a través de la pandemia y la vacunación, de un arma de destrucción masiva. Hubo y hay mucha ciencia, pero no donde la prensa nos ha hecho creer; en otras cosas mucho más tenebrosas. Lo veremos en las próximas notas.

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