ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz

El pasado 14 de julio fue otro aniversario de la llamada “revolución francesa”. Para occidente, los eventos acaecidos en Francia desde 1789 tienen un evidente significado simbólico. Más allá de la conmemoración en sí y de su importancia, es interesante reflexionar sobre algunas de las incontables aristas que este hecho permite como abordaje, especialmente las que se relacionan con una enorme cantidad de mitos-entendidos como ideas movilizadoras- que proyectó sobre las sociedades occidentales, y por añadidura, globales.

En un malentendido histórico, se le adjudica erróneamente al primer ministro chino Zhuon En Lai la siguiente respuesta cuando se le preguntó sobre las consecuencias de la Revolución Francesa: “Es demasiado pronto para saber”. La respuesta en realidad no estaba referida a aquella revolución sino a los sucesos de fines de la década de 1960 en Francia, pero quedó marcado el error como una especie de mirada de “largo plazo” sobre lo que se ha insistido hasta el hartazgo como un “cambio radical”, un “año cero” en la Historia, a tal punto que algunos de sus promotores reformularon el calendario para materializar ese anhelo refundacional que todo lo impregnaba, a fines del siglo XVIII.

La mirada de “largo plazo” sobre sucesos históricos no es ninguna novedad, menos aun cuando se refiere a la revolución francesa. Uno de los elementos más significativos de la obra de Alexis de Tocqueville -quien aborda el tema a mediados del siglo XIX- sobre la revolución francesa es explicar de forma prematura y diáfana la naturaleza del “fenómeno”: la revolución consagró los cambios y transformaciones que la sociedad francesa había transitado en los siglos anteriores. 

El análisis plantea en algún sentido la percepción de forma inversa: no existe rupturismo, solo consagración. La “revolución” avanzó firmemente en los pies del modelo absolutista, y mostró su último capítulo en los sucesos derivados del 14 de julio. Este elemento no solo debilita el relato “mítico” del evento “rupturista” de la revolución, sino que transmite también otro de los elementos claves: fue el modelo absolutista y centralista francés el padre del nacimiento de cierto tipo dominante de estado-nación moderno, y los alborotados revolucionarios le dieron el sello final a un modelo que se fue gestando en las cortes francesas durante mucho tiempo. 

El Historiador Francois Furet retoma este análisis inicial de Alexis de Tocqueville, a partir del análisis “de larga duración” de series documentales de datos. El trabajo en series cronológicas de datos homogéneos permite, como bien sugiere Furet, resignificar el objeto de estudio: el tiempo, la concepción que del mismo se hace, y su representación. Es por esto que la historia serial como conceptualización de la historia redimensiona el tiempo y se enfrenta a la “Historia acontecimiento”. Ésta se funda principalmente en que estos “acontecimientos” son únicos, imposibles de integrar en una distribución estadística, y representa el material “por excelencia” de la historia. Lo que desnuda mayormente Furet es el hecho que detrás de la “historia acontecimiento” se esconde la ideología finalista, lineal y progresista propia de la modernidad y sus diferentes variantes. La “revolución” funciona en esta concepción como modelo arquetípico -en el sentido que lo entiende M. Eliade- de connotaciones simbólicas: “año cero”, “cambio de era”. Parte de su glorificación obligatoria radica en representar el “inicio” donde siempre debemos volver cuando “nos desviamos”.

Furet sostiene que “el acontecimiento” coloca a la historia en una perspectiva de “…corto plazo (…) como el acontecimiento, irrupción súbita de lo único y lo nuevo en la cadena del tiempo, no puede compararse con ningún antecedente, el único medio de integrarlo a la historia es el de darle un sentido teleológico: si no tiene pasado, tendrá futuro…”. Esta conceptualización de la historia es propia de la modernidad y su idea progresista de la misma: el hombre –siempre ente abstracto, universal- desencadena “acontecimientos” rupturistas –“revoluciones”- que se nutren en una concepción lineal del progreso humano. Además, si no tiene “pasado” y es solo un cambio dramático, “iniciático”, es solo futuro inevitable.

El acontecimiento justifica per se la ideología moderna –tanto en su vertiente positivista como en la socialista- ya que coloca en el “acontecimiento” como un cambio radical, como el origen de una nueva época, una ruptura, y sobre todo, un “año cero” dónde se refunda la humanidad. Francois Furet lo observa en la propia historia nacional francesa, y su “acontecimiento” por excelencia, la “revolución francesa”.

Alexis de Tocqueville impugna “el acontecimiento”: “… ¿pensáis que la Revolución Francesa representa una ruptura brutal en nuestra historia nacional?, dice a sus contemporáneos. En realidad, en ella nuestro pasado alcanza su plenitud. Ahí culmina la obra de la monarquía. Lejos de constituir una ruptura, la Revolución sólo puede ser comprendida en y gracias a la continuidad histórica; esta continuidad se hace evidente en los hechos, mientras que la ruptura aparece ante las conciencias…”.

La impugnación al análisis tradicional del fenómeno revolucionario y las miradas nacionalistas, jacobinas, positivistas, republicanas y socialistas, es en sí una refutación al corto plazo, al acontecimiento, a la historia-ruptura, a la historia ideológica de la modernidad. El método utilizado para este análisis no es otro que el que el historiador normando utilizo para su monumental “El antiguo régimen y la Revolución”: las fuentes seriales ponen en evidencia que “…la “Revolución” en lo que para Tocqueville son sus elementos constitutivos (Estado administrativo que gobierna sobre una sociedad con una ideología igualitaria) había sido ampliamente realizada por la monarquía antes de ser consumada por los jacobinos y el Imperio. Lo que se denomina la “Revolución Francesa”, aquel acontecimiento fechado, catalogado, glorificado como una aurora, no es nada más que la aceleración de la evolución política y social anterior (…) Tocqueville piensa la revolución en términos de balance y no en términos de acontecimiento; como un proceso y no como una ruptura…”.

Una mirada de larga duración arroja luz sobre las dificultades que representa continuar analizando la Historia desde la inmediatez que imponen el “relato”, siempre cargado de discurso finalista, siempre imbuido en un afán justificativo de circunstancias políticas y sociales contemporáneas a él. Por ejemplo, la historia “acontecimiento”, entendida esta además como una ruptura, ha sido una constante en la historiografía nacional para encontrar en el pasado, ese “quiebre” mítico que justifique el cambio social propuesto. Con esta perspectiva, el historiador se transforma en un historiador-panfletario, soldado de una batalla política, el cual reduce la aprehensión del pasado a una justificación cuasi arquetípica –pero no menos patética- de sus pequeñas pasiones políticas de la hora.

Una de las consecuencias evidentes de la victoria de la “Historia – acontecimiento” es la idea popular sobre la naturaleza del “Antiguo Régimen”: predomina una idea del “Antiguo Régimen” como una especie de “producto medieval”, siendo que este es el puntapie inicial de la Modernidad: lo que mucha gente llama “Edad Media” es en realidad Época Moderna, Ilustración, es la época del Absolutismo, del estado centralizado y de la pretensión del poder omnipresente del rey. El término “antiguo régimen” se utiliza como referencia al “régimen” que nace en Francia entre el primer Valois y el último Borbón, siglos XVI, XVII y XVIII. Y el antiguo régimen, es, como dice Pierre Gouber, el nuevo régimen.

No es extraño entonces observar

que esta idea generalizada es potenciada por la “Historia -Acontecimiento”, y exista una enorme confusión donde el pasado es una masa uniforme e indistinta que la revolución viene a sepultar. La realidad es otra -el feudalismo fue liquidado por el poder absoluto del rey, es decir, el “Antiguo Régimen” sepulta al feudalismo- pero a nivel del pensamiento simbólico -que es en sí lo que me interesa analizar- funciona con suma efectividad la concepción progresista y el “año cero” para consolidar una imagen distorsionada de lo que inaugura, continúa, sostiene y perpetúa la serie de acontecimientos que se disparan en 1789. Fue la monarquía francesa la que destruyó el antiguo orden medieval descentralizado y creó el fuerte Estado centralizado. 

Dentro de las ideas que proyecta la revolución francesa hacia adelante, voy a referirme brevemente a las que representan hasta el día de hoy parte de los mitos hipermodernos que construyen propuestas futuristas. Una de ellas es la naturaleza centralista del modelo Absolutista, y como ese proceso se consolida con la Revolución. El centralismo político siempre ha necesitado de ostentar superioridad técnica para sostener el proceso de ampliar su jurisdicción. Si hilamos más fino, en general en los últimos siglos parece asentarse en una combinación especifica de poder total sobre tres campos: un ejército monopolista y poderoso técnicamente y cuantitativamente insuperable a la interna del territorio que pretende dominar, un ejército enorme de burócratas y funcionarios que monopolicen las funciones administrativas, políticas y sociales en esos territorios, y un aparato cultural de hegemonía que consolide la legitimidad de su poder hasta llevarlo al limite sagrado de lo incuestionable. Para todo eso necesita financiación.

Para un rey absoluto del siglo XVII y XVIII, esa necesidad de financiar la tendencia al poder centralizado significa aumentar dramáticamente las rentas estatales, ya sea con nuevos impuestos, ya sea con ventas de privilegios y oficios: “…Para poder continuar con las interminables guerras por la supremacía contra los Habsburgo, los Borbones -y antes, los Valois- transforman todo en dinero, especialmente los privilegios y las “libertades”(las dos palabras tienen el mismo sentido) del cuerpo social. El privilegio es el derecho imprescriptible del grupo en relación al poder central; se trata de la franquicia de una ciudad, de las reglas de cooptación de una corporación, de la exención fiscal de una comunidad determinada. Las fuentes de los privilegios, consagradas por la tradición, son múltiples y se pierden en la noche de los tiempos; el rey no los destruye, pero los vuelve a negociar con sus titulares o con los que pretenden serlo a cambio de dinero sonante…”.

La obsesión centralista que potencia la revolución vendrá acompañada de otras ideas-fuerza poderosas y corrosivas -el jacobinismo como praxis política, el igualitarismo radical, el soberanismo nacionalista y el terror, junto a la “guerra total” y la lucha por la representación de la opinión pública- que hasta el día representan un motor para la acción política y social. Es evidente para mí que el trabajo de la Asamblea Nacional fue importante, en algunos puntos, y muchos de excelente inspiración. También, que buena parte de lo que vino después fue una seguidilla de desastres que aun logrado mitificarse, y que aún nos tienen atados a autoritarismos y mesianismos; soberanismo centralista y tiranía de masas urbanitas.

El terror presente en el proceso revolucionario francés, opera como la idea de que cualquiera, en cualquier circunstancia y motivo, rompiendo cualquier afinidad de familia, amistad o vecindad, pueda señalarte como enemigo de la nación, antirrevolucionario o antipatriota y quedes a merced de un poder omnipotente, auto-justificado y letal, y se te acaba el cuento. Esto destruye el entramado familiar y comunitario, creando el ambiente del terror, la delación. Señala Furet con acierto que esta interpretación de la revolución proyectó hacia el futuro una praxis política: “…La absurda teoría del complot contrarrevolucionario durante la revolución francesa justificó las mayores represalias contra la población y marcó el inicio de las grandes matanzas en París. El comunismo heredó la misma práctica hasta nuestros días…” 

Nos han legado la justificación ideológica de la guerra, antesala de la “guerra total” moderna, donde el exterminio del “soberano” enemigo es el objetivo. El poder jacobino radica en la trama de solidaridades y la disciplina de una jerarquía reclutada a través de la opinión. Para el espíritu jacobino, lo “indeseable” debe ser personalizado, por su naturaleza. Pueden existir ciertos nobles revolucionarios, pero la nobleza es por definición enemiga. Pueden existir burgueses aliados e incluso vanguardia, pero la burguesía es de naturaleza enemiga. Puede aplicarse este determinismo identitario a diferentes grupos en la actualidad, como forma de estigmatización “por esencia”, elemento indispensable para la proliferación de la “ideología identitaria” como riel político actual. 

Pocos sucesos han proyectado tanta interpretación mesiánica, justificado tanta calamidad y arropado tanto liberticidio, como los que surgen a partir de 1789, que han inspirado a casi todas las revoluciones totalitarias que han invocado su continuidad e imitado su modelo. El mito revolucionario instala la idea de que la victoria violenta y la efervescencia “soberana” de la masa autoproclamada representante del “pueblo”, puede abolir la realidad, la gravedad, lo que sea.  A pesar de los continuos desastres que la “ideología de la revolución” tiene en su haber, el constante “salto adelante” que promete, la galvaniza; impermeabilizando a sus seguidores de una inevitable y laudatoria autocrítica, bajo la idea de “somos los justos y buenos, así que, ya será lo que la Historia nos tiene determinado”.

Existen mayormente dos vertientes del nacionalismo, que es un subproducto del Jacobinismo político del siglo XVIII. En sí, es la apuesta del centralismo político de asociar los intereses de las castas gobernantes del estado moderno al destino personal de los ciudadanos de una comunidad. La dificultad estriba en la enorme, incontable, cantidad de intereses e ideas que Interaccionan en un estado-nación moderno. Sean intereses económicos o culturales, los sistemas educativos de los estados nación necesitan convencer a la población que las ideas de la clase gobernante y de la población son lo mismo, y trabajan fuertemente en “sentimientos nacionales”, defensa de “soberanías” donde la suerte económica -o perfil cultural- de los estados y de los gobernantes y sus socios son patrocinados como destinos en común para todos.

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