ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz

De todos los grupos residuales fruto de la implosión de buena parte del proyecto modernista, los hipermodernos se manifiestan en general como un grupo traicionado. Su elemento central, más allá de las distintas corrientes que confluyen en este grupo,  gira en torno a la idea que la  modernidad y sus valores más importantes (igualdad, libertad, fraternidad, fe en el progreso del hombre) fueron resultado de una conquista de los sectores “progresistas” de la humanidad en lucha contra las fuerzas tradicionales, y que estas conquistas logradas en las revoluciones (simbolizadas en dos, la francesa y rusa) fueron traicionadas por los moderados, especialmente los sectores “capitalistas” y “burgueses”. La idea de victoria mutilada que sobrevuela sus periódicos enojos, de “modernidad traicionada”, resabio de una de las corrientes que las inspiran (el jacobinismo) (1), constituye su principio de acción, más radical en ocasiones, más moderado en otras, pero en todos los casos se basa en la acusación de que el paraíso ha sido “traicionado”.

Una de las características de los discursos hipermodernos es que señalan que la modernidad como proyecto está demasiado condicionado por el Capitalismo, que no permite que los valores de la modernidad se lleven a cabo. Traigo a colación estos conceptos a partir de un artículo publicado con autoría de Honeir Sarthou con respecto a un supuesto “ colapso ideológico” que habría experimentado -junto al marxismo-  lo que él llama “neoliberalismo” y pone en Milton Friedman a uno de sus padres fundadores. El Dr. Sarthou parece inscribirse a medio camino entre este grupo de hipermodernos traicionados y las viejas reflexiones de Habermas sobre el carácter “inconcluso” de la modernidad.

Como primer señalamiento, habría que transmitir un dato no menor: neoliberalismo no es en sí ninguna corriente liberal, es un término acuñado por Alexander Rüstow para referirse a un modelo socialdemócrata que promovía, y además, poco tiene que ver con la escuela económica de Chicago. El termino suele ser utilizado por los adversarios y enemigos ideológicos del liberalismo para referirse al mismo de forma despectiva, generalmente utilizando su posición dominante en la academia estatal. Friedman fue miembro -el más prominente- de la Escuela de Chicago, y sus ideas no representan más que otra de las escuelas económicas que se enfrentaron a los problemas derivados del predominio político de lo que fue verdaderamente la escuela económica triunfante y dominante del siglo XX: el Keynesianismo. 

Si algo caracterizó el siglo XX, fue que representó una verdadera era del Estado, de la cual el señor Sarthou es, evidentemente, uno de sus hijos ideológicos. Las consecuencias a nivel ideológico y político de este hecho histórico fueron el corrimiento constante de la economía política hacia el estatismo. H. Hoppe describe con certeza este fenómeno explicando justamente el caso de la escuela de Chicago, la que cita Sarthou: “…Este movimiento aparentemente imparable hacia el estatismo es ilustrado por el destino de la llamada Escuela de Chicago: Milton Friedman, sus precursores, y sus seguidores. En los años 1930 y años 1940, la Escuela de Chicago todavía era considerada de izquierda, y era precisamente tanto que, Friedman, por ejemplo, abogó por un banco central y por papel moneda en vez del patrón oro. Incondicionalmente respaldó el principio del Estado benefactor con su oferta de unos ingresos mínimos garantizados (impuesto sobre la renta negativo) al que no se podía poner un límite. Abogó por un impuesto a la renta progresivo para conseguir sus objetivos explícitamente igualitarios (y él personalmente ayudó a poner en práctica el impuesto de retención). Friedman respaldó la idea que el Estado podría imponer impuestos para financiar la producción de todos los bienes que tenían un efecto positivo en el vecindario o aquellos que pensó que tendrían tal efecto. ¡Este implica, por supuesto, que no hay casi nada que el Estado no pueda financiar con impuestos! (…) Hoy, medio siglo más tarde, la Escuela de Chicago-Friedman, sin haber cambiado esencialmente ninguna de sus posiciones, es considerada como de libre mercado y derechista. En efecto, la escuela define la línea de demarcación de la opinión respetable en el derecho político, que sólo los extremistas cruzan. Tal es la magnitud del cambio en la opinión pública que los empleados públicos han conseguido…”

Las implicancias de algunos conceptos que maneja en su artículo (desde el uso del concepto “neoliberalismo”, a la idea de una financiación de esta escuela por parte de lo que son“oscuros personajes” al repetir hasta el cansancio el apoyo de Rockefeller, (en los típicos tonos de la izquierda ortodoxa que lo inspiran) no soslayan varios errores conceptuales (no existe una “teoría del derrame” en la literatura liberal, no es ese concepto el que determina en ningún caso la superioridad moral y material del capitalismo y el libre mercado) ni que, como se apresura a definir para derivar de allí una catarata de conclusiones, “el mundo en el que vivimos hoy es, en buena medida, resultado de la aplicación del modelo neoliberal”. 

El mundo actual es el resultado, mayormente, de los consensos alcanzados a partir de los resultados de la Segunda Guerra Mundial, inspirados en gran medida en la impronta Demócrata y en figuras como John Maynard Keynes o Harry D. White. En contraste con los modelos socialdemócratas y socialistas del sovietismo, representan si modelos más liberales, pero poco tienen que ver con la caracterización que hace al autor del texto. 

Uno de los elementos más increíbles del artículo es la que refiere a la idea que las “grandes corporaciones” parecen ser una especie de víbora venenosa desbocada que ha parasitado y sometido a los pobres gobiernos al “poder del dinero” -el odio al dinero es una característica típica del discurso jacobino, salvo que lo manejen los burócratas luego de saquear a los ciudadanos- y que estos gobiernos son una especie de “último reducto” de la independencia de los ciudadanos. La idea de que “…Grandes corporaciones financieras e industriales que han crecido sin controles y tienen más poder y recursos que la mayoría de los Estados…” parte de varias ideas para mi equivocadas: la mayor parte de las grandes corporaciones han crecido MAYORMENTE a partir de las prebendas y facilidades que el poder político les ofrece para desarrollar situaciones predominantes sin competencia. Este tema ya lo hemos abordado anteriormente en la revista, donde señalábamos que el “…Estado Moderno no es solamente las autoridades, organizaciones, agencias e instituciones que conforman el orden estatal más visible: a la interna de cada estado existen numerosas organizaciones con sus órdenes singulares y sus relaciones de poder, y con esto no me refiero solamente a los altos cargos de las administraciones, sino a los sectores económicos y sociales que viven directamente de las intervenciones y regulaciones del Estado, sin depender directamente del orden jurídico y legal estatal: en general, estos suelen ser el sector energético, la banca, el complejo militar industrial, el transporte, entre otros, dependiendo del país analizado. Ninguno de estos sectores podría ser catalogado -ni utilizando una concepción laxa del concepto- como de “mercado libre”, y su existencia está directamente imbricada con las acciones y fines últimos de los estados. También son parte del estado moderno lo que se denominan los “aparatos de hegemonía” (prensa, educación, medios). El aparato político electoral es solo una parte del Estado, la más visible, la que automáticamente es relacionada con el mismo. Las grandes tecnológicas hace tiempo ya, comienzan a ser parte…”

Los que con evidencia notoria se han dedicado a lo que el señor Sarthou sostiene (“…termina atacando a la libertad, tanto la individual, como la política y la de expresión del pensamiento…”) es el modelo de centralismo político que promueven los primos hermanos ideológicos del señor Sarthou: el pietismo progresista de los EE. UU. y la socialdemocracia socialista europea. Lo impactante de la premisa es que de alguna forma trata de lavarle la cara al ejército de globalistas detrás de la farsa de los últimos años ya señalados y caracterizados en el primer número de nuestra revista, esos que llenan los foros globales, que están detrás de la los modelos de “intervención y control” que tanto le preocupan al autor del artículo. No hay que hacer un análisis muy profundo para advertir la similitud de las fuentes de inspiración de aquellos interventores, con los locales o “nacionales”. 

Es sintomático que para el señor Sarthou los ciudadanos tenían hasta hace poco “…dos grandes herramientas para defenderse. Una era la organización sindical y la posibilidad de huelga; la otra era la participación política…”. La absoluta ignorancia que representa para muchos lo que es el mercado lleva a la idea que son las organizaciones políticas estatales y paraestatales las que te salvarán de los males del mundo, siendo que estas organizaciones políticas han avanzado como nunca en la historia en entrometerse y dirigir hasta el hartazgo la vida de los ciudadanos. 

La confusión entre mercados y empresas libres es la típica del relato izquierdista del siglo XX: han insistido en hacerle creer que los gobernantes y burócratas son la manifestación carnal de la voluntad e intereses del pueblo; y el mercado son cinco tipos vestidos de negro que deciden tu vida, cuando es exactamente al revés. La mascarada ideológica -resultado de décadas de discurso estatolátrico- lleva a que se desconozca la naturaleza del mercado. Como sostiene Jeffrey Tucker,  “…El libre mercado no es un sistema. No es una política dictada por nadie en particular. No es algo que un gobierno implementa. No existe en ninguna legislación, ley, proyecto de ley, reglamento, o un libro. Es lo que pasa cuando la gente actúa por su cuenta en su totalidad sin una dirección central, y con sus propios bienes, y dentro de las asociaciones humanas de su propia creación y en su propio interés…”. 

Quienes nos han legado “un mundo pandémico, inflacionario, de crisis energética y alimentaria, recorte de libertades, poderes fácticos incontrolados y manipulación omnipresente”, no son, por más que le duela al señor Sarthou, las ideas de la libertad, sino la runfla de intervencionistas, estatistas, interventores y burócratas, de centralistas políticos, de “soberanistas” de la potestad de los estados de endeudarnos e inflacionar la moneda “nacional”, de que urbanitas eternamente funcionarios de actividades que no dependen de la libre preferencia de los demás sino de que algún “político” -de esos que se pide que nos cuide de la libertad- les dio el puesto. En un artículo anteriormente publicado sobre el tema específico de las “pensiones”, el mismo autor nos presenta un poco más profundamente su concepción de las cosas: en este artículo, presenta al sistema definido como “solidario” como una panacea de virtudes frente a otros modelos, y cuestiona -como siempre- cualquier modelo que no este amañado a la dirección centralizada del Estado. 

Esto nos lleva nuevamente al inicio de este artículo: el modelo centralista y estatizante no es el problema, el problema es que fue traicionado. Y la traición viene siempre de algún conjunto de políticos no virtuosos, que no representan los “intereses populares”. La traición explica el desastre de los sistemas de pensiones, no su naturaleza, y así queda nuevamente soldada la conexión entre la denuncia de un mundo oscuro y siniestro en el que estaríamos viviendo, y la propuesta de superarlo con otro salto adelante que es básicamente implementar lo que nos trajo hasta aquí.

En el inicio de este artículo, Sarthou señala que “Nuestro sistema previsional se basa en la solidaridad intergeneracional”. Esta aseveración es doblemente falsa: no hay solidaridad en el sentido estricto del término -no puede existir “solidaridad” cuando esta es obligatoria y a punta de pistola, y además no existe ningún tipo de

solidaridad en el acto contable por el cual los estados simplemente establecen un impuesto de alta recaudación -el impuesto de pensiones- y simplemente gasta esos “Ingresos” porque van a rentas generales, no van a ningún “banco” -aunque nombren así a las oficinas de administración de estos impuestos, para que la gente crea que hay una acción de ahorro de fondos en cuentas personales, es decir , una acto de manipulación- sino que se gasta, se revienta en ese mismo año, sin más.

La historia del sistema es bastante famosa: Bismarck necesitaba cuantiosos ingresos fiscales para financiar el nuevo super estado alemán, su enrome burocracia y ejército, luego de la reunificación: allí ideo con sus “economistas” -que tenían una larga y convenientemente errada epistemología en ese campo- un impuesto que fuera “fácil de vender” a la población, de tal forma que jamás lo viera como lo que es -un simple impuesto a promesa de prestación futura, como hay varios en los estados modernos- sino como una especie de “ahorro” de la gente para cuando sean mayores, es decir, construir la idea que lo que uno aporta es un capital mensual que será “ahorrado” para nuestro retiro, como una caja de ahorro. Así, Bismarck ideó un sistema que consiguió por años y años el proveerse de enormes fondos de capital fresco que eran volcados no a una “cuenta con nuestro nombre”, sino simplemente a rentas generales que usufructuaron el dinero en su “gasto” publico creciente.

La trampa necesitó, además, que el propio sistema proveyera de “ejemplos” fascinantes para la opinión pública de que esto era una verdadera maravilla: Los primeros beneficiarios serían cuantiosamente beneficiados y propagandeados – como el caso de Ida May Fuller- para vender el sistema como fantástico, que devolvía al pensionista los beneficios con creces. Los sistemas estaban condenados a desfinanciarse no necesariamente como dice el señor Sarthou, por el aumento en la edad de los cotizantes o en algún tipo de “fin del trabajo” o “caída del empleo”, sino porque la relación entre los ingresos cuantiosos sin pagar prestaciones, y el proceso de incorporación de jubilados aportantes -y además, no aportantes que recibieron demagógicamente en cada gobierno beneficios- estuviera condenada al deterioro absoluto. Los fondos de pensión son dinero jugoso que cada estado revienta en cada año de recaudación, sabiendo que se les pagará a los aportantes del futuro lo que puedan, tengan o quieran las generaciones futuras a partir de votar -o no- cambios en los sistemas.

Así, los sistemas fueron fundiéndose uno a uno, recortando las jubilaciones, “topeándolas”, o licuándolas con la inflación fruto de la emisión de los propios estados que obligan a pagar el impuesto jubilatorio. Los estados han adoctrinado a la gente a creer que esta evidente estafa es en sí un sistema solidario, y además inevitable.

Las AFAPS -u otros sistemas mixtos- trataron de dar un poco de aire a la quiebra crónica de los fondos de pensiones estatales. En general, estos sistemas son hiper regulados también y en la mayor parte de las ocasiones están obligados a “invertir” su capital en deuda pública, es decir, en financiar el gasto de los gobiernos, que canjea el capital por papelitos a futuro. Lejos de la idea que plantea el señor Sarthou, (“…salvo las malhadadas AFAPs, que matan de hambre al jubilado en base exclusivamente a sus propios aportes, de los que la AFAP previamente le come buena parte…”) estos sistemas intentan que parte del dinero si sea manejado por organismos de inversión que generen rentabilidad para sus beneficiarios, y poder pagarles algo más. La otra opción es la absurda demagogia de “aumentar impuestos a los ricos” (que no pagaran ellos, y además destruirá los incentivos de inversión) que, en última instancia, terminará en emisión para cubrir los gigantescos déficits de las cajas de pensiones (es decir, mayor robo a los trabajadores con impuesto inflacionario) o endeudamiento duro y puro. No deja de ser contradictorio que el sr. Sarthou plantee el inconveniente de endeudarnos -compartible- pero proponga modelos de pensiones que SIEMPRE terminan en endeudamiento para que continúen -no para que se sostengan, porque están diagramados como un sistema de estafa- por un tiempo hasta que vuelvan a hacer evidente su fracaso intrínseco a su existencia.

Las jubilaciones de hoy no se pagan con las contribuciones de los trabajadores: Sarthou dice “…las jubilaciones que se están pagando hoy se financian básicamente con los aportes de los trabajadores activos, que a su vez esperan cobrar sus jubilaciones con los aportes de trabajadores futuros…”, y esto es una maniobra contable del Estado, ya que el aporte de rentas generales para las cajas excede con dramática proporción los aportes. Lo que hacen los aportantes es achicar -o agrandar cuando cae el empleo- la brecha de ese déficit. Y esta situación estaba planteada ya cuando fueron creados los sistemas de pensiones -incluso Bismarck lo tenía claro- con inviabilidad y bancarrota incluida. Nuestro régimen previsional, viene en un largo y continuo descalabro, que es estructural y sostenido por más que las tasas de crecimiento económico sean una constante. Las jubilaciones han vivido en más de un siglo del sistema existir en el mundo, la sostenida destrucción de los ingresos de los jubilados, todos ellos realizados en nombre de la retórica “solidaria” que sostiene Sarthou. 

Existen en Uruguay diferentes estudios al respecto del tema, que en general constatan el deterioro del sistema, pero matizan las soluciones, ya que se realizan en la lógica de perpetuar el modelo: ”… Viéitez y Minetti (1984), estudiando el sistema de seguridad social entre 1964 y 1983, señalan que el aumento desproporcionado de riesgos cubiertos y de beneficiarios en las primeras seis décadas del siglo XX terminaron por comprometer la viabilidad financiera del sistema (…) los ingresos por aportes obrero-patronales e impuestos afectados fueron perdiendo importancia, ganando participación la asistencia financiera estatal…”

En un pasaje, de cierta inspiración “ludita”, el autor asocia la crisis de un sistema nacido para destruirse -porque es una estafa- a una especie de “crisis del trabajo” y de la “…independencia de la producción de riqueza respecto del trabajo humano…”. La relación entre la “producción de riqueza” y el “trabajo” tendría sentido si se tiene una concepción objetiva del valor. Con su criterio, solo sería cuestión de que los pozos se realicen no ya con retroexcavadoras, sino contratando a miles pertrechados con cucharitas de té, para devolver al trabajo humando su supuesta “relación con la riqueza”. La clave está en la productividad de una labor requerida por el mercado, realizada eficientemente a base de bienes de capital. 

No es allí donde radica el problema de la crisis de los sistemas jubilatorios. Pero por las dudas, ya plantea que los bienes de capital y la tecnología que utilizamos para facilitar y hacer más eficientes las actividades laborales pueden pagar más impuestos para sostener el creciente gasto del estado. Habrá que pensar en pagar impuestos por usar una licuadora si vendemos jugo de naranja, así el sistema que reivindica Sarthou tendrá unos pocos años más de vida.

Sin entrar a analizar los mecanismos de incentivos y sus consecuencias negativas que trajeron los sistemas “solidarios” (destrucción de los incentivos para proveerse de una vejez cuidada, que obligaba a las personas a construir lazos familiares verdaderamente solidarios y sanos, por dar un ejemplo) que solo busca delegar en las garras controladoras del estado, los sistemas de pensiones “solidarios” están condenados a desaparecer, o a perpetuarse a costa de aumentar la deuda y el esfuerzo de las futuras generaciones. Sus creadores parecen haber entendido la lógica “keynesiana” de la irresponsabilidad económica (“a la larga todos estaremos muertos”) y utilizar esta idea para hacer con ella pura demagogia. 

El señor Friedman es uno de tantos economistas de las diferentes corrientes liberales del siglo XX, un siglo donde el poder del Estado creció de forma exponencial, y donde la capacidad creativa de los humanos en libertad nos ha proporcionado altos niveles de bienestar material, en comparación a nuestros antepasados. Dos preguntas que deja planteada los planteos “antiliberales” del señor Sarthou es la siguiente: ¿Cuáles son los criterios para que una decisión colectiva sea legítima? Siglos de debate nos han traído hasta aquí diferentes explicaciones teóricas, pero todas tienen como elemento para tener en cuenta su jurisdiccionalidad, y la voluntariedad de los involucrados. Ambos elementos inexorablemente nos van a llevar al predominio de las decisiones locales frente a las nacionales e internacionales. 

Para los centralistas políticos, sean los jacobinos soberanistas o los globalistas internacionales, la libertad de las personas es un problema, siempre. Es por ello que vienen, desde hace siglos, repitiendo las mentiras mercantilistas de la imprescindible necesidad de controlar, de dirigir, de planificar centralizadamente, de redistribuir, robar y salvarnos de nosotros mismos. En algo estoy de acuerdo con el señor Sarthou, es con la siguiente frase: “es necesario interpretar desprejuiciadamente los hechos y ver qué de lo que pensamos permanece vigente y nos permite formular alternativas viables para un mundo en el que valga la pena vivir.”. Empiece por casa, de interventores y reseteadores de la vida de los demás justificados en hacer “justicia” ombliguista, ya hemos probado hasta el hartazgo.

La segunda es: ¿Cómo un intelectual que ha manifestado con criterio y constancia las consecuencias negativas del accionar de los estados llega a la conclusión que más dosis de esta medicina curará los males que denuncia?

Esta segunda pregunta quizás convenga analizar algunos factores extras.
Existen numerosas personas, con diferentes ideas, que consideran que muchas políticas estatales son equivocadas, indeseables e incluso despreciables o criminales. Esta sensación se diluye en muchos casos cuando imagina una solución al daño ocasionado por el Estado, y en ocasiones imagina soluciones que serán provistas por alguna agencia del gobierno. Este mecanismo ideológico se replica a diario, donde para un mal se proclama que la solución será darnos mayores dosis de este mal. 

Esta forma de pensar no sería tan dramáticamente popular si no tuviera el auxilio de los intelectuales, y, mayormente, de los “Políticos con túnica”. Y en ese campo, el Estado es el proveedor especialísimo de la seguridad material para esta corporación. El impacto de los planteos de los intelectuales en una sociedad puede ser variados, pero hay una característica bastante constante en algunos “éxitos” en su capacidad de influencia: lejos de representar un atractivo removedor y especial en sus propuestas y metodologías, su popularidad se relaciona directamente a su condición de filosofía institucionalizada. Con la aparición de la educación centralizada en los estados-nación modernos, esto se vuelve más constante y profundo.

Así como lograr el puesto de científica a una serie de teorías e ideas, resultaba el máximo de los prestigios para el ambiente cultural del siglo XIX, los intelectuales posteriores de la modernidad han buscado también esta doble cucarda de doctrina oficial -jurídica o simbólicamente establecida- para los estados, y para las academias sostenidas por los estados. Este peligroso ámbito encierra quizás un doble – ¿o triple? -poder que subyuga a muchos intelectuales: el poder del prestigio como “autoridad académica”, el poder como “filosofía institucional”, el poder quizás, de las posibilidades materiales y económicas que subyacen a las dos condiciones previamente señaladas, y garantizadas por el Estado.


Notas

  1. Dice Francois Furet al respecto de una de las características constantes del jacobinismo con respecto a la “traición” en la lógica revolucionaria: “…La revolución tiene necesidad de grandes traiciones. No importa que estas traiciones existan o no existan en la realidad (…) la revolución las inventa al igual que otras tantas condiciones de su desarrollo; la ideología jacobina y terrorista funciona ampliamente como una instancia autónoma, independiente de las circunstancias políticas y militares, espacio de una violencia tanto más difícil de definir cuanto que la política se disfraza de moral y el principio de realidad desaparece. [el terror] (…) es el producto no de la realidad de las luchas sino de la ideología maniquea que separa a los buenos y a los malos…”
Compartir