ENSAYO

Por Andrea Grillo

“Cuando a las lesbianas les decían tortilleras, ¿le preguntaban a la Real Academia? ¿Y cuando a los travestis le decían trabucos? ¿Y cuando decían groncho? Pero es suficiente que alguien diga “amigues” para que se pongan en someliers de diccionario. Vayan a lavarse el ogt. Gracias.” 

Lo que precede es un tweet que tiene dos mil likes y fue retwitteado quinientas veces. Pero además se compartió en una cuenta de Instagram con 184.000 seguidores y le “gustó” a casi veintidós mil personas. No se puede hacer una estimación válida de cuántas personas más lo festejaron en otras cuentas, pero no es difícil de imaginar.

Creo que antes de aplaudir algo, condenarlo, promoverlo o silenciarlo, rettwitearlo, compartirlo, bloquearlo o lo que sea, sería interesante contener el impulso de accionar inmediatamente y echar mano a la capacidad de análisis que tenemos todos sin necesidad de ser sommelier de ninguna disciplina. Las reflexiones de esta publicación parten de ese lugar, del criterio propio, que es único, y no pretenden convencer a nadie de su validez, pero sí invitar a poner un alto en la repetición automática y considerar el riesgo que implica.

La E es resistida y la autora del tweet se resiente por ello. Pero en lugar de preguntarse por qué es resistida y presentar argumentos de las bondades de su uso, ataca esgrimiendo ejemplos a la vez análogos y opuestos: análogos en tanto no fueron en principio “oficialmente” reconocidos y opuestos en su intencionalidad, porque mientras “tortillera”, “trabuco” y “groncho” son despectivos, la E, vendría a funcionar como herramienta inclusiva, abarcativa del masculino, el femenino y todo matiz entre ellos, con la noble intención de integrar, respetar, reconocer. ¿Cómo es que han llegado a naturalizarse esos términos grotescos y la virtuosa E, que pretende imponerse con la mejor intención, es tan denostada? 

Precisamente, porque su uso es impuesto, pero no se trata únicamente de la imposición de una palabra o expresión, lo cual podría resultar bastante simple (me referiré a eso más adelante), sino de una manipulación tal de la gramática que hace que tengamos que estar pensando cómo hablar, si es que queremos hablar así. No basta con decir “amigues”: hay que cambiar sistemáticamente la “o” por la “e” en los sustantivos que terminan en “o” (amigo) e incluso está aceptado en algunos que terminan en “a” (he escuchado “persones” por “personas”). Pero cuidado, el cambio debe hacerse fundamentalmente en aquellos que sugieren/denotan masculinidad. Al revés no funciona. Feminismo se sigue diciendo feminismo, no feminisme. 

Las expresiones idiomáticas brotan espontáneamente, se instalan, algunas permanecen, otras desaparecen con el tiempo y algo fundamental: no demandan ningún esfuerzo en su comprensión ni en su uso. Dicho de otro modo, no es necesario “ponerles pienso” (aunque a mí esto último me siga sonando a alimentar caballos). 

En síntesis: quisieron modelar el lenguaje a prepo (linda apócope espontánea de “prepotencia” que surgió naturalmente en algún momento y todo el mundo entiende) y encima, lo hicieron complicado y mal. Pero resistirse al uso de la E por su artificialidad, sus fallas estructurales y su fracaso en su objetivo, merece solo el insulto. Ese insulto se torna una reivindicación en sí misma, que surge del feminismo más radical y que está amplificándose cada vez más y tomando de rehén al feminismo todo, que tampoco está prestando atención. 

Hasta ahora, nada demasiado nuevo. 

Pero mientras la E sigue su lucha tortuosa por ser aceptada, otras formas de lenguaje se están acuñando e instalando progresivamente. Una vez más, no nos detenemos a pensar de dónde surgen, qué significan y qué generan. No me refiero a palabras o expresiones nacidas naturalmente del intercambio popular, sino a términos específicamente construidos para desfigurar aspectos de la realidad hasta hacerlos claudicar. Para muestra, voy dejando algunos botones.

  • Personas que menstrúan

El sitio “Hello Clue”, nos explica:

“Puede resultar raro decir “personas que menstrúan” o “menstruantes” en este momento, pero esto es como cambiar cualquier otro tipo de lenguaje sexista. Es más preciso que decir “mujeres” y, además, utilizar un término sin género nos ayuda a proporcionar información médica vital para todo el mundo que lo necesite, sea cual sea su género. Incluso si están destinadas a ser más inclusivas, frases como “genitales femeninos” o “persona con cuerpo de mujer” son alienantes para las personas trans.”

Por lo que interpreto, básicamente toda referencia a las bases biológicas de los seres humanos que somos se ha tornado potencialmente perturbadora. Y esas bases biológicas, mal que nos pesen, existen. El tema es que en el afán de proteger – pensemos que con buena intención – la sensibilidad de quienes se ven perturbados, se le está pasando por encima a un montón de gente. Porque la expresión incluye, por ejemplo, a un hombre transgénero que no se identifica con el concepto de mujer, pero al mismo tiempo excluye a todas las mujeres que no menstrúan – por el motivo que sea – reduciendo a ambos a una función biológica, que forma parte de una realidad biológica que a su vez es perturbadora. Muy lógico todo. 

  • Cisgénero

Cisgénero refiere a la coincidencia entre el sexo y la identificación psicológica con el mismo. La concepción básica que subyace a esta definición es que una persona es “asignada” hombre o mujer al nacer y, quien se autopercibe coincidentemente con dicha asignación, independientemente de su orientación sexual, es cisgénero. No tan curiosamente, surge de la academia, en un ensayo publicado por primera vez en 1991 por el médico, sexólogo y sociólogo alemán Volkmar Sigusch. Y lo hace en contraposición al transgénero, que fue primero. No se define por lo que es, sino por lo que no es: «personas que no son transexuales y que solo han experimentado la sincronía entre sus sexos físicos y mentes» (Serano, Julia Michell). Valdría decir, una nueva forma de expresar la salud mental. Y antes de que a alguien le venga un berrinche, imagine una persona anoréxica, que se percibe a sí misma obesa cuando en realidad es raquítica, y reflexione cuánto nos jugamos en esto de redefinir identidades como si tal cosa.

  • Aborto postparto

Un tweet que provocó una cascada de indignación días pasados, decía:

“Hay que abrir el melón de la despenalización del aborto postparto. Hay mujeres que acaban en la cárcel por deshacerse de sus bebés tras nacer. Necesitamos una ley que exima a las mujeres del cargo de homicidio si los bebés son varones menores de un año.”

Varios advirtieron que la cuenta era un trol, incluyendo colectivos feministas que se desmarcaron rápidamente de tremenda aberración. Y todo, como sucede siempre y señalábamos más arriba, con la velocidad del rayo: la reacción, el repudio, los comentarios y una viralización imponente que tuvo a la tribuna ardiendo un día y medio y después desapareció. 

El caso es que nada existe por generación espontánea y el término “aborto postparto” ya había sido acuñado mucho antes, y formalizado en una controvertida publicación de 2012, en la revista “Journal of Medical Ethics” de la prestigiosa British Medical Journal (1) 

El artículo, comienza describiendo los conflictos éticos que surgen de conocer, una vez nacido el niño, condiciones que le supondrían una vida de sufrimiento intolerable para él y su familia, argumento que ha sido utilizado para legitimar el aborto en muchos lugares. Pero paulatinamente, esa conmiserativa intención equiparable a las razones eugenésicas, da paso a la verdadera premisa en la que se sostiene. Sus autores no creen que, moralmente, el no nacido y el recién nacido tengan ninguna diferencia: “A pesar del oxímoron de la expresión, proponemos llamar a esta práctica “aborto postparto”, en lugar de “infanticidio”, para enfatizar que el estatus moral del individuo asesinado es comparable al de un feto.” 

La mayoría de los colectivos feministas han repudiado el artículo porque precisamente ubica al aborto y al infanticidio en un mismo nivel moral, y eso va en contra de sus principios, o de sus justificativos. El aborto recientemente despenalizado en Colombia hasta los seis meses de embarazo, o el hecho de que en Canadá el embarazo puede interrumpirse en cualquier momento y por cualquier motivo, nos hacen pensar realmente en esas hipotéticas diferencias. Otros colectivos feministas se quedaron en la primera parte, la buena intención de evitarle a un ser humano una vida de un dolor precisamente inhumano. Y otras parecen comulgar con la última, en la que disimuladamente se introduce el “especismo”, o más bien, el “no-especismo”, que es la igualación suprema de todas las criaturas: 

“(…) muchos animales no humanos e individuos humanos retrasados mentales son personas, pero los individuos que no están en condiciones de que se les atribuya ningún valor a su existencia, no son personas. El simple hecho de ser humano no es en sí mismo una razón para atribuir a alguien el derecho a la vida.”

¿Quién decide, entonces, quién tiene el derecho a la vida, y quién no? 

Cuando la consigna es “muerte al macho”, la necesidad de tener que explicar que “macho” se refiere a una representación del patriarcado, no hace sino confirmar que lo que cualquiera percibe cuando la escucha o cuando la lee es otra cosa. Que eso que resuena en el receptor es la violencia de la expresión de deseo de muerte al hombre, así sea simbólica y que ya se representa, por ejemplo, excluyéndolo de algunas manifestaciones feministas. 

Además de la profundización en el uso de las palabras y las expresiones que pueden terminar generando realidades alternativas en las cuales habría que pensar realmente si queremos vivir, y más allá del cuestionamiento entre lo que aparentemente proponen y lo que en realidad se proponen, ¿cómo se conectan los tres ejemplos expuestos entre sí?

En “Una Habitación Propia”, la escritora Virginia Woolf cita a John Langdon Davies (2):

“Cuando los niños dejen por completo de ser deseables, las mujeres dejarán del todo de ser necesarias.” 

Es increíblemente irónico cómo una sentencia verbalizada por el machismo más insufrible puede terminar siendo una realidad promovida por un feminismo que no se consolida, porque sus “representantes” más visibles actúan desde un lugar que se encuentra en las antípodas de la búsqueda de igualdad de derechos para la mujer, manipuladas por intereses que desconocen por completo y acicateadas por la violencia. 


Notas

  1. 1 Giubilini, Alberto; Minerva, Francesca. 2012. After-birth abortion: why should the baby live?

https://jme.bmj.com/content/39/5/261

  1. 2 Langdon Davies, John. 1927. A Short History of Women
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