ENSAYO

Por Santiago Cardozo

1.

La revista El Grillo fue un extraordinario experimento enciclopédico que tuvo un éxito sin parangón en términos de edición, alcance, influencia y calidad. Ni que hablar en términos de autorías: por sus páginas pasó la pluma de Julio Castro, Humberto Zarrilli, Julio J. Casal, Serafín J. García, Fernán Silva Valdés, Daniel Vidart, Roberto Ares Pons… ¿Sería concebible hoy día un proyecto como aquel? Más allá del fastidioso y no pocas veces infame “mercado editorial”, ¿podría pergeñarse una experiencia como la de El Grillo, cuya faceta plástica, sobre todo en las tapas, era en sí misma un objeto de deleite y de análisis? Dejemos de lado, sin duda, las publicaciones Moñita Azul, El escolar o Charoná, que están, desde todo punto de vista, pero, sobre todo, desde su factura lingüístico-discursiva, a años luz de El Grillo, cuyo tratamiento de la lengua era especialmente destacado, punto en el que construía un lector que no fungía como “usuario” de la lengua, sino que tenía que relacionarse con ella de diversas formas, siempre críticas, reflexivas, formas de un detenimiento que debía atender especialmente a la gramática, a la estilística, a la retórica de los textos, a partir de las cuales las funciones del lenguaje poética y metalingüística gozaban de cierto privilegio. 

¿Qué había en aquel proyecto enciclopédico que lo haría, hoy día, básicamente inviable, inconcebible, profundamente anacrónico y, a la vez, radicalmente político? Precisamente, ese carácter enciclopédico, esa “voluntad” estética que fabricaba un espacio político (la enciclopedia como política porque era, ante todo, la enciclopedia como escritura, como poiesis, como poesía). No se trataba –nunca se trató– de una concepción de la escritura como adorno, cosmética del verbo, chirimbolos de la gramática; tampoco de una escritura como “amigabilidad” con el público infantil, sino de la convicción de que el carácter poético del decir que se ponía en movimiento hablaba de su naturaleza inherentemente política. Cualquier página de aquella escritura que tomemos al azar nos parece alejada de las posibilidades de comprensión de los alumnos escolares actuales, incluso de no pocos estudiantes de nuestro Ciclo Básico. ¿Qué pasó para que hayamos llegado a este punto, en el que la lectura y la escritura parecen formas rampantes de una expresión más bien utilitaria, alejada de cualquier pensamiento complejo, capaz de descubrir, por así decirlo, un brillo o una lumbre poéticos donde menos se los espera?

El decir enciclopédico, la más de las veces tachado de superficial, de carente de espesor, de relieve y, claro está, de profundidad (como ha sido históricamente tachada la formación magisterial y como queda puesto rotundamente de relieve en la nueva reforma educativa propugnada por el Ministerio de Educación y Cultura para dotar de carácter universitario la formación docente (ver Alma Bolón, “McKinsey, Mec, Bid, Banco Mundial: ‘¿Qué profesores en el siglo XXI?’”, disponible en https://extramurosrevista.com/mckinsey-mec-bid-banco-mundial-que-profesores-en-el-siglo-xxi/), parece constituir una antigüedad, en virtud, por ejemplo, de la existencia de Internet y de ese discursito pedagógico más bien miope que dictamina que, ahora, por los efectos de la fetichizada tecnología, ni el maestro ni el profesor son ya el centro de nada, puesto que lo que ellos saben, aquello para lo que estudiaron, está a solo o a menos de un click en la web (si, en buena medida, el Mec habla de “reconocimiento universitario”, parece presuponer que la cosa es solo un trámite, es decir, que nadie se cree que, en la formación docente, hay, en efecto, algo digno de llamarse universitario, pues las ondas sonoras del discurso del Mec y de otros “actores sociales”, como es de gusto decir, son lo suficientemente audibles como para poder escuchar lo que subyace, el plan estratégico que se quiere llevar adelante, muy alejado, desde luego, de “lo universitario”: el desmantelamiento de las disciplinas en beneficio de las competencias, de las habilidades socioemocionales, de la autogestión y de las actitudes emprendedoras en el pantano mismo de la precariedad de las condiciones laborales y de vida, lo cual, llevando las cosas a cierto extremo, parece conducirnos a la “nudavidización” de los sujetos). 

La enciclopedia (algo así como la “cultura amueblada”) es una forma imaginaria de entrar en el mundo, como si este fuera una gigantesca casa o una interminable habitación provista de todo tipo elementos, cuyas definiciones pueden extenderse por páginas, recogiendo aspectos de sus historias, sus geografías, sus usos, sus avatares y sus transformaciones, sus composiciones, etc. A través de una enciclopedia (de nuevo, la idea de pasaje, como, imposible de ignorarlo, el Libro de los pasajes de Benjamin), el alumno escolar toma contacto con aquello que, en la dinámica de la vida doméstica, constituye lo otro/ajeno, aquello que lo define precisamente por constituir esa “exterioridad” que Lacan, en el Seminario 7. La ética del psicoanálisis, conceptualizó como “extimidad”. La enciclopedia, por precaria que sea, se erige así en un mapa de diversas rutas para comunicarnos con lo lejano, con lo que se opone al barrio, al pago, a la localidad, a la comunidad escolar/liceal parapetada hoy como criterio para confeccionar los currículos, en atención a las necesidades de ese entorno familiar. 

Tal como escribe Fredric Jameson interpretando/glosando a Hegel (la cita de Jameson pertenece al filósofo alemán): 

“[…] la identidad comienza a emerger como algo que solo puede ser distinguido de lo que no es. Por lo tanto no solo señala el cernirse de la más plena función constructiva de lo negativo, sino también la apariencia de la diferencia como algo extrañamente inseparable de la identidad de la que se suponía era diferente: “lo diferente no es confrontado por un otro, sino por su otro…el otro propio del otro”. [1]

De este modo, no queda, pues, ninguna duda (el camino de la construcción de eso que llamamos “identidad” ha sido disipado, aunque no esclarecido, pues la “identidad” es siempre opacidad): es el otro el que me define; es lo ajeno, lo lejano, esa extranjería que ubicamos en nuestro más allá los que nos definen como un “yo” (esa evidencia natural, en palabras de Althusser), los que constituyen lo propio/lo mío/lo nuestro. En este sentido, la enciclopedia es el lugar (simbólico y material) en el que se constituye la universalidad de la identidad propia, es decir, el espacio de la letra a partir del cual y con el que lo propio de la coagulación identitaria (específica) toma forma. Por ende, su valor es político, porque es, esencialmente, lingüístico-discursivo, vale decir, un territorio de sentido, de significantes que dan lugar a ese otro y a ese Otro que me proveen, a su vez, de los significantes que me permiten construir imaginariamente mi identidad como mía (individual o colectiva). 

¿Por qué interesa estudiar la geografía de Etiopía? ¿Por qué importa tomar nota de la historia secreta de las fosas comunes de España, Polonia o del lugar que sea? ¿Por qué es necesario saber las costumbres de los habitantes del Tíbet o los conflictos bélicos que se han venido desarrollando en Siria, en Haití, en Colombia, en Palestina? ¿Por qué es relevante estudiar, con actitud entomológica, la vida de las langostas, sus desplazamientos en el espacio y sus conductas depredatorias de ciertas plantaciones? ¿Por qué estudiar la célula vegetal o los cursos hídricos o las oraciones subordinadas o el uso del punto y coma o los conceptos de energía, fuerza y trabajo? 

La respuesta a estas preguntas no debe ser planteada en términos de una utilidad práctica para la vida cotidiana, para los problemas que nos saltan a la cara en el devenir diario de nuestras existencias mundanas. Hacerlo de este modo supondría subsumir el deseo de saber propio del hombre y el conocimiento que este produce a unos elementales criterios de “sacarle (el mayor) provecho” posible a lo que estudiamos respecto de lo que nos sucede en nuestra casa, en nuestro barrio, en nuestro trabajo, etc., como si ese conocimiento no tuviera nada que ver con el pensamiento, es decir, con la actividad crítica inherente a todo pensamiento, a toda conciencia críticamente constituida, que redunda en una particular relación con el mundo, relación que es, sobre todo, lingüística, puesto que, como sujetos, antes que usar la lengua, debemos tratar con ella. De esto que la reforma educativa que concierne al carácter universitario de la formación docente vaya en un camino decididamente negativo, refractario al conocimiento y al deseo de saber que caracteriza al hombre como ser de lenguaje (de logos). 

En un extraordinario ensayo titulado “Las láminas de la Enciclopedia”, Roland Barthes escribe: 

“Mucho antes que la literatura, la Enciclopedia, especialmente en sus láminas, practica lo que podría llamarse una cierta filosofía del objeto: es decir que reflexiona sobre su ser, opera simultáneamente un recuento y una definición”. [2]

Unas páginas más adelante, incursionando en el “trabajo” sobre el objeto, señala el filósofo galo:

“Es claro que la preminencia del objeto en este mundo procede de una voluntad de inventario, pero el inventario no es nunca una idea neutra [como podría serlo, por ejemplo, el inventario que realiza un escribano de los objetos de la casa a la hora de su venta]; inventariar no es solamente, como pareciera a primera vista, constatar, sino también apropiarse. La Enciclopedia es un vasto balance de propiedad […]”. [3]

Estas palabras dan cuenta de una forma de relación entre el sujeto y la materia del mundo, forma de la experiencia que encuentra en el objeto (independizado del texto enciclopédico), el punto crucial en el que se anuda con la lengua, con la operación nominativa y descriptiva en términos, según Barthes, de una apropiación (esa independencia vuelve bajo la necesidad de una descripción, una narración, la visión del objeto como algo históricamente determinado). En este sentido, y de acuerdo con lo que he planteado hasta acá, la apropiación referida, en tanto trae lo ajeno a lo doméstico y hace de este un objeto de reflexión (lo aleja), es una operación esencialmente política (de constantes “pasajes”), que se sostiene en el lenguaje empleado para nominar y describir (o para narrar, decía, pues, en el fondo, la Enciclopedia moviliza, en palabras del propio Barthes, una epopeya de la materia, que, para nosotros, es también una epopeya de la lengua con la que decimos el mundo, un modo maliciosamente extenuante de relacionarnos con la imposibilidad del decir justo y con la materialidad de la lengua que se pone de relieve en la función poética del lenguaje).

Esta dimensión política y estética de la Enciclopedia, que “museíza” los objetos de los que hace acopio e inventario, que antologiza, configura un particular reparto de lo sensible, basado mayormente en el deseo de saber y en el conocimiento de los objetos, por lo cual escenifica, desde su “estética de la desnudez” (Barthes), una cuestión epistemológica y ética: la del sujeto que, al conocer, conoce sus propias prácticas de conocimiento y la del sujeto que mantiene una relación definicionalmente tensa con el lugar que le asigna la lengua en ese “territorio” inherentemente dialógico que se abre con el discurso, por medio del cual la mirada del otro lo constituye como un “yo”-sujeto, más allá o más acá de la evidencia ideológica natural que actúa en este preciso punto: la de la transparencia de ese “yo” y de los significados de las palabras.   

2.

Volvamos, así, a uno de los puntos que estábamos planteando: el sentido (como significado, dirección, afectación y, sin duda, percepción, una compleja y completa aisthesis, para decirlo a la Rancière, en la cual los diferentes significados de “sentido” no pueden distinguirse con precisión, a la vez que se determinan mutuamente) de la revista El Grillo, de la experiencia enciclopédica que puso en funcionamiento entre nosotros. 

En este contexto, quiero ilustrar lo arriba señalado con un par de ejemplos, sobre los que he trabajado con cierta insistencia neurótica. En el número 57 de la edición de 1966 (Año XI) de El Grillo (página 4), nos encontramos con el siguiente pasaje relativo a lo que la propia revista llama “pensamiento artiguista”, pasaje (me interesa retener la metáfora de “pasaje”: “acción de pasar de un lugar a otro”, “derecho que se paga por pasar por un lugar”, “sitio o lugar por donde se pasa”, “boleto o billete para un viaje”, incluso “acogida que se hace a alguien o trato que se le da”) que se abre (como si los pasajes tuvieran que abrirse, por el efecto de cierre que algún encantamiento hubo de provocar) con una de sus más conocidas frases, una de las que circulan por el “espacio social” como signo y seña de una pertenencia común, de una afectación diría más bien inconsciente, cuyo marco no es otro que el propio mito artiguista levantado a tales efectos: 

“CON LIBERTAD NI OFENDO NI TEMO”

El pensamiento artiguista

Estas es la frase que eligió Artigas como lema del escudo de la Provincia Oriental en 1815. No podía haber hallado una frase más exacta y plena de sentido para definir la actitud de un pueblo libre y pacífico. 

Ese lema parece muy sencillo, pero si lo examinamos con atención, veremos que encierra algunas dificultades. Libertad es una de las palabras que más se utilizan, pero es difícil comprender cabalmente su significado y todavía más difícil resulta ejercitar la libertad.

La libertad no puede consistir en el derecho de hacer todo lo que se nos antoja, ni obrar ciegamente de acuerdo a nuestros deseos o caprichos. Si así lo hiciéramos no seríamos libres, sino esclavos de nuestros impulsos, que a veces nos llevan por caminos contrarios a nuestro propio interés y al del prójimo. 

Para conseguir los bienes necesarios para la vida, para mejorarla y enaltecerla, es imprescindible la cooperación y la solidaridad de todos los seres humanos. En la civilización moderna, basada en la existencia de grandes fábricas y medios de comunicación y de transporte que requieren el trabajo organizado de miles de individuos, es necesario que los hombres se pongan de acuerdo para concertar sus esfuerzos y dividirse la tarea, de manera que cada uno haga su parte en consonancia con el resto. ¡Imaginemos lo que sucedería si el maquinista de un tren de ferrocarril eligiera por su cuenta el itinerario a seguir y el horario de partida, o desobedeciera el sistema

de señales, tomando por la vía que a él se le antojase!

Todos tenemos que hacer algunos sacrificios en aras del interés general, someternos a ciertas normas de convivencia humana. De lo contrario se derrumbaría la civilización y la existencia misma de la sociedad humana se tornaría imposible. Y lo que decimos de los individuos puede extenderse a las naciones. El comercio y los modernos medios de comunicación ligan entre sí los puntos más distantes del planeta. El bienestar y la cultura del mundo dependen de la colaboración de todas las naciones. 

El ejercicio de la libertad, en su recto sentido, es el florecimiento pleno de la vida, sin trabas que la aplasten o la desvíen. La opresión y la explotación de unos hombres por otros, de unas naciones por otras, deben ser eliminadas de la faz de la tierra, para que los hombres y los pueblos puedan crear y trabajar libremente y gozar de los frutos de su labor y de los dones de la naturaleza. Mas para que esto sea posible, es preciso comprender que la libertad no es el desorden ni la búsqueda egoísta de la propia satisfacción. La libertad sólo es posible si va acompañada por la unión y la armonía, por la disciplina libremente aceptada y el esfuerzo realizado en común. Esa es la libertad que quería Artigas y que deben desear todos los hombres y mujeres bien inspirados; la libertad fecunda que permite el progreso, el desarrollo material y espiritual de las naciones y de los individuos”. 

Lo primero que destaca en la confección verbal del texto es, precisamente, su esmerada textualización-poetización. En efecto, la sintaxis es impecable, tanto más si tenemos en cuenta que se trata de una revista escolar, cuya lectura comprende los cursos de cuarto, quinto y sexto (alumnos que van de los nueve a los once años). El segundo párrafo del texto propone la tónica misma de la escritura: “Ese lema parece muy sencillo, pero si lo examinamos con atención, veremos que encierra algunas dificultades. Libertad es una de las palabras que más se utilizan, pero es difícil comprender cabalmente su significado y todavía más difícil resulta ejercitar la libertad”. La complejidad lingüístico-discursiva es ostensible: el hablante adopta una posición atenta, crítica, respecto de la propia lengua: “ese lema” (función metalingüística), señalando la opacidad y la dificultad que se ocultan detrás de la aparente sencillez de decir “Con libertad ni ofendo ni temo”. Acto seguido, el hablante se dispone a explicar en qué consiste la dificultad señalada: deposita su atención y la del lector en el término “libertad”, cuyo uso, según advierte, es ampliamente extendido, con lo cual, se puede inferir, estamos ante una palabra sometida al desgaste propio de lo que va y viene en boca de todos. En su esfuerzo por esclarecer la dificultad encerrada en “libertad”, el hablante realiza un movimiento que conlleva el “pasaje” de lo metalingüístico a lo referencial: así, al inicio habla de las complejidades del significado de la palabra en cuestión, pero, luego del conector copulativo, comienza a hablar del ejercicio de la libertad, de las formas en que las personas ponemos o podemos poner en práctica la libertad, es decir, ejercerla socialmente. Incluso, podríamos añadir que, al hablar de “ejercitar la libertad”, se da a entender que ese tan complejo e intrincado concepto, esencial, por lo demás, para la vida individual y colectiva, debe ser practicado una y otra vez como quien se ejercita en una habilidad deportiva (patear penales o tiros libres, lanzar triples o efectuar fintas picando la pelota con ambas manos, perfeccionar las técnicas de natación, etc.). Pensamiento y cuerpo convergen en el significado-ejercicio de la libertad, con lo cual diferentes niveles de la complejidad advertida se anudan, en un contexto en el que lenguaje llama la atención sobre sí mismo y, por lo tanto, reclama interpretación al opacificar las cosas (función poética). He aquí, ya lo adelantamos, la condición política, por poética, de la revista El Grillo: la factura verbal del texto construye un lector que, además de comprender lo que lee, debe interpretar (un lector, en suma, también político). 

Observemos ahora el siguiente pasaje, cuyo segundo enunciado tiene una extensión que, para la paciencia actual de nuestros estudiantes, parecería ser agotadora: “Para conseguir los bienes necesarios para la vida, para mejorarla y enaltecerla, es imprescindible la cooperación y la solidaridad de todos los seres humanos. En la civilización moderna, basada en la existencia de grandes fábricas y medios de comunicación y de transporte que requieren el trabajo organizado de miles de individuos, es necesario que los hombres se pongan de acuerdo para concertar sus esfuerzos y dividirse la tarea, de manera que cada uno haga su parte en consonancia con el resto”.

El pasaje comienza con un paralelismo, procedimiento retórico que llama la atención sobre la forma de decir las cosas y, en términos de la lingüística del texto, recurso que contribuye a consolidar la cohesión de la superficie textual: “Para conseguir los bienes necesarios para la vida, para mejorarla y enaltecerla”, hecho que impone la dificultad de interpretar el sujeto de los verbos en infinitivo. Enseguida, aparece una estructura oracional no canónica (la estructura oracional canónica del español es la del orden sujeto-verbo-objeto): en efecto, tenemos el verbo “es”, sucedido del atributo oracional “imprescindible” y, finalmente, el sujeto “la cooperación y la solidaridad de todos los seres humanos”. El enunciado que le sigue, como dije, es extenso y la dificultad para su interpretación no escapa a su longitud ni a su estructuración interna, que muestro, en parte, a continuación: 

  1. “En la civilización moderna, basada en la existencia de grandes fábricas y medios de comunicación y de transporte que requieren el trabajo organizado de miles de individuos”, 
  2. “es necesario” 
  3. “que los hombres se pongan de acuerdo para concertar sus esfuerzos y dividirse la tarea”, 
  4. “de manera que cada uno haga su parte en consonancia con el resto”.

Esta división en secuencias pretende dar una impresión superficial de la organización oracional en partes significativas para la lectura de lo que se está diciendo. Así, en 1 tenemos un extenso sintagma que funciona, digamos, como complemento circunstancial de tiempo (es decir, enmarca la oración temporalmente, pero no es requerido por el predicado principal, por lo que es un adjunto), en cuyo interior hay diversos sintagmas envueltos en diferentes tipos de relaciones: por ejemplo, de modificación (“civilización moderna”, “grandes fábricas”), de coordinación (“la existencia de grandes fábricas y medios de comunicación y de transporte que requieren el trabajo organizado de miles de individuos”) y de subordinación (adjetiva o relativa: “la existencia de grandes fábricas y medios de comunicación y de transporte “que requieren el trabajo organizado de miles de individuos”). 

La complejidad sintáctica es importante; sin embargo, las cosas no terminan acá, pues esta complejidad aumenta considerablemente: en 2, encontramos el verbo copulativo “es” con el atributo “necesario”, a los que les sigue el sujeto oracional seleccionado por dicho atributo: “que los hombres se pongan de acuerdo para concertar sus esfuerzos y dividirse la tarea, de manera que cada uno haga su parte en consonancia con el resto” (una oración subordinada con verbo flexionado, de la cual extraigo para 4 una subordinada de las llamadas adverbiales). Prototípicamente, según señala la gramática, los sujetos asumen la forma estructural de un sintagma nominal (“Mi hermano tiene novia” o “Los problemas de la economía internacional repercuten a nivel local”) o de un pronombre (“Él tiene novia” o “Estos repercuten a nivel local”), pero aquí aparece en la forma de una subordinada sustantiva, en cuyo seno hallamos esa estructura encabezada por “de manera que”, que contiene una expresión extraña, supongo, para los textos escolares actuales: “en consonancia con el resto”. La complejidad, de nuevo, se presenta en diferentes niveles: léxico y, sobre todo, sintáctico. 

Observemos ahora el pasaje siguiente, que siempre me llamó la atención por la rareza de su composición: “El ejercicio de la libertad, en su recto sentido, es el florecimiento pleno de la vida, sin trabas que la aplasten o la desvíen. La opresión y la explotación de unos hombres por otros, de unas naciones por otras, deben ser eliminadas de la faz de la tierra, para que los hombres y los pueblos puedan crear y trabajar libremente y gozar de los frutos de su labor y de los dones de la naturaleza”. Resulta curiosa la superposición entre las funciones del lenguaje metalingüística, certificada por la glosa “en su sentido recto”, y referencial. Es así que, por un lado, se habla del “ejercicio de la libertad”, esto es, de la “cosa” libertad, el “fenómeno” de la realidad, digamos, y por el mismo, se la trata como una palabra con diversos sentidos, distribuidos u organizados en rectos y oblicuos, literales y metafóricos. ¿Es posible que la “cosa” libertad tenga un sentido recto y un sentido oblicuo? Evidentemente, el campo del significado y el campo de la realidad, del referente denotado, están superpuestos, lo que añade más capas de dificultad a la lectura si nos detenemos en la manera de decir las cosas, o sea, en esa extrañeza que llama la atención sobre el mensaje (Jakobson). 

Pero, de nuevo, el asunto no acaba aquí: es insoslayable reparar en las metáforas con las que se explica el significado de la cosa libertad/la palabra “libertad”: “el florecimiento pleno de la vida”, a resguardo de los posibles “aplastamientos” o “desvíos” que pueden derivarse de las trabas impuestas al desarrollo pleno de la libertad. La vida se lee así como un organismo capaz de florecer (¿en primavera?), de modo que está sujeto a la evolución que domina a cualquier especie; paralelamente, ese organismo vivo, siempre bajo amenaza, puede ser (brutalmente) aplastado, como una hermosa flor que fuera pisada (deliberadamente, pues la libertad es siempre objeto de un deliberado aplastamiento), o puede desviarse en su proceso de crecimiento, consecuencia de lo cual sería su desarrollo torcido, lo que podría llegar a obligar a sujetarla a fin de que retome el camino deseable (el camino, quizás, de los píos), hecho que introduce cierta paradoja, en la medida en que la libertad parece ser libertad solo si crece de una determinada manera (una manera no subversiva, no díscola, no contestataria). 

Por otro lado, el pasaje en cuestión parece remitir, con nada escasa timidez, a la lucha de clases: “La opresión y la explotación de unos hombres por otros, de unas naciones por otras”. Naturalmente, cualquier alumno escolar tiene el derecho a preguntar acerca de esta remisión: ¿qué quiere decir que unos hombres explotan a otros?, ¿qué significa que una nación se impone a otras?, ¿cuáles son los medios de la explotación/imposición y sus consecuencias?, y, por lo tanto, ¿cómo se puede resistir a ello?

Por fin, se vuelve a las metáforas ecológicas (las “metáforas verdes”), que, leídas desde el hoy, adoptan un nuevo sentido, mucho más complejo, si se quiere, con relación a los problemas del cuidado del medio ambiente y del calentamiento global: “para que los hombres y los pueblos puedan crear y trabajar libremente y gozar de los frutos de su labor y de los dones de la naturaleza”. En efecto, todo parece indicar que la vida tiene que ver con el goce de los frutos de la creación y del trabajo y de los dones de la naturaleza, en un vínculo ideal con esta que recuerda la escena del Paraíso, donde alcanzaba estirar un brazo para hacerse de una manzana, una naranja o una pera y alimentarse sin mayores preocupaciones, tales como no retrasarse en el pago de la cuota del Banco Hipotecario, de la UTE y del celular, o como la fatigosa tarea de conseguir buenos precios en las futas y las verduras que compramos en las ferias barriales para evitar la usura de los supermercados. 

Todas estas consideraciones, realizadas a partir de un comentario lingüístico-discursivo del texto, ponen de relieve el lugar de la interpretación como operación “activada” por la hechura verbal con la que tenemos que tratar, mucho más allá y mucho antes de una lineal y burda perspectiva instrumental –es decir, meramente comunicativa– de la lengua. He aquí, entonces, la Enciclopedia en el sentido que le hemos dado en este breve ensayo, el de la apropiación de los objetos, lengua mediante, a la que se refería Barthes, todo lo cual está muy lejos de esa forma peyorativa de hablar de los conocimientos en la educación como una indeseada e indeseable “educación enciclopédica”, accesible para todo el mundo, por ejemplo, en Internet. Podríamos, pues, aumentar la apuesta, señalando que, con la caída de la Enciclopedia o del conocimiento enciclopédico, cae también el lugar universal del sujeto que se define como tal por el deseo de saber, deseo que trae lo ajeno a lo propio, lo extranjero a lo local, lo diferente a lo mismo, y que, por ello, define el espacio de la política y de la ética en su relación con el otro, siempre posible, habilitada y atestiguada por el Otro (el lenguaje, la cultura, la historia, el acervo de significantes que tejen la compleja trama racional que llamamos realidad); un sujeto que no se regodea en la comunidad, en el territorio, en el barrio o la localidad, atendiendo atomizadamente a sus necesidades vitales. 

En este cuadro de la situación apenas esbozada, para el caso de la relación entre lo que El Grillo significó y significa y lo que hoy nos encontramos en los textos escolares e, incluso, liceales, la caída de la Enciclopedia ha supuesto un “derrumbe” del lenguaje, de la dimensión poética (política) del decir en abierto e indiscutido beneficio de la referencialidad más brutal, breve y transparente de las palabras, que parece ver en la poesía (a la Jakobson) un obstáculo en el límpido camino que nos conduce de los signos a los referentes, es decir, de la lengua al mundo. En o para El Grillo, las cosas eran, sin duda, bien distintas: la relación con la lengua no era instrumental, transportiva (la vehiculización de un contenido dado previamente en el mundo o en la mente del hablante hacia el oído o los ojos del interlocutor, quien no intervendría activamente en la construcción del sentido de lo que se dice). La escritura de la revista El Grillo parecía decir que no hay realidad, verdad, sentido (términos más o menos co-extensivos) que no tuvieran que ver con la dimensión poética de la lengua, con la preciosa forma del decir, cuya hechura, insisto, presupone y produce un lector esencialmente político, esto es, un lector que debe interpretar, a diferencia de lo que ocurre actualmente (una actualidad bastante extendida hacia atrás en el tiempo), momento en que el lector se define, en lo sustancial, por la mera comprensión del texto –desde luego, nada despreciable, aunque, también desde luego, ampliamente insuficiente. 


Notas 

[1] Fredric Jameson, “Los tres nombres de la dialéctica”, en Valencias de la dialéctica, Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2013, p. 29.

[2] Roland Barthes, “Las láminas de la Enciclopedia”, en El grado cero de la escritura. Seguido de Nuevos ensayos críticos [1972], Buenos Aires: Siglo XXI editores, 2003, p. 123.

[3] Ibíd., p.128. 

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