ENSAYO

Por Dr. Félix Ugalde

Un magistrado de los setenta

Hace 40 o 50 años Jueces y Fiscales, eran personas de alto respeto social, que practicaban una vida austera alejada de prensa y noticias destacadas y que se mantenían radicalmente ajenas a todo protagonismo en la vida social caracterizada por actitudes marcadas por la frivolidad. Lo que distinguía y sellaba la figura del magistrado era en especial, su sobriedad y su lejanía manifiesta de toda ostentación. Su vida social se mantenía en círculos restringidos y su posición económica era de tipo clase media, salvo aquellos que tenían posición patrimonial de origen familiar. Los magistrados no eran gente de riqueza ni podían esperar razonablemente (dada la orfandad salarial) que la misma llegaría algún día. No era su esperanza. Tenían una vocación por la función. Nutrían sus expectativas al amparo de su propia estima, de la satisfacción del deber cumplido y del respeto social. En especial de los abogados y de todos los otros colaboradores del sistema judicial. 

Protegían con celo su carrera funcional, sacrificada en lo económico, progresiva en lo temporal (desde el Juzgado de Paz del interior hasta los tribunales superiores) y exigente en los cambios de lugar y relaciones, mediante el procedimiento que siguen las vidas que huyen del ruido, vale decir manteniendo a cualquier costo independencia y sobriedad.

Diferencias con la época actual

Entonces corresponde recordar que la cantidad de materias y de magistrados era notoriamente inferior a la actual, los casos seguramente largamente inferiores en cantidad y tipo, lo que lleva de la mano a conclusiones obvias: a) se conocían carreras, antecedentes, estilos y formas de actuar de los magistrados, hoy se desconoce en general, b) el estudio de los casos les exigía esfuerzo intelectual por llegar al limite de las fronteras de la reflexión y del conocimiento pues esencialmente solo decidían al final del proceso. Hoy hay muchas instancias intermedias, y una tendencia desmedida para evitar pronunciamientos, c) los que actuábamos ante la Justicia solíamos respetar sus decisiones, en el acierto y en el error. Tema muchas veces subjetivo en la apreciación, pero siempre validado por un esfuerzo serio del magistrado en la defensa de las premisas compartidas y de dar debida cuenta y controvertir los argumentos no compartidos. 

El aumento de los Juzgados especializados, el incremento de los Juzgados existentes, la creación de Juzgados por materia en el interior, los profusos y a veces desordenados cambios en los procesos, las enmiendas y los sonetos, conspiraron obviamente en provocar otros cambios de entidad positivos y negativos: a) a mayor cantidad de jueces y fiscales, mayores posibilidades de caída de la calidad intelectual, y a veces moral, de los nuevos ingresados, b) menor conocimiento técnico y falta de preparación, de mucha gente que tiene una cultura y una visión de la vida claramente distinta a la que debe privar en un hombre o una mujer de Derecho c)  inferior carga personal y subjetiva de los valores supremos relativos al estado de Derecho y al Orden Jurídico, que sustentan y dan plena firmeza al actuar judicial y soportan el andamiaje de protección del ciudadano. Perdida de respeto por la forma republicana. Todo lo cual, sin desmerecer los valores imperantes durante decenas de años y los actuales, vuelve mas vulnerable el sistema, retacea garantías y facilita el apresuramiento y el error. 

Todo esto no es una carencia exclusiva de la Justicia. Es también un cambio grande que registran los hábitos sociales, una confusión de los valores que inclinan soluciones con visiones ajenas a la norma, un ingreso patente de ideologías que van permeando los claros mandatos de la ley. Esto lleva a que se prioricen hechos, vagas razones derivadas de acciones de lo que se llaman hoy colectivos, sentimientos desgraciados por asumir posiciones de respeto a lo políticamente correcto, al menos para ciertos y determinados sectores, lo que corroe a la justicia igual que corroe a la sociedad. 

Algunos conceptos complementarios

En el viejo CPC las oportunidades procesales para

conocer o hablar con un magistrado eran escasas. Digamos de paso que fue el Código nuevo el que innova radicalmente en materia de cercanía del Juez con el proceso, las partes, la prueba y sus letrados. Más realidad y menos teoría, más posibilidad de acceso directo a la Justicia. Intento serio de humanización, muchas veces desmarcado por intereses menores, mitigados sus buenos efectos por distorsiones dilatorias. 

Mucha tinta podríamos derramar para determinar hasta donde y hasta cuando la sociedad judicial estaba debidamente preparada para un cambio fuerte entre el canal escrito que regia desde las etapas patrias de la colonia, y un canal que avanza hacia la oralidad con cambios significativos, pero que mantuvo en el inconsciente de muchos, los rasgos contenidos en el ADN de cientos de años acunados por los Austrias y las Partidas. 

La costumbre de escribir venía del fondo de los tiempos, y es buena en tanto sea precisa. Pero la aplicación de la Justicia exige cercanía, prueba, evidencias, que permitan avanzar en el conocimiento de cada circunstancia. Y especialmente presencia de Jueces y Fiscales. Por ello, los abogados tuvieron un costo de aprendizaje, pues no sabían como actuar, los magistrados tenían poca gimnasia, y todos también sentían el antiguo impulso de la seguridad del documento, que es una suerte de nicho de protección aun cuando frustre derechos esenciales. 

Pese a todo debemos reconocer que la reforma fue un gran avance en la afirmación de principios caros a la Justicia. Inmediatez, concentración y celeridad. Fue más lo bueno que lo malo. Hoy la justicia a la cual nos hemos acostumbrado los viejos y los nuevos recorre otros ríos, tiene capitanes de diversas generaciones, y permite otras alternativas, más allá de que erradicar todas las malas practicas no es cuestión sencilla. 

Una experiencia de los 70 

En una ocasión, allá entrados los setenta, entendí correspondía hablar con el Juez actuante sobre un aspecto que entendía no había tenido debido diligenciamiento. No lo olvido. Me hicieron pasar (a aquellos pequeños y dignos despachos) donde esperaba su señoría. El señor Juez espero con cautela mi exposición. Como el Juez no emitió palabra ni manifestaba aprobación o desaprobación, ni hacia gestos insinuantes de nada, la exposición fue zozobrando hasta que le llego la muerte por inanición. El Magistrado me agradece la exposición y solo expresa, “muchas gracias, lo voy a ver” “entenderá usted que no puedo opinar porque seria prejuzgar, y no debo”. Buenas tardes y hasta la próxima. 

Esa severa conciencia de su debida imparcialidad, valga repetirlo lo escuche con respeto y resignación en Juzgados, Tribunales y en la Corte durante largos años. Era una máxima que permitía al Juez salir del paso, y para la cual nos faltaban debidos instrumentos para intentar crear una conversación. Y festeje éxitos y tuve los debidos lamentos según la suerte me acompañaba. Igual y pese a la seguridad de la Justicia, siempre prefería el arreglo a la sentencia. Por tiempo, y por aquello de resolver las cosas que a uno se le confían.

La justicia se expresaba a su debido tiempo, a través de los mecanismos de estilo que fija la norma, pero no emitía opiniones ni sugerencias, ni expresaba nada que pudiera mancillar su debida lejanía de las partes. 

Hoy las cosas son distintas. Muy especialmente en materia penal. A la fecha es preciso solicitar fecha para presentar denuncias penales que pueden llevar un mes de espera. Hay asuntos civiles (hasta de medidas preparatorias que no se resuelven en ocho meses) Hay juicios que llevan veinte años y más sin llegar, o empantanados en la audiencia preliminar. Espero que sean excepciones y no regla. Pero la posibilidad existe. El tratamiento de estos temas exige más tiempo, datos y elementos de juicio. Lo haremos, en el marco cierto y seguro de que la JUSTICIA es la ultima garantía, la puerta que queda al final del corredor, la única que protege de verdad los destinos de la sociedad. Por ello debería ser privilegiada, considerada y protegida, con gente y recursos. Cuando la justicia decae la sociedad pierde su norte y el camino es el desmadre. Volveremos.  

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