ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz

Hace unos días, fue levantado en Twitter de una emisión del Canal municipal ideológico “Teve Ciudad” -una especie de mezcla de “TV RDA” y “TV Woke” – las declaraciones de una joven activista local de una organización global denominada Fridays for future, fundada hace 3 años por la activista Greta Thunberg. La organización se dedica a la militancia “protección medioambiental” y “mitigación del cambio climático”, apuntando especialmente a canalizar la experiencia juvenil en su labor. En la secuencia, la militante local sostenía con respecto a su rechazo a la exploración petrolera que “…es totalmente inaceptable que un montón de hombres blancos mayores de 50 años, con traje estén tomando decisiones y políticas, que no solo no les va a afectar por su situación de privilegios, sino que tampoco pueden llegar a vivir para cargar con esas consecuencias…”.

Lo interesante de la declaración es que contiene buena parte de las características más evidentes de la manifestación práctica de las ideas del pietismo y el “wokismo” globalista: en las mismas, aterriza un “relato” -sin adaptación alguna- sin contextualizarse con la realidad local, o su proceso histórico, casi siempre de la mano de algún medio progresista o alguna de las agencias globales de propaganda, al estilo NYT, AFP o cualquiera de los lobbies afines. La retórica inspirada en la denominada “Teoría crítica de la Raza”, donde refiere a los malvados “hombres blancos” (me imagino que llegar a llamarlos “anglosajones” y “protestantes” en el contexto nacional rozaba lo payasesco), explica en última instancia la absoluta falta de cuidado mínimo en lograr cierta adaptación y contextualización de las obsesiones racistas del progresismo pietista norteamericano, a contextos diferentes, en este caso al uruguayo. Para corolario de semejante distorsión comunicacional, la retórica esgrimida olvida indisimuladamente una “estética” nacional con respecto a la “militancia social”, que ahonda la escasa popularidad que estas iniciativas militantes logran cosechar a pesar del bombardeo mediático y las suculentas financiaciones a destinatarios de perfil urbanita “Cordón Sur”.

Este último elemento no es un factor menor: existe en las izquierdas nacionales una larga tradición como movimiento de reivindicación de diferentes “Injusticias”, en general de tradición más bien europea y de inspiración sindicalista e incluso marxista o socialdemócrata, que, se esté de acuerdo o no con sus postulados, intentaba representar los intereses y preocupaciones de los “sectores populares” en el contexto de un país occidental de cultura filo-europea y economía subdesarrollada. Esta tradición más ortodoxa, más ligada a las experiencias e ideas socialistas del siglo XX, suponía también la consolidación de una agenda pretendidamente urbanita también, pero necesariamente más clasista, más obrerista o “popular”. Las preocupaciones “postmaterialistas” de estas nuevas agendas, la retórica, el estilo e incluso la pertinencia, la actualidad y el alcance real de las mismas no logran cuajar ni articularse realmente con la tradición y, si se quiere, con algo de épica soreliana de clase, del militantismo urbano de izquierdas ortodoxas nacionales.

En un artículo anterior, ya nos habíamos referido a la distorsión comunicacional que envuelve a buena parte del progresismo occidental con respecto a viejas tradiciones, con nuevos formatos discursivos; distorsiones mayormente asentadas en tres elementos históricos: el fracaso de los modelos socialistas a fines del siglo XX, la influencia creciente en las izquierdas occidentales del progresismo pietista anglosajón en detrimento de las diferentes formas de pensamiento socialista o socialdemócrata, y el advenimiento de la sociedad post-materialista y su impacto en las nuevas generaciones y sus intereses.

La creciente predominancia del “progresismo woke” quizás sea uno de los cambios ideológicos más significativos en las izquierdas occidentales de las últimas décadas. El “pietismo” progresista de origen estadounidense siempre tuvo importantes influencias en todo occidente y en Uruguay, pero en general no lograba permear de forma tan notoria en la praxis, la agenda y los discursos de las izquierdas “a la europea”, alcanzando como máximo impregnar de alguna de sus reivindicaciones y plataformas a los sectores mas bien reformistas del centro político, que encontraban inspiración en la practica política del Partido Demócrata de los EE. UU. El wokismo no deja de ser la ideología del Centralismo político Radical, y no del cambio social y sistémico -algo reivindicado como espíritu por la izquierda ortodoxa histórica- que solo se manifiesta en el wokismo como un “reseteo”, para delegar decisiones a una especie de “Estado Global”. No hay allí grandes cambios -como prometía el socialismo- sino grandes controles y buena conciencia.

La relación entre el “woke” y la tradición del progresismo pietista –que ya hemos referido– permite entender muchas de las aristas del fenómeno: se manifiesta como un verdadero credo del llamado “justiciero social”. En ese sentido, la tradición protestante puritana, presbiteriana y pietista del mundo anglosajón del siglo XVIII relacionada al “gran despertar” -nótese la similitud semántica- aporta la importancia de la conciencia para obtener la gracia –en el wokismo actual, ya absolutamente secularizada-, y la tradición neocalvinista la cuota de determinismo que impregna a las ideas y políticas identitarias de la nueva izquierda. En este sentido, la obsesión por plantear causas deterministas, inevitables, fuera de nuestra voluntad individual, en los orígenes de las “injusticias sociales” -relacionadas a la raza, el género, por ejemplo- suelen ser confundidas por los sectores de las derechas con una especie de neomarxismo, cuando es bastante relativo, ya que el componente de clase es menor o casi inexistente en las lógicas deterministas habituales en el “wokismo”. En última instancia, ambas tradiciones -la pietista y la marxista- abrevan en parte del río calvinista.

El enlace entre la interpretación pietista de la gracia que caracterizaría el “Gran Despertar” religioso del siglo XVIII y la política secularizada del progresismo estadounidense de la última centuria, radica en adjudicarle al “gran gobierno” la misión de construir el paraíso terrenal de las conciencias reformadas. El protagonismo de la “conciencia” como factor central de alcanzar la gracia -el soli Deo luterano- hay que interpretarlo en el largo proceso de secularización que ha experimentado occidente, especialmente en el campo de las ideas. El “aguijón de la conciencia” obliga a los “despertados” a cambiar sus creencias y comportamientos, en ese orden: el cambio fundamental está en la conciencia de los depositarios del mensaje, primer y fundamental destino del proceso, más que en los actos y acciones “materiales” de los mismos. Como señala Michael Rectenwald, “…el “despertar” (woke) es análogo al encuentro cristiano de la salvación. Al igual que ser salvo, ser despertado implica reparar las transgresiones mediante el arrepentimiento y la reforma. Y así, como (a diferencia de la concepción católica) no es salvo por obras sino en obras, así los creyentes de la justicia social recién convertidos son despertados no por obras sino en obras “despiertas” (…) bajo la justicia social, el pecado es haber actuado negligentemente desde una posición de privilegio, sin suficiente reconocimiento o preocupación por aquellos cuya falta de privilegio hace posible el propio privilegio…”.

El relato descriptivo del “portador de privilegios” que realiza la militante en el video-en los cuales se mezclan condiciones ajenas a la voluntad individual, deterministas, como el ser “hombre blanco”, con otras relacionadas a privilegios de “clase”, como el factor simbólico del “traje”- tiene además, otro elemento típico del “wokismo”: es realizado por un individuo que seguramente encarne buena parte de los “privilegios” denunciados. Pero este elemento es absolutamente irrelevante para el proceso de “despertar”, ya que, aunque suponga en un inicio un camino individual, la redención de la persona no es relevante para el “credo de la justicia social”, sino que el “despertar” es un fenómeno grupal, colectivo, identitario, donde uno despierta “para el mundo”. Esta verdadera “Interseccionalidad” -para utilizar parte de la fraseología del credo- entre la importancia de la conciencia y el determinismo da como resultado dos elementos fundamentales: son dramáticamente claves, la transformación de la conciencia -el “despertar” de la “justicia social”- sumado a la membresía a ciertos “colectivos” que suponen una superioridad moral -por “no privilegiados”- frente a otros.

La prescindencia de la centralidad del individuo -no importa que actos hace, sino quien lo hace y a qué colectivo “representa” por cuestiones deterministas o predestinadas, como el sexo o la raza- es fundamental, y aporta el camino para que se manifiesten las evidentes pulsiones autoritarias dentro del movimiento, ya que establece la importancia de la identidad -social que se transforma en política- frente al individuo y sus actos. Recordemos que para uno de los promotores de las teorías del “wokismo” -en especial la sección “racial” de la misma”, la “teoría crítica de la raza”- en general la condición determinista del origen del problema lo hace “incurable”.  Robin Di Angelo, en su obra Fragilidad blanca, sostiene que no existe una persona blanca que no sea racista, y ese racismo es intrínseco a su condición de blanco, no tiene solución real, solo puede “aplacarse” a través de un exhaustivo entrenamiento mental de su conciencia, y un ejercicio eterno de sumisión ante los colectivos “victimas”, que van desde arrodillarse  -moda woke en el deporte de los países occidentales- a cancelar la lectura de “literatura de hombres blancos”, en rigurosa similitud con las palabras de la activista local ya citada.

 Esta condición de movimiento colectivo representa una coartada perfecta para absolver a los individuos de la responsabilidad de sus actos y es un refugio seguro para el que teme usufructuar la libertad individual. A esta condición se le suma el amparo de la “nobleza” de la causa superior, que todo lo justifica, lo excusa, lo exculpa.

Este cruce de caminos entre una tradición militante nacional y la llegada de nuevas formas de militancia, suele manifestar el pliegue generacional que emerge de este proceso. No es casualidad que los ámbitos culturales -desde los medios de comunicación y la militancia en redes sociales hasta el mundo de la academia- es donde con mayor éxito ha desembarcado el “wokismo”, en ocasiones manifestándose de forma pura sin adecuación espacial ni temporal -como vimos en las declaraciones de la militante-, en otras adaptando los perfiles locales de la tradición militante de la izquierda urbanita nacional. Igualmente, la academia local esta realizando un proceso más complejo y doloroso, ya que los premios que ofrece –renta, poder, casta [1]- son demasiado importantes para que la vieja academia simplemente de lugar a las nuevas formas de “control y vigilancia” que el wokismo universitario propone para hacerse lugar como ideología dominante. Este drama entre el progresismo ortodoxo dominante en la academia local y las nuevas formas de acción tuvo varios y publicitados casos de conflictos, donde se manifestaron en carne viva varias de las características descritas en este artículo con respecto a la naturaleza de la militancia “woke” y su impacto en los ámbitos de debate en las universidades, persecución de docentes. El problema se profundiza cuando uno de los heridos por las “balas woke” es un “compañero de ruta”.

Igualmente, buena parte del “paquete woke” parece estar permeando en la academia nacional, aunque su manifestación pública más evidente es como carta política, como “elemento de identidad”. Este elemento sirve como discurso de presión ante la opinión pública a partir del apalancamiento que representa la “superioridad moral” -es decir, el carácter misional y bueno- de la causa. En estos días, el promocionado científico Gonzalo Moratorio manifestaba su enojo en redes sociales por la atención mundial sobre virus y enfermedades solo cuando afecta a “blancos” de “altos ingresos”. El reclamo también se da en medio de pujas por el reparto del presupuesto nacional. La distribución de los presupuestos estatales permite observar con nitidez quienes son los sectores más poderosos, y las “ideas prestigiosas” en una sociedad sirven de plataforma para obtener una tajada más suculenta.  Como diría mi estimado Álvaro Diez de Medina, “todo esto es por plata”.

Un elemento que debería advertirse con insistencia es que, más allá de toda valoración, la vieja academia, por más que sostenía un conjunto de ideas hegemónicas, permitía importantes espacios de debate, pluralidad de ideas y matices, en el sentido exacto de lo más significativo de una academia: muros adentro, todas las preguntas pueden ser realizadas, todos los debates permitidos, todas las realidades, cuestionadas. Esta “condición a priori” que describo podía ser algo idealista, gris o poco realista, pero era una condición teórica mayormente compartida, embebida de la tradición ilustrada, por lo menos. Lo nuevo e impactante del “wokismo” es que todo su identitarismo esta relacionado con la “conciencia”, por lo que inhabilita de facto una enorme cantidad de ideas y debates, por representar su sola invocación prueba de privilegios que deben de ser exorcizados de la Catedral. Todo el nuevo tejido lloriqueante de “zonas seguras”, sus “cuotas”, sus “censuras a ideas controversiales”, su promoción de “grupos de respuesta” que prometen “espacios seguros frente a la violencia simbólica”, la consolidación de sesgos identitarios en los programas de investigación, financiación y promoción en el campo disciplinar, van creando una especie de barrera infranqueable que ha construido un mecanismo estructural de control y censura. Lo irónico es que estos neo-izqueirdistas no superarían un autoanálisis foucaultiano sobre las características de la estructura de poder y control que ellos mismos crearon, donde todos son vigilados e interpelados en un conjunto de “microtecnicas de poder” y “panópticos” ideológicos.

EL PIETISMO EN LA POLÍTICA PARTIDARIA LOCAL

Son las izquierdas políticas occidentales las que capitalizan mayormente la “ola woke”, así como también las que experimentan algunos dramas internos que emergen de las contradicciones y conflictos que vienen con este combo. En el caso de la izquierda política nacional, buena parte de las reivindicaciones “en bruto” del wokismo suelen ser compartidas, aunque, como hemos visto, los conflictos surgen con facilidad en la medida que las divergencias en enfoque, tradición, praxis y causas “de fondo” se manifiestan.

En cambio, en los sectores de centro, la tensión parece ser menos intensa, ya que las ventajas suelen ser mas poderosas que las dificultades que arrastra adoptar estas ideas: la financiación, los contactos y puestos burocráticos que promete el wokismo –por ser la religión del centralismo político dominante-, el prestigio político que puede representar embanderarse en las ideas “woke” en clave descafeinada, discursiva y no maximalista, la seducción que representa que estas ideas sean el ariete del globalismo occidental de las elites, entre otras bondades, supera por amplio margen los dolores de cabeza políticos que puede acarrear.

En Uruguay, los sectores más progresistas del gobierno de la “Coalición Republicana” suelen coquetear con parte de las ideas del wokismo, llegando en ocasiones a ser sus mejores portavoces. Sería injusto acusar de “utilitarismo” esta circunstancia, porque existe una larga relación de algunos sectores políticos locales con el pietismo -es evidente esto en el coloradismo talvista, y en cierta medida, en el batllismo y su relación con el Partido Demócrata-, pero, aceptando que exista una condición de alineamiento “principista”, también tienen sus consecuencias problemáticas: en general son el sector político local que con mayor fidelidad replica las ideas pietistas en boga, a tal punto que muchos de sus planteos representan propuestas legislativas y programáticas absolutamente divorciadas de la realidad nacional o del interés público.

La sintonía “extranjera” se manifiesta de diversas formas: la obsesión por el perfil que se les da a ciertos problemas raciales -los cuales no manifiestan preocupaciones locales, sino que replican problemáticas propias de la singularidad del caso estadounidense y el protagonismo del tema allí-, sus propuestas medioambientales de bajo impacto y alta propaganda -como ser prohibiciones de ciertos productos, o replicar sin matices el discurso anti-ganadero del ambientalismo woke en un país netamente ganadero-, la promoción de censura a la libertad de expresión o en redes sociales a través de leyes justificadas en lucha contra el “discurso anti-odio”, la reivindicación de los elementos menos radicales y superficiales de la agenda feminista a través de la promoción de “canastas menstruales” donde el debate se centra en como referirse a los destinatarios de las políticas propuestas, entre otros, son algunos ejemplos de este desfasaje entre las propuestas importadas sin contextualizarlas con la realidad local y las preocupaciones de sus votantes.

En este punto, la izquierda tradicional parece sentirse más cómoda a la hora de reformular estas ideas y alinearlas a sus intereses políticos. Quizás sea porque a su interior tiene las herramientas ideológicas para procesar las propuestas y canalizarlas en su tradición, tomando lo que considera afín a sus bases ideológicas y descartando lo que presenta contradicciones o conflictos, o irrealidades propias de los sectores urbanitas de clase alta del primer mundo.

Puede creerse que este credo woke -una especie de “religión de fantasía”, de las que han animado la Historia de la humanidad en varias circunstancias- representa algo circunstancial en el periplo occidental, pero el programa totalitario y fundamentalista que encarna, despojado de los ropajes de su origen, transformado en programa político y expandiéndose a través de su globalismo y estatismo instrumental, se va consolidando en occidente. Por eso no resulta importante si “te da igual” lo que hagan los demás, pero tienes una opinión crítica o “irreverente” sobre alguna de las “vacas sagradas del momento”. No importa que seas libre -y opines con libertad- mientras dejes que los demás sean libres. El wokismo, y su obsesión por la transformación de las conciencias a través de herramientas políticas, está convencido que tiene una inspiración mesiánica para ir por ti. En su aplicación efectiva, el wokismo se conduce como cualquiera de los otros futurismos mesiánicos que han existido, y espera moldear las conciencias y transmitirte exactamente como se debe pensar, y cualquier contradicción a su credo será “fobia” o “patología” que debe repararse -o eliminarse-, más allá de tus actos.

Esta lógica de origen pietista milenarista es la base de la nueva corrección política que ahoga al mundo, donde la exigencia no es necesariamente sobre los actos, sino sobre las conciencias, y por decantación, sobre la tecnología del pensamiento -lo dicho, lo escrito- y está exigencia es moralista y obligatoria. Y cuando un futurismo tiene planes maravillosos para todos, que no se cumplen, siempre, siempre, termina en autoritarismo y violencia porque no hacemos lo que nos tenían preparado como destino.

Existe en toda esta ecuación del wokismo, de la militancia en la división social y el “alarmismo”, un sustrato profundamente misantrópico. No es una coincidencia que los discursos “Woke” preparan el terreno a la promoción de medidas mesiánicas de salvación universal basadas en control centralizado. Cuando el presidente de EE. UU. Joe Biden sostiene que el “cambio climático” es el gran desafío del futuro y propone, entre otras, medidas de “cuarentenismo” global similares a las instaladas en la pandemia, ahora justificadas por la “emergencia climática”, deja entrever la impronta neomalthusiana y pietista que alimenta su discurso.

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[1] Cuando nos referimos que la academia ofrece “rentas, poder y casta” a quienes sean funcionales a la cultura hegemónica a la que es fiel, nos referimos a que el miembro recibe a cambio de su fidelidad rentas/subvenciones sin tener que competir en el mercado, poder cultural de acción a partir de la difusión/posición/titulo/propaganda, sentido de y prestigio de ser parte de la “cultura” de una sociedad pertenecía -ser parte de una casta-, con un alto reconocimiento individual y un poderoso sentimiento “misional” de su labor.

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