Esta es la transcripción editada de la columna del autor en Bajo la Lupa – Némesis Radio, el jueves 9 de febrero de 2022

PORTADA

Por Aldo Mazzucchelli

En el episodio de la supuesta violación en manada que se viene ventilando en los medios estos días, estamos viendo, por primera vez a una escala realmente masiva, el nivel de alcance y penetración de la ideología “woke” en el país. Se trata, por su denominación original en inglés, de la ideología de los que despertaron, o se iluminaron, o se “dieron cuenta”. Esa ideología es la versión soft, masiva, de un grupo radical que ha venido cultivando las “políticas de la identidad” desde hace mas de 40 años.

Entonces, los woke son los que se despertaron y se dieron cuenta. ¿De qué? Básicamente, de que en lugar de verse a sí mismos como individuos, deben verse como representantes de una “identidad”. Esa identidad es un relato, una narrativa colectiva. En el caso de una persona negra, se ve a sí mismo como representante de la raza negra, por principio en conflicto con los blancos y con otros, en base a una lectura parcial de cuestiones más bien históricas que actuales. En el caso de, digamos, una persona llamada Sandra Rodríguez, ella no se ve como Sandra Rodríguez, sino, antes, como “mujer”. Habla en nombre de “las mujeres” y cree y ha aceptado una cantidad de ideas sobre la historia, la sociedad, la sexualidad, que a menudo no vienen de su experiencia directa, sino de la narrativa grupal, del relato grupal. 

¿De dónde viene ese relato? ¿De dónde vino? Todo esto comenzó por grupos de militantes en los años setenta largos. A menudo se piensa que esto viene de las luchas por los derechos civiles de los años ’60 (Martin Luther King y demás). Pero no. De un modo muy decisivo, esto es lo contrario de la lucha por los derechos civiles. Lo que Martin Luther King y demás querían era que los negros fuesen aceptados e integrados dentro de la sociedad garantista democrática norteamericana de los años ’60, como individuos iguales a los demás. En cambio, lo que la ideología de los grupos radicales de “justicia social” de los setenta quería, era destruir esta sociedad, porque pensaban que es inherentemente injusta y que no es posible mejorarla. No estaban -y creo que no están, aun- particularmente atraídos por la vieja idea de una sociedad de individuos libres. 

En ese sentido, los grupos de radicales de los setenta no constituyen un grupo de militantes que busquen liberar o integrar a nadie, sino que lo que buscan es destruir los relatos y las instituciones que mantenían cohesionada a la llamada “sociedad Occidental”, porque la consideran inherentemente insalvable, por estar basada en injusticias antiguas y continuadas. Estas injusticias, aparentemente, nunca fueron corregidas, y nunca mejoraron, ni pueden hacerlo. La lucha pues no es en pro de mejoras parciales, sino en pro de la demolición total.

En ese sentido, esos grupos actúan como bacterias fúnebres que destruyen un cadáver. Pienso hace mucho que Occidente ya falleció, y que estamos asistiendo a su descomposición -y somos parte de ella. Cada uno hace lo suyo para eso. Estos grupos son muy importantes y muy activos en ello.

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Entonces, vamos a la historia básica. El término “identity politics”, o políticas de la identidad, o identitarias, fue acuñado en el año 1977 por el colectivo Combahee River, feminista negro, radical y queer/lesbiano. Ahora bien, 1977 es mucho después que el tiempo del Movimiento por los Derechos Civiles, que corresponde a la década de 1960. 

CITO de esta página llamada New Discourses: “Es decir, aunque la expresión “política de la identidad” se ha retroadaptado al Movimiento por los Derechos Civiles de la década de 1960, sus orígenes se encuentran en un movimiento radical de más de una década posterior que buscaba específicamente rechazar e invertir las premisas fundamentales de ese movimiento. Por tanto, la confusión del término es un fenómeno contemporáneo que disfraza el hecho de que el término surgió en un rechazo explícito de los medios y métodos del movimiento que pretende continuar.” 

De modo que toda idea de una lucha pacífica y una resistencia basada en la ética del liberalismo repugna a estos colectivos.

CITO de nuevo: “Antes de entrar en las diferentes interpretaciones del término, una forma sencilla de explicar la política de la identidad es que crea grupos políticos de interés especial a partir de grupos de identidad, y aboga por ellos. […] En la medida en que el sistema se basa en la política de la identidad (es decir, la política de intereses especiales) de este tipo, manifestará diferentes resultados sociopolíticos que pueden ser más o menos deseables, dependiendo de los deseos y la orientación política de cada uno.”

Entonces, esta es una tesis fundamental: estos grupos se dieron cuenta de que el modo de operar políticamente con resultados en estas sociedades es creando grupos especiales de interés. Y el problema es que el sistema que tenemos no está diseñado -al menos en varios de sus aspectos fundamentales- para que lo operen grupos especiales de interés, sino individuos. Y esto contribuye al diagnóstico de la “muerte de Occidente”: por causas históricas múltiples y complejas, se ha desplazado al individuo del centro del sistema, y se lo ha sustituido por políticas grupales, y por lobbistas

El problema añadido que deriva de estos grupos radicales identitarios, es que destruyen no solo la salud de las negociaciones dentro del sistema, sino al individuo mismo, que es la razón de ser del sistema. En ese sentido, basándose en la crítica radical del lenguaje que hizo Derrida, apoyada a su vez antes en una lectura posestructuralista de Saussure y su teoría de la “arbitrariedad del signo”, y en muchas otras fuentes, estos grupos radicales llegaron a desarrollar un relativismo absoluto, el que es muy útil para fines destructivos. Si todo es relativo, todo da igual, y nada está mal, ni bien. Basta que me sirva políticamente. 

Es el triunfo de una retórica cínica completamente. El fin justifica los medios retóricos de que me valgo. La verdad no interesa, porque no existe. Sólo existe el poder y las formas de alcanzarlo son todo lo que importa. Esa actitud es, justamente, una de las bacterias fúnebres más eficaces, y la vemos desplegada en este sistema, ya cadáver, de arriba abajo, y de derecha a izquierda -pues este cinismo relativista se ha instalado en la clase alta, media y baja, y en todo el espectro político, de izquierda a derecha.

“Pero”, argumentarán algunos que son críticos pero sistémicos (es decir, aun defensores del sistema), “convengamos en que el sistema ha sido cooptado y viene siendo operado por grupos especiales de interés desde hace muchísimo…” Y sí, claro que fue cooptado hace ya mucho -mucho antes de que existiesen estos grupos identitarios radicales- por los grupos de lobbistas que luchan por empujar intereses particulares como si fuese interés general. 

Estos grupos de lobbistas, desde luego, nunca se concibieron a sí mismos como “minorías”, sino como “la Cámara de Comercio”, por ejemplo, o “los productores rurales grandes”, o como “el dueño de Cutcsa” u otra compañía semejante de gran peso dentro de una sociedad específica. A través de ellos, el mundo de la “democracia” vino a ser controlado en muchos sentidos (económica, legal, ideológicamente…) por grupos con intereses económicos particulares. Estos grupos desde hace décadas han ido encontrando la forma de ir modificando el sistema legal logrando que se legisle a veces incluso con nombre y apellido, para beneficiar un interés particular u otro -tómese como prueba de esto el barroquismo en que ha caído el sistema jurídico que tenemos, con sus decenas de miles de leyes-, y han encontrado la forma de ir venciendo las defensas republicanas del sistema, y han encontrado la forma de ir moldeando los deseos de los consumidores en base a marketing.

Pese a ello, es algo notorio que hay mucha gente que aun cree en el sistema que tenemos. Es la gente que, por ejemplo, confía a ciegas en las voces oficiales de los “expertos” que ellos creen libres de intereses particulares, o en el MSP, el “Estado” y otras entelequias parecidas. 

Aclaro: a mí no me parece mal que el sistema sea el resultado de la lucha de intereses particulares. Eso es parte de cualquier sociedad de personas libres que luchan por lo que quieren. Lo que me parece mal es que el sistema ya casi no tenga defensas eficaces, y haya sido cooptado por esos intereses particulares, que se hacen pasar por interés colectivo, con la complicidad de los políticos.

Por ejemplo, tomemos el caso de las grandes empresas constructoras. Existe el mecanismo de la licitación, que al ciudadano creyente le da una sensación de seguridad de que hay igualdad, que gana el mejor digamos, que su dinero está siendo bien usado, etc. Pero si en un país la obra pública se concede por licitación, y en ese país hay, digamos, solo cinco empresas constructoras que tienen la escala y la maquinaria y el know how y el capital como para construir una obra de gran escala, por ejemplo una carretera, nada impide a los cinco dueños de esas empresas reunirse en privado antes de cada licitación, acordar los precios, y cobrarle al Estado dos o tres veces el precio real del trabajo, turnándose (dentro de ese nivel de precios inflado) para tener trabajo todas. El ingreso de competidores del extranjero eventualmente puede bloquearse también…

O, póngale otro ejemplo, los gobiernos de países que son tecnológicamente incapacitados a ciertas escalas y en ciertas áreas, como Uruguay por su mercado y tamaño, por ejemplo, dependen no solo de los precios, sino del juicio científico del mismo fabricante de los productos farmacéuticos que consume. Así, para saber si un producto médico es seguro y eficaz, no tiene más remedio que escuchar lo que le cuenta el fabricante del producto, que es parte interesada. Ya no un lobby: ¡es el fabricante mismo! Y debemos, para conocer la seguridad o eficacia de un producto, creer a pies juntillas en lo que nos dice quien a la vez nos lo vende y cobra. 

O, a lo sumo, nuestro país parece escuchar y repetir lo que dice la FDA norteamericana. Pero la FDA norteamericana está ella misma profundamente enredada en el dinero y la relación íntima con las mismas farmacéuticas, y funciona sin límite alguno la “puerta giratoria”, y los profesionales de la FDA trabajan en ellas antes o después, o aspiran a hacerlo… Y los médicos que recetan esos productos también están ligados de muchas formas al dinero de la industria que los produce, que genera los congresos, financia las investigaciones académicas que derivan en los papers que esos científicos firman, compra miles de ejemplares de las revistas en los que esos papers se publican. En fin… la idea de “la ciencia” como un elemento que está por fuera del sistema de intereses y es “testigo independiente” de algún modo de la verdad, es hoy una gigantesca mentira.  

El problema es endémico en el mundo entero, y no se limita a países pequeños como el nuestro. El lector no tiene que tomar mi palabra en esto. Lo remito a la opinión del Dr. Joan-Ramon Laporte Roselló. Se trata del mayor experto español, y uno de los mayores de Europa, en farmacovigilancia. Él ha descrito recientemente con todo detalle este problema del conflicto de intereses endémico en la industria de la salud. Él ha declarado ante una comisión parlamentaria española, por ejemplo: “Los ensayos clínicos de medicamentos y vacunas son diseñados, realizados e interpretados por la compañía promotora. El control de calidad de los datos recogidos también corre a cuenta del promotor, y el control de la gestión de esos datos por parte de las administraciones públicas se basa en inspecciones que son solamente muy ocasionales […]. El fraude es habitual. A menudo, y sobre todo, en la catalogación y archivo de los acontecimientos adversos. […] Además del fraude, también es habitual la presentación tendenciosa de los resultados. Por ejemplo, tendenciosidad que consiste en expresar la eficacia en términos relativos, y no absolutos.”

Roselló opina que el Sistema Nacional de Salud de España es actualmente “un mero receptor pasivo de mensajes de clara intencionalidad comercial; un comprador ignorante de tecnología que a menudo paga humo a precio de oro.”

Es decir que el sistema social en que vivimos está en buena medida manejado por los intereses particulares, no solo en quién gana la carretera, sino en cuál medicina es la que hay que usar. Y presentan el triunfo de los intereses particulares del laboratorio X como “la verdad científica”. Y la gente creedora en el sistema, lo cree y se pelea por defender eso.

¿Tengo que seguir dando ejemplos? Mucha gente cree que todo funciona según lo que decían los manuales de educación Cívica del Liceo, digamos. O según la letra fría de la Ley. No funciona así. 

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¿Y qué hace la política en todo esto? Bueno, los grupos políticos negocian con estos grupos de interés. Y en lugar de hacer cumplir la ley, la tienen por ahí por si tienen que meter en vereda a alguno que se salga de la línea. La usan cuando les conviene, acusan cuando les conviene, aprietan cuando les conviene. Y la Justicia se ha vuelto enormemente sensible a la política. ¿Estoy exagerando si digo que la justicia no es un poder independiente en este país, y que en general cobra al grito de la tribuna? No siempre. Hay jueces independientes y honestos. Hay. Debe haber. Pero lo que uno ve estos días es politización grosera de lo judicial. 

Pero volvamos a los políticos. Éstos, al negociar con los representantes de intereses particulares, obtienen dinero para sus partidos, y obtienen bienes simbólicos (son los políticos los que inauguran el puente o la carretera, o una campaña de vacunación), de modo que puedan exhibir “obras”, Y también se puedan financiar para perpetuarse en los cargos de poder. Esto es, se supone, lo normal, el orden de las cosas, pero el sistema republicano tendría a su vez, teóricamente, una serie de mecanismos para evitar que este juego perjudique sus fundamentos. Por ejemplo, podría controlar estrictamente la financiación de los partidos, entre otros mecanismos que buscarían evitar que lo que los ciudadanos eligieron sea cambiado por el poder del dinero de los grupos de interés. De modo que me gustaría que quede claro que el problema no son los grupos de interés. El problema es que esos mecanismos republicanos no funcionan. Averigüe el lector qué pasó con la ley de financiación de partidos en la historia del país.

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Entonces, volvamos a nuestro tema principal: me gustaría que la gente razonara si no es que los grupos de políticas identitarias han hecho, en parte, lo mismo que otros grupos de interés -pero con efectos mucho más devastadores.

Es decir, lo que hicieron fue eliminar la política de los individuos, para la que por ejemplo el sistema penal fue concebido, y sustituirla por una política de los grupos identitarios. Éstos operan a nivel de la educación, operan a nivel de la opinión pública, operan a nivel de la sociedad civil, financiados por groseras cantidades de dinero que llegan al país por distintos medios, con esa finalidad explícita. Con esto quiero decir: el BID -por ejemplo- da determinado préstamo a, digamos, el Ministerio de Economía, para que lo aplique en la creación de un programa de “Identidad de género y finanzas personales”, por decir algo. Y sólo para eso. Si los jerarcas ministeriales no hacen eso, creando los cargos correspondientes -es decir, contratando gente paga que se convierte así en promotora de la identidad de género, precisamente-, ese dinero no se otorga. Multiplique esto por centenares de programas ministeriales, en intendencias, en ONG, en universidades… y tendrá los detalles de cómo es que se financia la implantación de este tipo de agendas en la sociedad.

Al adoptarse esta política basada en grupos de presión que hacen política con la identidad individual, el fiscal ya no argumenta en nombre de una víctima concreta de un delito concreto que podrá haber sido así o no, sino en nombre de “todas las mujeres” que, se postula, son siempre víctimas ante todo, debido a habitar un supuesto sistema patriarcal instalado hace milenios. Al revés, el fiscal que acuse a una mujer concreta, estará acusando a todas las mujeres de la sociedad. El juez que falle en contra de una mujer concreta está ofendiendo “personalmente” a cada mujer de la sociedad.

Yo distinguiría aquí “individuo” de otros términos comunes como “persona” o “sujeto”. Mientras que estos grupos eliminan al individuo –es decir al sujeto crítico responsable a nivel social-, al mismo tiempo promocionan el ego personal a niveles nunca vistos: sus militantes se consideran todos únicos, especiales, y con una sensibilidad tremenda por la ofensa personal. El problema es que, mirados a cierta distancia, todos son idénticos, se ofenden todos por lo mismo, piensan todos lo mismo, y sobre todo sienten todos lo mismo y usan todos el mismo lenguaje troquelado y pre-formateado para expresarse. 

En fin, esto tiene algunos efectos perversos sobre el sistema, que son de un orden algo distinto al efecto ya perverso que tienen los manejos de los grupos de lobbistas clásicos que hemos mencionado antes.

Porque si el lobbismo de los grupos de interés tradicionales genera quizá injusticia económica y concentración del poder, y “roscas” de elite entre políticos y empresarios y otros ciudadanos, lo que hacen las políticas identitarias es más capilar y generalizado en toda la sociedad, y genera injusticia a nivel de los derechos de los individuos particulares. 

En otras palabras, puesto que la “justicia social” pasa a ser definida por una lucha política a nivel de los discursos y el dinero para hacerlos, los individuos pertenecientes a un grupo desfavorecido pagarán el precio de que se tomen decisiones injustas para con ellos, en beneficio de personas identificadas con los grupos dominantes en el juego de las políticas de la identidad.

Igual que un habitante rural puede ver que su agua queda contaminada debido a una gran plantación o monocultivo con intensivo uso de agrotóxicos en la vecindad -que se instaló ahí porque los intereses de las distintas empresas participantes tienen mayor poder de presión sobre el gobierno que el ciudadano suelto-,  hoy, por ejemplo, muchos varones resultan ser víctimas de injusticias legales, debido a la hegemonía que ha tomado la política identitaria de las mujeres y las “minorías” gay, lesbiana, trans, etc. En este caso, diríamos que las políticas de la identidad juegan el mismo rol que los intereses corporativos detrás de los monocultivos.

Sé que a muchos defensores convencidos de estas ideologías el ejemplo les parecerá mal, pero por eso justamente lo uso: para que se vea que la ideología de género en sus múltiples manifestaciones, o las ideologías de supuesta defensa de las minorías, son una forma muy clara de ‘meterle la pesada’ a otros prójimos muy concretos en las sociedades contemporáneas. Están ejerciendo violencia a sabiendas sobre “los hombres” en abstracto, lo que se traduce en injusticias jurídicas sobre hombres concretos, individuos concretos.

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Veamos otro ángulo: el problema de los liberales, y su ceguera ante el avance del autoritarismo y la censura.

Los grupos de “justicia social” basados en políticas identitarias no pueden, en ningún caso, ser considerados con la etiqueta de “liberales”, porque destruyen el pilar fundamental de cualquier forma de liberalismo digno de ese nombre, que es el individuo de conciencia libre. Por eso a uno le genera rechazo que liberales como el Presidente Lacalle, y tantos otros, sean tan inadvertidos filosóficamente como para aceptar y promover el discurso de las políticas de la identidad. Este discurso es radicalmente contrario a toda sociedad basada en el individuo. Por tanto, es profunda e irreconciliablemente antiliberal. En este sentido, los liberales que pactan con los radicales identitarios, y aun les hacen el discurso y los financian, están excavando su propia tumba. A las ideologías radicales del identitarismo la libertad de los demás les importa muy poco; y mucho menos les gusta que los demás expresemos opiniones contrarias a las de ellos. No lo toleran, y están censurándolo ante nuestros ojos todos los días. Esto ocurre porque los partidarios del identitarismo creen que tienen un punto de vista superior, lo que se llama en jerga académica “Teoría”. “Theory“. Todo esto empezó en los campus universitarios yanquis.

En realidad, tal teoría (en humanidades y ciencias sociales) es un conjunto mas de narrativas, sin ninguna cualidad especial que las acerque más a la “verdad”. Sin embargo, la pretensión de la teoría es lo contrario: es ser un tipo de estudios o narrativas que se autoasigna un estatus de superioridad, e investiga algunos campos específicos: concepto de lenguaje, concepto de “género”, “interseccionalidad”, “minoría”, y otros, para glorificar y dar apariencia de fundamento a determinadas estrategias retórico-políticas. Los identitaristas se marean de tal “teoría” en la universidad y en los cursillos que proliferan en ONG, Ministerios, grupos de activismo social, etc., auspiciados increíblemente por los ex liberales hoy tomados por un antiliberalismo negador del individuo.

Es significativo que en la Universidad, en los departamentos de Humanidades y Sociología donde todo esto nació en los años sesenta y setenta -y de ahí en adelante se instaló dominante tal conjunto de “saberes” (que resultan ser sólo narrativas cerradas)- todo esto se haya llamado a sí mismo “Theory“. Esto representa la mayor de las soberbias académicas. Llamar a lo que uno hace “Theory” a secas, es decir, ‘la’ teoría por antonomasia, equivale a considerar que uno está en poder de la llave para entenderlo todo de un modo “más profundo” o “más complejo” o “más cool” incluso, que los demás. Esta soberbia académica de palabras entreveradas, vacías, y sin contestación posible porque no se emplea dialéctica sino una retórica más cercana a la poesía, es una de las principales fuentes del autoritarismo de los woke de hoy. Llenos de ese palabrerío teórico, de alguna manera los que lideran o participan de algunas tendencias de políticas de la identidad sienten que entienden todo mejor que los demás, que saben lo que les conviene a los otros, y, por tanto, que tienen el derecho de imponerlo no importa lo que piensen los demás. Esto explica que los grupos de políticas de la identidad sean fervientes partidarios de la censura y sean los que impusieron la cultura de la cancelación ya en varios lugares y sociedades cercanas -Argentina y Brasil son vanguardia latinoamericana en esto. Y esto explica que tienen un gran poder de amedrentamiento, porque es un discurso astuto, que se ha apropiado de un par de nociones que aun son muy respetadas en general: la noción de que representan “lo avanzado” o “lo futuro“, o “lo que viene”, por un lado; y por otro, que parece que controlan algo tan sensible como la posibilidad de pertenencia, al controlar el lenguaje del grupo.

El intento de los identitarios es tomar el poder discursivo de la sociedad toda, sometiéndola a una dictadura que imponga su noción exclusiva de justicia, y que adoctrine a todo el mundo en sus elementales, simplistas, rudimentarias visiones sobre la historia, la filosofía, la religión, la relación naturaleza-cultura, etc. Están muy avanzados en ello. Los liberales de Uruguay, como de costumbre -igual que en los sesenta y setenta, en los ochenta, en los noventa y en los dosmil-, durmieron la siesta, y ahora salen corriendo a alarmarse -como si fuera una novedad reciente- porque un fiscal de corte, una fiscal, y varios actores políticos importantes están violando la ley, intentando amordazar a un periodista, liquidando con ello la libertad de prensa, y dando un paso más en la cultura de cancelación que vienen imponiendo también con el Covid. 

Nuestros liberales no hicieron nada cuando se les advirtió por pocas voces -hace veinticinco años y más que se discute esto en los ámbitos de las humanidades-, que mirasen que estas tendencias antiliberales y dictatoriales de imponer una política de identidades grupales por encima de los individuos se venía. Viendo lo que pasaba en Estados Unidos, y viendo que en Uruguay esto siempre llega unos años tarde, era claro que se vendría con mucha fuerza. Y que era la “izquierda” global, con los Demócratas norteamericanos a la cabeza, la que lo iba a impulsar, con el dinero de todos estos grandes intereses como la Open Society Foundation, el Foro Económico Mundial (en parte, en Uruguay, a través del grupo Global Shapers Community de Montevideo), las Naciones Unidas, y demás.
Cuando se les advirtió eso más explícitamente a los liberales locales, éstos se limitaron a encogerse de hombros. Siguieron creyendo en la esencial buena intención del progresismo globalista, o quizá en su inexistencia. Y después, cuando se les advirtió que la prensa global más masiva estaba adoptando un discurso único, y que el buscador de Google filtraba las búsquedas para promover la ideología woke, y que YouTube censuraba, y que Wikipedia sesga y miente, y que Twitter censuraba, y que Facebook censuraba -y ahora hasta Spotify censura-, no les importó. En cambio, se sumaron de hecho al coro de los censuradores, y compraron sin siquiera abrir el envoltorio todo el discurso de los radicales antiliberales yanquis que oximorónicamente se llaman a si mismos “liberals“, y se sumaron al coro de demonización de cualquier cosa que intentase defender la política y la sociedad en base a un individuo responsable, calificándolo -en el colmo de la ignorancia- “trumpismo“.

Ahora, todos ellos son cómplices, por omisión como mínimo, de lo mismo de lo que ahora se alarman y se quejan, pero que ellos mismos, los liberales, impusieron, al crear y financiar toda clase de iniciativas de promoción de la ideología de género en la educación, en las políticas sociales, etc. 

No me llama la atención que los sectores autoritarios de la izquierda y sus “compañeros de ruta” hayan sido los principales promotores de la instalación de todo esto, porque la adopción de estrategias de victimismo y hacer política apelando demagógicamente a la identidad de las personas ha sido la línea que adoptaron esas organizaciones desde la caída del Muro. Es una alianza (izquierda + radicales identitarios + ONG y burócratas globalistas) que se selló alrededor de la cumbre de Río y el Foro de Sao Paulo, a principios de los ’90. Pero que el resto del espectro político haya no solo aceptado, sino adoptado y replicado y financiado estas políticas es, para mí, una prueba más de que el proyecto histórico de individuo libre ha fracasado y está mayormente fallecido ya: los que se supone que debían defenderlo, ya no tienen tampoco interés en hacerlo, o están tan viejos en sus conceptos que ya no tienen ni idea de lo que pasa. 

Ahora bien, dado que es su hábito hacer esto en todos los casos, los políticos actúan, en relación al feminismo mal entendido y a estos grupitos radicales, como actúan con cualquier otro lobbista: hacen negociados con ellos; toman y dan. Pero no sé si tienen en cuenta que cuando negocian con un lobby de constructoras solo están perjudicando a unos privados en beneficio de otros, y malgastando la plata del contribuyente. En cambio, cuando negocian con un lobby de radicales de género, están serruchando el fondo del bote, destruyendo al individuo como entidad histórica y, a la larga, al sistema político mismo del cual ellos viven y todos los demás dependemos.

¿Iremos a un futuro de sociedad organizada en grupos de interés? Si es así, para mí al menos, es importante que los grupos no sean “identitarios”, porque el identitarismo es una forma de fascismo. Es corporativismo fascista clásico, metaforizado para instalarlo en la raíz de la identidad individual, y eso destruye el alma de cada individuo particular. Es una suerte de fascismo íntimo.

La calificación de fascismo no es algo que deba hacerse livianamente. Se trata de fascismo porque es un intento de imponer el corporativismo autoritario -en este caso, de un grupo identitario- por encima de los mecanismos de control de la democracia, con vistas a convertirla en una dictadura de esas ‘corporaciones’ que no son tales, sino que son aglomeraciones de personas a quienes se ha escamoteado la libertad y el sentido crítico para hacerlos militar y estar en el mundo creyendo una versión unidimensional de la historia y del ser, del que les queda solo su condición de víctimas y una vaga dimensión de utopía. 

Esta vez no son necesariamente sólo la corporación de las armas, o la farmacéutica, o la de los alimentos, las que impondrán su fuerza, sino los grupos organizados que se dan a si mismos la pretensión de representar a la ‘corporación’ de “las mujeres” o “las personas LGBT”, o a los identitaristas arios neonazis, o a los negros, o lo que sea. 

Éstos grupos son financiados a menudo por las grandes corporaciones de tipo clásico, pero su accionar es distinto, pues se intentan apropiar de la libertad individual en su sede más íntima, que es la conciencia de cada uno, transformando así al sujeto individual en una herramienta de conflicto y lucha de poder. Una vez la conciencia ha sido tomada por esta ideología, el poder se busca siempre afuera, dejando en la sombra los contenidos que no se quieren examinar en el fondo del sujeto mismo. Se liquida entonces el viejo “conócete a ti mismo” socrático, y se lo sustituye por una búsqueda de satisfacciones externas. Obtenemos una sociedad en donde el hábito impuesto en las personas es a no hacerse cargo de nada. 

Este es el fascismo íntimo: reemplazar la conciencia con un ego corporativo, “identitario”, que todo lo ha proyectado a culpables externos a los que acusa de “discursos de odio”, al tiempo que se oculta a sí mismo su evidente autoritarismo censurador y cancelador, totalmente desplegado ya -en redes sociales, medios, y en el Poder Judicial mismo. Creo que hoy ya está a la vista de muchos que hasta hace poco se negaban a verlo.

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