ENSAYO

Por Alexander Castleton

Hace ya algún tiempo pueden distinguirse en el paisaje urbano montevideano (no sé en el interior) balconeras que dicen “vecina feminista” o “casa feminista”, usualmente con fondo violeta y el logo feminista, o con una caricatura de mujeres de diferentes colores. Estas balconeras procuran identificar a las residencia o locales que las exhiben, y a los que allí viven y trabajan, como progresistas conscientes de problemas sociales como el machismo y la desigualdad de género, y por lo tanto orientados hacia el futuro y del lado del bien. Sin dudas que existen tales problemas, pero no deja de ser poco claro a qué futuro apuntan, ya que es difuso definir precisamente en qué consiste el feminismo en sus últimas versiones, tanto académicas como de eslogan. 

Este tipo de gestos morales creo que se corresponden con la profunda crisis de sentido y de desorientación vital que es pandémica en las sociedades occidentales de nuestra época. Creencias que anteriormente funcionaban como tales, es decir, como estructuras incuestionadas y por tanto mayoritariamente invisibles, hace años ya que están zozobrando, algo que es positivo en muchos casos. Como explicaba el filósofo Julián Marías, lo que es ser hombre y mujer ha cambiado y sigue cambiando rápidamente, provocado primariamente por el cambio en la mujer, que luego repercute en el ser hombre, ya que no se puede entender el uno sin relación al otro como no se entiende que exista un lado izquierdo sin que exista un lado derecho (a pesar de que algunos directamente nieguen la realidad de las diferencias sexuales).

El feminismo, en sus versiones más modernas, por su parte, busca el cambio radical, siendo este uno de los pilares ideológicos fundamentales del progresismo. En este sentido, el feminismo puede entenderse como una negación. Desde su punto de vista, la mujer ha estado sometida al yugo del patriarcado en todas partes y desde siempre. Es característico del progresismo y de los progresistas concebirse a si mismos como el destino histórico, donde todo lo anterior fue ilegítimo y aberrante. Es cierto que hoy una joven montevideana de clase media indudablemente estaría oprimida si viviera en la época victoriana, pero qué proporción de las mujeres se sentían efectivamente oprimidas en esa época es más bien una pregunta empírica, al igual que los es para las mujeres del siglo 21. Como también dice Marías, es necesario entender cada época histórica desde si misma. 

La negatividad del feminismo, en su vertiente más fundamentalista, viene dada por el hecho de que busca destruir al patriarcado, o, en otras palabras, destruir la cultura occidental. La antropóloga Camille Paglia, una feminista apóstata que defiende un feminismo basado en la libertad y responsabilidad más que en echarle la culpa a la cultura patriarcal, propone que el patriarcado es la cultura, sin perjuicio de que indudablemente se beneficie del creciente rol de la mujer y de una feminización que necesita negociar con las estructuras masculinas dominantes. Los hombres (me refiero a varones, no al género humano), por un complejísimo conjunto de razones históricas, antropológicas, psicológicas, y funcionales, son los que la han hecho. Esto lo expresa provocativamente en algunos de sus escritos diciendo cosas como que “si la civilización hubiera quedado en manos de las mujeres, todavía estaríamos viviendo en chozas de paja”, o “no hay una mujer Mozart porque no hay una mujer Jack el Destripador”. 

Ahora bien, estamos en un momento que las cosas están cambiando, y el cambio es inevitable y en muchos casos deseable. Ortega y Gasset escribe en este sentido que “hay historia, por qué hay variación continua de las vidas humanas. Si seccionamos por cualquier fecha el pasado humano, hallamos siempre al hombre instalado en un mundo, como en una casa que se ha hecho para abrigarse. Ese mundo le asegura frente a ciertos problemas que le plantea la circunstancia, pero deja muchas aberturas problemáticas, muchos peligros sin resolver ni evitar. Su vida, el drama de su vida, tendrá un perfil distinto según sea la perspectiva de problemas, según sea la ecuación de seguridades e inquietudes que ese mundo represente”. 1

El asunto es ver hasta qué punto la casa que ha sido construida por nuestros antecesores nos protege del constante desafío que nos presenta la circunstancia. No hay dudas que hay que pintarla, cambiar los muebles, o las cañerías, pero derrumbarla es un error; destruir es mucho más fácil que construir. El economista Thomas Sowell argumenta que somos herederos de soluciones

sociales sistémicas basadas en el hecho de que todos estamos limitados por realidades que se nos imponen. Esto es la visión trágica de la realidad, que entiende que nadie tiene toda la información ni el conocimiento todo el tiempo, y por lo tanto no existen soluciones mágicas sino lo que en inglés se llaman trade-offs, es decir, toma y dacas o compensaciones. Para los “trágicos”, los individuos son tomadores de decisiones interconectados que operan restringidos por la escasez, lo que lleva a renunciar a algunas opciones deseables para buscar otras menos ideales pero que efectivamente funcionan. Esta visión trágica es opuesta a los de los “ungidos”: aquellos que creen que sí existen soluciones categóricas y mágicas para los problemas sociales, que se corresponden con sus esquemas teóricos que los demás son demasiados torpes, brutos, o moralmente corruptos para ver. 

Es cierto que el pensar críticamente conlleva el riesgo de desembocar en el escepticismo, subjetivismo, cinismo, o en el nihilismo. Y estos suelen ser los destinos más frecuentes de quienes se toman el tiempo de ensimismarse un rato y pensar. Lo más simple es llegar a la conclusión de que nada tiene justificación y que todo es una construcción social. Como escribe Hannah Arendt: “Todos los exámenes críticos deben pasar por un estado de, al menos hipotéticamente, negar las opiniones y los “valores” aceptados al descubrir sus implicaciones y suposiciones tácitas, y en este sentido el nihilismo puede verse como un peligro siempre presente del pensamiento. Pero este peligro no surge de la convicción socrática de que una vida no examinada no vale la pena ser vivida, sino, por el contrario, del deseo de encontrar resultados que harían innecesaria una mayor reflexión. Pensar es igualmente peligroso para todos los credos y, por sí mismo, no produce ningún nuevo credo”.2 

Que el pensar no produce un nuevo credo es decisivo, pero como dice Arendt, el riesgo es que el nihilismo se imponga, justamente, como credo; es decir, que un dogma negativo sustituya a otro positivo. En nuestro momento histórico se da la creencia de que solo existe la materia y que esta debe conocerse, predecirse y manipularse: los seres humanos no somos más que cuerpos determinados socio-históricamente, totalmente plásticos, y la libertad individual es una ilusión; todos somos meras expresiones de colectividades que pugnan por obtener más poder sobre los demás. Desde esta visión conflictiva de la sociedad, la cultura y la historia, los hombres no han querido más que oprimir a las mujeres en todos lados y por siempre, por lo tanto, hay que destruir lo construido por aquellos. 

Esa es la conclusión a la que llega el feminismo en sus versiones más radicales y simples, que suele estar aneja con destruir el capitalismo, algo no muy original. Pero como la naturaleza deplora los vacíos—y, a pesar de lo que se diga, el ser humano es más que materia y le es menester darle un sentido a su vida casi como necesita agua o comida—negar no es suficiente. Aquí es donde aparece la ideología dando ese sentido, entendiéndola como un conjunto de premisas de donde se deducen conclusiones lógicas que pretenden ser científicas aislándose del feedback del mundo real (esto lo explica muy bien Silvia Poratelli en su ensayo Ideological Feminism and Abortion in Argentina).3 La ideología de genero (o feminismo ideológico, como lo define Poratelli) tiene sus propios rituales y lenguaje sagrado que fomentan el lazo moral entre los que por ella están poseídos y que separan de lo profano. Como toda ideología, explica la realidad perfectamente e identifica claramente quiénes son los buenos y los malos, y por tanto causa profunda satisfacción. Por otro lado, es una ideología que, al encerrarse dentro de su estructura lógica, como Saturno, suele devorarse a sus propios hijos. Como en la Unión Soviética, constantemente señala y escracha a los hipócritas (de forma anónima y bastante ex post facto) castigándolos no ya con la muerte, pero si con fuertes sanciones sociales y morales.

El cambio generacional es el cambio histórico, y por lo tanto es inevitable y bueno que diferentes generaciones cuestionen los usos y creencias recibidos. Pero esto no obsta para que la superación sea a la vez una conservación de algunos elementos preexistentes que recibimos como herencia. Es necesario evitar la visión progresista que, como explicaba Ortega, dictamina cómo deben ser las cosas en vez de empezar analizando lo que efectivamente es y desde allí determinar lo posible con los límites que impone la realidad. Esta actitud es una suplantación de lo real por lo abstractamente deseable que ineluctablemente conduce a creerse tener acceso a las leyes de la realidad, y por lo tanto, a imponerla a los demás. Y eso se llama totalitarismo.


Notas

1 José Ortega y Gasset, “En torno a Galileo” en Obras Completas Vol V (Madrid: Revista de Occidente, 1951), p. 33.

2 Hannah Arendt, “Thinking and Moral Considerations” en Arendt, Responsibility and Judgment, editado por Jerome Kohn (New York: Schocken Books, 2003), pp. 177–178.

3 https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=3716609

Compartir