PORTADA

Por Aldo Mazzucchelli

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Cada uno vive en el mundo en el que quiere vivir, en el que secretamente acaso eligió al principio, y seguro el que elige a cada momento. Y seguirá en él, hasta que se decida a elegir vivir en un mundo diferente. La realidad, que la borrachera del poder temporal siempre se empeña en decretar inexistente, existe para garantizar que esa elección liberadora siempre sea posible.

Leo en un ensayo teórico sobre la situación contemporánea de la literatura, el siguiente pensamiento: 

Los sofistas viven en un mundo de incesante flujo accional y, como diríamos ahora, informacional -ese río en el que uno se adentra, que nunca es el mismo dos veces, con el hombre no en el centro de él, sólo en él- sino: como medida y medidor de él. Es decir, el hombre lo llama río y por eso es río, dice que fluye y por eso fluye. 

Para los sofistas, el conocimiento -que no es algo dado, sino que se crea- es poder, y a ese poder se accede, clásicamente, a través de la retórica. Inventan nuevas palabras y conceptos, y si otros los adoptan, su poder crece. 

Al igual que los platónicos, los sofistas también utilizan una especie de dialéctica, aunque escéptica, sin esperanza de síntesis, en la que no creen. Establecen oposiciones dialécticas y se limitan a hacer elecciones; luego, utilizando una retórica dirigida a la persuasión, argumentan a favor de las elecciones que han hecho. 

La distinción entre Ser y Devenir es, para ellos, falsa. El Ser es lo que hay, y se parece al Devenir, y de todos modos es donde vivimos, no podemos hacer nada al respecto.”

Desde que empezamos con eXtramuros -y algunos de nosotros, desde mucho antes- una de nuestras repetidas observaciones ha sido: estamos en una época adolescente y caprichosa, que oculta, niega o no cree en la existencia de la realidad. Varios de nosotros hemos llegado a publicar bastante sobre esto en distintos ensayos, y el devenir de estos dos años no hace otra cosa que confirmar esa intuición central. Quizá sea por aquella observación proverbial de que ‘para quien anda con un martillo en la mano, todas las cosas parecen un clavo’, pero lo cierto es que sorprende la furia con la cual se insiste en desplegar esa especie de género de ficción barato y monótono en que se ha convertido la información y las “noticias”.

Luego de la chapucería y el escándalo cantinflesco de la “pandemia”, que terminó por decreto y en ausencia de la realidad, igual que por decreto y en ausencia de la realidad había empezado, ahora tenemos otro enemigo mortal declarado, el putinazismo, como le llama CJ Hopkins. La estructura narrativa no es la misma, porque parece que se ha visto que la “pandemia” tenía demasiadas complejidades y detalles que resultaron imposibles de controlar y que convirtieron todo en una porquería narrativa sin coherencia ni sentido. Por tanto, ahora, los que nos cuentan los cuentos se aseguraron de que esta narrativa sea lo suficientemente simple como para que hasta el más tonto de los binarios la pueda seguir. Claro, arriesgan que sólo los más furiosos binarios se queden hasta el final, porque esta película contrastada en blanconegro de los malos absolutos contra los buenos absolutos -que siempre somos nosotros– es plomífera a más no poder. 

Pero nunca hay que subestimar qué clase de inteligencias hemos obtenido masivamente, luego de treinta años de eliminación de la lectura, la palabra escrita de mediano aliento, y cualquier interés genuino en el Otro. Es posible que, aun con lo increíble que le resulta a cualquiera que se informe cinco minutos la unilateralidad, hipocresía y odio propagandístico de esta nueva Ortodoxia Azov, por así llamarle, esa Ortodoxia Azov igual domine las mentes de muchos durante mucho tiempo. La Ortodoxia Azov es el mecanismo que procede en tres pasos: primero se elimina la realidad secuestrando la información; luego se interpone una serie de abstracciones baratas -“choque de civilizaciones”; “Occidente”; “democracia versus autocracia”- tatuadas en el cerebro masivo por décadas de propaganda; y luego la furia que eso produce nos habilita a todos a llamar nazis a todos los que no repitan la liturgia.

Así que es posible que, aunque sus promotores no lo quieran, esto termine por fin en la catástrofe global que tanto anuncian. Pese a que sería casi un insulto pensar que los líderes efectivos -los que tienen los códigos nucleares, digamos- pudiesen siquiera considerar una escalada que lleve a la hecatombe, es difícil no sentir que, en el fondo, algún tipo de catástrofe de extremo nihilismo, que nos arrastre a todos, igual están buscando.

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Pero nuestro tema es aquel para el que estamos calificados, que no es la guerrología, sino la narrativa. Y en cuestión de narrativas, una épica plana del Bien contra el Mal tiene la ventaja, sobre el virus, de una nitidez general y absoluta. Las narrativas de alta resolución, con muchos personajes -la Ciencia, los Test infalibles, la Vacuna Salvadora, los Antivaxers Malvados y los Negacionistas Irresponsables, además de los Filántropos Buenos como el Tío Bill, el Tío Klaus, y el Tío Tony, empieza a ser muy difícil de coordinar. Personajes de relleno como los Niños Enmascarados Por Su Propio Bien y El de Sus Abuelos son algo repetitivos en su margen de acción. Peor que eso, cualquier narrativa que incluya personajes que son buroentelequias internacionales sin sede bien reconocible para el público, como la Organización Mundial de la Salud, son un bodrio. Y además resultan incontrolables cuando se ponen a actuar de modo contradictorio. 


Ante todo ese cantinflerismo de órdenes y contraórdenes, y la necesidad de vigilar constantemente a los idiotas subalternos que divulgan información estadística que destruye cada dos días el edificio laboriosamente construido de “las vacunas protegen contra el contagio” (diciembre de 2020,); “las vacunas, si bien no protegen contra todos los contagios después de seis meses, funcionan muy bien contra la cepa original” (abril de 2021); “las vacunas, si bien no protegen en absoluto contra los contagios después de tres meses, evitan la enfermedad grave” (octubre del 2021); “las vacunas, si bien no protegen contra los contagios ni impiden el Covid grave luego de un mes, pueden mejorarse si uno se da un cuarto refuerzo” (diciembre de 2021); “todo el mundo se contagió con Omicron, y mucha más gente está muriendo este invierno boreal que en todo el período anterior, de modo que las vacunas no sirven para una mierda. Por eso, vamos a decretar que hay que darse un refuerzo anual, y terminar con todo esto”.

Una narrativa así descuajeringada, donde el guionista tiene que vivir empastillado, está destinada a la ruina. La razón es intuitivamente clara para cualquiera que haya intentado siquiera contarle un cuento a su hija: para que una narrativa funcione, una vez establecida la trama y los personajes, la verosimilitud es lo más importante, y lo que garantiza que la narrativa pueda continuar. Es posible inventar virtualmente infinitos giros en una narrativa, convertirla en una saga, y no terminarla hasta que a uno se le antoje. Pero no es posible llevar adelante una narrativa contradictoria, donde los personajes principales no es que cambien de idea, sino que se autoanulan y se hacen increíbles a sí mismos, haciendo cosas que su propia estructura de personaje les prohíbe. La Ortodoxia Covid es así, y por eso ahora tiene que retirarse con un gesto absurdo y fuera de contexto, declarando “éxito” lo que evidentemente es un fracaso total, y destinando así al criminal negacionismo y deliberado ocultamiento de causas -una especie de tumbas NN de la medicina moderna- a todos los que sigan muriendo de aquí en más -probablemente por la vacuna y sus secuelas de mediano y largo plazo. 

Entre tanto un extraño actor, perteneciente a “la realidad” y totalmente ajeno a cualquier narrativa, son las aseguradoras. Ya van dos (una en Estados Unidos, otra en Alemania), y grandes, que vienen avisando que tienen un aumento de muertes o reclamos por seguros de vida de gente entre 18 y 60 años que es absolutamente escandaloso, en cualquier estándar. Y que toda la industria está viendo lo mismo. Y ahora las estadísticas del esquizofrénico CDC lo confirman con creces. Esas denuncias no encajan por ningún lado en la narrativa. Por tanto, para la mayoría simplemente no existen, ni existirán. Igual que el tendal de muertos reales por Seguir la Ciencia.

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Entonces, ahora podemos llenar los espacios con una nueva narrativa, y se espera que ella dé lugar a una nueva ortodoxia. La nueva narrativa tiene algo de “redención de Occidente”. Ahora, pues, un buen conflicto bélico donde ya no haya que avergonzarse o pedir permiso para continuar eliminando libertades y generando más odio y miedo divisivo, viene al pelo.

La Ortodoxia Azov no tiene los inconvenientes de la complejidad, y tiene en cambio las facilidades de los géneros archiconocidos. Sus abstracciones basura se adaptan a cualquier paisaje. Así que se lanza a la gente a construir una narrativa que la gente se sienta cómoda manejando, y la gente aúlla de alegría. Por supuesto, cualquier niño de más de siete años puede manejar como un as una narrativa de videogame donde hay un territorio amigo con sus niños, sus flores y sus chicas valientes, una fuerza enemiga de conquista, liderada por un villano espantoso y traicionero, que quiere matar a los niños, pisotear las flores, y raptar para siempre a todas las chicas valientes y encerrarlas en su palacio subterráneo y viscoso.

En los videogames, como se sabe, la historia que hay es muy limitada, pero se puede construir una relativamente larga luego que uno empieza a jugar. El rol en el juego es odiar y luchar, y triunfar.

Los ayudantes, las peripecias, etc., son partes de toda narrativa que cualquiera maneja intuitivamente. Por tanto, está la pantalla prendida, y ahora solo hay que ponerse a jugar.
Muchos periodistas, que han reformulado su profesión para eliminar de una vez cualquier búsqueda sincera de datos, están de parabienes. Ahora les basta con regurgitar -un poco como siempre, está bien- los enlatados que les mandan las agencias internacionales de “noticias” y sus amos en general. Muchos periodistas contemporáneos son pues un suburbio de los fact-checkers, que son un suburbio de Soros, que son un suburbio de quien sabe quién. La realidad parece diluirse hacia un horizonte diferido, y solo nos queda la proverbial muñeca rusa.

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La realidad… Perdón, introduje aquí un término extraño, cuando estamos hablando de narrativas. Pues, ¿qué hace la “realidad” en medio de una narrativa? Las relaciones entre lo narrado (en principio ficción) y lo real son muy indirectas y complejas. Cuando se narra mezclando hechos reales con hechos ficticios estamos entre géneros tan dispares como la biografía novelada, la historia militante, o la mentira corporativa mantenida a plata. En cualquier caso, la guerra permite toda clase de excesos narrativos -y toda clase de imposiciones de leyes y decretos bien concretos- que la pandemia no permitía. La Ortodoxia Covid es a la Ortodoxia Azov como una salida de campo a mirar animales es al Desembarco de Normandía. O como poner un lazo amarillo y azul en twitter es a ponerse con un kalashnikov esta noche tras una barricada en Kiev. Ustedes ven la idea: es la destrucción de la distinción fundamental entre realidad y ficción, el rasgo más definitorio -e impotente- del Occidente hoy. Y es el desgaste del resorte del alma, la incapacidad ya casi total para conmoverse por algo real, y la capacidad horrible de hacer que uno se conmueve ante las cosas más realmente espantosas, cuando en realidad ya estamos quebrados, y ya nada importa. El mundo que conocemos perdió su unidad fundamental, y ahora está partido entre los que no tienen más remedio que enfrentar esa resistencia que siempre ofrece lo real, y una clase de parásitos que, subidos encima de ellos, dirigen las “narrativas” que condicionan a todo el resto en la generalizada caverna.

En Ucrania se enfrentan fierros contra bits. ¿Quién ganará? Que los rusos ya perdieron la batalla informativa en Occidente, y ya ganaron la guerra de cuetazos en Ucrania, son dos verdades duras. Pero la pregunta es otra, y la repito ¿quién ganará a la larga la lucha de fierros contra bits? Lo que sabemos es que mientras nuestros esfuerzos sigan yendo en la dirección de negarse a atravesar el espeso cortinaje de las agencias de noticias, los fact checkers, y los grandes medios, ese cortinaje será cada vez mas opaco, y las consecuencias reales de las “narrativas” serán cada vez más brutales. 

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La Ortodoxia Azov es la posibilidad de que la OTAN y las Naciones Unidas y los EEUU, finalmente, digan abiertamente que están del lado de los “nazis”. No porque Ucrania sea una sociedad particularmente nazi. Su gobierno lo es mucho más que lo aconsejable, pero ese no es el punto. Pero claro: nazis, nazis, ya no hay. Entonces, eso disculpa al gobierno de Ucrania (otro ente virtual, hoy existente solo en el Metaverso, con su cocainita metanfetamínico clown suboligárquico gobernando para la televisión). Disculpa al gobierno de Ucrania que sus nazis sean en realidad tan sólo ultranacionalistas que usan el Sol Negro y un pabellón con la cruz gamada editada en photoshop. Pero no disculpa, sino que es la vanguardia grosera, de la aparente nazificación de mis alrededores.

Lo digo tan claramente como pueda: el punto no es que haya o no haya nazis en Ucrania. El punto es que la ausencia de realidad, y el quiebre civilizatorio de casi cualquier posibilidad de emocionalidad colectiva adulta, hace que los Otros de mi cuadra ya parezcan nazis, y yo se lo parezca a ellos, y que todo mi entorno, la desagradable gente con la que me veo obligado a tratar a menudo en la ciudad, se comporte hoy, técnicamente, como si fuesen nazis. Y que no les importe, porque saben que no es real. Tal la nueva Ortodoxia Azov. 

Nuestras sociedades -las que a mí me interesan- se están ultraliberalizando (libertad=capricho; igualdad=igualitarismo; fraternidad=asociación para delinquir de cada “minoría”), haciendo comunistas a la Orwell, y nazificando a velocidad de vértigo. ¿A qué me refiero? Superioridad Moral autoproclamada sobre las demás culturas; Pensamiento Único que desemboca en Discurso Único en todos los medios, especialmente en redes sociales; estimulación institucional de la práctica del “Minuto de Odio” y su exhibición deliberada en redes sociales, también; exigencia de cumplir con órdenes cada vez más irracionales y absurdas. Y castigos cada vez más severos para los disidentes.

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Entonces, ciudadano global políticamente correcto, estratégicamente deseducado, periodista cómplice de genocidio, “editorialista respetable”: 

Me importa tres carajos vuestra evaluación moral de rusia, de usa, de alemania y de ucrania, de los jesuitas y los borbones. El punto es muy otro: es dejar de jugar el juego de los “likes” que proponen las redes, y empezar a comprometerse un poco con los hechos. Porque ese otro juego no va ni un momento más lejos del reflejo, del martillito en la rodilla, y la patada subsiguiente en un retrato previamente puesto ahí por una agencia de publicidad paga. Y luego usted se hará encima cuando lo venga a buscar lo real, tan trabajosamente ocultado. “Narrativa” debería convertirse en termino paria, asqueroso. 

Y en este contexto, quieren seguir hablando de política. Quieren que Rusia siga siendo la URSS, y los Estados Unidos el bloque democrático en una Segunda Guerra Fría. Pero para eso haría falta que hubiese izquierda y derecha, y que Putin no fuese un cristiano anticomunista. No funciona. La izquierda hizo como la derecha: se posmodernizó, es decir, dada su desidia, se dedico a construir una teoría que la justificase en su cobarde y perezoso abandono de lo real. Y ahora no saben “de qué lado están”, que era a lo único que se dedicaban ambas.

Que los que organizan el juego roban y los que los representan mienten, y los periodistas divulgan la mentira en formato épico para que la cabeza narconoticeada repita de nuevo fórmulas de odio, asegurando que nadie irá contra el robo mencionado, es lo consabido (ahora el Congreso yanqui está por aprobarse un trillón y medio de dólares para “ayudar a Ucrania”, es decir, para transferirlo a los políticos mismos y a sus amos directos, los fabricantes de armas y la industria de la energía, igual que los dos años pasados se aprobaron otro tanto para la industria de la “salud”; todo guita de los que trabajan). Se trata del uso habitual de la “retórica” y para lo que se la enseña a través de los medios, y es lo que todo el mundo sabe desde la época en que hay registros civilizados escritos. Platón lo denunció, y seguramente se lo copió a alguien que no conocemos. 

Como decía al principio, este mundo es el que se rige por esta fe de los sofistas contemporáneos. Ellos “establecen oposiciones dialécticas” (Ucrania-Rusia; Occidente-Comunismo; Democracia-Autocracia) y se limitan a hacer elecciones (un día, los comunistas defienden a Rusia; al otro, defienden a Biden; un día, los liberales defienden a Voltaire y a Martin Luther King; al otro, defienden la censura y la cancelación siempre que no sea a uno de ellos); luego, utilizando una retórica dirigida a la persuasión, argumentan a favor de las elecciones que han hecho (se llama, entre otras prensas, “prensa libre occidental”)

La distinción entre Ser y Devenir es, para ellos, falsa. (es, en efecto, un meta-verso). El Ser es lo que hay, y se parece al Devenir, y de todos modos es donde vivimos, no podemos hacer nada al respecto. (Es decir, permita que los guerreristas se sigan llevando todo puesto, y hágales su minúsculo coro).

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¿Por qué hay algo de especial en la “guerra de Ucrania”? ¿Porque es la última de una era? Pero que una era termine no quiere decir que al día siguiente todo no siga parecido a antes. Entonces,¿qué esperar? Esta era de “equilibrios diplomáticos trabajosamente construidos” o de “hegemonía de Occidente” o de organizaciones burocráticas que representan a “todo el mundo” pero que en realidad le hacen los mandados siempre a uno solo de los lados, efectivamente, debería terminar de veras. Esto no significará el final de nada. Es posible que la virtualización de la vida termine siendo la continuación de la realidad por otros medios. Pero si eso va a ser así, tendríamos que asegurarnos de que no sea siempre lo peor lo que controle esos otros medios. Y lo peor es siempre lo que, por desnuda voluntad de poder, desprecia la realidad.

Todo este panorama no quiere decir que no haya verdad: quiere decir que su estado terminal a manos de la mentira de las “narrativas” debe ser denunciada y corregida. Y que el pánico de los “nazis” de mi cuadra, totalmente secreto y subterráneo como lo fue el pánico ante “la Covid”, es que ninguno de los supuestos ficcionales sobre los que se organizaba nuestra estabilidad civilizatoria puede sostenerse ya en la realidad. 

Y no, el mundo no es una narrativa y la realidad no es algo inexistente. Hacerla relativa a los lenguajes es morderse la cola. La referencia siempre puede comunicarse. Y la guerra es el colmo de la referencialidad. Preguntale a un herido de bala, de esquirla rusoucraniana, si la realidad existe. Y no, no me interesa ninguna teoría de lingüistización de la vida, como tampoco me interesa ahora la ilusión de que van a zafar hasta de la muerte virtualizándolo todo. Nunca me interesó. Y ojo al hacker de tu espíritu que ya llega, ruso o de donde sea. 

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