Voy a hablar sobre algo de rabiosa inmediatez, sobre un asunto que casi quema los dedos que escriben y aturden al que piensa; es un caso complejo, delicado y proclive a agrietar el mundo en dos zanjas separadas para siempre. ¿Se puede hablar de un auspicio mediático y político de algo tan siniestro como una violación? ¿Qué ocurre cuando una poderosa definición – “cultura de la violación” – que lanzan los colectivos feministas choca frontalmente con la resistencia ciega de lo real? ¿Puede la difusión mediática de una evidencia relevante para entender este caso conmocionante ser culpable de enrarecer y criminalizar a quien denuncia? ¿Cómo pueden opinadores radiales jactarse de hacer oídos sordos a aquello que deben escuchar para poder ejercer ese rol? Esas son algunas de las preguntas que intento responder en mi análisis de los signos ansiosos que emite una sociedad en estado de alarma. 

PORTADA

Por Fernando Andacht

El rugido del ratón o cómo lo real obstinado puede derribar la mejor definición 

Escribir sobre un caso de agresión sexual y además colectiva contra una mujer es la receta segura para ser demonizado a diestra y a siniestra, a ambos lados del espectro político. Por eso mismo, entiendo que es importante intentar usar la escritura para llegar a un lugar diferente del dualismo, de la insalvable grieta llamada varón/mujer, feminista/machista, periodismo de investigación/ revictimización sensacionalista, y otras oposiciones que sobrevuelan o mejor sería decir llueven como proyectiles sobre cualquier intento de hablar desde un ámbito diferente al de lo ya zanjado. ¿Pero por qué vale la pena arriesgar el pellejo escritor, cuando sería más fácil dejar que este escabroso asunto se comente y dirima en otros ámbitos más livianos, rápidos y vehementes? Mi motivación es el genuino asombro de haber oído y visto reacciones extrañas, inesperadas ante la aparición  mediática de un hecho que pone en duda o al menos problematiza la definición auspiciada por la parte más vociferante de la sociedad sobre ese episodio delictivo. En un instante, vemos cómo se pasa de un cielo ennegrecido por el ánimo de la condena absoluta y unánime de la peor calaña de criminales, a un firmamento con muchas tonalidades y matices, que es más difícil de condensar en una frase-fuerza, como ‘cultura de la violación’ o ‘violación en manada’. 

Producir la “irritación de la duda” (Peirce) es el único mecanismo racional que eventualmente conduce a un conocimiento mejor del mundo de la vida. Me produce incredulidad el observar un programa radial en el que personas cuya misión es opinar del modo más razonable se jactan de modo público e inaudito de desoír lo que tienen como deber escuchar con atención para luego juzgar y evaluar. Lo mismo pasa al escuchar a un experto convocado a analizar una secuencia sonora que podría ser una evidencia relevante para resolver  un caso conmocionante (Amen 2019, Andacht y Amen, 2021) protegerse una y otra vez mediante el uso de los llamados “cercos” verbales, frases con las que ese profesional procura aminorar o amortiguar el peso de lo dicho, más allá de que sea una adecuada evaluación del material. Esos comportamientos pueden describirse como formas de auto-cancelación del pensamiento, de la supresión voluntaria de la libre expresión o acción; ellos son indicadores de que algo fuera de lo normal ocurre en torno a un caso de la crónica roja que fue velozmente convertido en  una causa política, social, cultural y mediática. 

Para que mi escritura intente al menos dar ese salto desde la inmediatez enardecida que acompaña las posiciones sobre una denuncia de violación recurro al pensamiento de C. S. Peirce (1839-1914), que desarrolló la teoría semiótica, sobre la relación entre la generalización, que produce las definiciones, y lo real o empírico, que brota ante nuestros sentidos y no pocas veces nos impone la revisión radical de lo ya definido y creído por gran parte de la sociedad. Tomo dos citas del semiótico Peirce que aparecen en un volumen reciente sobre “los usos de la historia” (Viola 2020). En ellas, este pensador reflexiona sobre lo real y su representación en signos generales como lo son los símbolos, las palabras, por ejemplo. La primera referencia dice así: 

“La amplia generalización es gloriosa cuando es el inevitable jugo extraído de detalles de conocimiento laboriosamente madurados; pero cuando no lo es, es un espíritu burdo que incita sólo a enfrentamientos entre cien pequeños dogmas, cada uno de ellos condenando con total justicia a los otros. Es el frecuente fruto de la pereza.” (CP 2.14, citado en Viola, 2020, p. 111). 

De modo frecuente y persuasivo, los medios de prensa, el cine – pienso en el conocido film Acusados (Kaplan, 1988) que protagoniza Jodie Foster – han representado la situación  opresiva e injusta de una mujer violada cuya denuncia es puesta en tela de juicio en base a su comportamiento, apariencia, etc. Eso crea un antecedente en el mundo de la vida que lleva a tomar partido por la víctima y a sentir la mayor animosidad por el acusado, sin reparar en esos “detalles de conocimiento laboriosamente madurados” que Peirce describe como fundamentales para justificar una generalización o definición de algo. En la urgencia de condenar lo que se percibe y siente como un crimen aborrecible, pesa más la definición o idea preconcebida que esa labor paciente de extraer con enorme cuidado todos los datos de la evidencia disponible.

En la otra referencia a este problema lógico, Peirce  nos da una descripción pintoresca del necesario equilibrio entre lo general, la idea preconcebida que tenemos sobre algo, y el duro impacto de lo real, que puede modificarla de modo inesperado e irreversible: 

“Una aproximación a la realidad, algo que no es en lo más mínimo de la naturaleza de una falsedad, se encuentra cada vez que un objeto del pensamiento es suficientemente obstinado para permitirnos decir que esto no tiene estas características, pero tiene estas otras. Hay ya una lección en lógica. A saber, que uno puede proponer las mejores definiciones posibles, que vayan al corazón de las cosas; y sin embargo, habrá, digamos, algo que podría compararse con un pequeño ratón vivo de una casi excepción que encontrará un agujero o lo hará, para entrar cuando todo parecía herméticamente cerrado. Ese ratón no será una simple peste de la cual librarse y olvidarse. Será un compañero para tener presente y para valorar.” (Peirce, 1906, citado en Viola, 2020, p. 112).  

En el texto que empezaron a leer y que, espero, será una instancia de pensar con gran cuidado sobre ese pequeño y obstinado ratón de lo real, que es capaz de roer su camino en las generalidades más amplias, esas que gozan de la fervorosa aceptación de un gran número de personas o de grupos organizados. En ciencia, se las conoce como teorías; en sociedad son las tendencias o ideologías que interpretan el mundo de la vida de un modo que pocos critican, no necesariamente por creerlas verdaderas, sino por temor a ser atacados como personas irracionales o perversas. Lo que nos advierte el creador de la semiótica moderna es que el cometido de lo real como existencia que no depende de ninguna opinión individual es precisamente echar por tierra, derribar saludablemente esas consensuadas generalidades, como por ejemplo, ‘la cultura de la violación’, de la que me ocuparé luego. A través de un incidente que involucró a los medios de comunicación, a la justicia, a la política y a organizaciones feministas espero explicar cómo cierta definición – que como tal tiene siempre un alto grado de generalidad – es auspiciada con fervoroso entusiasmo por una porción de la población que cuenta con un notable apoyo mediático y político. Esa definición se resiste de un modo a veces irracional a permitir la entrada de ese pequeño y obstinado roedor que provoca la salvadora “irritación de la duda”, el mecanismo por el cual avanza el conocimiento del mundo en su larguísimo y a menudo tortuoso camino hacia la verdad, según lo describe Peirce (“La fijación de la creencia”, 1878).

Luego de una furiosa tormenta de condena social que cayó sobre la opinión pública durante toda una semana, a raíz de un caso conmocionante (Amen 2019; Andacht & Amen, 2021), de la denuncia que hizo una mujer de haber sido violada grupalmente el día 23 de enero de 2022, surgió una irrupción de un elemento discordante con ese relato condenatorio de los acusados, que se apoya en buena medida en la citada definición. La difusión de audios relacionados con la denuncia, de un material que podría arrojar dudas sobre dicha definición, concretamente, de lo que realmente ocurrió entre las personas que protagonizaron el episodio representado hasta entonces como un indudable e indiscutible crimen repugnante produjo algunas reacciones en los medios que vale la pena analizar. De eso se ocupa el texto que ahora leerán. 

Y llegaron los audios: el obstinado ratón de lo real remueve la opinión pública

Si la última semana de enero de 2022 estuvo pautada en los medios de comunicación uruguayos por la irrupción de un caso conmocionante, de un episodio violento que acapara noticias y conversaciones de modo casi excluyente, el comienzo de febrero sufrió un notable vuelco en ese ámbito a causa de un nuevo elemento asociado a ese mismo caso. Su significado fue muy diferente, diría contrario a lo ya establecido como sólida creencia hasta ese momento en relación a la denuncia de violación colectiva. 

En el programa La Pecera (FM Azul) del martes 01 de febrero de 2022, en una columna titulada “Violación grupal o sexo consentido” (https://azulfm.com.uy/la-pecera/-iquest-violacion-grupal-o-sexo-consentido-), el periodista Ignacio Álvarez presentó varios audios y algunas intervenciones de amigas o conocidas de la denunciante. En su introducción, Álvarez finaliza con el anuncio de que se escucharán audios de una escena de sexo explícito, para saber “si es posible inferir si hay clima de violación o clima de sexo consensuado” en relación con la denuncia del 23 de enero. Luego de difundirlos y para su mejor comprensión, él repite sin inhibición las palabras tabú del sexo del audio, esas que son destinadas normalmente para la intimidad, pero que adquieren otro sentido, por haber cobrado estado público lo ocurrido, a causa no sólo de la denuncia, sino de muy difundidas descripciones como ‘violación en manada’ y ‘cultura de la violación’. Estas frases funcionan como persuasivas y potentes definiciones, y como tales aumentan al máximo la temperatura social, agitan las aguas de lo social hasta que se crea un clima de linchamiento de los violadores. Por eso, es difícil no estar de acuerdo con un comentario del periodista sobre la importancia de escuchar con gran atención ese material sonoro grabado por uno de los protagonistas de ese episodio: “acá es importante las palabras y las formas, los tonos.” Lo menciono por el más que curioso comportamiento que describo abajo de un panel de opinión que, para comentar la controvertida difusión de los audios, decide con unánime orgullo prescindir justamente de esa materialidad sonora, algo que de modo universal expresa estados de ánimo, actitudes hacia el otro en el orden de interacción, etc. 

La intervención periodística de Álvarez, más allá de que se lo juzgue como amarillismo, búsqueda de rating o investigación valiosa, opera como una disección, como un acto forense realizado, es cierto, desde el ámbito de la información mediática. Como tal ese acto informativo no tiene ningún valor legal o experto, pero sí ventila datos que, hasta que se pruebe lo contrario nos ofrecen una visión parcial, falible, pero real del lugar mismo de los hechos denunciados. Álvarez no le hace asco al tratamiento mediático de esos fragmentos de un encuentro cuyo carácter – consentido o violento – es precisamente lo que se trata de dilucidar. Alguien pensará que eso es la tarea exclusiva de la justicia. Y sin duda lo es, pero si antes de que empiece a actuar ese poder del Estado, ya tuvo lugar una conmoción de la sociedad que exige sangre y castigo de los culpables, por lo cual no quiere ni necesita saber más nada sobre el caso. Ya tiene a la víctima, y del otro lado, sabe con total seguridad que hay una manada que encarna la cultura  de la violación, ¿qué más se necesita para juzgar con implacable firmeza? Antes de la participación del perito semiólogo invitado, el conductor del programa aclara que lo escuchado y repetido por él son sólo “fragmentos”, por lo que obviamente “pueden haber ocurrido otras cosas” en el encuentro denunciado.  

Tras la difusión del material sonoro, Álvarez se refiere al dictamen que le transmitió de un psicólogo forense, en ausencia, y a la presencia en su programa de semiólogo perito inscrito en el sistema judicial. El primero, nos cuenta, le dijo que no podía salir públicamente a realizar esa clase pericia en un medio de comunicación. No obstante, sin nombrarlo, el periodista comunica su evaluación del material de audio. Él le dijo que el lenguaje corporal no indica una agresión – se nos aclara que este experto pudo ver también el material de un video. Pero el plato fuerte de esa mañana, además de los audios, es la intervención telefónica, desde España, del otro especialista, el semiólogo Washington Silveira Rodríguez, a quien el conductor presenta como “perito semiólogo del registro único de la Suprema Corte de Justicia”. Explica que él le envió ese material, y a continuación le pregunta si a partir de su escucha experta del material grabado, puede inferirse que hubo una violación grupal. Les anuncio que mi foco no estará principalmente en el dictamen que emite un perito semiólogo acostumbrado a trabajar para la justicia, sino en el peculiar modo en que éste lo hace, y que, considero, lo convierte en un inhábil declarante. Voy a presentar la modalidad en que hace su testimonio como una evidencia de que algo ominoso, muy temido se cierne sobre toda su intervención. Sé que es una curiosa opción, pero considero más relevante y revelador concentrarme en sus numerosos rodeos y en los extremos cuidados que este perito pone en atenuar lo dicho por él, que el contenido de su evaluación. Dicha evaluación, por otra parte, coincide en gran medida con la del anónimo psicólogo forense: en base a lo escuchado en los audios, ambos expertos concluyen que nada en ese material sonoro indicaría que hubo una violación de la mujer. 

Lo primero a destacar en el discurso del perito semiólogo es una cita culta, una referencia a un filósofo, que el experto empleará reiteradas veces: se trata de un conocido aforismo de Friedrich Nietzsche: “no existen los hechos, existen interpretaciones”. Pienso que él no busca así, como podría creerse, ostentar el lustre de la erudición, sino una protección para todo lo que dirá ese día. Se trata de una forma elegante de abrir el paraguas antes de la tormenta imaginada y tan temida. El recurso que Silveira Rodríguez  usa se conoce en lingüística como ‘hedge’, es decir, un cerco, resguardo o atenuación de lo que se afirma. Un típico ejemplo de cerco verbal ocurre cuando a una pregunta concreta, se responde así: “Bueno, yo no estoy nada seguro/no sé mucho sobre el tema/no me tomes al pie de la letra”, antes de enunciar lo que se afirma. Se envuelve así lo enunciado de cierta vaguedad o carácter difuso; lo que se busca es atenuar considerablemente el valor de verdad/falsedad, que normalmente es el efecto que produce afirmar algo. En los pocos minutos de su participación contabilicé un total de 16 atenuadores verbales, algunos de los cuales describo a continuación. ¿Por qué importa ese elemento discursivo que podría pensarse es tan solo su estilo o su idiosincrasia al hablar en un medio masivo? Porque entiendo que esa forma de expresarse pone en evidencia el palpable temor del perito semiólogo de incurrir en la ira de quienes proclaman ante la opinión pública, con apoyo masivo de los medios, la única definición válida de lo ocurrido, de la violación denunciada. El experto convocado teme oponerse con su evaluación a ‘la cultura de la violación’, que estaría tan notablemente ejemplificada por el incidente denunciado por la mujer una semana antes.

Tras negar la relevancia o incluso la existencia de los hechos, ya en el inicio de su intervención – algo por demás llamativo por provenir de quien debe analizarlos profesionalmente para la justicia – Silveira Rodríguez habla de una rama legal usada donde él reside actualmente, la llamada “probática en España no es sólo verificar los hechos, sino que las pruebas cumplen con requisitos epistemológicos para decir que se ha probado lo que se dice haber probado”. Y cierra esa intervención con la frase: “Esta es la primera aclaración que quería hacer”. Cada ‘aclaración’ explícita o tácita suya es un cerco verbal atenuador de lo que él afirma, un desesperado intento de envolver de vaguedad lo que evalúa y juzga sobre esos explosivos audios. Pienso en lo difícil que debe ser para él no considerarlos como hechos, no asumir que son elementos dotados de la dura insistencia de todo lo que existe, pero que, según explicó al principio el semiólogo con su cita filosófica, quedarían irremediablemente disueltos en una infinidad de interpretaciones. De ser cierto lo que él sostuvo, poco o nada importaría su experiencia, su competencia profesional, a causa de la preocupante anemia que aquejaría a lo fáctico frente al avance desenfrenado e inflacionario de lo interpretativo, de lo que a cada uno se le antoje entender sobre algo del mundo, como el episodio de violencia denunciado por el cual se lo ha llamado. A más frecuente uso de ese recurso atenuador, mayor se vuelve la contradicción en que este perito semiólogo incurre. Por ejemplo, él reitera la frase del filósofo alemán que atenta contra el peso innegable de los hechos, para acto seguido afirmar: 

“Pero para que haya interpretaciones tiene que haber significaciones, y tiene que haber un proceso a través de los inputs, las percepciones que tenemos a través de los audios, para determinar qué significan en definitiva estas escenas, que, quiero subrayar, son escenas fragmentarias  de lo que fue el episodio desde que comienza hasta que termina…”

Así llega su tercer atenuador favorito y reiterado: señalar una y otra vez el carácter fragmentario de la evidencia, algo que el periodista ya había mencionado antes. Los audios difundidos por Álvarez ese día sólo registraron un brevísimo lapso de una interacción que, natural y obviamente, debe haber tenido una duración mucho mayor. Tras “subrayar (que) son “escenas fragmentarias”, el perito siente la necesidad de acotar enfática y redundantemente: “Esto es una muestra, ¿no? ¡No es la totalidad!” Cito algunos de los muchos cercos o atenuadores verbales a los que recurre el perito semiólogo: “No sé lo que pudo haber pasado antes o después”; “yo me voy a referir a esa parte, no a la totalidad de lo que pudo haber sido toda la secuencia”; “estamos siempre infiriendo, ¿no?” 

Vale la pena detenerse en una de las numerosas tentativas de amortiguar o atenuar lo dicho, porque ésta entra en flagrante contradicción con la muletilla filosófica y ajena a ese contexto, la que alude a hechos inexistentes porque ellos naufragarían en un mar indómito de interpretaciones. Cuando el perito comenta la frase en que la mujer reclama que ella había aceptado un trío, pero no más participantes sexuales, el especialista exclama: “¡No hace falta ser semiólogo ni psicólogo para hacer algunas inferencias, ¿no? ¡De coparticipación y acuerdo!” Así se vuelve cada vez más incómoda e incongruente la reiterada e inútil cita del aforismo de Nietzsche, que niega la incidencia del hecho a favor de la pura elucubración o entendimiento, es decir, que deja lo existente librado a la más absoluta e irrestricta permisividad de lo que cada uno quiera entender, sin que haya límite alguno impuesto por la dura resistencia de lo real. Eso ocurre justo después de que Ignacio Álvarez menciona las risas, el chiste de la mujer sobre el  trato más “gentil” que recibe su cuerpo en manos de su ginecóloga que de uno de los participantes de ese encuentro sexual.

Ante la insistencia del periodista a que él se pronuncie sobre el momento en que la mujer alude de modo no angustiado al trío sexual acordado, no le queda más remedio al experto invitado que emitir su juicio sobre ese audio, y esta vez lo hace sin recurrir a cercos verbales atenuadores que difuminen y aminoren lo afirmado por él:

“Claro, si vamos al timbre, al tono, a la intensidad, a lo que se llama comunicación paraverbal o  paralingüística, no hay signos identificables en este tramo del análisis que sean asociables con una resistencia o una posición clara de la posibilidad de que en vez de tres sean cuatro.” 

Cada elemento mencionado en la respuesta del perito de la Suprema Corte de Justicia es un hecho, algo tan contundente, sólido, palpable, medible y reproducible como una huella dactilar, o el impacto de un proyectil en una puerta. También es de carácter fáctico la edad de los hombres denunciados – entre 17 y 19 años, que menciona el experto – nada hay interpretable en este dato biográfico – cuando procede a comentar su relativa inmadurez psicológica. Tan potente es la proclividad al uso de cercos atenuadores que esa actitud llega incluso a contagiar  al periodista. Cuando Álvarez menciona la probable reacción hostil de “las feministas” ante el dictamen del experto invitado, éste le habla de la existencia de diferentes “olas de feministas”, y aclara que él está de acuerdo “con la segunda pero con la tercera tal vez no” – no puedo no observar el empleo de otro sofisticado cerco verbal en su aclaración. A continuación, el conductor exclama dos veces de modo enfático y obviamente defensivo: “¡Yo me considero feminista!”

Para cerrar mi análisis de ese polémico programa emitido el 01 de febrero de 2022 en una emisora radial, tras una semana de la gran conmoción provocada por ese caso a través de los medios masivos, acompañada, por supuesto, de la repercusión en eco de las redes sociales, voy a remitirme al final de la participación de W. Silveira Rodríguez, el perito semiólogo, ya que reincide una última vez en el uso del cerco verbal principal, el que lo coloca al amparo del aforismo del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Así el experto procede alegremente a cancelar eso que él vino a hacer al programa, a saber, la evaluación de modo objetivo de la evidencia disponible, de los hechos que fueron registrados en audios y en video, durante el encuentro denunciado por la mujer el 23 de enero de 2022. Para despedirse, Silveira Rodríguez invoca la frase más reiterada de su exposición sobre esa curiosa nube de incertidumbre enorme y disolvente que envolvería a todo hecho: “pero la realidad se conoce a través de modelos interpretativos, vuelvo al principio, lo de Nietzsche, no existen hechos existen interpretaciones y existen significados posibles.” 

Ese es el decimosexto cerco verbal que utilizó el perito esa mañana. Él busca salvarse así de las consecuencia de todo lo afirmado hasta ese momento, obviamente en base a su consideración e interpretación de hechos duros como piedra. Pero quiero destacar que no se trató de apenas una interpretación de lo ocurrido, sino del peritaje experto de un material empírico que, razonablemente, debería tener alguna importancia para la comprensión pública del caso conmocionante. Antes de irse, como si fuera una ocurrencia casual, el experto se refiere al “problema de la presión social, lobbies, y la incidencia que tienen los modelos de dominación hegemónica para definir ciertos aspectos de la realidad social que uno vive.” Aunque no la menciona, lo que sería un cerco por omisión, a través de esa genérica alusión – “lobbies” – infiero la incidencia de actos públicos e impactantes, como la multitudinaria marcha de “mujeres y disidencias” del día 28 de enero, la expresión política del repudio a “la cultura de la violación”, que recibió una gran cobertura de los medios masivos. 

El modo vago en que el perito se refiere a la concreta y muy mediatizada demostración de organizaciones feministas es un ejemplo más de su forma de expresarse a lo largo de toda su participación en el programa de I. Álvarez. Ese testimonio tan atenuado y amortiguado en cuanto afirmación experta sobre la evidencia escuchada por los oyentes aspira a evitar el ataque feroz de las fuerzas discursivas de la sociedad que enarbolan la definición ‘cultura de la violación’. Ese grupo de presión repudia la intrusión de este molesto ratón de lo real, de los hechos obcecados que siguen allí, no para hacer jurisprudencia y dar por cerrado el caso, sino para aportar la vital complejidad de la realidad que siempre pone a prueba hasta “las mejores definiciones posibles” (Peirce). Esto ocurre a causa de la presencia inocultable por insistente de “un objeto del pensamiento (que) es suficientemente obstinado para permitirnos decir, esto no tiene estas características, pero tiene estas otras” (Peirce). Me alejo ahora de esta pecera en la que irrumpió el irritante roedor de lo real, para navegar por un intachable espacio radial y periodístico cuyo tratamiento de esta polémica difusión radial es bizarro, inesperado, y anómalo. Lo considero otra irrupción de lo real, de eso que viene a incomodar profunda y visiblemente la mayoritaria definición de lo acaecido esa madrugada de enero, según lo denunciado. 

Voto Solemne de Sordera y Libertad Irresponsable en una mesa de opinadores

En esta sección, me ocupo de analizar una más que curiosa aproximación a la discusión de los audios emitidos radialmente por Ignacio Álvarez en La Pecera. Para quien no tiene tiempo de leer largo, resumo la sorpresa no menor que me deparó la escucha de la Tertulia del jueves 03 de febrero conducida por Emiliano Cotelo, en su programa En Perspectiva. Al emprender su tarea opinadora, tres de los cuatro tertulianos manifiestan de modo claro, diría incluso jactancioso, no haber oído los audios que debían escuchar, y que sin duda la producción de ese programa les envió oportunamente. El cuarto tertuliano del día calla y otorga: él nada dice sobre haber optado con orgullo por un voto de sordera como manifestación de su libre albedrío, como sí lo hicieron quienes lo antecedieron, pero tampoco menciona nada en absoluto con respecto a lo cualquiera pudo oír de esa emisión radial del martes 01.02.22. Aún más curioso es el hecho de que quien tiene a cargo la organización y presentación de estos opinadores habituales no comenta en ningún momento lo peculiar, incluso lo aberrante de esa decisión libre y unánime, a saber, el que los cuatro protagonistas de la Tertulia proceden a emitir duros juicios condenatorios de ese acto periodístico sin haber realizado esa tarea previa y necesaria, para estar en condiciones de juzgar. Para ser coherentes, ellos deberían haber renunciado a esa práctica opinadora, precisamente por no haber cumplido el deber básico de quien ejerce la función de phrónimos mediático, del ciudadano prudente, al decir de Aristóteles, de ese que es capaz de hablar con equilibrada e informada sensatez sobre un asunto. 

Antes de entrar a describir en cierto detalle que justifique empíricamente lo que sostengo, mi explicación de lo ocurrido es que hubo ese día un curioso acto colectivo de autocancelamiento, que configura un paso más allá de la táctica amortiguadora de los cercos verbales (hedges), esos que usó de modo notorio el perito semiólogo convocado por Álvarez. Se sacrifican estoica e imprudentemente estos prudentes profesionales en el altar de la corrección y de la adhesión a la potente e intimidadora definición reinante sobre el delito denunciado, a ‘la cultura de la violación’ que no debe ser cuestionada. Ellos deben haber sentido – e incluso acordado, pero eso no es relevante – que entrar en el tema a fondo, que incursionar en lo real y atender a ese molesto ratón materializado en los audios difundidos hubiera sido visto como un temerario desafío a esa definición. Nada importa que el hacerlo tuviera como fin avanzar hacia la verdad, hacia el conocimiento cabal de la realidad de lo ocurrido. Vamos a los hechos, o mejor sería decir, a la omisión reiterada y respaldada del primer deber oficial tertuliano: conocer todo lo razonablemente posible los hechos, antes de lanzarse a opinar como ellos lo hicieron, con la evidente aprobación del conductor, quien en ningún momento manifestó extrañeza alguna, y menos aún les reprochó la orgullosamente declarada falta de preparación para ese tema. 

El primero en intervenir lo hace desde el estudio de esa radio, es un sociólogo, según lo identifica el zócalo en la emisión simultánea del programa por YouTube. Martín Couto procede a atentar brutalmente contra la profesión con que lo caracteriza ese espacio radial, porque él anuncia no una sino dos veces durante su primera intervención que hizo un Voto Solemne de Sordera en relación a los audios difundidos por Ignacio Álvarez: 

“Yo no los escuché, leí alguna transcripción. ¡No niega nada! ¡Qué mal se entiende el consentimiento!”; “Yo los audios no los escuché por opción, usé mi libertad para no escucharlos. Álvarez usó su libertad para pasarlos.” 

En esa llamativa reiteración de la omisión del deber tertuliano, percibo un énfasis extremo, un tono de visible orgullo y jactancia, que se reiterará en los otros. Pero no puedo menos que coincidir con este tertuliano sobre lo mal que se entiende el consentimiento, porque para entender ese acto de enorme importancia al discutir sobre una denuncia de violación, Couto debió antes escuchar no una sino varias veces la grabación difundida por aquel periodista. Quizás el sociólogo se refiere así a lo que entiende Juan Pueblo, al vox populi que conforman las personas comunes, esas que se rebajaron a la indigna tarea de adentrarse en el barro sonoro de los audios, para saber más, para entender mejor qué fue lo que ocurrió realmente en un lugar y tiempo compartido por sólo cinco personas, en la madrugada del domingo 23 de enero. 

Antes de esa inesperada declaración de omisión voluntaria del deber tertuliano, este participante hace una breve introducción que constituye un cerco verbal. Couto dice que es raro para él hablar desde un programa de radio sobre otro programa radial, pero que lo hará de todos modos. El efecto buscado es análogo a poner lo que se escribe en otra tipografía, itálica digamos, para subrayar así lo anómalo de la situación que, tal vez en su visión, justificaría su insólita omisión. Acto seguido, para hacer su primer declaración de auto-inhibición empírica, él incurre en una notoria contradicción, rayana en lo absurdo: 

“¡Después de esta nefasta difusión de audios que yo no los (sic) escuché, leí alguna transcripción y de lo que leí, me parece que no niega nada! Y que no hay ningún elemento para pensar que hay consentimiento a partir de esos audios, y también me lleva a pensar, a partir de esos audios qué mal que se entiende el consentimiento, si alguien piensa que con lo que se escucha ahí, hay una mujer que consiente en lo que pasó.”

Me pregunto cómo un sociólogo puede saber sin haber escuchado atentamente los audios que este material “no niega nada”, y luego al aludir a ellos por segunda vez, cómo puede él afirmar de ese modo tan rotundo que los audios que él no escuchó a mucha honra no contienen elementos de consentimiento de la denunciante. La actitud es análoga a comentar con gran aplomo una película cuyo guión se ha leído, pero que no se ha visto. En el programa de Álvarez, ambos peritos aseguran que los elementos paraverbales – intensidad, tono, volumen, ritmo, etc. – son fundamentales para evaluar a partir de la escucha, si hubo o no hubo una brutal agresión sexual. Agrego que la defensa que hace Couto de la definición vigente sobre este caso – ‘cultura de la violación’ – para ponerla a salvo de la incómoda intromisión de lo real es explícita; él dice que “es histórico, es permanente” el acto de culpar a la mujer que denuncia una violación. Justamente, lo que busca la difusión periodística de esos audios es generar a partir de un hecho constatable, que es parte de un acontecimiento hasta que se diga lo contrario, dudas que complejicen el caso. Esa es precisamente la tensión a la que aluden las citas de Peirce en el inicio de mi texto: todos los seres humanos buscamos llegar a la tranquilizante creencia que nos permite descansar de la búsqueda, pero no podemos, no es lícito, negar la irritación de la duda que produce la llegada abrupta de un elemento real, de algo que nos obliga a emprender nuevamente la marcha en pos de otra creencia más ajustada a la realidad. 

Más adelante, como cierre de su primera intervención, este investigador de la realidad social dirá algo aún más extraño, al afirmar que “los cuerpos de las mujeres no son pruebas, son personas, son mujeres víctimas denunciantes”. Tal pronunciamiento no hace el menor sentido en ese contexto, ya que no se trata aquí de atentar contra la humanidad o dignidad de la mujer, sino de buscar las posibles evidencias que el cuerpo de esa mujer que denunció una violación colectiva puede aportar con respecto al acto de violencia máxima y repudiable que ella llevó a la juticia. De lo contrario, si seguimos ese insólito razonamiento, habría que atenerse apenas a lo declarado, a lo dicho por esa persona. Me viene a la mente el muy reciente caso de un joven de 18 años que declara haber sido apaleado y atropellado en Punta del Este. Sensatamente, luego de la golpiza, su padre lo llevó al sanatorio, para que se constatase en su cuerpo las heridas del brutal e injusto ataque sufrido. Hombre y mujer son seres materiales, físicos, y en casos de sufrir violencia, sus cuerpos exhiben indicios reveladores de lo ocurrido con igual o incluso mayor confiabilidad que su testimonio para el funcionamiento de la justicia. 

Desde su rol de árbitro-conductor de la palabra tertuliana, el periodista E. Cotelo dice algo curioso al comentar ese primer comentario: “Esta conversación podría ser muy larga, hay que incorporar todos los elementos posibles” Me pregunto, por qué en lugar de ese lugar común e inútil, él no manifestó extrañeza ante la extraña decisión del contertulio de no oír lo que él debía oír, si quería opinar con propiedad. Habló sí, mucho, pero sin pertinencia  alguna, a raíz de su propia confesión de haberse rehusado con orgullo a escuchar lo que debía oír no sólo una vez, sino varias veces, para luego sí poder opinar, como lo hizo el periodista acusado de haber transgredido la ley de violencia de género con su difusión radial de esa evidencia parcial. Luego sí cumple un rol necesario Cotelo, cuando él traslada a ese ámbito tan opinador y poco empírico, lo que anunció I. Álvarez como su propósito o voluntad al publicar ese material sonoro. Sobre todo me interesa una de las frases que él cita: “quizás los acusados puedan ser las víctimas de un linchamiento sumario.” Al oírlo, Couto ratifica su rol de juez moral por encima no sé si del bien y del mal, pero seguro de la evidencia: “¡Un espanto!” Luego el sociólogo concluye su intervención con una profecía: eso le pesará en la conciencia del periodista Álvarez, porque él buscó “obtener rating a costa de revictimizar a una víctima”.

No me sorprende que el segundo en opinar, Daniel Supervielle, use al inicio un cerco verbal para atenuar lo dicho: “Y tuve que profundizar en un montón de situaciones que tal vez por ser hombre no veo!” Esa confesión de culpabilidad a priori, previa, debe ser sentida como necesaria por el participante, para de ese modo ponerse del lado de los buenos y justos, para adherir a la definición que subyace todas las intervenciones de ese día. Luego, llega una gratuita verdad de Perogrullo, cuando él reclama algo obvio: “Y dejar a la justicia trabajar, porque al final es la justicia la que va a dictaminar si la violaron o no la violaron”. Despachados esos atenuadores, Supervielle se atreve a decir algo ni obvio ni confesional, él habla sobre los audios emitidos y sobre el “derecho de las personas a que se les plante la duda,” lo que al menos remite a la intención manifiesta por el conductor del programa La Pecera. Satisfecho con ese roce con lo real, prosigue con un lugar común que lo es tanto que merecería el rótulo de hipercomún: Supervielle se refiere negativamente a las redes sociales que “en seguida juzgan sin ser justicia” Parece al menos ingenuo afirmar eso, cuando se está ante un caso conmocionante, y hacerlo muy pocos días después de que ocurriera una marcha multitudinaria “de mujeres y disidencias” que fue muy publicitada y auspiciada por todos los medios radiales, televisivos y portales noticiosos de internet, el día 28 de enero, cuando la Fiscalía divulgó la falsa negativa de los acusados a dar su ADN para la prueba. ¿Por qué acusar al eslabón más débil y banal de la comunicación no masiva, si hasta el presidente de la república se pronunció el martes 25.01.22 de modo rotundo y condenatorio (“debería ser contundente la pena, la sanción ejemplarizante”), aportando así su pequeña brasa a la magna hoguera de la voz del pueblo, voz divina? Extraña esa actitud que demoniza el movimiento opinador en las redes, cuando éste no hace más que se hacerse eco de lo que le llega de los grandes medios de comunicación, como lo comprobamos con las poderosas ondas expansivas generadas por la emisión radial de La Pecera del día 01.02.22. 

Ya está todo pronto para que ocurra el segundo Voto Solemne de Sordera del día, y que Supervielle introduce tras recurrir a un cerco verbal: “Y en todo ese embrollo estamos nosotros.” Tras una muy breve pausa, él procede a autocancelarse: “Yo los audios no los escuché”. Imagino sentir un suspiro de alivio del primer opinador; él debe haber pensado, qué alivio, éste es de los míos, de la banda que hizo voto de sordera preventiva y que apeló al protocolo moral de no manchar sus impolutos órganos auditivos con esa contaminante basura sonora. Cualquier analista de los medios esperaría la sorpresa de rigor que debería manifestar el conductor en tanto periodista que busca la verdad, que ama el rigor de la información. Ahora se debería oír una declaración como ésta: Pero cómo, si no los escuchaste, qué fue todo eso de la conciencia profunda, y la tentativa de salir del “embrollo” generado por la difusión de algo que empieza a parecerse a la imagen de una deidad iconoclasta, que está rigurosamente prohibida a los sentidos so pena de un tremendo castigo. 

Y como le parece insuficiente su declaración, Supervielle agrega algo importante para este análisis, casi un don diría: “Por opción, o sea usé mi libertad para no escucharlos” Considero esa tesitura un caso del ejercicio de la ‘libertad irresponsable’, porque en su nombre, alguien se dedica a discutir sobre algo que, nos advierte, no conoce, no ha escuchado, que es naturalmente el destino de los signos sonoros de los audios difundidos antes de esa tertulia. Acto seguido, el segundo tertuliano plantea una supuesta equivalencia ética que no es tal, que es implausible, incluso ilógica: “Y Nacho (Álvarez) usó su libertad para promocionarlos.” Antes de enunciar el verbo final de su frase, creo percibir una pequeñísima pausa, como si este participante dudara sobre la corrección del término elegido, y anticipase una equivocada opción léxica. ¿Por qué él no dijo lo natural, por defecto sobre el acto de Álvarez, a saber, ‘para difundirlos’ o ‘para compartirlos con su audiencia’? No, Supervielle eligió el signo que asociamos con rating, con la mercadotecnia; de modo implícito, sugirió que ese periodista no piensa más que en el lucro, que Álvarez sólo quiso comercializar esa primicia, ganar prestigio a costa de la miseria humana, de lo más sórdido de nuestra condición. Luego, como si cayera en la cuenta de lo que dijo agregó, “difundirlos en su emisora”. 

La introducción de la próxima intervención de Cotelo es aún más decepcionante, porque fiel a su omisión de comentario sobre las flagrantes omisiones, él se limita a destacar que “vamos a escuchar a la abogada, supongo que esa formación va a incidir en su intervención”. De nuevo, se comete una falta en relación al oficio desempeñado, Cecilia Eguiluz se aparta radicalmente de lo esperable de alguien de su profesión, que, imagino, involucra el minucioso estudio de los hechos, para luego aplicar del mejor modo el cuerpo legal  vigente en el que se apoya la abogacía. Ella inaugura su opinión mediante la proclama del Voto de Solemne Sordera: “Yo primero que todo quiero decir que tampoco miré, no escuché los audios, no miré el programa”. Y como si la abogada sintiera que esa declaración no alcanzó, agrega con enfática seriedad: “¡Y también fue por opción!”. Tal vez, el lector piense que esta tertuliana lo aclaró, para que los oyentes/ televidentes de esta radio visual en internet, no creyeran que su falta al deber básico fue por pereza, por falta de seriedad o por un déficit ético. 

Todo indica la existencia de una visible y audible premura en exonerarse de la sospecha de haber incurrido en ese acto pecaminoso, culpable de oír eso que deberían haber oído con sumo cuidado, para poder opinar con alguna validez o propiedad. No alcanza el haber leído la transcripción, como mencionó Couto, no sólo por lo explicado por los dos expertos convocados por Álvarez, sino por el simple sentido común. Luego, en franca contradicción con lo que ella misma declaró antes sobre su conducta correcta, la abogada agrega: “En realidad este tema (pausa) no en particular, en general, debe ser hablado permanentemente en los medios de comunicación como lo estamos haciendo ahora.” Se congregan varias notables inconsistencias en apenas una sola frase: si justamente de lo que se acusó al periodista Álvarez es de haber hablado con base a la evidencia – fragmentaria, pero salvo que se la descubra falsa, válida – del caso, y por ese motivo le cayó toda la estantería jurídica y mediática encima. 

Personalmente, y de todo corazón, espero que el deseo de la Dra. Eguiluz no se haga realidad. Si se hablara de modo permanente en los medios del modo en que hasta ahora los tres opinadores de la Tertulia radial lo hicieron, eso afianzaría una cultura de la cancelación, de la autocensura, de la inhibición indebida e inexplicable de lo que se debe tener presente, para poder opinar con el mínimo rigor y autoridad, la que nos da el apoyarnos en lo real, en los hechos, en la evidencia disponible. Si no permitimos que el incómodo, irritante ratón de la experiencia (Peirce) atraviese la barrera protectora de la generalidad, de la interpretación y/o definición mayoritaria o dominante que aceptamos hasta ese momento como la verdad sobre lo que ocurre en el mundo, nunca podríamos acceder a la verdad, aún si esa travesía es siempre incompleta y falible. ¿Cómo podrían ser modelos éticos de conducta personas que en uso de su juicio y libre albedrío hicieron la opción radicalmente equivocada y contradictoria de no usar sus sentidos para observar con el mayor cuidado posible el objeto en discusión – no sólo la acusación o denuncia, sino aquello que parece sino contradecirla, al menos contrariarla en alguna medida.

No deja de asombrarme que no se tiente el conductor de En Perspectiva a hacer el papel de abogado del diablo. ¿Porqué no les dice a los tres solemnes sordos voluntarios y orgullosos de serlo que algún oyente y/o espectador podría reprocharles que ellos han decidido hacer uso de su libertad (ir)responsable, cuando optaron irracionalmente por no oír los audios que luego comentaron de modo contundente. Pero eso no ocurre; en uso de su discrecional poder periodístico, el periodista calla lo que no podría haber sido silenciado: el estupor ante tertulianos que tertulian sin contar con la base mínima y necesaria para hacerlo, a saber, la escucha atenta de los audios en cuestión. 

En un acto involuntario e irónico, la abogada del grupo habla de la necesidad de hablar en el seno familiar de cosas que, sino lo hacemos, “hay un montón de elementos que existen en la vida real, pero que si no se hablan parece que no se ven, no existen”, y gesticula con vigor mientras lo dice. Lo que sigue es de una previsibilidad tal que no puedo no imaginar la euforia de los auspiciantes, de quienes dieron la mayor difusión a la marcha de las mujeres, a la versión de fiscalía sobre el rehusarse a dar el ADN de los acusados. Eguiluz nos recuerda las violaciones de la población trans, “que es parte de esta discusión también”. Preveo que en cualquier instante se hablará de “la cultura de la violación”. De esa manera, los tertulianos se alejan a toda velocidad de ese rincón sórdido pero real de la vida, cuyos fragmentos irradió Álvarez en su espacio radial, para navegar con placidez a bordo de esa tendencia interpretativa que entiende que todo miembro del género masculino, con la edad y fuerza suficiente, es un miembro honorario del clan violador Así se lo hicieron saber algunas voces del feminismo militante al menos, al Presidente de la República. Esa fue su reacción de repudio al intento frustrado de Lacalle Pou de unirse a los auspiciadores del linchamiento de la manada violadora del Cordón. Curiosamente, no se menciona, en ningún momento en la tertulia del jueves 03 de febrero,  a la multitud de protagonistas de esa “marcha de mujeres y disidentes” del 28.01.2022, que tuvieron mucho tiempo de cámara y de micrófono, y que supieron aprovechar para promover la definición única y válida en todo el territorio, a saber, ‘la cultura de la violación’. 

Tras esta tercera intervención omisa de lo fundamental, y aparentemente sin tener conciencia alguna de ese ingrediente que brilla de modo enceguedor por su ausencia en la Tertulia, se maravilla el periodista Cotelo de “todo lo que se ha dicho” en apenas tres intervenciones – sin nunca hacer referencia alguna al contenido de los audios, sin mención alguna de la marcha contra la cultura de la violación, y sin aludir a la falsa información de Fiscalía sobre la negativa a dar sus ADN de los acusados. 

El cuarto y último opinador, el economista Santiago Soto empieza del modo más tranquilizador y previsible posible: él se pregunta retóricamente por qué estos casos de violencia extrema contra mujeres no se denuncian, y él mismo responde que “es por situaciones como las que se generan cuando se filtran estos audios e imágenes”. En otras palabras, en todo esto el gran culpable es quien difundió los audios, el periodista Ignacio Álvarez, quien de ese modo aumentó el martirio de la mujer violada. Este economista dice que no quiere repetir lo ya dicho por sus colegas, y tal vez sea por eso que él no proclama su Voto de Solemne Sordera, ese que no permitió que los estigmatizantes audios invadieran sus oídos impolutos. Este tertuliano continua en el camino de la acusación al periodista, y para tal fin, procede a leer el Art. 92 de la Ley 19580, mientras que en YouTube se la puede ver expuesta en la pantalla. En esa ley, se describe la pena que recibirá quien divulgue esta clase de información íntima sin el permiso de los involucrados en la misma. Aunque su campo no es el jurídico, este cuarto miembro de la Tertulia afirma poseer un firme conocimiento de que estuvo en el espíritu del legislador prever y sancionar este tipo de ocurrencia. No menciona, por ejemplo, el muy frecuente acto de porno-venganza, que es tan conocido hoy en todo el mundo, ese que ocurre cuando una persona quiere perjudicar a otra con la que ya no está vinculado afectivamente, y divulga en las redes un video sexual, con el objetivo de arruinar su reputación. Trae además a colación a otro culpable de esa actitud liberal que es Gerardo Sotelo, el director de Medios Públicos, quien envió un tuit sobre la libertad de expresión, y que apoyó la actitud de difundir los audios que tomó I. Álvarez. Supongo que con el cuarto y último tertuliano se aplica el proverbial dicho ‘quien calla otorga’; el economista tampoco se dignó a escuchar los audios. Aunque no lo diga de modo explícito, Soto no menciona su contenido en ningún momento, lo que supone una entusiasta adhesión a la llamativa omisión de los otros.   

Así transcurren los primeros 22 minutos, sin que nada se diga sobre lo que debían haber hablado; se trata de una curiosa muestra de la libertad irresponsable de estos opinadores públicos. Como digno remate de la autocancelación, Soto afirma algo temerario en una democracia. Supongo que así él trata de compensar su no declaración de sordera voluntaria: 

“¡No deberíamos estar dando esta discusión en estos términos! La estamos dando por una conducta absolutamente irresponsable, quizás ilegal de un comunicador que además es de una nueva modalidad que está de moda en el mundo, que es el ‘periodismo militante’.”

Cabe destacar que cuando describe el estilo de trabajo del comunicador Álvarez, este tertuliano hace una mueca de completo disgusto, como si lo forzaran de pronto a escuchar esos audios tan prohibidos y repugnantes. Ya sabemos entonces qué es lo peor: los no escuchados audios, que atentan contra su ética, y la persona responsable de difundirlos por la radio. El economista es muy claro: lo mejor para entender lo que ocurrió en ese caso conmocionante sería no hablar nada, ignorar ese golpe de lo real que hizo trastabillar la definición impuesta por los medios y por los movimientos sociales, para establecer con firmeza y mucho antes del juicio la absoluta culpabilidad de los denunciados. Podemos pensar que el que calla ensordece, aunque este tertuliano no hizo ostentación de su sordera selectiva; Soto también se privó con entusiasmo y orgullo de oír eso, lo que los otros tres hicieron gala de comunicar como lo no-oído por ellos, pero muy bien conocido y entendido, no se sabe cómo. 

Como si se sacudiera la modorra profesional, Cotelo interviene entonces, y dice lo obvio pero callado y deformado por el que recién intervino: la norma legal en cuestión fue hecha para impedir otra clase de acto delictivo: “por un enfrentamiento en una pareja, una de las partes difunde” videos íntimos. Cierto pero evidente, tanto como el hecho de que los cuatro deberían haber oído los audios y comentado sobre eso que oyeron, con entera libertad para decir luego lo que se les antojase. Pero, evidentemente, ellos se auto-percibieron como incapaces de sufrir esa victimización auditiva, pero a pesar de esa falta, capaces para evaluar y juzgar ese episodio mediático, ideológico, jurídico y político.

Signos de la interminable batalla entre la definición y lo real: la libertad amenazada

En el final, quiero regresar a Peirce, a su reflexión sobre lo general siempre en productiva tensión con lo empírico, con todo lo que nos llega sin cesar a través de la experiencia: 

“La maquinaria de la mente sólo puede transformar el conocimiento, pero nunca originarlo, a menos que sea alimentada con los hechos de la observación. Nada nuevo puede nunca ser aprendido analizando definiciones.” (CP 5.392) 

Concluyo con la constatación de que hay un notable auspicio, un potente padrinazgo de esta denuncia y acusación, más allá de que a la postre se pruebe que los acusados fueron en efecto culpables o lo contrario, que son inocentes. En ese contexto, es que debe observarse el incidente de la grabación de ese momento, aún si muy parcial, porque ésta llega para romper, para agujerear una densa trama social, mediática y política de linchamiento, que contaba incluso con la bendición laica del primer mandatario de la democracia. ¿En qué consiste un auspicio? Siempre imaginamos una operación comercial, como una marca de refresco o de calzado deportivo que invierte mucho dinero para solventar un evento multitudinario, como un espectáculo musical o una competencia atlética y así imponer su identidad en la sociedad. Pero también vale la pena pensar en el auspicio bajo la forma del apoyo fuerte, masivo y vocinglero que tuvo la denuncia de haber sido violada en grupo hecha por la mujer, el 23 de enero de 2022.

Cabe preguntarse entonces, ¿qué es exactamente lo auspiciado por los medios masivos y por los poderes que son – no siendo las redes sociales más que un eco confuso de esas voces autorizadas? El lema o eslogan ‘la cultura de la violación’, ese es el molde de pensamiento o la ideología auspiciad desde el inicio, incluyendo la declaración que se probó falsa de la justicia sobre la supuesta negativa de los acusados a que se extrajese su ADN. De haber sido cierta, esa actitud podía funcionar como una casi admisión de culpabilidad. La definición que goza de ese poderoso auspicio dice que todos los hombres por serlo serían violadores en potencia, y los que no actúan como cómplices o incluso entusiastas adherentes de los primeros, que serían admirables figuras osadas, porque se atreverían a llevar a cabo lo que el género entero desea. Para apoyar la verosimilitud de esa frase-fuerza o eslogan es que pusieron todo de sí las organizaciones civiles que acudieron a la marcha del 28.01.22, y los medios masivos que les brindaron su franco y entusiasta apoyo, dándole mucha cámara y mucho micrófono. También la difundida acusación al presidente de la república, que con su declaración del 25 de enero procuró ubicarse del lado del bien, que intentó ser uno más de los auspiciantes poderosos contra la violación en manada. Ese es el otro signo fuerte que se buscó auspiciar como pilar de esa cultura que sería tan banal y extendida, según los portavoces del linchamiento mediático-político, al que, repito las redes sociales no hacen más que apoyar como hinchada.

Para entender un poco más qué es lo auspiciado por las fuerzas sociales conjuntas, me remito a un extenso artículo de prensa sobre esa definición que se publicó en pleno fervor feminista de fines de enero de 2022. Al igual que hizo Álvarez, la nota de La Diaria convoca a dos especialistas en el tema, una de ellas, Victoria Marichal, es “psicóloga feminista especializada en sexualidad y violencia sexual”, y ella declara lo siguiente:

“la cultura de la violación genera una “naturalización” de la violencia sexual, por lo que muchas veces la reacción ante estos episodios es que “no es tan grave” o “es algo que suele pasar” (…) No sé cuál es la necesidad que tenemos de estar haciendo preguntas todo el tiempo: qué pasó, por qué no te fuiste, por qué dejaste que esta persona entre a tu casa. Hay que eliminar el ‘por qué’ de raíz, porque es un cuestionamiento y los cuestionamientos tendrían que estar solamente dirigidos hacia el agresor.” 

Y en eso consistió precisamente la transgresión en la que incurrió el periodista Ignacio Álvarez cuando difundió algunos audios que conducen fatalmente a pensar en ese incómodo ‘por qué’ tan objetado por esta especialista feminista. Según la experta, no habría que preguntar nada sobre los motivos que podrían haber tenido alguna incidencia en un episodio de denuncia de violación como el discutido aquí. No haría falta hacerlo, no se debería cuestionar nada a una denunciante en estos casos, y menos aún cuando la violación que denunció fue grupal. Recordemos que el signo de la manada violadora proviene de un publicitado caso que ocurrió en Pamplona en 2016, cuando un grupo de cinco hombres que tenía esa designación en Whatsapp fue acusado de violar a una mujer. Ellos fueron juzgados y condenados, en dos instancias. Contar con ese antecedente es un elemento clave para reforzar la definición que se encuentra en el núcleo de este movimiento social, de la ideología que consideró culpables sin remedio ni juicio previo a los hombres denunciados el 03 de enero de 2022, en Uruguay. 

Las cinco personas que participaron en la tertulia analizada (En Perspectiva, 03.02.22) sacrificaron su prestigio y su buen nombre en aras de favorecer, de auspiciar desde su posición mediática, la definición auspiciada por todos los poderosos medios masivos y por la política feminista. Todos los tertulianos, de modos diversos pero convergentes, fueron los vehementes enunciadores de un manifiesto que me gustaría denominar el Voto de Sordera Solemne. El periodista-conductor y sus opinadores habituales coincidieron llamativamente en exhibir una total indiferencia por ese irritante detalle de lo real. Los cinco desdeñaron ostensiblemente hablar del contenido de los audios, que sólo llegaron para ensuciar la cancha tan límpida. Si lo hicieron privadamente, eso no importa, su postura pública fue declarar lo contrario. Ese fue su sentido homenaje a un espacio ciudadano pletórico de pancartas, de banderas, y de toda clase de prendas color violeta reunidas para promulgar a voz en cuello, la vigencia indiscutible de la cultura de la violación en todo el territorio nacional. Esa definición asume la culpabilidad previa de todo varón, por ser parte del patriarcado, y por ser pasible de participar en la horrible violación en manada. Evidentemente, para brindar el mayor auspicio posible a ese mar violeta, bien valía bien la pena rehusarse a cumplir el deber básico tertuliano; los cuatro opinadores, y su conductor apoyaron con entusiasmo de modo explícito y tácito ese extraño voto de sordera solemne y casto.  Su ejemplo de autocancelación voluntaria es un signo preocupante de una forma de vivir en sociedad que abarca mucho más que la denuncia de una violación y que atenta contra la libertad, aunque curiosamente se presente como una forma de ser libres.  


Referencias

NB: El enlace a la grabación del programa La Pecera del 01.02.2022 por el cual accedí a la columna “Violación grupal o sexo consentido”, ya no está disponible en el sitio web de Azul FM. Aunque sé que exige un acto de confianza del lector, creo que esa ausencia vuelve más importante los fragmentos que transcribí de ese programa hoy aparentemente inaccesible. F.A.

Amen, G. (2019). Informativos y cárceles: un estudio de la cobertura de los informativos centrales de la televisión abierta uruguaya de la «crisis carcelaria» del 2012. Ediciones Universitarias. 

Andacht, F. y Amen, G. (2021). Signos televisivos informativos de un prolongado estado de alarma: el caso uruguayo en los primeros ocho meses de la declaración de emergencia sanitaria. Comunicación Austral. 10 (1): 87-118.

Peirce, C. S. (1931-1958). The Collected Papers of C. S. Peirce. Vol. I-VIII, Charles Hartshorne, Paul Weiss & Arthus Burks (eds.). Cambridge, Mass.: Harvard University Press.

Viola, T. (2020).  Peirce and the uses of history. Berlin: Walter de Gruyter. 

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